• ❝Por suerte estamos aquí...❞
    Fandom The Walking Dead
    Categoría Slice of Life
    ㅤㅤㅤ
    ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑
    ㅤㅤㅤㅤ ˹ Daryl Dixon



    Puede que aquella fuera la época en la que realmente tocaran fondo como familia. Todo se volvió más duro y complicado desde que salieron de la Terminal. Gracias a Carol y un golpe de suerte escaparon de aquella trampa mortal de caníbales dispuestos a matarnos. Y con ello se reunieron con Tyresse, quien habia pasado todo aquel tiempo cuidando de Judith. Recuperar a Judith fue la mejor sensación que Liv pudo llevarse consigo.

    Después de aquello, tras salvarle la vida a Gabriel, un pastor que guardaba un terrible secreto, se acomodaron en su iglesia. Allí, el equipo de Abraham les propuso acompañarlos a Washington para que Eugene, quien al parecer podía resolver el problema de los caminantes, obrara un milagro. Y aunque aquello parecía esperanzador, la vida les pondría la zancadilla una y otra vez… Perdieron a Bob por culpa de los supervivientes de La Terminal, encontrarían a Beth en un hospital de Atlanta solo para volver a perderla. Esta vez para siempre. Un golpe muy duro para Maggie, quien habia perdido a su padre unas semanas atrás. Y, para colmo de desgracias, Eugene se reveló como un farsante. Porque, aunque resultaba imposible que un solo hombre pudiera resolver aquello, ellos aun guardaban las esperanzas…

    Incorporaron a Noah al equipo, un chico que habia conocido a Beth en el hospital y que queria regresar a la casa de su madre en Richmond. Solo Rick, Michonne, Glenn y Tyresse lo acompañaron. El resto del grupo se quedó resguardado en una casa a unos kilómetros. Daryl habia estado taciturno desde la muerte de Beth y Liv, sabiendo que a él le habia importado la joven no sabía bien como consolarle. Intentaba dejarle a solas el tiempo que él requería, pero tampoco era capaz de dejarlo pasar. Le dolía verle pasarlo mal…

    Carol habia hablado con Liv mientras esperaban por noticias de Rick o los demás:

    -Tiene que dejar ir el dolor. Daryl es… Bueno, ya le conoces -dijo Carol mientras reunían bayas para hacer algo de comer- Es introspectivo, callado y se guarda esas cosas para sí mismo… Acabará explotando…

    Asi que, con esas palabras en mente, Liv habia decidido salir a acompañar a Daryl a buscar algo de caza. No habia hecho falta proponérselo. Simplemente, se compenetraban asi de bien, a pesar de todo… Por lo que los dos recorrían el bosque aledaño a la casita donde se alojaban, en silencio intentando no hacer ruido. Solo cuando encontraron un par de conejos y regresaban, Liv se atrevió a hablar. Alargó una mano hacia la masculina y tiró de él levemente para llamar su atención.

    -Oye… -le dijo dando un paso adelante para colocarse delante de él- Sé que… quizás ahora no es el mejor momento, pero… no puedes guardártelo dentro…- le dijo solamente- Estoy aquí. Siempre. Y no volveré a irme -le aseguró antes de acortar la distancia entre los dos y dejar un beso cariñoso en su labio inferior.
    Por supuesto, aún era demasiado pronto para que Daryl se decidiera a hablar. Aun asi, Liv no se separaba de él. Lo buscaba para dormir, compartía con él la poca comida que tenían y cuando lo de Richmond resultó ser un fracaso, perdieron tambien a Tyresse y tuvieron que regresar a la carretera (aunque ahora con un destino ya que Michonne pensó que Eugene queria ir a DC por algo), respetó sus espacios y momentos de ausencia.

    Lo ocurrido en el granero, aquella tormenta que logró volver a aunar al grupo, ayudó a limpiar un poco la racha de mala suerte, pero más la limpió el momento en que un desconocido llamado Aaron apareció en escena con intenciones de llevarlos a su hogar. Aunque Rick fue reticente al principio, lo cierto era que Liv estaba en desacuerdo con él. Al igual que Maggie y Sasha, quienes lo habían encontrado primero. No se cortó un pelo en contarle sus impresiones a Daryl, con quien habia revisado la carretera siguiendo las ordenes de su padre.

    -Pues yo si creo que Aaron dice la verdad -dijo, y ante la mirada de Daryl, ella se encogió de hombros- No sé, llámame ingenua, pero creo que puede funcionar. Creo que hemos tenido bastante mala suerte en las ultimas semanas como para que algo se nos vuelva a ir a la mierda. Entiendo que papá esté a la defensiva, pero… Ha de ser algo bueno de verdad…

    Y lo fue. Fueron horas tensas pero tras encontrar al, a todas luces, novio de Aaron, el grupo entero consiguió llegar hasta las puertas enrejadas de Alejandria. Aaron no habia mentido. Habia muros, se escuchaban niños en el interior del enclave y estaba seguro… Liv alzó las cejas hacia Daryl en un mudo: “¿Lo ves?”

    Tras dejar sus armas en la armería, aunque no le hiciera demasiada gracia deshacerse de su arco de poleas (el que Daryl habia rescatado de Joe y su grupo de saqueadores y que Carol habia encontrado después en La Terminal), lo dejó sobre la mesa metálica al lado de la ballesta de Daryl. Después de aquello llegó la hora de las entrevistas con Deanna, la líder de Alejandria. Primero fue Rick, después Carl, y tras aquello llegó el turno de Liv.

    -¿A qué te dedicabas antes? -preguntó Deanna desde su sillón mirándola afablemente.

    Liv miró a su alrededor, sintiendo que era irreal estar sentada en medio de una sala de estar ordenada, limpia y segura. Como si el mundo no se hubiera ido a la mierda. ¿Qué? ¿Mientras ellos habían estado durmiendo en celdas o al raso esa gente habia estado allí todo el tiempo? ¿Sin problemas? ¿Sin enemigos? No sabían la suerte que tenían.

    -Olivia…- la llamó Deanna con suavidad. Liv la miró, sorprendida. Deanna sonrió- ¿A qué te dedicabas antes?

    Liv esbozó una tímida sonrisa de disculpa.

    -Perdone… -pronunció echando una ultima mirada alrededor de forma rápida. Sus dedos tironeaban de un hilo suelto de uno de sus guantes- Pues… Estudiaba medicina -rodó los ojos- Queria… ser cirujana.

    Deanna pareció conforme con su respuesta.

    -Tenemos un médico. Uno muy bueno, quizás te gustaría aprender de él…- propuso Deanna.

    Y Liv, que llevaba mas de un año sin tocar siquiera una aguja, se sintió abrumada.

    -Seria… No quiero ser un estorbo -dijo la muchacha.

    -No digas tonterías. Pete te enseñará todo lo que necesitas -decía Deanna- ¿No te ves siendo médico, Olivia?

    Y Liv, cuyo sueño, desde niña, habia sido ser médico de pronto pensó que quizás tendría oportunidad de realizar su sueño.

    -Me veo… Cuidando de mi familia. De mi padre, de mis hermanos, de Daryl y los demás. Es lo que he hecho desde que todo esto empezó. Aprender a valerme sola. Aprender a sobrevivir… Vivir un día más… -decía la muchacha- No sé -rio algo conmocionada con aquel cambio- Perdóneme… Es que… No me creo esto… Llevamos tanto tiempo fuera que…

    Deanna asintió.

    -Tu padre dice que habéis estado fuera desde el principio. ¿Cómo fue?

    Liv hinchó los mofletes y resopló.

    -Cuando dispararon a mi padre pareció que el mundo se fue a la mierda. Mi madre, Carl y yo salimos de nuestro pueblo con… un amigo de la familia… Y fuimos a Atlanta. Acampamos en el exterior. Después de un mes, o dos… mi padre volvió. Nos encontró. Y después… El Centro de Control de Enfermedades, una granja en medio de Georgia, la carretera, una prisión, la carretera otra vez…

    Deanna asintió.

    -Parece que habéis hecho un largo recorrido…

    Liv asintió.

    -No se lo imagina…



    #Personajes3D #3D #Comunidad3D #Starter #TheWalkingDead
    ㅤㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑 ㅤㅤㅤㅤ ˹ [DarylDixon] Puede que aquella fuera la época en la que realmente tocaran fondo como familia. Todo se volvió más duro y complicado desde que salieron de la Terminal. Gracias a Carol y un golpe de suerte escaparon de aquella trampa mortal de caníbales dispuestos a matarnos. Y con ello se reunieron con Tyresse, quien habia pasado todo aquel tiempo cuidando de Judith. Recuperar a Judith fue la mejor sensación que Liv pudo llevarse consigo. Después de aquello, tras salvarle la vida a Gabriel, un pastor que guardaba un terrible secreto, se acomodaron en su iglesia. Allí, el equipo de Abraham les propuso acompañarlos a Washington para que Eugene, quien al parecer podía resolver el problema de los caminantes, obrara un milagro. Y aunque aquello parecía esperanzador, la vida les pondría la zancadilla una y otra vez… Perdieron a Bob por culpa de los supervivientes de La Terminal, encontrarían a Beth en un hospital de Atlanta solo para volver a perderla. Esta vez para siempre. Un golpe muy duro para Maggie, quien habia perdido a su padre unas semanas atrás. Y, para colmo de desgracias, Eugene se reveló como un farsante. Porque, aunque resultaba imposible que un solo hombre pudiera resolver aquello, ellos aun guardaban las esperanzas… Incorporaron a Noah al equipo, un chico que habia conocido a Beth en el hospital y que queria regresar a la casa de su madre en Richmond. Solo Rick, Michonne, Glenn y Tyresse lo acompañaron. El resto del grupo se quedó resguardado en una casa a unos kilómetros. Daryl habia estado taciturno desde la muerte de Beth y Liv, sabiendo que a él le habia importado la joven no sabía bien como consolarle. Intentaba dejarle a solas el tiempo que él requería, pero tampoco era capaz de dejarlo pasar. Le dolía verle pasarlo mal… Carol habia hablado con Liv mientras esperaban por noticias de Rick o los demás: -Tiene que dejar ir el dolor. Daryl es… Bueno, ya le conoces -dijo Carol mientras reunían bayas para hacer algo de comer- Es introspectivo, callado y se guarda esas cosas para sí mismo… Acabará explotando… Asi que, con esas palabras en mente, Liv habia decidido salir a acompañar a Daryl a buscar algo de caza. No habia hecho falta proponérselo. Simplemente, se compenetraban asi de bien, a pesar de todo… Por lo que los dos recorrían el bosque aledaño a la casita donde se alojaban, en silencio intentando no hacer ruido. Solo cuando encontraron un par de conejos y regresaban, Liv se atrevió a hablar. Alargó una mano hacia la masculina y tiró de él levemente para llamar su atención. -Oye… -le dijo dando un paso adelante para colocarse delante de él- Sé que… quizás ahora no es el mejor momento, pero… no puedes guardártelo dentro…- le dijo solamente- Estoy aquí. Siempre. Y no volveré a irme -le aseguró antes de acortar la distancia entre los dos y dejar un beso cariñoso en su labio inferior. Por supuesto, aún era demasiado pronto para que Daryl se decidiera a hablar. Aun asi, Liv no se separaba de él. Lo buscaba para dormir, compartía con él la poca comida que tenían y cuando lo de Richmond resultó ser un fracaso, perdieron tambien a Tyresse y tuvieron que regresar a la carretera (aunque ahora con un destino ya que Michonne pensó que Eugene queria ir a DC por algo), respetó sus espacios y momentos de ausencia. Lo ocurrido en el granero, aquella tormenta que logró volver a aunar al grupo, ayudó a limpiar un poco la racha de mala suerte, pero más la limpió el momento en que un desconocido llamado Aaron apareció en escena con intenciones de llevarlos a su hogar. Aunque Rick fue reticente al principio, lo cierto era que Liv estaba en desacuerdo con él. Al igual que Maggie y Sasha, quienes lo habían encontrado primero. No se cortó un pelo en contarle sus impresiones a Daryl, con quien habia revisado la carretera siguiendo las ordenes de su padre. -Pues yo si creo que Aaron dice la verdad -dijo, y ante la mirada de Daryl, ella se encogió de hombros- No sé, llámame ingenua, pero creo que puede funcionar. Creo que hemos tenido bastante mala suerte en las ultimas semanas como para que algo se nos vuelva a ir a la mierda. Entiendo que papá esté a la defensiva, pero… Ha de ser algo bueno de verdad… Y lo fue. Fueron horas tensas pero tras encontrar al, a todas luces, novio de Aaron, el grupo entero consiguió llegar hasta las puertas enrejadas de Alejandria. Aaron no habia mentido. Habia muros, se escuchaban niños en el interior del enclave y estaba seguro… Liv alzó las cejas hacia Daryl en un mudo: “¿Lo ves?” Tras dejar sus armas en la armería, aunque no le hiciera demasiada gracia deshacerse de su arco de poleas (el que Daryl habia rescatado de Joe y su grupo de saqueadores y que Carol habia encontrado después en La Terminal), lo dejó sobre la mesa metálica al lado de la ballesta de Daryl. Después de aquello llegó la hora de las entrevistas con Deanna, la líder de Alejandria. Primero fue Rick, después Carl, y tras aquello llegó el turno de Liv. -¿A qué te dedicabas antes? -preguntó Deanna desde su sillón mirándola afablemente. Liv miró a su alrededor, sintiendo que era irreal estar sentada en medio de una sala de estar ordenada, limpia y segura. Como si el mundo no se hubiera ido a la mierda. ¿Qué? ¿Mientras ellos habían estado durmiendo en celdas o al raso esa gente habia estado allí todo el tiempo? ¿Sin problemas? ¿Sin enemigos? No sabían la suerte que tenían. -Olivia…- la llamó Deanna con suavidad. Liv la miró, sorprendida. Deanna sonrió- ¿A qué te dedicabas antes? Liv esbozó una tímida sonrisa de disculpa. -Perdone… -pronunció echando una ultima mirada alrededor de forma rápida. Sus dedos tironeaban de un hilo suelto de uno de sus guantes- Pues… Estudiaba medicina -rodó los ojos- Queria… ser cirujana. Deanna pareció conforme con su respuesta. -Tenemos un médico. Uno muy bueno, quizás te gustaría aprender de él…- propuso Deanna. Y Liv, que llevaba mas de un año sin tocar siquiera una aguja, se sintió abrumada. -Seria… No quiero ser un estorbo -dijo la muchacha. -No digas tonterías. Pete te enseñará todo lo que necesitas -decía Deanna- ¿No te ves siendo médico, Olivia? Y Liv, cuyo sueño, desde niña, habia sido ser médico de pronto pensó que quizás tendría oportunidad de realizar su sueño. -Me veo… Cuidando de mi familia. De mi padre, de mis hermanos, de Daryl y los demás. Es lo que he hecho desde que todo esto empezó. Aprender a valerme sola. Aprender a sobrevivir… Vivir un día más… -decía la muchacha- No sé -rio algo conmocionada con aquel cambio- Perdóneme… Es que… No me creo esto… Llevamos tanto tiempo fuera que… Deanna asintió. -Tu padre dice que habéis estado fuera desde el principio. ¿Cómo fue? Liv hinchó los mofletes y resopló. -Cuando dispararon a mi padre pareció que el mundo se fue a la mierda. Mi madre, Carl y yo salimos de nuestro pueblo con… un amigo de la familia… Y fuimos a Atlanta. Acampamos en el exterior. Después de un mes, o dos… mi padre volvió. Nos encontró. Y después… El Centro de Control de Enfermedades, una granja en medio de Georgia, la carretera, una prisión, la carretera otra vez… Deanna asintió. -Parece que habéis hecho un largo recorrido… Liv asintió. -No se lo imagina… #Personajes3D #3D #Comunidad3D #Starter #TheWalkingDead
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    Grupal
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    Cualquier línea
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  • https://youtu.be/how2fuwTBdE?is=ZiF2mwM8Z8NOFQn4

    Jason Jaegerjaquez Ishtar

    *EL NUEVO MUNDO.*

    No aparto la mirada de tus ojos.

    Porque ahora sí puedo verte completo.

    No al hombre.
    No al asesino.
    No al demonio que aprendió a disfrutar de la crueldad como si fuese respirar.

    Te veo a ti.

    Y quizás por eso…
    no siento miedo.

    Mi mano asciende lentamente hasta cubrir la tuya sobre mi mejilla.
    El hilo rojo late entre ambos como si fuese un nervio vivo.
    Como si el propio caos estuviese escuchándonos.

    —Selin sigue hablándome en sueños.

    Mi voz apenas es un susurro.

    —Y cuanto más escucho… más entiendo que este mundo nació roto.

    El vacío a nuestro alrededor palpita.
    Sin cielo.
    Sin tierra.
    Sólo nosotros.

    —Las almas fueron encerradas en cuerpos imperfectos.
    Separadas.
    Condenadas a sentir miedo, odio, hambre, pérdida…
    A vivir aisladas unas de otras creyéndose individuos.

    Cierro los ojos apenas un instante.

    —Pero yo puedo escucharlas.
    Puedo sentir cómo todas desean lo mismo.

    Mi frente termina apoyándose contra la tuya.

    —Conectarse.

    El hilo rojo resplandece con más intensidad.
    Como una arteria atravesando la oscuridad absoluta.

    —Quiero destruir este mundo.
    No por odio.
    No por venganza.

    —Quiero destruirlo para reconstruirlo.

    Cada palabra cae lenta.
    Irrevocable.

    —Un lugar donde ningún corazón vuelva a estar solo.
    Donde las almas puedan tocarse entre sí.
    Comprenderse.
    Sentirse.
    Como una única existencia perfecta.

    Mi pulgar roza apenas tus labios.

    —Y para alcanzar algo así…

    Silencio.

    —Todo tiene que morir primero.

    Mis ojos entreabiertos buscan los tuyos una última vez.

    Y entonces sonrío.

    Triste.
    Hambrienta.
    Decidida.

    —En nombre del Caos.

    Después de pronunciarlo, reduzco la distancia entre ambos.

    No es un beso apasionado.
    Ni desesperado.

    Es apenas un roce lento de labios.
    Un juramento.

    Un pacto.

    El tiempo suficiente para sentir tu respiración mezclarse con la mía antes de separarme unos centímetros.

    —Y tú…

    Mis dedos aprietan suavemente el hilo rojo.

    —Serás mi adalid, Jason.
    https://youtu.be/how2fuwTBdE?is=ZiF2mwM8Z8NOFQn4 [Jason07] *EL NUEVO MUNDO.* No aparto la mirada de tus ojos. Porque ahora sí puedo verte completo. No al hombre. No al asesino. No al demonio que aprendió a disfrutar de la crueldad como si fuese respirar. Te veo a ti. Y quizás por eso… no siento miedo. Mi mano asciende lentamente hasta cubrir la tuya sobre mi mejilla. El hilo rojo late entre ambos como si fuese un nervio vivo. Como si el propio caos estuviese escuchándonos. —Selin sigue hablándome en sueños. Mi voz apenas es un susurro. —Y cuanto más escucho… más entiendo que este mundo nació roto. El vacío a nuestro alrededor palpita. Sin cielo. Sin tierra. Sólo nosotros. —Las almas fueron encerradas en cuerpos imperfectos. Separadas. Condenadas a sentir miedo, odio, hambre, pérdida… A vivir aisladas unas de otras creyéndose individuos. Cierro los ojos apenas un instante. —Pero yo puedo escucharlas. Puedo sentir cómo todas desean lo mismo. Mi frente termina apoyándose contra la tuya. —Conectarse. El hilo rojo resplandece con más intensidad. Como una arteria atravesando la oscuridad absoluta. —Quiero destruir este mundo. No por odio. No por venganza. —Quiero destruirlo para reconstruirlo. Cada palabra cae lenta. Irrevocable. —Un lugar donde ningún corazón vuelva a estar solo. Donde las almas puedan tocarse entre sí. Comprenderse. Sentirse. Como una única existencia perfecta. Mi pulgar roza apenas tus labios. —Y para alcanzar algo así… Silencio. —Todo tiene que morir primero. Mis ojos entreabiertos buscan los tuyos una última vez. Y entonces sonrío. Triste. Hambrienta. Decidida. —En nombre del Caos. Después de pronunciarlo, reduzco la distancia entre ambos. No es un beso apasionado. Ni desesperado. Es apenas un roce lento de labios. Un juramento. Un pacto. El tiempo suficiente para sentir tu respiración mezclarse con la mía antes de separarme unos centímetros. —Y tú… Mis dedos aprietan suavemente el hilo rojo. —Serás mi adalid, Jason.
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  • Nunca había imaginado llegar a querer tanto a alguien. Nunca habia imaginado que alguien ajeno a su circulo familiar le importase tanto. Ese cazador habia llegado en el momento mas inesperado, más inoportuno y habia conseguido hacerse un hueco enorme en su corazón. Habia anidado allí y habia prometido no desaparecer.

    Le quería. Oh dios. Lo queria muchísimo. Era la persona que mejor sabia hacerla reir, quien mejor sabia entender sus silencios, quien sabia leer a través de sus miradas pensativas y sus tics nerviosos. Dean Winchester era la persona que mejor la conocía. Y por primera vez a Hope aquello no le asustaba. Porque lo queria sin reparos, sin dudas, sin murallas. Lo queria porque era su elección, porque lo seria cada día de su vida aunque nadie le pidiera que lo hiciera.

    -Te quiero. Lo sabes, ¿no? -preguntó ella apoyando su mejilla contra la frente de él tras depositar un beso en esta. Sus brazos, los cuales rodeaban la espalda del cazador se estiraron perezosamente un momento antes de abrazarle de forma cariñosa. Después, sus labios esbozaron una sonrisa, porque le gustaba decirlo. Porque le gustaba escucharle decir que lo sabia, y escucharle decir "te quiero" después.
    Nunca había imaginado llegar a querer tanto a alguien. Nunca habia imaginado que alguien ajeno a su circulo familiar le importase tanto. Ese cazador habia llegado en el momento mas inesperado, más inoportuno y habia conseguido hacerse un hueco enorme en su corazón. Habia anidado allí y habia prometido no desaparecer. Le quería. Oh dios. Lo queria muchísimo. Era la persona que mejor sabia hacerla reir, quien mejor sabia entender sus silencios, quien sabia leer a través de sus miradas pensativas y sus tics nerviosos. [BxbyDriver] era la persona que mejor la conocía. Y por primera vez a Hope aquello no le asustaba. Porque lo queria sin reparos, sin dudas, sin murallas. Lo queria porque era su elección, porque lo seria cada día de su vida aunque nadie le pidiera que lo hiciera. -Te quiero. Lo sabes, ¿no? -preguntó ella apoyando su mejilla contra la frente de él tras depositar un beso en esta. Sus brazos, los cuales rodeaban la espalda del cazador se estiraron perezosamente un momento antes de abrazarle de forma cariñosa. Después, sus labios esbozaron una sonrisa, porque le gustaba decirlo. Porque le gustaba escucharle decir que lo sabia, y escucharle decir "te quiero" después.
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  • ❝Todo colapsó...❞
    Fandom Supernatural
    Categoría Acción
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ Dean Winchester


    ¿Nunca has pensado en la posibilidad de la existencia de mundos paralelos? Ya sabes, mundos que parecen iguales al tuyo y que difieren en pequeños y simples aspectos. El efecto mariposa elevado a la máxima potencia. Tal vez si le hubieras plantado cara a esa abusona en el instituto en lugar de agachar la cabeza y continuar por el pasillo hoy serias dueña de una multinacional. Decisiones mínimas que tomamos a diario pueden desentrañar cambios impresionantes. ¡BUM! Mundos paralelos.

    Bueno, en nuestro caso no es tan sencillo. Digamos que en esta realidad la creación de mundos paralelos no depende de nuestras decisiones, más bien de las de un ser codicioso, despreciable y aburrido. Un tipo que crea mundos enteros y los deshecha cuando no le entretienen lo suficiente. Y uno de estos mundos descartados y abandonado a su buena suerte era el mundo en el que Sadie vivía. Claro que las personas del planeta no sabían que Dios habia cerrado la puerta y se habia mudado de edificio. Ellos vivían sus vidas cotidianas, con el vaivén de las vicisitudes del día a día.

    Y luego estaba la cara B. El mundo sobrenatural, los Hombres de Letras y los cazadores. Los que aterrorizaban a los inocentes por la noche y los que los combatían. Sadie Torres era una de ellas. Se habia formado como bruja y habia terminado viendo como su vida era destrozada por un grupo de vampiros. No os voy a mentir, aquel desenlace fue terrible, pero abrió una puerta desconocida para Sadie y le consiguió un puesto en la prestigiosa organización de Los Hombres de Letras de Estados Unidos.

    Los Hombres de Letras era el cuerpo de elite del conocimiento sobrenatural, contaban con equipos de cazadores, de agentes y estudiosos. Poseían búnkeres por todo el mundo. Varios en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, Bélgica. En fin… En cada parte del mundo la organización habia extendido sus largos dedos con intención de mantener el orden y la estabilidad de un mundo cada vez más caótico.

    Y los lideres de esa organización en Estados Unidos eran los Winchester. John dirigía el bunker de Kansas y se coordinaba con el resto de búnkeres y miembros del país. Mary, su mujer, prefería el trabajo de campo y entrenaba y salvaba a nuevos cazadores y futuros reclutas. Luego estaban sus hijos: Sam y Dean. Sam era experto en demonología y Angeología. Y Dean… el mayor, era de los que preferían mancharse las manos. Un excelente estratega, habilidoso en la batalla y con una mente brillante y avispada. A menudo Sadie bromeaba con él diciendo que bien parecía McGyver, capaz de construir una bomba con un chiche y un boli bic.

    Sadie y Dean se compenetraban a la perfección. Tanto que comenzaron a realizar salidas juntos: cacerías, salvamento de inocentes, resolución de misterios… Y, como era de esperar, se enamoraron. Tanto que Dean se sintió con la confianza de dar el siguiente paso tres años después de conocer a Sadie. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que… el universo empezó a colapsar sobre sí mismo…

    Literalmente.

    Al principio eran solamente noticias raras sobre meteoritos y extraños movimientos de tierra. Después comenzaron las catástrofes naturales: maremotos en Indonesia y Europa, terremotos en Estados Unidos, derrumbamiento de acantilados y puentes… Y entonces… llegó el fin del mundo sin que nadie supiera qué hacer para detener aquello.

    John Winchester se pasó una mano por el rostro, abatido. Apenas se sentía capaz de alzar la mirada hacia los cazadores y miembros de la organización. Sadie pudo ver que no sabía qué decirles a pesar de haberlos reunido allí como su líder. Sadie sabía que, ante el fin del mundo, ni siquiera el todopoderoso John Winchester, su suegro, sabia como proteger a su gente y que solo era cuestión de tiempo que el bunker cayera sobre sus cabezas.

    -Ha llegado la hora… El mundo se va al infierno y no hay forma de pararlo. No voy a pediros que os quedéis. Si teneis familia, si teneis algo ahí afuera, volved a casa con vuestros seres queridos. Me duele decir esto pero, por primera vez, no encuentro la forma de detener esto…

    Sadie tragó saliva de forma pesada y se aferró aún más a la mano de Dean. Este captó el gesto y alzó ese brazo para rodear el cuello de Sadie estrechándola contra sí y dejar después un beso en su cabello.

    -Saldremos de esta, ¿vale? -le dijo en voz baja- No sé cómo, pero te pondré a salvo…

    Sadie asintió solamente.

    Tras aquella funesta reunión fueron muchos de sus amigos los que decidieron abandonar el bunker para poder pasar sus últimos dias con sus seres queridos. En las despedidas todo eran buenos deseos, abrazos y lágrimas silenciosas de dolor y frustración. Y menos de tres dias después solo la familia Winchester restaba en el bunker. Aunque estos eran resilientes y cabezotas. Sadie sobre todo. Intentó buscar y crear hechizos que pudieran protegerlos pero ninguno funcionaba…

    Absolutamente. Ninguno.

    Y entonces… no hubo escapatoria.

    Era de noche en el resto del mundo pero en el interior del bunker de Lebanon la familia superviviente corría para salvar sus vidas. La corriente eléctrica habia fallado y el color rojizo de las luces de emergencia parpadeando iluminaban el pasillo de forma mortecina. El primer temblor habia puesto a la familia Winchester en alerta. Después llegó una sacudida aún más fuerte y el panel de seguridad empezó a timbrar de forma estridente y aguda avisando de un fallo de seguridad en la estructura. No era tal, pues lo cierto era que medio edificio se habia derrumbado desde uno de los lados cayendo sobre la gruesa capa de hormigón y piedra.

    Sadie, Sam y Dean corrían por el pasillo que llegaba hasta la biblioteca. Corazones latiendo a toda velocidad, compungidos ante los sonidos de golpes sobre sus cabezas y el tintineo de los azulejos de las paredes al resquebrajarse a su paso. Sadie aferraba la mano de Dean y sentía clavarse el anillo de compromiso entre sus otros dedos al ser estos oprimidos por la fuerza de la mano de su prometido.

    De pronto el pasillo colapsó sobre sí mismo y los tres tuvieron que retroceder entre el polvo y los cascotes de hormigón. Dean agarró a Sadie apartándola de la trayectoria de los escombros que caían y la estrechó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo y sus manos.

    -¿Estás bien? -preguntó él con la voz ronca a causa del polvo en el ambiente.

    Sadie asintió tosiendo ligeramente.

    -¡Por aquí! -bramó la voz de John desde la entrada de la cocina. No podían verle con el humo reinante en el ambiente, pero todos sabían dónde se encontraba la puerta asi que retrocedieron hasta dar con las manos de Mary y John que los guiaron hasta el interior de la cocina.

    -¡Esto se va a la mierda! -gritó Dean- ¿Podemos llegar al garaje?

    John negó con la cabeza.

    -El techo se ha derrumbado y la puerta está bloqueada… -dijo Mary.

    -Joder… -masculló Dean.

    John posó una mano en la espalda de Mary guiándola hacia la otra salida de la sala.

    -Tenemos que irnos ahora mismo. O moriremos aquí abajo. Solo podemos salir por la puerta de la sala de guerra… Es arriesgado…

    Sadie todavia tosía el humo y polvo que habia aspirado.

    -Puedo intentar contener el derrumbe y daros una oportunidad -dijo ella con voz débil.

    Dean la miró como si acabara de ver a ET recién aterrizado.

    -¿Estás loca? No, ni de coña. Nos vamos. Todos.

    John hizo una seña con un gesto de su cabeza.

    -Pues tiene que ser ahora. ¡Ya! ¡Vamos!

    De modo que los cinco salieron corriendo por la segunda puerta de la cocina, la que quedaba más cerca de la biblioteca. Las luces rojas impedían estar seguro de por donde uno pisaba y tener que esquivar mesas y sillas no era una tarea facil mientras el escenario temblaba.

    De pronto un enorme estruendo y una sacudida al edificio hizo que Sam, Dean y Sadie cayeran al suelo.

    -¡NO! ¡MAMÁ!

    Sadie pudo escuchar el grito desgarrador de Dean cuando al incorporarse descubrió que John y Mary Winchester no habían podido llegar a la biblioteca antes de que el pasillo colapsara sobre ellos, atrapándolos bajo los escombros. El cazador corrió a intentar quitar las piedras, con la esperanza de poder llegar hasta sus padres a pesar de la mancha de sangre que comenzaba a brotar en el suelo en un fino reguero.

    -¡DEAN! -lo llamó Sam mientras Sadie y él llegaban hasta Dean para intentar detenerlo.

    -¡Dean! ¡Cariño, tenemos que salir de aquí! -le pidió la bruja a su prometido- ¡Dean! ¡Por favor!

    El cazador cejó en su empeño con rabia, dolor y frustración. Se incorporó pasándose el dorso de la muñeca por el rostro para limpiar su visión de polvo y lágrimas y asintió tomando rápidamente la mano de Sadie para salir corriendo hacia la salida. Estaban cerca. Tan cerca…

    Y de pronto…

    -¡DEAN! -fue todo lo que Sadie escuchó antes de que Sam apartara a Dean de un empujón. Dean cayó al suelo y Sam desapareció de la vista de los dos debajo de una nube de piedra y polvo.

    -No… Nonononono…¡NO! ¡SAM! -la voz rota de Dean destrozó el corazón de Sadie.

    -Dean… Dean… Tenemos que irnos… ¡Dean!

    Sadie buscó el brazo de su prometido con la mano y trató de tirar de él para apartarlo de aquelle enorme grieta en el techo. Todo sucedió muy rapido después de aquello. Sadie advirtió el sonido de la piedra desprendiéndose. Su mirada buscó a Dean y vio el miedo en los ojos verdes de Dean un segundo antes de que el techo comenzara a caer sobre él.

    -¡DEAN!- gritó Sadie. Alargó sus manos hacia él liberando una onda expansiva de magia con intención de apartarlo del derrumbe. Pero esta golpeó contra uno de los símbolos de protección tallados en la piedra del arco principal de la entrada a la biblioteca y entonces…. Todo explotó. Y se volvió negro.

    >> Todo era normal en el bunker, o al menos tan normal como esos dias en que no se terminaba el mundo. Sam se habia levantado a las seis de la mañana, habia salido a correr… Habia recogido el correo de la oficina de correos del pueblo y habia regresado a casa. Mientras esperaba al regreso de Dean, quien habia bajado a comprar, habia preparado la comida… Como digo, un día absolutamente normal.

    Esa tarde compartían un bourbon ya que Sam habia decidido apartar la mirada de la sección de noticias de la página web que mostraba su ordenador portátil, un rato al ser traicioneramente seducido por la botella que su hermano habia llevado hasta la mesa. Si no habían encontrado a Amara en una semana, no la encontrarían en los siguientes veinte minutos.

    -¿Qué harías tú? -preguntó Sam de pronto, dando voz a una pregunta que habia pasado algunas veces por su cabeza- Si tuviésemos la opción de una vida normal, quiero decir. Yo querría retomar Derecho y… seria increible graduarme antes de los cuarenta y cinco…- bromeó negando con la cabeza- Y el bunker… Podríamos convertirlo en algo más… En algo mejor… Un lugar que ayudase a otros cazadores… ¿Cuál sería tu plan?

    Entonces recordó algo.

    -Antes de que se me olvide… -dijo inclinándose hacia su portátil y cambiando de pestaña en el navegador- Garth cree que hay un caso de poltergeist en Utah. Le dije que le echaríamos un vistazo…

    Y entonces… un fogonazo de luz los sorprendió a ambos. Una luz amarilla que duró un segundo, un destello de una luz de emergencia lejana y de pronto… Una humareda de polvo y algunos cascotes de piedra cayeron sobre el suelo de madera. Sam se levantó a toda velocidad dejando su vaso sobre la mesa y corriendo a ver qué ocurría.

    -¡Dean! -llamó a su hermano al ver el cuerpo de una mujer joven, inconsciente en el suelo. Estaba cubierta de polvo, magullada y tenía heridas recientes en la frente, en la mejilla, en el hombro- ¿Qué demonios…?

    Entonces la muchacha abrió los ojos apenas un par de segundos.

    -¿Dean? -preguntó esbozando una sonrisa cansada.

    Sam miró a su hermano y luego descubrió algo al lado de la muchacha. Se agachó a recogerlo al tiempo que la joven preguntaba de nuevo, casi sin voz ni consciencia:

    -¿Sam…?

    Sam frunció las cejas mientras tomaba un cascote de piedra y se lo enseñaba a su hermano. Era el emblema de la estrella de Acuario que adornaba el arco de la entrada a la biblioteca. Exactamente. El. Mismo. Escudo. De. Piedra.

    Sam lo alzó para compararlo con el que presidia el arco.

    -¿Qué está pasando? -preguntó.
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ [IMPALA.DRIVER] ¿Nunca has pensado en la posibilidad de la existencia de mundos paralelos? Ya sabes, mundos que parecen iguales al tuyo y que difieren en pequeños y simples aspectos. El efecto mariposa elevado a la máxima potencia. Tal vez si le hubieras plantado cara a esa abusona en el instituto en lugar de agachar la cabeza y continuar por el pasillo hoy serias dueña de una multinacional. Decisiones mínimas que tomamos a diario pueden desentrañar cambios impresionantes. ¡BUM! Mundos paralelos. Bueno, en nuestro caso no es tan sencillo. Digamos que en esta realidad la creación de mundos paralelos no depende de nuestras decisiones, más bien de las de un ser codicioso, despreciable y aburrido. Un tipo que crea mundos enteros y los deshecha cuando no le entretienen lo suficiente. Y uno de estos mundos descartados y abandonado a su buena suerte era el mundo en el que Sadie vivía. Claro que las personas del planeta no sabían que Dios habia cerrado la puerta y se habia mudado de edificio. Ellos vivían sus vidas cotidianas, con el vaivén de las vicisitudes del día a día. Y luego estaba la cara B. El mundo sobrenatural, los Hombres de Letras y los cazadores. Los que aterrorizaban a los inocentes por la noche y los que los combatían. Sadie Torres era una de ellas. Se habia formado como bruja y habia terminado viendo como su vida era destrozada por un grupo de vampiros. No os voy a mentir, aquel desenlace fue terrible, pero abrió una puerta desconocida para Sadie y le consiguió un puesto en la prestigiosa organización de Los Hombres de Letras de Estados Unidos. Los Hombres de Letras era el cuerpo de elite del conocimiento sobrenatural, contaban con equipos de cazadores, de agentes y estudiosos. Poseían búnkeres por todo el mundo. Varios en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, Bélgica. En fin… En cada parte del mundo la organización habia extendido sus largos dedos con intención de mantener el orden y la estabilidad de un mundo cada vez más caótico. Y los lideres de esa organización en Estados Unidos eran los Winchester. John dirigía el bunker de Kansas y se coordinaba con el resto de búnkeres y miembros del país. Mary, su mujer, prefería el trabajo de campo y entrenaba y salvaba a nuevos cazadores y futuros reclutas. Luego estaban sus hijos: Sam y Dean. Sam era experto en demonología y Angeología. Y Dean… el mayor, era de los que preferían mancharse las manos. Un excelente estratega, habilidoso en la batalla y con una mente brillante y avispada. A menudo Sadie bromeaba con él diciendo que bien parecía McGyver, capaz de construir una bomba con un chiche y un boli bic. Sadie y Dean se compenetraban a la perfección. Tanto que comenzaron a realizar salidas juntos: cacerías, salvamento de inocentes, resolución de misterios… Y, como era de esperar, se enamoraron. Tanto que Dean se sintió con la confianza de dar el siguiente paso tres años después de conocer a Sadie. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que… el universo empezó a colapsar sobre sí mismo… Literalmente. Al principio eran solamente noticias raras sobre meteoritos y extraños movimientos de tierra. Después comenzaron las catástrofes naturales: maremotos en Indonesia y Europa, terremotos en Estados Unidos, derrumbamiento de acantilados y puentes… Y entonces… llegó el fin del mundo sin que nadie supiera qué hacer para detener aquello. John Winchester se pasó una mano por el rostro, abatido. Apenas se sentía capaz de alzar la mirada hacia los cazadores y miembros de la organización. Sadie pudo ver que no sabía qué decirles a pesar de haberlos reunido allí como su líder. Sadie sabía que, ante el fin del mundo, ni siquiera el todopoderoso John Winchester, su suegro, sabia como proteger a su gente y que solo era cuestión de tiempo que el bunker cayera sobre sus cabezas. -Ha llegado la hora… El mundo se va al infierno y no hay forma de pararlo. No voy a pediros que os quedéis. Si teneis familia, si teneis algo ahí afuera, volved a casa con vuestros seres queridos. Me duele decir esto pero, por primera vez, no encuentro la forma de detener esto… Sadie tragó saliva de forma pesada y se aferró aún más a la mano de Dean. Este captó el gesto y alzó ese brazo para rodear el cuello de Sadie estrechándola contra sí y dejar después un beso en su cabello. -Saldremos de esta, ¿vale? -le dijo en voz baja- No sé cómo, pero te pondré a salvo… Sadie asintió solamente. Tras aquella funesta reunión fueron muchos de sus amigos los que decidieron abandonar el bunker para poder pasar sus últimos dias con sus seres queridos. En las despedidas todo eran buenos deseos, abrazos y lágrimas silenciosas de dolor y frustración. Y menos de tres dias después solo la familia Winchester restaba en el bunker. Aunque estos eran resilientes y cabezotas. Sadie sobre todo. Intentó buscar y crear hechizos que pudieran protegerlos pero ninguno funcionaba… Absolutamente. Ninguno. Y entonces… no hubo escapatoria. Era de noche en el resto del mundo pero en el interior del bunker de Lebanon la familia superviviente corría para salvar sus vidas. La corriente eléctrica habia fallado y el color rojizo de las luces de emergencia parpadeando iluminaban el pasillo de forma mortecina. El primer temblor habia puesto a la familia Winchester en alerta. Después llegó una sacudida aún más fuerte y el panel de seguridad empezó a timbrar de forma estridente y aguda avisando de un fallo de seguridad en la estructura. No era tal, pues lo cierto era que medio edificio se habia derrumbado desde uno de los lados cayendo sobre la gruesa capa de hormigón y piedra. Sadie, Sam y Dean corrían por el pasillo que llegaba hasta la biblioteca. Corazones latiendo a toda velocidad, compungidos ante los sonidos de golpes sobre sus cabezas y el tintineo de los azulejos de las paredes al resquebrajarse a su paso. Sadie aferraba la mano de Dean y sentía clavarse el anillo de compromiso entre sus otros dedos al ser estos oprimidos por la fuerza de la mano de su prometido. De pronto el pasillo colapsó sobre sí mismo y los tres tuvieron que retroceder entre el polvo y los cascotes de hormigón. Dean agarró a Sadie apartándola de la trayectoria de los escombros que caían y la estrechó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo y sus manos. -¿Estás bien? -preguntó él con la voz ronca a causa del polvo en el ambiente. Sadie asintió tosiendo ligeramente. -¡Por aquí! -bramó la voz de John desde la entrada de la cocina. No podían verle con el humo reinante en el ambiente, pero todos sabían dónde se encontraba la puerta asi que retrocedieron hasta dar con las manos de Mary y John que los guiaron hasta el interior de la cocina. -¡Esto se va a la mierda! -gritó Dean- ¿Podemos llegar al garaje? John negó con la cabeza. -El techo se ha derrumbado y la puerta está bloqueada… -dijo Mary. -Joder… -masculló Dean. John posó una mano en la espalda de Mary guiándola hacia la otra salida de la sala. -Tenemos que irnos ahora mismo. O moriremos aquí abajo. Solo podemos salir por la puerta de la sala de guerra… Es arriesgado… Sadie todavia tosía el humo y polvo que habia aspirado. -Puedo intentar contener el derrumbe y daros una oportunidad -dijo ella con voz débil. Dean la miró como si acabara de ver a ET recién aterrizado. -¿Estás loca? No, ni de coña. Nos vamos. Todos. John hizo una seña con un gesto de su cabeza. -Pues tiene que ser ahora. ¡Ya! ¡Vamos! De modo que los cinco salieron corriendo por la segunda puerta de la cocina, la que quedaba más cerca de la biblioteca. Las luces rojas impedían estar seguro de por donde uno pisaba y tener que esquivar mesas y sillas no era una tarea facil mientras el escenario temblaba. De pronto un enorme estruendo y una sacudida al edificio hizo que Sam, Dean y Sadie cayeran al suelo. -¡NO! ¡MAMÁ! Sadie pudo escuchar el grito desgarrador de Dean cuando al incorporarse descubrió que John y Mary Winchester no habían podido llegar a la biblioteca antes de que el pasillo colapsara sobre ellos, atrapándolos bajo los escombros. El cazador corrió a intentar quitar las piedras, con la esperanza de poder llegar hasta sus padres a pesar de la mancha de sangre que comenzaba a brotar en el suelo en un fino reguero. -¡DEAN! -lo llamó Sam mientras Sadie y él llegaban hasta Dean para intentar detenerlo. -¡Dean! ¡Cariño, tenemos que salir de aquí! -le pidió la bruja a su prometido- ¡Dean! ¡Por favor! El cazador cejó en su empeño con rabia, dolor y frustración. Se incorporó pasándose el dorso de la muñeca por el rostro para limpiar su visión de polvo y lágrimas y asintió tomando rápidamente la mano de Sadie para salir corriendo hacia la salida. Estaban cerca. Tan cerca… Y de pronto… -¡DEAN! -fue todo lo que Sadie escuchó antes de que Sam apartara a Dean de un empujón. Dean cayó al suelo y Sam desapareció de la vista de los dos debajo de una nube de piedra y polvo. -No… Nonononono…¡NO! ¡SAM! -la voz rota de Dean destrozó el corazón de Sadie. -Dean… Dean… Tenemos que irnos… ¡Dean! Sadie buscó el brazo de su prometido con la mano y trató de tirar de él para apartarlo de aquelle enorme grieta en el techo. Todo sucedió muy rapido después de aquello. Sadie advirtió el sonido de la piedra desprendiéndose. Su mirada buscó a Dean y vio el miedo en los ojos verdes de Dean un segundo antes de que el techo comenzara a caer sobre él. -¡DEAN!- gritó Sadie. Alargó sus manos hacia él liberando una onda expansiva de magia con intención de apartarlo del derrumbe. Pero esta golpeó contra uno de los símbolos de protección tallados en la piedra del arco principal de la entrada a la biblioteca y entonces…. Todo explotó. Y se volvió negro. >> Todo era normal en el bunker, o al menos tan normal como esos dias en que no se terminaba el mundo. Sam se habia levantado a las seis de la mañana, habia salido a correr… Habia recogido el correo de la oficina de correos del pueblo y habia regresado a casa. Mientras esperaba al regreso de Dean, quien habia bajado a comprar, habia preparado la comida… Como digo, un día absolutamente normal. Esa tarde compartían un bourbon ya que Sam habia decidido apartar la mirada de la sección de noticias de la página web que mostraba su ordenador portátil, un rato al ser traicioneramente seducido por la botella que su hermano habia llevado hasta la mesa. Si no habían encontrado a Amara en una semana, no la encontrarían en los siguientes veinte minutos. -¿Qué harías tú? -preguntó Sam de pronto, dando voz a una pregunta que habia pasado algunas veces por su cabeza- Si tuviésemos la opción de una vida normal, quiero decir. Yo querría retomar Derecho y… seria increible graduarme antes de los cuarenta y cinco…- bromeó negando con la cabeza- Y el bunker… Podríamos convertirlo en algo más… En algo mejor… Un lugar que ayudase a otros cazadores… ¿Cuál sería tu plan? Entonces recordó algo. -Antes de que se me olvide… -dijo inclinándose hacia su portátil y cambiando de pestaña en el navegador- Garth cree que hay un caso de poltergeist en Utah. Le dije que le echaríamos un vistazo… Y entonces… un fogonazo de luz los sorprendió a ambos. Una luz amarilla que duró un segundo, un destello de una luz de emergencia lejana y de pronto… Una humareda de polvo y algunos cascotes de piedra cayeron sobre el suelo de madera. Sam se levantó a toda velocidad dejando su vaso sobre la mesa y corriendo a ver qué ocurría. -¡Dean! -llamó a su hermano al ver el cuerpo de una mujer joven, inconsciente en el suelo. Estaba cubierta de polvo, magullada y tenía heridas recientes en la frente, en la mejilla, en el hombro- ¿Qué demonios…? Entonces la muchacha abrió los ojos apenas un par de segundos. -¿Dean? -preguntó esbozando una sonrisa cansada. Sam miró a su hermano y luego descubrió algo al lado de la muchacha. Se agachó a recogerlo al tiempo que la joven preguntaba de nuevo, casi sin voz ni consciencia: -¿Sam…? Sam frunció las cejas mientras tomaba un cascote de piedra y se lo enseñaba a su hermano. Era el emblema de la estrella de Acuario que adornaba el arco de la entrada a la biblioteca. Exactamente. El. Mismo. Escudo. De. Piedra. Sam lo alzó para compararlo con el que presidia el arco. -¿Qué está pasando? -preguntó.
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  • El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así.
    Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños.

    Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor.
    Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años.

    Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches.

    Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales.
    Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara.

    Faltaba    dinero.
    Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo.
    Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta.
    Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente.
    Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad.

    𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.

    Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara.
    Eran   como   sus   hijitos.

    El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos.

    Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban.
    Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.

       ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos.
    Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.
       ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜ 
    No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años.
    Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro.
    Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta.

    El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo.
    Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.
     El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos.
    Mine   vio   la   mano   levantarse.

    Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera.
    Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire.

    Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.
       ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜ 

    El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.
       ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜ 

       ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜ 
    Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera.

    Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.
       ❛    Fuera   ❜ 
    Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜

       ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜ 

    Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso.

    Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo.
    La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco.

    Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse.
    Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo.

    Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie.

    Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz.

    El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar.

    El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina.

    Y   se   paró.

    Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro.

    La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos.

    Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos.

    Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo.

    El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso.

    Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue.

    Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era.

    Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
    El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así. Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños. Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor. Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años. Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches. Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales. Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara. Faltaba    dinero. Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo. Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta. Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente. Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad. 𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯. Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara. Eran   como   sus   hijitos. El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos. Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban. Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.    ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos. Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.    ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜  No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años. Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro. Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta. El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo. Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.  El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos. Mine   vio   la   mano   levantarse. Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera. Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire. Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.    ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜  El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.    ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜     ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜  Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera. Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.    ❛    Fuera   ❜  Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜    ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜  Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso. Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo. La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco. Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse. Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo. Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie. Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz. El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar. El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina. Y   se   paró. Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro. La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos. Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos. Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo. El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso. Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue. Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era. Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
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  • Creo que comenzaré a regalar besos haber que tal me va
    Creo que comenzaré a regalar besos haber que tal me va
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  • Vitaligrafo, sobre los vulpafilas, criaturas afortunadamente estériles proveniente de las colmenas infestadas de la luna de Deimos, en Marte, ignoran por completo la voluntad de la colmena y funcionan bajo su propia voluntad, por lo que son considerados neutrales y valiosos para quizá algún día encontrar una cura.

    Hoy compartiré uno de los rasgos más increíbles de supervivencia de estos compañeros infestados, he sido testigo de su virtual inmortalidad y puedo dar fe con mis observaciones, grabaciones y demás evidencia de las muchas veces que escapan del beso de la muerte.

    Cuando su cuerpo es sometido a un daño letal, fatal o explosivo que haría trizas a muchas formas de vida, una nueva herida se abre, una nueva larva con todos los recuerdos, los datos genéticos y habilidades sale expulsado hacia la dirección más lejana posible, lejos de la fuente del daño, por lo que esa larva se esconde y sobrevive lo suficiente para volver a crecer, y no se tardan en crecer.

    El vulpafila mío, tiene la mala costumbre de adherirse al torso de Chroma cuando ocurre esa eventualidad, usando el cuerpo del Warframe como fuente de nutrientes y protección mientras vuelve poco a poco a recuperar su cuerpo original, toma alrededor de una hora volver a la normalidad y se desprende del Warframe cuando ya desarrolla sus extremidades y cola.

    Por supuesto la primera vez me asusto demasiado pensando que perdería también a mi Warframe, sin embargo, mi hipótesis fue errónea y debo admitir que me cuesta contener el deseo del cuerpo de Chroma de quemar al vulpafila en sus primeras resurrecciones, sin embargo, me alivia saber que nunca más volví a sentir incomodidad.
    Vitaligrafo, sobre los vulpafilas, criaturas afortunadamente estériles proveniente de las colmenas infestadas de la luna de Deimos, en Marte, ignoran por completo la voluntad de la colmena y funcionan bajo su propia voluntad, por lo que son considerados neutrales y valiosos para quizá algún día encontrar una cura. Hoy compartiré uno de los rasgos más increíbles de supervivencia de estos compañeros infestados, he sido testigo de su virtual inmortalidad y puedo dar fe con mis observaciones, grabaciones y demás evidencia de las muchas veces que escapan del beso de la muerte. Cuando su cuerpo es sometido a un daño letal, fatal o explosivo que haría trizas a muchas formas de vida, una nueva herida se abre, una nueva larva con todos los recuerdos, los datos genéticos y habilidades sale expulsado hacia la dirección más lejana posible, lejos de la fuente del daño, por lo que esa larva se esconde y sobrevive lo suficiente para volver a crecer, y no se tardan en crecer. El vulpafila mío, tiene la mala costumbre de adherirse al torso de Chroma cuando ocurre esa eventualidad, usando el cuerpo del Warframe como fuente de nutrientes y protección mientras vuelve poco a poco a recuperar su cuerpo original, toma alrededor de una hora volver a la normalidad y se desprende del Warframe cuando ya desarrolla sus extremidades y cola. Por supuesto la primera vez me asusto demasiado pensando que perdería también a mi Warframe, sin embargo, mi hipótesis fue errónea y debo admitir que me cuesta contener el deseo del cuerpo de Chroma de quemar al vulpafila en sus primeras resurrecciones, sin embargo, me alivia saber que nunca más volví a sentir incomodidad.
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  • Así espero recibirte, después te colmaré de besos y abrazos para mostrarte lo mucho que te extraño
    Así espero recibirte, después te colmaré de besos y abrazos para mostrarte lo mucho que te extraño
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ; Esta usuaria aprueba la novela:
    Irura x Chloe

    ¡Ya dense un beso!
    Pongan más GL - grito de fan -
    ; Esta usuaria aprueba la novela: Irura x Chloe ¡Ya dense un beso! Pongan más GL - grito de fan -
    Me enjaja
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  • para todos feliz dia de las Madres y para ti Sasha Ishtar Mi Emperatriz un bello cálido beso en tus hermosos labios azules MADRE.

    #SeductiveSunday de día de las madres para todos
    para todos feliz dia de las Madres y para ti [SashaIshtar] Mi Emperatriz un bello cálido beso en tus hermosos labios azules MADRE. #SeductiveSunday de día de las madres para todos
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