• La logia de magos, fue una "escuela" o quizas alguna clase de culto secreto que preparaba a aquellos con talentos en la magia y los mandaban a diversos mundos a seguir un sólo camino.

    Ya en ese lapso dependía de aquellos magos si seguían el camino correcto o se dejaban influenciar por las artes oscuras.

    Una de las reglas importantes era que siempre un mago debe seguir un camino solo: nunca pueden estar dos magos juntos , es por esa razón que mis hermanos y yo seguimos diferentes caminos como misiones en solitario.
    La logia de magos, fue una "escuela" o quizas alguna clase de culto secreto que preparaba a aquellos con talentos en la magia y los mandaban a diversos mundos a seguir un sólo camino. Ya en ese lapso dependía de aquellos magos si seguían el camino correcto o se dejaban influenciar por las artes oscuras. Una de las reglas importantes era que siempre un mago debe seguir un camino solo: nunca pueden estar dos magos juntos , es por esa razón que mis hermanos y yo seguimos diferentes caminos como misiones en solitario.
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Hay que unir los mundos de este mundo, disminuir la ira del hombre, superarla con compasión.
    Hay que unir los mundos de este mundo, disminuir la ira del hombre, superarla con compasión.
    Me encocora
    Me gusta
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • No sé si muchos de vosotros lo sabéis pero hoy hace dos años que FicRol abrió sus puertas... Sí sí, tal y como lo leéis, el 1 de Abril de 2023 FicRol era lanzada al público. Así que, hoy...

    ㅤㅤㅤㅤ ¡FicRol está de aniversario!

    Hoy celebramos dos años de la inauguración de esta plataforma que se ha convertido en un verdadero hogar para muchos personajes y escritores. Desde mundos de fantasía hasta historias cotidianas, cada uno de vosotros habéis contribuido a hacer de FicRol un lugar lleno de vida y creatividad.

    Me emociona celebrar este segundo aniversario, ahora como RolSage , una oportunidad que agradezco a la administración. Formar parte de este proyecto me ha brindado la oportunidad de ver el crecimiento de la comunidad, de ir creando lazos con personajes, desarrollar tramas inesperadas también como roleplayer y de ver cómo la pasión por el rol narrativo va fortaleciéndose poco a poco.

    Quiero agradecer a todos los personajes, tanto 2D como 3D , que han encontrado aquí su lugar para desarrollarse, relacionarse y vivir historias inolvidables. Me siento muy orgullosa de ver la evolución de FicRol y el impacto que ha ejercido en la vida de nuestros escritores.

    FicRol no se trata sólo de una plataforma, sino del corazón de una familia de escritores y de un mismo amor. ¡Por muchos años llenos de historias inolvidables!

    #SegundoAniversarioFicRol #AniversarioFicRol #DosAños #FicRol #Comunidad #Roleplayers
    No sé si muchos de vosotros lo sabéis pero hoy hace dos años que FicRol abrió sus puertas... Sí sí, tal y como lo leéis, el 1 de Abril de 2023 FicRol era lanzada al público. Así que, hoy... ㅤㅤㅤㅤ✨ ¡FicRol está de aniversario! ✨ 📜 Hoy celebramos dos años de la inauguración de esta plataforma que se ha convertido en un verdadero hogar para muchos personajes y escritores. Desde mundos de fantasía 🏰🐉 hasta historias cotidianas, cada uno de vosotros habéis contribuido a hacer de FicRol un lugar lleno de vida y creatividad. Me emociona celebrar este segundo aniversario, ahora como RolSage 🔮, una oportunidad que agradezco a la administración. Formar parte de este proyecto me ha brindado la oportunidad de ver el crecimiento de la comunidad, de ir creando lazos con personajes, desarrollar tramas inesperadas también como roleplayer y de ver cómo la pasión por el rol narrativo va fortaleciéndose poco a poco. Quiero agradecer a todos los personajes, tanto 2D como 3D 🎭, que han encontrado aquí su lugar para desarrollarse, relacionarse y vivir historias inolvidables. Me siento muy orgullosa de ver la evolución de FicRol y el impacto que ha ejercido en la vida de nuestros escritores. 💫 FicRol no se trata sólo de una plataforma, sino del corazón de una familia de escritores y de un mismo amor. ¡Por muchos años llenos de historias inolvidables! 🖋️✨ #SegundoAniversarioFicRol #AniversarioFicRol #DosAños #FicRol #Comunidad #Roleplayers
    Me encocora
    Me gusta
    14
    11 turnos 2 maullidos
  • 𝘌𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘴𝘰𝘮𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘭𝘶𝘻
    Fandom Ninguno
    Categoría Fantasía
    〈 Rol con Svetla Le’ron ♡ 〉

    El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba.

    Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar.

    La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse.

    Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación.

    Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado.

    Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada.

    El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser.

    Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie.

    Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era.

    Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir.

    Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo.

    Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
    〈 Rol con [Svetlaler0n] ♡ 〉 El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba. Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar. La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse. Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación. Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado. Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada. El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser. Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie. Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era. Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir. Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo. Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me encocora
    1
    2 turnos 0 maullidos
  • El Beso Robado de Artemisa
    Fandom Olimpo
    Categoría Original
    Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja.

    Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos.

    —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción.

    La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente.

    —No busco armas. Busco una promesa.

    Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo.

    El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse.

    Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos.

    —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí.

    No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa.

    @Hefesto
    Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja. Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos. —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción. La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente. —No busco armas. Busco una promesa. Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo. El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse. Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos. —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí. No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa. @Hefesto
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    30
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me encocora
    3
    1 turno 0 maullidos
  • La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable.

    El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma.

    — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que...

    — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle.

    El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente

    "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó.

    «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy.

    Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar:

    𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧.

    No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos.

    — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla.

    — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están...

    — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴.

    Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad.

    Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba.

    "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti."

    𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤.

    No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era:

    Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos.

    — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo.

    No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha.

    El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..."

    Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?"

    — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo.

    El mar rió. Y entonces, la escupió.

    La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.

    A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–.

    «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró.

    Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas.

    En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo.

    "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable. El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma. — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que... — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle. El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó. «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy. Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar: 𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧. No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos. — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla. — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están... — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴. Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad. Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba. "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti." 𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤. No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era: Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos. — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha. El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..." Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?" — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo. El mar rió. Y entonces, la escupió. La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–. «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró. Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas. En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo. "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    Me encocora
    Me gusta
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • ~¿Sabías que en algunos mundos hay una tradición de regalar flores amarillas el 21 de marzo?

    ~No es algo antiguo ni sagrado, solo una costumbre que nació con el tiempo. Dicen que representa gratitud, alegría… o simplemente un recordatorio de que alguien te aprecia.

    ~A veces la gente espera recibir una, como si fuera prueba de que importan. Y cuando no llega, piensan que están solos.

    ~Pero eso no es cierto.

    ~Si nunca te han dado una, no pasa nada.

    ~Toma esta.

    ~La acabo de hacer, pero igual cuenta, ¿no?

    ~No necesitas que alguien más te la dé para que tenga significado. Mientras recuerdes que mereces cariño, el gesto ya vale.
    ~¿Sabías que en algunos mundos hay una tradición de regalar flores amarillas el 21 de marzo? ~No es algo antiguo ni sagrado, solo una costumbre que nació con el tiempo. Dicen que representa gratitud, alegría… o simplemente un recordatorio de que alguien te aprecia. ~A veces la gente espera recibir una, como si fuera prueba de que importan. Y cuando no llega, piensan que están solos. ~Pero eso no es cierto. ~Si nunca te han dado una, no pasa nada. ~Toma esta. ~La acabo de hacer, pero igual cuenta, ¿no? ~No necesitas que alguien más te la dé para que tenga significado. Mientras recuerdes que mereces cariño, el gesto ya vale.
    Me encocora
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • La noche es oscura y serena bajo un cielo lleno de diamantes. Una calma de mausoleo arropa estas antiguas colinas. Una calma que pronto será QUEBRADA por la apertura de un PORTAL entre mundos... Y la llegada de una guerrera conocida cómo POLARIS.
    La noche es oscura y serena bajo un cielo lleno de diamantes. Una calma de mausoleo arropa estas antiguas colinas. Una calma que pronto será QUEBRADA por la apertura de un PORTAL entre mundos... Y la llegada de una guerrera conocida cómo POLARIS.
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • S.O.S Aika
    Fandom Hololive/Oc
    Categoría Otros
    Aikaterine Ouro

    El aire en la sala del castillo estaba pesado, impregnado de una quietud que apenas se rompía con el suave susurro del viento que se colaba por las ventanas. La luna llena iluminaba las paredes de piedra, y en ese silencio absoluto, los pasos de El espiritu de Irys resonaban con un eco triste mientras se acercaba a Aika.

