• Lleva horas caminando. No sabe cuántas, pero el sol ha bajado mucho desde que empezó a andar y el entumecimiento comienza a pasarle factura. Los pasos se han vuelto más lentos, y la espalda se ha ido encorvando. Un poco más cada hora.

    Sólo sigue el camino. Llevará a algún lugar.

    El sonido de unas ruedas de carro que se acerca le alerta. No se gira, mira por encima del hombro. Los ve y sus párpados se relajan.

    Se une a la familia por inercia. No les saluda, el carro le da alcance y al no resultar una amenaza, deciden viajar a su lado. Son tres: padre, madre e hija. Ella camina fuera del carro, cerca de él.

    La niña entonces tira de la manga de su túnica. Insiste. Hakon baja la mirada hasta ella. Rubia, pecosa y con una sonrisa enorme en la cara.

    La niña tira una tercera vez, ahora riendo. No deja de mirarlo.

    ―¡Señor! ¡Es usted muy alto! Y seguro que es guerrero. ¡Tiene una espada!

    Hakon sólo la mira. No hay respuesta.

    ―Y muy serio... ―añade después la niña, en un tono más contemplativo.

    Para él, esto se le escapa. Eleva la mirada, buscando la atención de sus padres. Hablan entre sí. Nadie acude a rescatarlo. Empieza a frotarse las manos. No encuentra sitio para ellas.

    La niña entonces suaviza la sonrisa, con comprensión, y suelta su manga.

    ―Igual es mudo. Mi tío Harold es mudo. Antes hablaba, pero un día volvió con el cuello cosido y dejó de hacerlo.

    La niña se encoge de hombros con naturalidad.

    Hakon entonces hace una mueca.

    ―No soy mudo.

    La niña abre mucho los ojos y la boca. Y da un salto pequeño en el sitio.

    ―¡Anda! ―exclama y luego se ríe―. ¡Sí hablas!

    Hakon asiente despacio. Varias veces.

    ―A veces.

    A la niña se le ilumina la mirada y vuelve a cogerle la manga de la túnica.

    La madre se baja entonces del carro y toma a la niña de la mano.

    —¡Hilda! ¡Déjalo en paz! —espeta la madre, mirando luego a Hakon. Le cuesta mirarle a los ojos y le tiembla un poco el timbre de la voz—. Por favor, discúlpela.

    —¡No le estoy molestando, mamá! —replica la pequeña—. Nos estamos haciendo amigos.

    Ese comentario provoca que algo tire de la comisura del labio de Hakon. Un gesto minúsculo.

    No para él.

    La madre la arrastra de allí. La pequeña se resiste, pero le despide con la mano mientras la intenta subir al carro.

    La mano de él se levanta sola, y baja después.

    Después de un gruñido, se pone bien la manga de la túnica. Sus dedos permanecen quietos en la tela un latido de más.

    Un sonido familiar le endereza la espalda. El padre cae al suelo con una flecha en el cuello. Escupe sangre, se retuerce.

    Da dos zancadas. De un empujón, deja a la niña con su madre tras el carro. La madre y Hakon se miran. Él arruga el ceño y hace un ademán de cabeza. Corto. Luego se aparta del carro y golpea el escudo con su espada. El sonido se transforma en desafío. Pero es una amenaza.

    Los hombres lo envuelven. Sortean el cadáver del padre. Uno se queda rezagado y coloca una flecha en la cuerda aún por tensar.

    Demasiados. Y tienen un arquero.

    El golpe le llega desde detrás. No lo ha visto, pero reacciona. Por instinto. El escudo absorbe el impacto. El temblor le sube hasta el hombro. Avanza, desvía y da un cabezazo. Le parte la nariz. La sangre le salpica la cara. La frente le escuece.

    Mueve su espada por debajo del escudo. Entra y sale fácil.

    Una flecha le silba cerca. No lo suficiente cerca. Echa a correr con los pulmones al límite, la espada dispuesta a un lado para no entorpecer su carrera y los ojos fijos en la cuerda que se vuelve a tensar.

    Lo huele antes de verle. Apesta a sudor rancio y alcohol. No ve su cara, sólo su hacha. Le sale al paso e intenta golpear. Falla. Lo despacha rápido. Una punzada letal en el cuello. Apenas se interrumpe en su avance.

    Otra flecha.

    Esta le obliga a levantar el escudo. Se clava con tanta fuerza que la punta asoma por el otro lado. El músculo de su brazo se vuelve a resentir. Sigue. Otro hombre le intercepta y los escudos colisionan. El hombre trata de golpearle con el hacha, Hakon desvía. Se separan, toman distancia y vuelven a golpear. Suena el metal. Saltan chispas y los escudos se astillan.

    Hakon respira hondo, mantiene distancia. El olor a sudor y hierro le golpea. Sus ojos se desvían un instante. El arquero prepara otro dardo.

    Hakon se mueve. Lo hace tan rápido que se vuelve borroso. El adversario lanza varios golpes. Los ojos de Hakon siguen su trayectoria. El momento preciso llega. Sólo se aparta como ha hecho mil veces. Una más. Se abre la brecha que quiere. Clava y saja. Las tripas se abren, la sangre brota.

    Su mano se tiñe de rojo.

    Usa el cuerpo del hombre para cubrirse, aún con su filo en las entrañas del moribundo. La flecha lo remata. Se clava en su nuca. Hakon empuja y el cuerpo cae hacia atrás. En un movimiento vertiginoso toma el hacha del caído antes de que se precipite al suelo. Coge impulso. La arroja.

    El arquero abre los ojos. También la boca. Casi dice algo.

    Cae con el pecho hundido.

    Silencio.

    Los brazos le pesan. Deja caer el escudo y mira hacia atrás. La niña y la mujer salen de detrás del carro. La niña corre y se echa sobre el padre.

    Su llanto es estremecedor.

    Hakon evita mirar.

    Su espada pesa más que nunca.
    Lleva horas caminando. No sabe cuántas, pero el sol ha bajado mucho desde que empezó a andar y el entumecimiento comienza a pasarle factura. Los pasos se han vuelto más lentos, y la espalda se ha ido encorvando. Un poco más cada hora. Sólo sigue el camino. Llevará a algún lugar. El sonido de unas ruedas de carro que se acerca le alerta. No se gira, mira por encima del hombro. Los ve y sus párpados se relajan. Se une a la familia por inercia. No les saluda, el carro le da alcance y al no resultar una amenaza, deciden viajar a su lado. Son tres: padre, madre e hija. Ella camina fuera del carro, cerca de él. La niña entonces tira de la manga de su túnica. Insiste. Hakon baja la mirada hasta ella. Rubia, pecosa y con una sonrisa enorme en la cara. La niña tira una tercera vez, ahora riendo. No deja de mirarlo. ―¡Señor! ¡Es usted muy alto! Y seguro que es guerrero. ¡Tiene una espada! Hakon sólo la mira. No hay respuesta. ―Y muy serio... ―añade después la niña, en un tono más contemplativo. Para él, esto se le escapa. Eleva la mirada, buscando la atención de sus padres. Hablan entre sí. Nadie acude a rescatarlo. Empieza a frotarse las manos. No encuentra sitio para ellas. La niña entonces suaviza la sonrisa, con comprensión, y suelta su manga. ―Igual es mudo. Mi tío Harold es mudo. Antes hablaba, pero un día volvió con el cuello cosido y dejó de hacerlo. La niña se encoge de hombros con naturalidad. Hakon entonces hace una mueca. ―No soy mudo. La niña abre mucho los ojos y la boca. Y da un salto pequeño en el sitio. ―¡Anda! ―exclama y luego se ríe―. ¡Sí hablas! Hakon asiente despacio. Varias veces. ―A veces. A la niña se le ilumina la mirada y vuelve a cogerle la manga de la túnica. La madre se baja entonces del carro y toma a la niña de la mano. —¡Hilda! ¡Déjalo en paz! —espeta la madre, mirando luego a Hakon. Le cuesta mirarle a los ojos y le tiembla un poco el timbre de la voz—. Por favor, discúlpela. —¡No le estoy molestando, mamá! —replica la pequeña—. Nos estamos haciendo amigos. Ese comentario provoca que algo tire de la comisura del labio de Hakon. Un gesto minúsculo. No para él. La madre la arrastra de allí. La pequeña se resiste, pero le despide con la mano mientras la intenta subir al carro. La mano de él se levanta sola, y baja después. Después de un gruñido, se pone bien la manga de la túnica. Sus dedos permanecen quietos en la tela un latido de más. Un sonido familiar le endereza la espalda. El padre cae al suelo con una flecha en el cuello. Escupe sangre, se retuerce. Da dos zancadas. De un empujón, deja a la niña con su madre tras el carro. La madre y Hakon se miran. Él arruga el ceño y hace un ademán de cabeza. Corto. Luego se aparta del carro y golpea el escudo con su espada. El sonido se transforma en desafío. Pero es una amenaza. Los hombres lo envuelven. Sortean el cadáver del padre. Uno se queda rezagado y coloca una flecha en la cuerda aún por tensar. Demasiados. Y tienen un arquero. El golpe le llega desde detrás. No lo ha visto, pero reacciona. Por instinto. El escudo absorbe el impacto. El temblor le sube hasta el hombro. Avanza, desvía y da un cabezazo. Le parte la nariz. La sangre le salpica la cara. La frente le escuece. Mueve su espada por debajo del escudo. Entra y sale fácil. Una flecha le silba cerca. No lo suficiente cerca. Echa a correr con los pulmones al límite, la espada dispuesta a un lado para no entorpecer su carrera y los ojos fijos en la cuerda que se vuelve a tensar. Lo huele antes de verle. Apesta a sudor rancio y alcohol. No ve su cara, sólo su hacha. Le sale al paso e intenta golpear. Falla. Lo despacha rápido. Una punzada letal en el cuello. Apenas se interrumpe en su avance. Otra flecha. Esta le obliga a levantar el escudo. Se clava con tanta fuerza que la punta asoma por el otro lado. El músculo de su brazo se vuelve a resentir. Sigue. Otro hombre le intercepta y los escudos colisionan. El hombre trata de golpearle con el hacha, Hakon desvía. Se separan, toman distancia y vuelven a golpear. Suena el metal. Saltan chispas y los escudos se astillan. Hakon respira hondo, mantiene distancia. El olor a sudor y hierro le golpea. Sus ojos se desvían un instante. El arquero prepara otro dardo. Hakon se mueve. Lo hace tan rápido que se vuelve borroso. El adversario lanza varios golpes. Los ojos de Hakon siguen su trayectoria. El momento preciso llega. Sólo se aparta como ha hecho mil veces. Una más. Se abre la brecha que quiere. Clava y saja. Las tripas se abren, la sangre brota. Su mano se tiñe de rojo. Usa el cuerpo del hombre para cubrirse, aún con su filo en las entrañas del moribundo. La flecha lo remata. Se clava en su nuca. Hakon empuja y el cuerpo cae hacia atrás. En un movimiento vertiginoso toma el hacha del caído antes de que se precipite al suelo. Coge impulso. La arroja. El arquero abre los ojos. También la boca. Casi dice algo. Cae con el pecho hundido. Silencio. Los brazos le pesan. Deja caer el escudo y mira hacia atrás. La niña y la mujer salen de detrás del carro. La niña corre y se echa sobre el padre. Su llanto es estremecedor. Hakon evita mirar. Su espada pesa más que nunca.
    Me entristece
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  • +Adormilado, me acomode en mi cama, ya que actualmente tenía mucho sueño... +
    +Adormilado, me acomode en mi cama, ya que actualmente tenía mucho sueño... +
    Me endiabla
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Oigan de verdad alguien sabe por qué eliminan a la mayoría que entran con algún pj de Pokémon? Es un fastidio enserio, los únicos que no son eliminados son los oc's pero personajes como corbeau, red, o propios Pokémon los eliminan a las dos semanas
    Oigan de verdad alguien sabe por qué eliminan a la mayoría que entran con algún pj de Pokémon? Es un fastidio enserio, los únicos que no son eliminados son los oc's pero personajes como corbeau, red, o propios Pokémon los eliminan a las dos semanas
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  • ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝟶𝟶𝟻 : 𝚌𝚘𝚗𝚏𝚕𝚒𝚌𝚝 . . .

    — Ningún otro ser en la historia de este planeta, además del humano,, ha dedicado tanto tiempo, recursos y esfuerzo en desarrollar métodos, medios e instrumentos para autodestruirse.

    ¿Está en mi posición el juzgar? No, por supuesto. Es una observación miope y simplista, después de todo, reducirlos a esto.

    Pero, aún así, los hechos son innegables. Y con un dedo en el gatillo, con lo fácil y nimio que la humanidad ha vuelto el arrebatar una vida, ¿es posible culparlos? ¿O son víctimas de su propia sed de conflicto, un ente que crece, se sobrepone y devora, como si vida propia tuviese?
    ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝟶𝟶𝟻 : 𝚌𝚘𝚗𝚏𝚕𝚒𝚌𝚝 . . . — Ningún otro ser en la historia de este planeta, además del humano,, ha dedicado tanto tiempo, recursos y esfuerzo en desarrollar métodos, medios e instrumentos para autodestruirse. ¿Está en mi posición el juzgar? No, por supuesto. Es una observación miope y simplista, después de todo, reducirlos a esto. Pero, aún así, los hechos son innegables. Y con un dedo en el gatillo, con lo fácil y nimio que la humanidad ha vuelto el arrebatar una vida, ¿es posible culparlos? ¿O son víctimas de su propia sed de conflicto, un ente que crece, se sobrepone y devora, como si vida propia tuviese?
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  • Aveces me preguntó, si le importa lo que realmente como me siento .... si, eso no lo creo -pensando-
    Aveces me preguntó, si le importa lo que realmente como me siento .... si, eso no lo creo -pensando-
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Holaa como estás??
    Holaa como estás??
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  • Baile interpretativo.

    Un arte incomprendido por quienes miran sin sentir. El cuerpo se vuelve caligrafía viva, trazando en el aire símbolos que no todos pueden descifrar. Cada movimiento tiene propósito; cada giro, una intención que escapa a lo evidente.

    Las telas dejan de ser materia y se convierten en aliento, ondulando como nubes que rehúsan someterse a la gravedad... no es adorno, es espíritu en expansión.

    Baile interpretativo…

    Para este dragón, es un lenguaje sublime. Más antiguo que la palabra, más honesto que la voz.
    No se observa solamente … se entiende.
    Baile interpretativo. Un arte incomprendido por quienes miran sin sentir. El cuerpo se vuelve caligrafía viva, trazando en el aire símbolos que no todos pueden descifrar. Cada movimiento tiene propósito; cada giro, una intención que escapa a lo evidente. Las telas dejan de ser materia y se convierten en aliento, ondulando como nubes que rehúsan someterse a la gravedad... no es adorno, es espíritu en expansión. Baile interpretativo… Para este dragón, es un lenguaje sublime. Más antiguo que la palabra, más honesto que la voz. No se observa solamente … se entiende.
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  • Alphonse mira con recelo las esquinas lejanas del cuarto del hotel.

    Dos metros y medio nunca se sintieron tan lejanos. Parpadea fuerte pero las sombras generadas por la intermitencia de la luz parecen...cambiar.

    Aprieta los dientes y siente como el sudor frío llega a su nuca, y una brisa que casi se siente como dedos largos que buscan su cuello.

    No hay escape.

    Al le da un trago largo al Ron Añejo, aprieta los párpados y listo.

    Silencio.

    En menos de cinco minutos sonríe a medio labio, enamorado de su propio rostro en un Livestream.

    —Al-Ba'al with you, demonites.
    ¿Cómo les va tratando el Spring Break?— Dijo con una sonrisa pícara a sus 128 seguidores.
    Alphonse mira con recelo las esquinas lejanas del cuarto del hotel. Dos metros y medio nunca se sintieron tan lejanos. Parpadea fuerte pero las sombras generadas por la intermitencia de la luz parecen...cambiar. Aprieta los dientes y siente como el sudor frío llega a su nuca, y una brisa que casi se siente como dedos largos que buscan su cuello. No hay escape. Al le da un trago largo al Ron Añejo, aprieta los párpados y listo. Silencio. En menos de cinco minutos sonríe a medio labio, enamorado de su propio rostro en un Livestream. —Al-Ba'al with you, demonites. ¿Cómo les va tratando el Spring Break?— Dijo con una sonrisa pícara a sus 128 seguidores.
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  • -cabrones estos, muy aterradores y villanezcos pero lso crie a todos, si supieran los demas como me hacen el desayuno por las mañanas, mucha carita pero son unas masitas de pan- solto unas risitas mientras que los digimon se pusieron rojos al ser expuestos asi
    -cabrones estos, muy aterradores y villanezcos pero lso crie a todos, si supieran los demas como me hacen el desayuno por las mañanas, mucha carita pero son unas masitas de pan- solto unas risitas mientras que los digimon se pusieron rojos al ser expuestos asi
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  • Era su primer día en el bar, y la emoción le recorría el cuerpo. Aún le parecía increíble haber conseguido ese trabajo tan pronto, sobre todo después de haber quedado desempleada hacía tan poco tiempo. Sentía que por fin las cosas empezaban a acomodarse.

    Al llegar, dejó sus pertenencias con cuidado detrás de la barra y tomó el delantal característico del lugar atándoselo. Luego se dedicó a organizar cada detalle antes de que llegase la hora de la apertura. Limpió superficies, acomodó botellas y verificó que todo estuviera en su sitio.

    Cuando llegó la hora, giró el cartel a “abierto” con nerviosismo. Se colocó detrás de la barra, atenta, lista para recibir a los primeros clientes.

    Mucho tiempo no pasó hasta que escuchó la puerta abrirse.

    — ¡ Muy buena noches, buenvenidx a Kurogane’s bar! ¿Que le puedo servir? —
    Era su primer día en el bar, y la emoción le recorría el cuerpo. Aún le parecía increíble haber conseguido ese trabajo tan pronto, sobre todo después de haber quedado desempleada hacía tan poco tiempo. Sentía que por fin las cosas empezaban a acomodarse. Al llegar, dejó sus pertenencias con cuidado detrás de la barra y tomó el delantal característico del lugar atándoselo. Luego se dedicó a organizar cada detalle antes de que llegase la hora de la apertura. Limpió superficies, acomodó botellas y verificó que todo estuviera en su sitio. Cuando llegó la hora, giró el cartel a “abierto” con nerviosismo. Se colocó detrás de la barra, atenta, lista para recibir a los primeros clientes. Mucho tiempo no pasó hasta que escuchó la puerta abrirse. — ¡ Muy buena noches, buenvenidx a Kurogane’s bar! ¿Que le puedo servir? —
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