• ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial.

    A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución.

    A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora.

    Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca.

    — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo —

    La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo.

    — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío—

    El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.

    — Koldun —

    Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real.

    — Acaba con esto —

    El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden.
    Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial. A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución. A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora. Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca. — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo — La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo. — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío— El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar. — Koldun — Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real. — Acaba con esto — El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden. Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
    Me shockea
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  • ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝚇𝚇𝚇 : 𝚗𝚎𝚗𝚒𝚘𝚔𝚎𝚛𝚗𝚘, 𝚙𝚊𝚛𝚝 𝟶𝚇 . . .

    «02 de Enero.
    Empezó en una comunidad rural al sur de Fukuoka. "Alguien instaló un domo blanco en mi propiedad", fue la llamada que la policía recibió a las seis de la mañana. El viejo vivía solo, a kilómetros de su vecino más cercano, en medio de la nada. Sin familia, sin amigos, sin la mejor de las reputaciones. Ignorarlo fue fácil.

    Las llamadas diarias continuaron. "El maldito domo se está haciendo más grande, ¿cuándo van a hacer algo?" Nunca, por supuesto. Nada más eran los desvaríos de un viejo loco, después de todo.

    El 11 de Febrero, las llamadas cesaron. El 15, sólo por curiosidad, sabiendo lo testarudo que era el viejo, un agente fue a la propiedad.

    El primer reporte oficial: Treinta metros de alto, quince kilómetros de circunferencia. Un blanco frío, aperlado, que no parecía totalmente de este mundo. Completamente liso, sin una entrada, sin remaches, puertas, ventanas. Opaco, helado al contacto.

    No, 'contacto' no era la palabra exacta. Lo más bizarro era que tocarlo era imposible. "Es difícil explicarlo a menos que estés frente a él", una grabación diez días después del primer reporte explicaba. "Puedes acercar la mano, pero cuando te faltan sólo milímetros, es como... Sientes como si siguieras acercándote por minutos, por horas si ahí quieres estar parado tanto tiempo. Pero la sensación de contacto nunca llega".

    El 23 de Abril se declaró oficialmente el primer estado de alerta. Seguir ocultándolo se volvió imposible. ¿Qué era de quienes quedaban atrapados adentro, los que se negaron a las evacuaciones? La comunicación era imposible, como era cualquier intento de romperlo, de abrirlo, de analizarlo. Esta última, quizás, la más inquietante de sus propiedades: En lo que concernía a todas las máquinas humanas, ahí no había nada. Ni temperatura, ni radiación, ni un campo electromagnético por analizar.

    Y la paradoja de Zeno que hacía imposible tocarlo impedía analizar el material.

    No había respuestas, pero sí hipótesis, creencias, conspiraciones. Sobraba, sobre todo, caos.

    El domo seguía creciendo. Seguía consumiendo. Porque tocarlo, por voluntad propia, era imposible, pero la calma, la aceptación y la inacción, culminaban en ser devorado. En ser absorbido. Como si un capricho estuviera expresando, como si únicamente bajo sus condiciones pudiera uno al domo unirse.

    Sectas se formaron, con el blanco perfecto de su superficie como centro de su adoración. Colándose entre las barricadas impuestas por el gobierno, se dejaban devorar voluntariamente, con la creencia de que el paraíso estaba ahí dentro.

    Un castigo de Dios, tecnología extraterrestre, un proyecto secreto gubernamental, una vacuna de la realidad misma a la enfermedad de la vida sentiente. Racionalizaciones que buscaban darle reconfortante lógica a un caos global sin precedentes.

    Cuatrocientos días después de esa llamada del 02 de Enero, todo el Sur de Japón había sido consumido. El domo alcanzó la costa de Surcorea. Presa del pánico, la humanidad volvió a recurrir a sus más inhumanas armas, intentar destruir al misterio del que sabían incluso menos ahora que en el día cero.

    Infértil esfuerzo, pero no menos comprensible.

