• Han hecho que despierte de muy mal humor. ¿Porque diablos su vecino tiene que rezar tres veces en un solo día?.

    ─Deberia tocar su puerta y retorcerle el pescuezo.─ gruño.
    Han hecho que despierte de muy mal humor. ¿Porque diablos su vecino tiene que rezar tres veces en un solo día?. ─Deberia tocar su puerta y retorcerle el pescuezo.─ gruño.
    Me gusta
    Me encocora
    Me enjaja
    Me shockea
    5
    5 turnos 0 maullidos
  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    Me encocora
    10
    0 turnos 0 maullidos
  • ¡𝘈𝘯𝘥𝘢, 𝘮𝘪𝘳𝘢! ¡𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘪 𝘢𝘭𝘨ú𝘯 𝘷𝘪𝘳𝘨𝘦𝘯 𝘴𝘦 𝘩𝘢 𝘵𝘳𝘢í𝘥𝘰 𝘢 𝘮𝘪 í𝘥𝘰𝘭𝘰 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘤𝘶𝘵𝘳𝘦 𝘱𝘭𝘢𝘵𝘢𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢! 𝘈 𝘷𝘦𝘳, ¿𝘺 𝘤ó𝘮𝘰 𝘦𝘵𝘪𝘲𝘶𝘦𝘵𝘰 𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘱𝘭𝘢𝘵𝘢𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢...? 𝘔𝘮𝘮, 𝘱𝘢𝘳𝘦𝘤𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴 𝘤𝘰𝘯 [ ], 𝘵𝘢𝘭 𝘷𝘦𝘻… 𝘴í… Deadpool .

    ¡𝘏𝘢 𝘧𝘶𝘯𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘥𝘰! 𝘌𝘩, 𝘦𝘩, 𝘦𝘩… 𝘩𝘰𝘭𝘢…

    *Miraría con nerviosismo a su ídolo y único referente de humor y payasadas.*
    ¡𝘈𝘯𝘥𝘢, 𝘮𝘪𝘳𝘢! ¡𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘪 𝘢𝘭𝘨ú𝘯 𝘷𝘪𝘳𝘨𝘦𝘯 𝘴𝘦 𝘩𝘢 𝘵𝘳𝘢í𝘥𝘰 𝘢 𝘮𝘪 í𝘥𝘰𝘭𝘰 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘤𝘶𝘵𝘳𝘦 𝘱𝘭𝘢𝘵𝘢𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢! 𝘈 𝘷𝘦𝘳, ¿𝘺 𝘤ó𝘮𝘰 𝘦𝘵𝘪𝘲𝘶𝘦𝘵𝘰 𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘱𝘭𝘢𝘵𝘢𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢...? 𝘔𝘮𝘮, 𝘱𝘢𝘳𝘦𝘤𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴 𝘤𝘰𝘯 [ ], 𝘵𝘢𝘭 𝘷𝘦𝘻… 𝘴í… [D34dp001]. ¡𝘏𝘢 𝘧𝘶𝘯𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘥𝘰! 𝘌𝘩, 𝘦𝘩, 𝘦𝘩… 𝘩𝘰𝘭𝘢… *Miraría con nerviosismo a su ídolo y único referente de humor y payasadas.*
    Me shockea
    1
    5 turnos 0 maullidos
  • 。 𝗗𝗶𝗳𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁 𝗷𝗼𝗯, 𝘀𝗮𝗺𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁...
    Categoría Original
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo.

    Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar.

    Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas.

    Y ahora también escondían a una "bruja".

    La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar.

    El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho.

    — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña.

    Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo.

    Abrió el portón de una patada.

    El metal chirrió igual que un animal herido.

    El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían.

    El cazador los observó por un segundo.

    — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original.

    Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso.

    Demasiado rápido para ser una sombra.

    Demasiado humano para ser un truco de luz.

    El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello.

    La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla.

    Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro.

    El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire.

    Entonces la escuchó.

    Una respiración.

    Lenta.

    Arrastrándose entre las paredes.

    El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno.

    — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo. Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar. Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas. Y ahora también escondían a una "bruja". La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar. El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho. — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña. Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo. Abrió el portón de una patada. El metal chirrió igual que un animal herido. El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían. El cazador los observó por un segundo. — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original. Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso. Demasiado rápido para ser una sombra. Demasiado humano para ser un truco de luz. El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello. La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla. Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro. El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire. Entonces la escuchó. Una respiración. Lenta. Arrastrándose entre las paredes. El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno. — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    15
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me encocora
    7
    2 turnos 0 maullidos
  • — Hoy estoy nuevamente triste y de mal humor, quiero pegarle a alguien
    — Hoy estoy nuevamente triste y de mal humor, quiero pegarle a alguien
    Me enjaja
    Me encocora
    3
    24 turnos 0 maullidos
  • — Ayer no estaba de humor, pero hoy ya volví con todo
    — Ayer no estaba de humor, pero hoy ya volví con todo
    Me encocora
    Me gusta
    Me endiabla
    6
    6 turnos 0 maullidos
  • —No he tenido tiempo de ir a por ropa bonita ni a los descuentos que hacen mis tiendas favoritas, no me pidas buen humor.
    —No he tenido tiempo de ir a por ropa bonita ni a los descuentos que hacen mis tiendas favoritas, no me pidas buen humor.
    Me shockea
    Me encocora
    Me enjaja
    Me entristece
    5
    10 turnos 0 maullidos
  • — El calor me pone de muy mal humor
    — El calor me pone de muy mal humor
    Me encocora
    1
    6 turnos 0 maullidos
  • 𝗿𝗲𝗱𝗲𝗺𝗽𝘁𝗶𝗼𝗻 /𝘳ɪˈ𝘥ɛ𝘮(𝘱)ʃ𝘯/ 𝘵𝘩𝘦 𝘢𝘤𝘵 𝘰𝘧 𝘴𝘢𝘷𝘪𝘯𝘨, 𝘧𝘳𝘦𝘦𝘪𝘯𝘨, 𝘰𝘳 𝘳𝘦𝘨𝘢𝘪𝘯𝘪𝘯𝘨 𝘴𝘰𝘮𝘦𝘵𝘩𝘪𝘯𝘨, 𝘰𝘧𝘵𝘦𝘯 𝘵𝘩𝘳𝘰𝘶𝘨𝘩 𝘢 𝘤𝘰𝘴𝘵.
    Fandom Marvel
    Categoría Acción
    Vivir encerrado en un bunker no era lo suyo. Le recordaba demasiado a sus vacaciones en el hospital psiquiatrico y a su breve estadía en la prisión, quizás al demente paranoico de Frank Castle le gustara vivír como la cruza perfecta entre un topo y un ermitaño, aislado de todo el mundo y presindiendo del contacto humano, pero Benjamin no estaba tolerando ese estilo de vida. Aunque fuese un fugitivo intensamente buscado por las autoridades y esas latas de diez metros de altura llamadas centinelas, encontraba ciertos momentos para salir o mejor dicho, para escaparse de su compañero, el diablo de Hell's Kitchen.

    A veces, Matt se comportaba peor que una esposa que sospecha de una infidelidad de su marido y lo interrogaba ante la más mínima cosa que hacía o decía, por lo que Dex aprendio que era mejor escaparse y discutir con él al regresar en lugar de hacerlo antes de salir y también al volver. Ahorrarse una discusión nunca estaba de más, sobre todo cuando buscaba algo de aire fresco sin causar daño o hacer algo malo.

    Bullseye recorrió la cuidad con lo que considero un disfraz perfecto para pasar desapercibido. Ropa de civil, su confiable chaqueta de jean, una gorra de béisbol y gafas oscuras. No estaba de humor para ver una película, no tenía hambre suficiente para comprar algo de comida rápida y la semana anterior había entrado en la biblioteca pública, no podía repetir la excursión por precaución.

    Se detuvo en una calle por la que no había caminado antes y al mirar hacia al otro lado en la vereda de frente, se encontró con la puerta de un museo. No recordaba la última vez que había entrado en uno y en el fondo de su ser, siempre había sido un bicho raro que adoraba leer y que estaba obsesionado con los dinosaurios y los eventos importantes de la historia.

