• Apoyo la espalda en la fría pared del apartamento. El cigarrillo entre mis dedos derrama cenizas en el suelo.

    Afuera, la noche callada.

    Aquí, retumba mi pecho.

    Todo lo que he perdido. Todo lo que no me he atrevido a ganar.
    Apoyo la espalda en la fría pared del apartamento. El cigarrillo entre mis dedos derrama cenizas en el suelo. Afuera, la noche callada. Aquí, retumba mi pecho. Todo lo que he perdido. Todo lo que no me he atrevido a ganar.
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    OST: https://youtu.be/ma6Y7l6aHcY?si=d4Z3bLX9kqB4mJLv

    "𝑰. 𝑩𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝑲𝒊𝒐𝒕𝒐: 𝑬𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒑𝒊𝒆𝒓𝒏𝒂𝒔 𝒄𝒓𝒖𝒛𝒂𝒅𝒂𝒔 𝒚 𝒂𝒍𝒎𝒂𝒔 𝒓𝒐𝒕𝒂𝒔"
    𝑪𝒐- 𝓤𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹

    El humo del puro ascendía lento, como si dudara en dejarlo. Azâziel lo sostenía entre dos dedos con la misma naturalidad con la que otros sostenían un cáliz o un arma. Sus labios, apenas entreabiertos, dibujaban una curva que no era sonrisa… pero tampoco amenaza. Era la expresión de un hombre que ya ha visto demasiado y aún quiere ver un poco más.

    El salón estaba lleno, decorado con excesos típicamente modernos que querían parecer tradicionales. Faroles rojos, madera oscura, grabados de dragones que jamás han rugido. Y, sin embargo, había magia allí. Un tipo diferente. Humana, sí, pero densa. Caliente. 𝗛𝗲𝗰𝗵𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗰𝗶ó𝗻, 𝘀𝗲𝘅𝗼, 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘆 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼𝘀.

    Azâziel se había ganado su lugar entre los invitados, no por invitación, sino por deuda. Varios clanes le debían algo. Algo que no podían nombrar, porque el recuerdo de ese precio aún dormía en sus costillas como un puñal cubierto de terciopelo. Y esa noche, él no quería hablar de lo que cobraba. Solo quería observar.

    A su lado, la joven de cabello rojo, una criatura deliciosa de curvas contenidas y mirada afilada, se inclinó levemente, permitiéndose rozar su brazo con el suyo. «¿Alguna de las presentes le resulta… interesante?», preguntó ella con la voz aterciopelada de una amante que ya sabe que no será elegida, pero aún disfruta de la cacería.

    Azâziel no respondió de inmediato. Le gustaba que las palabras maduraran en su lengua antes de liberarlas. Inhaló. El sabor del puro era denso, masculino, con un dejo de cereza y ceniza. Lo exhaló despacio, mientras su mirada recorría la sala.

    Y entonces la vio.

    Ella no se destacaba por su ropa. Ni por su joyería. No buscaba brillar… Y, sin embargo, su mera existencia desentonaba con lo humano. Tenía la belleza triste de un ángel que se arrepiente… o de un demonio que ha aprendido a llorar. Cabello albino, piel pálida, los ojos con esa profundidad húmeda que no pertenece a este siglo.

    Azâziel la reconoció antes de comprender. 𝗘𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹. Un ser envuelto en carne, sí. Pero el aura… El aura ardía como una herida mal cerrada. 𝗖𝗼𝗺𝗼 é𝗹. — Esa — Susurró, finalmente, mientras su mirada se clavaba en la ajena con una intensidad casi lasciva. — Esa no está aquí para los mismos juegos. — Su asistente lo miró, intrigada. «¿Una rival?», preguntó la joven.

    Azâziel sonrió por fin. No con los labios, sino con el alma. — ¿Rival? No. Las rivalidades implican miedo… Y yo solo estoy… curioso. — Apagó el puro con elegancia, girando la cabeza apenas unos grados. — Averigua su nombre. Pero no te acerques demasiado. — «¿Y si ella se nos acerca? », preguntó una vez mas la joven.

