• 。 𝗧𝗵𝗲 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗿 𝗯𝗲𝗰𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴 𝘁𝗵𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁𝘁𝘆 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗱.
    Categoría Original
    Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas.

    El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie.

    Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente.

    Y él encajaba perfectamente allí.

    El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético.

    Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo.

    El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos.

    El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo.

    El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente.

    Era magia.

    Magia real.

    Bastante rara.

    Demasiado cara.

    Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana.

    Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado...

    Y ahí estaba, otra vez.

    La figura...

    Esa pequeña sombra.

    Quieta bajo la lluvia.

    Llevaba siguiéndolo tres días.

    Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales.

    Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo.

    Nunca demasiado cerca.

    Nunca demasiado obvia.

    Eso era lo que empezaba a irritarlo.

    La prudencia.

    La paciencia.

    Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona.

    Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso.

    Mucho más inteligente.

    Y eso lo odiaba.

    El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre.

    — ¿Problemas…?

    El cazador soltó una risa seca y cansada.

    — En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema.

    Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato.

    Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo.

    — La puta madre... Esto sabe a lubricante.

    — Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa.

    — Pues sabe a mierda.

    El cocinero prefirió callarse.

    Sabía quién era él.

    Todos en el bajo mundo lo sabían.

    Un fantasma armado.

    Un perro rabioso.

    Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar.

    Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas.

    Que usaba magia prohibida.

    Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres.

    La mitad seguramente era mentira.

    La otra mitad...

    Probablemente se quedaba corta.

    El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie.

    Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio.

    El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante.

    Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana.

    Seguía ahí.

    Inmóvil.

    Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark.

    Entonces sonrió.

    Una sonrisa fingida.

    Vacía.

    — Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
    Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas. El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie. Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente. Y él encajaba perfectamente allí. El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético. Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo. El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos. El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo. El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente. Era magia. Magia real. Bastante rara. Demasiado cara. Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana. Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado... Y ahí estaba, otra vez. La figura... Esa pequeña sombra. Quieta bajo la lluvia. Llevaba siguiéndolo tres días. Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales. Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo. Nunca demasiado cerca. Nunca demasiado obvia. Eso era lo que empezaba a irritarlo. La prudencia. La paciencia. Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona. Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso. Mucho más inteligente. Y eso lo odiaba. El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre. — ¿Problemas…? El cazador soltó una risa seca y cansada. — En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema. Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato. Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo. — La puta madre... Esto sabe a lubricante. — Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa. — Pues sabe a mierda. El cocinero prefirió callarse. Sabía quién era él. Todos en el bajo mundo lo sabían. Un fantasma armado. Un perro rabioso. Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar. Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas. Que usaba magia prohibida. Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres. La mitad seguramente era mentira. La otra mitad... Probablemente se quedaba corta. El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie. Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio. El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda. La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante. Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana. Seguía ahí. Inmóvil. Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark. Entonces sonrió. Una sonrisa fingida. Vacía. — Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
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  • ──── Todos guardamos secretos. Algunos son más sencillos de guardar que otros; la vez que tú y un amigo hicieron trampa durante una prueba importante, cuando te comiste la última rebanada de pastel que quedaba, y fingiste no haberla visto, mientras aun te limpiabas las migajas de las manos. La carta escondida en lo más profundo de un cajón o esa información que prometiste guardar hasta que la renta por existir en este mundo finalmente llegue a su fin. Y luego están los que te carcomen por dentro, porque sabes que todos los sacrificios que hiciste para proteger a quienes quieres terminarán afectándolos de una u otra forma. ¿Cómo se supone que alguien puede vivir tranquilo con eso? —observó sus manos desprovistas de la ilusión con la que normalmente las cubría, tal y cómo eran en realidad: con las puntas de los dedos oscurecidas, como si hubieran sido consumidas, devoradas poco a poco por el vacío de las estrellas—. Algún día tendré que revelar lo que hice, y cuando eso ocurra... no sé que es lo que va a pasar. ¿Podré soportar que se me mire como si fuera un monstruo?
    ──── Todos guardamos secretos. Algunos son más sencillos de guardar que otros; la vez que tú y un amigo hicieron trampa durante una prueba importante, cuando te comiste la última rebanada de pastel que quedaba, y fingiste no haberla visto, mientras aun te limpiabas las migajas de las manos. La carta escondida en lo más profundo de un cajón o esa información que prometiste guardar hasta que la renta por existir en este mundo finalmente llegue a su fin. Y luego están los que te carcomen por dentro, porque sabes que todos los sacrificios que hiciste para proteger a quienes quieres terminarán afectándolos de una u otra forma. ¿Cómo se supone que alguien puede vivir tranquilo con eso? —observó sus manos desprovistas de la ilusión con la que normalmente las cubría, tal y cómo eran en realidad: con las puntas de los dedos oscurecidas, como si hubieran sido consumidas, devoradas poco a poco por el vacío de las estrellas—. Algún día tendré que revelar lo que hice, y cuando eso ocurra... no sé que es lo que va a pasar. ¿Podré soportar que se me mire como si fuera un monstruo?
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    (( Lo siento, pero a mi no me agrada que me traten como una del monton...))
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  • El laboratorio de la calle Monreat
    Fandom N/A
    Categoría Suspenso
    El laboratorio de contención vibraba con el zumbido constante de las luces fluorescentes. Filas de monitores parpadeaban mostrando signos vitales imposibles de interpretar; la frecuencia cardíaca del huésped subía y bajaba como si varias personas respiraran dentro del mismo cuerpo. Tras el grueso cristal reforzado de la cámara de aislamiento, el paciente permanecía sujeto a una camilla metálica, cubierto de cables y vendas húmedas. Cada tanto, su espalda se arqueaba con violencia, provocando que las herramientas quirúrgicas tintinearan sobre las bandejas.

