• *Estando sentada ante el piano de forma relajada, siguiendo una pista de mi agradó deslizó mis dedos por las teclas de aquel hermoso instrumento, tal como si fuera una caricia que se le brinda a un amante, mientras cierro mis ojos y me dejó llevar por la melodía en lo que comienzo a cantar con voz calmada*

    https://www.youtube.com/watch?v=e-4SLeBR73o
    *Estando sentada ante el piano de forma relajada, siguiendo una pista de mi agradó deslizó mis dedos por las teclas de aquel hermoso instrumento, tal como si fuera una caricia que se le brinda a un amante, mientras cierro mis ojos y me dejó llevar por la melodía en lo que comienzo a cantar con voz calmada* https://www.youtube.com/watch?v=e-4SLeBR73o
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  • Viajar al mundo de los espíritus era una acción primordial para que el cometido de Kazuo y su propia existencia tuvieran sentido en este mundo.

    Los kitsunes eran los mensajeros de Inari, aquellos encargados de servir como puente entre los mortales y el mundo celestial. Las oraciones honestas y puras eran escuchadas; llegaban a Kazuo como si le hablaran de forma directa y presente. El zorro viajaba al mundo de los espíritus para que aquellos rezos alcanzaran a su Kami.

    Serían días intensos. Era época de recogida y siembra de cosechas. Para muchas personas, que la cosecha fuera fructífera marcaba la diferencia entre sobrevivir o no aquel año. Los Kamis influían para que aquello se cumpliera, algo que, según la moral de Kazuo, resultaba injusto. Tenían el poder de decidir, y esa decisión podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

    Pero Inari era un ser cargado de benevolencia, y el esfuerzo de uno de sus hijos más amados era recompensado en favor de aquellos que vivían en el plano mortal.

    Aunque Kazuo... pronto pediría algo por primera vez en su vida. Un ser que siempre cargaba con los deseos de los demás sin pensar en los propios. Desde su posición más humilde, esperaba ser escuchado.
    Viajar al mundo de los espíritus era una acción primordial para que el cometido de Kazuo y su propia existencia tuvieran sentido en este mundo. Los kitsunes eran los mensajeros de Inari, aquellos encargados de servir como puente entre los mortales y el mundo celestial. Las oraciones honestas y puras eran escuchadas; llegaban a Kazuo como si le hablaran de forma directa y presente. El zorro viajaba al mundo de los espíritus para que aquellos rezos alcanzaran a su Kami. Serían días intensos. Era época de recogida y siembra de cosechas. Para muchas personas, que la cosecha fuera fructífera marcaba la diferencia entre sobrevivir o no aquel año. Los Kamis influían para que aquello se cumpliera, algo que, según la moral de Kazuo, resultaba injusto. Tenían el poder de decidir, y esa decisión podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Pero Inari era un ser cargado de benevolencia, y el esfuerzo de uno de sus hijos más amados era recompensado en favor de aquellos que vivían en el plano mortal. Aunque Kazuo... pronto pediría algo por primera vez en su vida. Un ser que siempre cargaba con los deseos de los demás sin pensar en los propios. Desde su posición más humilde, esperaba ser escuchado.
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  • La pelirroja entró en sus aposentos privados tras una mañana agotadora. Al acercarse a su escritorio, notó algo que no debería estar ahí, un bentō de madera oscura, envuelto con delicadeza en una tela.

    ​Con manos temblorosas, desató el nudo. Dentro, perfectamente dispuestos, se encontraban varios onigiris. Las bolas de arroz, blancas y puras, estaban decoradas con pequeñas tiras de alga y rellenos que ella nunca había visto. Junto a ellos, un pequeño papel contenía una caligrafía elegante y firme.

    ​La soberana se sentó lentamente, dejando que la nota descansara sobre su regazo. Tomó uno de los onigiris, sintiendo la textura firme pero suave. Al morderlo, sus ojos se cerraron por instinto.
    ​Era una preparación completamente distinta a la cocina robusta y salada del Brattvåg. Poseía un sabor sutil, equilibrado y lleno de matices que nunca antes había experimentado. Pero más allá del gusto, era la intención lo que la sobrepasó.

    Kazuo antes de irse se había tomado el tiempo de cocinar para ella, una forma de estar presente aún cuando estaba a leguas de distancia.