    Mas no dejó de crecer. No iba a parar de consumir.»
    ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝚇𝚇𝚇 : 𝚗𝚎𝚗𝚒𝚘𝚔𝚎𝚛𝚗𝚘, 𝚙𝚊𝚛𝚝 𝟶𝚇 . . . «02 de Enero. Empezó en una comunidad rural al sur de Fukuoka. "Alguien instaló un domo blanco en mi propiedad", fue la llamada que la policía recibió a las seis de la mañana. El viejo vivía solo, a kilómetros de su vecino más cercano, en medio de la nada. Sin familia, sin amigos, sin la mejor de las reputaciones. Ignorarlo fue fácil. Las llamadas diarias continuaron. "El maldito domo se está haciendo más grande, ¿cuándo van a hacer algo?" Nunca, por supuesto. Nada más eran los desvaríos de un viejo loco, después de todo. El 11 de Febrero, las llamadas cesaron. El 15, sólo por curiosidad, sabiendo lo testarudo que era el viejo, un agente fue a la propiedad. El primer reporte oficial: Treinta metros de alto, quince kilómetros de circunferencia. Un blanco frío, aperlado, que no parecía totalmente de este mundo. Completamente liso, sin una entrada, sin remaches, puertas, ventanas. Opaco, helado al contacto. No, 'contacto' no era la palabra exacta. Lo más bizarro era que tocarlo era imposible. "Es difícil explicarlo a menos que estés frente a él", una grabación diez días después del primer reporte explicaba. "Puedes acercar la mano, pero cuando te faltan sólo milímetros, es como... Sientes como si siguieras acercándote por minutos, por horas si ahí quieres estar parado tanto tiempo. Pero la sensación de contacto nunca llega". El 23 de Abril se declaró oficialmente el primer estado de alerta. Seguir ocultándolo se volvió imposible. ¿Qué era de quienes quedaban atrapados adentro, los que se negaron a las evacuaciones? La comunicación era imposible, como era cualquier intento de romperlo, de abrirlo, de analizarlo. Esta última, quizás, la más inquietante de sus propiedades: En lo que concernía a todas las máquinas humanas, ahí no había nada. Ni temperatura, ni radiación, ni un campo electromagnético por analizar. Y la paradoja de Zeno que hacía imposible tocarlo impedía analizar el material. No había respuestas, pero sí hipótesis, creencias, conspiraciones. Sobraba, sobre todo, caos. El domo seguía creciendo. Seguía consumiendo. Porque tocarlo, por voluntad propia, era imposible, pero la calma, la aceptación y la inacción, culminaban en ser devorado. En ser absorbido. Como si un capricho estuviera expresando, como si únicamente bajo sus condiciones pudiera uno al domo unirse. Sectas se formaron, con el blanco perfecto de su superficie como centro de su adoración. Colándose entre las barricadas impuestas por el gobierno, se dejaban devorar voluntariamente, con la creencia de que el paraíso estaba ahí dentro. Un castigo de Dios, tecnología extraterrestre, un proyecto secreto gubernamental, una vacuna de la realidad misma a la enfermedad de la vida sentiente. Racionalizaciones que buscaban darle reconfortante lógica a un caos global sin precedentes. Cuatrocientos días después de esa llamada del 02 de Enero, todo el Sur de Japón había sido consumido. El domo alcanzó la costa de Surcorea. Presa del pánico, la humanidad volvió a recurrir a sus más inhumanas armas, intentar destruir al misterio del que sabían incluso menos ahora que en el día cero. Infértil esfuerzo, pero no menos comprensible. Mas no dejó de crecer. No iba a parar de consumir.»
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tengo ganas de hacer rol en comunidad sobre un universo gótico-punk oscuro y pesimista donde criaturas sobrenaturales como vampiros, hombres lobo, magos, fantasmas, cazadores, ángeles y demonios coexisten en secreto con la humanidad, tejiendo conspiraciones milenarias desde las sombras. Ambientado en ciudades decadentes y paisajes urbanos corruptos, un mundo que está impregnado de un horror existencial, donde la moralidad se desvanece y cada facción libra sus propias guerras por poder, supervivencia o redención. Con una narrativa rica en tragedia, intriga política y terror sobrenatural, explorando temas como la pérdida de humanidad, el precio del conocimiento prohibido y la inevitable decadencia de un mundo al borde del fin de sus días. (Básicamente describe MDT)
    Tengo ganas de hacer rol en comunidad sobre un universo gótico-punk oscuro y pesimista donde criaturas sobrenaturales como vampiros, hombres lobo, magos, fantasmas, cazadores, ángeles y demonios coexisten en secreto con la humanidad, tejiendo conspiraciones milenarias desde las sombras. Ambientado en ciudades decadentes y paisajes urbanos corruptos, un mundo que está impregnado de un horror existencial, donde la moralidad se desvanece y cada facción libra sus propias guerras por poder, supervivencia o redención. Con una narrativa rica en tragedia, intriga política y terror sobrenatural, explorando temas como la pérdida de humanidad, el precio del conocimiento prohibido y la inevitable decadencia de un mundo al borde del fin de sus días. (Básicamente describe MDT)
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  • Dejaré esto por aquí y me retirare lentamente .....
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    Saquen sus conspiraciones >:v/
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  • 20 a 15000 líneas por Semana
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    The Apothecary Diaries
    Búsqueda de
    Personaje
    Estado
    Cerrado
    ¿Tienes un rostro angelical, una presencia imponente y la capacidad de hacer temblar a cualquiera con una simple sonrisa? ¿Eres experto en manipular a la gente sin que siquiera lo noten? ¡Entonces este papel es para ti!

    Se busca a alguien que encarne a Jinshi en un rol basado en Diario de una boticaria.

    Requisitos:
    ✔ Encanto natural y aire misterioso.
    ✔ Capacidad para actuar como un noble intocable, pero con un toque de picardía.
    ✔ Habilidad para fastidiar a Maomao sin morir en el intento.
    ✔ Conocimiento de las intrigas palaciegas o ganas de aprender.

    Información para interpretar a Jinshi:

    ¿Quién es Jinshi?

    Jinshi es conocido como un alto funcionario del Palacio Interior y, oficialmente, se presenta como un eunuco imperial. Sin embargo, esta identidad es una fachada cuidadosamente construida.

    En realidad, Jinshi no es un eunuco. Su verdadero origen está envuelto en misterio, pero su presencia en el palacio y su influencia sugieren que pertenece a una familia de alto rango (incluso de la familia imperial). Su belleza excepcional y su carisma le permiten jugar con la percepción que los demás tienen de él, usándola como una herramienta para manipular situaciones y obtener información sin levantar sospechas.

