• Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    —El paisaje de Jinzhou se encontraba en ese punto suspendido donde el invierno exhala su último suspiro. El suelo todavía conservaba parches de nieve cristalizada, pero el sol, más alto y brillante, comenzaba a derretir los bordes de los estanques.
    ​Changli permanecía inmóvil, como una deidad del fuego atrapada en un reino de escarcha. Sostenía su sombrilla con una elegancia que rozaba lo irreal, mientras los últimos restos de nieve se deslizaban por la seda del parasol. Para cualquier observador, ella era el centro de gravedad del jardín; el punto donde el frío terminaba y comenzaba el calor.
    ​Cuando el Viajero apareció al final del sendero, Changli no necesitó verlo para saber quién era. El ritmo de sus pasos y la forma en que el aire se agitaba a su alrededor le resultaban familiares. Ella mantuvo la vista al frente, observando cómo una gota de agua caía desde una rama de ciruelo, golpeando el suelo con un sonido sordo.

    ​—El fin del invierno siempre me produce una extraña melancolía— pronunció ella, como si estuviera leyendo un poema escrito en el aire. —Es el momento en que lo viejo debe morir para que lo nuevo pueda nacer. Una transición necesaria, aunque a veces dolorosa.—

    ​Finalmente, la Consejera giró el cuerpo con una parsimonia estudiada. El movimiento hizo que su larga cabellera rozara los adornos de su vestidura. Sus ojos dorados, intensos y analíticos, se clavaron en los del Viajero. Había una suavidad en su expresión que reservaba para muy pocos, una chispa de complicidad que contrastaba con su usual máscara de estratega.

    ​—El Viajero siempre parece encontrar el camino hacia mí justo cuando los vientos cambian,— añadió con una pequeña sonrisa enigmática. —¿Será por instinto, o es que el destino tiene poca imaginación?—

    ​Changli bajó ligeramente la sombrilla, invitándolo implícitamente a entrar en su radio de calor, donde el frío del invierno ya no podía alcanzarlo.
    —El paisaje de Jinzhou se encontraba en ese punto suspendido donde el invierno exhala su último suspiro. El suelo todavía conservaba parches de nieve cristalizada, pero el sol, más alto y brillante, comenzaba a derretir los bordes de los estanques. ​Changli permanecía inmóvil, como una deidad del fuego atrapada en un reino de escarcha. Sostenía su sombrilla con una elegancia que rozaba lo irreal, mientras los últimos restos de nieve se deslizaban por la seda del parasol. Para cualquier observador, ella era el centro de gravedad del jardín; el punto donde el frío terminaba y comenzaba el calor. ​Cuando el Viajero apareció al final del sendero, Changli no necesitó verlo para saber quién era. El ritmo de sus pasos y la forma en que el aire se agitaba a su alrededor le resultaban familiares. Ella mantuvo la vista al frente, observando cómo una gota de agua caía desde una rama de ciruelo, golpeando el suelo con un sonido sordo. ​—El fin del invierno siempre me produce una extraña melancolía— pronunció ella, como si estuviera leyendo un poema escrito en el aire. —Es el momento en que lo viejo debe morir para que lo nuevo pueda nacer. Una transición necesaria, aunque a veces dolorosa.— ​Finalmente, la Consejera giró el cuerpo con una parsimonia estudiada. El movimiento hizo que su larga cabellera rozara los adornos de su vestidura. Sus ojos dorados, intensos y analíticos, se clavaron en los del Viajero. Había una suavidad en su expresión que reservaba para muy pocos, una chispa de complicidad que contrastaba con su usual máscara de estratega. ​—El Viajero siempre parece encontrar el camino hacia mí justo cuando los vientos cambian,— añadió con una pequeña sonrisa enigmática. —¿Será por instinto, o es que el destino tiene poca imaginación?— ​Changli bajó ligeramente la sombrilla, invitándolo implícitamente a entrar en su radio de calor, donde el frío del invierno ya no podía alcanzarlo.
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  • — ¿Y si me vuelvo a ir de viaje?
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  • Conocí a un viajero de una tierra antigua
    que me dijo: «Dos enormes piernas de piedra
    sin tronco se alzan en el desierto. Cerca de ellas,
    en la arena, yace medio hundido un rostro destrozado,
    cuyo ceño fruncido, y labio arrugado, y mueca
    de frío mando, dicen que el escultor supo leer bien
    esas pasiones que aún sobreviven, grabadas
    en estas cosas sin vida, por la mano que las burló
    y el corazón que las alimentó.
    Y en el pedestal se leen estas palabras:
    ‘Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
    ¡Mirad mis obras, oh Poderosos, y desesperad!’
    No queda nada más. Alrededor de los restos
    de aquel naufragio colosal, desnudos y sin límites,
    las solitarias y llanas arenas se extienden a lo lejos.»
    Conocí a un viajero de una tierra antigua que me dijo: «Dos enormes piernas de piedra sin tronco se alzan en el desierto. Cerca de ellas, en la arena, yace medio hundido un rostro destrozado, cuyo ceño fruncido, y labio arrugado, y mueca de frío mando, dicen que el escultor supo leer bien esas pasiones que aún sobreviven, grabadas en estas cosas sin vida, por la mano que las burló y el corazón que las alimentó. Y en el pedestal se leen estas palabras: ‘Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: ¡Mirad mis obras, oh Poderosos, y desesperad!’ No queda nada más. Alrededor de los restos de aquel naufragio colosal, desnudos y sin límites, las solitarias y llanas arenas se extienden a lo lejos.»
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  • ' Su última aventura había ido ... Bastante mal, por así decirlo. '
    ' Visitó a un grupo de bestias y criaturas en una cueva con la esperanza de dialogar con ellos para que no atacaran a las criaturas de su bosque, el problema es que lo recibieron "demasiado" bien, y ahora no sabe si usar su magia para correrlos definitivamente ... O si visitarlos otra vez. '