    Azâziel bajó la mirada a su copa de cristal. — Entonces esta noche será mucho más divertida de lo que esperaba. —

    Y al fondo, ella lo miraba.
    Y él…
    𝙎𝙖𝙗í𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙖𝙢𝙗𝙞é𝙣 𝙡𝙤 𝙝𝙖𝙗í𝙖 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙞𝙙𝙤.
    OST: https://youtu.be/ma6Y7l6aHcY?si=d4Z3bLX9kqB4mJLv "𝑰. 𝑩𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝑲𝒊𝒐𝒕𝒐: 𝑬𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒑𝒊𝒆𝒓𝒏𝒂𝒔 𝒄𝒓𝒖𝒛𝒂𝒅𝒂𝒔 𝒚 𝒂𝒍𝒎𝒂𝒔 𝒓𝒐𝒕𝒂𝒔" 𝑪𝒐- 𝓤𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹 El humo del puro ascendía lento, como si dudara en dejarlo. Azâziel lo sostenía entre dos dedos con la misma naturalidad con la que otros sostenían un cáliz o un arma. Sus labios, apenas entreabiertos, dibujaban una curva que no era sonrisa… pero tampoco amenaza. Era la expresión de un hombre que ya ha visto demasiado y aún quiere ver un poco más. El salón estaba lleno, decorado con excesos típicamente modernos que querían parecer tradicionales. Faroles rojos, madera oscura, grabados de dragones que jamás han rugido. Y, sin embargo, había magia allí. Un tipo diferente. Humana, sí, pero densa. Caliente. 𝗛𝗲𝗰𝗵𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗰𝗶ó𝗻, 𝘀𝗲𝘅𝗼, 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘆 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼𝘀. Azâziel se había ganado su lugar entre los invitados, no por invitación, sino por deuda. Varios clanes le debían algo. Algo que no podían nombrar, porque el recuerdo de ese precio aún dormía en sus costillas como un puñal cubierto de terciopelo. Y esa noche, él no quería hablar de lo que cobraba. Solo quería observar. A su lado, la joven de cabello rojo, una criatura deliciosa de curvas contenidas y mirada afilada, se inclinó levemente, permitiéndose rozar su brazo con el suyo. «¿Alguna de las presentes le resulta… interesante?», preguntó ella con la voz aterciopelada de una amante que ya sabe que no será elegida, pero aún disfruta de la cacería. Azâziel no respondió de inmediato. Le gustaba que las palabras maduraran en su lengua antes de liberarlas. Inhaló. El sabor del puro era denso, masculino, con un dejo de cereza y ceniza. Lo exhaló despacio, mientras su mirada recorría la sala. Y entonces la vio. Ella no se destacaba por su ropa. Ni por su joyería. No buscaba brillar… Y, sin embargo, su mera existencia desentonaba con lo humano. Tenía la belleza triste de un ángel que se arrepiente… o de un demonio que ha aprendido a llorar. Cabello albino, piel pálida, los ojos con esa profundidad húmeda que no pertenece a este siglo. Azâziel la reconoció antes de comprender. 𝗘𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹. Un ser envuelto en carne, sí. Pero el aura… El aura ardía como una herida mal cerrada. 𝗖𝗼𝗺𝗼 é𝗹. — Esa — Susurró, finalmente, mientras su mirada se clavaba en la ajena con una intensidad casi lasciva. — Esa no está aquí para los mismos juegos. — Su asistente lo miró, intrigada. «¿Una rival?», preguntó la joven. Azâziel sonrió por fin. No con los labios, sino con el alma. — ¿Rival? No. Las rivalidades implican miedo… Y yo solo estoy… curioso. — Apagó el puro con elegancia, girando la cabeza apenas unos grados. — Averigua su nombre. Pero no te acerques demasiado. — «¿Y si ella se nos acerca? », preguntó una vez mas la joven. Azâziel bajó la mirada a su copa de cristal. — Entonces esta noche será mucho más divertida de lo que esperaba. — Y al fondo, ella lo miraba. Y él… 𝙎𝙖𝙗í𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙖𝙢𝙗𝙞é𝙣 𝙡𝙤 𝙝𝙖𝙗í𝙖 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙞𝙙𝙤.
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    //Hola, Chicos... Vine a avisar que mi PC murió tras estar funcional por más de 15 años... Y tras 4 inicios entre apagones inesperados no encendió más. WAAAAAAA!... Me tardaré más de lo debido en responder en el móvil porque me cuesta demasiado escribir. Estaré años sin tener un nuevo PC son carisimos. Estoy muy triste por la "muerte" de mi PC viejito. Por suerte, respalde cosas tanto nubes y en un disco duro externo.
    //Hola, Chicos... Vine a avisar que mi PC murió tras estar funcional por más de 15 años... Y tras 4 inicios entre apagones inesperados no encendió más. WAAAAAAA!... Me tardaré más de lo debido en responder en el móvil porque me cuesta demasiado escribir. Estaré años sin tener un nuevo PC son carisimos. Estoy muy triste por la "muerte" de mi PC viejito. Por suerte, respalde cosas tanto nubes y en un disco duro externo.
    Me entristece
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  • • 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
    Categoría Original


