Era su primer día en el bar, y la emoción le recorría el cuerpo. Aún le parecía increíble haber conseguido ese trabajo tan pronto, sobre todo después de haber quedado desempleada hacía tan poco tiempo. Sentía que por fin las cosas empezaban a acomodarse.
Al llegar, dejó sus pertenencias con cuidado detrás de la barra y tomó el delantal característico del lugar atándoselo. Luego se dedicó a organizar cada detalle antes de que llegase la hora de la apertura. Limpió superficies, acomodó botellas y verificó que todo estuviera en su sitio.
Cuando llegó la hora, giró el cartel a “abierto” con nerviosismo. Se colocó detrás de la barra, atenta, lista para recibir a los primeros clientes.
Mucho tiempo no pasó hasta que escuchó la puerta abrirse.
— ¡ Muy buena noches, buenvenidx a Kurogane’s bar! ¿Que le puedo servir? —
Era su primer día en el bar, y la emoción le recorría el cuerpo. Aún le parecía increíble haber conseguido ese trabajo tan pronto, sobre todo después de haber quedado desempleada hacía tan poco tiempo. Sentía que por fin las cosas empezaban a acomodarse.
Al llegar, dejó sus pertenencias con cuidado detrás de la barra y tomó el delantal característico del lugar atándoselo. Luego se dedicó a organizar cada detalle antes de que llegase la hora de la apertura. Limpió superficies, acomodó botellas y verificó que todo estuviera en su sitio.
Cuando llegó la hora, giró el cartel a “abierto” con nerviosismo. Se colocó detrás de la barra, atenta, lista para recibir a los primeros clientes.
Mucho tiempo no pasó hasta que escuchó la puerta abrirse.
— ¡ Muy buena noches, buenvenidx a Kurogane’s bar! ¿Que le puedo servir? —
Hail, dice la bruja. Los cuerpos se encuentran descansando, suavemente tendidos entre las raíces como si meramente durmieran, la tétrica ciudad del silencio ausente de roca.
Hail, responde el espíritu. Sentado a la vera de un tronco caído, disfrutando de manera extraña el susurro constante de una estaca removiendo tierra. Una pequeña montaña de musgo a la derecha, un balde de leche recién ordeñada frente a él.
— No es necesario. —
La declaración los tomó a ambos por sorpresa, aun el peso haciendo eco en el aire como si esperara que en algún momento alguno tuviera la decencia de reclamarlo, pero no fue así. Simplemente, los encerró una vez más en sus pensamientos, ¿Estaban en ese momento de un encuentro casual? ¿Era eso realmente una elección o simplemente eran dos esclavos de la inercia? El estómago de uno rugía mientras la mirada del otro se apesadumbraba, curiosa danza que giraba eternamente cambiando de huésped según el momento del día.
La luz escaseaba, llamando al olvido, y lo más cercano a un abrazo cálido que tuvo en un largo tiempo aconteció solamente por el proceso de descomposición. La muchacha tendía frente a ella, aun con pigmentos sobre la piel y el hedor ligero de lo desagradable debajo de la resina de pino que usó para asegurar su trenzado. Cómplice como solo los cadáveres pueden serlo, el espantoso encuentro del frío en las extremidades contra la sombra de la vida pasada en el vientre… Morir encinta, dos veces muerte.
El primer búho anunció el inicio de la penumbra, y la cubeta vacía, caía hacia un lado, iniciaba el festín del bosque.
No hubo palabras de despedida, siquiera un leve reconocimiento como para determinarse entre ellos, individuos. La bruja caminó de espaldas hasta salir del umbral dibujado en la tierra y recién ahí llegó a girarse como si realmente no hubiera nadie allí. El demonio seguiría en su espacio, siempre paciente, de que los animales tomen la parte legitima que les corresponde, después de todo, no es carroña sin la saliva de alguien más.
