• ☲ | ❖⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ ❝ Oh, they fall into my clutches, begging for more. While I’m left craving, yearning for above and beyond.

    I savour their tongues and become lovedrunk, the same way I feast on freshly spilled blood to quench my rage. It’s all the same thrill, all the same fill.

    There’s no friend or foe, only a line to be pushed. Only a hunger to satisfy. I just need to fuck and kill all the time, and no one's up to par. Ain’t this a terrible curse to have? ⁠❞

    Tardísimo pero seguro [?] - #SeductiveSunday
    ☲ | ❖⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ ❝ Oh, they fall into my clutches, begging for more. While I’m left craving, yearning for above and beyond. I savour their tongues and become lovedrunk, the same way I feast on freshly spilled blood to quench my rage. It’s all the same thrill, all the same fill. There’s no friend or foe, only a line to be pushed. Only a hunger to satisfy. I just need to fuck and kill all the time, and no one's up to par. Ain’t this a terrible curse to have? ⁠❞ Tardísimo pero seguro [?] - #SeductiveSunday
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  • Ya vine yoooo, que han hecho? Hablen jsjs o nose yo los escucho
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  • Θρόνος τοῦ Κεραυνίου Διός
    El Trono del Zeus Keraunios, Señor del Rayo
    Elevándose por encima de todos los salones del Olimpo, allí donde las nubes eternas rozan los pilares del firmamento, se alza el Trono de Zeus, el más alto de todos los palacios divinos. Sus muros están forjados en oro celestial y mármol blanco inmortal, materiales que jamás se desgastan ni conocen el paso del tiempo.
    Inmensas columnas ascienden hacia una bóveda invisible perdida entre rayos de luz divina. Cada una de ellas está grabada con las leyes que rigen el cosmos y los juramentos pronunciados por dioses y mortales desde el inicio de las edades. El aire vibra con el eco lejano de los truenos, como si el propio cielo respirara dentro de la estancia.

    Aquí se sienta Zeus Keraunios, Rey del Olimpo, Guardián del Orden Cósmico y Soberano de los Inmortales
    Θρόνος τοῦ Κεραυνίου Διός El Trono del Zeus Keraunios, Señor del Rayo Elevándose por encima de todos los salones del Olimpo, allí donde las nubes eternas rozan los pilares del firmamento, se alza el Trono de Zeus, el más alto de todos los palacios divinos. Sus muros están forjados en oro celestial y mármol blanco inmortal, materiales que jamás se desgastan ni conocen el paso del tiempo. Inmensas columnas ascienden hacia una bóveda invisible perdida entre rayos de luz divina. Cada una de ellas está grabada con las leyes que rigen el cosmos y los juramentos pronunciados por dioses y mortales desde el inicio de las edades. El aire vibra con el eco lejano de los truenos, como si el propio cielo respirara dentro de la estancia. Aquí se sienta Zeus Keraunios, Rey del Olimpo, Guardián del Orden Cósmico y Soberano de los Inmortales
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  • Hoy una mujer vino con su bebé para una revisión, todo habría salido bien si no hubiera intentado coqueteando como veinte veces, yo solo tengo ojos para mí muñequito.

    Elian Vanthasel
    Hoy una mujer vino con su bebé para una revisión, todo habría salido bien si no hubiera intentado coqueteando como veinte veces, yo solo tengo ojos para mí muñequito. [echo_topaz_fox_144]
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  • ¿Adivina quién está ligeeeramente ebrio hoy? *¡Hic!*
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  • —Iomante.

    El ritual Ainu que anuncia el cierre de un ciclo y el inicio del siguiente. Cuando el verano se acerca, cuando el lienzo interminable de infértil y gélido blanco da paso a tonos más verduzcos y misericordiosos, el agradecimiento se vuelve necesario y compulsivo.

    Es que tenemos que dar las gracias. Al sol, a la nieve, al cielo y a la tierra, a los árboles y al viento. A cada Inaw, a cada Kamuy.

    Tenía varios años implorando que me dejasen participar. Creía que, si lo hacía bien, realmente bien, me aceptarían un poco más. Que podía demostrar, a través del encuentro del acero y la sangre, que era una de ellos, una de ellos en verdad. Que sería el inicio de un ciclo nuevo no solamente para el mundo, sino para mí, también.

    Pero no pude. No pude hacerlo.

    El ritual de Iomante comienza al inicio del año, cuando el invierno está en su punto más despiadado. Un osezno se extrae de la seguridad del seno maternal y se cría en la aldea casi como uno de nosotros... presente, pero diferente. Está ahí, sin ser parte.

    Como yo. Quizás por eso fallé.

    ¿Y cómo podía no fallar? Cuando el punto cumbre llegó y la daga debía de encontrarse con la garganta del animal, algo me frenó.

    ¿Qué era? ¿Compasión? ¿Lástima? ¿Cariño que se había gestado con los meses en los que vivimos juntos?

    Debía morir. El Iomante no está completo hasta que el osezno conoce el frío del acero y transfigura en un Kamuy, un ente divino que se sintoniza con el cambio a su alrededor. Es que la muerte es la única forma de trascender, es que la sangre es la única tinta que indeleble es frente al frío que todo borra, que a todo en nostalgia convierte.

    Pero no pude. No pude.

    Fallé.

    Y aún no sé por qué.

    Porque quitarle la vida a otros seres no era algo nuevo para mí. Porque el sacrificio era algo de todos los días, la necesidad que una vida de fría carencia exige. No era falta de práctica, ni miedo a arrancar otra vida de este plano.

    Lo miré a los ojos. Quería obtener de ellos una respuesta, por cruel, por fría, por devastadora que fuese. Si en esos ojos estaba el testimonio de mi debilidad, de ella no iba a huir. Que me persiguiera, que me destruyera si era necesario.

    Pero quería, más que ninguna otra cosa, saber por qué. Saber por qué no podía, saber qué me estaba deteniendo.

    Y no encontré nada. No encontré una respuesta. De cierta manera, aún hoy la sigo buscando.

    Fallé. Fallé, dejé que escapara.

    Fallé y mentí. Su sangre reemplacé con la mía, que fuesen mi dolor y mi sangre, insuficientes como fuesen, una penitencia por mi fracaso. Incompleto el Iomante de ese año, la sangre presente, pero la muerte, ausente.

    Una vida que me persigue. Una respuesta que nunca obtuve.
    —Iomante. El ritual Ainu que anuncia el cierre de un ciclo y el inicio del siguiente. Cuando el verano se acerca, cuando el lienzo interminable de infértil y gélido blanco da paso a tonos más verduzcos y misericordiosos, el agradecimiento se vuelve necesario y compulsivo. Es que tenemos que dar las gracias. Al sol, a la nieve, al cielo y a la tierra, a los árboles y al viento. A cada Inaw, a cada Kamuy. Tenía varios años implorando que me dejasen participar. Creía que, si lo hacía bien, realmente bien, me aceptarían un poco más. Que podía demostrar, a través del encuentro del acero y la sangre, que era una de ellos, una de ellos en verdad. Que sería el inicio de un ciclo nuevo no solamente para el mundo, sino para mí, también. Pero no pude. No pude hacerlo. El ritual de Iomante comienza al inicio del año, cuando el invierno está en su punto más despiadado. Un osezno se extrae de la seguridad del seno maternal y se cría en la aldea casi como uno de nosotros... presente, pero diferente. Está ahí, sin ser parte. Como yo. Quizás por eso fallé. ¿Y cómo podía no fallar? Cuando el punto cumbre llegó y la daga debía de encontrarse con la garganta del animal, algo me frenó. ¿Qué era? ¿Compasión? ¿Lástima? ¿Cariño que se había gestado con los meses en los que vivimos juntos? Debía morir. El Iomante no está completo hasta que el osezno conoce el frío del acero y transfigura en un Kamuy, un ente divino que se sintoniza con el cambio a su alrededor. Es que la muerte es la única forma de trascender, es que la sangre es la única tinta que indeleble es frente al frío que todo borra, que a todo en nostalgia convierte. Pero no pude. No pude. Fallé. Y aún no sé por qué. Porque quitarle la vida a otros seres no era algo nuevo para mí. Porque el sacrificio era algo de todos los días, la necesidad que una vida de fría carencia exige. No era falta de práctica, ni miedo a arrancar otra vida de este plano. Lo miré a los ojos. Quería obtener de ellos una respuesta, por cruel, por fría, por devastadora que fuese. Si en esos ojos estaba el testimonio de mi debilidad, de ella no iba a huir. Que me persiguiera, que me destruyera si era necesario. Pero quería, más que ninguna otra cosa, saber por qué. Saber por qué no podía, saber qué me estaba deteniendo. Y no encontré nada. No encontré una respuesta. De cierta manera, aún hoy la sigo buscando. Fallé. Fallé, dejé que escapara. Fallé y mentí. Su sangre reemplacé con la mía, que fuesen mi dolor y mi sangre, insuficientes como fuesen, una penitencia por mi fracaso. Incompleto el Iomante de ese año, la sangre presente, pero la muerte, ausente. Una vida que me persigue. Una respuesta que nunca obtuve.
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  • *Bostezo laaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassaaaaaaaasaaargo y miro el teléfono para ver la hora.*

    "Son las....1 de la tarde.....bah, es muy temprano. Creo que hoy es día de Recogimiento espiritual (Eufemismo para referirme a que no pienso levantarme a hacer nada hoy) Ni que Alhoon, ni que banda, ni que Umbra Corp, ni que Uma Musume, meh..... Hoy nada ni nadie me va a sacar de la cama, punto. Buenas noches.."

    *Me di vuelta para taparme por completo con mi mantita de gatitos y seguir durmiendo un buen rato más esperando tener un día tranquilo y que nadie me moleste.

    (Si ven un gatito de fondo se llama 'Chococoptero'. Le puse así porque fue lo primero que se me vino a la cabeza)
    *Bostezo laaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassaaaaaaaasaaargo y miro el teléfono para ver la hora.* "Son las....1 de la tarde.....bah, es muy temprano. Creo que hoy es día de Recogimiento espiritual (Eufemismo para referirme a que no pienso levantarme a hacer nada hoy) Ni que Alhoon, ni que banda, ni que Umbra Corp, ni que Uma Musume, meh..... Hoy nada ni nadie me va a sacar de la cama, punto. Buenas noches.." *Me di vuelta para taparme por completo con mi mantita de gatitos y seguir durmiendo un buen rato más esperando tener un día tranquilo y que nadie me moleste. :STK-23: (Si ven un gatito de fondo se llama 'Chococoptero'. Le puse así porque fue lo primero que se me vino a la cabeza)
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  • A calm, peaceful state of mind, and fragments of an unmoving heart.

    White slippers lined up on the rooftop, distorted flesh sculptures falling from the sky.

    ~ I am the boundary line... the boundary between white and white.


    This uncertain world is a mirage of midsummer, even you are a distant illusion.

    Everything melts into iridescent colors and falls into the chaos.

    I am a paradox, just one paradox...

    And unable to become nothing, I wander in ignorance, a distorted work of flesh.
    A calm, peaceful state of mind, and fragments of an unmoving heart. White slippers lined up on the rooftop, distorted flesh sculptures falling from the sky. ~ I am the boundary line... the boundary between white and white. This uncertain world is a mirage of midsummer, even you are a distant illusion. Everything melts into iridescent colors and falls into the chaos. I am a paradox, just one paradox... And unable to become nothing, I wander in ignorance, a distorted work of flesh.
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  • Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • @Kiro Fushime

    Había sido denigrado en frente de todos por su jefe en la última reunión. Estaba tan molesto que pensaba decirle sus verdades a la cara. Pero luego recordó que si lo despiden, tendrá una vida más miserable.

    Encendió un cigarrillo y comenzó a recorrer su usual camino al apartamento. En una de las plazas que solía pasar cada día vio a varios jóvenes en un pleito, se quedó mirando un rato. Uno de ellos destacaba por sobre los otros, el único que quedó en pie.

    De pronto su mente pareció abrirse, claro, como no se le había ocurrido antes. Ese vino bastardo merecía mearse en los pantalones por tantos años de malos tratos. Con una sonrisa alzó su mano y se acercó al joven.

    — ¡Hey! Hola. ¿Como te llamas? —
    @[zephyr_fuchsia_tiger_296] Había sido denigrado en frente de todos por su jefe en la última reunión. Estaba tan molesto que pensaba decirle sus verdades a la cara. Pero luego recordó que si lo despiden, tendrá una vida más miserable. Encendió un cigarrillo y comenzó a recorrer su usual camino al apartamento. En una de las plazas que solía pasar cada día vio a varios jóvenes en un pleito, se quedó mirando un rato. Uno de ellos destacaba por sobre los otros, el único que quedó en pie. De pronto su mente pareció abrirse, claro, como no se le había ocurrido antes. Ese vino bastardo merecía mearse en los pantalones por tantos años de malos tratos. Con una sonrisa alzó su mano y se acercó al joven. — ¡Hey! Hola. ¿Como te llamas? —
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