• 𝐈𝐒𝐏𝐑𝐈𝐍𝐒𝐄𝐒𝐒𝐀𝐍

    𝑌𝑜... 𝑛𝑜 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑖𝑎 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟𝑙𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑜... 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜. 𝐸𝑙 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑠𝑢 𝑚𝑎𝑙𝑑𝑖𝑡𝑎 𝑖𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑎𝘩𝑜𝑟𝑎 𝑝𝑜𝑟 𝑠𝑢 𝑐𝑢𝑙𝑝𝑎 𝑚𝑖𝑠 𝑑𝑖𝑎𝑠 𝑠𝑖𝑛 𝑖𝑛𝑐𝑖𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑣𝑒𝑛 𝑎 𝑐𝑒𝑟𝑜...

    Patinar sobre hielo era más que un hobbie.
    Para Sienna era liberador, terapéutico y ayudaba a mantener a raya cualquier recuerdo o impulso de su pasado que pudiera orillarla a cometer algún... error.

    Había una pista comunitaria pero solía estar repleta con grupos de estudiantes o chicos que les gustaba experimentar... y no es que fuera una experta pero ya tenía más experiencia así que prefería entrenar en un sitio más tranquilo.

    Había un lago congelado cerca de la preparatoria local, lo suficientemente apartado del bullicio estudiantil para permitirse un momento de paz y concentración.
    Antes de colocarse los patines y adentrarse en el hielo hizo algunos estiramientos como preparación física; después estuvo lista para iniciar.
    Con patines puestos, se colocó sus audífonos y reprodujo su playlist especialmente creada para sus sesiones.

    𝑩𝒖𝒕 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒖𝒏 𝒘𝒆𝒏𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒕𝒂𝒓𝒔 𝒄𝒂𝒎𝒆 𝒐𝒖𝒕 𝒔𝒉𝒆 𝒉𝒆𝒂𝒓𝒅 𝒕𝒉𝒆𝒎 𝒔𝒉𝒐𝒖𝒕 𝑭𝒇 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒍𝒐𝒖𝒅 𝒂𝒏𝒅 𝒄𝒍𝒆𝒂𝒓 𝑺𝒐𝒎𝒆𝒐𝒏𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒃𝒚 𝒘𝒊𝒍𝒍 𝒔𝒖𝒓𝒆𝒍𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒓 𝒚𝒐𝒖 𝑵𝒐 𝒚𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒃𝒆 𝒂𝒇𝒓𝒂𝒊𝒅...

    El singular estilo de Emilie Autumn acompañó su rutina.
    Eran la melodía, el hielo, ella y... ¿Él?

    Estaba tan concentrada que no notó la presencia de un chico que la observaba desde los árboles.
    Quizás la siguió o la vio por casualidad mientras caminaba por el sendero... por el motivo que fuera no le hacía gracia, era incómodo.

    Se quitó los audífonos y patinó a la orilla sin decir nada, ignorando completamente al recién llegado; este al sentir el rechazo olímpico lo tomó como una invitación a acercarse, todo lo contrario a lo que ella transmitía.

    —Hola. Te vi patinando y déjame decirte que...
    —No me interesa—. Cortó de tajo y se sentó para quitarse los patines.
    —Tranquila, yo sólo quería decirte lo bien que lo haces y...
    —Ya lo hiciste, ¿no? Puedes irte.
    —¿Y si te invito...?
    —No, gracias—. Se calzó las botas oscuras que solía usar cuando iba a esa zona boscosa y se puso de pie sin mirar al chico.
    —No seas pesada y acepta.
    —No me interesa. ¿Acaso hablo en francés?

    Ahí ambos perdieron la paciencia y a continuación el desenlace marcó el fin de sus días sin incidentes.

