• Eclipse Conjurado

    Fondo Musical:

    https://www.youtube.com/watch?v=H0vMGJXtTLc

    Emblemático, supremo, tan dadivoso que hasta las golondrinas podían sentirlo relucir de entre todos los entramados. Se mueve como una oruga, ondulante y de presteza acérrima; quién sino como en el cómo equilibrar la grandeza de su ensoñación. Eleva la crucialita de la aurora boreal de su rostro. Las gotas de sus cuencas, de vestimenta de bruna osadía, hieden a incienso y candores incorruptos. La rueda del tiempo cabalga sobre su pelvis, corrompida por los laureles que arropan la estructura de su corporeidad.

    Esa tan ajena a lo casual de las bestias y estrellas, sangre y altares que forman los aromas de su cuerpo.

    Se persigna, se persigna, se persigna. Sus treinta y tres extremidades hacen el amor con la anatomía de esa nieve lluvia, garganta, espalda, mano y sien que son sometidas a la tortura de sus ecos nacientes. Cercenadas sus primeras almas decaen en el pozo del purgatorio, como una cascada sobre el embrollo de sus versales, de tan crecientes crisálidas indistintas de parir a la villanía de sus pensamientos: venideros de su imaginación.

    Ondula, rasga, acalla su mudez. Muge, ladra, bala y su voz no perfora la pared de hierro, porque los cordeles del eclipse que lo ha reclamado como suyo, cala por sus huesos. Los clavos de la esclavitud con la que lo han condenado enciende la llamada de a los más santos soñadores.

    Frialdad inevitable, gala presea que degüella la profundidad de sus espejismos.

    Trocean los más inmolados la veintena de sus dedos; quedan otras docenas más por las que repartir entre las crías que escudan sus amainadas promesas. Crecen sus alabeos de desideratas. Decrecen sus solfeos de liras labradas con huesos de sus costillas.

    Dignifican el conjuro sobre el mural del teatro en el que representa la buena obra por la que ha arribado al equilibrio de ese planeta corrompido por sendos exterminios. Es un príncipe o una princesa, no se sabe cuál, a la espera de su propio yo. Corrompida su doblegues de premura acaudala; los primeros ritos, segundos compases, terceros valses provocan el emerger del coseno de su madre en el centro de las entrañas del mismísimo regente amanecido.

    Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne.

    Equilibrio del conjurado que sostiene el machete sobre la bilis que ensucia sus labiales y el tronco de su garganta. Muge, ladra y bala con la espesura de un rosal, al instante en que encalla en las orillas. Le reciben con la locura anunciada a sus abismos de emancipación. Con canela desdobla los puntos de la playa. Crea y ejecuta empinadas obras maestras.

    Chocan y vibran, vibran y chocan en el terrario donde las mariposas son depuestas en frascos que encierran a sus deseos. Su garganta es cercenada y el manantial decae de entre el clamor de la comedia, que se luce en su ser con inevitables capacidades de ser riego de mantos y otros conjuros, que en la aldea se pueden sopesar como una buena nueva para los más propensos a ser nacimiento de esperanza.

    Gracia de lunares, en Fa sostenida. Equilibrio de pastizales sobre el puente de mis mejillas. Tersura de rostros, soy un príncipe de sueños. Un Ángel clandestino en tiempo de obsidianas. Maltrecho de corazón, ruego por nosotros en este orfanatorio de poetas muertos. Quien a la causa ennoblece sus extremidades, las junta con un entramado de prismas.

    Un sollozo de espinas renace de entre sus piernas. Muge, ladra y bala y la música sostiene el terror de su mente, la que te imagina con tu manzana dorada en el contraes del arrullo de tus labios. Arrullas a los gritos de otros prisioneros que se decapitan a sí mismos, con malsana y crudezas agallas.