    Se formó detrás de unas cuantas personas que esperaban a entrar y agradeció internamente que la mujer mayor en la taquilla ni siquiera lo miro cuando deslizó un billete de veinte dólares debajo del cristal en el mostrador. La anciana le entrego su boleto y él se alejo tan rápido como pudo, aventurandose por el lugar en busca de un guía.

    El museo era demasiado grande para recorrerlo por su cuenta y no quería unirse a uno de los grupos que ya habían iniciado el recorrido, lo mejor era evitar las multitudes. Matt lo mataría si lo atrapaban por un descuido tan tonto, y reducir el número de personas que podían reconocerlo por los letreros con su cara en las calles, le aseguraba tener una próxima oportunidad para salir.

    Estuvo a punto de regresar a la taquilla para preguntarle a la mujer si ella podía ubicar a un guía por él, cuando se encontró con una tienda de recuerdos. Algo pequeña pero con mucha variedad de objetos. Un hombre estaba trabajando allí, acomodando la mercadería en los estantes mientras que los ojos del fugitivo se paseaban por cada objeto en exhibición, desde los llaveros, souvenirs, tazas, imanes hasta los peluches. Tenía de todo un poco, incluso gorras y golosinas.

    —Disculpa, ¿tienes algo más sensorial?— Preguntó para llamar la atención del hombre que al parecer no había reparado en su presencia. —O algo que tenga esos puntitos para las personas invidentes.

    Pensó en que no pasaría nada por decir eso. Matt no podía ser la única persona ciega en toda la cuidad, pero también era difícil que lo relacionaran directamente con el abogado. Solo quería llevarle un recuerdo, algo que pudiera tocar y saber que era sin que Dex tuviera que describirselo; lo cual no le molestaría, pero al abogado si parecía molestarle que lo hiciera y hasta le había dicho que no lo necesitaba para eso, para nada en realidad.

    —Y si no es mucho pedir, podrías enseñarme ese triceratops de allá. Los hacen más realistas cada vez, cuando yo era niño los pocos triceratops que se podían conseguir en las jugueterias parecían rinocerontes con dos cuernos extra y con un sombrero en el cuello.


