• El viaje se hace pesado. Los sollozos de Hilda van silenciándose hasta que cae rendida en el regazo de su madre, quien acaricia y peina su cabello con lentitud. La madre mira de vez en cuando al hombre. Sigue encogiéndose como la primera vez.

    Cubre mejor a Hilda con la manta. Luego se sube ella el cuello de su abrigo. Se estremece. No sabe si por el frío.

    Al final se dirige a él.

    —Gracias.

    Él no se mueve. Mantiene la postura recta, la mirada al frente y la respiración calmada. Pero el cuero de las riendas cruje. Su espalda se tensa un poco más.

    El silencio entre ellos se hace pesado, roto por el sonido de las ruedas y los chirridos de los ejes al girar. La madre mira el fardo que antes era un buen hombre. Se queda un rato dejándose mecer por el traqueteo del carro. Respira hondo y exhala un suspiro tan leve, que apenas se escucha.

    —Si no hubieses estado, ellos...

    —Pero estaba.

    Ella se gira a mirarle. Ve la espalda ancha. La melena oscura desordenada y revuelta. Los brazos anchos envueltos en tela y metal. Luego gira su cara hacia su hija. Los rasgos relajados aún muestran las mejillas rojas y los ojos hinchados. Le acaricia con suavidad la mejilla con la yema de los dedos.

    El resto del trayecto se vuelve algo menos denso. Aunque oscurece. El olor a humo le llega antes que su luz, y le indica a Hakon que están llegando. En una desviación del camino de tierra, se levanta un pequeño poblado con varias casas pequeñas, y una de mayor tamaño tras todas ellas. Está demasiado oscuro, pero se pueden apreciar campos detrás y un pequeño pozo.

    Al llegar a la entrada, alguien reconoce el carro antes que a sus ocupantes y da la voz. Cuando entran en el poblado, un hombre mayor llama a la madre por su nombre: Gudrun. Varias mujeres se acercan. Despiertan a Hilda, que se abraza a su madre y luego, cuando baja, a una mujer más mayor que susurra palabras de consuelo.

    Hakon baja el último. Nadie se acerca. Se queda quieto a un lado del carro mientras todo sucede.

    Llegan los hombres y cargan el cuerpo. Lo llevan a una de las casas. Toda la comitiva detrás encabezada por Gudrun y Hilda. Esta gira su cabeza hacia Hakon. Se miran y ella lo hace hasta que desaparece dentro del edificio junto a los demás.

    La noche se ha vuelto más fría. El silencio se siente pesado. Él sigue junto al carro.
    No sabe cuánto tiempo pasa. Podría irse, pero se queda. Sus ojos vuelven al camino fuera del poblado y se quedan allí un segundo. Dos. Al tercer segundo, un ruido hace que voltee la cabeza. Aparece la mujer mayor que sostuvo a Hilda. Le ofrece una copa de peltre.

    —Gudrun nos lo ha explicado. Gracias por traer a mi hijo a casa.

    Hakon respira hondo. Baja la mirada a la copa y la toma. Los dedos la aprietan con más fuerza de la necesaria.

    —También me dijo que eras un hombre de pocas palabras —da un paso atrás—. Bebe. Te ayudará a entrar en calor.

    Él asiente una sola vez antes de llevarse la bebida a los labios. Bebe. Traga. El hidromiel le abrasa la garganta al bajar. Sostiene después la copa con ambas manos, mirando de vuelta a la mujer.

    Ella sostiene su mirada.

    —Te traeré algo de comer. Y una manta.

    El amanecer trae humedad y frío.

    La ceremonia se realiza con las primeras luces. Hakon escucha entonces el nombre del padre de Hilda varias veces: Leifur. Lo sacan los hombres del pueblo, sobre un lecho de maderas anudadas y tablones. Lo han vestido con sus mejores galas y lleva en su regazo un hacha.

    Le han preparado una pira y lo colocan sobre ella. Hakon no se acerca demasiado. Lo ve todo pero no participa. Gudrun deja su trenza sobre el pecho de Leifur. Lleva un tocado que cubre lo que queda de su melena. Hilda no suelta su mano.

    Alguien toca un instrumento de viento. Alguien canta. Otros se unen. La madre de Leifur habla de su hijo. Era un buen hombre. Hilda llora. Luego prenden fuego a la pira.