Hail, dice la bruja. Los cuerpos se encuentran descansando, suavemente tendidos entre las raíces como si meramente durmieran, la tétrica ciudad del silencio ausente de roca.
Hail, responde el espíritu. Sentado a la vera de un tronco caído, disfrutando de manera extraña el susurro constante de una estaca removiendo tierra. Una pequeña montaña de musgo a la derecha, un balde de leche recién ordeñada frente a él.
— No es necesario. —
La declaración los tomó a ambos por sorpresa, aun el peso haciendo eco en el aire como si esperara que en algún momento alguno tuviera la decencia de reclamarlo, pero no fue así. Simplemente, los encerró una vez más en sus pensamientos, ¿Estaban en ese momento de un encuentro casual? ¿Era eso realmente una elección o simplemente eran dos esclavos de la inercia? El estómago de uno rugía mientras la mirada del otro se apesadumbraba, curiosa danza que giraba eternamente cambiando de huésped según el momento del día.
La luz escaseaba, llamando al olvido, y lo más cercano a un abrazo cálido que tuvo en un largo tiempo aconteció solamente por el proceso de descomposición. La muchacha tendía frente a ella, aun con pigmentos sobre la piel y el hedor ligero de lo desagradable debajo de la resina de pino que usó para asegurar su trenzado. Cómplice como solo los cadáveres pueden serlo, el espantoso encuentro del frío en las extremidades contra la sombra de la vida pasada en el vientre… Morir encinta, dos veces muerte.
El primer búho anunció el inicio de la penumbra, y la cubeta vacía, caía hacia un lado, iniciaba el festín del bosque.
No hubo palabras de despedida, siquiera un leve reconocimiento como para determinarse entre ellos, individuos. La bruja caminó de espaldas hasta salir del umbral dibujado en la tierra y recién ahí llegó a girarse como si realmente no hubiera nadie allí. El demonio seguiría en su espacio, siempre paciente, de que los animales tomen la parte legitima que les corresponde, después de todo, no es carroña sin la saliva de alguien más.
*Con una delicadeza casi sagrada, mis ojos se posaban en la pequeña figura de Alastor, una pieza que yo mismo había moldeado con mis propias manos. Deslicé las yemas de mis dedos sobre la cabeza de la estatuilla, tratando cada relieve con un cuidado infinito, como si temiera romperlo.
—Resulta una ironía casi dolorosa que, aun teniéndolo todo bajo mi dominio, me haya descubierto tan profundamente atado a la existencia de cierto demonio. Te ríes de eso, ¿verdad? Estoy seguro de que eres plenamente consciente de la influencia que ejerces sobre mí....—
*Con una sonrisa cargada de diversión, recorrí el contorno de su mentón de piedra, murmurando para mis adentros:*
«Sé que el momento perfecto aguarda en el horizonte... Y cuando finalmente llegue, no dudarás en tomar mi mano, ¿cierto, Alastor?».
—Mientras tanto, dedicaré mis horas a forjar el regalo que sellará la prueba irrefutable de mi absoluta sinceridad.—
*Con una delicadeza casi sagrada, mis ojos se posaban en la pequeña figura de Alastor, una pieza que yo mismo había moldeado con mis propias manos. Deslicé las yemas de mis dedos sobre la cabeza de la estatuilla, tratando cada relieve con un cuidado infinito, como si temiera romperlo.
—Resulta una ironía casi dolorosa que, aun teniéndolo todo bajo mi dominio, me haya descubierto tan profundamente atado a la existencia de cierto demonio. Te ríes de eso, ¿verdad? Estoy seguro de que eres plenamente consciente de la influencia que ejerces sobre mí....—
*Con una sonrisa cargada de diversión, recorrí el contorno de su mentón de piedra, murmurando para mis adentros:*
«Sé que el momento perfecto aguarda en el horizonte... Y cuando finalmente llegue, no dudarás en tomar mi mano, ¿cierto, Alastor?».