    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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  • El juicio ha caído sobre ti.
    Contempla el poder aplastante de mi Espada de la Ruptura.
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  • (En una tarde relajante, Dim sale de sus deberes de cegadora para simplemente darse un paseo por el bosque, sin embargo para su sorpresa ya había alguien más en el lugar, sin pensarlo mucho se le acerca por la espalda sigilosamente y le habla al oído)

    ¿Buenas?~

    (Pregunta en voz baja de manera juguetona pero susurrando)
    (En una tarde relajante, Dim sale de sus deberes de cegadora para simplemente darse un paseo por el bosque, sin embargo para su sorpresa ya había alguien más en el lugar, sin pensarlo mucho se le acerca por la espalda sigilosamente y le habla al oído) ¿Buenas?~ (Pregunta en voz baja de manera juguetona pero susurrando)
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  • ¿Crees que las armas te dan respeto?. No te da poder, es una herramienta para esparcir miedo y el miedo no... es respeto.
    -El Viajero del Tiempo se lo dice a su enemigo que amenaza con lanzarlo al vació.-
    ¿Crees que las armas te dan respeto?. No te da poder, es una herramienta para esparcir miedo y el miedo no... es respeto. -El Viajero del Tiempo se lo dice a su enemigo que amenaza con lanzarlo al vació.-
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  • Jane dió un par de pasos atrás, dejando la libreta sobre la cama, como si ganando distancia pudiera apreciarla mejor.

    — Vale, así servirá, no parece una libreta que concede deseos. Tras experimentar un poco he averiguado que...

    Empezó a enumerar con los dedos de la mano.

    – Uno, no puedo hacer que las personas pierdan la memoria. Dos, no puedo auto concederme conocimientos importantes como en medicina o física, pero si que puedo otorgarmelos en campos de menos importancia como el ajedrez. Y tres, no puedo alterar con deseos nada de la libreta, pero si que puedo darme habilidades sobrehumanas de menor escala que me ayuden.

    Chasqueó los dedos, haciendo que la libreta desparezca y aparezca en su bandolera, luego volvió a chasquearlos, provocando que volviera a la cama.

    — Se ve que esto no cuenta como alterar el espacio, dado que no la estoy enviando a la nada o a otra dimensión, y solo afecta al movimiento de la libreta, no a ella en sí.
    Jane dió un par de pasos atrás, dejando la libreta sobre la cama, como si ganando distancia pudiera apreciarla mejor. — Vale, así servirá, no parece una libreta que concede deseos. Tras experimentar un poco he averiguado que... Empezó a enumerar con los dedos de la mano. – Uno, no puedo hacer que las personas pierdan la memoria. Dos, no puedo auto concederme conocimientos importantes como en medicina o física, pero si que puedo otorgarmelos en campos de menos importancia como el ajedrez. Y tres, no puedo alterar con deseos nada de la libreta, pero si que puedo darme habilidades sobrehumanas de menor escala que me ayuden. Chasqueó los dedos, haciendo que la libreta desparezca y aparezca en su bandolera, luego volvió a chasquearlos, provocando que volviera a la cama. — Se ve que esto no cuenta como alterar el espacio, dado que no la estoy enviando a la nada o a otra dimensión, y solo afecta al movimiento de la libreta, no a ella en sí.
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  • Finalmente termine esta dichosa mudanza. El nuevo departamento es más espacioso y tranquilo, suficiente para dos personas.

