- No soy un monstruo a pesar de lo que pueda parecer, me duele cuando he de matar a gente que no se lo merece. Pero así es esto, o ellos o tú, al final convives con ese vacío, y llegas a la indiferencia, pero hay algunas muertes que siempre dejan una espina clavada, hay que aprender a ignorarla.
- No soy un monstruo a pesar de lo que pueda parecer, me duele cuando he de matar a gente que no se lo merece. Pero así es esto, o ellos o tú, al final convives con ese vacío, y llegas a la indiferencia, pero hay algunas muertes que siempre dejan una espina clavada, hay que aprender a ignorarla.
⸻ La entereza de nuestra estirpe fue sepultada bajo los restos de un amor tóxico. La creación de la cual estaba tan orgulloso no son más que un defecto, una prueba miserable que nunca recibió corrección a tiempo mientras los míos deben morir del cansancio para cumplir las demandas del Creador.
Padre, tu creación es una debilidad. Querías vivir entre ellos y delegar tu trabajo sobre nuestros hombros mientras yo lucho por darles libertad a través de la muerte.⸻
⸻ La entereza de nuestra estirpe fue sepultada bajo los restos de un amor tóxico. La creación de la cual estaba tan orgulloso no son más que un defecto, una prueba miserable que nunca recibió corrección a tiempo mientras los míos deben morir del cansancio para cumplir las demandas del Creador.
Padre, tu creación es una debilidad. Querías vivir entre ellos y delegar tu trabajo sobre nuestros hombros mientras yo lucho por darles libertad a través de la muerte.⸻
Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo;
en ese mi claroscuro;
Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba;
augusta angustia;
de ciénaga lustrosa;
Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista;
Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos;
Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros;
anheló y depositó un gesto sobre mi frente;
Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos,
Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir.
Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo.
Mucho antes de yo nacer;
Un clérigo; un caballero;
Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente;
ella como un río de ideas que no tienen nombre;
Más que merecer ser del ser amado.
Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna;
ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura.
Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela.
Oh, tan raro Amor.
Tan de llanto esclarecido;
Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos;
Tendí en mi catre sus ilusiones;
yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí;
me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado;
Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable;
Como un suspiro que llega tarde;
Sería la tersa mañana en que la busqué;
Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor;
como una doncella de tan frágil templar;
Oh, ella tan inocente;
Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce,
bríndame un poco de tus atavíos serenos;
Y has de este ciego tu más cándido amorío.
Como un sueño que el angelado fantasma;
en el que me convertí por su existir;
Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños:
como un llanto de regadíos mansos;
Y al despertar me despojé de sus heridas;
y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra.
A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino;
Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo;
para que pudiera encontrarme;
si acaso se habría alejado de mí;
no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza;
con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho;
Ya sin fuerzas;
Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia;
Entre toda reverencia;
Mi soberana amante;
pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.
---
Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo;
en ese mi claroscuro;
Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba;
augusta angustia;
de ciénaga lustrosa;
Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista;
Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos;
Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros;
anheló y depositó un gesto sobre mi frente;
Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos,
Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir.
Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo.
Mucho antes de yo nacer;
Un clérigo; un caballero;
Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente;
ella como un río de ideas que no tienen nombre;
Más que merecer ser del ser amado.
Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna;
ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura.
Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela.
Oh, tan raro Amor.
Tan de llanto esclarecido;
Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos;
Tendí en mi catre sus ilusiones;
yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí;
me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado;
Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable;
Como un suspiro que llega tarde;
Sería la tersa mañana en que la busqué;
Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor;
como una doncella de tan frágil templar;
Oh, ella tan inocente;
Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce,
bríndame un poco de tus atavíos serenos;
Y has de este ciego tu más cándido amorío.
Como un sueño que el angelado fantasma;
en el que me convertí por su existir;
Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños:
como un llanto de regadíos mansos;
Y al despertar me despojé de sus heridas;
y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra.
A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino;
Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo;
para que pudiera encontrarme;
si acaso se habría alejado de mí;
no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza;
con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho;
Ya sin fuerzas;
Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia;
Entre toda reverencia;
Mi soberana amante;
pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.