    Esta doble vida le permite moverse con libertad dentro de la corte, evitando muchas de las restricciones que enfrentaría si su verdadera identidad fuera conocida.


    Personalidad clave:
    ✔ Educado y encantador, pero siempre con un propósito.
    ✔ Disfruta de los juegos mentales y las estrategias políticas.
    ✔ Mantiene su verdadero yo oculto tras una sonrisa impecable.
    ✔ No está acostumbrado a que lo desafíen… y Maomao lo hace todo el tiempo.

    Rolación con Maomao
    A pesar de su aparente perfección, tiene una faceta juguetona, sobre todo cuando se trata de Maomao, con quien disfruta viendo reacciones inesperadas.

    Desde el momento en que la descubre, Jinshi queda intrigado por la mente afilada y la indiferencia de Maomao hacia su belleza. Disfruta provocándola, dándole tareas que la involucren en los misterios del palacio y observando cómo resuelve los problemas con su singular perspectiva. A pesar de su posición de poder, confía en ella más de lo que deja ver.


    Si crees que puedes encarnar a este
    personaje y sumergirte en el mundo de venenos, conspiraciones y sarcasmo, ¡haz tu mejor intento y ven al Palacio Interior!
    ¿Tienes un rostro angelical, una presencia imponente y la capacidad de hacer temblar a cualquiera con una simple sonrisa? ¿Eres experto en manipular a la gente sin que siquiera lo noten? ¡Entonces este papel es para ti! 📜 Se busca a alguien que encarne a Jinshi en un rol basado en Diario de una boticaria. 📍 Requisitos: ✔ Encanto natural y aire misterioso. ✔ Capacidad para actuar como un noble intocable, pero con un toque de picardía. ✔ Habilidad para fastidiar a Maomao sin morir en el intento. ✔ Conocimiento de las intrigas palaciegas o ganas de aprender. 📜 Información para interpretar a Jinshi: 🔹 ¿Quién es Jinshi? Jinshi es conocido como un alto funcionario del Palacio Interior y, oficialmente, se presenta como un eunuco imperial. Sin embargo, esta identidad es una fachada cuidadosamente construida. En realidad, Jinshi no es un eunuco. Su verdadero origen está envuelto en misterio, pero su presencia en el palacio y su influencia sugieren que pertenece a una familia de alto rango (incluso de la familia imperial). Su belleza excepcional y su carisma le permiten jugar con la percepción que los demás tienen de él, usándola como una herramienta para manipular situaciones y obtener información sin levantar sospechas. Esta doble vida le permite moverse con libertad dentro de la corte, evitando muchas de las restricciones que enfrentaría si su verdadera identidad fuera conocida. 🔹 Personalidad clave: ✔ Educado y encantador, pero siempre con un propósito. ✔ Disfruta de los juegos mentales y las estrategias políticas. ✔ Mantiene su verdadero yo oculto tras una sonrisa impecable. ✔ No está acostumbrado a que lo desafíen… y Maomao lo hace todo el tiempo. 🔹 Rolación con Maomao A pesar de su aparente perfección, tiene una faceta juguetona, sobre todo cuando se trata de Maomao, con quien disfruta viendo reacciones inesperadas. Desde el momento en que la descubre, Jinshi queda intrigado por la mente afilada y la indiferencia de Maomao hacia su belleza. Disfruta provocándola, dándole tareas que la involucren en los misterios del palacio y observando cómo resuelve los problemas con su singular perspectiva. A pesar de su posición de poder, confía en ella más de lo que deja ver. Si crees que puedes encarnar a este personaje y sumergirte en el mundo de venenos, conspiraciones y sarcasmo, ¡haz tu mejor intento y ven al Palacio Interior!
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  • SE BUSCAN:VIVOS O MUERTOS
    RECOMPENSA:500.000.000 USD


    SIRIUS WIMBLETON
    ALIAS:Lord Executor
    Crimenes:
    —Genocidio
    —Múltiples Secuestros
    —Homicidio
    —Terrorismo
    —Portacion de armas de guerra
    —Conspiracion


    CASSANDRA ESPERANTO
    AlIAS:La Duquesa,Mujer de Negro
    Crimenes:
    —Homicidio
    —Genocidio
    —Terrorismo
    —Secuestro y Tortura
    —Practicas ilegales de medicina
    —Perturbar el orden publico
    —Estafa Piradimidal
    —Magnicidio en Irlanda,Costa de Marfil,Monaco,Corea Del Sur,El Salvador,Jamaica,Guayana Francesa,Estonia,Lituania,Suiza,San Marino
    —Hurto de recien nacidos