    Hakon observa el fuego y como consume la madera. El cuerpo de Leifur desaparece rápido entre las llamas. Ese olor de nuevo. Se obligan a mirar pero termina desviando la mirada a otro lugar. No puede dejar de respirar ese olor.

    Ve entonces los ojos de Hilda. La niña le mira. Está más pálida y tiene ojeras. Su madre también las tiene.

    Siente la sequedad en la boca. Aprieta los labios. También secos. Hace un ademán de cabeza. La niña lo imita. Ella sonríe. Distinto.

    Él no se va hasta que la niña y la mujer se van. Por entonces la pira se reduce a un montón de cenizas. La mitad ya se ha ido. La vida sigue. Él también.

    La anciana le intercepta en la salida del pueblo. No la va visto venir. No la ha olido. Solo huele el humo.

    —Imagino que te vas.

    Hakon solo asiente. Las manos se enredan la una en la otra sobre su regazo.

    —No tienes que hacerlo. Puedes pasar el invierno con nosotros. Gudrun ahora tiene sitio para alguien en su casa y te lo debe—dice bajando la mirada a las manos de Hakon—. El invierno es cruel aquí.

    Hakon se queda quieto. Es una estatua de piedra.

    —Sé que eres peligroso, pero has protegido a Hilda antes. Hazlo por ella. He enterrado hoy a mi hijo y no quiero enterrar a mi nieta. Ese no debe ser el orden de las cosas.

    —Estaba allí. Tenía que defenderme.

    —No es lo que Gudrun dice.

    La mandíbula de Hakon se tensa. Ella lo ve.

    —Estaba asustada —replica él.

    —Cualquiera lo estaría. Pero tú no —baja el tono y coloca su mano en el antebrazo de él—. Debes haber visto y hecho muchas cosas. Pero dime, ¿tienes lugar al que regresar? Una familia, un pueblo, un hogar.

    Hakon se queda quieto. Desaparece la tensión. Hay algo peor. Hay nada.

    —No —responde. La voz más grave. Más ronca—. Y no lo quiero.

    Él entonces se aparta un paso hacia atrás. La anciana recoge su mano y levanta la mirada a la de él.

    —Quédate un solo día. Ve con Hilda, ella te mira. Lo he visto. Ve algo en ti que nadie más ve y creo saber el qué.

    Los párpados caen. La mirada se vuelve de acero.

    —No pertenezco a este lugar.

    —A ninguno, me temo. Pero aquí hay comida, cama y techo.

    No le aparta la mirada.

    Hay un desajuste en la él. Sus ojos van a la casa donde ha visto entrar a la mujer y la niña.

    La anciana entorna la mirada.