    Los científicos discutían desesperados entre sí. Nadie tenía respuestas. Algunos evitaban siquiera mirar directamente al huésped; había algo en él que provocaba una incomodidad instintiva, como si el cuerpo humano estuviera intentando imitar algo que no comprendía del todo.
    El paciente apenas levantó la cabeza. Sus labios se abrieron lentamente, pero de su garganta surgieron varias voces superpuestas al mismo tiempo.

    Entonces las puertas del laboratorio se abrieron de golpe. El sonido seco de unos pasos resonó entre las alarmas y el murmullo nervioso del personal. Un joven cura irrumpió en la escena y bajo un brazo sostenía un viejo maletín de cuero.

    Los guardias intentaron detenerlo, pero el cura ni siquiera les prestó atención. Sus ojos estaban clavados en el huésped.
    El joven dio una lenta calada a su cigarro antes de hablar con voz grave. Dentro de la cámara, el huésped empezó a sonreír de una forma antinatural.
    El laboratorio de contención vibraba con el zumbido constante de las luces fluorescentes. Filas de monitores parpadeaban mostrando signos vitales imposibles de interpretar; la frecuencia cardíaca del huésped subía y bajaba como si varias personas respiraran dentro del mismo cuerpo. Tras el grueso cristal reforzado de la cámara de aislamiento, el paciente permanecía sujeto a una camilla metálica, cubierto de cables y vendas húmedas. Cada tanto, su espalda se arqueaba con violencia, provocando que las herramientas quirúrgicas tintinearan sobre las bandejas. Los científicos discutían desesperados entre sí. Nadie tenía respuestas. Algunos evitaban siquiera mirar directamente al huésped; había algo en él que provocaba una incomodidad instintiva, como si el cuerpo humano estuviera intentando imitar algo que no comprendía del todo. El paciente apenas levantó la cabeza. Sus labios se abrieron lentamente, pero de su garganta surgieron varias voces superpuestas al mismo tiempo. Entonces las puertas del laboratorio se abrieron de golpe. El sonido seco de unos pasos resonó entre las alarmas y el murmullo nervioso del personal. Un joven cura irrumpió en la escena y bajo un brazo sostenía un viejo maletín de cuero. Los guardias intentaron detenerlo, pero el cura ni siquiera les prestó atención. Sus ojos estaban clavados en el huésped. El joven dio una lenta calada a su cigarro antes de hablar con voz grave. Dentro de la cámara, el huésped empezó a sonreír de una forma antinatural.
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  • 𝑨 𝒏𝒆𝒘 𝒃𝒆𝒈𝒊𝒏𝒏𝒊𝒏𝒈
    Fandom OC
    Categoría Slice of Life
    Seis meses.
    Había pasado medio año desde... La vez que la vió.
    Y para ser franco consigo mismo, siquiera la había recordado con la frecuencia de su "yo" de hacía años.
    La búsqueda de empleo, las salidas con sus amigos y las actividades con su pareja le habían consumido tiempo suficiente como para no detenerse a pensar en nada más que el presente.