    CUALQUIER INFORMACION DE ESTOS SUJETOS,REPORTELAS AL 0800-3444-XXXX
    SE BUSCAN:VIVOS O MUERTOS RECOMPENSA:500.000.000 USD SIRIUS WIMBLETON ALIAS:Lord Executor Crimenes: —Genocidio —Múltiples Secuestros —Homicidio —Terrorismo —Portacion de armas de guerra —Conspiracion CASSANDRA ESPERANTO AlIAS:La Duquesa,Mujer de Negro Crimenes: —Homicidio —Genocidio —Terrorismo —Secuestro y Tortura —Practicas ilegales de medicina —Perturbar el orden publico —Estafa Piradimidal —Magnicidio en Irlanda,Costa de Marfil,Monaco,Corea Del Sur,El Salvador,Jamaica,Guayana Francesa,Estonia,Lituania,Suiza,San Marino —Hurto de recien nacidos CUALQUIER INFORMACION DE ESTOS SUJETOS,REPORTELAS AL 0800-3444-XXXX
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  • ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ "...𝑢𝑛𝑎 𝘩𝑒𝑟𝑚𝑜𝑠𝑎 𝑎𝑚𝑖𝑠𝑡𝑎𝑑"
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑 para
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ˹ Emmeline Bletchley


    ㅤㅤㅤㅤㅤPaseaba nervioso por el pequeño salón de su modesto apartamento -y eso que llamarlo apartamento era decir mucho-. Su mirada intentaba evitar por completo la portada de El Profeta donde la bonachona cara de Florean Bones sonreía a cámara en una de esas fotos de archivo que guarda el Ministerio de Magia para las fotos del carné profesional. Debía de ser el único mago que habia dedicado una sonrisa ingenua a cámara en la historia de la creación del propio Ministerio como institución. Y ahora el muy gilipollas estaba… ¿qué? ¿Muerto? No.

    Eso era lo que El Profeta intentaba hacer creer, como siempre. Tapándolo todo. Incapaces de ver una conspiración aunque se llevase a cabo delante de sus propias narices. No. Allí debía de haber algo más. Habia mucho más…

    Una semana antes, la ultima vez que Acheron habia visto a Bones este ultimo le habia insinuado que tenia conocimiento de un secreto, uno que podía poner en riesgo a muchas personas del mundo mágico. Un secreto que podía hacer tambalear y resquebrajar los, ya de por sí, débiles cimientos de la comunidad mágica británica. Decía que estaba cerca de desentrañar toda aquella maraña, que no podía compartirlo con nadie y… de pronto… puf.

    Desapareció.

    De él solo quedaba esa estúpida foto que Acheron estaba seguro el camarógrafo del Ministerio habia desistido de repetir una y otra vez…

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝘿𝙊𝙎 𝙎𝙀𝙈𝘼𝙉𝘼𝙎 𝘿𝙀𝙎𝙋𝙐𝙀́𝙎

    -Vamos, preciosa… ¿Dónde estás? -canturreaba Acheron en bajito

    Habia pasado cuatro años colaborando con Florean Bones y, tras su desaparición, todos sus casos abiertos habían pasado a manos de la joven, brillante y audaz Emmeline Bletchley. Una auror preciosa capaz de desentrañar cualquier misterio. Si ella habia hecho sus deberes cuando encontró el nombre del mago en la lista de informantes de Bones, Acheron tambien habia estado recopilando información acerca de la rubia. Y su expediente era… asombroso para una bruja de tan corta edad.

    Hasta el momento lo único que Acheron habia estado haciendo para Emmeline era… mero trabajo de campo, información “para niños”, nada difícil… Intentando poner a prueba a la rubia, intentando descubrir si era de confianza. Tanto como lo fue Florean. Y no habia decepcionado a Acheron. Para nada.

    Y ahora… Ahora… Acheron la necesitaba. Y puede que aquella decisión cambiase su vida. Sus vidas. Para siempre. Porque Acheron acababa de darse cuenta de algo… No podía seguir investigando solo. Era el momento de dejar de actuar como un zorro solitario. Si habia confiado en Florean… Ahora debía confiar en Emmeline….

    Ella era la única opción que Florean Bones tenía.

    El Ravenclaw habia pasado las ultimas semanas investigando en cada rincón del país, en cada esquina, en cada bar, cantina o callejuela. Habia reunido informes, testimonios y, no podemos revelar como lo hizo, tenia los archivos del propio Florean.

    Y habia encontrado… patrones sospechosos en todos estos casos… Los informes habían sido manipulados… Varias hojas, archivos y datos habían desaparecido… Se habían esfumado. Sin más.

    La única opción que tenia Acheron era que alguien lo colase en el Ministerio. Y ella era su única opción. Sabía que tendría que trabajar con Emmeline, que tendría que confiar en ella, y que ella tendría que confiar en él…

    Aquella era la razon por la cual habia enviado un patronus, la noche anterior, al despacho de la rubia citándola en aquella cantina de un pueblecito perdido al oeste de Gales, sabiendo que allí seria menos probable que alguien pudiera escucharlos. Y, por si acaso habia creado un hechizo burbuja que haría que ningún ser mágico pudiera verlos sentados a aquella mesa. Aquello tenía que servir..
    ㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ "...𝑢𝑛𝑎 𝘩𝑒𝑟𝑚𝑜𝑠𝑎 𝑎𝑚𝑖𝑠𝑡𝑎𝑑" ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑 para ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ˹ [EmmlineB] ㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤPaseaba nervioso por el pequeño salón de su modesto apartamento -y eso que llamarlo apartamento era decir mucho-. Su mirada intentaba evitar por completo la portada de El Profeta donde la bonachona cara de Florean Bones sonreía a cámara en una de esas fotos de archivo que guarda el Ministerio de Magia para las fotos del carné profesional. Debía de ser el único mago que habia dedicado una sonrisa ingenua a cámara en la historia de la creación del propio Ministerio como institución. Y ahora el muy gilipollas estaba… ¿qué? ¿Muerto? No. Eso era lo que El Profeta intentaba hacer creer, como siempre. Tapándolo todo. Incapaces de ver una conspiración aunque se llevase a cabo delante de sus propias narices. No. Allí debía de haber algo más. Habia mucho más… Una semana antes, la ultima vez que Acheron habia visto a Bones este ultimo le habia insinuado que tenia conocimiento de un secreto, uno que podía poner en riesgo a muchas personas del mundo mágico. Un secreto que podía hacer tambalear y resquebrajar los, ya de por sí, débiles cimientos de la comunidad mágica británica. Decía que estaba cerca de desentrañar toda aquella maraña, que no podía compartirlo con nadie y… de pronto… puf. Desapareció. De él solo quedaba esa estúpida foto que Acheron estaba seguro el camarógrafo del Ministerio habia desistido de repetir una y otra vez… ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝘿𝙊𝙎 𝙎𝙀𝙈𝘼𝙉𝘼𝙎 𝘿𝙀𝙎𝙋𝙐𝙀́𝙎 -Vamos, preciosa… ¿Dónde estás? -canturreaba Acheron en bajito Habia pasado cuatro años colaborando con Florean Bones y, tras su desaparición, todos sus casos abiertos habían pasado a manos de la joven, brillante y audaz Emmeline Bletchley. Una auror preciosa capaz de desentrañar cualquier misterio. Si ella habia hecho sus deberes cuando encontró el nombre del mago en la lista de informantes de Bones, Acheron tambien habia estado recopilando información acerca de la rubia. Y su expediente era… asombroso para una bruja de tan corta edad. Hasta el momento lo único que Acheron habia estado haciendo para Emmeline era… mero trabajo de campo, información “para niños”, nada difícil… Intentando poner a prueba a la rubia, intentando descubrir si era de confianza. Tanto como lo fue Florean. Y no habia decepcionado a Acheron. Para nada. Y ahora… Ahora… Acheron la necesitaba. Y puede que aquella decisión cambiase su vida. Sus vidas. Para siempre. Porque Acheron acababa de darse cuenta de algo… No podía seguir investigando solo. Era el momento de dejar de actuar como un zorro solitario. Si habia confiado en Florean… Ahora debía confiar en Emmeline…. Ella era la única opción que Florean Bones tenía. El Ravenclaw habia pasado las ultimas semanas investigando en cada rincón del país, en cada esquina, en cada bar, cantina o callejuela. Habia reunido informes, testimonios y, no podemos revelar como lo hizo, tenia los archivos del propio Florean. Y habia encontrado… patrones sospechosos en todos estos casos… Los informes habían sido manipulados… Varias hojas, archivos y datos habían desaparecido… Se habían esfumado. Sin más. La única opción que tenia Acheron era que alguien lo colase en el Ministerio. Y ella era su única opción. Sabía que tendría que trabajar con Emmeline, que tendría que confiar en ella, y que ella tendría que confiar en él… Aquella era la razon por la cual habia enviado un patronus, la noche anterior, al despacho de la rubia citándola en aquella cantina de un pueblecito perdido al oeste de Gales, sabiendo que allí seria menos probable que alguien pudiera escucharlos. Y, por si acaso habia creado un hechizo burbuja que haría que ningún ser mágico pudiera verlos sentados a aquella mesa. Aquello tenía que servir..
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  • La mañana llegó como de costumbre, tranquila, monótona. Despertó con el suave sonido de la música ambiental sonando en su alarma mientras las luces de su habitación se aclimataban de forma automática para darle los buenos días.

    —Buen día amo Kenji, son las 7:15 am, es hora de levantarse. La temperatura del agua está pre calentada a 26C para que pueda tomar su baño ¿Qué le gustaría desayunar?— hablaba la voz artificial de su asistente personal mientras la pantalla holográfica se desplegaba frente a él, mostrándole las opciones de menú.

    Eligió una al azar, aún medio dormido mientras dejaba la cama. La noche anterior se había quedado despierto hasta la madrugada leyendo sobre los avances del movimiento ozgur en la web profunda, probablemente habría dormido tres horas como mucho. Era un pasatiempo insano pero era lo único que le entretenía, la idea de una conspiración entre los domos era interesante, cómo una novela de ficción, una guerra silenciosa entre el bien y el mal. Pero leer los posts en línea era lo máximo a lo que podía aspirar, él estaba muy lejos de aquel mundo y la verdad así estaba bien.

    Le gustaba ser un expectador, alguien que podía ver todo desde fuera sin involucrarse por qué, sin mentir, él era un completo inútil y estaba consciente de ello.

    Adormilado cómo estaba tomó un baño y se preparó para la escuela, no era un estudiante destacado pero lo intentaba, quizá era inteligente en otras áreas pero nada que le sirviera para la vida real. De todas formas no tenía que preocuparse por ello pues, gracias al trabajo de sus padres su vida estaba prácticamente asegurada.

    —No olvide su almuerzo amo Kenji.— le recordó el asistente antes de salir.

    Vivía bastante cerca de su instituto por lo que él único transporte que necesitaba era su bicicleta, le gustaba andar en ella, sin contaminantes, sintiendo el fresco aire correr sobre su rostro. En su recorrido saludaba algunos de sus vecinos, la mayoría de la gente en ese vecindario era bastante amigable.