—Mientras tanto, dedicaré mis horas a forjar el regalo que sellará la prueba irrefutable de mi absoluta sinceridad.—
ㅤㅤㅤ¿Qué tienen en común los mitos con la realidad?, que ambos se basan parcialmente en una mentira y parcialmente en una verdad, parecen opuestos, pero en realidad, beben de la incredulidad de la gente... Habían pasado años desde que un feroz y cercano cataclismo le mostró a la humanidad que había mucho más en el universo, fuerzas primordiales que eran incapaces de controlar o contener, personas que eran capaces de desafiar el sistema porque contaban con un poder natural, sobrehumano, que ni la naturaleza ni el dinero podían contener... Pero aquellas historias, en alguna vez, una sociedad humana común y corriente que experimentó el horror habían quedado en el pasado para un hombre que fue un protagonista de tantos entre las historias que se cuentan en el mundo. Apodado el ''Último Alquimista'' por quiénes lo veían como un salvador, y el ''Relámpago Negro'' por aquellos que lo veían como un castigo, aunque nadie parecía conocer al hombre detrás de una leyenda que se forjó en la inexactitud. Diez años habían pasado, diez años donde todo lo que alguna vez llegó a representar algo para él desapareció, conceptos como la familia, la amistad o la compañía lo habían abandonado... ese ''héroe legendario'', alguna vez joven y vivaz se había convertido en una pieza olvidada por quienes jamás conocieron su verdadera historia, su verdadero ser.
En una isla lejana, en alguna parte aún cercana pero a su vez, alejada América, descansaba de las personas en una pequeña granja que había montado con sus propias manos... una granja que servía a su vez, como un hogar, y su santuario, su laboratorio... era humilde, con lo poco que había podido rescatar de los escombros de lo que alguna vez fue su casa, su cuna y, que, por poco, se convertía en su tumba... y mientras disfrutaba de un atardecer propicio, en lo que él llamaba ''La Cueva'', una gran edificación como una mansión hecha de madera y piedra perfectamente tallada, se podía ver la cándida luz de una chimenea encendida a leña... a costado de un asiento construido a mano con madera, algodón y telas, reposaba una pequeña tortuga descansando en su compañía. El alquimista, con las manos en la espalda, observaba la costa silenciosa como siempre, no sabía el porqué había adquirido ese extraño hábito últimamente, esperaba algún día encontrarse con un barco, y podía verlos a veces a la lejanía, pero nadie se acercaba allí, y tampoco le interesaba que así sucediera... prefería la soledad, la tranquilidad de la naturaleza que lo había aceptado, o que al menos, él se había aceptado dentro de ella.
Su túnica negra ondeaba cuidadosamente con el viento nocturno que entraba a través de los vidrios ligeramente entreabiertos, brisa traída por las olas que se movían de manera inquieta para su curiosidad. ¿Será que debería ir a ver?, un resoplido de resignación salió de sus labios, y tomando el pliegue de su capucha, comenzó a levantarla cuidadosamente para colocársela sobre la cabeza, no sin antes, esconder a su preciada mascota de patas rojas en su gran pecera junto a su poca compañía, una tortuguita más pequeña que resultó ser su cría. El hombre abandonó la mansión, cerrando la puerta con un candado que solo él sabía abrir... sabía que la entrada podía ser forzada, pero había pasado tanto tiempo sin visitas que sabía que nadie vendría a husmear su hogar... por lo que cuando la densa noche lo recibió con un sordo eco de la brisa nocturna, el alquimista comenzó a caminar... tenía esa extraña sensación de que alguien, o algo, se había osado a entrar a sus tierras... Y aunque no era un bárbaro que lanzaba flechas y cuchillos a lo que sea que veía, el que alguien llegara ahí, la sola idea, le generaba algo de incomodidad.
