• Murmurator
    Fandom Crossover - Castlevania
    Categoría Original
    (Quest: Persecución)

    El número de muertos seguía creciendo, la altiplanicie se volvía una tumba repleta de números que ningún testigo reclamo.

    La noticia se esparció como pólvora férrea, los cazadores temían el despertar del Conde susurrándoles en la nuca, temían por su vida que no se atrevían a ir contra esa voluntad mientras no fuesen sus cuellos los que peligraran.

    Pero los magistrados veían esto con otros ojos: sus cuellos colgando.

    Anunciaron en el tablero una nueva misión de ejecución para encontrar al victimario que ha estado decapitando cuerpos sin ningún tipo de piedad. Llegaron a Claude, impasible y desinteresado, solemne como agua clara en medio de la lluvia.

    Su mirada siempre clavada en el revolver. Llegar a él y convencerlo de trabajar fuera de horas era una tortura, siempre hacia todo acorde a un horario. Pero esta vez la paga era algo que le interesaba mucho, música clásica.

    Era un privilegio para sus oídos capturar las notas en un silencio sepulcral, donde nada ni nadie perturba la belleza sinfónica. El trato de cerro y Claude partió al último poblado atacado.

    No hablaba si no era necesario.
    Planeaba con cuidado cada movimiento, pulía sus habilidades en medio de la batalla, las llevaba a una perfección enfermiza.

    El carruaje que lo trasladaba se detuvo de golpe.
    - No puedo llevarlo más allá de este punto, los caballos no... se mueven...- Hablo en conductor recorriendo la cortina, encontrándose con un par de monedas pero sin la imagen del hombre.

    Entendía muy bien el lenguaje del miedo y que nadie sacrificaría su vida por desconocidos, fuera cual fuera la excusa lo aproximo tanto como pudo al objetivo.

    Ya establecido un paso firme, el viento helado taciturno golpeo su rostro meciendo su cabello, su mirada impasible vislumbro el pueblo arruinado, el aura que dejaba una masacre era una marca imborrable para un ejecutor que de cerca conocía estos factores.

    Se adentro, extrañado por una luz en una de las casas. Algo estaba fuera de lugar. ¿Sobrevivientes acaso? ¿Ladrones?. Lo averiguaría a punta de disparos.

    // Rol privado.
    (Quest: Persecución) El número de muertos seguía creciendo, la altiplanicie se volvía una tumba repleta de números que ningún testigo reclamo. La noticia se esparció como pólvora férrea, los cazadores temían el despertar del Conde susurrándoles en la nuca, temían por su vida que no se atrevían a ir contra esa voluntad mientras no fuesen sus cuellos los que peligraran. Pero los magistrados veían esto con otros ojos: sus cuellos colgando. Anunciaron en el tablero una nueva misión de ejecución para encontrar al victimario que ha estado decapitando cuerpos sin ningún tipo de piedad. Llegaron a Claude, impasible y desinteresado, solemne como agua clara en medio de la lluvia. Su mirada siempre clavada en el revolver. Llegar a él y convencerlo de trabajar fuera de horas era una tortura, siempre hacia todo acorde a un horario. Pero esta vez la paga era algo que le interesaba mucho, música clásica. Era un privilegio para sus oídos capturar las notas en un silencio sepulcral, donde nada ni nadie perturba la belleza sinfónica. El trato de cerro y Claude partió al último poblado atacado. No hablaba si no era necesario. Planeaba con cuidado cada movimiento, pulía sus habilidades en medio de la batalla, las llevaba a una perfección enfermiza. El carruaje que lo trasladaba se detuvo de golpe. - No puedo llevarlo más allá de este punto, los caballos no... se mueven...- Hablo en conductor recorriendo la cortina, encontrándose con un par de monedas pero sin la imagen del hombre. Entendía muy bien el lenguaje del miedo y que nadie sacrificaría su vida por desconocidos, fuera cual fuera la excusa lo aproximo tanto como pudo al objetivo. Ya establecido un paso firme, el viento helado taciturno golpeo su rostro meciendo su cabello, su mirada impasible vislumbro el pueblo arruinado, el aura que dejaba una masacre era una marca imborrable para un ejecutor que de cerca conocía estos factores. Se adentro, extrañado por una luz en una de las casas. Algo estaba fuera de lugar. ¿Sobrevivientes acaso? ¿Ladrones?. Lo averiguaría a punta de disparos. // Rol privado.
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  • Que día más pesado tuvo hoy, no siente el cuerpo, ni las piernas apenas puede levantarse, no le quedan muchas fuerza como para dar un paso adelante.

