La espesura del bosque estaba cargada de tensión. Las ramas altas bloqueaban buena parte del sol y el suelo estaba cubierto de huellas profundas y rastros de batalla reciente. Un grupo de guardabosques humanos, cuatro en total, se abrían paso con cuidado entre los árboles. Habían sido enviados a capturar —o eliminar— a un grupo de vándalos
especialmente peligrosos que merodeaban cerca de pueblos aislados.
—Son peligrosos.—susurró uno de ellos, leyendo el aviso arrugado—.
Pero al llegar al claro donde según el informe debía estar el nido de las criaturas, todos se detuvieron de golpe.
Allí, justo al centro, había una peculiar figura de baja estatura. Con un pie sobre la cabeza de un sujeto inconsciente, este respiraba agitado pero sonriendo orgulloso, estaba un oso hormiguero de pelaje celeste con ropa de geek moderno.
Había rastros de golpes por todo el lugar. Árboles partidos, rocas agrietadas, marcas de puñetazos... pero también huellas claras de una pelea cuerpo a cuerpo. Los humanos estaban noqueados, uno con la boca amoratada, dos con una mano quiebrada, y un cuarto con un moretón en la mandíbula. El último jadeaba en el suelo, apenas consciente.
El Vermilinguo se sacudía el polvo de los pantalones, claramente exhausto, pero victorioso.
— Eso estuvo difícil!. ¡Pero lo logré!
Los guardabosques no podían creerlo. Uno de ellos alzó la voz:
—¡¿Fuiste tú quien las derrotó?! ¿Tú solo?
—¿Estos chicos? Sí. Estaban dispuestos a atacarme.
—¿Sabías que hay una recompensa por capturarlos? —preguntó uno de las guardabosques, aún incrédulo.
Una recompensa. Dinero. Por derrotarlos.
especialmente peligrosos que merodeaban cerca de pueblos aislados.
—Son peligrosos.—susurró uno de ellos, leyendo el aviso arrugado—.
Pero al llegar al claro donde según el informe debía estar el nido de las criaturas, todos se detuvieron de golpe.
Allí, justo al centro, había una peculiar figura de baja estatura. Con un pie sobre la cabeza de un sujeto inconsciente, este respiraba agitado pero sonriendo orgulloso, estaba un oso hormiguero de pelaje celeste con ropa de geek moderno.
Había rastros de golpes por todo el lugar. Árboles partidos, rocas agrietadas, marcas de puñetazos... pero también huellas claras de una pelea cuerpo a cuerpo. Los humanos estaban noqueados, uno con la boca amoratada, dos con una mano quiebrada, y un cuarto con un moretón en la mandíbula. El último jadeaba en el suelo, apenas consciente.
El Vermilinguo se sacudía el polvo de los pantalones, claramente exhausto, pero victorioso.
— Eso estuvo difícil!. ¡Pero lo logré!
Los guardabosques no podían creerlo. Uno de ellos alzó la voz:
—¡¿Fuiste tú quien las derrotó?! ¿Tú solo?
—¿Estos chicos? Sí. Estaban dispuestos a atacarme.
—¿Sabías que hay una recompensa por capturarlos? —preguntó uno de las guardabosques, aún incrédulo.
Una recompensa. Dinero. Por derrotarlos.
La espesura del bosque estaba cargada de tensión. Las ramas altas bloqueaban buena parte del sol y el suelo estaba cubierto de huellas profundas y rastros de batalla reciente. Un grupo de guardabosques humanos, cuatro en total, se abrían paso con cuidado entre los árboles. Habían sido enviados a capturar —o eliminar— a un grupo de vándalos
especialmente peligrosos que merodeaban cerca de pueblos aislados.
—Son peligrosos.—susurró uno de ellos, leyendo el aviso arrugado—.
Pero al llegar al claro donde según el informe debía estar el nido de las criaturas, todos se detuvieron de golpe.
Allí, justo al centro, había una peculiar figura de baja estatura. Con un pie sobre la cabeza de un sujeto inconsciente, este respiraba agitado pero sonriendo orgulloso, estaba un oso hormiguero de pelaje celeste con ropa de geek moderno.
Había rastros de golpes por todo el lugar. Árboles partidos, rocas agrietadas, marcas de puñetazos... pero también huellas claras de una pelea cuerpo a cuerpo. Los humanos estaban noqueados, uno con la boca amoratada, dos con una mano quiebrada, y un cuarto con un moretón en la mandíbula. El último jadeaba en el suelo, apenas consciente.
El Vermilinguo se sacudía el polvo de los pantalones, claramente exhausto, pero victorioso.
— Eso estuvo difícil!. ¡Pero lo logré!
Los guardabosques no podían creerlo. Uno de ellos alzó la voz:
—¡¿Fuiste tú quien las derrotó?! ¿Tú solo?
—¿Estos chicos? Sí. Estaban dispuestos a atacarme.
—¿Sabías que hay una recompensa por capturarlos? —preguntó uno de las guardabosques, aún incrédulo.
Una recompensa. Dinero. Por derrotarlos.