    Aunque, claro, él no cuenta como una persona, pero es bueno que ahora pueda pasearse por la casa, ya que no hay más personas.

    La verdad, luego de que termine de acomodar su pecera, pense "quién diría que mi estabilidad mental cabe en una cosa tan pequeña"

    Y quizá debería comprar una pecera más grande para él la próxima vez que salga a comprar muebles, pero no demasiadas plantas.

    Él ya tiene muchas plantas.
    Finalmente termine esta dichosa mudanza. El nuevo departamento es más espacioso y tranquilo, suficiente para dos personas. Aunque, claro, él no cuenta como una persona, pero es bueno que ahora pueda pasearse por la casa, ya que no hay más personas. La verdad, luego de que termine de acomodar su pecera, pense "quién diría que mi estabilidad mental cabe en una cosa tan pequeña" Y quizá debería comprar una pecera más grande para él la próxima vez que salga a comprar muebles, pero no demasiadas plantas. Él ya tiene muchas plantas.
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  • — Siento haber llegado tarde, es que...

    La directora le miró con decepción, no estaba enfadada, eso era lo peor.

    Directora: — Halley, es la tercera vez está semana, entiendo que lo que estás pasando no es fácil, lo de tu padre aún es reciente. La orientadora está disponible si necesitas hablar con ella.

    Halley tuvo ganas de largarse del despacho ahí mismo. Pero no podía decir que la razón por la que llegaba tarde es porque acababa de evitar que matasen a alguien, o porque había estado intentando frenar una persecución.

    La directora tenía razón en algo, la muerte de su padre aún le dolía, y quizás hablarlo con una profesional le vendría bien, pero no sabía cómo hacerlo sin omitir los detalles, sin explicar que, si se sentía culpable de la muerte de su padre, es porque lo era. Tampoco podía decir que esa doble vida que había elegido, a veces se sentía como una obligación. No podía hablar de como se sentía sin revelar cosas que no quería.

    Al final terminó por asentir y dar una sonrisa rápida.

    — Si, claro, lo tendré en cuenta, muchas gracias.

    Se levantó de la silla apresuradamente y se dirigió a la puerta. La directora iba a decir algo pero ella había tenido suficiente.

    — Siento llegar tarde, no volverá a pasar.

    Ambas sabían que era mentira, pero lo dejaron ahí. Halley fue por los pasillos como si algo le persiguiera, solo quería estar sola.
    — Siento haber llegado tarde, es que... La directora le miró con decepción, no estaba enfadada, eso era lo peor. Directora: — Halley, es la tercera vez está semana, entiendo que lo que estás pasando no es fácil, lo de tu padre aún es reciente. La orientadora está disponible si necesitas hablar con ella. Halley tuvo ganas de largarse del despacho ahí mismo. Pero no podía decir que la razón por la que llegaba tarde es porque acababa de evitar que matasen a alguien, o porque había estado intentando frenar una persecución. La directora tenía razón en algo, la muerte de su padre aún le dolía, y quizás hablarlo con una profesional le vendría bien, pero no sabía cómo hacerlo sin omitir los detalles, sin explicar que, si se sentía culpable de la muerte de su padre, es porque lo era. Tampoco podía decir que esa doble vida que había elegido, a veces se sentía como una obligación. No podía hablar de como se sentía sin revelar cosas que no quería. Al final terminó por asentir y dar una sonrisa rápida. — Si, claro, lo tendré en cuenta, muchas gracias. Se levantó de la silla apresuradamente y se dirigió a la puerta. La directora iba a decir algo pero ella había tenido suficiente. — Siento llegar tarde, no volverá a pasar. Ambas sabían que era mentira, pero lo dejaron ahí. Halley fue por los pasillos como si algo le persiguiera, solo quería estar sola.
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