    —Sólo un día.
    El viaje se hace pesado. Los sollozos de Hilda van silenciándose hasta que cae rendida en el regazo de su madre, quien acaricia y peina su cabello con lentitud. La madre mira de vez en cuando al hombre. Sigue encogiéndose como la primera vez. Cubre mejor a Hilda con la manta. Luego se sube ella el cuello de su abrigo. Se estremece. No sabe si por el frío. Al final se dirige a él. —Gracias. Él no se mueve. Mantiene la postura recta, la mirada al frente y la respiración calmada. Pero el cuero de las riendas cruje. Su espalda se tensa un poco más. El silencio entre ellos se hace pesado, roto por el sonido de las ruedas y los chirridos de los ejes al girar. La madre mira el fardo que antes era un buen hombre. Se queda un rato dejándose mecer por el traqueteo del carro. Respira hondo y exhala un suspiro tan leve, que apenas se escucha. —Si no hubieses estado, ellos... —Pero estaba. Ella se gira a mirarle. Ve la espalda ancha. La melena oscura desordenada y revuelta. Los brazos anchos envueltos en tela y metal. Luego gira su cara hacia su hija. Los rasgos relajados aún muestran las mejillas rojas y los ojos hinchados. Le acaricia con suavidad la mejilla con la yema de los dedos. El resto del trayecto se vuelve algo menos denso. Aunque oscurece. El olor a humo le llega antes que su luz, y le indica a Hakon que están llegando. En una desviación del camino de tierra, se levanta un pequeño poblado con varias casas pequeñas, y una de mayor tamaño tras todas ellas. Está demasiado oscuro, pero se pueden apreciar campos detrás y un pequeño pozo. Al llegar a la entrada, alguien reconoce el carro antes que a sus ocupantes y da la voz. Cuando entran en el poblado, un hombre mayor llama a la madre por su nombre: Gudrun. Varias mujeres se acercan. Despiertan a Hilda, que se abraza a su madre y luego, cuando baja, a una mujer más mayor que susurra palabras de consuelo. Hakon baja el último. Nadie se acerca. Se queda quieto a un lado del carro mientras todo sucede. Llegan los hombres y cargan el cuerpo. Lo llevan a una de las casas. Toda la comitiva detrás encabezada por Gudrun y Hilda. Esta gira su cabeza hacia Hakon. Se miran y ella lo hace hasta que desaparece dentro del edificio junto a los demás. La noche se ha vuelto más fría. El silencio se siente pesado. Él sigue junto al carro. No sabe cuánto tiempo pasa. Podría irse, pero se queda. Sus ojos vuelven al camino fuera del poblado y se quedan allí un segundo. Dos. Al tercer segundo, un ruido hace que voltee la cabeza. Aparece la mujer mayor que sostuvo a Hilda. Le ofrece una copa de peltre. —Gudrun nos lo ha explicado. Gracias por traer a mi hijo a casa. Hakon respira hondo. Baja la mirada a la copa y la toma. Los dedos la aprietan con más fuerza de la necesaria. —También me dijo que eras un hombre de pocas palabras —da un paso atrás—. Bebe. Te ayudará a entrar en calor. Él asiente una sola vez antes de llevarse la bebida a los labios. Bebe. Traga. El hidromiel le abrasa la garganta al bajar. Sostiene después la copa con ambas manos, mirando de vuelta a la mujer. Ella sostiene su mirada. —Te traeré algo de comer. Y una manta. El amanecer trae humedad y frío. La ceremonia se realiza con las primeras luces. Hakon escucha entonces el nombre del padre de Hilda varias veces: Leifur. Lo sacan los hombres del pueblo, sobre un lecho de maderas anudadas y tablones. Lo han vestido con sus mejores galas y lleva en su regazo un hacha. Le han preparado una pira y lo colocan sobre ella. Hakon no se acerca demasiado. Lo ve todo pero no participa. Gudrun deja su trenza sobre el pecho de Leifur. Lleva un tocado que cubre lo que queda de su melena. Hilda no suelta su mano. Alguien toca un instrumento de viento. Alguien canta. Otros se unen. La madre de Leifur habla de su hijo. Era un buen hombre. Hilda llora. Luego prenden fuego a la pira. Hakon observa el fuego y como consume la madera. El cuerpo de Leifur desaparece rápido entre las llamas. Ese olor de nuevo. Se obligan a mirar pero termina desviando la mirada a otro lugar. No puede dejar de respirar ese olor. Ve entonces los ojos de Hilda. La niña le mira. Está más pálida y tiene ojeras. Su madre también las tiene. Siente la sequedad en la boca. Aprieta los labios. También secos. Hace un ademán de cabeza. La niña lo imita. Ella sonríe. Distinto. Él no se va hasta que la niña y la mujer se van. Por entonces la pira se reduce a un montón de cenizas. La mitad ya se ha ido. La vida sigue. Él también. La anciana le intercepta en la salida del pueblo. No la va visto venir. No la ha olido. Solo huele el humo. —Imagino que te vas. Hakon solo asiente. Las manos se enredan la una en la otra sobre su regazo. —No tienes que hacerlo. Puedes pasar el invierno con nosotros. Gudrun ahora tiene sitio para alguien en su casa y te lo debe—dice bajando la mirada a las manos de Hakon—. El invierno es cruel aquí. Hakon se queda quieto. Es una estatua de piedra. —Sé que eres peligroso, pero has protegido a Hilda antes. Hazlo por ella. He enterrado hoy a mi hijo y no quiero enterrar a mi nieta. Ese no debe ser el orden de las cosas. —Estaba allí. Tenía que defenderme. —No es lo que Gudrun dice. La mandíbula de Hakon se tensa. Ella lo ve. —Estaba asustada —replica él. —Cualquiera lo estaría. Pero tú no —baja el tono y coloca su mano en el antebrazo de él—. Debes haber visto y hecho muchas cosas. Pero dime, ¿tienes lugar al que regresar? Una familia, un pueblo, un hogar. Hakon se queda quieto. Desaparece la tensión. Hay algo peor. Hay nada. —No —responde. La voz más grave. Más ronca—. Y no lo quiero. Él entonces se aparta un paso hacia atrás. La anciana recoge su mano y levanta la mirada a la de él. —Quédate un solo día. Ve con Hilda, ella te mira. Lo he visto. Ve algo en ti que nadie más ve y creo saber el qué. Los párpados caen. La mirada se vuelve de acero. —No pertenezco a este lugar. —A ninguno, me temo. Pero aquí hay comida, cama y techo. No le aparta la mirada. Hay un desajuste en la él. Sus ojos van a la casa donde ha visto entrar a la mujer y la niña. La anciana entorna la mirada. —Sólo un día.
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  • El silencio que de pronto envolvió el momento le incomodó. Demasiado emocional, demasiado íntimo. Retiró su mano después de unos segundos del hombro de su hijo mayor, asintiendo una única vez en su dirección.