Su caminata lo llevó a la zona de la isla dónde se encontraban las arboledas, se agachó por un momento para presenciar una pequeña hoja que parecía quebrada, estaba seca, si, pero quebrada, pisoteada, como si alguien la hubiera pasado por alto... La tomó, como una pequeña prueba y la inspeccionó silenciosamente, el suelo cubierto de restos de pasto y fango hacían difícil encontrar un patrón de huellas o algo similar, sea quien sea que estaba allí, o parecía ser muy cuidadoso con sus pasos, o caminaba por encima del suelo como un fantasma.
ㅤㅤㅤ¿Qué tienen en común los mitos con la realidad?, que ambos se basan parcialmente en una mentira y parcialmente en una verdad, parecen opuestos, pero en realidad, beben de la incredulidad de la gente... Habían pasado años desde que un feroz y cercano cataclismo le mostró a la humanidad que había mucho más en el universo, fuerzas primordiales que eran incapaces de controlar o contener, personas que eran capaces de desafiar el sistema porque contaban con un poder natural, sobrehumano, que ni la naturaleza ni el dinero podían contener... Pero aquellas historias, en alguna vez, una sociedad humana común y corriente que experimentó el horror habían quedado en el pasado para un hombre que fue un protagonista de tantos entre las historias que se cuentan en el mundo. Apodado el ''Último Alquimista'' por quiénes lo veían como un salvador, y el ''Relámpago Negro'' por aquellos que lo veían como un castigo, aunque nadie parecía conocer al hombre detrás de una leyenda que se forjó en la inexactitud. Diez años habían pasado, diez años donde todo lo que alguna vez llegó a representar algo para él desapareció, conceptos como la familia, la amistad o la compañía lo habían abandonado... ese ''héroe legendario'', alguna vez joven y vivaz se había convertido en una pieza olvidada por quienes jamás conocieron su verdadera historia, su verdadero ser.
En una isla lejana, en alguna parte aún cercana pero a su vez, alejada América, descansaba de las personas en una pequeña granja que había montado con sus propias manos... una granja que servía a su vez, como un hogar, y su santuario, su laboratorio... era humilde, con lo poco que había podido rescatar de los escombros de lo que alguna vez fue su casa, su cuna y, que, por poco, se convertía en su tumba... y mientras disfrutaba de un atardecer propicio, en lo que él llamaba ''La Cueva'', una gran edificación como una mansión hecha de madera y piedra perfectamente tallada, se podía ver la cándida luz de una chimenea encendida a leña... a costado de un asiento construido a mano con madera, algodón y telas, reposaba una pequeña tortuga descansando en su compañía. El alquimista, con las manos en la espalda, observaba la costa silenciosa como siempre, no sabía el porqué había adquirido ese extraño hábito últimamente, esperaba algún día encontrarse con un barco, y podía verlos a veces a la lejanía, pero nadie se acercaba allí, y tampoco le interesaba que así sucediera... prefería la soledad, la tranquilidad de la naturaleza que lo había aceptado, o que al menos, él se había aceptado dentro de ella.
Su túnica negra ondeaba cuidadosamente con el viento nocturno que entraba a través de los vidrios ligeramente entreabiertos, brisa traída por las olas que se movían de manera inquieta para su curiosidad. ¿Será que debería ir a ver?, un resoplido de resignación salió de sus labios, y tomando el pliegue de su capucha, comenzó a levantarla cuidadosamente para colocársela sobre la cabeza, no sin antes, esconder a su preciada mascota de patas rojas en su gran pecera junto a su poca compañía, una tortuguita más pequeña que resultó ser su cría. El hombre abandonó la mansión, cerrando la puerta con un candado que solo él sabía abrir... sabía que la entrada podía ser forzada, pero había pasado tanto tiempo sin visitas que sabía que nadie vendría a husmear su hogar... por lo que cuando la densa noche lo recibió con un sordo eco de la brisa nocturna, el alquimista comenzó a caminar... tenía esa extraña sensación de que alguien, o algo, se había osado a entrar a sus tierras... Y aunque no era un bárbaro que lanzaba flechas y cuchillos a lo que sea que veía, el que alguien llegara ahí, la sola idea, le generaba algo de incomodidad.