Un lugar escondido al ojo humano, imposible de percibir para la persona promedio, pero que, de alguna manera, conocían en su pueblo.
Un lugar rodeado de mitos y leyendas, una torre que se alzaba a los cielos, sin un final visible.
Intrusa que se adentraba en el cielo como si le perteneciera, sin ningún tipo de información sobre la era de la que provenía.
Si en algún lugar hallaría respuestas, ahí debía ser. La desaparición de su pueblo, la muerte de su familia, el origen de su propio poder; todo debería hallar respuesta en esa torre de leyenda pero ¿Qué retos esperarían dentro? ⸻ Es momento de saldar deudas. ⸻ Poco importaba el precio, Nagi tenía un destino claro y ahora mismo, difícilmente se la convencería de lo contrario.
Era momento de iniciar los preparativos, la brújula apuntaba en una nueva dirección; era momento de alumbrar su pasado y si para ello debía desenvainar su espada, con gusto cortaría el mismo cielo.
𝔼𝕟 𝕦𝕟 𝕝𝕦𝕘𝕒𝕣 𝕕𝕠𝕟𝕕𝕖 𝕝𝕠𝕤 𝕙𝕦𝕞𝕒𝕟𝕠𝕤 𝕥𝕣𝕒𝕥𝕒𝕟 𝕕𝕖 𝕒𝕔𝕖𝕣𝕔𝕒𝕣𝕤𝕖 𝕒 𝔻𝕚𝕠𝕤, 𝕒𝕝𝕝í 𝕖𝕤𝕥𝕒́𝕟 𝕝𝕒𝕤 𝕣𝕖𝕤𝕡𝕦𝕖𝕤𝕥𝕒𝕤 𝕢𝕦𝕖 𝕓𝕦𝕤𝕔𝕒𝕤...
𝕌𝕟 𝕝𝕦𝕘𝕒𝕣 𝕕𝕖 𝕝𝕖𝕪𝕖𝕟𝕕𝕒 𝕕𝕠𝕟𝕕𝕖 𝕝𝕒 𝕞𝕦𝕖𝕣𝕥𝕖 𝕟𝕠 𝕖𝕤 𝕖𝕝 𝕗𝕚𝕟𝕒𝕝.
ℍ𝕚𝕤𝕥𝕠𝕣𝕚𝕒𝕤 𝕔𝕠𝕟𝕥𝕒𝕕𝕒𝕤 𝕖𝕟 𝕤𝕦 𝕡𝕦𝕖𝕓𝕝𝕠,
𝕞𝕚𝕥𝕠𝕤 𝕡𝕒𝕣𝕒 𝕒𝕥𝕣𝕒𝕖𝕣 𝕒 𝕝𝕠𝕤 𝕧𝕒𝕝𝕚𝕖𝕟𝕥𝕖𝕤...
𝕋𝕠𝕕𝕠 𝕣𝕖𝕤𝕦𝕝𝕥𝕠́ 𝕤𝕖𝕣 𝕔𝕚𝕖𝕣𝕥𝕠.
⸻ Te encontré. ⸻
Un lugar escondido al ojo humano, imposible de percibir para la persona promedio, pero que, de alguna manera, conocían en su pueblo.
Un lugar rodeado de mitos y leyendas, una torre que se alzaba a los cielos, sin un final visible.
Intrusa que se adentraba en el cielo como si le perteneciera, sin ningún tipo de información sobre la era de la que provenía.
Si en algún lugar hallaría respuestas, ahí debía ser. La desaparición de su pueblo, la muerte de su familia, el origen de su propio poder; todo debería hallar respuesta en esa torre de leyenda pero ¿Qué retos esperarían dentro? ⸻ Es momento de saldar deudas. ⸻ Poco importaba el precio, Nagi tenía un destino claro y ahora mismo, difícilmente se la convencería de lo contrario.
Era momento de iniciar los preparativos, la brújula apuntaba en una nueva dirección; era momento de alumbrar su pasado y si para ello debía desenvainar su espada, con gusto cortaría el mismo cielo.