    —¡𝑃𝑒𝑟𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎.ᐟ
    𝐵𝑟𝑎𝑚𝑜 𝑠𝑖𝑛 𝑎𝑝𝑖𝑐𝑒 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑔𝑎𝑙𝑎𝑛𝑡𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑦 𝑓𝑎𝑙𝑠𝑎 𝑎𝑚𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑙 𝑖𝑛𝑖𝑐𝑖𝑜.
    𝑆𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑛 𝑑𝑒 𝑑𝑎𝑛̃𝑎𝑟𝑙𝑎 𝑦 𝑒𝑠𝑒 𝑓𝑢𝑒 𝑠𝑢 𝑒𝑟𝑟𝑜𝑟 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑠𝑎𝑏𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑒𝑚𝑜𝑛𝑖𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑟𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑔𝑒𝑛𝑡𝑒.

    𝑆𝑖𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒 𝑡𝑒𝑚𝑏𝑙𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑝𝑢𝑙𝑠𝑜 𝑙𝑒𝑣𝑎𝑛𝑡𝑜 𝑢𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑡𝑖𝑛𝑒𝑠 𝑦 𝑙𝑒 𝑎𝑠𝑒𝑠𝑡𝑜 𝑢𝑛 𝑔𝑜𝑙𝑝𝑒 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑜𝑙𝑜𝑐𝑜.

    𝑈𝑛𝑜.
    𝐷𝑜𝑠.
    𝑇𝑟𝑒𝑠.

    𝐸𝑙 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜 𝑒𝑚𝑝𝑒𝑧𝑜 𝑎 𝑡𝑒𝑛̃𝑖𝑟𝑠𝑒 𝑑𝑒 𝑟𝑜𝑗𝑜.
    𝑅𝑜𝑗𝑜 𝑠𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒.
    𝑆𝑢 𝑚𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑎𝑧𝑢𝑙 𝑦 𝑐𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑒 𝑠𝑖𝑛𝑡𝑖𝑜 𝑡𝑎𝑛 𝑓𝑟𝑖𝑎 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑒 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑜 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜.

    𝐿𝑜 𝑚𝑖𝑟𝑜 𝑎𝘩𝑖 𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑜. 𝑀𝑢𝑒𝑟𝑡𝑜 𝑜 𝑖𝑛𝑐𝑜𝑛𝑠𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑛𝑜 𝑙𝑜 𝑠𝑎𝑏𝑖𝑎, 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑎 𝑚𝑜𝑙𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟𝑙𝑎...