    —Qué tengas buen día Hiroto.— le dijo una de las mujeres que vivía casi afuera del bloque. Estaba en frente de una de las máquinas de lotto antiguas situada sobre la cuadra.

    Regularmente aquel ejemplar no le llamaba la atención en lo absoluto, siempre pasaba de largo de las gachas en general dado que no había ningún tipo de premio que le interesara realmente, sin embargo, la noche anterior había leído un post interesante.

    ∴ ∴ sóʟᴏ ғᴜɴᴄɪᴏɴᴀ ᴇɴ ʟᴀs ᴍáǫᴜɪɴᴀs ᴍᴇᴄáɴɪᴄᴀs, ʟᴀs ᴅɪɢɪᴛᴀʟᴇs ʏᴀ ɴᴏ ᴛɪᴇɴᴇɴ ᴇsᴇ sɪsᴛᴇᴍᴀ. ᴜsᴀ ʟᴀ ᴘᴀʟᴀɴᴄᴀ ᴅᴇ ᴍᴀɴᴅᴏ ᴘᴀʀᴀ ɪɴᴛʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴇʟ sɪɢᴜɪᴇɴᴛᴇ ᴄóᴅɪɢᴏ:
    ↓ → ↓ ↓ ← ↑ → ↑

    ᴅᴇsᴘᴜés ᴀᴄᴄɪᴏɴᴀ ᴇʟ ʙᴏᴛóɴ ᴅᴇ ɪɴɪᴄɪᴏ ᴘᴀʀᴀ ʀᴇᴄɪʙɪʀ ᴜɴᴀ ᴄáᴘsᴜʟᴀ ᴇsᴘᴇᴄɪᴀʟ. ∴ ∴

    El post desapareció poco después de haberlo leído, así que no sabía si se trataba de una broma o no, de hecho él era bastante incrédulo pero, al tener la máquina ahí frente a él, su curiosidad fue más grande.

    Espero a que la mujer terminara su juego, había ganado dinero algunos créditos para añadir a su cuenta bancaria. Luego de que se fuera y de asegurarse que no había más nadie a su al rededor, lo hizo. Introdujo aquel código que había memorizado con uno de sus pocos talentos, la memoria fotográfica.

    Al principio no pasó nada del otro mundo, la máquina encendió sus luces e hizo los sonidos de siempre cuando entregaba un brote. Al recoger la cápsula se dio cuenta al instante que no era normal. No era color rosada ni tenía la flor impresa, esta era azul, sin ninguna clase de símbolo. Sorprendido y claramente asustado guardó la cápsula entre su ropa de forma disimulada, no era idiota, sabía que las cámaras de vigilancia observaban constantemente a los ciudadanos, tenía que actuar natural aunque en su pecho su corazón estuviera a punto de estallar en adrenalina.

