。 𝗧𝗵𝗲 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗿 𝗯𝗲𝗰𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴 𝘁𝗵𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁𝘁𝘆 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗱.
Categoría Original
Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas.
El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie.
Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente.
Y él encajaba perfectamente allí.
El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético.
Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo.
El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos.
El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo.
El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente.
Era magia.
Magia real.
Bastante rara.
Demasiado cara.
Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana.
Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado...
Y ahí estaba, otra vez.
La figura...
Esa pequeña sombra.
Quieta bajo la lluvia.
Llevaba siguiéndolo tres días.
Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales.
Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo.
Nunca demasiado cerca.
Nunca demasiado obvia.
Eso era lo que empezaba a irritarlo.
La prudencia.
La paciencia.
Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona.
Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso.
Mucho más inteligente.
Y eso lo odiaba.
El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre.
— ¿Problemas…?
El cazador soltó una risa seca y cansada.
— En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema.
Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato.
Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo.
— La puta madre... Esto sabe a lubricante.
— Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa.
— Pues sabe a mierda.
El cocinero prefirió callarse.
Sabía quién era él.
Todos en el bajo mundo lo sabían.
Un fantasma armado.
Un perro rabioso.
Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar.
Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas.
Que usaba magia prohibida.
Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres.
La mitad seguramente era mentira.
La otra mitad...
Probablemente se quedaba corta.
El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie.
Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio.
El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda.
La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante.
Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana.
Seguía ahí.
Inmóvil.
Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark.
Entonces sonrió.
Una sonrisa fingida.
Vacía.
— Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie.
Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente.
Y él encajaba perfectamente allí.
El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético.
Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo.
El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos.
El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo.
El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente.
Era magia.
Magia real.
Bastante rara.
Demasiado cara.
Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana.
Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado...
Y ahí estaba, otra vez.
La figura...
Esa pequeña sombra.
Quieta bajo la lluvia.
Llevaba siguiéndolo tres días.
Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales.
Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo.
Nunca demasiado cerca.
Nunca demasiado obvia.
Eso era lo que empezaba a irritarlo.
La prudencia.
La paciencia.
Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona.
Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso.
Mucho más inteligente.
Y eso lo odiaba.
El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre.
— ¿Problemas…?
El cazador soltó una risa seca y cansada.
— En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema.
Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato.
Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo.
— La puta madre... Esto sabe a lubricante.
— Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa.
— Pues sabe a mierda.
El cocinero prefirió callarse.
Sabía quién era él.
Todos en el bajo mundo lo sabían.
Un fantasma armado.
Un perro rabioso.
Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar.
Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas.
Que usaba magia prohibida.
Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres.
La mitad seguramente era mentira.
La otra mitad...
Probablemente se quedaba corta.
El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie.
Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio.
El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda.
La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante.
Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana.
Seguía ahí.
Inmóvil.
Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark.
Entonces sonrió.
Una sonrisa fingida.
Vacía.
— Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas.
El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie.
Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente.
Y él encajaba perfectamente allí.
El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético.
Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo.
El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos.
El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo.
El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente.
Era magia.
Magia real.
Bastante rara.
Demasiado cara.
Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana.
Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado...
Y ahí estaba, otra vez.
La figura...
Esa pequeña sombra.
Quieta bajo la lluvia.
Llevaba siguiéndolo tres días.
Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales.
Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo.
Nunca demasiado cerca.
Nunca demasiado obvia.
Eso era lo que empezaba a irritarlo.
La prudencia.
La paciencia.
Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona.
Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso.
Mucho más inteligente.
Y eso lo odiaba.
El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre.
— ¿Problemas…?
El cazador soltó una risa seca y cansada.
— En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema.
Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato.
Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo.
— La puta madre... Esto sabe a lubricante.
— Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa.
— Pues sabe a mierda.
El cocinero prefirió callarse.
Sabía quién era él.
Todos en el bajo mundo lo sabían.
Un fantasma armado.
Un perro rabioso.
Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar.
Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas.
Que usaba magia prohibida.
Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres.
La mitad seguramente era mentira.
La otra mitad...
Probablemente se quedaba corta.
El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie.
Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio.
El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda.
La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante.
Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana.
Seguía ahí.
Inmóvil.
Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark.
Entonces sonrió.
Una sonrisa fingida.
Vacía.
— Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
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Individual
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Cualquier línea
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Disponible