    El eclipse que anuncia la prontitud de la mortandad, es una vez y sólo una vez, de amalgamas de otros tantos afluentes de libertad. De santos aparecidos. De santos cercenados. De otros tantos que se dan las manos en amaestra hambruna y que hacen el amor para romper la maldición de valles de crisantemos y cardenales de plata.
    Eclipse Conjurado Fondo Musical: https://www.youtube.com/watch?v=H0vMGJXtTLc Emblemático, supremo, tan dadivoso que hasta las golondrinas podían sentirlo relucir de entre todos los entramados. Se mueve como una oruga, ondulante y de presteza acérrima; quién sino como en el cómo equilibrar la grandeza de su ensoñación. Eleva la crucialita de la aurora boreal de su rostro. Las gotas de sus cuencas, de vestimenta de bruna osadía, hieden a incienso y candores incorruptos. La rueda del tiempo cabalga sobre su pelvis, corrompida por los laureles que arropan la estructura de su corporeidad. Esa tan ajena a lo casual de las bestias y estrellas, sangre y altares que forman los aromas de su cuerpo. Se persigna, se persigna, se persigna. Sus treinta y tres extremidades hacen el amor con la anatomía de esa nieve lluvia, garganta, espalda, mano y sien que son sometidas a la tortura de sus ecos nacientes. Cercenadas sus primeras almas decaen en el pozo del purgatorio, como una cascada sobre el embrollo de sus versales, de tan crecientes crisálidas indistintas de parir a la villanía de sus pensamientos: venideros de su imaginación. Ondula, rasga, acalla su mudez. Muge, ladra, bala y su voz no perfora la pared de hierro, porque los cordeles del eclipse que lo ha reclamado como suyo, cala por sus huesos. Los clavos de la esclavitud con la que lo han condenado enciende la llamada de a los más santos soñadores. Frialdad inevitable, gala presea que degüella la profundidad de sus espejismos. Trocean los más inmolados la veintena de sus dedos; quedan otras docenas más por las que repartir entre las crías que escudan sus amainadas promesas. Crecen sus alabeos de desideratas. Decrecen sus solfeos de liras labradas con huesos de sus costillas. Dignifican el conjuro sobre el mural del teatro en el que representa la buena obra por la que ha arribado al equilibrio de ese planeta corrompido por sendos exterminios. Es un príncipe o una princesa, no se sabe cuál, a la espera de su propio yo. Corrompida su doblegues de premura acaudala; los primeros ritos, segundos compases, terceros valses provocan el emerger del coseno de su madre en el centro de las entrañas del mismísimo regente amanecido. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Zinc, trigo, trigal, opio y hierro. Incierto. Cava profundo el pozo de su ausencia de rebeldía perenne. Equilibrio del conjurado que sostiene el machete sobre la bilis que ensucia sus labiales y el tronco de su garganta. Muge, ladra y bala con la espesura de un rosal, al instante en que encalla en las orillas. Le reciben con la locura anunciada a sus abismos de emancipación. Con canela desdobla los puntos de la playa. Crea y ejecuta empinadas obras maestras. Chocan y vibran, vibran y chocan en el terrario donde las mariposas son depuestas en frascos que encierran a sus deseos. Su garganta es cercenada y el manantial decae de entre el clamor de la comedia, que se luce en su ser con inevitables capacidades de ser riego de mantos y otros conjuros, que en la aldea se pueden sopesar como una buena nueva para los más propensos a ser nacimiento de esperanza. Gracia de lunares, en Fa sostenida. Equilibrio de pastizales sobre el puente de mis mejillas. Tersura de rostros, soy un príncipe de sueños. Un Ángel clandestino en tiempo de obsidianas. Maltrecho de corazón, ruego por nosotros en este orfanatorio de poetas muertos. Quien a la causa ennoblece sus extremidades, las junta con un entramado de prismas. Un sollozo de espinas renace de entre sus piernas. Muge, ladra y bala y la música sostiene el terror de su mente, la que te imagina con tu manzana dorada en el contraes del arrullo de tus labios. Arrullas a los gritos de otros prisioneros que se decapitan a sí mismos, con malsana y crudezas agallas. El eclipse que anuncia la prontitud de la mortandad, es una vez y sólo una vez, de amalgamas de otros tantos afluentes de libertad. De santos aparecidos. De santos cercenados. De otros tantos que se dan las manos en amaestra hambruna y que hacen el amor para romper la maldición de valles de crisantemos y cardenales de plata.
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  • *Luego de acordar salir con sus amigas se presentaba con una vestimenta casual. Asi no llamaria la atencion con su apariencia*