    𝐈𝐒𝐏𝐑𝐈𝐍𝐒𝐄𝐒𝐒𝐀𝐍 𝑌𝑜... 𝑛𝑜 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑖𝑎 𝘩𝑎𝑐𝑒𝑟𝑙𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑜... 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜. 𝐸𝑙 𝑚𝑒 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑠𝑢 𝑚𝑎𝑙𝑑𝑖𝑡𝑎 𝑖𝑛𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑎𝘩𝑜𝑟𝑎 𝑝𝑜𝑟 𝑠𝑢 𝑐𝑢𝑙𝑝𝑎 𝑚𝑖𝑠 𝑑𝑖𝑎𝑠 𝑠𝑖𝑛 𝑖𝑛𝑐𝑖𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑣𝑒𝑛 𝑎 𝑐𝑒𝑟𝑜... Patinar sobre hielo era más que un hobbie. Para Sienna era liberador, terapéutico y ayudaba a mantener a raya cualquier recuerdo o impulso de su pasado que pudiera orillarla a cometer algún... error. Había una pista comunitaria pero solía estar repleta con grupos de estudiantes o chicos que les gustaba experimentar... y no es que fuera una experta pero ya tenía más experiencia así que prefería entrenar en un sitio más tranquilo. Había un lago congelado cerca de la preparatoria local, lo suficientemente apartado del bullicio estudiantil para permitirse un momento de paz y concentración. Antes de colocarse los patines y adentrarse en el hielo hizo algunos estiramientos como preparación física; después estuvo lista para iniciar. Con patines puestos, se colocó sus audífonos y reprodujo su playlist especialmente creada para sus sesiones. 𝑩𝒖𝒕 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒖𝒏 𝒘𝒆𝒏𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒕𝒂𝒓𝒔 𝒄𝒂𝒎𝒆 𝒐𝒖𝒕 𝒔𝒉𝒆 𝒉𝒆𝒂𝒓𝒅 𝒕𝒉𝒆𝒎 𝒔𝒉𝒐𝒖𝒕 𝑭𝒇 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒍𝒐𝒖𝒅 𝒂𝒏𝒅 𝒄𝒍𝒆𝒂𝒓 𝑺𝒐𝒎𝒆𝒐𝒏𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒔𝒊𝒏𝒈 𝒃𝒚 𝒘𝒊𝒍𝒍 𝒔𝒖𝒓𝒆𝒍𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒓 𝒚𝒐𝒖 𝑵𝒐 𝒚𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒃𝒆 𝒂𝒇𝒓𝒂𝒊𝒅... El singular estilo de Emilie Autumn acompañó su rutina. Eran la melodía, el hielo, ella y... ¿Él? Estaba tan concentrada que no notó la presencia de un chico que la observaba desde los árboles. Quizás la siguió o la vio por casualidad mientras caminaba por el sendero... por el motivo que fuera no le hacía gracia, era incómodo. Se quitó los audífonos y patinó a la orilla sin decir nada, ignorando completamente al recién llegado; este al sentir el rechazo olímpico lo tomó como una invitación a acercarse, todo lo contrario a lo que ella transmitía. —Hola. Te vi patinando y déjame decirte que... —No me interesa—. Cortó de tajo y se sentó para quitarse los patines. —Tranquila, yo sólo quería decirte lo bien que lo haces y... —Ya lo hiciste, ¿no? Puedes irte. —¿Y si te invito...? —No, gracias—. Se calzó las botas oscuras que solía usar cuando iba a esa zona boscosa y se puso de pie sin mirar al chico. —No seas pesada y acepta. —No me interesa. ¿Acaso hablo en francés? Ahí ambos perdieron la paciencia y a continuación el desenlace marcó el fin de sus días sin incidentes. —¡𝑃𝑒𝑟𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎.ᐟ 𝐵𝑟𝑎𝑚𝑜 𝑠𝑖𝑛 𝑎𝑝𝑖𝑐𝑒 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑔𝑎𝑙𝑎𝑛𝑡𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑦 𝑓𝑎𝑙𝑠𝑎 𝑎𝑚𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑙 𝑖𝑛𝑖𝑐𝑖𝑜. 𝑆𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑜 𝑐𝑜𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑛 𝑑𝑒 𝑑𝑎𝑛̃𝑎𝑟𝑙𝑎 𝑦 𝑒𝑠𝑒 𝑓𝑢𝑒 𝑠𝑢 𝑒𝑟𝑟𝑜𝑟 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑠𝑎𝑏𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑒𝑚𝑜𝑛𝑖𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑟𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑔𝑒𝑛𝑡𝑒. 𝑆𝑖𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒 𝑡𝑒𝑚𝑏𝑙𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑝𝑢𝑙𝑠𝑜 𝑙𝑒𝑣𝑎𝑛𝑡𝑜 𝑢𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑡𝑖𝑛𝑒𝑠 𝑦 𝑙𝑒 𝑎𝑠𝑒𝑠𝑡𝑜 𝑢𝑛 𝑔𝑜𝑙𝑝𝑒 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑜𝑙𝑜𝑐𝑜. 𝑈𝑛𝑜. 𝐷𝑜𝑠. 𝑇𝑟𝑒𝑠. 𝐸𝑙 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜 𝑒𝑚𝑝𝑒𝑧𝑜 𝑎 𝑡𝑒𝑛̃𝑖𝑟𝑠𝑒 𝑑𝑒 𝑟𝑜𝑗𝑜. 𝑅𝑜𝑗𝑜 𝑠𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒. 𝑆𝑢 𝑚𝑖𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑎𝑧𝑢𝑙 𝑦 𝑐𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑒 𝑠𝑖𝑛𝑡𝑖𝑜 𝑡𝑎𝑛 𝑓𝑟𝑖𝑎 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑒 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑜 𝘩𝑖𝑒𝑙𝑜. 𝐿𝑜 𝑚𝑖𝑟𝑜 𝑎𝘩𝑖 𝑡𝑖𝑟𝑎𝑑𝑜. 𝑀𝑢𝑒𝑟𝑡𝑜 𝑜 𝑖𝑛𝑐𝑜𝑛𝑠𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑛𝑜 𝑙𝑜 𝑠𝑎𝑏𝑖𝑎, 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟𝑖𝑎 𝑎 𝑚𝑜𝑙𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟𝑙𝑎...
    0 turnos 0 maullidos
  • Por fin me ha llegado las fotos de mi boda y simplemente no tengo palabras de expresar lo bonitas que son.