    Que día más pesado tuvo hoy, no siente el cuerpo, ni las piernas apenas puede levantarse, no le quedan muchas fuerza como para dar un paso adelante.
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  • Hacía tiempo que la alegría no era un sentimiento que pudiera darse el lujo de experimentar. Constantemente se formaban densas nubes en su mente, cargadas con las crueles sentencias del exorcista, quien se encargaba de recordarle que una criatura como ella no tenía derecho a sonreír. Sin embargo, refugiada en los brazos de Alek, aquellas voces simplemente se esfumaban.

    El opresivo yugo de su verdugo perdía fuerza y su ser entero parecía flotar; no por el simple hecho de estar siendo sostenida en vilo. Era, en realidad, esa inmensa dicha la que lograba borrar cualquier rastro de dolor y maldad que hubiera quedado tatuado en su alma y en su piel.

    Porque él era la persona que le enseñó a soñar sin miedo, quien ahuyentó las pesadillas de sus madrugadas; el que... con esa increíble magia que ella aún no lograba comprender, le devolvió la voluntad para decir que no. El que la rescataba en cada oportunidad, quien la cuidaba como nadie jamás lo había hecho... Para él, sí, para él iban dirigidos todos y cada uno de sus agradecimientos.

    Su humano favorito, 𝖠𝗅𝖾𝗄𝗌𝖺𝗇𝖽𝗋𝖾
    Hacía tiempo que la alegría no era un sentimiento que pudiera darse el lujo de experimentar. Constantemente se formaban densas nubes en su mente, cargadas con las crueles sentencias del exorcista, quien se encargaba de recordarle que una criatura como ella no tenía derecho a sonreír. Sin embargo, refugiada en los brazos de Alek, aquellas voces simplemente se esfumaban. El opresivo yugo de su verdugo perdía fuerza y su ser entero parecía flotar; no por el simple hecho de estar siendo sostenida en vilo. Era, en realidad, esa inmensa dicha la que lograba borrar cualquier rastro de dolor y maldad que hubiera quedado tatuado en su alma y en su piel. Porque él era la persona que le enseñó a soñar sin miedo, quien ahuyentó las pesadillas de sus madrugadas; el que... con esa increíble magia que ella aún no lograba comprender, le devolvió la voluntad para decir que no. El que la rescataba en cada oportunidad, quien la cuidaba como nadie jamás lo había hecho... Para él, sí, para él iban dirigidos todos y cada uno de sus agradecimientos. Su humano favorito, [LostB0y]
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  • ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝟶𝟶𝟽 : 𝚕𝚒𝚖𝚒𝚗𝚊𝚕𝚒𝚝𝚢 . . .

    — Le llaman "espacio liminal" a esto: Un lugar cuya mundanidad es demasiado normal, demasiado tranquila. Donde no hay nada más estridente que el silencio y la ausencia trepida por la nuca como un depredador.

    Quizás este sitio sólo es un reflejo del miedo inherente que la humanidad siente por la soledad.
    ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝟶𝟶𝟽 : 𝚕𝚒𝚖𝚒𝚗𝚊𝚕𝚒𝚝𝚢 . . . — Le llaman "espacio liminal" a esto: Un lugar cuya mundanidad es demasiado normal, demasiado tranquila. Donde no hay nada más estridente que el silencio y la ausencia trepida por la nuca como un depredador. Quizás este sitio sólo es un reflejo del miedo inherente que la humanidad siente por la soledad.
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  • Jason Jaegerjaquez Ishtar Loki Queen Ishtar

    https://ficrol.com/posts/366304 La boda.


    La primera vez que vi a mi hermanita… mi Lokita… se llamaba Ukyo.