    – ¿Qué nunca me puede pasar algo normal en mis viajes?, me dejaron como mapa.
    ' Su última aventura había ido ... Bastante mal, por así decirlo. ' ' Visitó a un grupo de bestias y criaturas en una cueva con la esperanza de dialogar con ellos para que no atacaran a las criaturas de su bosque, el problema es que lo recibieron "demasiado" bien, y ahora no sabe si usar su magia para correrlos definitivamente ... O si visitarlos otra vez. ' – ¿Qué nunca me puede pasar algo normal en mis viajes?, me dejaron como mapa.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Adivina quién ha vuelto? Ya regresé de mi viaje astral y sentimental así que respondo roles desde mañana//
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  • ‎ * La Mansión Vanderbilt-Hayess era una maravilla arquitectónica; combinaba la elegancia de lo antiguo con la complejidad de lo moderno. Las grandes puertas del lugar se abrían con una lentitud imponente para una sola persona *



    ‎ — Muy buenas, joven Marcus. ¿Cómo estuvo su día hoy?



    ‎ * El ama de llaves recibía al "hijo" varón de la familia con sumo respeto. Marcus asintió en respuesta; le dijo que el día estuvo un poco pesado y, sin profundizar más, se dirigió directo a su habitación. Pero antes de que diera los primeros pasos, la mujer le entregó un paquete: al parecer, era un regalo. Marcus le dio un vistazo a la etiqueta de envío, pero no reconoció la dirección de origen. De igual forma, le agradeció y siguió su camino... A medida que subía las escaleras, recordaba lo tediosa que fue la reinscripción en la universidad; ahora solo tenía ganas de acostarse y dormir. En cuanto llegó a su habitación dejó el paquete en su escritorio, se quitó el saco, se aflojo la corbata y procedió a sentarse en el borde de su cama. Era increíble la atracción que podía sentir hacia su almohada, pero antes debía contestar un par de mensajes de sus padres —quienes se encontraban de viaje por cuestiones laborales—. Antes de escribirles, vio que ambos habían actualizado su foto de perfil; se estaban hospedando en un gran hotel... Espera. Aquello le hizo recordar cierta publicación con la que había interactuado hace unos días. Marcus se salió del chat, entró en su red social y buscó el post exacto: se trataba de una posada con un encanto sin igual. Al ver la ubicación, se levantó para darle un segundo vistazo a la etiqueta de envío y tenía razón: se trataba de un obsequio de parte de aquella posada. El joven universitario —ahora lleno de curiosidad— destapó el paquete que había llegado mediante un servicio de entrega local exprés el interior parecía tenía un sistema térmico especial y vaya sorpresa se llevó al ver que eran unos dumplings, perfectamente sellados y conservados; el simple hecho de verlos le abrió el apetito *



    ‎ — Vaya... Sí que son amistosos en ese lugar, o su marketing está a otro nivel como para permitirse algo así



    ‎ * Marcus no pudo evitar hacer un comentario sarcástico, pero aun así estaba más que agradecido por el gesto. Con energías renovadas, volvió a su cama y tomó asiento. Con su teléfono se puso a indagar más sobre el lugar y averiguó quién era el encargado. Su mirada se posó nuevamente en los dumplings que humeaban; una media sonrisa se dibujó en su rostro antes de ponerse manos a la obra... *
    ‎ * La Mansión Vanderbilt-Hayess era una maravilla arquitectónica; combinaba la elegancia de lo antiguo con la complejidad de lo moderno. Las grandes puertas del lugar se abrían con una lentitud imponente para una sola persona * ‎ ‎ — Muy buenas, joven Marcus. ¿Cómo estuvo su día hoy? ‎ ‎ ‎ * El ama de llaves recibía al "hijo" varón de la familia con sumo respeto. Marcus asintió en respuesta; le dijo que el día estuvo un poco pesado y, sin profundizar más, se dirigió directo a su habitación. Pero antes de que diera los primeros pasos, la mujer le entregó un paquete: al parecer, era un regalo. Marcus le dio un vistazo a la etiqueta de envío, pero no reconoció la dirección de origen. De igual forma, le agradeció y siguió su camino... A medida que subía las escaleras, recordaba lo tediosa que fue la reinscripción en la universidad; ahora solo tenía ganas de acostarse y dormir. En cuanto llegó a su habitación dejó el paquete en su escritorio, se quitó el saco, se aflojo la corbata y procedió a sentarse en el borde de su cama. Era increíble la atracción que podía sentir hacia su almohada, pero antes debía contestar un par de mensajes de sus padres —quienes se encontraban de viaje por cuestiones laborales—. Antes de escribirles, vio que ambos habían actualizado su foto de perfil; se estaban hospedando en un gran hotel... Espera. Aquello le hizo recordar cierta publicación con la que había interactuado hace unos días. Marcus se salió del chat, entró en su red social y buscó el post exacto: se trataba de una posada con un encanto sin igual. Al ver la ubicación, se levantó para darle un segundo vistazo a la etiqueta de envío y tenía razón: se trataba de un obsequio de parte de aquella posada. El joven universitario —ahora lleno de curiosidad— destapó el paquete que había llegado mediante un servicio de entrega local exprés el interior parecía tenía un sistema térmico especial y vaya sorpresa se llevó al ver que eran unos dumplings, perfectamente sellados y conservados; el simple hecho de verlos le abrió el apetito * ‎ ‎ ‎ — Vaya... Sí que son amistosos en ese lugar, o su marketing está a otro nivel como para permitirse algo así ‎ ‎ ‎ * Marcus no pudo evitar hacer un comentario sarcástico, pero aun así estaba más que agradecido por el gesto. Con energías renovadas, volvió a su cama y tomó asiento. Con su teléfono se puso a indagar más sobre el lugar y averiguó quién era el encargado. Su mirada se posó nuevamente en los dumplings que humeaban; una media sonrisa se dibujó en su rostro antes de ponerse manos a la obra... *
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  • Italia llama, un nuevo sol
    Fandom Oc propio
    Categoría Romance
    Me desperté antes del amanecer con la sensación de cansancio más grande que alguna vez sentí, llevaba apenas 2 días en Italia y lo que debía ser relajante se sentía tan pesado, ¿talvez estava relajándome más de lo que debía?.

