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En este espacio en el que la tumba del frío;
Hurta transida mi orgullo, te encontré, mi destello de la mañana.
Agua clara, agua de cascada plena,
vivo en el relicario de la tarde.
y ya no existe ni mañanas, ni noches para mí.
Porque mi Sol de media tarde, en el invierno de mi vida;
perdura como una llama, tan de lejana mortandad.
En el claroscuro de mi frente.
Oh, si pudiera conmover al relicario de tus irises,
Oh, si este sueño, consume, mi existencia sentida,
ya no tendría.
Un sutil esgrimido, de ser antecesor de fantasmas de ayeres;
Más poderosa que el mismo Amor;
En el que eres, vendaval,
Y me retienes en los ojos de tus huracanes,
como un engendro de ese sentimiento,
que no hace caer más que a los ángeles en el pecado.
La gratitud de un ser que no vislumbra, si propio atardecer;
en un atardecer que sangra entre cartas que se callaron,
y que fueron fumarolas de olvido.
Y si acaso el olvido es ese un espacio, de sesgos de tardes, noches y mañanas,
No podría si no darte, reina de las nieves,
los suspiros que manan de mi más mortal sonrisa.
¿Soy un ángel que ha sido expulsado del cielo gracias a tu amor?
Esta eres, mi canción virtuosa.
En la que tenso las cuerdas de los violines, y creo con las trenzas,
solo, y tan sólo para acreditarme como tuyo.
Enterré, en los elíseos de la Luna, mi propio corazón;
Pero, Tú, mi esperanza de valioso esgrimido.
Construiste un exorcismo en la Soledad;
como quién batalla con la muerte misma,
que me ha tocado con labios de afluentes amores,
mucho antes de existir en este plano de ardiente vida.
Y entonces me vi contar mis rosas,
Y me tendí en la concentración de un espacio, en el que medito,
Reemplacé las lámparas del cielo,
Y mi negro corazón se corrompió por el color, de tus propios labios,
que, al arribar la claridad de una mañana fría, se torna más pérfida.
Y me te vi danzar entre los árboles.
Te sentí robar entre mis templos lo más preciado,
Y en cada Aurora, con la que cada rubor de una nube sagrada,
me escudé con un temple de acero.
Oh, pero en este, el alba, cada vez que te hallaba;
Mi corazón, conmovido por la alegría, se encontraba en su ser,
lo callado del violín,
de esa astuta Luna,
tan celosa de haberte conocido.
Lila ---
En este espacio en el que la tumba del frío;
Hurta transida mi orgullo, te encontré, mi destello de la mañana.
Agua clara, agua de cascada plena,
vivo en el relicario de la tarde.
y ya no existe ni mañanas, ni noches para mí.
Porque mi Sol de media tarde, en el invierno de mi vida;
perdura como una llama, tan de lejana mortandad.
En el claroscuro de mi frente.
Oh, si pudiera conmover al relicario de tus irises,
Oh, si este sueño, consume, mi existencia sentida,
ya no tendría.
Un sutil esgrimido, de ser antecesor de fantasmas de ayeres;
Más poderosa que el mismo Amor;
En el que eres, vendaval,
Y me retienes en los ojos de tus huracanes,
como un engendro de ese sentimiento,
que no hace caer más que a los ángeles en el pecado.
La gratitud de un ser que no vislumbra, si propio atardecer;
en un atardecer que sangra entre cartas que se callaron,
y que fueron fumarolas de olvido.
Y si acaso el olvido es ese un espacio, de sesgos de tardes, noches y mañanas,
No podría si no darte, reina de las nieves,
los suspiros que manan de mi más mortal sonrisa.
¿Soy un ángel que ha sido expulsado del cielo gracias a tu amor?
Esta eres, mi canción virtuosa.
En la que tenso las cuerdas de los violines, y creo con las trenzas,
solo, y tan sólo para acreditarme como tuyo.
Enterré, en los elíseos de la Luna, mi propio corazón;
Pero, Tú, mi esperanza de valioso esgrimido.
Construiste un exorcismo en la Soledad;
como quién batalla con la muerte misma,
que me ha tocado con labios de afluentes amores,
mucho antes de existir en este plano de ardiente vida.
Y entonces me vi contar mis rosas,
Y me tendí en la concentración de un espacio, en el que medito,
Reemplacé las lámparas del cielo,
Y mi negro corazón se corrompió por el color, de tus propios labios,
que, al arribar la claridad de una mañana fría, se torna más pérfida.
Y me te vi danzar entre los árboles.
Te sentí robar entre mis templos lo más preciado,
Y en cada Aurora, con la que cada rubor de una nube sagrada,
me escudé con un temple de acero.
Oh, pero en este, el alba, cada vez que te hallaba;
Mi corazón, conmovido por la alegría, se encontraba en su ser,
lo callado del violín,
de esa astuta Luna,
tan celosa de haberte conocido.
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