    Quiero dar las gracias a mis suegros por dejarnos celebrarlo en su rancho y también a mí amada Madd sin ti no había podido arreglarme Maddison Gilbert y también a Lillith Swan por el hermoso vestido que me hiciste. Me sentía como una auténtica princesa.

    Y por último y menos importante Thomas Williams te amo mucho mi príncipe azul
    Por fin me ha llegado las fotos de mi boda y simplemente no tengo palabras de expresar lo bonitas que son. Quiero dar las gracias a mis suegros por dejarnos celebrarlo en su rancho y también a mí amada Madd sin ti no había podido arreglarme [Gilbert_ruby97] y también a [CxLillith] por el hermoso vestido que me hiciste. Me sentía como una auténtica princesa. Y por último y menos importante [SnowJ] te amo mucho mi príncipe azul
    Me encocora
    3
    1 turno 0 maullidos
  • ** La reunión del curioso grupo que ha llegado a Nwitta con la misión original de rescatar a cuatro cautivos, pronto se ve convertida en escenario de una batalla. Es tal como Kieran ha dicho y los vigilantes no ignoran la onda expansiva en la fibra del caos, causada por un portal de magia dorada que ya de por sí es muy notable, pero que al transportar un grupo significativo de humanos excepcionales y otros seres, es como lanzar una roca a un estanque calmo. **

    "¡Se dirige a ustedes un escuadrón de Élite de Vigilantes! Estamos autorizados para usar todas las medidas que sean necesarias para su captura, incluyendo fuerza letal si no hay otra opción!"

    ** La voz resuena y hace vibrar las ventana de la casa abandonada que alberga al grupo, en ese instante, una de las paredes es reducida a escombro por una explosión estrepitosa, alrededor del perímetro han sido instalados seis dispositivos en un patrón hexagonal, los cuares crean barreras de magia que emula al cerceta, sin llegar a serlo. **

    "Humanos, salgan tranquilamente... esto no les concierne. Serán evacuados pacíficamente si se entregan por su voluntad. En cuanto a los otros dos seres... serán capturados y analizados, su presencia aquí no es permitida".

    ** La presencia de un vampiro y la que los vigilantes no logran identificar pero detectan como no-humana agrava la situación. **
    ** La reunión del curioso grupo que ha llegado a Nwitta con la misión original de rescatar a cuatro cautivos, pronto se ve convertida en escenario de una batalla. Es tal como Kieran ha dicho y los vigilantes no ignoran la onda expansiva en la fibra del caos, causada por un portal de magia dorada que ya de por sí es muy notable, pero que al transportar un grupo significativo de humanos excepcionales y otros seres, es como lanzar una roca a un estanque calmo. ** "¡Se dirige a ustedes un escuadrón de Élite de Vigilantes! Estamos autorizados para usar todas las medidas que sean necesarias para su captura, incluyendo fuerza letal si no hay otra opción!" ** La voz resuena y hace vibrar las ventana de la casa abandonada que alberga al grupo, en ese instante, una de las paredes es reducida a escombro por una explosión estrepitosa, alrededor del perímetro han sido instalados seis dispositivos en un patrón hexagonal, los cuares crean barreras de magia que emula al cerceta, sin llegar a serlo. ** "Humanos, salgan tranquilamente... esto no les concierne. Serán evacuados pacíficamente si se entregan por su voluntad. En cuanto a los otros dos seres... serán capturados y analizados, su presencia aquí no es permitida". ** La presencia de un vampiro y la que los vigilantes no logran identificar pero detectan como no-humana agrava la situación. **
    Me endiabla
    Me encocora
    Me shockea
    Me gusta
    8
    27 turnos 0 maullidos
  • Everything’s blurry, I don’t wanna worry
    Fandom Hellaverse
    Categoría Otros
    —𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: Husk
    —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙖𝙨𝙖𝙙𝙤
    —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Casino Magic Cat.