    ¿En serio estaba pasando? Ni siquiera sabía por qué estaba tan nervioso, él no había hecho nada malo ¿O sí? Se ocultó en un callejón, lejos en un punto ciego de las cámaras antes de finalmente abrirlo.
    La mañana llegó como de costumbre, tranquila, monótona. Despertó con el suave sonido de la música ambiental sonando en su alarma mientras las luces de su habitación se aclimataban de forma automática para darle los buenos días. —Buen día amo Kenji, son las 7:15 am, es hora de levantarse. La temperatura del agua está pre calentada a 26C para que pueda tomar su baño ¿Qué le gustaría desayunar?— hablaba la voz artificial de su asistente personal mientras la pantalla holográfica se desplegaba frente a él, mostrándole las opciones de menú. Eligió una al azar, aún medio dormido mientras dejaba la cama. La noche anterior se había quedado despierto hasta la madrugada leyendo sobre los avances del movimiento ozgur en la web profunda, probablemente habría dormido tres horas como mucho. Era un pasatiempo insano pero era lo único que le entretenía, la idea de una conspiración entre los domos era interesante, cómo una novela de ficción, una guerra silenciosa entre el bien y el mal. Pero leer los posts en línea era lo máximo a lo que podía aspirar, él estaba muy lejos de aquel mundo y la verdad así estaba bien. Le gustaba ser un expectador, alguien que podía ver todo desde fuera sin involucrarse por qué, sin mentir, él era un completo inútil y estaba consciente de ello. Adormilado cómo estaba tomó un baño y se preparó para la escuela, no era un estudiante destacado pero lo intentaba, quizá era inteligente en otras áreas pero nada que le sirviera para la vida real. De todas formas no tenía que preocuparse por ello pues, gracias al trabajo de sus padres su vida estaba prácticamente asegurada. —No olvide su almuerzo amo Kenji.— le recordó el asistente antes de salir. Vivía bastante cerca de su instituto por lo que él único transporte que necesitaba era su bicicleta, le gustaba andar en ella, sin contaminantes, sintiendo el fresco aire correr sobre su rostro. En su recorrido saludaba algunos de sus vecinos, la mayoría de la gente en ese vecindario era bastante amigable. —Qué tengas buen día Hiroto.— le dijo una de las mujeres que vivía casi afuera del bloque. Estaba en frente de una de las máquinas de lotto antiguas situada sobre la cuadra. Regularmente aquel ejemplar no le llamaba la atención en lo absoluto, siempre pasaba de largo de las gachas en general dado que no había ningún tipo de premio que le interesara realmente, sin embargo, la noche anterior había leído un post interesante. ∴ ∴ sóʟᴏ ғᴜɴᴄɪᴏɴᴀ ᴇɴ ʟᴀs ᴍáǫᴜɪɴᴀs ᴍᴇᴄáɴɪᴄᴀs, ʟᴀs ᴅɪɢɪᴛᴀʟᴇs ʏᴀ ɴᴏ ᴛɪᴇɴᴇɴ ᴇsᴇ sɪsᴛᴇᴍᴀ. ᴜsᴀ ʟᴀ ᴘᴀʟᴀɴᴄᴀ ᴅᴇ ᴍᴀɴᴅᴏ ᴘᴀʀᴀ ɪɴᴛʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴇʟ sɪɢᴜɪᴇɴᴛᴇ ᴄóᴅɪɢᴏ: ↓ → ↓ ↓ ← ↑ → ↑ ᴅᴇsᴘᴜés ᴀᴄᴄɪᴏɴᴀ ᴇʟ ʙᴏᴛóɴ ᴅᴇ ɪɴɪᴄɪᴏ ᴘᴀʀᴀ ʀᴇᴄɪʙɪʀ ᴜɴᴀ ᴄáᴘsᴜʟᴀ ᴇsᴘᴇᴄɪᴀʟ. ∴ ∴ El post desapareció poco después de haberlo leído, así que no sabía si se trataba de una broma o no, de hecho él era bastante incrédulo pero, al tener la máquina ahí frente a él, su curiosidad fue más grande. Espero a que la mujer terminara su juego, había ganado dinero algunos créditos para añadir a su cuenta bancaria. Luego de que se fuera y de asegurarse que no había más nadie a su al rededor, lo hizo. Introdujo aquel código que había memorizado con uno de sus pocos talentos, la memoria fotográfica. Al principio no pasó nada del otro mundo, la máquina encendió sus luces e hizo los sonidos de siempre cuando entregaba un brote. Al recoger la cápsula se dio cuenta al instante que no era normal. No era color rosada ni tenía la flor impresa, esta era azul, sin ninguna clase de símbolo. Sorprendido y claramente asustado guardó la cápsula entre su ropa de forma disimulada, no era idiota, sabía que las cámaras de vigilancia observaban constantemente a los ciudadanos, tenía que actuar natural aunque en su pecho su corazón estuviera a punto de estallar en adrenalina. ¿En serio estaba pasando? Ni siquiera sabía por qué estaba tan nervioso, él no había hecho nada malo ¿O sí? Se ocultó en un callejón, lejos en un punto ciego de las cámaras antes de finalmente abrirlo.
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  • Es el segundo ciclo por la mañana y la clase del profesor Zientek transcurre bajo una paz y un silencio completamente fuera de lugar en una academia. Y eso es porque sus alumnos están durmiendo.

    Tolek se encuentra sentado en el escritorio con una tablet entre sus manos, cuando se oye que alguien llama a la puerta. El rostro de la señorita Whitestone parece más preocupado de lo usual a través de la ventanilla, las arrugas de abuela severa se le marcan con más intensidad de lo usual, especialmente alrededor de los ojos y la boca torcida.

    El profesor se toma su tiempo en dejar el aparato sobre la mesa, luego alcanza su bastón y se levanta suavemente de su sitio, caminando con parsimonia hacia la puerta.

    La señorita Whitestone es de sus colegas menos preferidos dado el aire de madrastra insatisfecha que carga, lo que no sería asunto suyo si no fuera porque ella insiste ya no sólo en cuestionar sus métodos, también parece creerse con el derecho a exigirle hacer lo que ella considera una mejor forma de educar.

    — ¿Qué pasa? —Pregunta, en voz baja, al abrir la puerta.

    La señorita Whitestone luce ofendida por esa forma tan poco formal en que es recibida y cuestionada. Pero a Tolek no le importa, al contrario, le fascina desafiarle cada vez que puede.

    — Buenos días, profesor Zientek. Lo primero siempre es saludar —responde ella.

    — Ya le saludé en el salón de profesores, cuando usted no estaba interrumpiendo mi clase. ¿Qué quiere? —Insiste él.

    — He sido enviada por la directora —dice ella, con aires de autoridad que no le corresponden.

    Tolek está convencido de que la directora tuvo poco o nada que ver con el afán fiscalizador de Whitestone, pero lo deja pasar.

    A quien no deja pasar es a la propia Whitestone que intenta colarse dentro del salón, pero con el cuerpo del profesor en medio, sólo consigue echar un vistazo estirando el cuello como una jirafa hecha con papel maché.

    — ¿Están durmiendo? —Observa, en tono de espanto.

    — Sí, están durmiendo —confirma él—. Y agradecería que bajara la voz.

    Whitestone retrocede con una expresión casi horrorizada, con la boca abierta como si un grito se le hubiera atorado en la garganta.

    "La indignación is strong in this one", piensa Tolek.

    — Esto es inaudito. La siguiente clase de estos jovencitos es la mía, les necesito despiertos y enérgicos para el examen —se queja.