    Pero hoy, en las vías del metro, rumbo su destino recordó la noche dónde se había encontrado con Alex.
    ¿Casualidad o destino? La pregunta que en momentos le hacía sobrepensar en el momento. Distrayendo su mente de la inquietud que tenía ahora.
    Su nuevo reto.
    Un trabajo lejos de casa.

    Con su padre había iniciado pequeños emprendimientos para cubrir sus necesidades, pero sabía que debía aspirar a más.
    Las cosas de la adultez le hacían pensar en su futuro, para su suerte, encontró un departamento que estaba reclutando a personal.

    Al llegar al edificio, se vio rodeado de personas que al igual que él parecían nuevos. Algunos iban nerviosos, otros con la calma de quién ha planeado horas durante el espejo su llegada, y luego estaban personas cómo Haruki, perdidos en sus pensamientos, imaginando cómo será esa nueva etapa, sí serían capaces de dar la talla.

    Eventualmente fueron entrando, guiándose por algunos trabajadores que parecían llevar ahí desde que abrió la sucursal. La sala de espera era grande, con asientos largos y de matices grises adornando las esquinas de plantas en macetas, haciendo una especie de "U" de manera que todos quedaran frente la vista de recepción.

    Su teléfono vibró. Era su pareja, mensajes de ánimo acompañado de fotos de su día.
    Él sonrió, pero de inmediato se presentó un hombre quién se paró en frente de todos; al parecer era encargado del departamento de recursos humanos, anunciando que en breve se haría presente un grupo que los llevaría hasta las oficinas.
    No tuvo ni tiempo de responder el teléfono; lo guardó tan pronto escuchaba pasos acercándose por uno de los pasillos.
    Seis meses. Había pasado medio año desde... La vez que la vió. Y para ser franco consigo mismo, siquiera la había recordado con la frecuencia de su "yo" de hacía años. La búsqueda de empleo, las salidas con sus amigos y las actividades con su pareja le habían consumido tiempo suficiente como para no detenerse a pensar en nada más que el presente. Pero hoy, en las vías del metro, rumbo su destino recordó la noche dónde se había encontrado con Alex. ¿Casualidad o destino? La pregunta que en momentos le hacía sobrepensar en el momento. Distrayendo su mente de la inquietud que tenía ahora. Su nuevo reto. Un trabajo lejos de casa. Con su padre había iniciado pequeños emprendimientos para cubrir sus necesidades, pero sabía que debía aspirar a más. Las cosas de la adultez le hacían pensar en su futuro, para su suerte, encontró un departamento que estaba reclutando a personal. Al llegar al edificio, se vio rodeado de personas que al igual que él parecían nuevos. Algunos iban nerviosos, otros con la calma de quién ha planeado horas durante el espejo su llegada, y luego estaban personas cómo Haruki, perdidos en sus pensamientos, imaginando cómo será esa nueva etapa, sí serían capaces de dar la talla. Eventualmente fueron entrando, guiándose por algunos trabajadores que parecían llevar ahí desde que abrió la sucursal. La sala de espera era grande, con asientos largos y de matices grises adornando las esquinas de plantas en macetas, haciendo una especie de "U" de manera que todos quedaran frente la vista de recepción. Su teléfono vibró. Era su pareja, mensajes de ánimo acompañado de fotos de su día. Él sonrió, pero de inmediato se presentó un hombre quién se paró en frente de todos; al parecer era encargado del departamento de recursos humanos, anunciando que en breve se haría presente un grupo que los llevaría hasta las oficinas. No tuvo ni tiempo de responder el teléfono; lo guardó tan pronto escuchaba pasos acercándose por uno de los pasillos.
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  • Yo aún me sé tu pedido de siempre
    Café, pero porfa, muy corto de leche
    Y me sé de memoria el cumple de tu perro
    Y que tu mal humor lo sacas de tu abuelo