Tan...predecibles. Son como las desgraciadas polillas, incapaces de resistirse a la luz...así son ellos, incapaces de resistirse a unos cuántos billetes y unas migajas de poder, ¿no es así?
El cuerpo de un hombre con varias heridas desde el cuello hasta el vientre, yacía tendido a los pies de Alessandro en un charco de su propio líquido vital mientras éste lo miraba con fría indiferencia a pesar de la sangre que cubría su hermoso rostro.
— Con él, ¿cuántos faltan, Lorenzo?—preguntó mientras miraba sus manos llenas de sangre.
— Unos 20, señor. Sospecharan y podría ser peligroso para usted.
—Lo sé, pero es más peligroso para ellos, se metieron con mi familia y tú sabes que eso no se hace...— respondió él como si hablara con un niño pequeño.
— No creí que fuera tan duro, señor Balissari.
—En mi defensa, jamás dije que sería una conversación amistosa...pero, Lorenzo...¿debo recordarte que juraste permanecer a mi lado hasta la muerte?
—No, señor.
—Encárgate del cuerpo.
Y, como si hubiera ido a tomar el té, se limpió la sangre de cara y manos y salió del lugar.
Tan...predecibles. Son como las desgraciadas polillas, incapaces de resistirse a la luz...así son ellos, incapaces de resistirse a unos cuántos billetes y unas migajas de poder, ¿no es así?
El cuerpo de un hombre con varias heridas desde el cuello hasta el vientre, yacía tendido a los pies de Alessandro en un charco de su propio líquido vital mientras éste lo miraba con fría indiferencia a pesar de la sangre que cubría su hermoso rostro.
— Con él, ¿cuántos faltan, Lorenzo?—preguntó mientras miraba sus manos llenas de sangre.
— Unos 20, señor. Sospecharan y podría ser peligroso para usted.
—Lo sé, pero es más peligroso para ellos, se metieron con mi familia y tú sabes que eso no se hace...— respondió él como si hablara con un niño pequeño.
— No creí que fuera tan duro, señor Balissari.
—En mi defensa, jamás dije que sería una conversación amistosa...pero, Lorenzo...¿debo recordarte que juraste permanecer a mi lado hasta la muerte?
—No, señor.
—Encárgate del cuerpo.
Y, como si hubiera ido a tomar el té, se limpió la sangre de cara y manos y salió del lugar.
Cuando nací tenía los ojos cubierto, no por qué no podía ver, si no por qué veía demasiado...
Veía el futuro de los que tenía en frente, y de los que conocerían.
Veía sus almas y como pasarían a un nuevo cuerpo luego.
Cubrieron mis ojos por tres días, hasta que me acostumbrara.
El ver sus almas no era el problema, el problema estaba en que hacía "resonancia" y podía sacarla de su cuerpo aún estando vivos...
De ahí que me apodaron como muerte...
Cuando nací tenía los ojos cubierto, no por qué no podía ver, si no por qué veía demasiado...
Veía el futuro de los que tenía en frente, y de los que conocerían.
Veía sus almas y como pasarían a un nuevo cuerpo luego.
Cubrieron mis ojos por tres días, hasta que me acostumbrara.
El ver sus almas no era el problema, el problema estaba en que hacía "resonancia" y podía sacarla de su cuerpo aún estando vivos...
De ahí que me apodaron como muerte...
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Con el paso de los meses, el nombre de Yen dejó de ser solo un susurro entre enemigos y se convirtió en un símbolo, "La Hija del Monstruo".
Así la llamaban los Elunai, los soldados, incluso los demonios que habían sobrevivido a su furia. Lo que nació como un insulto terminó transformándose en un título que Yen portaba con orgullo. Cada vez que lo escuchaba, no sentía vergüenza sino una extraña satisfacción. Era la prueba de que su existencia pesaba en el mundo. De que ya no era la niña olvidada en un calabozo sino que era alguien a quien temer.
Pero mientras su leyenda crecía, la de los Elunai comenzaba a desmoronarse, las generaciones dejaron de renovarse. Los nacimientos disminuyeron. Los templos ya no podían ocultarlo: algo estaba fallando en la raíz misma de su raza.
No sabían que su destino ya había sido sellado mucho antes. En las sombras de la guerra, Ozma había descubierto el secreto mejor guardado de los dioses: "El Árbol de las Almas".
No era un símbolo ni un mito, era una prisión. Cada Elunai que moría no regresaba al flujo natural de la existencia. Su alma era arrastrada hacia ese árbol, atrapada, reciclada y obligada a renacer una y otra vez como parte de la misma raza. Un ciclo cerrado, perfecto, controlado.
Los dioses no otorgaban vida, la administraban, así evitaban compartir su poder con nuevas almas. Así mantenían intacto el número de aquellos bendecidos. Así aseguraban que su dominio jamás fuera desafiado.
Ozma no buscó ese árbol por odio, lo buscó por amor. Durante años, entre ruinas y templos destruidos, reunió fragmentos de conocimiento, persiguió rumores, desenterró secretos con un solo objetivo: Encontrar el alma de Selin y devolverla para darle un nuevo cuerpo.
Pero cuando finalmente encontró el Árbol de las Almas no la halló, no estaba allí, no había rastro de ella, ni esencia o eco, tampoco fragmentos.
Era como si Selin jamás hubiese existido. En ese instante algo en Ozma se quebró de forma irreversible, porque la muerte y el tiempo podía aceptarlos, pero aquello era peor que la muerte, era el olvido absoluto, la negación de toda existencia.
La furia que nació en él no fue como las anteriores, no fue un estallido, fue algo más frío y profundo. Ozma no destruyó el Árbol, lo corrompió silenciosamente sin que los dioses lo notaran. Alteró su esencia, envenenó su función, rompió su ciclo desde dentro. Las almas ya no serían reclamadas, ya no regresarían, ya no alimentarían el sistema que los dioses habían creado.
Los Elunai seguirían viviendo pero lentamente se extinguirían. No lo hizo solo por venganza, también lo hizo por Yen, porque comprendió algo aterrador: Si los dioses pudieron borrar a Selin… También podrían borrar a su hija.
Y eso eso era algo que jamás permitiría, ya había perdido a Selin y a su hija no nacida, no perdería a Yen. Desde ese momento, la guerra dejó de ser una lucha contra templos o ejércitos. Se convirtió en algo mucho más oscuro, Ozma ya no peleaba por justicia ni siquiera por venganza, ahora peleaba contra el propio orden del mundo y mientras él se hundía cada vez más en esa oscuridad, Yen, la Hija del Monstruo… Caminaba sin saber que el destino que la aguardaba era incluso más cruel que el de su padre.
****Edad del Caos****
El Árbol de las Almas"
Con el paso de los meses, el nombre de Yen dejó de ser solo un susurro entre enemigos y se convirtió en un símbolo, "La Hija del Monstruo".
Así la llamaban los Elunai, los soldados, incluso los demonios que habían sobrevivido a su furia. Lo que nació como un insulto terminó transformándose en un título que Yen portaba con orgullo. Cada vez que lo escuchaba, no sentía vergüenza sino una extraña satisfacción. Era la prueba de que su existencia pesaba en el mundo. De que ya no era la niña olvidada en un calabozo sino que era alguien a quien temer.
Pero mientras su leyenda crecía, la de los Elunai comenzaba a desmoronarse, las generaciones dejaron de renovarse. Los nacimientos disminuyeron. Los templos ya no podían ocultarlo: algo estaba fallando en la raíz misma de su raza.
No sabían que su destino ya había sido sellado mucho antes. En las sombras de la guerra, Ozma había descubierto el secreto mejor guardado de los dioses: "El Árbol de las Almas".
No era un símbolo ni un mito, era una prisión. Cada Elunai que moría no regresaba al flujo natural de la existencia. Su alma era arrastrada hacia ese árbol, atrapada, reciclada y obligada a renacer una y otra vez como parte de la misma raza. Un ciclo cerrado, perfecto, controlado.
Los dioses no otorgaban vida, la administraban, así evitaban compartir su poder con nuevas almas. Así mantenían intacto el número de aquellos bendecidos. Así aseguraban que su dominio jamás fuera desafiado.