    — Lo sé. Por eso están durmiendo —responde él, sin impresionarse.

    Tras un respingo de indignación, Whitestone parece haber encontrado la excusa perfecta para tomarse el asunto de modo personal en las palabras del profesor.

    — Lo sabía —sentencia, achinando la mirada—. Usted está tratando de sabotearme.

    Whitestone pierde mucho tiempo en conspiraciones e ingeniería social, es decir, suele estar más pendiente de los chismes y de los bandos que estos conforman que en cumplir su calendario académico. Whitestone siempre está retrasada en la entrega de sus calificaciones, asimismos siempre está en busca de una oportunidad para achacarle la culpa a alguien más.

    La comunidad docente suele preferir pasar de ella y llevar la fiesta en paz, por eso le dan el trato de enjuiciadora no asignada que ella cree que se merece.

    Todos lo prefieren. Todos, menos Tolek Zientek.

    Usted no se saldrá con la suya —masculla ella—. He sido parte de esta noble institución desde sus inicios, ningún jovencito con aires de revolucionario como usted podrá mermar mis principios y mis buenas costumbres — discursa, antes de dar la estocada final en forma de amenaza—. La directora se enterará de esto.

    El profesor, lejos de tomarse en serio nada de lo que Whitestone dice, mantiene la calma y la expresión ceñuda.

    — No me interesa —declara—. Y si eso es todo, con permiso —finaliza, antes de cerrar la puerta.

    #NevermoreAcademy #ProfesorZientek
    Es el segundo ciclo por la mañana y la clase del profesor Zientek transcurre bajo una paz y un silencio completamente fuera de lugar en una academia. Y eso es porque sus alumnos están durmiendo. Tolek se encuentra sentado en el escritorio con una tablet entre sus manos, cuando se oye que alguien llama a la puerta. El rostro de la señorita Whitestone parece más preocupado de lo usual a través de la ventanilla, las arrugas de abuela severa se le marcan con más intensidad de lo usual, especialmente alrededor de los ojos y la boca torcida. El profesor se toma su tiempo en dejar el aparato sobre la mesa, luego alcanza su bastón y se levanta suavemente de su sitio, caminando con parsimonia hacia la puerta. La señorita Whitestone es de sus colegas menos preferidos dado el aire de madrastra insatisfecha que carga, lo que no sería asunto suyo si no fuera porque ella insiste ya no sólo en cuestionar sus métodos, también parece creerse con el derecho a exigirle hacer lo que ella considera una mejor forma de educar. — ¿Qué pasa? —Pregunta, en voz baja, al abrir la puerta. La señorita Whitestone luce ofendida por esa forma tan poco formal en que es recibida y cuestionada. Pero a Tolek no le importa, al contrario, le fascina desafiarle cada vez que puede. — Buenos días, profesor Zientek. Lo primero siempre es saludar —responde ella. — Ya le saludé en el salón de profesores, cuando usted no estaba interrumpiendo mi clase. ¿Qué quiere? —Insiste él. — He sido enviada por la directora —dice ella, con aires de autoridad que no le corresponden. Tolek está convencido de que la directora tuvo poco o nada que ver con el afán fiscalizador de Whitestone, pero lo deja pasar. A quien no deja pasar es a la propia Whitestone que intenta colarse dentro del salón, pero con el cuerpo del profesor en medio, sólo consigue echar un vistazo estirando el cuello como una jirafa hecha con papel maché. — ¿Están durmiendo? —Observa, en tono de espanto. — Sí, están durmiendo —confirma él—. Y agradecería que bajara la voz. Whitestone retrocede con una expresión casi horrorizada, con la boca abierta como si un grito se le hubiera atorado en la garganta. "La indignación is strong in this one", piensa Tolek. — Esto es inaudito. La siguiente clase de estos jovencitos es la mía, les necesito despiertos y enérgicos para el examen —se queja. — Lo sé. Por eso están durmiendo —responde él, sin impresionarse. Tras un respingo de indignación, Whitestone parece haber encontrado la excusa perfecta para tomarse el asunto de modo personal en las palabras del profesor. — Lo sabía —sentencia, achinando la mirada—. Usted está tratando de sabotearme. Whitestone pierde mucho tiempo en conspiraciones e ingeniería social, es decir, suele estar más pendiente de los chismes y de los bandos que estos conforman que en cumplir su calendario académico. Whitestone siempre está retrasada en la entrega de sus calificaciones, asimismos siempre está en busca de una oportunidad para achacarle la culpa a alguien más. La comunidad docente suele preferir pasar de ella y llevar la fiesta en paz, por eso le dan el trato de enjuiciadora no asignada que ella cree que se merece. Todos lo prefieren. Todos, menos Tolek Zientek. Usted no se saldrá con la suya —masculla ella—. He sido parte de esta noble institución desde sus inicios, ningún jovencito con aires de revolucionario como usted podrá mermar mis principios y mis buenas costumbres — discursa, antes de dar la estocada final en forma de amenaza—. La directora se enterará de esto. El profesor, lejos de tomarse en serio nada de lo que Whitestone dice, mantiene la calma y la expresión ceñuda. — No me interesa —declara—. Y si eso es todo, con permiso —finaliza, antes de cerrar la puerta. #NevermoreAcademy #ProfesorZientek
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