• (Se le hacía algo incómodo este atuendo luego de que Unknown le haya propuesto también vestirse como lo hace ella usualmente, basado en la moda IMPUESTA por Bianca Auditore)

    This is ankward.....Esto de usar pantalón es tan...."bleh" No me logro acostumbrar, Pero debo ir así al centro comercial para no llamar tanto la atención según me dijeron. Espero encontrar pronto comida para Tarky y By-Tor...
    (Se le hacía algo incómodo este atuendo luego de que [Uni_Darkness_Softspot] le haya propuesto también vestirse como lo hace ella usualmente, basado en la moda IMPUESTA por [Freaky_Ghost_Ovni]) This is ankward.....Esto de usar pantalón es tan...."bleh" No me logro acostumbrar, Pero debo ir así al centro comercial para no llamar tanto la atención según me dijeron. Espero encontrar pronto comida para Tarky y By-Tor... :STK-26:
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  • — He decidido que cada vez que haya caos, tocaré el violín como el Titanic. Todos merecen un buen soundtrack mientras se rompen su madre (??)
    — He decidido que cada vez que haya caos, tocaré el violín como el Titanic. Todos merecen un buen soundtrack mientras se rompen su madre (??)
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  • —Yo pienso que deberíamos volver a quedar en La Torre, como en los viejos tiempos
    —Yo pienso que deberíamos volver a quedar en La Torre, como en los viejos tiempos
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  • Se ha enterado HOY de que AYER fue el cumpleaños de Ansel y se siente fatal. Como no le conoce demasiado y como tampoco es que la vida de cazadora le deje demasiado presupuesto... ha optado por comprar algo de comida china y un six-pack de una cerveza buenísima


    -¡FELICIDADES! O... algo así sé que fue ayer... -decía mientras dejaba la comida sobre la pequeña mesa de camping- pero me he enterado hoy.... He hecho lo que he podido... Vas a alucinar con la comida china...
    Se ha enterado HOY de que AYER fue el cumpleaños de [THEFIRST.ALPHA] y se siente fatal. Como no le conoce demasiado y como tampoco es que la vida de cazadora le deje demasiado presupuesto... ha optado por comprar algo de comida china y un six-pack de una cerveza buenísima -¡FELICIDADES! O... algo así sé que fue ayer... -decía mientras dejaba la comida sobre la pequeña mesa de camping- pero me he enterado hoy.... He hecho lo que he podido... Vas a alucinar con la comida china...
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  • Oh vamos, no soy como los otros sujetos de corporación

    +Sirve ruidosamente un vaso con soda mientras apoya los codos sobre una mesa+

    Soy mucho peor, al menos cuando se trata de revisar maquinaria
    Oh vamos, no soy como los otros sujetos de corporación +Sirve ruidosamente un vaso con soda mientras apoya los codos sobre una mesa+ Soy mucho peor, al menos cuando se trata de revisar maquinaria
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  • Otra vez mirando al cielo a punto de morir.
    El agua helada del río se cerraba sobre mí como un puño de hierro líquido, tiñéndose de un rojo oscuro que se diluía en remolinos perezosos. El cielo era un borrón sucio de nubes bajas, sin estrellas que valieran la pena, solo ese turquesa enfermizo que reflejaba mi propia ruina. La sangre brotaba caliente desde el flanco destrozado, donde las garras de la bestia habían rasgado la armadura como si fuera pergamino viejo.

    Una bestia salida de las profundidades, un engendro de escamas negras y ojos como brasas, mitad dragón fallido, mitad pesadilla olvidada. Me había emboscado en el vado, rugiendo con un hambre antigua, y yo había sido lo suficientemente estúpido como para plantarle cara solo. La espada yacía a un palmo de mi mano, la hoja mellada y manchada de icor negro que aún humeaba en el agua fría. Recordaba el impacto, el crujido de las placas al ceder, el aliento fétido que olía a carne podrida. Había clavado el acero en su cuello, sí. Pero la bestia se había llevado un trozo de mí antes de huir, aullando, hacia las sombras del bosque.
    El frío subía por mi cuello. El mundo se volvía más lento, más pesado.

    ¿𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑣𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑝𝑖𝑟𝑚𝑒 𝑑𝑒 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎.ᐣ

    Cerré los ojos un segundo y vi flashes, las caras de las personas que vi morir a lo largo de esta existencia sin sentido. Mis dedos intentaron rozar la empuñadura, el dolor era un viejo compañero, casi reconfortante. Tosí, y el agua se tiñó más de rojo.

    𝐵𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑟𝑑𝑎...

    Murmuré al cielo vacío, con una risa que se ahogó en burbujas.

    𝐴𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑛𝑜 𝑓𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝘩𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒. 𝐶𝑎𝑠𝑖 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝘩𝑜𝑛𝑜𝑟.

