• La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    5
    Estado
    Disponible
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  • Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.
    Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
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  • —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo y la otra sosteniendo la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo y la otra sosteniendo la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
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  • El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.

    La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.

    El mercader avanzó con cuidado.

    No porque dudara de sí mismo.

    Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.

    El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.

    Gavlan se detuvo.

    Inclinó ligeramente la cabeza.

    —Hm...

    Esperó.

    Ahí estaba otra vez.

    Un sonido bajo, casi como un lamento.

    Miró a su alrededor.

    Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.

    Algunos de ellos tenían formas extrañas.

    Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.

    Y de aquellos árboles salían los sonidos.

    Quejidos débiles.

    Susurros antiguos.

    Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.

    Observó el rostro formado en el tronco.

    —Vaya...

    Su voz salió más baja de lo normal.

    —He visto mercancía extraña en mis viajes.

    Pasó una mano por la corteza.

    —Pero árboles que parecen querer contar una historia...

    Miró el rostro inmóvil.

    —Eso es nuevo.

    El árbol respondió con otro lamento.

    Gavlan retiró la mano.

    —Bien.

    Una pausa.

    —Supongo que no eres de los que negocian.

    Continuó su camino.

    Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.

    Entonces escuchó otro sonido.

    Esta vez no era un quejido.

    Era una respiración.

    Pesada.

    Profunda.

    Gavlan se detuvo de golpe.

    Entre la niebla, algo se movió.

    Primero vio la sombra.

    Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.

    Y finalmente la figura.

    Un gigante.

    Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.

    Gavlan permaneció quieto observándolo.

    No sacó su arma.

    No corrió.

    Simplemente lo evaluó.

    Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.

    —Bueno...

    Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.

    —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.

    La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.

    Gavlan miró sus flechas.

    Luego al gigante.

    Después a la enorme distancia que los separaba.

    —No creo que una venta vaya a ser sencilla.

    Una leve risa salió bajo su casco.

    —Aunque debo admitirlo...

    Observó al gigante una vez más.

    —Sería el cliente más grande que he tenido.

    El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.

    Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...

    Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.

    Buscar caminos nuevos.

    Encontrar mercancías nuevas.

    Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
    El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente. La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris. El mercader avanzó con cuidado. No porque dudara de sí mismo. Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos. El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque. Gavlan se detuvo. Inclinó ligeramente la cabeza. —Hm... Esperó. Ahí estaba otra vez. Un sonido bajo, casi como un lamento. Miró a su alrededor. Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles. Algunos de ellos tenían formas extrañas. Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor. Y de aquellos árboles salían los sonidos. Quejidos débiles. Susurros antiguos. Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos. Observó el rostro formado en el tronco. —Vaya... Su voz salió más baja de lo normal. —He visto mercancía extraña en mis viajes. Pasó una mano por la corteza. —Pero árboles que parecen querer contar una historia... Miró el rostro inmóvil. —Eso es nuevo. El árbol respondió con otro lamento. Gavlan retiró la mano. —Bien. Una pausa. —Supongo que no eres de los que negocian. Continuó su camino. Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás. Entonces escuchó otro sonido. Esta vez no era un quejido. Era una respiración. Pesada. Profunda. Gavlan se detuvo de golpe. Entre la niebla, algo se movió. Primero vio la sombra. Después una enorme mano apoyándose sobre una roca. Y finalmente la figura. Un gigante. Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo. Gavlan permaneció quieto observándolo. No sacó su arma. No corrió. Simplemente lo evaluó. Como si estuviera frente a un posible cliente difícil. —Bueno... Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón. —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes. La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles. Gavlan miró sus flechas. Luego al gigante. Después a la enorme distancia que los separaba. —No creo que una venta vaya a ser sencilla. Una leve risa salió bajo su casco. —Aunque debo admitirlo... Observó al gigante una vez más. —Sería el cliente más grande que he tenido. El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla. Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla... Gavlan había salido de aquella taberna por una razón. Buscar caminos nuevos. Encontrar mercancías nuevas. Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
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  • "13 de julio... " -Joah miraba el calendario de cartón que llevaba colgado en la puerta de su armario ya varios años. Estaba amarillento, viejo, arrugado. Por alguna extraña razón no se había atrevido a quitarlo, como si esto fuese una especie de monumento por los caídos. Quizás con el tiempo, los habitantes de Heredia se habrían olvidado ya de aquel fatídico día, pero sabía que ellos jamás... Nunca jamás -
    "13 de julio... " -Joah miraba el calendario de cartón que llevaba colgado en la puerta de su armario ya varios años. Estaba amarillento, viejo, arrugado. Por alguna extraña razón no se había atrevido a quitarlo, como si esto fuese una especie de monumento por los caídos. Quizás con el tiempo, los habitantes de Heredia se habrían olvidado ya de aquel fatídico día, pero sabía que ellos jamás... Nunca jamás -
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  • Te amo amor Gojo Wakana , ver contigo futbol es de lo mejor, no quiero que termine el evento o que venga pronto uno, sea como sea te amo y viva Mexico aunque yo sea española >//<
    Te amo amor [Kurogane_Cal_Devens100099] , ver contigo futbol es de lo mejor, no quiero que termine el evento o que venga pronto uno, sea como sea te amo y viva Mexico 💚 🤍 ❤️ aunque yo sea española >//<
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  • #InTheMindOfAnAgent

    «¿Realmente ha valido la pena?»

