•Las Crónicas De Fenrir Queen•
Capítulo 3: La nieta del curandero
La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas.
Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara.
Lo único que recuerdo fue el dolor.
Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo.
Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared.
Aira: —Por fin despiertas.
Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas.
Fenrir: —¿Dónde estoy…?
La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta.
Aira: —En casa de mi abuelo.
Tardé un instante en comprenderlo.
Fenrir: —¿El curandero?
Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva.
Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa.
Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí.
Curandero: —Veo que ya despertaste.
Fenrir: —¿Qué ocurrió?
El anciano suspiró mientras tomaba asiento.
Curandero: —Te desplomaste.
Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo.
Curandero: —Tus heridas están empeorando.
Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente.
Fenrir: —¿Puede curarlas?
El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados.
Curandero: —No.
La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando.
Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían.
Levanté la cabeza inmediatamente.
Fenrir: —¿Qué?
Curandero: —Siguen activas.
Mi respiración se detuvo durante un instante.
Fenrir: —¿Activas?
Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora.
Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza.
Curandero: —Las de él se han estabilizado.
Su dedo apuntó hacia mí.
Curandero: —Las tuyas no.
Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta.
Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar.
Curandero: —No puedo curarlos.
La decepción apareció de inmediato.
Curandero: —Todavía.
Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza.
Fenrir: —¿Todavía?
Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta.
Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.
Aira: —Abuelo…
Curandero: —Y tú vas a acompañarlos.
La joven lo miró fijamente.
Aira: —¿Yo?
Curandero: —Sí.
Aira: —¿Y por qué exactamente?
El anciano me señaló directamente.
Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno.
Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio.
Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo.
Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada.
Aira: —Supongo que ya no tengo elección.
Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
•Las Crónicas De Fenrir Queen•
Capítulo 3: La nieta del curandero
La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas.
Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara.
Lo único que recuerdo fue el dolor.
Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo.
Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared.
Aira: —Por fin despiertas.
Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas.
Fenrir: —¿Dónde estoy…?
La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta.
Aira: —En casa de mi abuelo.
Tardé un instante en comprenderlo.
Fenrir: —¿El curandero?
Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva.
Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa.
Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí.
Curandero: —Veo que ya despertaste.
Fenrir: —¿Qué ocurrió?
El anciano suspiró mientras tomaba asiento.
Curandero: —Te desplomaste.
Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo.
Curandero: —Tus heridas están empeorando.
Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente.
Fenrir: —¿Puede curarlas?
El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados.
Curandero: —No.
La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando.
Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían.
Levanté la cabeza inmediatamente.
Fenrir: —¿Qué?
Curandero: —Siguen activas.
Mi respiración se detuvo durante un instante.
Fenrir: —¿Activas?
Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora.
Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza.
Curandero: —Las de él se han estabilizado.
Su dedo apuntó hacia mí.
Curandero: —Las tuyas no.
Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta.
Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar.
Curandero: —No puedo curarlos.
La decepción apareció de inmediato.
Curandero: —Todavía.
Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza.
Fenrir: —¿Todavía?
Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta.
Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.
Aira: —Abuelo…
Curandero: —Y tú vas a acompañarlos.
La joven lo miró fijamente.
Aira: —¿Yo?
Curandero: —Sí.
Aira: —¿Y por qué exactamente?
El anciano me señaló directamente.
Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno.
Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio.
Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo.
Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada.
Aira: —Supongo que ya no tengo elección.
Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.