    Y yo no estaba completa.
    Fue cuando Veythra dejó de ser mi katana… aunque en realidad nunca lo fue. Siempre fuimos dos almas.

    En aquel entonces, Veythra se separó de mi cuerpo y yo solo soñaba desde el lienzo del Caos.
    Soñaba la tragedia que ella iba a sufrir.
    Pero cuando su único objetivo era encontrar un cuerpo estable para su corazón… Ukyo la llamó, sin necesidad de palabras.

    Apareció simplemente… como un espectador cansado en busca de respuestas.
    Y fue ahí cuando comprendí que la familia vive en ti… incluso antes de nacer.

    La historia es muy larga, pero en ese mismo instante, en otro espacio-tiempo… Loki nació.
    En todas sus versiones.
    En todos sus nombres.

    Y desde entonces… desde siempre… te amo, Loki.

    —Miro a mi hermanita emocionada. Luego miro a Jason y sonrío con malicia, recordando todos los líos en los que me he metido con mi mejor amigo.—

    Jason…
    Estoy completamente segura de que en todas las dimensiones, en todos los rincones de cualquier multiverso y en cualquiera de sus formas… tú siempre eres quien se completa mutuamente con Loki.

    Nada me honra más que unir estas dos almas en una sola promesa.

    Jason también estuvo presente tiempo atrás… hasta formar parte de mi propio corazón, como todos los aquí presentes.

    Así que hoy… con estas memorias y estos recuerdos…

    Por el poder que me confiere mi linaje,
    por el sello de sangre que compartimos,
    y por el rito eterno de las almas…

    Invoco a los ancestros que ya no caminan en carne junto a nosotros,
    para que acojan esta unión con orgullo,
    para que la custodien desde el mundo de los espíritus,
    y para que bendigan vuestro camino con un espíritu guardián que proteja vuestro hogar, vuestro fruto… y todo lo que nazca de vuestro amor.

    Y ahora… ante todos los presentes, los vivos y los que observan desde más allá…

    Yo sello esta unión.

    Que vuestras almas caminen juntas,
    que vuestro vínculo sea eterno,
    y que desde hoy… Loki y Jason… sean reconocidos como una sola llama en dos cuerpos.
    [Jason07] [loki_q1] https://ficrol.com/posts/366304 La boda. La primera vez que vi a mi hermanita… mi Lokita… se llamaba Ukyo. Y yo no estaba completa. Fue cuando Veythra dejó de ser mi katana… aunque en realidad nunca lo fue. Siempre fuimos dos almas. En aquel entonces, Veythra se separó de mi cuerpo y yo solo soñaba desde el lienzo del Caos. Soñaba la tragedia que ella iba a sufrir. Pero cuando su único objetivo era encontrar un cuerpo estable para su corazón… Ukyo la llamó, sin necesidad de palabras. Apareció simplemente… como un espectador cansado en busca de respuestas. Y fue ahí cuando comprendí que la familia vive en ti… incluso antes de nacer. La historia es muy larga, pero en ese mismo instante, en otro espacio-tiempo… Loki nació. En todas sus versiones. En todos sus nombres. Y desde entonces… desde siempre… te amo, Loki. —Miro a mi hermanita emocionada. Luego miro a Jason y sonrío con malicia, recordando todos los líos en los que me he metido con mi mejor amigo.— Jason… Estoy completamente segura de que en todas las dimensiones, en todos los rincones de cualquier multiverso y en cualquiera de sus formas… tú siempre eres quien se completa mutuamente con Loki. Nada me honra más que unir estas dos almas en una sola promesa. Jason también estuvo presente tiempo atrás… hasta formar parte de mi propio corazón, como todos los aquí presentes. Así que hoy… con estas memorias y estos recuerdos… Por el poder que me confiere mi linaje, por el sello de sangre que compartimos, y por el rito eterno de las almas… Invoco a los ancestros que ya no caminan en carne junto a nosotros, para que acojan esta unión con orgullo, para que la custodien desde el mundo de los espíritus, y para que bendigan vuestro camino con un espíritu guardián que proteja vuestro hogar, vuestro fruto… y todo lo que nazca de vuestro amor. Y ahora… ante todos los presentes, los vivos y los que observan desde más allá… Yo sello esta unión. Que vuestras almas caminen juntas, que vuestro vínculo sea eterno, y que desde hoy… Loki y Jason… sean reconocidos como una sola llama en dos cuerpos.
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  • El viaje se hace pesado. Los sollozos de Hilda van silenciándose hasta que cae rendida en el regazo de su madre, quien acaricia y peina su cabello con lentitud. La madre mira de vez en cuando al hombre. Sigue encogiéndose como la primera vez.