    Ceres Fauna
    Tsukumo Sana
    Irys Nephilim
    *Luego de acordar salir con sus amigas se presentaba con una vestimenta casual. Asi no llamaria la atencion con su apariencia* [Ceresfaun4] [tsukumo_sana] [Pink_pony_girl]
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  • La luz del sol entraba a través de los ventanales del pasillo cuando Takeru salió de su habitación. Vestía una **camiseta negra y pantalones de vestir del mismo color**, con el cabello ligeramente despeinado. Su estómago rugió levemente, recordándole que la prioridad del momento era conseguir algo de comer.

    Caminó por el hotel con la misma actitud despreocupada de siempre, las manos en los bolsillos y la mirada recorriendo los alrededores con calma. Era temprano, pero ya había movimiento. Empresarios conversando en voz baja, peleadores estirando o desayunando con miradas serias.

    Al doblar una esquina, se encontró con un rostro familiar.

    —Arakawa.

    Hideki Nogi estaba allí, acompañado de un par de asistentes. Su presencia seguía imponiendo respeto, aunque su mirada era más calculadora que intimidante.

    Takeru sonrió levemente.

    —Vaya, vaya… si es el gran jefe del Kengan. No me digas que me estabas buscando.

    Nogi exhaló con un deje de resignación.

    —No, pero sabía que tarde o temprano te encontraría.

    Takeru se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia la cafetería. Nogi lo siguió, manteniendo el ritmo.

    —El Kengan ha cambiado, ¿eh? —murmuró Takeru con tono casual—. Antes, salir de una pelea con vida no estaba garantizado. Ahora resulta que las muertes ya no están permitidas.

    Nogi asintió con un leve gesto de aprobación.

    —Los tiempos cambian. Si queremos que el Kengan siga existiendo, tenemos que adaptarnos. No es como en tu época.

    Takeru soltó una risa corta.

    —¿Mi época? Vamos, no soy tan viejo.

    —Pero desapareciste como si lo fueras.

    Takeru no respondió de inmediato. Llegaron a la cafetería, y él tomó una bandeja sin apuro. Se sirvió algo simple: arroz, pescado y un poco de miso. Nogi no tomó nada, solo lo observó.

    Finalmente, Takeru suspiró.

    —No tenía motivos para quedarme. ¿Para qué seguir aquí si ya no podía pelear?

    Nogi entrecerró los ojos.

    —Y sin embargo, volviste.

    Takeru tomó asiento y le dio un sorbo a su sopa antes de responder.

    —No por mí. Por mi alumno.

    Nogi sonrió con cierta ironía.

    —Eso también ha cambiado. El Takeru Arakawa que conocí nunca hubiera apostado por nadie más que por sí mismo.

    Takeru se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en la silla.

    —¿Y qué querías que hiciera? ¿Podría haberme quedado, tal vez? ¿Convertirme en un anciano gruñón que se la pasa criticando a las nuevas generaciones?

    —Eso ya lo haces.

    Takeru se rio, sin molestarse en negarlo.

    —Tienes razón. Pero si me fui, fue porque no tenía nada que hacer aquí. Ahora… —Dejó la cuchara en el plato y miró a Nogi con una expresión más seria—. Ahora quiero ver hasta dónde puede llegar ese chico.

    Nogi lo observó en silencio por un momento y luego asintió, como si hubiera encontrado lo que buscaba en esa respuesta.

    —Entonces más te vale que no desaparezcas otra vez.

    Takeru sonrió de lado.

    —No planeo hacerlo. Al menos no hasta ver cómo termina todo esto.

    Y con eso, siguió comiendo, mientras Nogi se levantaba y se alejaba sin decir más.