    Siempre odió el negocio familiar. En vida, habría dado cualquier cosa para huir de ellos, lejos bien lejos. Pero una vez en el infierno…

    Si, se había reencontrado con su padre, al que en poco tiempo desbancó como cabeza de familia, impresionando así a los antepasados (puesto que prácticamente toda su familia había acabado allí abajo desde hacía generaciones), demostrándole a todos que; Anthony en realidad siempre fue un más que apto hijo de la familia Greco. Solo que no le había dado la real gana. Y realmente, seguía sin ser lo que Anthony, quien ahora era conocido como Ángel Dust quiso pero, si lo que necesitó para sobrevivir. De modo, que finalmente habia acabado por pillarle el gusto; conspiraciones, asesinatos, negocios sucios, engaños, drogas, armas ilegales… Para ahora aquello era su “Gran teatro” y él la estrella que hacía su propio show. Si, ese fue su modo de sobrellevar aquel deseo que siempre tuvo de ser actor y que jamás pudo cumplir, ahora su nueva “vida” era una eterna actuación, llena de glamour y sangre.

    Pero, esa noche se encontraba en el casino no por obligación, si no por cortesía. Tras una reunión de overlords, Husk; el rey de los casinos le había invitado a una noche distendida, jugando y contemplando los espectáculos en compañía del amo del lugar. En opinión de Angel; un viejo cascarrabias pero bastante sexy. Y como el caballero italiano que Ángel era, esa noche acudió acompañado de su escolta y entre ellos su hombre de más confianza: Su hermano mayor, Arackniss. Quien fue el ultimo en morir y acabar en el infierno (aunque fue unos meses después que Ángel) y simplemente se encontró con el percal de que Henroin, su padre ahora era poco más que un “viejo chocho” Segun palabras del propio Ángel y que, era su hermano pequeño, quien nunca quiso nada, quien lo tenía ahora todo ¿La reacción del hermano mayor? Encogerse de hombros y aceptarlo sin más. Pues esa había sido siempre la forma en la que Arackniss se adaptó a un destino que tampoco pidió entre los Greco, pero con el alivio de que ya no tenía que heredar nada, solo ser leal a su hermano menor.

    Con elegancia y presencia, Ángel Dust se adentró en el local con sus hombres, y los trabajadores del casino no tardaron en correr a informar al propietario del lugar que su invitado de honor ya había llegado.
    —𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: [HuSk1] —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙖𝙨𝙖𝙙𝙤 —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Casino Magic Cat. Siempre odió el negocio familiar. En vida, habría dado cualquier cosa para huir de ellos, lejos bien lejos. Pero una vez en el infierno… Si, se había reencontrado con su padre, al que en poco tiempo desbancó como cabeza de familia, impresionando así a los antepasados (puesto que prácticamente toda su familia había acabado allí abajo desde hacía generaciones), demostrándole a todos que; Anthony en realidad siempre fue un más que apto hijo de la familia Greco. Solo que no le había dado la real gana. Y realmente, seguía sin ser lo que Anthony, quien ahora era conocido como Ángel Dust quiso pero, si lo que necesitó para sobrevivir. De modo, que finalmente habia acabado por pillarle el gusto; conspiraciones, asesinatos, negocios sucios, engaños, drogas, armas ilegales… Para ahora aquello era su “Gran teatro” y él la estrella que hacía su propio show. Si, ese fue su modo de sobrellevar aquel deseo que siempre tuvo de ser actor y que jamás pudo cumplir, ahora su nueva “vida” era una eterna actuación, llena de glamour y sangre. Pero, esa noche se encontraba en el casino no por obligación, si no por cortesía. Tras una reunión de overlords, Husk; el rey de los casinos le había invitado a una noche distendida, jugando y contemplando los espectáculos en compañía del amo del lugar. En opinión de Angel; un viejo cascarrabias pero bastante sexy. Y como el caballero italiano que Ángel era, esa noche acudió acompañado de su escolta y entre ellos su hombre de más confianza: Su hermano mayor, Arackniss. Quien fue el ultimo en morir y acabar en el infierno (aunque fue unos meses después que Ángel) y simplemente se encontró con el percal de que Henroin, su padre ahora era poco más que un “viejo chocho” Segun palabras del propio Ángel y que, era su hermano pequeño, quien nunca quiso nada, quien lo tenía ahora todo ¿La reacción del hermano mayor? Encogerse de hombros y aceptarlo sin más. Pues esa había sido siempre la forma en la que Arackniss se adaptó a un destino que tampoco pidió entre los Greco, pero con el alivio de que ya no tenía que heredar nada, solo ser leal a su hermano menor. Con elegancia y presencia, Ángel Dust se adentró en el local con sus hombres, y los trabajadores del casino no tardaron en correr a informar al propietario del lugar que su invitado de honor ya había llegado.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    2 turnos 0 maullidos
  • Derrota absoluta:

    ○Cuánta razón...

    Yacía Zelkova en decúbito supino sobre la nieve y neblina. Su gorra reposaba a un costado, el puño crispado con férrea porfía. Los ojos, enrojecidos por los vasos reventados, contemplaban el vacío mientras los copos descendían y fenecían sobre su rostro inmóvil.

    A pocos pasos se divisaba una silueta borrosa. El varón emitió un gruñido gutural cuando su hueso quebrantado volvió a encajar con un chasquido ominoso.

    ○Kakulkm... Eres más jodido de lo que imaginaba. Por todos los demonios, no es extraño que los de rango inferior tuvieran tantos problemas en darte caza.

    Se desperezó de un lado a otro.

    ○En otros tiempos me habrías dado la muerte. Te lo aseguro. Hace mucho que no gozaba de una batalla de tal calibre.

    Mas Zelkova despertó de súbito. El desmayo le había vedado oír palabra alguna. El desconocido avanzó y, sin advertirlo, aplastó la gorra del clérigo bajo su bota.

    ○En fin. Te empeñaste demasiado a la investigación. Cualquier necio habría retrocedido, pero tú seguiste hurgando y hurgando. Y ahora he de matarte.

    Se acuclilló junto a él con gesto zahiriente.

    ○No te sientas mal. Aquel a quien llamas Mr. M mostró interés en tu persona. Lo bastante para enviarme.

    Luego se incorporó.

    ○Eres quien más lejos ha llegado. Al menos no tropezaste con el Recaudador de Impuestos.

    La tierra se estremeció al pronunciar aquel apelativo.

    ○Sayonara, padre Legasov.

    Descendió el pie sobre la cabeza del cura. Y todo pareció perdido. Mas fue mera falacia urdida por el propio poder de Zelkova. Una ilusión. Su testa volvió a su lugar como si jamás hubiese sido hollada.

    El sacerdote, jadeante y maltrecho, alzó la vista hacia los cielos plomizos.

    ●Esto aún no ha fenecido... mas no puedo afrontarlo en soledad. No poseo aliados; sólo tengo a Dios...

    Su voz se tornó más tenue.

    ●...y a ti, amada mía.

