|Rol libre:
Zhamira caminó por el pasillo con la espalda recta y la mirada al frente, como si los susurros no existieran. Pero existían. Siempre existían.
—“Ahí va la hija de la concubina…”
—“Seguro quiere atención…”
Las risas apagadas no la hacían bajar la cabeza. Al contrario, parecían templar su carácter. Cuando una compañera dejó caer “accidentalmente” sus libros frente a ella, Zhamira no dudó en sostenerle la mirada.
—Si vas a hablar de mí, hazlo fuerte —respondió con voz firme—. Así al menos no parecerá que tienes miedo.
El silencio fue incómodo. Nadie esperaba que contestara con tanta seguridad. Ella recogió sus propios cuadernos, acomodó su uniforme y entró al aula como si nada hubiese pasado.
Minutos después, el profesor anunció la llegada de un estudiante transferido. Un murmullo curioso recorrió la sala mientras el chico entraba, algo desorientado pero con una sonrisa educada.
—Puedes sentarte al fondo, junto a Zhamira —indicó el docente.
Varias miradas se cruzaron con sorpresa y malicia. Ella, en cambio, simplemente levantó la vista desde su cuaderno.
El nuevo se acomodó a su lado.
—Hola… soy nuevo aquí. Parece que llegué en mal momento —susurró con una pequeña risa nerviosa.
Zhamira lo observó unos segundos antes de responder.
—Aquí nunca es mal momento. Solo tienes que aprender a ignorar el ruido.
—¿El ruido?
Ella sonrió apenas.
—Los rumores, los cuchicheos… este lugar tiene más drama que tareas.
Él soltó una risa genuina.
—Entonces creo que me sentaron junto a la guía turística indicada.
—No te emociones —replicó ella, cruzándose de brazos con aire orgulloso—. No doy tours gratis.
La conversación fluyó con inesperada naturalidad. Hablaron de asignaturas, del uniforme incómodo y de lo extraño que era cambiar de escuela a mitad de año. Él la vio como alguien segura, directa, incluso divertida. No como la chica aislada que el resto murmuraba odiar.
Y mientras el resto de la clase los observaba en silencio, Zhamira se permitió algo que rara vez hacía: relajarse.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien la miraba sin prejuicios.
Y él aún no sabía que estaba sentado junto a la chica más odiada del salón.
|Rol libre:
Zhamira caminó por el pasillo con la espalda recta y la mirada al frente, como si los susurros no existieran. Pero existían. Siempre existían.
—“Ahí va la hija de la concubina…”
—“Seguro quiere atención…”
Las risas apagadas no la hacían bajar la cabeza. Al contrario, parecían templar su carácter. Cuando una compañera dejó caer “accidentalmente” sus libros frente a ella, Zhamira no dudó en sostenerle la mirada.
—Si vas a hablar de mí, hazlo fuerte —respondió con voz firme—. Así al menos no parecerá que tienes miedo.
El silencio fue incómodo. Nadie esperaba que contestara con tanta seguridad. Ella recogió sus propios cuadernos, acomodó su uniforme y entró al aula como si nada hubiese pasado.
Minutos después, el profesor anunció la llegada de un estudiante transferido. Un murmullo curioso recorrió la sala mientras el chico entraba, algo desorientado pero con una sonrisa educada.
—Puedes sentarte al fondo, junto a Zhamira —indicó el docente.
Varias miradas se cruzaron con sorpresa y malicia. Ella, en cambio, simplemente levantó la vista desde su cuaderno.
El nuevo se acomodó a su lado.
—Hola… soy nuevo aquí. Parece que llegué en mal momento —susurró con una pequeña risa nerviosa.
Zhamira lo observó unos segundos antes de responder.
—Aquí nunca es mal momento. Solo tienes que aprender a ignorar el ruido.
—¿El ruido?
Ella sonrió apenas.
—Los rumores, los cuchicheos… este lugar tiene más drama que tareas.
Él soltó una risa genuina.
—Entonces creo que me sentaron junto a la guía turística indicada.
—No te emociones —replicó ella, cruzándose de brazos con aire orgulloso—. No doy tours gratis.
La conversación fluyó con inesperada naturalidad. Hablaron de asignaturas, del uniforme incómodo y de lo extraño que era cambiar de escuela a mitad de año. Él la vio como alguien segura, directa, incluso divertida. No como la chica aislada que el resto murmuraba odiar.
Y mientras el resto de la clase los observaba en silencio, Zhamira se permitió algo que rara vez hacía: relajarse.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien la miraba sin prejuicios.
Y él aún no sabía que estaba sentado junto a la chica más odiada del salón.