    También sé que tú nunca pides perdón
    Que prefieres perderme a darme la razón
    Y que no me has mirado nunca como a él
    Que yo era una fan y que tú eras la estrella
    Yo aún me sé tu pedido de siempre Café, pero porfa, muy corto de leche Y me sé de memoria el cumple de tu perro Y que tu mal humor lo sacas de tu abuelo También sé que tú nunca pides perdón Que prefieres perderme a darme la razón Y que no me has mirado nunca como a él Que yo era una fan y que tú eras la estrella
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  • “Nunca olvides lo que eres. El resto del mundo no lo hará. Úsalo como una armadura, y nunca podrá ser usado para lastimarte.”
    “Nunca olvides lo que eres. El resto del mundo no lo hará. Úsalo como una armadura, y nunca podrá ser usado para lastimarte.”
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  • -El edificio abandonado se sentía frio, el desagradable olor a basura y el sonido de las ratas correteando al menos ahogaba el pesado silencio de la estructura abandonada. El joven mago estaba sentado sobre una silla metálica aparentemente en buen estado pero con 20 años de abandono. No había sido un buen día, un trabajo difícil con una paga no tan buena. Mientras se acomodaba en la silla, uso un balde viejo que puso de cabeza para usarlo como mesa, colocando un pequeño plato de porcelana donde tenía su comida. Un pequeño conejo que habia cazado poco tiempo atrás, acompañado de más comida desagradable.-

    Oh, Casi olvido la lata.

    -Al tomar y abrir su mochila, logro sacar una lata de maíz, la cual no dudo en abrir con un pequeño cuchillo. Al abrirlo, utilizo una cuchara que saco de su mochila de igual forma, al probar el alimento, termina escupiendolo al suelo con desagrado, después comenzó a revisar la lata, había pasado el tiempo suficiente para que el alimento tuviera un sabor metálico y una textura pastosa. De todas formas, decidió comerlo antes de dejar caer la lata vacía al suelo, mirando las baldosas y el recipiente que cayó a sus pies, pero con su mirada perdida hacia abajo, sintiendo una sensación punzante en la parte superior del abdomen pero aún con esa mirada de enojo mezclado con desagrado.-

    Extraño la comida de mamá..
    -El edificio abandonado se sentía frio, el desagradable olor a basura y el sonido de las ratas correteando al menos ahogaba el pesado silencio de la estructura abandonada. El joven mago estaba sentado sobre una silla metálica aparentemente en buen estado pero con 20 años de abandono. No había sido un buen día, un trabajo difícil con una paga no tan buena. Mientras se acomodaba en la silla, uso un balde viejo que puso de cabeza para usarlo como mesa, colocando un pequeño plato de porcelana donde tenía su comida. Un pequeño conejo que habia cazado poco tiempo atrás, acompañado de más comida desagradable.- Oh, Casi olvido la lata. -Al tomar y abrir su mochila, logro sacar una lata de maíz, la cual no dudo en abrir con un pequeño cuchillo. Al abrirlo, utilizo una cuchara que saco de su mochila de igual forma, al probar el alimento, termina escupiendolo al suelo con desagrado, después comenzó a revisar la lata, había pasado el tiempo suficiente para que el alimento tuviera un sabor metálico y una textura pastosa. De todas formas, decidió comerlo antes de dejar caer la lata vacía al suelo, mirando las baldosas y el recipiente que cayó a sus pies, pero con su mirada perdida hacia abajo, sintiendo una sensación punzante en la parte superior del abdomen pero aún con esa mirada de enojo mezclado con desagrado.- Extraño la comida de mamá..
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  • 𝔒𝔡𝔢𝔱𝔱𝔢 ℌ𝔢𝔪𝔩𝔬𝔠𝔨

    Hacía apenas unas horas que lo habían asaltado. Cuatro bandidos desesperados, famélicos y con los ojos hundidos por la peste reciente. Lo emboscaron en un recodo del camino viejo, donde los árboles se cerraban como dedos huesudos. Gritaban que querían su armadura, su espada, cualquier cosa que pudieran vender.

    El caballero ni siquiera intentó razonar. Solo desenvainó. Mató a tres con golpes pesados y torpes. El cuarto le clavó una lanza oxidada entre las placas del costado antes de que le partiera el cráneo con el pomo de la espada. Sangró mucho. Pero como siempre, la herida ya empezaba a cerrarse mientras el cuerpo aún estaba caliente en el barro.

    Ahora caminaba más lento. La sangre seca le pegaba la camisa a la piel bajo la armadura. Había dejado los cadáveres atrás sin enterrarlos. ¿Para qué? Mañana habría más. O cuervos, daba igual. Solo siguió el sendero que se adentraba en el bosque. No sabía hacia dónde iba, habian pasado dias que habia perdido el rumbo, de seguro el camino que llevaba al capitolio del sur, lo había errado mucho antes, ya ni siquiera fingía que tenía una meta. Solo ponía un pie delante del otro, con la armadura manchada de sangre ajena y propia, la capa rota y el yelmo ligeramente abollado en un lado nuevo.

    La niebla colgaba como un velo de luto sobre el sendero olvidado, denso, frío y cargado del olor a tierra húmeda y hojas en descomposición. El mundo parecía haber olvidado este lugar, igual que había olvidado a tantos otros.

    La figura alta y pesada seguia caminando, su armadura de placas, antaño pulida, estaba ahora cubierta de óxido, sangre seca y grietas que hablaban de batallas perdidas en el tiempo. La gran espada colgaba a su espalda, envainada, pero su peso parecía tirar de sus hombros hacia abajo. Cada paso era lento, deliberado, como si caminar ya fuera un acto de terca resignación.

    Una figura solitaria más adelante, envuelta en un manto negro raído. Caminaba con paso medido, cargando un bolso de cuero que tintineaba suavemente. No parecía una simple viajera. De seguro a lo lejos pudo oir el sonido de las placas chocando al caminar, Siegmeyer se detuvo a unos metros de la mujer del manto negro. No la conocía. Para él solo era otra silueta en un camino que ya no llevaba a ninguna parte que importara.

    Sus ojos azulados, fríos y apagados tras las ranuras del yelmo, la observaron sin prisa. No había curiosidad, solo una quietud pesada.

    — Mujer. —

    Su voz era grave, ronca. No levantó la mano. No hizo gesto alguno de saludo.

    — Probablemente este camino se vuelve más oscuro cuando cae la noche. Bandidos, bestias o simplemente el silencio que termina devorándolo todo.

    Una pausa larga. El viento movió su capa raída sin entusiasmo.

    — Soy Siegmeyer. Mi armadura no significa nada además de protección, es decir no soy parte del clero o reino. —

    Su mirada bajó un instante al bolso de cuero que ella llevaba, luego volvió a su rostro.

    — Lo digo para que no creas que hay otra intencion. Si tus pasos van en la misma dirección que los míos… no te molestaré. Puedo ser compañía. —

    El silencio volvió a llenar el aire entre ellos, pesado como su propia armadura.