    Es lo que siempre me preguntaba cuando me miraba en el espejo y lo primero que veía era a un desconocido, un extraño con mi propio rostro. Cada misión, cada vida, cada amor y desamor sólo han servido como fachada para satisfacer a mi nación.

    «Todo esto comienza a consumirme... ¿Quién soy yo realmente? ¿Algún día podré romper mis cadenas? O ¿Acaso Yōko tuvo razón al decir que soy indigno de ser humano...?»

    Pensé mientras el único ruido presente era el agua del lavabo corriendo.
    #InTheMindOfAnAgent «¿Realmente ha valido la pena?» Es lo que siempre me preguntaba cuando me miraba en el espejo y lo primero que veía era a un desconocido, un extraño con mi propio rostro. Cada misión, cada vida, cada amor y desamor sólo han servido como fachada para satisfacer a mi nación. «Todo esto comienza a consumirme... ¿Quién soy yo realmente? ¿Algún día podré romper mis cadenas? O ¿Acaso Yōko tuvo razón al decir que soy indigno de ser humano...?» Pensé mientras el único ruido presente era el agua del lavabo corriendo.
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  • "Mi antiguo atuendo solo hacia que la arena se hundiera en rincones molestos.. esta es mas comoda aqui."
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  • No te preocupes.. No es mía..

    *Dijo mientras se limpio la salpicadura de su rostro, aveces tiene que defenderse, ya que el mundo no es color de rosa, así como hay personas buenas también las hay malvadas que disfrutan lastimando a otros. *
    No te preocupes.. No es mía.. *Dijo mientras se limpio la salpicadura de su rostro, aveces tiene que defenderse, ya que el mundo no es color de rosa, así como hay personas buenas también las hay malvadas que disfrutan lastimando a otros. *
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  • -Las puertas automaticas se abrieron con un suave siseo, permitiendo que Vaelith ingresara al inmenso complejo cientifico. Sus pasos fueron silenciosos mientras sus ojos rojizos recorrian cada rincon, pantallas luminosas, brazos mecanicos, enormes capsulas de cristal y maquinas cuyo funcionamiento escapaba de los conocimientos del Elfo, no habia asombro en su rostro, sino una curiosidad tranquila mientras observaba como la humanidad habia aprendido a crear herramientas capcaces de desafiar los limites de la naturaleza.-

    "Seres con una vida tan fugaz.. siendo capaces de ir contra el orden natural, es.. facintante."

    -El Laboratorio se encontraba completamente vacio. Solo el zumbido constante de las maquinas y el brillo de las pantallas rompian el silencio. Frente a enormes camaras de contencion descansaban criaturas de distintas especies, algunas dormidas y otras inmoviles, conectadas a innumerables dispositivos.-

    "Experimentar en otras especies.. la malicia humana no tiene limites."

    -Vaelith camino entre ellas con calma, deteniendose frente a cada experimento para estudiar su funcionamiento. No habia nadie a quien preguntarle, a quien observar. Unicamente maquinas seguian trabajando por si solas-

    "El nombre de este lugar era...Corp.."
    -Las puertas automaticas se abrieron con un suave siseo, permitiendo que Vaelith ingresara al inmenso complejo cientifico. Sus pasos fueron silenciosos mientras sus ojos rojizos recorrian cada rincon, pantallas luminosas, brazos mecanicos, enormes capsulas de cristal y maquinas cuyo funcionamiento escapaba de los conocimientos del Elfo, no habia asombro en su rostro, sino una curiosidad tranquila mientras observaba como la humanidad habia aprendido a crear herramientas capcaces de desafiar los limites de la naturaleza.- "Seres con una vida tan fugaz.. siendo capaces de ir contra el orden natural, es.. facintante." -El Laboratorio se encontraba completamente vacio. Solo el zumbido constante de las maquinas y el brillo de las pantallas rompian el silencio. Frente a enormes camaras de contencion descansaban criaturas de distintas especies, algunas dormidas y otras inmoviles, conectadas a innumerables dispositivos.- "Experimentar en otras especies.. la malicia humana no tiene limites." -Vaelith camino entre ellas con calma, deteniendose frente a cada experimento para estudiar su funcionamiento. No habia nadie a quien preguntarle, a quien observar. Unicamente maquinas seguian trabajando por si solas- "El nombre de este lugar era...Corp.."
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