    ​Una sonrisa melancólica apareció en su rostro mientras masticaba con lentitud, saboreando cada pedazo como si fuera un tesoro. En ese momento, Elizabeth descubrió que desde ahora se había convertido en su plato favorito.
    La pelirroja entró en sus aposentos privados tras una mañana agotadora. Al acercarse a su escritorio, notó algo que no debería estar ahí, un bentō de madera oscura, envuelto con delicadeza en una tela. ​Con manos temblorosas, desató el nudo. Dentro, perfectamente dispuestos, se encontraban varios onigiris. Las bolas de arroz, blancas y puras, estaban decoradas con pequeñas tiras de alga y rellenos que ella nunca había visto. Junto a ellos, un pequeño papel contenía una caligrafía elegante y firme. ​La soberana se sentó lentamente, dejando que la nota descansara sobre su regazo. Tomó uno de los onigiris, sintiendo la textura firme pero suave. Al morderlo, sus ojos se cerraron por instinto. ​Era una preparación completamente distinta a la cocina robusta y salada del Brattvåg. Poseía un sabor sutil, equilibrado y lleno de matices que nunca antes había experimentado. Pero más allá del gusto, era la intención lo que la sobrepasó. [8KazuoAihara8] antes de irse se había tomado el tiempo de cocinar para ella, una forma de estar presente aún cuando estaba a leguas de distancia. ​Una sonrisa melancólica apareció en su rostro mientras masticaba con lentitud, saboreando cada pedazo como si fuera un tesoro. En ese momento, Elizabeth descubrió que desde ahora se había convertido en su plato favorito.
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  • Momentos como estos, llenos del acoso de la prensa y paparazzis, me hacen desear no ser tan rica y famosa...

    ...no, no es cierto, a quién engaño. Amo la atención y el dinero. (?)
    Momentos como estos, llenos del acoso de la prensa y paparazzis, me hacen desear no ser tan rica y famosa... ...no, no es cierto, a quién engaño. Amo la atención y el dinero. (?)
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  • 𝐆𝐑𝐀𝐘𝐒𝐎𝐍 𝐀𝐑𝐆𝐄𝐍𝐓

    Eres todo un cielo de hombre, ya he recibido tu regalo y es preciosa.
    Ya te lo agradeceré como te lo mereces, cuando regreses a casa.
    Cuídate, por favor

    Te quiere tu brujita
    [ThxArgent] Eres todo un cielo de hombre, ya he recibido tu regalo y es preciosa. Ya te lo agradeceré como te lo mereces, cuando regreses a casa. Cuídate, por favor Te quiere tu brujita
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  • ¿Que tal si ambos se calman 𝕹𝐞𝐬𝐭𝐚 𝕬𝐫𝐜𝐡𝐞𝐫𝐨𝐧 ? Mira como te esta quedando el cabello, parece que comemzaras a anidas pajarillos ahi.
    ¿Que tal si ambos se calman [THE_VALKYRIE] ? Mira como te esta quedando el cabello, parece que comemzaras a anidas pajarillos ahi.
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  • Como si pudieses ignorarme. Yo puedo ayudar con ese estrés que tienes.
    Como si pudieses ignorarme. Yo puedo ayudar con ese estrés que tienes.
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  • Ryu es de origen japonés.
    Tiene 22 años.
    Mide aproximadamente 1.90m
    Es alguien extrovertido, sereno, honesto, alegre, optimista. Pero guarda algo oscuro dentro suyo.

    Tiene una extraña relación con sus padres: Su madre era un licántropo, de pelaje blanco como la nieve, hija del líder de su manada.
    Su padre, por otro lado, era un vampiro, quizá uno de los más fuertes que haya existido. Por algún motivo que Ryu no sabe, ambos se enamoraron y terminaron juntos hasta que ambas especies fueron a matarlos.

    Ryu sobrevivió porque un sirviente de su padre se encargó de esconderlo durante años.
    Ryu es de origen japonés. Tiene 22 años. Mide aproximadamente 1.90m Es alguien extrovertido, sereno, honesto, alegre, optimista. Pero guarda algo oscuro dentro suyo. Tiene una extraña relación con sus padres: Su madre era un licántropo, de pelaje blanco como la nieve, hija del líder de su manada. Su padre, por otro lado, era un vampiro, quizá uno de los más fuertes que haya existido. Por algún motivo que Ryu no sabe, ambos se enamoraron y terminaron juntos hasta que ambas especies fueron a matarlos. Ryu sobrevivió porque un sirviente de su padre se encargó de esconderlo durante años.
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • Tengo tanto calor, como si tuviera la hormona desatada
    Tengo tanto calor, como si tuviera la hormona desatada
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