Su caminata lo llevó a la zona de la isla dónde se encontraban las arboledas, se agachó por un momento para presenciar una pequeña hoja que parecía quebrada, estaba seca, si, pero quebrada, pisoteada, como si alguien la hubiera pasado por alto... La tomó, como una pequeña prueba y la inspeccionó silenciosamente, el suelo cubierto de restos de pasto y fango hacían difícil encontrar un patrón de huellas o algo similar, sea quien sea que estaba allí, o parecía ser muy cuidadoso con sus pasos, o caminaba por encima del suelo como un fantasma.
— Esto no me agrada. —
@[Cursed_Bastard]
Loki despertó con el corazón agitado, el eco de una visión que no lograba comprender aún latía en su mente. Se vio a sí misma devorando el mundo como si fuera algo tan simple como una fruta, sintiendo un poder abrumador… y al mismo tiempo, un vacío aterrador. En esa imagen, su propia familia la perseguía, decidida a detenerla, a acabar con aquello en lo que se había convertido. Y sin embargo, entre todos, solo Jason Jaegerjaquez Ishtar permanecía a su lado, firme, inquebrantable, como un caballero que protege a su doncella, como si sus pecados no significaran nada para él, aun esta doncella haría lo que fuera para que nadie lo lastimara. Aquello era lo que más la perturbaba… y lo que más la sostenía. Loki no entendía si era un sueño, una advertencia o un destino inevitable, pero algo dentro de ella se negaba a aceptarlo. Si ese futuro llegaba a existir, haría lo que fuera necesario para cambiarlo… incluso si eso significaba enfrentarse a todos, incluso a sí misma, con tal de proteger a la única persona que decidió no abandonarla.
Loki despertó con el corazón agitado, el eco de una visión que no lograba comprender aún latía en su mente. Se vio a sí misma devorando el mundo como si fuera algo tan simple como una fruta, sintiendo un poder abrumador… y al mismo tiempo, un vacío aterrador. En esa imagen, su propia familia la perseguía, decidida a detenerla, a acabar con aquello en lo que se había convertido. Y sin embargo, entre todos, solo [Jason07] permanecía a su lado, firme, inquebrantable, como un caballero que protege a su doncella, como si sus pecados no significaran nada para él, aun esta doncella haría lo que fuera para que nadie lo lastimara. Aquello era lo que más la perturbaba… y lo que más la sostenía. Loki no entendía si era un sueño, una advertencia o un destino inevitable, pero algo dentro de ella se negaba a aceptarlo. Si ese futuro llegaba a existir, haría lo que fuera necesario para cambiarlo… incluso si eso significaba enfrentarse a todos, incluso a sí misma, con tal de proteger a la única persona que decidió no abandonarla.
Maki se quedó frente al espejo más tiempo del que habría querido admitir. No fue vanidad lo que la detuvo, sino algo más incómodo, más profundo. Sus ojos recorrieron su reflejo con una insistencia casi obsesiva.
Había cambiado. No era una sospecha, ni una idea pasajera. Era un hecho que le oprimía el pecho.
Nunca le importó demasiado su apariencia. Era algo secundario, irrelevante… casi invisible. Pero ahora no podía escapar de ello. Ahora su propia imagen parecía reclamar espacio, exigir ser vista, ser juzgada. Y lo peor no era eso… lo peor era imaginar las miradas ajenas, reconstruirlas en su mente, sentirlas recorrerla incluso cuando estaba sola.
¿Eso era lo que veían? ¿Eso era en lo que se había convertido?
