。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
Categoría Original
La lluvia no caía.
Se desplomaba.
Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.
Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.
La ciudad seguía viva.
Y ese era el problema.
Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.
Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.
Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.
OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.
En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.
El cazador.
Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.
Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.
En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.
El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.
O lo que quedaba.
Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:
— Error... Error... Error…
El cazador soltó humo por la nariz.
— Bienvenido al club, idiota.
A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.
— Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.
El cazador giró la cabeza.
Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.
Tampoco orgullo.
Solo hastío.
— Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?
La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.
— La corporación no pagará el total.
El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.
— La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.
Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.
Nadie se detuvo. Nadie preguntó.
En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.
El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.
Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.
— Al menos esto sí vale algo.
La mujer dio un paso atrás.
— Eso es propiedad privada.
Él la miró.
Pesado.
Despacio.
Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.
— Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.
Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.
Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.
Entonces su comunicador vibró.
Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.
El cazador suspiró.
— Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.
Aceptó la llamada.
Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.
— Tenemos otro trabajo para ti.
Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.
Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.
— Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.
La voz continuó.
— Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.
El cazador se quedó quieto.
La lluvia golpeó el ala de su sombrero.
Una gota bajó por el borde de su parche.
— ¿Con vida? Eso es complicado.
— Solo nos sirve con vida. No lo arruines.
Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.
— Pero ese es mi encanto.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
— El riesgo es elevado. La paga alta.
El cazador cerró el ojo.
Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.
Luego sonrió.
Una mueca desgastada.
Cansada.
— Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.
Cortó la llamada.
A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.
El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.
Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.
— Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.
Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.
Solo existían distintos precios para la misma condena.
Se desplomaba.
Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.
Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.
La ciudad seguía viva.
Y ese era el problema.
Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.
Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.
Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.
OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.
En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.
El cazador.
Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.
Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.
En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.
El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.
O lo que quedaba.
Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:
— Error... Error... Error…
El cazador soltó humo por la nariz.
— Bienvenido al club, idiota.
A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.
— Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.
El cazador giró la cabeza.
Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.
Tampoco orgullo.
Solo hastío.
— Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?
La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.
— La corporación no pagará el total.
El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.
— La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.
Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.
Nadie se detuvo. Nadie preguntó.
En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.
El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.
Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.
— Al menos esto sí vale algo.
La mujer dio un paso atrás.
— Eso es propiedad privada.
Él la miró.
Pesado.
Despacio.
Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.
— Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.
Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.
Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.
Entonces su comunicador vibró.
Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.
El cazador suspiró.
— Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.
Aceptó la llamada.
Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.
— Tenemos otro trabajo para ti.
Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.
Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.
— Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.
La voz continuó.
— Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.
El cazador se quedó quieto.
La lluvia golpeó el ala de su sombrero.
Una gota bajó por el borde de su parche.
— ¿Con vida? Eso es complicado.
— Solo nos sirve con vida. No lo arruines.
Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.
— Pero ese es mi encanto.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
— El riesgo es elevado. La paga alta.
El cazador cerró el ojo.
Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.
Luego sonrió.
Una mueca desgastada.
Cansada.
— Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.
Cortó la llamada.
A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.
El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.
Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.
— Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.
Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.
Solo existían distintos precios para la misma condena.
La lluvia no caía.
Se desplomaba.
Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.
Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.
La ciudad seguía viva.
Y ese era el problema.
Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.
Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.
Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.
OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.
En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.
El cazador.
Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.
Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.
En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.
El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.
O lo que quedaba.
Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:
— Error... Error... Error…
El cazador soltó humo por la nariz.
— Bienvenido al club, idiota.
A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.
— Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.
El cazador giró la cabeza.
Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.
Tampoco orgullo.
Solo hastío.
— Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?
La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.
— La corporación no pagará el total.
El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.
— La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.
Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.
Nadie se detuvo. Nadie preguntó.
En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.
El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.
Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.
— Al menos esto sí vale algo.
La mujer dio un paso atrás.
— Eso es propiedad privada.
Él la miró.
Pesado.
Despacio.
Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.
— Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.
Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.
Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.
Entonces su comunicador vibró.
Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.
El cazador suspiró.
— Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.
Aceptó la llamada.
Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.
— Tenemos otro trabajo para ti.
Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.
Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.
— Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.
La voz continuó.
— Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.
El cazador se quedó quieto.
La lluvia golpeó el ala de su sombrero.
Una gota bajó por el borde de su parche.
— ¿Con vida? Eso es complicado.
— Solo nos sirve con vida. No lo arruines.
Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.
— Pero ese es mi encanto.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
— El riesgo es elevado. La paga alta.
El cazador cerró el ojo.
Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.
Luego sonrió.
Una mueca desgastada.
Cansada.
— Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.
Cortó la llamada.
A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.
El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.
Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.
— Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.
Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.
Solo existían distintos precios para la misma condena.
Tipo
Individual
Líneas
Cualquier línea
Estado
Disponible