    Cubre mejor a Hilda con la manta. Luego se sube ella el cuello de su abrigo. Se estremece. No sabe si por el frío.

    Al final se dirige a él.

    —Gracias.

    Él no se mueve. Mantiene la postura recta, la mirada al frente y la respiración calmada. Pero el cuero de las riendas cruje. Su espalda se tensa un poco más.

    El silencio entre ellos se hace pesado, roto por el sonido de las ruedas y los chirridos de los ejes al girar. La madre mira el fardo que antes era un buen hombre. Se queda un rato dejándose mecer por el traqueteo del carro. Respira hondo y exhala un suspiro tan leve, que apenas se escucha.

    —Si no hubieses estado, ellos...

    —Pero estaba.

    Ella se gira a mirarle. Ve la espalda ancha. La melena oscura desordenada y revuelta. Los brazos anchos envueltos en tela y metal. Luego gira su cara hacia su hija. Los rasgos relajados aún muestran las mejillas rojas y los ojos hinchados. Le acaricia con suavidad la mejilla con la yema de los dedos.

    El resto del trayecto se vuelve algo menos denso. Aunque oscurece. El olor a humo le llega antes que su luz, y le indica a Hakon que están llegando. En una desviación del camino de tierra, se levanta un pequeño poblado con varias casas pequeñas, y una de mayor tamaño tras todas ellas. Está demasiado oscuro, pero se pueden apreciar campos detrás y un pequeño pozo.

    Al llegar a la entrada, alguien reconoce el carro antes que a sus ocupantes y da la voz. Cuando entran en el poblado, un hombre mayor llama a la madre por su nombre: Gudrun. Varias mujeres se acercan. Despiertan a Hilda, que se abraza a su madre y luego, cuando baja, a una mujer más mayor que susurra palabras de consuelo.

    Hakon baja el último. Nadie se acerca. Se queda quieto a un lado del carro mientras todo sucede.

    Llegan los hombres y cargan el cuerpo. Lo llevan a una de las casas. Toda la comitiva detrás encabezada por Gudrun y Hilda. Esta gira su cabeza hacia Hakon. Se miran y ella lo hace hasta que desaparece dentro del edificio junto a los demás.

    La noche se ha vuelto más fría. El silencio se siente pesado. Él sigue junto al carro.
    No sabe cuánto tiempo pasa. Podría irse, pero se queda. Sus ojos vuelven al camino fuera del poblado y se quedan allí un segundo. Dos. Al tercer segundo, un ruido hace que voltee la cabeza. Aparece la mujer mayor que sostuvo a Hilda. Le ofrece una copa de peltre.

    —Gudrun nos lo ha explicado. Gracias por traer a mi hijo a casa.

    Hakon respira hondo. Baja la mirada a la copa y la toma. Los dedos la aprietan con más fuerza de la necesaria.

    —También me dijo que eras un hombre de pocas palabras —da un paso atrás—. Bebe. Te ayudará a entrar en calor.

    Él asiente una sola vez antes de llevarse la bebida a los labios. Bebe. Traga. El hidromiel le abrasa la garganta al bajar. Sostiene después la copa con ambas manos, mirando de vuelta a la mujer.

    Ella sostiene su mirada.

    —Te traeré algo de comer. Y una manta.

    El amanecer trae humedad y frío.

    La ceremonia se realiza con las primeras luces. Hakon escucha entonces el nombre del padre de Hilda varias veces: Leifur. Lo sacan los hombres del pueblo, sobre un lecho de maderas anudadas y tablones. Lo han vestido con sus mejores galas y lleva en su regazo un hacha.

    Le han preparado una pira y lo colocan sobre ella. Hakon no se acerca demasiado. Lo ve todo pero no participa. Gudrun deja su trenza sobre el pecho de Leifur. Lleva un tocado que cubre lo que queda de su melena. Hilda no suelta su mano.

    Alguien toca un instrumento de viento. Alguien canta. Otros se unen. La madre de Leifur habla de su hijo. Era un buen hombre. Hilda llora. Luego prenden fuego a la pira.

    Hakon observa el fuego y como consume la madera. El cuerpo de Leifur desaparece rápido entre las llamas. Ese olor de nuevo. Se obligan a mirar pero termina desviando la mirada a otro lugar. No puede dejar de respirar ese olor.

    Ve entonces los ojos de Hilda. La niña le mira. Está más pálida y tiene ojeras. Su madre también las tiene.

    Siente la sequedad en la boca. Aprieta los labios. También secos. Hace un ademán de cabeza. La niña lo imita. Ella sonríe. Distinto.

    Él no se va hasta que la niña y la mujer se van. Por entonces la pira se reduce a un montón de cenizas. La mitad ya se ha ido. La vida sigue. Él también.

    La anciana le intercepta en la salida del pueblo. No la va visto venir. No la ha olido. Solo huele el humo.

    —Imagino que te vas.

    Hakon solo asiente. Las manos se enredan la una en la otra sobre su regazo.

    —No tienes que hacerlo. Puedes pasar el invierno con nosotros. Gudrun ahora tiene sitio para alguien en su casa y te lo debe—dice bajando la mirada a las manos de Hakon—. El invierno es cruel aquí.

    Hakon se queda quieto. Es una estatua de piedra.

    —Sé que eres peligroso, pero has protegido a Hilda antes. Hazlo por ella. He enterrado hoy a mi hijo y no quiero enterrar a mi nieta. Ese no debe ser el orden de las cosas.

    —Estaba allí. Tenía que defenderme.

    —No es lo que Gudrun dice.

    La mandíbula de Hakon se tensa. Ella lo ve.

    —Estaba asustada —replica él.

    —Cualquiera lo estaría. Pero tú no —baja el tono y coloca su mano en el antebrazo de él—. Debes haber visto y hecho muchas cosas. Pero dime, ¿tienes lugar al que regresar? Una familia, un pueblo, un hogar.

    Hakon se queda quieto. Desaparece la tensión. Hay algo peor. Hay nada.

    —No —responde. La voz más grave. Más ronca—. Y no lo quiero.

    Él entonces se aparta un paso hacia atrás. La anciana recoge su mano y levanta la mirada a la de él.

    —Quédate un solo día. Ve con Hilda, ella te mira. Lo he visto. Ve algo en ti que nadie más ve y creo saber el qué.

    Los párpados caen. La mirada se vuelve de acero.

    —No pertenezco a este lugar.

    —A ninguno, me temo. Pero aquí hay comida, cama y techo.

    No le aparta la mirada.

    Hay un desajuste en la él. Sus ojos van a la casa donde ha visto entrar a la mujer y la niña.

    La anciana entorna la mirada.

    —Sólo un día.
    El viaje se hace pesado. Los sollozos de Hilda van silenciándose hasta que cae rendida en el regazo de su madre, quien acaricia y peina su cabello con lentitud. La madre mira de vez en cuando al hombre. Sigue encogiéndose como la primera vez. Cubre mejor a Hilda con la manta. Luego se sube ella el cuello de su abrigo. Se estremece. No sabe si por el frío. Al final se dirige a él. —Gracias. Él no se mueve. Mantiene la postura recta, la mirada al frente y la respiración calmada. Pero el cuero de las riendas cruje. Su espalda se tensa un poco más. El silencio entre ellos se hace pesado, roto por el sonido de las ruedas y los chirridos de los ejes al girar. La madre mira el fardo que antes era un buen hombre. Se queda un rato dejándose mecer por el traqueteo del carro. Respira hondo y exhala un suspiro tan leve, que apenas se escucha. —Si no hubieses estado, ellos... —Pero estaba. Ella se gira a mirarle. Ve la espalda ancha. La melena oscura desordenada y revuelta. Los brazos anchos envueltos en tela y metal. Luego gira su cara hacia su hija. Los rasgos relajados aún muestran las mejillas rojas y los ojos hinchados. Le acaricia con suavidad la mejilla con la yema de los dedos. El resto del trayecto se vuelve algo menos denso. Aunque oscurece. El olor a humo le llega antes que su luz, y le indica a Hakon que están llegando. En una desviación del camino de tierra, se levanta un pequeño poblado con varias casas pequeñas, y una de mayor tamaño tras todas ellas. Está demasiado oscuro, pero se pueden apreciar campos detrás y un pequeño pozo. Al llegar a la entrada, alguien reconoce el carro antes que a sus ocupantes y da la voz. Cuando entran en el poblado, un hombre mayor llama a la madre por su nombre: Gudrun. Varias mujeres se acercan. Despiertan a Hilda, que se abraza a su madre y luego, cuando baja, a una mujer más mayor que susurra palabras de consuelo. Hakon baja el último. Nadie se acerca. Se queda quieto a un lado del carro mientras todo sucede. Llegan los hombres y cargan el cuerpo. Lo llevan a una de las casas. Toda la comitiva detrás encabezada por Gudrun y Hilda. Esta gira su cabeza hacia Hakon. Se miran y ella lo hace hasta que desaparece dentro del edificio junto a los demás. La noche se ha vuelto más fría. El silencio se siente pesado. Él sigue junto al carro. No sabe cuánto tiempo pasa. Podría irse, pero se queda. Sus ojos vuelven al camino fuera del poblado y se quedan allí un segundo. Dos. Al tercer segundo, un ruido hace que voltee la cabeza. Aparece la mujer mayor que sostuvo a Hilda. Le ofrece una copa de peltre. —Gudrun nos lo ha explicado. Gracias por traer a mi hijo a casa. Hakon respira hondo. Baja la mirada a la copa y la toma. Los dedos la aprietan con más fuerza de la necesaria. —También me dijo que eras un hombre de pocas palabras —da un paso atrás—. Bebe. Te ayudará a entrar en calor. Él asiente una sola vez antes de llevarse la bebida a los labios. Bebe. Traga. El hidromiel le abrasa la garganta al bajar. Sostiene después la copa con ambas manos, mirando de vuelta a la mujer. Ella sostiene su mirada. —Te traeré algo de comer. Y una manta. El amanecer trae humedad y frío. La ceremonia se realiza con las primeras luces. Hakon escucha entonces el nombre del padre de Hilda varias veces: Leifur. Lo sacan los hombres del pueblo, sobre un lecho de maderas anudadas y tablones. Lo han vestido con sus mejores galas y lleva en su regazo un hacha. Le han preparado una pira y lo colocan sobre ella. Hakon no se acerca demasiado. Lo ve todo pero no participa. Gudrun deja su trenza sobre el pecho de Leifur. Lleva un tocado que cubre lo que queda de su melena. Hilda no suelta su mano. Alguien toca un instrumento de viento. Alguien canta. Otros se unen. La madre de Leifur habla de su hijo. Era un buen hombre. Hilda llora. Luego prenden fuego a la pira. Hakon observa el fuego y como consume la madera. El cuerpo de Leifur desaparece rápido entre las llamas. Ese olor de nuevo. Se obligan a mirar pero termina desviando la mirada a otro lugar. No puede dejar de respirar ese olor. Ve entonces los ojos de Hilda. La niña le mira. Está más pálida y tiene ojeras. Su madre también las tiene. Siente la sequedad en la boca. Aprieta los labios. También secos. Hace un ademán de cabeza. La niña lo imita. Ella sonríe. Distinto. Él no se va hasta que la niña y la mujer se van. Por entonces la pira se reduce a un montón de cenizas. La mitad ya se ha ido. La vida sigue. Él también. La anciana le intercepta en la salida del pueblo. No la va visto venir. No la ha olido. Solo huele el humo. —Imagino que te vas. Hakon solo asiente. Las manos se enredan la una en la otra sobre su regazo. —No tienes que hacerlo. Puedes pasar el invierno con nosotros. Gudrun ahora tiene sitio para alguien en su casa y te lo debe—dice bajando la mirada a las manos de Hakon—. El invierno es cruel aquí. Hakon se queda quieto. Es una estatua de piedra. —Sé que eres peligroso, pero has protegido a Hilda antes. Hazlo por ella. He enterrado hoy a mi hijo y no quiero enterrar a mi nieta. Ese no debe ser el orden de las cosas. —Estaba allí. Tenía que defenderme. —No es lo que Gudrun dice. La mandíbula de Hakon se tensa. Ella lo ve. —Estaba asustada —replica él. —Cualquiera lo estaría. Pero tú no —baja el tono y coloca su mano en el antebrazo de él—. Debes haber visto y hecho muchas cosas. Pero dime, ¿tienes lugar al que regresar? Una familia, un pueblo, un hogar. Hakon se queda quieto. Desaparece la tensión. Hay algo peor. Hay nada. —No —responde. La voz más grave. Más ronca—. Y no lo quiero. Él entonces se aparta un paso hacia atrás. La anciana recoge su mano y levanta la mirada a la de él. —Quédate un solo día. Ve con Hilda, ella te mira. Lo he visto. Ve algo en ti que nadie más ve y creo saber el qué. Los párpados caen. La mirada se vuelve de acero. —No pertenezco a este lugar. —A ninguno, me temo. Pero aquí hay comida, cama y techo. No le aparta la mirada. Hay un desajuste en la él. Sus ojos van a la casa donde ha visto entrar a la mujer y la niña. La anciana entorna la mirada. —Sólo un día.
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  • Creo que aveces algo tan simpre como esto es inacansable para alguien ..... como yo , pero las cosas que hago mejor para el .
    Creo que aveces algo tan simpre como esto es inacansable para alguien ..... como yo , pero las cosas que hago mejor para el .
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  • "Siempre que mi presencia incomode de alguna manera, simplemente me retiraré, y borraré la evidencia de que estuve ahí."

    //Lamento a quienes solo incomodé u_u Mejor pongo el perfil en privado de nuevo. Al menos temporalmente. Cuando ande de mejor ánimo lo quito.
    "Siempre que mi presencia incomode de alguna manera, simplemente me retiraré, y borraré la evidencia de que estuve ahí." //Lamento a quienes solo incomodé u_u Mejor pongo el perfil en privado de nuevo. Al menos temporalmente. Cuando ande de mejor ánimo lo quito.
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  • -Aunque resultó herida, 12B se sentía satisfecha pues la misión fue todo un éxito, la máquina clase Goliat fue destruida, pero el daño que recibió fue demasiado, ahora mismo estaba curando sus heridas, podría volver al búnker y ser atendida pero eso quitaría tiempo valioso que podría aprovechar para alguna misión.

    Ya que la distancia del búnker a la tierra es demasiada, suspirando viendo las heridas en su cuerpos y como algunas vendas se teñían de rojo, pues aunque es androide, ella y los demás fueron hechos los mas cercano posible a los humanos.-

    Deberé ser más cuidadosa la próxima vez.

    -Se dijo así misma mientras terminaba de atender sus heridas-.
    -Aunque resultó herida, 12B se sentía satisfecha pues la misión fue todo un éxito, la máquina clase Goliat fue destruida, pero el daño que recibió fue demasiado, ahora mismo estaba curando sus heridas, podría volver al búnker y ser atendida pero eso quitaría tiempo valioso que podría aprovechar para alguna misión. Ya que la distancia del búnker a la tierra es demasiada, suspirando viendo las heridas en su cuerpos y como algunas vendas se teñían de rojo, pues aunque es androide, ella y los demás fueron hechos los mas cercano posible a los humanos.- Deberé ser más cuidadosa la próxima vez. -Se dijo así misma mientras terminaba de atender sus heridas-.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.

    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos.
    Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido.
    Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado.
    Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión.
    Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*.
    Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado.
    "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros".
    Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad.
    Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*.
    "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes".
    Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño.
    Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos. Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido. Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado. Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión. Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*. Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado. "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros". Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad. Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*. "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes". Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño. Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
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