La incomodidad se le instaló bajo la piel, punzante, persistente. Quiso apartar la mirada, pero algo en ella la obligó a quedarse un segundo más, como si castigarse con esa visión fuera necesario.
Soltó el aire de golpe. Sus dedos se enredaron en su cabello, acomodándolo con una brusquedad contenida, casi frustrada. Un gesto inútil.
Entonces se apartó.
Dejó atrás el espejo, pero no logró dejar atrás la sensación de que, de alguna forma, esa versión suya seguía observándola.
Maki se quedó frente al espejo más tiempo del que habría querido admitir. No fue vanidad lo que la detuvo, sino algo más incómodo, más profundo. Sus ojos recorrieron su reflejo con una insistencia casi obsesiva.
Había cambiado. No era una sospecha, ni una idea pasajera. Era un hecho que le oprimía el pecho.
Nunca le importó demasiado su apariencia. Era algo secundario, irrelevante… casi invisible. Pero ahora no podía escapar de ello. Ahora su propia imagen parecía reclamar espacio, exigir ser vista, ser juzgada. Y lo peor no era eso… lo peor era imaginar las miradas ajenas, reconstruirlas en su mente, sentirlas recorrerla incluso cuando estaba sola.
¿Eso era lo que veían? ¿Eso era en lo que se había convertido?
La incomodidad se le instaló bajo la piel, punzante, persistente. Quiso apartar la mirada, pero algo en ella la obligó a quedarse un segundo más, como si castigarse con esa visión fuera necesario.
Soltó el aire de golpe. Sus dedos se enredaron en su cabello, acomodándolo con una brusquedad contenida, casi frustrada. Un gesto inútil.
Entonces se apartó.
Dejó atrás el espejo, pero no logró dejar atrás la sensación de que, de alguna forma, esa versión suya seguía observándola.
No hay dia que no desee volverlo a ver.
Pero a veces no hay cierres como los queremos o necesitamos.
Solo ocurren y ya.
Fue lindo haber sido amado, aunque fue solo un tiempo breve.
No hay dia que no desee volverlo a ver.
Pero a veces no hay cierres como los queremos o necesitamos.
Solo ocurren y ya.
Fue lindo haber sido amado, aunque fue solo un tiempo breve.
"Bien, hora de saborear una de mis grandes delicias~"
*Abrí una de mis bolsas de piedritas y lancé una para que caiga en mi boca, Pero está vez cae al piso aparentemente bajo el sofá.*
"Ay....algo anda mal..."
*Me agacho para buscar bajo el sillón y meto la mano donde no llega la luz de la linterna.*
"¡Ay! ¡Esto pica!, ¡Uy! Esto es baboso... ¡Ay! Esto se mueve.. ¡A Ha!....ahhh 20 dólares....yo quería piedritas..."
Cerebro: "20 dólares compran muchas piedritas."
Jero: "¡Explica como!"
Cerebro: "El dinero se cambia por productos y servicios."
Jero: "¡Yahoo!"
*Pisé la piedrita al levantarme resbalándome y cayendo al piso y se me vuela el billete de 20 dólares.*
"Bien, hora de saborear una de mis grandes delicias~"
*Abrí una de mis bolsas de piedritas y lancé una para que caiga en mi boca, Pero está vez cae al piso aparentemente bajo el sofá.*
"Ay....algo anda mal..."
*Me agacho para buscar bajo el sillón y meto la mano donde no llega la luz de la linterna.*
"¡Ay! ¡Esto pica!, ¡Uy! Esto es baboso... ¡Ay! Esto se mueve.. ¡A Ha!....ahhh 20 dólares....yo quería piedritas..."
Cerebro: "20 dólares compran muchas piedritas."
Jero: "¡Explica como!"
Cerebro: "El dinero se cambia por productos y servicios."
Jero: "¡Yahoo!"
*Pisé la piedrita al levantarme resbalándome y cayendo al piso y se me vuela el billete de 20 dólares.*