Cuando llegué a este lugar, lo hice impulsada por un propósito que entonces juzgué justo: vengar a aquellos que, con inquebrantable bondad, me ofrecieron un hogar cuando nada poseía. A mi dulce Anna, a su hermano, a cada miembro de esa familia cuya memoria aún late en mi pecho como una herida que se niega a cerrar. Creí —¡necia ilusión!— que mi determinación bastaría para enfrentar y destruir a la criatura que segó sus vidas.
Mas he aquí la verdad que ahora me consume: no solo he fracasado en mi empeño, sino que me hallo irremediablemente ligada a aquello que juré erradicar. A él. A este lugar que, contra toda lógica, ha dejado de parecerme ajeno. Cada día que pasa, una inquietante serenidad se apodera de mí, como si estas sombras me reconocieran… como si siempre me hubieran aguardado.
Hay en su presencia algo que desarma mi razón. Una cercanía que no debería existir y, sin embargo, se impone. Es como si una parte de mí, enterrada en un tiempo que no alcanzo a recordar, respondiera a la suya. Él afirma conocerme —no como soy ahora, sino como fui… en un ayer que se me escapa.
No comprendo lo que siento. Mi mente vacila, se resiste, busca aferrarse a lo que una vez consideré verdad. Y aun así… hay algo más fuerte que mi voluntad. Algo que me atrae con una dulzura peligrosa, casi fatal.
No sé en qué momento comenzó este deseo que siento por él. Mi Conde... Mi amado Conde...
Solo sé que ya no anhelo la huida.
Cuando llegué a este lugar, lo hice impulsada por un propósito que entonces juzgué justo: vengar a aquellos que, con inquebrantable bondad, me ofrecieron un hogar cuando nada poseía. A mi dulce Anna, a su hermano, a cada miembro de esa familia cuya memoria aún late en mi pecho como una herida que se niega a cerrar. Creí —¡necia ilusión!— que mi determinación bastaría para enfrentar y destruir a la criatura que segó sus vidas.
Mas he aquí la verdad que ahora me consume: no solo he fracasado en mi empeño, sino que me hallo irremediablemente ligada a aquello que juré erradicar. A él. A este lugar que, contra toda lógica, ha dejado de parecerme ajeno. Cada día que pasa, una inquietante serenidad se apodera de mí, como si estas sombras me reconocieran… como si siempre me hubieran aguardado.
Hay en su presencia algo que desarma mi razón. Una cercanía que no debería existir y, sin embargo, se impone. Es como si una parte de mí, enterrada en un tiempo que no alcanzo a recordar, respondiera a la suya. Él afirma conocerme —no como soy ahora, sino como fui… en un ayer que se me escapa.
No comprendo lo que siento. Mi mente vacila, se resiste, busca aferrarse a lo que una vez consideré verdad. Y aun así… hay algo más fuerte que mi voluntad. Algo que me atrae con una dulzura peligrosa, casi fatal.
No sé en qué momento comenzó este deseo que siento por él. Mi Conde... Mi amado Conde...
Solo sé que ya no anhelo la huida.