Las risas del chico hacían eco en la oficina a pesar que esta estaba completamente decorada como para evitar que el sonido rebotara entre las paredes.
La sangre en la alfombra de decoración floral hacía juego con el tono bordó de la misma, aunque arruinaba las partes en beige.
El pie de uno de los guardaespaldas de su jefa hacía presión contra su pecho de forma que el aire tuviera dificultad para entrar a sus pulmones. Pero eso a Stray no le importaba, estaba teniendo un momento fantástico.
—¡Apuesto a que este grandote puede pegar más fuerte! ¿O es que quieres que me tenga consideración? —lo miró a él primero, retándolo a continuar, luego miró a la mujer que estaba de pie no muy lejos de donde estaban ellos, observando la escena.
Se la veía cansada, hasta algo decepcionada, y eso fue lo que hizo que el muchacho sintiera una punzada corta, pero fuerte, en el pecho. No dejó de sonreír de cualquier forma.
—Déjalo —ordenó ella mientras se dispuso a ir hasta su asiento, suspirando al sentarse—. ¿Acaso quieres que te golpeen hasta la muerte?
Stray se incorporó una vez que el hombre se alejó, la sangre de nariz y boca todavía escurriendo. Pasó el dorso de la mano para limpiarse un poco.
—Es de las pocas cosas que tengo, Alina. —habló en voz baja, mirando la alfombra— El resto te pertenece a ti.
—¿Qué haré contigo, niño? Creí haberte enseñado bien...
—Oh, sí. Sí lo hiciste... —al ponerse de pie acomodó su camisa, también manchada por algunas salpicaduras de sangre— El problema es que crecí a base de dolor. Tuve que hacerlo propio, ¿sabes?
Tener el control en algo, ¿qué mejor que hacer inservible la tortura física? Tal vez hasta la emocional, para ese punto.
Tomó asiento en uno de lo sillones, pasando la otra mano por su rostro antes de volver a reír.
—Estoy roto, ¿no es así?
La mujer se tomó su tiempo en verlo, como si fuera la primera vez que lo hacía, pero conocía muy bien al joven.
—Para algunos, quizás... Para mí, sigues siendo completamente funcional. Porque lo eres, ¿cierto? —ella nunca alzaba la voz, pero había algo en su tono que a veces llegaba a helarle la sangre. Siempre lo confundía: un día lo trataba como el centro deo universo, al otro era como si solo fuera uno del montón.
El silencio se extendió, el cuarto se sintió pesado antes que Alina ordenara a otro hombre que le diera un paño húmedo al menor. Cuando se lo dieron, éste lo tomó para pasarlo por su rostro y quedar más limpio.
—Siempre seré funcional para usted, Madam Dumitru... ¿puedo retirarme ya? —se puso de pie al mismo tiempo que formuló la pregunta, mirando a la mujer.
—Puedes. —con ese permiso se retiró, de nuevo sintiéndose nefasto, pero sin poder alejarse demasiado. Ella tenía todo, él solamente la tenía a ella.
¿Cuándo se acabaría?
Las risas del chico hacían eco en la oficina a pesar que esta estaba completamente decorada como para evitar que el sonido rebotara entre las paredes.
La sangre en la alfombra de decoración floral hacía juego con el tono bordó de la misma, aunque arruinaba las partes en beige.
El pie de uno de los guardaespaldas de su jefa hacía presión contra su pecho de forma que el aire tuviera dificultad para entrar a sus pulmones. Pero eso a Stray no le importaba, estaba teniendo un momento fantástico.
—¡Apuesto a que este grandote puede pegar más fuerte! ¿O es que quieres que me tenga consideración? —lo miró a él primero, retándolo a continuar, luego miró a la mujer que estaba de pie no muy lejos de donde estaban ellos, observando la escena.
Se la veía cansada, hasta algo decepcionada, y eso fue lo que hizo que el muchacho sintiera una punzada corta, pero fuerte, en el pecho. No dejó de sonreír de cualquier forma.
—Déjalo —ordenó ella mientras se dispuso a ir hasta su asiento, suspirando al sentarse—. ¿Acaso quieres que te golpeen hasta la muerte?
Stray se incorporó una vez que el hombre se alejó, la sangre de nariz y boca todavía escurriendo. Pasó el dorso de la mano para limpiarse un poco.
—Es de las pocas cosas que tengo, Alina. —habló en voz baja, mirando la alfombra— El resto te pertenece a ti.
—¿Qué haré contigo, niño? Creí haberte enseñado bien...
—Oh, sí. Sí lo hiciste... —al ponerse de pie acomodó su camisa, también manchada por algunas salpicaduras de sangre— El problema es que crecí a base de dolor. Tuve que hacerlo propio, ¿sabes?
Tener el control en algo, ¿qué mejor que hacer inservible la tortura física? Tal vez hasta la emocional, para ese punto.
Tomó asiento en uno de lo sillones, pasando la otra mano por su rostro antes de volver a reír.
—Estoy roto, ¿no es así?
La mujer se tomó su tiempo en verlo, como si fuera la primera vez que lo hacía, pero conocía muy bien al joven.
—Para algunos, quizás... Para mí, sigues siendo completamente funcional. Porque lo eres, ¿cierto? —ella nunca alzaba la voz, pero había algo en su tono que a veces llegaba a helarle la sangre. Siempre lo confundía: un día lo trataba como el centro deo universo, al otro era como si solo fuera uno del montón.
El silencio se extendió, el cuarto se sintió pesado antes que Alina ordenara a otro hombre que le diera un paño húmedo al menor. Cuando se lo dieron, éste lo tomó para pasarlo por su rostro y quedar más limpio.
—Siempre seré funcional para usted, Madam Dumitru... ¿puedo retirarme ya? —se puso de pie al mismo tiempo que formuló la pregunta, mirando a la mujer.
—Puedes. —con ese permiso se retiró, de nuevo sintiéndose nefasto, pero sin poder alejarse demasiado. Ella tenía todo, él solamente la tenía a ella.
¿Cuándo se acabaría?