    Las cosas habían cambiado, sí. Pero aún quedaba mucho por ver.
    La luz del sol entraba a través de los ventanales del pasillo cuando Takeru salió de su habitación. Vestía una **camiseta negra y pantalones de vestir del mismo color**, con el cabello ligeramente despeinado. Su estómago rugió levemente, recordándole que la prioridad del momento era conseguir algo de comer. Caminó por el hotel con la misma actitud despreocupada de siempre, las manos en los bolsillos y la mirada recorriendo los alrededores con calma. Era temprano, pero ya había movimiento. Empresarios conversando en voz baja, peleadores estirando o desayunando con miradas serias. Al doblar una esquina, se encontró con un rostro familiar. —Arakawa. Hideki Nogi estaba allí, acompañado de un par de asistentes. Su presencia seguía imponiendo respeto, aunque su mirada era más calculadora que intimidante. Takeru sonrió levemente. —Vaya, vaya… si es el gran jefe del Kengan. No me digas que me estabas buscando. Nogi exhaló con un deje de resignación. —No, pero sabía que tarde o temprano te encontraría. Takeru se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia la cafetería. Nogi lo siguió, manteniendo el ritmo. —El Kengan ha cambiado, ¿eh? —murmuró Takeru con tono casual—. Antes, salir de una pelea con vida no estaba garantizado. Ahora resulta que las muertes ya no están permitidas. Nogi asintió con un leve gesto de aprobación. —Los tiempos cambian. Si queremos que el Kengan siga existiendo, tenemos que adaptarnos. No es como en tu época. Takeru soltó una risa corta. —¿Mi época? Vamos, no soy tan viejo. —Pero desapareciste como si lo fueras. Takeru no respondió de inmediato. Llegaron a la cafetería, y él tomó una bandeja sin apuro. Se sirvió algo simple: arroz, pescado y un poco de miso. Nogi no tomó nada, solo lo observó. Finalmente, Takeru suspiró. —No tenía motivos para quedarme. ¿Para qué seguir aquí si ya no podía pelear? Nogi entrecerró los ojos. —Y sin embargo, volviste. Takeru tomó asiento y le dio un sorbo a su sopa antes de responder. —No por mí. Por mi alumno. Nogi sonrió con cierta ironía. —Eso también ha cambiado. El Takeru Arakawa que conocí nunca hubiera apostado por nadie más que por sí mismo. Takeru se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en la silla. —¿Y qué querías que hiciera? ¿Podría haberme quedado, tal vez? ¿Convertirme en un anciano gruñón que se la pasa criticando a las nuevas generaciones? —Eso ya lo haces. Takeru se rio, sin molestarse en negarlo. —Tienes razón. Pero si me fui, fue porque no tenía nada que hacer aquí. Ahora… —Dejó la cuchara en el plato y miró a Nogi con una expresión más seria—. Ahora quiero ver hasta dónde puede llegar ese chico. Nogi lo observó en silencio por un momento y luego asintió, como si hubiera encontrado lo que buscaba en esa respuesta. —Entonces más te vale que no desaparezcas otra vez. Takeru sonrió de lado. —No planeo hacerlo. Al menos no hasta ver cómo termina todo esto. Y con eso, siguió comiendo, mientras Nogi se levantaba y se alejaba sin decir más. Las cosas habían cambiado, sí. Pero aún quedaba mucho por ver.
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  • El ambiente en la sala era denso, como siempre. Empresarios de todo tipo ocupaban sus asientos alrededor de la gran mesa, algunos con expresión serena, otros mostrando sonrisas calculadas. Los pesos pesados del Torneo Kengan estaban allí, listos para decidir los enfrentamientos.

    Takeru Arakawa se acomodó en su asiento con la misma actitud despreocupada de siempre, cruzando los brazos y recargando la espalda contra la silla. A su lado, otros empresarios intercambiaban miradas tensas, pero él solo miraba la pantalla donde aparecían los nombres de los combatientes.

    Uno a uno, los emparejamientos comenzaron a definirse. Peleadores con experiencia, monstruos ya probados en combate, y algunas caras nuevas que prometían sorpresas.

    Entonces, el último combate apareció en la pantalla.

    Takeru exhaló por la nariz, sin mostrar ninguna reacción evidente. En la mesa, algunos empresarios se miraron entre sí, como si esperaran alguna respuesta de su parte.

    Al final, simplemente sonrió de lado y se encogió de hombros.

    —Último, ¿eh? —murmuró, más para sí mismo que para los demás.

    Un empresario cercano, con una mirada curiosa, se inclinó un poco hacia él.

    —¿Te molesta?

    Takeru giró la cabeza levemente, con una expresión tranquila.

    —¿Molestarme? Nah. —Apoyó un codo en la mesa y sonrió con calma—. Solo espero que mi chico no se quede dormido antes de su pelea.

    Algunos rieron, otros mantuvieron su expresión seria. Fuera casualidad o no, el hecho de que su alumno fuera el último combate no le pasaba desapercibido. Pero en lugar de mostrarse incómodo, Takeru simplemente se recostó en su asiento y esperó a que todo terminara.

    Él ya había tomado su decisión. Lo que viniera después, lo enfrentaría como siempre lo había hecho.

    Con una sonrisa y los puños listos.
    El ambiente en la sala era denso, como siempre. Empresarios de todo tipo ocupaban sus asientos alrededor de la gran mesa, algunos con expresión serena, otros mostrando sonrisas calculadas. Los pesos pesados del Torneo Kengan estaban allí, listos para decidir los enfrentamientos. Takeru Arakawa se acomodó en su asiento con la misma actitud despreocupada de siempre, cruzando los brazos y recargando la espalda contra la silla. A su lado, otros empresarios intercambiaban miradas tensas, pero él solo miraba la pantalla donde aparecían los nombres de los combatientes. Uno a uno, los emparejamientos comenzaron a definirse. Peleadores con experiencia, monstruos ya probados en combate, y algunas caras nuevas que prometían sorpresas. Entonces, el último combate apareció en la pantalla. Takeru exhaló por la nariz, sin mostrar ninguna reacción evidente. En la mesa, algunos empresarios se miraron entre sí, como si esperaran alguna respuesta de su parte. Al final, simplemente sonrió de lado y se encogió de hombros. —Último, ¿eh? —murmuró, más para sí mismo que para los demás. Un empresario cercano, con una mirada curiosa, se inclinó un poco hacia él. —¿Te molesta? Takeru giró la cabeza levemente, con una expresión tranquila. —¿Molestarme? Nah. —Apoyó un codo en la mesa y sonrió con calma—. Solo espero que mi chico no se quede dormido antes de su pelea. Algunos rieron, otros mantuvieron su expresión seria. Fuera casualidad o no, el hecho de que su alumno fuera el último combate no le pasaba desapercibido. Pero en lugar de mostrarse incómodo, Takeru simplemente se recostó en su asiento y esperó a que todo terminara. Él ya había tomado su decisión. Lo que viniera después, lo enfrentaría como siempre lo había hecho. Con una sonrisa y los puños listos.
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  • Un poco casual, ando aburrida y con bastante sueño.
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  • "No es la gran cosa, lo prometo"
    "No por favor, es muy mala mi actuación" ──

    Solía mencionarle a todos los que preguntaban si era él quien salía en aquellos espectaculares sobre un nuevo drama hecho para mujeres.
    Claro que era él, pero la vergüenza de encarar un villano, no le agradaba del todo. Además de que él no sabía que iba a ser una producción tan grande, todo parecía tan informal, casual... Jamás pensó que sería algo tan importante.

    "No es la gran cosa, lo prometo" "No por favor, es muy mala mi actuación" ── Solía mencionarle a todos los que preguntaban si era él quien salía en aquellos espectaculares sobre un nuevo drama hecho para mujeres. Claro que era él, pero la vergüenza de encarar un villano, no le agradaba del todo. Además de que él no sabía que iba a ser una producción tan grande, todo parecía tan informal, casual... Jamás pensó que sería algo tan importante.
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  • 𝐌𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬: 𝐃𝐚𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞

    Los días eran noches y la noches se convertían en días, la luz eran los leds coloridos de Kabuki-chō, trabajaba en ese host club, en donde habían dos fuertes necesidades, el dinero y el afecto y atención femenina.

    Conforme pasaban los días trabajando en ese lugar, el brillo se apagaba de mis ojos, tenía que beber con los clientes incluso algunas veces me drogaron sin mi consentimiento para poder mantenerme despierta,

    Ganaba bien, era de las más populares, todo porqué sabía mentir a la perfección, crear sentimientos, un amor plástico hacia mis clientes, mientras yo los miraba como un número más en mi bolsillo, ellos se enamoraban de mi. Me empecé a volver fría, ya no me interesaba el romance, para tener pareja debía hacer un intercambio transaccional, mi amor por tu dinero, esa creencia me llevó poco a poco a la solitud y la banalidad, pero el dinero llenaba mis vacíos emocionales.

    Hasta que un día, todas mis malas acciones se volcaron contra mi, mi mayor fanático esperó a que saliera del trabajo, me durmió y en un callejón estuvo a punto de hacerme lo indecible, pero por casualidad una pareja feliz y enamorada (que ironía) vio a este sujeto y lo detuvieron, a partir de ahí, decidí dejar ese mundo, para siempre.

    https://www.youtube.com/watch?v=T_lC2O1oIew
    𝐌𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬: 𝐃𝐚𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞 Los días eran noches y la noches se convertían en días, la luz eran los leds coloridos de Kabuki-chō, trabajaba en ese host club, en donde habían dos fuertes necesidades, el dinero y el afecto y atención femenina. Conforme pasaban los días trabajando en ese lugar, el brillo se apagaba de mis ojos, tenía que beber con los clientes incluso algunas veces me drogaron sin mi consentimiento para poder mantenerme despierta, Ganaba bien, era de las más populares, todo porqué sabía mentir a la perfección, crear sentimientos, un amor plástico hacia mis clientes, mientras yo los miraba como un número más en mi bolsillo, ellos se enamoraban de mi. Me empecé a volver fría, ya no me interesaba el romance, para tener pareja debía hacer un intercambio transaccional, mi amor por tu dinero, esa creencia me llevó poco a poco a la solitud y la banalidad, pero el dinero llenaba mis vacíos emocionales. Hasta que un día, todas mis malas acciones se volcaron contra mi, mi mayor fanático esperó a que saliera del trabajo, me durmió y en un callejón estuvo a punto de hacerme lo indecible, pero por casualidad una pareja feliz y enamorada (que ironía) vio a este sujeto y lo detuvieron, a partir de ahí, decidí dejar ese mundo, para siempre. https://www.youtube.com/watch?v=T_lC2O1oIew
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  • — ... ¿asi que de esto se trataba? Y pensar que siempre tuve una falsa esperanza, quizás no debí apresurarme en mi juicio, sin embargo... tengo razón al recalcar estas fallas casuales, olvidaste tu esencia y confinaste al olvido toda esa gloria que un día nos hizo similiares a los dioses.
    ¿aún tienes la osadía de llamarme hermano?... —
    — ... ¿asi que de esto se trataba? Y pensar que siempre tuve una falsa esperanza, quizás no debí apresurarme en mi juicio, sin embargo... tengo razón al recalcar estas fallas casuales, olvidaste tu esencia y confinaste al olvido toda esa gloria que un día nos hizo similiares a los dioses. ¿aún tienes la osadía de llamarme hermano?... —
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    / ¿De casualidad, a alguien más le está fallando Ficrol? Hace unos momentos me salió una pantalla con un error y "access denied", y creí que me habían bloqueado la cuenta. Fue como "Omg, ¿Que hice?"
    / ¿De casualidad, a alguien más le está fallando Ficrol? Hace unos momentos me salió una pantalla con un error y "access denied", y creí que me habían bloqueado la cuenta. Fue como "Omg, ¿Que hice?" :STK-16:
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  • ❝...𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖊𝖘𝖙𝖆 𝖛𝖊𝖟, 𝖘𝖔𝖇𝖗𝖊𝖛𝖎𝖛𝖎𝖊𝖗𝖔𝖓 𝖉𝖔𝖘.❞
    Categoría Otros
    𝐑𝐨𝐥 𝐜𝐨𝐧:
    > ⸱ㅤ𝘵ℎ𝘦𝑎 <



    Otro viaje más para agregar en la lista de James. Junto con sus aliados habían descubierto muchas islas, pequeñas y grandes, con y sin civilización, todo mientras iban rumbo a diferentes partes del mundo. Incluso se encontraron con nuevas personas, algunas pagando por ser transportadas, otras quedándose entre la tripulación. No había nada que no pudieran soportar, que no pudieran superar. Ya tenían experiencia en aguas desconocidas, entre tormentas y tifones.

    Esta vez, sin embargo, fue diferente.

    James lo presintió incluso antes que llegara: muerte. Estaba muy familiarizado con ella y la presencia de la misma era inconfundible para él. Incluso oyó las voces. Algunas se reían, otras gritaban en desesperación y sufrimiento, ninguna de ellas lo ayudó a calmarse.

    —Encontremos tierra firme lo antes posible. —fue su orden, en voz calma, pero con cierta pesadez que hizo que su primer oficial ni siquiera le hiciera una sola pregunta, solo acató.

    El cielo empezó a escurecerse, los truenos amenazando con presentar una tormenta intensa, con gotas pesadas y que, muy seguro, darían poca visibilidad. Poco después, el mar pareció inquietarse... o enojarse. Comenzaron como pequeñas olas golpeando el casco como una advertencia para que se prepararan.

    ──¡Veo tierra! ──mencionó uno de sus hombres. El castaño giró la cabeza enseguida, había una isla no muy lejos. Si llegaban a tiempo podrían pasar tranquilos el temporal.

    Por desgracia, eso no estaba en los planes de las aguas.

    Sin importar cuánto intentaron, en cuestión de segundos todo empeoró. El cielo estaba oscurecido de manera tal que podrían pensar que de repente cayó la noche, las olas crecieron en tamaño de manera estrepitosa, la lluvia llegó como si quisiera hundirlos en un santiamén, y los rayos... los rayos fueron la última señal para que James supiera que no iban a llegar a la isla.

    Volvería a pasar. Después de creer que no tropezaría con la misma piedra.

    Pasó demasiado rápido. En un abrir y cerrar de ojos una ola gigantesca se cernió sobre el barco, ni siquiera con sostenerse lo más fuerte posible sería una manera de salvarse. Los golpeó con tanta furia que hizo ver al navío como si estuviera hecho de papel. No solo eso, continuó recibiendo más y más ataques. Debía ser obra de algo más que simple cambio de clima, algo más que mera casualidad.

    De repente, el hombre se encontró bajo el agua. No estaba asustado, ya había aceptado el final de la situación mucho antes que cualquier otro. Sin embargo, lo intentó. Quiso salvar a los suyos a toda costa, pero no hubo manera de siquiera avanzar un centímetro sin volver a ser cubierto por olas cada vez que llegaba a la superficie. Por más que moviera sus brazos y manos de manera frenética, en ocasiones ni siquiera tenía tiempo de sacar la cabeza del agua antes que más olas llegaran encima.

    Sin verlos, sin escucharlos, supo que, uno a uno, sus vidas se desvanecían. Cada vez que alguien cercano moría era como recibir un mensaje, sus voces dentro de su cabeza que no lo dejaban en paz.

    El agua fue demasiado violenta, llenando sus pulmones inmediatamente. Y, mientras su cuerpo reaccionó para toser, un dolor punzante se sintió por todo su pecho, la sensación de sofoco y de terminación lo envolvió una vez más, como la primera vez hace años atrás.

    Su vista se volvió borrosa antes que todo a su alrededor oscureciera. Poco a poco, el dolor empezó a desvanecerse y solo sintió... nada. Era obvio, moriría allí, esta vez sin tener la posibilidad de regresar. O esa fue su perspectiva.
    𝐑𝐨𝐥 𝐜𝐨𝐧: > [N0TARTHEMISA] < Otro viaje más para agregar en la lista de James. Junto con sus aliados habían descubierto muchas islas, pequeñas y grandes, con y sin civilización, todo mientras iban rumbo a diferentes partes del mundo. Incluso se encontraron con nuevas personas, algunas pagando por ser transportadas, otras quedándose entre la tripulación. No había nada que no pudieran soportar, que no pudieran superar. Ya tenían experiencia en aguas desconocidas, entre tormentas y tifones. Esta vez, sin embargo, fue diferente. James lo presintió incluso antes que llegara: muerte. Estaba muy familiarizado con ella y la presencia de la misma era inconfundible para él. Incluso oyó las voces. Algunas se reían, otras gritaban en desesperación y sufrimiento, ninguna de ellas lo ayudó a calmarse. —Encontremos tierra firme lo antes posible. —fue su orden, en voz calma, pero con cierta pesadez que hizo que su primer oficial ni siquiera le hiciera una sola pregunta, solo acató. El cielo empezó a escurecerse, los truenos amenazando con presentar una tormenta intensa, con gotas pesadas y que, muy seguro, darían poca visibilidad. Poco después, el mar pareció inquietarse... o enojarse. Comenzaron como pequeñas olas golpeando el casco como una advertencia para que se prepararan. ──¡Veo tierra! ──mencionó uno de sus hombres. El castaño giró la cabeza enseguida, había una isla no muy lejos. Si llegaban a tiempo podrían pasar tranquilos el temporal. Por desgracia, eso no estaba en los planes de las aguas. Sin importar cuánto intentaron, en cuestión de segundos todo empeoró. El cielo estaba oscurecido de manera tal que podrían pensar que de repente cayó la noche, las olas crecieron en tamaño de manera estrepitosa, la lluvia llegó como si quisiera hundirlos en un santiamén, y los rayos... los rayos fueron la última señal para que James supiera que no iban a llegar a la isla. Volvería a pasar. Después de creer que no tropezaría con la misma piedra. Pasó demasiado rápido. En un abrir y cerrar de ojos una ola gigantesca se cernió sobre el barco, ni siquiera con sostenerse lo más fuerte posible sería una manera de salvarse. Los golpeó con tanta furia que hizo ver al navío como si estuviera hecho de papel. No solo eso, continuó recibiendo más y más ataques. Debía ser obra de algo más que simple cambio de clima, algo más que mera casualidad. De repente, el hombre se encontró bajo el agua. No estaba asustado, ya había aceptado el final de la situación mucho antes que cualquier otro. Sin embargo, lo intentó. Quiso salvar a los suyos a toda costa, pero no hubo manera de siquiera avanzar un centímetro sin volver a ser cubierto por olas cada vez que llegaba a la superficie. Por más que moviera sus brazos y manos de manera frenética, en ocasiones ni siquiera tenía tiempo de sacar la cabeza del agua antes que más olas llegaran encima. Sin verlos, sin escucharlos, supo que, uno a uno, sus vidas se desvanecían. Cada vez que alguien cercano moría era como recibir un mensaje, sus voces dentro de su cabeza que no lo dejaban en paz. El agua fue demasiado violenta, llenando sus pulmones inmediatamente. Y, mientras su cuerpo reaccionó para toser, un dolor punzante se sintió por todo su pecho, la sensación de sofoco y de terminación lo envolvió una vez más, como la primera vez hace años atrás. Su vista se volvió borrosa antes que todo a su alrededor oscureciera. Poco a poco, el dolor empezó a desvanecerse y solo sintió... nada. Era obvio, moriría allí, esta vez sin tener la posibilidad de regresar. O esa fue su perspectiva.
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