La abstinencia era un veneno lento para alguien que, como Viktor, entendía la inmortalidad como un lienzo para el hedonismo. Tras semanas sepultado en la rigidez de los compromisos familiares y la asfixia del Castillo Brașov, había escapado a Miami con una única premisa: despejar la mente de obligaciones y satisfacer las necesidades más primarias que rugían bajo su piel de mármol, y no precisamente de sangre humana.
Aquella noche, el ambiente de South Beach se sentía extrañamente cómplice. El aire tropical, espeso por la humedad, el olor a sal marina y los perfumes caros, era el escenario perfecto para una caza que iba mucho más allá de una presa indefensa a la que drenar su sangre en un callejón. Viktor buscaba un hombre o una mujer con la suficiente audacia en la mirada como para cruzar el umbral de lo prohibido y entregarse por completo al juego de la carne, un alma dispuesta a saciar y ser saciada en un encuentro donde la dominancia y la sumisión se difuminaran por completo.
Aigeró el paso bajo la luz de los neones de Ocean Drive, dejando que el ritmo amortiguado de los clubes de lujo guiara sus pasos. Su figura, imponente y vestida con una elegancia impecable que contrastaba con la crudeza de su urgencia interna, destacaba con naturalidad entre la fauna nocturna de la ciudad. Sus ojos verdes océano encendidos por una chispa peligrosa y felina, barrían los rostros de la multitud con una fijeza depredadora.
No necesitaba forzar a nadie, su magnetismo natural haría el trabajo. Solo le bastaba un destello de complicidad, una respiración alterada o una mirada que sostuviera la suya el tiempo suficiente para saber quién sería la criatura que calmaría el incendio que le quemaba las venas tras un mes de oscuro ayuno.
La abstinencia era un veneno lento para alguien que, como Viktor, entendía la inmortalidad como un lienzo para el hedonismo. Tras semanas sepultado en la rigidez de los compromisos familiares y la asfixia del Castillo Brașov, había escapado a Miami con una única premisa: despejar la mente de obligaciones y satisfacer las necesidades más primarias que rugían bajo su piel de mármol, y no precisamente de sangre humana.
Aquella noche, el ambiente de South Beach se sentía extrañamente cómplice. El aire tropical, espeso por la humedad, el olor a sal marina y los perfumes caros, era el escenario perfecto para una caza que iba mucho más allá de una presa indefensa a la que drenar su sangre en un callejón. Viktor buscaba un hombre o una mujer con la suficiente audacia en la mirada como para cruzar el umbral de lo prohibido y entregarse por completo al juego de la carne, un alma dispuesta a saciar y ser saciada en un encuentro donde la dominancia y la sumisión se difuminaran por completo.
Aigeró el paso bajo la luz de los neones de Ocean Drive, dejando que el ritmo amortiguado de los clubes de lujo guiara sus pasos. Su figura, imponente y vestida con una elegancia impecable que contrastaba con la crudeza de su urgencia interna, destacaba con naturalidad entre la fauna nocturna de la ciudad. Sus ojos verdes océano encendidos por una chispa peligrosa y felina, barrían los rostros de la multitud con una fijeza depredadora.
No necesitaba forzar a nadie, su magnetismo natural haría el trabajo. Solo le bastaba un destello de complicidad, una respiración alterada o una mirada que sostuviera la suya el tiempo suficiente para saber quién sería la criatura que calmaría el incendio que le quemaba las venas tras un mes de oscuro ayuno.