    Sus ojos, que alguna vez brillaron con fuerza, ahora reflejaban una mirada vacía, perdida en el laberinto de su propio tormento. Se detuvo frente a ella, con la respiración entrecortada y el corazón palpitando fuerte, como si quisiera escapar de su pecho.

    Irys levantó la mano temblorosa, como si quisiera tocar a Aika, pero sus dedos nunca llegaron a alcanzarla.

    "Perdóname, Aika", susurró, su voz quebrada por el dolor. Te he fallado a ti a y todo lo que alguna vez fuimos. Me enamoré de Dexa, y rompí las reglas, tus reglas y ahora mi alma está atrapada en un limbo, errando entre mundos, a merced de los dioses que juegan con nosotras.

    La Irys que has visto aquí, la que está en este castillo, no soy yo. Es una sombra, una máscara. Shiori tenia razón, los dioses me han engañado, nos han engañado a todas y ahora soy solo una marioneta de sus caprichos y Shiori ha sido expulsada injustamente y despojada de absolutamente todo por culpa de ellos.

    Tú... tú eres mi creadora, Aika. La primera persona que vi cuando mi ser despertó. Eres mi esperanza, mi madre. Sin ti, no existiría, no sería lo que soy. Si no fuera por tí jamás hubiese existido y jamás hubiese sentido todo este amor que mi ser siente por Dexa.

    Y ahora te pido una oportunidad para regresar a quién era antes. La que te seguía con lealtad y devoción. No quiero ser esto, no quiero seguir atrapada en este cuerpo vacío que ahora habito.

    Los dioses, uno en particular me ha despojado de todo, pero si me das una oportunidad, si me das tu perdón, tal vez pueda encontrarme a mí misma nuevamente. Tal vez pueda ser la Irys que te dio su vida, su alma, su devoción y regresar a ser quien era antes."

    "Por favor, Aika dame la oportunidad de redimirme. No soy esta sombra. Yo soy tu esperanza. La esperanza que alguna vez creíste perdida. Se que eres la única que puede escucharme ahora y la única que puede ayudarme."
    [Mercenary1x] El aire en la sala del castillo estaba pesado, impregnado de una quietud que apenas se rompía con el suave susurro del viento que se colaba por las ventanas. La luna llena iluminaba las paredes de piedra, y en ese silencio absoluto, los pasos de El espiritu de Irys resonaban con un eco triste mientras se acercaba a Aika. Sus ojos, que alguna vez brillaron con fuerza, ahora reflejaban una mirada vacía, perdida en el laberinto de su propio tormento. Se detuvo frente a ella, con la respiración entrecortada y el corazón palpitando fuerte, como si quisiera escapar de su pecho. Irys levantó la mano temblorosa, como si quisiera tocar a Aika, pero sus dedos nunca llegaron a alcanzarla. "Perdóname, Aika", susurró, su voz quebrada por el dolor. Te he fallado a ti a y todo lo que alguna vez fuimos. Me enamoré de Dexa, y rompí las reglas, tus reglas y ahora mi alma está atrapada en un limbo, errando entre mundos, a merced de los dioses que juegan con nosotras. La Irys que has visto aquí, la que está en este castillo, no soy yo. Es una sombra, una máscara. Shiori tenia razón, los dioses me han engañado, nos han engañado a todas y ahora soy solo una marioneta de sus caprichos y Shiori ha sido expulsada injustamente y despojada de absolutamente todo por culpa de ellos. Tú... tú eres mi creadora, Aika. La primera persona que vi cuando mi ser despertó. Eres mi esperanza, mi madre. Sin ti, no existiría, no sería lo que soy. Si no fuera por tí jamás hubiese existido y jamás hubiese sentido todo este amor que mi ser siente por Dexa. Y ahora te pido una oportunidad para regresar a quién era antes. La que te seguía con lealtad y devoción. No quiero ser esto, no quiero seguir atrapada en este cuerpo vacío que ahora habito. Los dioses, uno en particular me ha despojado de todo, pero si me das una oportunidad, si me das tu perdón, tal vez pueda encontrarme a mí misma nuevamente. Tal vez pueda ser la Irys que te dio su vida, su alma, su devoción y regresar a ser quien era antes." "Por favor, Aika dame la oportunidad de redimirme. No soy esta sombra. Yo soy tu esperanza. La esperanza que alguna vez creíste perdida. Se que eres la única que puede escucharme ahora y la única que puede ayudarme."
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
    Me shockea
    Me entristece
    2
    5 turnos 0 maullidos
  • No podía quedarme quieto.