Ozma no buscó ese árbol por odio, lo buscó por amor. Durante años, entre ruinas y templos destruidos, reunió fragmentos de conocimiento, persiguió rumores, desenterró secretos con un solo objetivo: Encontrar el alma de Selin y devolverla para darle un nuevo cuerpo.
Pero cuando finalmente encontró el Árbol de las Almas no la halló, no estaba allí, no había rastro de ella, ni esencia o eco, tampoco fragmentos.
Era como si Selin jamás hubiese existido. En ese instante algo en Ozma se quebró de forma irreversible, porque la muerte y el tiempo podía aceptarlos, pero aquello era peor que la muerte, era el olvido absoluto, la negación de toda existencia.
La furia que nació en él no fue como las anteriores, no fue un estallido, fue algo más frío y profundo. Ozma no destruyó el Árbol, lo corrompió silenciosamente sin que los dioses lo notaran. Alteró su esencia, envenenó su función, rompió su ciclo desde dentro. Las almas ya no serían reclamadas, ya no regresarían, ya no alimentarían el sistema que los dioses habían creado.
Los Elunai seguirían viviendo pero lentamente se extinguirían. No lo hizo solo por venganza, también lo hizo por Yen, porque comprendió algo aterrador: Si los dioses pudieron borrar a Selin… También podrían borrar a su hija.
Y eso eso era algo que jamás permitiría, ya había perdido a Selin y a su hija no nacida, no perdería a Yen. Desde ese momento, la guerra dejó de ser una lucha contra templos o ejércitos. Se convirtió en algo mucho más oscuro, Ozma ya no peleaba por justicia ni siquiera por venganza, ahora peleaba contra el propio orden del mundo y mientras él se hundía cada vez más en esa oscuridad, Yen, la Hija del Monstruo… Caminaba sin saber que el destino que la aguardaba era incluso más cruel que el de su padre.
*estando sentada en un mueble, jugando con un cristal de alma, pero no era cualquier cristal, este contenía dos almas que no fuí capaz de dejar que se fuera del todo que mantenía junto a mi como el tesoro que era para mí, viendo el reflejo de quiénes estaban ella, incluso fue una petición de ellos quedar en tal condición*
De a momento desearía estar con ustedes, no saben cómo los extraño.
Beber whisky, sentada en aquella mesita observando la inmensidad del Averno.
Oh entrenando mi magia aprendiendo, como hacer lo que hago ahora rencarnar una y otra vez solo por el capricho de no entregarme a la muerte.
Quizás ese es mi error, no entregarme de lleno a un destino que ya era mío.
*estando sentada en un mueble, jugando con un cristal de alma, pero no era cualquier cristal, este contenía dos almas que no fuí capaz de dejar que se fuera del todo que mantenía junto a mi como el tesoro que era para mí, viendo el reflejo de quiénes estaban ella, incluso fue una petición de ellos quedar en tal condición*
De a momento desearía estar con ustedes, no saben cómo los extraño.
Beber whisky, sentada en aquella mesita observando la inmensidad del Averno.
Oh entrenando mi magia aprendiendo, como hacer lo que hago ahora rencarnar una y otra vez solo por el capricho de no entregarme a la muerte.
Quizás ese es mi error, no entregarme de lleno a un destino que ya era mío.
Siniestra amaestrada, Luna amada, quién hila el rito de mis hilos, me demuestras una nueva carnada para esta nupcial hazaña que es la de socorrerte.
Entre ruegos y canciones devoro el devoto tiempo en saciedad; quién al rumiar el puente ante mis líricos abismos, me muestra las fauces de una hembra, ante el ayuno de su propio amparo.
Sus luceros de angeladas carencias, de sesgos siniestros, ah, almico anhelo, prestan su cobijo a las mejillas, a unos labios que han sido besados ante la calidez que me es desconocida.
Entonces el ritmo de mis pasos se acalla, el muérdago corriente en forma de espada que tiendo junto a su cuello, como el tesoro más amado, intenta morder sus ansias; no existen labios que me tienten, pero los de ella son un folklórico suspiro. Doy un suspiro, él mana de mí como una canción que se canta a fantasmas que se besan con el ardor del corazón.