    Y permaneció contemplando el firmamento nevado.
    Derrota absoluta: ○Cuánta razón... Yacía Zelkova en decúbito supino sobre la nieve y neblina. Su gorra reposaba a un costado, el puño crispado con férrea porfía. Los ojos, enrojecidos por los vasos reventados, contemplaban el vacío mientras los copos descendían y fenecían sobre su rostro inmóvil. A pocos pasos se divisaba una silueta borrosa. El varón emitió un gruñido gutural cuando su hueso quebrantado volvió a encajar con un chasquido ominoso. ○Kakulkm... Eres más jodido de lo que imaginaba. Por todos los demonios, no es extraño que los de rango inferior tuvieran tantos problemas en darte caza. Se desperezó de un lado a otro. ○En otros tiempos me habrías dado la muerte. Te lo aseguro. Hace mucho que no gozaba de una batalla de tal calibre. Mas Zelkova despertó de súbito. El desmayo le había vedado oír palabra alguna. El desconocido avanzó y, sin advertirlo, aplastó la gorra del clérigo bajo su bota. ○En fin. Te empeñaste demasiado a la investigación. Cualquier necio habría retrocedido, pero tú seguiste hurgando y hurgando. Y ahora he de matarte. Se acuclilló junto a él con gesto zahiriente. ○No te sientas mal. Aquel a quien llamas Mr. M mostró interés en tu persona. Lo bastante para enviarme. Luego se incorporó. ○Eres quien más lejos ha llegado. Al menos no tropezaste con el Recaudador de Impuestos. La tierra se estremeció al pronunciar aquel apelativo. ○Sayonara, padre Legasov. Descendió el pie sobre la cabeza del cura. Y todo pareció perdido. Mas fue mera falacia urdida por el propio poder de Zelkova. Una ilusión. Su testa volvió a su lugar como si jamás hubiese sido hollada. El sacerdote, jadeante y maltrecho, alzó la vista hacia los cielos plomizos. ●Esto aún no ha fenecido... mas no puedo afrontarlo en soledad. No poseo aliados; sólo tengo a Dios... Su voz se tornó más tenue. ●...y a ti, amada mía. Y permaneció contemplando el firmamento nevado.
    Me entristece
    Me gusta
    5
    0 turnos 0 maullidos
  • ¿Rover? ¿Cómo has llegado hasta aquí? Pensé que te estaría cuidando Genos, bueno ahora que estas aquí puedes quedarte conmigo, al menos es bueno ver una cara conocida.

    *Tomando a Rover unos momentos en brazos sintiendo sus lamidas en la cara ya que estaba contento de verme, dejándolo en el suelo le puse su correa para dar un paseo juntos yendo al parque más cercano, la gente se nos quedaba mirando extrañada e incluso algunas se apartaban asustadas, por mi parte extrañado no me daba cuenta por lo que era así que seguí mi camino*
    ¿Rover? ¿Cómo has llegado hasta aquí? Pensé que te estaría cuidando Genos, bueno ahora que estas aquí puedes quedarte conmigo, al menos es bueno ver una cara conocida. *Tomando a Rover unos momentos en brazos sintiendo sus lamidas en la cara ya que estaba contento de verme, dejándolo en el suelo le puse su correa para dar un paseo juntos yendo al parque más cercano, la gente se nos quedaba mirando extrañada e incluso algunas se apartaban asustadas, por mi parte extrañado no me daba cuenta por lo que era así que seguí mi camino*
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • • 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
    Categoría Original


    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me encocora
    Me gusta
    Me shockea
    5
    2 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    *La noche ya habia llegado y la luz de la luna caía sobre aquella dragón como si fuera la guía de la lumbrera de la noche. Con su voz baja y algo grabé, pero a su vez suave y amable llegaba a los corazones de sus seguidores*

    — No hay fuerza más por encima que la disciplina y la voluntad, doy fe que aún con corazones frágiles lograrán surgir, pues en esos corazones reciden los más hermosos sentimientos que tal vez se ven opacados por la timidez o inseguridad, sin embargo yo estoy aquí, seré quien los protege a ustedes y sus ideales, pero solo ustedes son dueños de su brillante futuro —
    *La noche ya habia llegado y la luz de la luna caía sobre aquella dragón como si fuera la guía de la lumbrera de la noche. Con su voz baja y algo grabé, pero a su vez suave y amable llegaba a los corazones de sus seguidores* — No hay fuerza más por encima que la disciplina y la voluntad, doy fe que aún con corazones frágiles lograrán surgir, pues en esos corazones reciden los más hermosos sentimientos que tal vez se ven opacados por la timidez o inseguridad, sin embargo yo estoy aquí, seré quien los protege a ustedes y sus ideales, pero solo ustedes son dueños de su brillante futuro —
    Me gusta
    Me encocora
    Me endiabla
    5
    0 comentarios 0 compartidos
  • — Siento haber llegado tarde, es que...