    — O sigue sola. Como prefieras. Ya nada cambia mucho al final. —

    Se quedó inmóvil, esperando.
    [orbit_turquoise_elephant_485] Hacía apenas unas horas que lo habían asaltado. Cuatro bandidos desesperados, famélicos y con los ojos hundidos por la peste reciente. Lo emboscaron en un recodo del camino viejo, donde los árboles se cerraban como dedos huesudos. Gritaban que querían su armadura, su espada, cualquier cosa que pudieran vender. El caballero ni siquiera intentó razonar. Solo desenvainó. Mató a tres con golpes pesados y torpes. El cuarto le clavó una lanza oxidada entre las placas del costado antes de que le partiera el cráneo con el pomo de la espada. Sangró mucho. Pero como siempre, la herida ya empezaba a cerrarse mientras el cuerpo aún estaba caliente en el barro. Ahora caminaba más lento. La sangre seca le pegaba la camisa a la piel bajo la armadura. Había dejado los cadáveres atrás sin enterrarlos. ¿Para qué? Mañana habría más. O cuervos, daba igual. Solo siguió el sendero que se adentraba en el bosque. No sabía hacia dónde iba, habian pasado dias que habia perdido el rumbo, de seguro el camino que llevaba al capitolio del sur, lo había errado mucho antes, ya ni siquiera fingía que tenía una meta. Solo ponía un pie delante del otro, con la armadura manchada de sangre ajena y propia, la capa rota y el yelmo ligeramente abollado en un lado nuevo. La niebla colgaba como un velo de luto sobre el sendero olvidado, denso, frío y cargado del olor a tierra húmeda y hojas en descomposición. El mundo parecía haber olvidado este lugar, igual que había olvidado a tantos otros. La figura alta y pesada seguia caminando, su armadura de placas, antaño pulida, estaba ahora cubierta de óxido, sangre seca y grietas que hablaban de batallas perdidas en el tiempo. La gran espada colgaba a su espalda, envainada, pero su peso parecía tirar de sus hombros hacia abajo. Cada paso era lento, deliberado, como si caminar ya fuera un acto de terca resignación. Una figura solitaria más adelante, envuelta en un manto negro raído. Caminaba con paso medido, cargando un bolso de cuero que tintineaba suavemente. No parecía una simple viajera. De seguro a lo lejos pudo oir el sonido de las placas chocando al caminar, Siegmeyer se detuvo a unos metros de la mujer del manto negro. No la conocía. Para él solo era otra silueta en un camino que ya no llevaba a ninguna parte que importara. Sus ojos azulados, fríos y apagados tras las ranuras del yelmo, la observaron sin prisa. No había curiosidad, solo una quietud pesada. — Mujer. — Su voz era grave, ronca. No levantó la mano. No hizo gesto alguno de saludo. — Probablemente este camino se vuelve más oscuro cuando cae la noche. Bandidos, bestias o simplemente el silencio que termina devorándolo todo. Una pausa larga. El viento movió su capa raída sin entusiasmo. — Soy Siegmeyer. Mi armadura no significa nada además de protección, es decir no soy parte del clero o reino. — Su mirada bajó un instante al bolso de cuero que ella llevaba, luego volvió a su rostro. — Lo digo para que no creas que hay otra intencion. Si tus pasos van en la misma dirección que los míos… no te molestaré. Puedo ser compañía. — El silencio volvió a llenar el aire entre ellos, pesado como su propia armadura. — O sigue sola. Como prefieras. Ya nada cambia mucho al final. — Se quedó inmóvil, esperando.
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  • El ruido susurrante de voces glamurosas como superficiales ensordece el salón de baile en un reino de apariencia titulos, carcajadas y mejillas sonrojadas por el vino, miradas despectivas y reverencias calculadas ocupan la mente de los nobles que ignoran que en medio de la velada se ha infiltrado algo más, un ser hambriento de placer de energía, quien caza sutilmente con pasos sensuales y miradas coquetas sobre los hombros hasta que encontró a su presa perfecta.
    Una mirada bastó para marcarte como su objetivo, un repentino calor y sensacion de peligro te invade junto con una sensación de atracción magnética.

    ¿Que harás al respeto?
    El ruido susurrante de voces glamurosas como superficiales ensordece el salón de baile en un reino de apariencia titulos, carcajadas y mejillas sonrojadas por el vino, miradas despectivas y reverencias calculadas ocupan la mente de los nobles que ignoran que en medio de la velada se ha infiltrado algo más, un ser hambriento de placer de energía, quien caza sutilmente con pasos sensuales y miradas coquetas sobre los hombros hasta que encontró a su presa perfecta. Una mirada bastó para marcarte como su objetivo, un repentino calor y sensacion de peligro te invade junto con una sensación de atracción magnética. ¿Que harás al respeto?
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