    El río seguía tirando de mí hacia abajo. Pero mis ojos seguían abiertos, clavados en esa nada turquesa, desafiando al destino una vez más.
    Otra vez mirando al cielo a punto de morir. El agua helada del río se cerraba sobre mí como un puño de hierro líquido, tiñéndose de un rojo oscuro que se diluía en remolinos perezosos. El cielo era un borrón sucio de nubes bajas, sin estrellas que valieran la pena, solo ese turquesa enfermizo que reflejaba mi propia ruina. La sangre brotaba caliente desde el flanco destrozado, donde las garras de la bestia habían rasgado la armadura como si fuera pergamino viejo. Una bestia salida de las profundidades, un engendro de escamas negras y ojos como brasas, mitad dragón fallido, mitad pesadilla olvidada. Me había emboscado en el vado, rugiendo con un hambre antigua, y yo había sido lo suficientemente estúpido como para plantarle cara solo. La espada yacía a un palmo de mi mano, la hoja mellada y manchada de icor negro que aún humeaba en el agua fría. Recordaba el impacto, el crujido de las placas al ceder, el aliento fétido que olía a carne podrida. Había clavado el acero en su cuello, sí. Pero la bestia se había llevado un trozo de mí antes de huir, aullando, hacia las sombras del bosque. El frío subía por mi cuello. El mundo se volvía más lento, más pesado. ¿𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑣𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑝𝑖𝑟𝑚𝑒 𝑑𝑒 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎.ᐣ Cerré los ojos un segundo y vi flashes, las caras de las personas que vi morir a lo largo de esta existencia sin sentido. Mis dedos intentaron rozar la empuñadura, el dolor era un viejo compañero, casi reconfortante. Tosí, y el agua se tiñó más de rojo. 𝐵𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑟𝑑𝑎... Murmuré al cielo vacío, con una risa que se ahogó en burbujas. 𝐴𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑛𝑜 𝑓𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝘩𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒. 𝐶𝑎𝑠𝑖 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝘩𝑜𝑛𝑜𝑟. El río seguía tirando de mí hacia abajo. Pero mis ojos seguían abiertos, clavados en esa nada turquesa, desafiando al destino una vez más.
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  • — Hmm... Tal vez podría trabajar como repartidor, la moto ya la tengo. A lo mejor en una pizzería...

    Sus padres le habían dejado de pasar dinero definitivamente, así que Kiro tenía que buscarse un trabajo.
    — Hmm... Tal vez podría trabajar como repartidor, la moto ya la tengo. A lo mejor en una pizzería... Sus padres le habían dejado de pasar dinero definitivamente, así que Kiro tenía que buscarse un trabajo.
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  • La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas.

    El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos.

    Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba.

    El bosque no tardó en envolverlo.

    Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida.

    No había aves.

    Ni insectos.

    Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas.

    —Hm...

    El mercader rompió el silencio con un leve gruñido.

    —Demasiado tranquilo.

    Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura.

    Continuó avanzando.

    Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás.

    Entonces los vio.

    A lo lejos.

    Entre la neblina.

    No eran árboles.

    Eran piernas.

    Colosales.

    Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible.

    ...

    Otro.

    Y un tercero.

    Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio.

    Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor.

    —Bueno...

    Murmuró con una risa seca.

    —Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr.

    Volvió a bajar el visor.

    La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos.

    Después de todo...

    Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso.

    Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas.

    Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
    La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas. El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos. Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba. El bosque no tardó en envolverlo. Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida. No había aves. Ni insectos. Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas. —Hm... El mercader rompió el silencio con un leve gruñido. —Demasiado tranquilo. Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura. Continuó avanzando. Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás. Entonces los vio. A lo lejos. Entre la neblina. No eran árboles. Eran piernas. Colosales. Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible. ... Otro. Y un tercero. Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio. Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor. —Bueno... Murmuró con una risa seca. —Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr. Volvió a bajar el visor. La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos. Después de todo... Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso. Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas. Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
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  • Un día largo de trabajo había abierto paso a una bulliciosa noche en el bar de la ciudad, el joven moreno había entrado y sonriente, con su jovialidad y exageración de siempre.

    — Aquí va llegando Austin, el rey, el noble y el que todos adoran.

    La clientela del bar había observado las interacciones del chico, algunas risas se escucharon además de varias negativas en los semblantes de los aventureros. Era más que notoria la falta de emoción en los presentes ante la jovialidad demostrada del chico de tez morena.

    — No sean tan exagerados... uno a la vez.

    Comentó Austin como si no se hubiera dado cuenta de la falta de interacción, caminando se sentó sobre un taburete sujetando su confiable espada.

    — Cantinero, Deme una bien fría.