    — Necesitas comer, ahora. El viaje será largo. —No era una pregunta ni sugerencia. Su tono lo dejó en claro, pero el caminito de arena que dejó cuando sus pies se elevaron del suelo lo reafirmó. — Mark, ¿Puedes volar ya?

    Y dicho eso, le hizo una señal a Oliver para que se acercara a su hermano, para que sirviera de apoyo.

    El peso de la angustia que había cargado en sus hombros el último par de meses se fue diezmando poco a poco, pero no había tiempo de festejar el alivio, la vida de su primogénito. La guerra los alcanzaría si no se apuraban y sabía que la Coalición no resistiría. Era su única oportunidad de terminar con el Imperio Viltrumita y ya habían perdido suficiente tiempo.

    No se quedó a esperar como es que Oliver ayudaba - O no - a Mark. Alzó el vuelo rápidamente hacia su refugio, para cortar unas lonchas de carne y servir rápido lo que podría ser su última cena en aquel lugar. Sin que lo vieran, se pasó la mano por la barba crecida, ahí donde el menor le había dado el golpe y tuvo que disimular la sonrisa de satisfacción.
    El silencio que de pronto envolvió el momento le incomodó. Demasiado emocional, demasiado íntimo. Retiró su mano después de unos segundos del hombro de su hijo mayor, asintiendo una única vez en su dirección. — Necesitas comer, ahora. El viaje será largo. —No era una pregunta ni sugerencia. Su tono lo dejó en claro, pero el caminito de arena que dejó cuando sus pies se elevaron del suelo lo reafirmó. — Mark, ¿Puedes volar ya? Y dicho eso, le hizo una señal a Oliver para que se acercara a su hermano, para que sirviera de apoyo. El peso de la angustia que había cargado en sus hombros el último par de meses se fue diezmando poco a poco, pero no había tiempo de festejar el alivio, la vida de su primogénito. La guerra los alcanzaría si no se apuraban y sabía que la Coalición no resistiría. Era su única oportunidad de terminar con el Imperio Viltrumita y ya habían perdido suficiente tiempo. No se quedó a esperar como es que Oliver ayudaba - O no - a Mark. Alzó el vuelo rápidamente hacia su refugio, para cortar unas lonchas de carne y servir rápido lo que podría ser su última cena en aquel lugar. Sin que lo vieran, se pasó la mano por la barba crecida, ahí donde el menor le había dado el golpe y tuvo que disimular la sonrisa de satisfacción.
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  • Celestine había escapado hace unos días del castillo y estaba muy nerviosa porque temía que su padre, o mejor dicho, los que trabajaban para él, la encontraran y la llevaran al castillo nuevamente por la fuerza. Sin embargo, había escuchado de casualidad que en una mansión de la ciudad había una mujer capaz de conceder cualquier deseo. No le había dado importancia en ese momento, pero la idea había quedado instalada en su cerebro y estaba repitiéndose para si misma posibles deseos que podría pedirle a aquella mujer.

    Para su fortuna, días después volvió a escuchar sobre la mujer que cumplía deseos, aparentemente sus deseos tenían un precio pero Celestine estaba dispuesta a conocer ese precio a cambio de su libertad. Cómo si su fortuna no fuera suficiente, Celestine escuchó la dirección en la que esa mujer vivía. Claro que con el poco tiempo que llevaba en la ciudad eso no significaba que pudiera llegar, pero se repitió la dirección para si misma, ya podría pedirle ayuda a distintos ciudadanos para alcanzar su objetivo.

    Y así lo hizo, comenzó a caminar por las calles, pidiendo indicaciones sobre como llegar a aquella dirección. Tras un largo viaje en el que la mayoría de gente le ofreció su ayuda, llegó finalmente a aquella mansión.

    Se detuvo frente a mansión contemplándola al detalle, sin duda la dueña de aquel lugar podría tener un castillo si lo deseara. Aquel pensamiento le generó un escalofrío.

    Finalmente Celestine tocó el timbre de la mansión y espero pacientemente. Por fin conocería a la mujer que cumple deseos: Kazuha
    Celestine había escapado hace unos días del castillo y estaba muy nerviosa porque temía que su padre, o mejor dicho, los que trabajaban para él, la encontraran y la llevaran al castillo nuevamente por la fuerza. Sin embargo, había escuchado de casualidad que en una mansión de la ciudad había una mujer capaz de conceder cualquier deseo. No le había dado importancia en ese momento, pero la idea había quedado instalada en su cerebro y estaba repitiéndose para si misma posibles deseos que podría pedirle a aquella mujer. Para su fortuna, días después volvió a escuchar sobre la mujer que cumplía deseos, aparentemente sus deseos tenían un precio pero Celestine estaba dispuesta a conocer ese precio a cambio de su libertad. Cómo si su fortuna no fuera suficiente, Celestine escuchó la dirección en la que esa mujer vivía. Claro que con el poco tiempo que llevaba en la ciudad eso no significaba que pudiera llegar, pero se repitió la dirección para si misma, ya podría pedirle ayuda a distintos ciudadanos para alcanzar su objetivo. Y así lo hizo, comenzó a caminar por las calles, pidiendo indicaciones sobre como llegar a aquella dirección. Tras un largo viaje en el que la mayoría de gente le ofreció su ayuda, llegó finalmente a aquella mansión. Se detuvo frente a mansión contemplándola al detalle, sin duda la dueña de aquel lugar podría tener un castillo si lo deseara. Aquel pensamiento le generó un escalofrío. Finalmente Celestine tocó el timbre de la mansión y espero pacientemente. Por fin conocería a la mujer que cumple deseos: [K4zuha]
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  • Buenos días mis distinguidos ausentes de la lógica, con residencia permanente en el disparate,
    Embajadores del absurdo, acreditado sin revisión previa, Prófugos del la razón, Caballeros de ideas errantes, sin destino ni mapa, Curadores oficiales de conclusiones cuestionables, Arquitectos del desconcierto, con obras en constante construcción, Viajeros incansables… pero siempre lejos del sentido común. Buen día y buena comida.

    Con cariño y amor Elohim Roselicht
    Buenos días mis distinguidos ausentes de la lógica, con residencia permanente en el disparate, Embajadores del absurdo, acreditado sin revisión previa, Prófugos del la razón, Caballeros de ideas errantes, sin destino ni mapa, Curadores oficiales de conclusiones cuestionables, Arquitectos del desconcierto, con obras en constante construcción, Viajeros incansables… pero siempre lejos del sentido común. Buen día y buena comida. Con cariño y amor Elohim Roselicht ❣️
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  • ╭─────── ✦ ───────╮

    No era su territorio.

    Y por eso mismo, le gustaba.

    El mármol claro aún guardaba el calor del día, aunque la noche ya se había instalado con elegancia sobre las cúpulas lejanas. El aire olía a agua tranquila y flores dulces… demasiado perfecto para alguien como ella.

    Un viaje.

    Eso se había dicho.

    Distancia.

    Silencio.

    Olvidar, aunque fuera por unas horas, el peso de la sangre y las decisiones que nunca se deshacen.

    Sentada al borde, con los pies rozando apenas la superficie del agua, dejó que las ondas se formaran sin intención. Su mirada no estaba vacía… pero tampoco fija.

    Solo… abierta.

    Como si esperara que el mundo hiciera algo interesante por primera vez en mucho tiempo.

    — Qué aburrido…—

    Murmuró, más para la noche que para alguien en particular.

    Sus dedos jugaron con las cadenas doradas de su muñeca, dejando que tintinearan suave, como un llamado disfrazado de distracción.

    No estaba cazando.

    No exactamente.

    Pero tampoco había olvidado cómo hacerlo.

    Entonces—

    El agua cambió.

    Apenas.

    Un quiebre sutil en la armonía.

    Sus ojos se entrecerraron lo suficiente para notarlo.

    No se giró.

    No todavía.

    Pero su mano descendió, lenta, encontrando el cuchillo oculto entre la tela como si nunca hubiera estado realmente fuera de alcance.

    No lo levantó.

    Solo lo sostuvo.

    — Hm…—

    Una exhalación ligera.

    Casi divertida.

    — Al fin—

    Esta vez, sí giró un poco el rostro.

    Lo justo.

    Lo necesario.

    — Pensé que tendría que fingir interés toda la noche—

    Su sonrisa no fue cálida.

    Fue honesta.

    Y eso la hacía peor.

    El agua volvió a moverse.

    Más claro.

    Más cerca.

    Y ella no se levantó.

    Ni retrocedió.

    Siguió ahí, al borde…

    Como si el peligro fuera parte del paisaje.

    ╰─────── ✦ ───────╯
    ╭─────── ✦ ───────╮ No era su territorio. Y por eso mismo, le gustaba. El mármol claro aún guardaba el calor del día, aunque la noche ya se había instalado con elegancia sobre las cúpulas lejanas. El aire olía a agua tranquila y flores dulces… demasiado perfecto para alguien como ella. Un viaje. Eso se había dicho. Distancia. Silencio. Olvidar, aunque fuera por unas horas, el peso de la sangre y las decisiones que nunca se deshacen. Sentada al borde, con los pies rozando apenas la superficie del agua, dejó que las ondas se formaran sin intención. Su mirada no estaba vacía… pero tampoco fija. Solo… abierta. Como si esperara que el mundo hiciera algo interesante por primera vez en mucho tiempo. — Qué aburrido…— Murmuró, más para la noche que para alguien en particular. Sus dedos jugaron con las cadenas doradas de su muñeca, dejando que tintinearan suave, como un llamado disfrazado de distracción. No estaba cazando. No exactamente. Pero tampoco había olvidado cómo hacerlo. Entonces— El agua cambió. Apenas. Un quiebre sutil en la armonía. Sus ojos se entrecerraron lo suficiente para notarlo. No se giró. No todavía. Pero su mano descendió, lenta, encontrando el cuchillo oculto entre la tela como si nunca hubiera estado realmente fuera de alcance. No lo levantó. Solo lo sostuvo. — Hm…— Una exhalación ligera. Casi divertida. — Al fin— Esta vez, sí giró un poco el rostro. Lo justo. Lo necesario. — Pensé que tendría que fingir interés toda la noche— Su sonrisa no fue cálida. Fue honesta. Y eso la hacía peor. El agua volvió a moverse. Más claro. Más cerca. Y ella no se levantó. Ni retrocedió. Siguió ahí, al borde… Como si el peligro fuera parte del paisaje. ╰─────── ✦ ───────╯
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  • - Lo tengo por verdad, a veces maldigo mi nombre y el haberme convertido en el Rey de los Basilios, pero luego recuerdo, de no ser así aún seguiría caminando en esta tierra, creyendo en el infierno, sin conocer el paraíso, entonces digo .. Basilia fantasía mía, vives tu vive mi alma y aún teniendo el amor como un viaje pasajero es aquel amor el más dulce y hermoso de mis recuerdos .
    - Lo tengo por verdad, a veces maldigo mi nombre y el haberme convertido en el Rey de los Basilios, pero luego recuerdo, de no ser así aún seguiría caminando en esta tierra, creyendo en el infierno, sin conocer el paraíso, entonces digo .. Basilia fantasía mía, vives tu vive mi alma y aún teniendo el amor como un viaje pasajero es aquel amor el más dulce y hermoso de mis recuerdos .
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  • Hace tanto tiempo que empezó nuestra historia que he perdido la cuenta de los años que han pasado. Entre los años robados y los que compartimos es complicado encontrar una fecha de aniversario. Hemos peleado, hemos vencido a viajes temporales, al destino, a prejuicios y a hombres lobo o fantasmas. No me cabe duda de que nací para estar contigo. Y volvería a esperarte novecientos años más....Por eso hoy es tan buen día como cualquier otro. Porque celebro cada uno de ellos solo por estar contigo, Dean Winchester. Feliz "yanosecual" aniversario.
    Hace tanto tiempo que empezó nuestra historia que he perdido la cuenta de los años que han pasado. Entre los años robados y los que compartimos es complicado encontrar una fecha de aniversario. Hemos peleado, hemos vencido a viajes temporales, al destino, a prejuicios y a hombres lobo o fantasmas. No me cabe duda de que nací para estar contigo. Y volvería a esperarte novecientos años más....Por eso hoy es tan buen día como cualquier otro. Porque celebro cada uno de ellos solo por estar contigo, [Jerkwinchester]. Feliz "yanosecual" aniversario.
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  • Ya pasaron dos semana desde que los chicos se fueron a camelot ......
    ¿que estaran bien?

    - en el bart tomando algo mientras pensaba que despues de este viaje volvera a verlos .-
    Ya pasaron dos semana desde que los chicos se fueron a camelot ...... ¿que estaran bien? - en el bart tomando algo mientras pensaba que despues de este viaje volvera a verlos .-
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  • ──── No me gusta usar mi atuendo de viaje.
    Esto solo simboliza que una pelea se avecina.
    ──── No me gusta usar mi atuendo de viaje. Esto solo simboliza que una pelea se avecina.
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  • . La maleta colgaba de su mano aquella madrugada. Era la hora perfecta para irse y alcanzar los primeros rayos del sol. Nunca había viajado tan lejos y menos en los métodos humanos asi que sería un arduo viaje. Frente a él estaba aquel piano que a veces solía mirar cuando limpiaba las enormes ventanas del salón de música. Claro que no tenía permitido tocarlo pero no había nadie en ese momento.

    No tocaba un piano desde hace un par de años. Desde que su primer contratista le pedía una melodía en los días de fiesta. ¿Cuánto había pasado de eso? ¿Tres, cinco años?

    Sentado en el pequeño cojin rojo sus manos tocaron el instrumento. Deslizando sus yemas por esas teclas blancas hasta hundirlas.

    La canción melancólica sonó en las cuatro paredes. Lenta y suave como un vals, trayendole recuerdos del pasado de los cuales no eran muy gratos en su momento pero ahora eran recordados con nostalgia.

    Una bonita música que fue interrumpida abruptamente cuando Akashi marcó una tecla incorrecta. Todo a propósito como si la perfección o las cualidades bonitas no fueran permitidas en su cabeza. Simplemente se levantó de ahí dejando de jugar al niño rico y tomó de nuevo su maleta. Un barco lo estaba esperando.
    🥀. La maleta colgaba de su mano aquella madrugada. Era la hora perfecta para irse y alcanzar los primeros rayos del sol. Nunca había viajado tan lejos y menos en los métodos humanos asi que sería un arduo viaje. Frente a él estaba aquel piano que a veces solía mirar cuando limpiaba las enormes ventanas del salón de música. Claro que no tenía permitido tocarlo pero no había nadie en ese momento. No tocaba un piano desde hace un par de años. Desde que su primer contratista le pedía una melodía en los días de fiesta. ¿Cuánto había pasado de eso? ¿Tres, cinco años? Sentado en el pequeño cojin rojo sus manos tocaron el instrumento. Deslizando sus yemas por esas teclas blancas hasta hundirlas. La canción melancólica sonó en las cuatro paredes. Lenta y suave como un vals, trayendole recuerdos del pasado de los cuales no eran muy gratos en su momento pero ahora eran recordados con nostalgia. Una bonita música que fue interrumpida abruptamente cuando Akashi marcó una tecla incorrecta. Todo a propósito como si la perfección o las cualidades bonitas no fueran permitidas en su cabeza. Simplemente se levantó de ahí dejando de jugar al niño rico y tomó de nuevo su maleta. Un barco lo estaba esperando.
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