No sabía cuánto tiempo había pasado viajando. Inevitablemente, aunque él quisiera seguir una ruta natural, el capricho del destino le hacía saltar de un lugar a otro casi sin permiso.
Estuvo algunos días deambulando por unas tierras que determinó que eran de la zona más occidental. Entre caminos, los campesinos hablaban: Una ciudad había sido atacada, un intento de asedio por parte de una facción enemiga, donde las bajas y los heridos habían sido considerables.
Kazuo no creía en las casualidades. No era solo un buen sanador por su magia, también lo era por su conocimiento. ¿Podría quizás ayudar a aquella población? ¿Estaba allí por eso? ¿Era la forma en la que el destino intentaba llenar su vacío?
Este preguntó por los caminos donde estaba aquel lugar. La noche calló sin piedad, aunque para él dirigir a su caballo en la oscuridad no era un impedimento. Hasta que finalmente llegó a las puestas imponentes de la fortaleza que protegía a aquella población.
En un primer lugar, los guardias tomaron una postura defensiva; era comprensible, más después de haber sido atacado su pueblo. Kazuo llevaba su Katana y Tanto envainados, y en ningún momento hizo amago de usarlos.
-Mi nombre es Kazuo Aihara... Escuché del ataque que sufrió vuestro pueblo. Soy buen sanador, me gustaría ayudar si lo necesitan.- Explicó Kazuo con esa calma casi contagiosa. Su voz suave, casi aterciopelada hacía bajar las alertas de los guardias. Como buen zorro que era, su labia era una de sus mejores armas.
Pero aún así, los guardias aún lo miraron con algo de sospecha, o quizás curiosidad. Sus ropajes eran muy diferentes a lo que estaban acostumbrados, y quizás ni siquiera algunos habrían visto a una persona con rasgos orientales en su vida. Aunque fuera involuntario, aquello que estaba cierto era el rechazo.
-No causaré problemas, y si aún así mi presencia no es necesaria o os incomoda, me iré por el mismo lugar que por el que vine sin réplica alguna. Pero con la verdad en la mano, mi intención es brindar ayuda, no necesito nada cambio de ello, son tiempos difíciles y soy consciente de ello.- Argumentó el zorro con esa calma serena, lo que hacía convencer aún más a aquellos guardias.
Aún así, hicieron llamar a alguien que estaba algo más por encima de sus competencias. Explicaron el caso del nuevo extranjero y este, con gesto enjuto, hizo una afirmación con la cabeza.
Superior: -Te tendremos echado el ojo, no es que pases precisamente desapercibido. Hay una posada en el centro de la población donde también podrán atender a tu caballo. Bienvenido...- Dijo aquel hombre corpulento y de voz profunda.
Kazuo suspiró con algo de alivio. Una cama sonaba bien después de tantos días a la intemperie. Finalmente los grandes portones se abrieron, dando paso al joven y exótico sanador recién llegado a la ciudad. Las noticias no tardarían en hacerse eco entre las tertulias matutinas.
No sabía cuánto tiempo había pasado viajando. Inevitablemente, aunque él quisiera seguir una ruta natural, el capricho del destino le hacía saltar de un lugar a otro casi sin permiso.
Estuvo algunos días deambulando por unas tierras que determinó que eran de la zona más occidental. Entre caminos, los campesinos hablaban: Una ciudad había sido atacada, un intento de asedio por parte de una facción enemiga, donde las bajas y los heridos habían sido considerables.
Kazuo no creía en las casualidades. No era solo un buen sanador por su magia, también lo era por su conocimiento. ¿Podría quizás ayudar a aquella población? ¿Estaba allí por eso? ¿Era la forma en la que el destino intentaba llenar su vacío?
Este preguntó por los caminos donde estaba aquel lugar. La noche calló sin piedad, aunque para él dirigir a su caballo en la oscuridad no era un impedimento. Hasta que finalmente llegó a las puestas imponentes de la fortaleza que protegía a aquella población.
En un primer lugar, los guardias tomaron una postura defensiva; era comprensible, más después de haber sido atacado su pueblo. Kazuo llevaba su Katana y Tanto envainados, y en ningún momento hizo amago de usarlos.
-Mi nombre es Kazuo Aihara... Escuché del ataque que sufrió vuestro pueblo. Soy buen sanador, me gustaría ayudar si lo necesitan.- Explicó Kazuo con esa calma casi contagiosa. Su voz suave, casi aterciopelada hacía bajar las alertas de los guardias. Como buen zorro que era, su labia era una de sus mejores armas.
Pero aún así, los guardias aún lo miraron con algo de sospecha, o quizás curiosidad. Sus ropajes eran muy diferentes a lo que estaban acostumbrados, y quizás ni siquiera algunos habrían visto a una persona con rasgos orientales en su vida. Aunque fuera involuntario, aquello que estaba cierto era el rechazo.
-No causaré problemas, y si aún así mi presencia no es necesaria o os incomoda, me iré por el mismo lugar que por el que vine sin réplica alguna. Pero con la verdad en la mano, mi intención es brindar ayuda, no necesito nada cambio de ello, son tiempos difíciles y soy consciente de ello.- Argumentó el zorro con esa calma serena, lo que hacía convencer aún más a aquellos guardias.
Aún así, hicieron llamar a alguien que estaba algo más por encima de sus competencias. Explicaron el caso del nuevo extranjero y este, con gesto enjuto, hizo una afirmación con la cabeza.
Superior: -Te tendremos echado el ojo, no es que pases precisamente desapercibido. Hay una posada en el centro de la población donde también podrán atender a tu caballo. Bienvenido...- Dijo aquel hombre corpulento y de voz profunda.
Kazuo suspiró con algo de alivio. Una cama sonaba bien después de tantos días a la intemperie. Finalmente los grandes portones se abrieron, dando paso al joven y exótico sanador recién llegado a la ciudad. Las noticias no tardarían en hacerse eco entre las tertulias matutinas.