La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de la serie que estaba viendo. Thalya estaba sentada en la cama, apoyada contra el cabecero, con una luz cálida encendida y el ordenador descansando en sus piernas.
Kora dormía hecha un ovillo a sus pies justo cuando el móvil vibró sobre la mesilla.
No lo miró al principio ya que pensó que sería cualquier notificación sin importancia, pero volvió a vibrar otra vez. Frunció el ceño, estiró el brazo y al ver el nombre en la pantalla se extrañó.
“Yayo”.
—¿Hola? —preguntó nada más responder. Al otro lado no hubo saludo inmediato. La voz de su abuelo llegó después, más bajita de lo normal.
—Thalya… cariño… no quería asustarte.
Ella ya estaba sentándose recta con algo de preocupación. —¿Qué pasa?
Silencio corto.
—Tu abuela… esta mañana… ha tenido un infarto.
Dejó el ordenador a un lado de inmediato. —¿Está…?
—Está viva —se apresuró—. Pero está muy débil. Los médicos dicen que su corazón… ya no aguanta como antes.
Thalya no dijo nada, solo miró un punto fijo de la pared.
—Preguntó por ti —continuó él—. Varias veces, cree que vas a venir.
La garganta se le cerró y tuvo que carraspear un poco. —Si, eh… tenía pensado ir —respondió casi en un susurro.
—Bien —dijo su abuelo con suavidad—. Quiere verte.
La llamada terminó poco después, pero ella se quedó sentada en la cama sin moverse, con el teléfono aún en la mano. La perrita levantó la cabeza, acercándose a olfatear su rodilla y ella la acarició automáticamente, pero tenía la mirada perdida.
Solo respiró hondo una vez, tratando de poner prioridad al caos de su mente. Lo primero era adelantar el billete de avión, lo demás ya se vería.
Kora dormía hecha un ovillo a sus pies justo cuando el móvil vibró sobre la mesilla.
No lo miró al principio ya que pensó que sería cualquier notificación sin importancia, pero volvió a vibrar otra vez. Frunció el ceño, estiró el brazo y al ver el nombre en la pantalla se extrañó.
“Yayo”.
—¿Hola? —preguntó nada más responder. Al otro lado no hubo saludo inmediato. La voz de su abuelo llegó después, más bajita de lo normal.
—Thalya… cariño… no quería asustarte.
Ella ya estaba sentándose recta con algo de preocupación. —¿Qué pasa?
Silencio corto.
—Tu abuela… esta mañana… ha tenido un infarto.
Dejó el ordenador a un lado de inmediato. —¿Está…?
—Está viva —se apresuró—. Pero está muy débil. Los médicos dicen que su corazón… ya no aguanta como antes.
Thalya no dijo nada, solo miró un punto fijo de la pared.
—Preguntó por ti —continuó él—. Varias veces, cree que vas a venir.
La garganta se le cerró y tuvo que carraspear un poco. —Si, eh… tenía pensado ir —respondió casi en un susurro.
—Bien —dijo su abuelo con suavidad—. Quiere verte.
La llamada terminó poco después, pero ella se quedó sentada en la cama sin moverse, con el teléfono aún en la mano. La perrita levantó la cabeza, acercándose a olfatear su rodilla y ella la acarició automáticamente, pero tenía la mirada perdida.
Solo respiró hondo una vez, tratando de poner prioridad al caos de su mente. Lo primero era adelantar el billete de avión, lo demás ya se vería.
La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de la serie que estaba viendo. Thalya estaba sentada en la cama, apoyada contra el cabecero, con una luz cálida encendida y el ordenador descansando en sus piernas.
Kora dormía hecha un ovillo a sus pies justo cuando el móvil vibró sobre la mesilla.
No lo miró al principio ya que pensó que sería cualquier notificación sin importancia, pero volvió a vibrar otra vez. Frunció el ceño, estiró el brazo y al ver el nombre en la pantalla se extrañó.
“Yayo”.
—¿Hola? —preguntó nada más responder. Al otro lado no hubo saludo inmediato. La voz de su abuelo llegó después, más bajita de lo normal.
—Thalya… cariño… no quería asustarte.
Ella ya estaba sentándose recta con algo de preocupación. —¿Qué pasa?
Silencio corto.
—Tu abuela… esta mañana… ha tenido un infarto.
Dejó el ordenador a un lado de inmediato. —¿Está…?
—Está viva —se apresuró—. Pero está muy débil. Los médicos dicen que su corazón… ya no aguanta como antes.
Thalya no dijo nada, solo miró un punto fijo de la pared.
—Preguntó por ti —continuó él—. Varias veces, cree que vas a venir.
La garganta se le cerró y tuvo que carraspear un poco. —Si, eh… tenía pensado ir —respondió casi en un susurro.
—Bien —dijo su abuelo con suavidad—. Quiere verte.
La llamada terminó poco después, pero ella se quedó sentada en la cama sin moverse, con el teléfono aún en la mano. La perrita levantó la cabeza, acercándose a olfatear su rodilla y ella la acarició automáticamente, pero tenía la mirada perdida.
Solo respiró hondo una vez, tratando de poner prioridad al caos de su mente. Lo primero era adelantar el billete de avión, lo demás ya se vería.