╭─────── ✦ ───────╮
La música flotaba en el aire como un susurro elegante.
Violines, copas de cristal… risas suaves que chocaban entre sí como si el mundo fuera ligero esa noche.
Pero no lo era.
No para ella.
Drian avanzó entre la multitud con una gracia impecable, cada paso medido, cada movimiento calculado. Las luces de los candelabros se deslizaban sobre su vestido oscuro, atrapándose en los detalles como estrellas obedientes.
Nadie veía peligro.
Solo belleza.
Solo misterio.
“…perfecto.”
Su mano se alzó ligeramente, ajustando el delicado antifaz que ocultaba su mirada. No necesitaba verlos con claridad.
Ya sabía quién estaba ahí.
Al otro lado del salón.
Entre risas falsas y conversaciones vacías.
—Ahí estás—
Murmuró para sí misma.
Drian comenzó a avanzar.
Un paso.
Luego otro.
La multitud se abría sin darse cuenta.
—Objetivo confirmado—
Cabello oscuro. Traje impecable. Risa fácil.
Desprevenido.
—Tres metros—
—Dos—
El metal frío se acomodó en su mano, oculto entre la tela.
—Uno—
Ya estaba a su lado.
Su cuerpo rozó el suyo.
Natural.
Imperceptible.
Y entonces…
el filo se hundió.
Preciso.
Silencioso.
Irreversible.
—No hagas ruido—
Susurró junto a su oído.
Y siguió caminando.
Sin detenerse.
Sin mirar atrás.
Uno.
Dos.
Tres.
Detrás de ella, la música continuó.
Pero él no.
Primero, nada.
Luego, el fallo.
El temblor.
La respiración rota.
La copa cayendo al suelo.
El sonido agudo.
Las miradas.
La confusión.
—¿Se encuentra bien?—
Demasiado tarde.
El cuerpo colapsó.
El caos comenzó a formarse, lento… inevitable.
Y mientras tanto…
Drian se alejaba.
Intacta.
Invisible.
—Listo—
Pensó.
Pero entonces…
algo cambió.
No fue un sonido.
No fue un movimiento evidente.
Fue… una sensación.
Sus pasos no se detuvieron, pero su atención sí.
Alguien.
Entre la multitud.
No miraba al cuerpo.
No reaccionaba al caos.
La miraba a ella.
Drian giró apenas el rostro, lo suficiente.
Y lo vio.
A unos metros.
Quieto.
Observando.
Sin sorpresa.
Sin duda.
Como si hubiera seguido cada uno de sus movimientos desde el inicio.
El tiempo pareció tensarse por un segundo.
Demasiado largo para ser casualidad.
Demasiado preciso para ser un error.
Sus miradas se cruzaron.
Y en ese instante…
no hubo música.
No hubo gente.
Solo reconocimiento.
Drian no se detuvo.
No habló.
Pero una leve curva apareció en sus labios.
Pequeña.
Peligrosa.
Y entonces…
continuó caminando.
Como si nada.
Pero esta vez…
no estaba completamente sola.
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La música flotaba en el aire como un susurro elegante.
Violines, copas de cristal… risas suaves que chocaban entre sí como si el mundo fuera ligero esa noche.
Pero no lo era.
No para ella.
Drian avanzó entre la multitud con una gracia impecable, cada paso medido, cada movimiento calculado. Las luces de los candelabros se deslizaban sobre su vestido oscuro, atrapándose en los detalles como estrellas obedientes.
Nadie veía peligro.
Solo belleza.
Solo misterio.
“…perfecto.”
Su mano se alzó ligeramente, ajustando el delicado antifaz que ocultaba su mirada. No necesitaba verlos con claridad.
Ya sabía quién estaba ahí.
Al otro lado del salón.
Entre risas falsas y conversaciones vacías.
—Ahí estás—
Murmuró para sí misma.
Drian comenzó a avanzar.
Un paso.
Luego otro.
La multitud se abría sin darse cuenta.
—Objetivo confirmado—
Cabello oscuro. Traje impecable. Risa fácil.
Desprevenido.
—Tres metros—
—Dos—
El metal frío se acomodó en su mano, oculto entre la tela.
—Uno—
Ya estaba a su lado.
Su cuerpo rozó el suyo.
Natural.
Imperceptible.
Y entonces…
el filo se hundió.
Preciso.
Silencioso.
Irreversible.
—No hagas ruido—
Susurró junto a su oído.
Y siguió caminando.
Sin detenerse.
Sin mirar atrás.
Uno.
Dos.
Tres.
Detrás de ella, la música continuó.
Pero él no.
Primero, nada.
Luego, el fallo.
El temblor.
La respiración rota.
La copa cayendo al suelo.
El sonido agudo.
Las miradas.
La confusión.
—¿Se encuentra bien?—
Demasiado tarde.
El cuerpo colapsó.
El caos comenzó a formarse, lento… inevitable.
Y mientras tanto…
Drian se alejaba.
Intacta.
Invisible.
—Listo—
Pensó.
Pero entonces…
algo cambió.
No fue un sonido.
No fue un movimiento evidente.
Fue… una sensación.
Sus pasos no se detuvieron, pero su atención sí.
Alguien.
Entre la multitud.
No miraba al cuerpo.
No reaccionaba al caos.
La miraba a ella.
Drian giró apenas el rostro, lo suficiente.
Y lo vio.
A unos metros.
Quieto.
Observando.
Sin sorpresa.
Sin duda.
Como si hubiera seguido cada uno de sus movimientos desde el inicio.
El tiempo pareció tensarse por un segundo.
Demasiado largo para ser casualidad.
Demasiado preciso para ser un error.
Sus miradas se cruzaron.
Y en ese instante…
no hubo música.
No hubo gente.
Solo reconocimiento.
Drian no se detuvo.
No habló.
Pero una leve curva apareció en sus labios.
Pequeña.
Peligrosa.
Y entonces…
continuó caminando.
Como si nada.
Pero esta vez…
no estaba completamente sola.
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La música flotaba en el aire como un susurro elegante.
Violines, copas de cristal… risas suaves que chocaban entre sí como si el mundo fuera ligero esa noche.
Pero no lo era.
No para ella.
Drian avanzó entre la multitud con una gracia impecable, cada paso medido, cada movimiento calculado. Las luces de los candelabros se deslizaban sobre su vestido oscuro, atrapándose en los detalles como estrellas obedientes.
Nadie veía peligro.
Solo belleza.
Solo misterio.
“…perfecto.”
Su mano se alzó ligeramente, ajustando el delicado antifaz que ocultaba su mirada. No necesitaba verlos con claridad.
Ya sabía quién estaba ahí.
Al otro lado del salón.
Entre risas falsas y conversaciones vacías.
—Ahí estás—
Murmuró para sí misma.
Drian comenzó a avanzar.
Un paso.
Luego otro.
La multitud se abría sin darse cuenta.
—Objetivo confirmado—
Cabello oscuro. Traje impecable. Risa fácil.
Desprevenido.
—Tres metros—
—Dos—
El metal frío se acomodó en su mano, oculto entre la tela.
—Uno—
Ya estaba a su lado.
Su cuerpo rozó el suyo.
Natural.
Imperceptible.
Y entonces…
el filo se hundió.
Preciso.
Silencioso.
Irreversible.
—No hagas ruido—
Susurró junto a su oído.
Y siguió caminando.
Sin detenerse.
Sin mirar atrás.
Uno.
Dos.
Tres.
Detrás de ella, la música continuó.
Pero él no.
Primero, nada.
Luego, el fallo.
El temblor.
La respiración rota.
La copa cayendo al suelo.
El sonido agudo.
Las miradas.
La confusión.
—¿Se encuentra bien?—
Demasiado tarde.
El cuerpo colapsó.
El caos comenzó a formarse, lento… inevitable.
Y mientras tanto…
Drian se alejaba.
Intacta.
Invisible.
—Listo—
Pensó.
Pero entonces…
algo cambió.
No fue un sonido.
No fue un movimiento evidente.
Fue… una sensación.
Sus pasos no se detuvieron, pero su atención sí.
Alguien.
Entre la multitud.
No miraba al cuerpo.
No reaccionaba al caos.
La miraba a ella.
Drian giró apenas el rostro, lo suficiente.
Y lo vio.
A unos metros.
Quieto.
Observando.
Sin sorpresa.
Sin duda.
Como si hubiera seguido cada uno de sus movimientos desde el inicio.
El tiempo pareció tensarse por un segundo.
Demasiado largo para ser casualidad.
Demasiado preciso para ser un error.
Sus miradas se cruzaron.
Y en ese instante…
no hubo música.
No hubo gente.
Solo reconocimiento.
Drian no se detuvo.
No habló.
Pero una leve curva apareció en sus labios.
Pequeña.
Peligrosa.
Y entonces…
continuó caminando.
Como si nada.
Pero esta vez…
no estaba completamente sola.
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