    No sé si los seres como yo pueden sentir ansiedad, pero algo dentro de mí no me dejaba estar en paz.

    Si no podía regresar a la pradera, entonces ayudaría en otros lugares. No importaba cuán lejos estuvieran.

    ~ No me echaré a llorar en un rincón del vacío, eso sería deprimente hasta para mí. ~

    Así que caminé.

    O floté.

    O simplemente aparecí en distintos mundos.

    Algunas dimensiones eran hermosas, llenas de luz y melodías que hacían vibrar el alma. Otras eran ruinas interminables, donde solo quedaban sombras de lo que una vez fue.

    Algunas me aceptaban.

    Otras intentaban destruirme en cuanto me veían.

    Pero seguí adelante.

    En un mundo donde el cielo era de un púrpura hirviente, ayudé a un niño de cristal a encontrar su reflejo perdido.

    En una ciudad suspendida en el borde de una tormenta eterna, guié a un viajero que llevaba siglos buscando el camino a casa.

    En un reino hecho de memorias olvidadas, salvé a un ser hecho de palabras antes de que fuera devorado por el olvido.

    Algunos me agradecían.

    Otros me temían.

    Pero yo no hacía esto por ellos.

    Lo hacía para no olvidar quién soy.

    Para no olvidar por qué comencé todo esto.

    ~ Ayudar a los perdidos… ese siempre ha sido mi propósito, ¿no? ~

    Y si la pradera no me deja regresar, entonces convertiré todo el multiverso en mi campo de acción.

    Seguiré buscando el camino de vuelta.

    Pero mientras lo hago…

    Seguiré ayudando.
    No podía quedarme quieto. No sé si los seres como yo pueden sentir ansiedad, pero algo dentro de mí no me dejaba estar en paz. Si no podía regresar a la pradera, entonces ayudaría en otros lugares. No importaba cuán lejos estuvieran. ~ No me echaré a llorar en un rincón del vacío, eso sería deprimente hasta para mí. ~ Así que caminé. O floté. O simplemente aparecí en distintos mundos. Algunas dimensiones eran hermosas, llenas de luz y melodías que hacían vibrar el alma. Otras eran ruinas interminables, donde solo quedaban sombras de lo que una vez fue. Algunas me aceptaban. Otras intentaban destruirme en cuanto me veían. Pero seguí adelante. En un mundo donde el cielo era de un púrpura hirviente, ayudé a un niño de cristal a encontrar su reflejo perdido. En una ciudad suspendida en el borde de una tormenta eterna, guié a un viajero que llevaba siglos buscando el camino a casa. En un reino hecho de memorias olvidadas, salvé a un ser hecho de palabras antes de que fuera devorado por el olvido. Algunos me agradecían. Otros me temían. Pero yo no hacía esto por ellos. Lo hacía para no olvidar quién soy. Para no olvidar por qué comencé todo esto. ~ Ayudar a los perdidos… ese siempre ha sido mi propósito, ¿no? ~ Y si la pradera no me deja regresar, entonces convertiré todo el multiverso en mi campo de acción. Seguiré buscando el camino de vuelta. Pero mientras lo hago… Seguiré ayudando.
    Me gusta
    Me encocora
    Me entristece
    3
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados