Se dejó caer con cuidado en la orilla del lago, apoyando la espalda contra una roca húmeda, el agua estaba inmóvil, como si el mundo entero hubiese decidido guardar silencio después de la violencia de la noche. A su lado, el hacha descansaba manchada de sangre oscura, y ella la limpiaba lentamente con un trozo de tela arrancado de su chaqueta.
Sus brazos dolían, los hombros le ardían y cada músculo le recordaba las horas que pasó despejando caminantes uno por uno. Aun así, su postura seguía alerta, la mirada turquesa recorría los árboles, el reflejo del agua, cualquier sombra que pudiera moverse.
El aire frío del amanecer le llenó los pulmones, y por primera vez desde hacía mucho, no escuchó gruñidos, ni pasos arrastrados, ni gritos humanos. Solo el leve murmullo del agua y el canto lejano de un ave, apoyó los codos sobre las rodillas, bajó un poco la cabeza y cerró los ojos unos segundos, no era descanso verdadero, pero era lo más cercano a la paz que ese mundo le permitía, por ahora era suficiente.
Se dejó caer con cuidado en la orilla del lago, apoyando la espalda contra una roca húmeda, el agua estaba inmóvil, como si el mundo entero hubiese decidido guardar silencio después de la violencia de la noche. A su lado, el hacha descansaba manchada de sangre oscura, y ella la limpiaba lentamente con un trozo de tela arrancado de su chaqueta.
Sus brazos dolían, los hombros le ardían y cada músculo le recordaba las horas que pasó despejando caminantes uno por uno. Aun así, su postura seguía alerta, la mirada turquesa recorría los árboles, el reflejo del agua, cualquier sombra que pudiera moverse.
El aire frío del amanecer le llenó los pulmones, y por primera vez desde hacía mucho, no escuchó gruñidos, ni pasos arrastrados, ni gritos humanos. Solo el leve murmullo del agua y el canto lejano de un ave, apoyó los codos sobre las rodillas, bajó un poco la cabeza y cerró los ojos unos segundos, no era descanso verdadero, pero era lo más cercano a la paz que ese mundo le permitía, por ahora era suficiente.