    𝑫𝐔𝐒𝐓𝐈𝐍♫︎
    Vivir encerrado en un bunker no era lo suyo. Le recordaba demasiado a sus vacaciones en el hospital psiquiatrico y a su breve estadía en la prisión, quizás al demente paranoico de Frank Castle le gustara vivír como la cruza perfecta entre un topo y un ermitaño, aislado de todo el mundo y presindiendo del contacto humano, pero Benjamin no estaba tolerando ese estilo de vida. Aunque fuese un fugitivo intensamente buscado por las autoridades y esas latas de diez metros de altura llamadas centinelas, encontraba ciertos momentos para salir o mejor dicho, para escaparse de su compañero, el diablo de Hell's Kitchen. A veces, Matt se comportaba peor que una esposa que sospecha de una infidelidad de su marido y lo interrogaba ante la más mínima cosa que hacía o decía, por lo que Dex aprendio que era mejor escaparse y discutir con él al regresar en lugar de hacerlo antes de salir y también al volver. Ahorrarse una discusión nunca estaba de más, sobre todo cuando buscaba algo de aire fresco sin causar daño o hacer algo malo. Bullseye recorrió la cuidad con lo que considero un disfraz perfecto para pasar desapercibido. Ropa de civil, su confiable chaqueta de jean, una gorra de béisbol y gafas oscuras. No estaba de humor para ver una película, no tenía hambre suficiente para comprar algo de comida rápida y la semana anterior había entrado en la biblioteca pública, no podía repetir la excursión por precaución. Se detuvo en una calle por la que no había caminado antes y al mirar hacia al otro lado en la vereda de frente, se encontró con la puerta de un museo. No recordaba la última vez que había entrado en uno y en el fondo de su ser, siempre había sido un bicho raro que adoraba leer y que estaba obsesionado con los dinosaurios y los eventos importantes de la historia. Se formó detrás de unas cuantas personas que esperaban a entrar y agradeció internamente que la mujer mayor en la taquilla ni siquiera lo miro cuando deslizó un billete de veinte dólares debajo del cristal en el mostrador. La anciana le entrego su boleto y él se alejo tan rápido como pudo, aventurandose por el lugar en busca de un guía. El museo era demasiado grande para recorrerlo por su cuenta y no quería unirse a uno de los grupos que ya habían iniciado el recorrido, lo mejor era evitar las multitudes. Matt lo mataría si lo atrapaban por un descuido tan tonto, y reducir el número de personas que podían reconocerlo por los letreros con su cara en las calles, le aseguraba tener una próxima oportunidad para salir. Estuvo a punto de regresar a la taquilla para preguntarle a la mujer si ella podía ubicar a un guía por él, cuando se encontró con una tienda de recuerdos. Algo pequeña pero con mucha variedad de objetos. Un hombre estaba trabajando allí, acomodando la mercadería en los estantes mientras que los ojos del fugitivo se paseaban por cada objeto en exhibición, desde los llaveros, souvenirs, tazas, imanes hasta los peluches. Tenía de todo un poco, incluso gorras y golosinas. —Disculpa, ¿tienes algo más sensorial?— Preguntó para llamar la atención del hombre que al parecer no había reparado en su presencia. —O algo que tenga esos puntitos para las personas invidentes. Pensó en que no pasaría nada por decir eso. Matt no podía ser la única persona ciega en toda la cuidad, pero también era difícil que lo relacionaran directamente con el abogado. Solo quería llevarle un recuerdo, algo que pudiera tocar y saber que era sin que Dex tuviera que describirselo; lo cual no le molestaría, pero al abogado si parecía molestarle que lo hiciera y hasta le había dicho que no lo necesitaba para eso, para nada en realidad. —Y si no es mucho pedir, podrías enseñarme ese triceratops de allá. Los hacen más realistas cada vez, cuando yo era niño los pocos triceratops que se podían conseguir en las jugueterias parecían rinocerontes con dos cuernos extra y con un sombrero en el cuello. [PANDEM0NIO]
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me encocora
    1
    1 turno 0 maullidos
  • Una vez más, me perdí en la marea de mis propios pensamientos, cuestionando si la realidad de lo que viví fue auténtica o solo un truco de ese palacio infernal. Buscando un respiro, me despojé del abrigo y abrí de par en par la ventana del estudio; permití que ese aire abrasador entrara para intentar disipar la bruma de mi mente.
    Mientras organizaba el lugar, mi sombra —que últimamente ha adoptado una actitud extrañamente sobreprotectora— sintonizó una melodía que transformó mi humor al instante. Decidí no cuestionar su comportamiento; simplemente me dejé llevar por un ritmo que me envolvía en una calidez nostálgica. Así, mientras yo fingía cantar siguiendo la letra, mi sombra me acompañaba, aplaudiendo con un entusiasmo casi contagioso.




    https://youtu.be/C8V0PcTdTbw?si=enhnsRJ-0u2wrQY5
    Una vez más, me perdí en la marea de mis propios pensamientos, cuestionando si la realidad de lo que viví fue auténtica o solo un truco de ese palacio infernal. Buscando un respiro, me despojé del abrigo y abrí de par en par la ventana del estudio; permití que ese aire abrasador entrara para intentar disipar la bruma de mi mente. Mientras organizaba el lugar, mi sombra —que últimamente ha adoptado una actitud extrañamente sobreprotectora— sintonizó una melodía que transformó mi humor al instante. Decidí no cuestionar su comportamiento; simplemente me dejé llevar por un ritmo que me envolvía en una calidez nostálgica. Así, mientras yo fingía cantar siguiendo la letra, mi sombra me acompañaba, aplaudiendo con un entusiasmo casi contagioso. https://youtu.be/C8V0PcTdTbw?si=enhnsRJ-0u2wrQY5
    Me gusta
    Me encocora
    10
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados