—Si sigues afilando el saex, te vas quedar sin filo.
Su voz, siempre plana, sonó más suave de lo habitual. Cargada de intención.
Hakon pasó la piedra de afilar dos veces más por el filo antes de dejar sus brazos inertes entre sus piernas. Entonces la miró.
Helga lo esperaba, con una sonrisa frágil que se fue esfumando a medida que lo leía. Su entrecejo se frunció. Lentamente. Dejó de hilar lana y se removió inquieta en el banco. La madera crujió bajo ella. Incómoda.
—Dilo de una vez —instó, su voz un tono más elevado.
Hakon resopló. Cansado.
—Me encontré con tu padre.
Esta vez fue Helga quien resopló, pero terminó en algo parecido a una risa entre dientes.
—Y volvió a pedirte mi precio.
El fuego del langeld crepitó, como si protestara. Después se hizo un silencio denso. Tan denso como el humo que ascendía y ennegrecía la madera del techo.
Ella percibió algo en los ojos de él, y dejó el huso y la fusayola de hueso en el banco antes de acercarse a tomar el saex de las manos de Hakon. No fue una petición. Él no se resistió. Luego lo dejó a su lado, lejos de su alcance.
—Mírame a los ojos, Hakon —exigió, sujetando sus manos—. Tengo todo. No necesito más.
—No basta.
Helga afiló la mirada. Él conocía bien ese gesto.
—Basta y sobra. Somos libres, aunque eso moleste a todos. Me llaman bruja, por hacer de un vargr un bondi. Y ahora dicen que no muerdes, pero yo sé que sí. Siempre morderás, pero no quieres hacerlo.
Helga consiguió lo que nadie: provocarle una sonrisa. Breve. Suficiente.
Ella sonrió más.
—Ante la asamblea, no soy tuya y tú no eres mío —añadió y le apretó las manos. Los nudillos de Hakon se blanquearon un instante—. Que vengan a mi casa y me quiten las llaves, si se atreven.
Hakon respiró hondo por la nariz. Labios prensados. Exhaló después en un suspiro. Aún sonriendo.
—Eres como una piedra en la nieve.
La nariz chata de Helga se arrugó. Esa nariz le hacía parecer más terca. No engañaba a nadie. Luego ladeó la cabeza, el cabello dorado se teñía con el color del fuego que ardía frente a ellos.
—Y tú un tronco hueco.
Ambos rieron. Hakon no volvió a afilar el saex ese día.
En el lecho, ella contempló la espalda de Hakon. Ese gesto no dejaba nunca de sorprenderla, y rara vez conseguía reprimir el impulso de tocar sus cicatrices. Esa noche no fue una excepción. Él no se quejaba nunca. Entonces tampoco lo hizo.
La caricia le hizo removerse un instante.
No era una protesta.
—Si sigues afilando el saex, te vas quedar sin filo.
Su voz, siempre plana, sonó más suave de lo habitual. Cargada de intención.
Hakon pasó la piedra de afilar dos veces más por el filo antes de dejar sus brazos inertes entre sus piernas. Entonces la miró.
Helga lo esperaba, con una sonrisa frágil que se fue esfumando a medida que lo leía. Su entrecejo se frunció. Lentamente. Dejó de hilar lana y se removió inquieta en el banco. La madera crujió bajo ella. Incómoda.
—Dilo de una vez —instó, su voz un tono más elevado.
Hakon resopló. Cansado.
—Me encontré con tu padre.
Esta vez fue Helga quien resopló, pero terminó en algo parecido a una risa entre dientes.
—Y volvió a pedirte mi precio.
El fuego del langeld crepitó, como si protestara. Después se hizo un silencio denso. Tan denso como el humo que ascendía y ennegrecía la madera del techo.
Ella percibió algo en los ojos de él, y dejó el huso y la fusayola de hueso en el banco antes de acercarse a tomar el saex de las manos de Hakon. No fue una petición. Él no se resistió. Luego lo dejó a su lado, lejos de su alcance.
—Mírame a los ojos, Hakon —exigió, sujetando sus manos—. Tengo todo. No necesito más.
—No basta.
Helga afiló la mirada. Él conocía bien ese gesto.
—Basta y sobra. Somos libres, aunque eso moleste a todos. Me llaman bruja, por hacer de un vargr un bondi. Y ahora dicen que no muerdes, pero yo sé que sí. Siempre morderás, pero no quieres hacerlo.
Helga consiguió lo que nadie: provocarle una sonrisa. Breve. Suficiente.
Ella sonrió más.
—Ante la asamblea, no soy tuya y tú no eres mío —añadió y le apretó las manos. Los nudillos de Hakon se blanquearon un instante—. Que vengan a mi casa y me quiten las llaves, si se atreven.
Hakon respiró hondo por la nariz. Labios prensados. Exhaló después en un suspiro. Aún sonriendo.
—Eres como una piedra en la nieve.
La nariz chata de Helga se arrugó. Esa nariz le hacía parecer más terca. No engañaba a nadie. Luego ladeó la cabeza, el cabello dorado se teñía con el color del fuego que ardía frente a ellos.
—Y tú un tronco hueco.
Ambos rieron. Hakon no volvió a afilar el saex ese día.
En el lecho, ella contempló la espalda de Hakon. Ese gesto no dejaba nunca de sorprenderla, y rara vez conseguía reprimir el impulso de tocar sus cicatrices. Esa noche no fue una excepción. Él no se quejaba nunca. Entonces tampoco lo hizo.
La caricia le hizo removerse un instante.
No era una protesta.