    Aún lo recuerdo el día que decidí irme de vacaciones largas la casa estaba en penumbra y silencio por no decir también que en desastre por tantas maletas, una caja de croquetas medio abierta, una manta doblada, miré a mis hijos —los que no hablan pero lo dicen todo— y supe que no podía dejarlos atrás. Los perros se acomodaron a mi lado como si entendieran que el viaje no era una escapada sino un descanso necesario, un descanso de las pasarelas, un descanso del estrés de la ciudad, del miedo; los gatos, con su indiferencia aristocrática, aceptaron la jaula como un nuevo trono temporal.

    Vine a Italia por muchas razones, y ninguna de ellas era simple. Parte fue por seguridad: vi algo que no debía ver, una imagen que se quedó pegada en la retina y que me obligó a moverme, a cambiar de escenario como quien cambia de piel. Parte fue por necesidad de aire, de distancia, de un lugar donde las calles olieran a pan recién hecho y Gelato dulce y como olvidar el aroma de la pizza recién hecha. Y otra parte, la más pequeña y la más obstinada, fue por una esperanza terca: darme otra oportunidad para creer en lo que creí que ya no existía.

    La casa que alquile por un mes estaba en la costa —una casa con ventanas que miraban al mar y una cocina que pedía ser usada a gritos— .Un mes era tiempo suficiente para observar, para esconderme cuando fuera necesario, para dejar que la ciudad me enseñara sus costumbres, sus colores, sus paisajes cada pequeño detalle. Los primeros días han sido un mapa de pequeñas certezas: la siesta de los gatos en la alfombra, los perros persiguiendo sombras en el jardín, yo aprendiendo a preparar un café que supiera a hogar —salio mal—

    Italia tiene un aire que se mete por los poros. No es solo la brisa salada ni el rumor de las olas; es la manera en que la luz cae sobre las fachadas, cómo los ancianos discuten con pasión sobre cosas que a nadie más le importan, cómo los sabores se vuelven recuerdos instantáneos. Caminé por calles empedradas y sentí que mi pecho se aflojaba, que la tensión que había traído conmigo se disolvía en el aroma del albahaca y el humo de la leña. Me sorprendió lo rápido que el país me aceptó: en dos días ya conocía la ruta al mercado, el bar donde el camarero me llamaba por mi nombre y la panadería que guardaba croissants tibios hasta el mediodía. La ciudad tiene esa capacidad de ofrecer segundas lecturas: lo que fue una herida puede convertirse en una cicatriz con historia.

    Fue así como me encontré, una tarde templada, con un volante en la mano que anunciaba un evento de citas rápidas en un restaurante céntrico. La idea me pareció absurda y, al mismo tiempo, irresistible: cinco minutos por persona, cambio de asiento, risas forzadas y miradas que intentan adivinar lo que el otro no dice. Me reí sola en la cocina mientras los perros me miraban con esa mezcla de reproche y curiosidad que solo ellos saben. “¿Otra vez, Lilian?”, parecía decirme el mayor, con la cabeza ladeada. “Sí”, le respondí en voz baja, como si la palabra tuviera pena y miedo al mismo tiempo.

    La preparación para ese día me hacía sentir nerviosa pues era como si fuera a mi primera cita, no quería disfrazarme de alguien que no era; no necesitaba un traje de gala ni joyas de más. Quería verme como yo, Lilian Carson. Elegí un vestido con un corte sencillo, color marfil con ligeros detalles de flores bordadas. Me peiné con cuidado, dejando que el rubio cayera en ondas que parecían casuales pero dando un toque lindo y coqueto. Me puse un perfume que olía a madera y a flores nocturnas, algo que me recordara a casa y a misterio. Antes de salir, miré a mis hijos: los acaricié uno por uno, les susurré que volvería pronto y que no se preocuparan. Los perros se estiraron, los gatos parpadearon con esa indiferencia que es, en realidad, amor concentrado.

    En el camino al restaurante, sentí un ambiente mágico, cautivante, dulce como si de un nuevo comienzo se tratara, las luces se encendían una a una, y el aire traía conversaciones en italiano que sonaban a música. Llegué con tiempo, porque la impuntualidad es un lujo que no me permito. El local era íntimo: mesas pequeñas, velas que temblaban con la brisa de la puerta, una mezcla de risas nerviosas y copas que tintineaban. Me registré con una sonrisa que no era ni demasiado amplia ni demasiado contenida; era la sonrisa de alguien que ha aprendido a protegerse de las miradas

    Me asignaron una mesa junto a una ventana. Desde allí veía entrar a la gente: hombres y mujeres con historias en los ojos, algunos con la esperanza escrita en la frente, otros con la cautela como armadura al estar estáticos en una esquina del restaurante. El organizador explicó las reglas con voz clara: cinco minutos por encuentro, campana, cambio de asiento. “Cinco minutos para decir lo que importa”, pensé, y me pareció una metáfora perfecta.

    El primer encuentro fue con un hombre que tenía la voz grave y una sonrisa que parecía ensayada. Hablamos de banalidades al principio —trabajo, ciudades favoritas— y luego, cuando la campana sonó, hubo un silencio que no supe llenar. “¿Qué buscas?”, me preguntó, directo no respondí pues una parte de mi sabía que buscaba algo, buscaba esa emoción de enamorarme de nuevo de conocer a alguien, pero también por otra parte tenía el miedo de salir lastimada de nuevo, aún que no respondí el asintió, con esa cortesía que no siempre llega a la sinceridad. Cinco minutos pasan como un latido. Cuando me levanté cambiando de asiento y llevando conmigo un vaso con una vela.

    El segundo encuentro fue distinto. Él tenía manos que hablaban; movía los dedos como si cada gesto fuera una frase. Me contó de su trabajo con una pasión que me recordó a los viejos amores: intensidad sin pretensión. “¿Y tú?”, me preguntó, y yo le hablé de mi viaje, de la casa alquilada, de mis perros y gatos, no quería dar muchos detalles además no hablaba muy buen el Italiano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y ternura. “Eso suena a una vida con raíces”, dijo. “O a una vida que está aprendiendo a echar raíces”, corregí.

    Hubo un momento, en uno de los cambios, en que me quedé mirando la vela en mi mesa. La llama temblaba y, por un instante, pensé en todas las veces que había huido creyendo que la distancia era la solución. Ahora la distancia me había traído de vuelta a un lugar donde podía elegir. Elegir no es lo mismo que lanzarse; elegir es medir el riesgo y aceptar la posibilidad de caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el miedo decidiera por mí.

    Y nuevamente sonó la campana ... Otra cambio
    Me desperté antes del amanecer con la sensación de cansancio más grande que alguna vez sentí, llevaba apenas 2 días en Italia y lo que debía ser relajante se sentía tan pesado, ¿talvez estava relajándome más de lo que debía?. Aún lo recuerdo el día que decidí irme de vacaciones largas la casa estaba en penumbra y silencio por no decir también que en desastre por tantas maletas, una caja de croquetas medio abierta, una manta doblada, miré a mis hijos —los que no hablan pero lo dicen todo— y supe que no podía dejarlos atrás. Los perros se acomodaron a mi lado como si entendieran que el viaje no era una escapada sino un descanso necesario, un descanso de las pasarelas, un descanso del estrés de la ciudad, del miedo; los gatos, con su indiferencia aristocrática, aceptaron la jaula como un nuevo trono temporal. Vine a Italia por muchas razones, y ninguna de ellas era simple. Parte fue por seguridad: vi algo que no debía ver, una imagen que se quedó pegada en la retina y que me obligó a moverme, a cambiar de escenario como quien cambia de piel. Parte fue por necesidad de aire, de distancia, de un lugar donde las calles olieran a pan recién hecho y Gelato dulce y como olvidar el aroma de la pizza recién hecha. Y otra parte, la más pequeña y la más obstinada, fue por una esperanza terca: darme otra oportunidad para creer en lo que creí que ya no existía. La casa que alquile por un mes estaba en la costa —una casa con ventanas que miraban al mar y una cocina que pedía ser usada a gritos— .Un mes era tiempo suficiente para observar, para esconderme cuando fuera necesario, para dejar que la ciudad me enseñara sus costumbres, sus colores, sus paisajes cada pequeño detalle. Los primeros días han sido un mapa de pequeñas certezas: la siesta de los gatos en la alfombra, los perros persiguiendo sombras en el jardín, yo aprendiendo a preparar un café que supiera a hogar —salio mal— Italia tiene un aire que se mete por los poros. No es solo la brisa salada ni el rumor de las olas; es la manera en que la luz cae sobre las fachadas, cómo los ancianos discuten con pasión sobre cosas que a nadie más le importan, cómo los sabores se vuelven recuerdos instantáneos. Caminé por calles empedradas y sentí que mi pecho se aflojaba, que la tensión que había traído conmigo se disolvía en el aroma del albahaca y el humo de la leña. Me sorprendió lo rápido que el país me aceptó: en dos días ya conocía la ruta al mercado, el bar donde el camarero me llamaba por mi nombre y la panadería que guardaba croissants tibios hasta el mediodía. La ciudad tiene esa capacidad de ofrecer segundas lecturas: lo que fue una herida puede convertirse en una cicatriz con historia. Fue así como me encontré, una tarde templada, con un volante en la mano que anunciaba un evento de citas rápidas en un restaurante céntrico. La idea me pareció absurda y, al mismo tiempo, irresistible: cinco minutos por persona, cambio de asiento, risas forzadas y miradas que intentan adivinar lo que el otro no dice. Me reí sola en la cocina mientras los perros me miraban con esa mezcla de reproche y curiosidad que solo ellos saben. “¿Otra vez, Lilian?”, parecía decirme el mayor, con la cabeza ladeada. “Sí”, le respondí en voz baja, como si la palabra tuviera pena y miedo al mismo tiempo. La preparación para ese día me hacía sentir nerviosa pues era como si fuera a mi primera cita, no quería disfrazarme de alguien que no era; no necesitaba un traje de gala ni joyas de más. Quería verme como yo, Lilian Carson. Elegí un vestido con un corte sencillo, color marfil con ligeros detalles de flores bordadas. Me peiné con cuidado, dejando que el rubio cayera en ondas que parecían casuales pero dando un toque lindo y coqueto. Me puse un perfume que olía a madera y a flores nocturnas, algo que me recordara a casa y a misterio. Antes de salir, miré a mis hijos: los acaricié uno por uno, les susurré que volvería pronto y que no se preocuparan. Los perros se estiraron, los gatos parpadearon con esa indiferencia que es, en realidad, amor concentrado. En el camino al restaurante, sentí un ambiente mágico, cautivante, dulce como si de un nuevo comienzo se tratara, las luces se encendían una a una, y el aire traía conversaciones en italiano que sonaban a música. Llegué con tiempo, porque la impuntualidad es un lujo que no me permito. El local era íntimo: mesas pequeñas, velas que temblaban con la brisa de la puerta, una mezcla de risas nerviosas y copas que tintineaban. Me registré con una sonrisa que no era ni demasiado amplia ni demasiado contenida; era la sonrisa de alguien que ha aprendido a protegerse de las miradas Me asignaron una mesa junto a una ventana. Desde allí veía entrar a la gente: hombres y mujeres con historias en los ojos, algunos con la esperanza escrita en la frente, otros con la cautela como armadura al estar estáticos en una esquina del restaurante. El organizador explicó las reglas con voz clara: cinco minutos por encuentro, campana, cambio de asiento. “Cinco minutos para decir lo que importa”, pensé, y me pareció una metáfora perfecta. El primer encuentro fue con un hombre que tenía la voz grave y una sonrisa que parecía ensayada. Hablamos de banalidades al principio —trabajo, ciudades favoritas— y luego, cuando la campana sonó, hubo un silencio que no supe llenar. “¿Qué buscas?”, me preguntó, directo no respondí pues una parte de mi sabía que buscaba algo, buscaba esa emoción de enamorarme de nuevo de conocer a alguien, pero también por otra parte tenía el miedo de salir lastimada de nuevo, aún que no respondí el asintió, con esa cortesía que no siempre llega a la sinceridad. Cinco minutos pasan como un latido. Cuando me levanté cambiando de asiento y llevando conmigo un vaso con una vela. El segundo encuentro fue distinto. Él tenía manos que hablaban; movía los dedos como si cada gesto fuera una frase. Me contó de su trabajo con una pasión que me recordó a los viejos amores: intensidad sin pretensión. “¿Y tú?”, me preguntó, y yo le hablé de mi viaje, de la casa alquilada, de mis perros y gatos, no quería dar muchos detalles además no hablaba muy buen el Italiano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y ternura. “Eso suena a una vida con raíces”, dijo. “O a una vida que está aprendiendo a echar raíces”, corregí. Hubo un momento, en uno de los cambios, en que me quedé mirando la vela en mi mesa. La llama temblaba y, por un instante, pensé en todas las veces que había huido creyendo que la distancia era la solución. Ahora la distancia me había traído de vuelta a un lugar donde podía elegir. Elegir no es lo mismo que lanzarse; elegir es medir el riesgo y aceptar la posibilidad de caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el miedo decidiera por mí. Y nuevamente sonó la campana ... Otra cambio
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    FICHA EXTENDIDA — REVISTA OFICIAL
    ISHTAR’S COLD 3R

    Agencia: Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour

    IDENTIDAD DE LA REVISTA
    - Nombre: ISHTAR’S COLD 3R
    - Lema: Luxury Escape · Destination Unknown
    - Categoría: Alta moda, viajes élite, poder corporativo nocturno
    - Edición: Hangar Secrets
    - Distribución: Global · Edición premium de colección

    ISHTAR’S COLD 3R representa el lujo que no se anuncia, el poder que se mueve en silencio y las decisiones que se toman lejos de las miradas públicas.

    PROTAGONISTAS DE PORTADA
    Figura Masculina — El Guardián del Vuelo

    -Rol: Ejecutivo estratégico · Protector del legado

    Elegante, calculador y siempre un paso atrás… para vigilarlo todo. Su presencia transmite control absoluto y lealtad inquebrantable.

    Estilo:
    - Traje negro de corte perfecto
    - Detalles carmesí discretos
    - Postura firme y mirada alerta

    Perfil:
    Es el hombre que abre las puertas del escape. Donde otros ven un viaje, él ve una operación perfectamente planeada.

    Figura Femenina — The Ice Queen

    - Rol: Líder suprema · Icono de poder frío

    Sofisticada, dominante y serena. No necesita levantar la voz para imponer respeto. Cada paso que da es una orden silenciosa.

    Estilo:
    - Atuendo ejecutivo en tonos hielo y azul
    - Tacones precisos, postura impecable
    - Elegancia glacial y presencia soberana

    Perfil:
    Su llegada cambia el clima. No huye del mundo: lo observa desde arriba mientras decide su próximo movimiento.

    CONCEPTO VISUAL

    Ubicación: Hangar privado · Noche lluviosa
    Elementos clave:

    - Jet ejecutivo de lujo
    - Alfombra roja privada
    - Iluminación fría con reflejos húmedos
    - Ciudad al fondo, lejana y secundaria

    La escena simboliza una salida estratégica, donde el verdadero lujo no es el destino, sino la libertad de elegirlo.

    FILOSOFÍA ISHTAR
    Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour redefine el lujo como control absoluto del tiempo, del espacio y del silencio.

    Aquí no se viaja para escapar…
    Se viaja porque se puede.

    ISHTAR’S COLD 3R no es una revista.
    Es un pasaje solo para quienes gobiernan en frío.
    📖 FICHA EXTENDIDA — REVISTA OFICIAL ISHTAR’S COLD 3R Agencia: Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour ❄️ IDENTIDAD DE LA REVISTA - Nombre: ISHTAR’S COLD 3R - Lema: Luxury Escape · Destination Unknown - Categoría: Alta moda, viajes élite, poder corporativo nocturno - Edición: Hangar Secrets - Distribución: Global · Edición premium de colección ISHTAR’S COLD 3R representa el lujo que no se anuncia, el poder que se mueve en silencio y las decisiones que se toman lejos de las miradas públicas. 👑 PROTAGONISTAS DE PORTADA 🖤 Figura Masculina — El Guardián del Vuelo -Rol: Ejecutivo estratégico · Protector del legado Elegante, calculador y siempre un paso atrás… para vigilarlo todo. Su presencia transmite control absoluto y lealtad inquebrantable. Estilo: - Traje negro de corte perfecto - Detalles carmesí discretos - Postura firme y mirada alerta Perfil: Es el hombre que abre las puertas del escape. Donde otros ven un viaje, él ve una operación perfectamente planeada. ❄️ Figura Femenina — The Ice Queen - Rol: Líder suprema · Icono de poder frío Sofisticada, dominante y serena. No necesita levantar la voz para imponer respeto. Cada paso que da es una orden silenciosa. Estilo: - Atuendo ejecutivo en tonos hielo y azul - Tacones precisos, postura impecable - Elegancia glacial y presencia soberana Perfil: Su llegada cambia el clima. No huye del mundo: lo observa desde arriba mientras decide su próximo movimiento. ✈️ CONCEPTO VISUAL Ubicación: Hangar privado · Noche lluviosa Elementos clave: - Jet ejecutivo de lujo - Alfombra roja privada - Iluminación fría con reflejos húmedos - Ciudad al fondo, lejana y secundaria La escena simboliza una salida estratégica, donde el verdadero lujo no es el destino, sino la libertad de elegirlo. 🖤 FILOSOFÍA ISHTAR Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour redefine el lujo como control absoluto del tiempo, del espacio y del silencio. Aquí no se viaja para escapar… Se viaja porque se puede. ISHTAR’S COLD 3R no es una revista. Es un pasaje solo para quienes gobiernan en frío.
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  • —Me quejo porque en los viajes siempre me corresponde conducir y me aburro cuando no soy el que conduce... Ser pendejo es mi pasión. (?)
    —Me quejo porque en los viajes siempre me corresponde conducir y me aburro cuando no soy el que conduce... Ser pendejo es mi pasión. (?)
    Me enjaja
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  • Splendid es mi superheroe, lo admito y es mi inspiración que me motivo a ser un viajero del tiempo. A mi mejor amigo Nutty, no se muy contento cuando me ve con mi ídolo.
    Splendid es mi superheroe, lo admito y es mi inspiración que me motivo a ser un viajero del tiempo. A mi mejor amigo Nutty, no se muy contento cuando me ve con mi ídolo.
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