El despertador de Vega sonó a las siete y cuarto, un jazz suave que había puesto como alarma para no odiar las mañanas. No lo apagó de inmediato, se quedó unos segundos mirando el techo blanco del dormitorio.
Se incorporó despacio, con el pelo revuelto cayéndole por la cara, y buscó a tientas el móvil para silenciar la música. Afuera, Londres está gris —como casi siempre— y una luz fría se cuela entre las cortinas mal cerradas.
Suspiró y se incorporó. Fue descalza hasta la cocina, arrastrando un poco los pies. Encendió la cafetera casi de memoria, y mientras el café caía lento, abrió la ventana un poco para que entrara aire fresco.
Apoyada en la encimera, repasó mentalmente el día: clase de técnica por la mañana (bien), teoría por la tarde (mal, seguro). Sus labios se curvaron en una media sonrisa automática. Ya se veía discutiendo con el profesor por alguna interpretación “demasiado emocional”.
Cuando el café empezó a burbujear, volvió al cuarto.
Se desvistió sin pensar demasiado y se metió en la ducha rápida. Cerró los ojos un momento, respirando hondo, como si se preparara mentalmente para otro día de demostrar que merecía estar allí.
Luego vino el ritual de siempre: crema hidratante, un poco de corrector bajo los ojos, rímel ligero y labios naturales. Nada exagerado.
Se puso unos vaqueros, una camiseta blanca amplia y una chaqueta de cuero, ademas de recogerse el pelo en un moño desordenado que siempre acababa soltándose a mitad de mañana.
Antes de irse, agarró su cuaderno de bocetos, y luego metió un par de pinceles viejos en la mochila.
Justo antes de salir, volvió a la cocina, dio otro sorbo al café ya frío y se miró en el espejo del recibidor. Sonrió de medio lado por ese último repaso y agarró las llaves.
Cerró la puerta y bajó las escaleras con paso ligero, ya con la mente llena de nuevas ideas. Si iba a pelear contra el mundo académico, al menos lo haría con café en las venas y un cuaderno listo para devorarlo todo.
El despertador de Vega sonó a las siete y cuarto, un jazz suave que había puesto como alarma para no odiar las mañanas. No lo apagó de inmediato, se quedó unos segundos mirando el techo blanco del dormitorio.
Se incorporó despacio, con el pelo revuelto cayéndole por la cara, y buscó a tientas el móvil para silenciar la música. Afuera, Londres está gris —como casi siempre— y una luz fría se cuela entre las cortinas mal cerradas.
Suspiró y se incorporó. Fue descalza hasta la cocina, arrastrando un poco los pies. Encendió la cafetera casi de memoria, y mientras el café caía lento, abrió la ventana un poco para que entrara aire fresco.
Apoyada en la encimera, repasó mentalmente el día: clase de técnica por la mañana (bien), teoría por la tarde (mal, seguro). Sus labios se curvaron en una media sonrisa automática. Ya se veía discutiendo con el profesor por alguna interpretación “demasiado emocional”.
Cuando el café empezó a burbujear, volvió al cuarto.
Se desvistió sin pensar demasiado y se metió en la ducha rápida. Cerró los ojos un momento, respirando hondo, como si se preparara mentalmente para otro día de demostrar que merecía estar allí.
Luego vino el ritual de siempre: crema hidratante, un poco de corrector bajo los ojos, rímel ligero y labios naturales. Nada exagerado.
Se puso unos vaqueros, una camiseta blanca amplia y una chaqueta de cuero, ademas de recogerse el pelo en un moño desordenado que siempre acababa soltándose a mitad de mañana.
Antes de irse, agarró su cuaderno de bocetos, y luego metió un par de pinceles viejos en la mochila.
Justo antes de salir, volvió a la cocina, dio otro sorbo al café ya frío y se miró en el espejo del recibidor. Sonrió de medio lado por ese último repaso y agarró las llaves.
Cerró la puerta y bajó las escaleras con paso ligero, ya con la mente llena de nuevas ideas. Si iba a pelear contra el mundo académico, al menos lo haría con café en las venas y un cuaderno listo para devorarlo todo.