Espero entre la saciedad del bosque, entre el regadío de unas rosas que me guían hasta el dueño del hálito de mi vida; que la hembra perdone mi intromisión a sus moradas, aunque ella hurta algo que es mío, por voto y por derecho. Y por él debo pelear.
Así que le digo; con el arrullo de una daga que se inclina a rozarla, si es que acaso nuestros rostros se encuentran. Ella quizá ante mi sosiego, yo que visto entre la nocturna más alada. Esa pronunciada amada, el ritual de mis tormentos.
El Sol ya ha muerto, el cielo sangró entre oro, púrpura y amarillo, y yo, y tan sólo, la admiro a ella y entono el perdón por esa rosa que viste como una novia sus manos. Una que no tiene dueño, ni altar, pero sí, alguien que le escuche.
---¿De modo que así será, que las doncellas tejen su vida ya ante la lumbre de la muerte por el amor de una sola rosa?
Pregunto para que ella sólo me escuche, y de entre todo, nuestros secretos sean agraciados por la noche, esa que le forja mariposas al día, como espero que algún día, acuda una ante mis ruegos y sea el almíbar de sus cosenos, su propia secuencia en un vals interminable.
---Mortal, la rosa que has tomado, es de entre todas, la más cara para mí. Mi corazón se hundiría en llanto de tan sólo perderla, pero si me dejas mirarte un solo instante, será tuya.
Mi muérdago quizá roza su cuello o acaso son mis labios, pero ella de aquí no parte, si no es con el perdón, de todos sus pecados. O con el relicario de un nuevo rostro de índole incorrupta.
[tidal_green_hippo_246]
---
Siniestra amaestrada, Luna amada, quién hila el rito de mis hilos, me demuestras una nueva carnada para esta nupcial hazaña que es la de socorrerte.
Entre ruegos y canciones devoro el devoto tiempo en saciedad; quién al rumiar el puente ante mis líricos abismos, me muestra las fauces de una hembra, ante el ayuno de su propio amparo.
Sus luceros de angeladas carencias, de sesgos siniestros, ah, almico anhelo, prestan su cobijo a las mejillas, a unos labios que han sido besados ante la calidez que me es desconocida.
Entonces el ritmo de mis pasos se acalla, el muérdago corriente en forma de espada que tiendo junto a su cuello, como el tesoro más amado, intenta morder sus ansias; no existen labios que me tienten, pero los de ella son un folklórico suspiro. Doy un suspiro, él mana de mí como una canción que se canta a fantasmas que se besan con el ardor del corazón.
Espero entre la saciedad del bosque, entre el regadío de unas rosas que me guían hasta el dueño del hálito de mi vida; que la hembra perdone mi intromisión a sus moradas, aunque ella hurta algo que es mío, por voto y por derecho. Y por él debo pelear.
Así que le digo; con el arrullo de una daga que se inclina a rozarla, si es que acaso nuestros rostros se encuentran. Ella quizá ante mi sosiego, yo que visto entre la nocturna más alada. Esa pronunciada amada, el ritual de mis tormentos.
El Sol ya ha muerto, el cielo sangró entre oro, púrpura y amarillo, y yo, y tan sólo, la admiro a ella y entono el perdón por esa rosa que viste como una novia sus manos. Una que no tiene dueño, ni altar, pero sí, alguien que le escuche.
---¿De modo que así será, que las doncellas tejen su vida ya ante la lumbre de la muerte por el amor de una sola rosa?
Pregunto para que ella sólo me escuche, y de entre todo, nuestros secretos sean agraciados por la noche, esa que le forja mariposas al día, como espero que algún día, acuda una ante mis ruegos y sea el almíbar de sus cosenos, su propia secuencia en un vals interminable.
---Mortal, la rosa que has tomado, es de entre todas, la más cara para mí. Mi corazón se hundiría en llanto de tan sólo perderla, pero si me dejas mirarte un solo instante, será tuya.
Mi muérdago quizá roza su cuello o acaso son mis labios, pero ella de aquí no parte, si no es con el perdón, de todos sus pecados. O con el relicario de un nuevo rostro de índole incorrupta.