    Un día largo de trabajo había abierto paso a una bulliciosa noche en el bar de la ciudad, el joven moreno había entrado y sonriente, con su jovialidad y exageración de siempre. — Aquí va llegando Austin, el rey, el noble y el que todos adoran. La clientela del bar había observado las interacciones del chico, algunas risas se escucharon además de varias negativas en los semblantes de los aventureros. Era más que notoria la falta de emoción en los presentes ante la jovialidad demostrada del chico de tez morena. — No sean tan exagerados... uno a la vez. Comentó Austin como si no se hubiera dado cuenta de la falta de interacción, caminando se sentó sobre un taburete sujetando su confiable espada. — Cantinero, Deme una bien fría.
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  • Un joven rubio de cabello corto permanecía de pie frente al hombre. Sus manos temblaban apenas perceptiblemente y su voz sonaba quebradiza, como si cada palabra le costara un esfuerzo descomunal.

    °¿De verdad tengo que hacerlo?... ¿Es la única manera?

    El otro lo observó con aquella expresión vacía que parecía incapaz de transmitir emoción alguna.

    ○Tú mismo te metiste en este embrollo. Viniste a pedirme ayuda sabiendo perfectamente que te advertí de las consecuencias.

    El muchacho chasqueó la lengua con frustración.

    °Tch...

    Con movimientos lentos se remangó la chaqueta, dejando al descubierto el brazo.

    °Al menos... les dirás que la amo. Que jamás quise hacerle daño.

    Por primera vez el hombre desvió la mirada hacia la extremidad descubierta. Extrajo una jeringa de un pequeño estuche metálico y examinó el líquido oscuro que reposaba en su interior.

    ○Es tu destino formar parte del Drive.

    Su tono era tan indiferente que resultaba inquietante.

    ○Todo por andar husmeando donde no debías. Vaya hombre se enamoro mi estúpida hija.

    El joven apretó la mandíbula con fuerza. Intentó contener las lágrimas, pero sus ojos ya brillaban por la angustia. Sabía lo que ocurriría después. Sabía que aquella inyección marcaría el final de su vida tal como la conocía.

    Todos sus planes, sus sueños y las promesas que había compartido con ella se desvanecerían en cuestión de minutos.

    Frente a él, el hombre introdujo la aguja con la misma naturalidad con la que otros firmaban un documento. No había compasión en su mirada. No había odio tampoco. Solo una fría aceptación.

    Y mientras el contenido de la jeringa desaparecía lentamente de su interior, el muchacho comprendió que estaba cruzando un umbral del que nadie regresaba siendo la misma persona. Quizá sobreviviría. Quizá despertaría algún poder extraordinario. O quizá terminaría convertido en una aberración.

    Pero, en cualquier caso, el hombre que había amado a aquella muchacha acababa de comenzar a desaparecer.
    Un joven rubio de cabello corto permanecía de pie frente al hombre. Sus manos temblaban apenas perceptiblemente y su voz sonaba quebradiza, como si cada palabra le costara un esfuerzo descomunal. °¿De verdad tengo que hacerlo?... ¿Es la única manera? El otro lo observó con aquella expresión vacía que parecía incapaz de transmitir emoción alguna. ○Tú mismo te metiste en este embrollo. Viniste a pedirme ayuda sabiendo perfectamente que te advertí de las consecuencias. El muchacho chasqueó la lengua con frustración. °Tch... Con movimientos lentos se remangó la chaqueta, dejando al descubierto el brazo. °Al menos... les dirás que la amo. Que jamás quise hacerle daño. Por primera vez el hombre desvió la mirada hacia la extremidad descubierta. Extrajo una jeringa de un pequeño estuche metálico y examinó el líquido oscuro que reposaba en su interior. ○Es tu destino formar parte del Drive. Su tono era tan indiferente que resultaba inquietante. ○Todo por andar husmeando donde no debías. Vaya hombre se enamoro mi estúpida hija. El joven apretó la mandíbula con fuerza. Intentó contener las lágrimas, pero sus ojos ya brillaban por la angustia. Sabía lo que ocurriría después. Sabía que aquella inyección marcaría el final de su vida tal como la conocía. Todos sus planes, sus sueños y las promesas que había compartido con ella se desvanecerían en cuestión de minutos. Frente a él, el hombre introdujo la aguja con la misma naturalidad con la que otros firmaban un documento. No había compasión en su mirada. No había odio tampoco. Solo una fría aceptación. Y mientras el contenido de la jeringa desaparecía lentamente de su interior, el muchacho comprendió que estaba cruzando un umbral del que nadie regresaba siendo la misma persona. Quizá sobreviviría. Quizá despertaría algún poder extraordinario. O quizá terminaría convertido en una aberración. Pero, en cualquier caso, el hombre que había amado a aquella muchacha acababa de comenzar a desaparecer.
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