    La directora le miró con decepción, no estaba enfadada, eso era lo peor.

    Directora: — Halley, es la tercera vez está semana, entiendo que lo que estás pasando no es fácil, lo de tu padre aún es reciente. La orientadora está disponible si necesitas hablar con ella.

    Halley tuvo ganas de largarse del despacho ahí mismo. Pero no podía decir que la razón por la que llegaba tarde es porque acababa de evitar que matasen a alguien, o porque había estado intentando frenar una persecución.

    La directora tenía razón en algo, la muerte de su padre aún le dolía, y quizás hablarlo con una profesional le vendría bien, pero no sabía cómo hacerlo sin omitir los detalles, sin explicar que, si se sentía culpable de la muerte de su padre, es porque lo era. Tampoco podía decir que esa doble vida que había elegido, a veces se sentía como una obligación. No podía hablar de como se sentía sin revelar cosas que no quería.

    Al final terminó por asentir y dar una sonrisa rápida.

    — Si, claro, lo tendré en cuenta, muchas gracias.

    Se levantó de la silla apresuradamente y se dirigió a la puerta. La directora iba a decir algo pero ella había tenido suficiente.

    — Siento llegar tarde, no volverá a pasar.

    Ambas sabían que era mentira, pero lo dejaron ahí. Halley fue por los pasillos como si algo le persiguiera, solo quería estar sola.
    — Siento haber llegado tarde, es que... La directora le miró con decepción, no estaba enfadada, eso era lo peor. Directora: — Halley, es la tercera vez está semana, entiendo que lo que estás pasando no es fácil, lo de tu padre aún es reciente. La orientadora está disponible si necesitas hablar con ella. Halley tuvo ganas de largarse del despacho ahí mismo. Pero no podía decir que la razón por la que llegaba tarde es porque acababa de evitar que matasen a alguien, o porque había estado intentando frenar una persecución. La directora tenía razón en algo, la muerte de su padre aún le dolía, y quizás hablarlo con una profesional le vendría bien, pero no sabía cómo hacerlo sin omitir los detalles, sin explicar que, si se sentía culpable de la muerte de su padre, es porque lo era. Tampoco podía decir que esa doble vida que había elegido, a veces se sentía como una obligación. No podía hablar de como se sentía sin revelar cosas que no quería. Al final terminó por asentir y dar una sonrisa rápida. — Si, claro, lo tendré en cuenta, muchas gracias. Se levantó de la silla apresuradamente y se dirigió a la puerta. La directora iba a decir algo pero ella había tenido suficiente. — Siento llegar tarde, no volverá a pasar. Ambas sabían que era mentira, pero lo dejaron ahí. Halley fue por los pasillos como si algo le persiguiera, solo quería estar sola.
    Me gusta
    Me shockea
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Ultimatum en la catedral:
    La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras.

    Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado.

    En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral.

    El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas.

    □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra?

    Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo.

    ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda.

    El otro soltó una risa ronca y amarga.

    □No tienes redaños...

    La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario.

    □¡HAZLO!

    Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió.

    El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades.

    Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas.

    Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada:

    ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...?

    El agua siguió cayendo sobre su rostro.

    ●¿Por qué tuviste que traicionarme...?

    Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
    Ultimatum en la catedral: La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras. Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado. En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral. El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas. □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra? Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo. ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda. El otro soltó una risa ronca y amarga. □No tienes redaños... La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario. □¡HAZLO! Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió. El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades. Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas. Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada: ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...? El agua siguió cayendo sobre su rostro. ●¿Por qué tuviste que traicionarme...? Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
    Me shockea
    3
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados