• ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • - mirando las estrellas en su pequeño mundo pensado y diviendo para ella misma -

    (Me gustaria que lancelot viniera , a mi asi como si nada dijiera algo lindo y romatico)

    - da un supiro ya que solo era una idea tonta -

    Que engaño , lancelot no es igual que cabeza gueca de mi primo tristan .
    - mirando las estrellas en su pequeño mundo pensado y diviendo para ella misma - (Me gustaria que lancelot viniera , a mi asi como si nada dijiera algo lindo y romatico) - da un supiro ya que solo era una idea tonta - Que engaño , lancelot no es igual que cabeza gueca de mi primo tristan .
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  • — Hoy estoy nuevamente triste y de mal humor, quiero pegarle a alguien
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    Hoy en ALBUMES CON EL TIO JERO

    OPETH - "Damnation" (2002)

    Género: Prog Rock.

    "Un álbum completamente melancólico y una reflexión profunda acerca de las miserias del alma humana. Aquí el señor Mikael Akerfeldt y compañía quitan las distorsiones extremas por primera vez para crear una atmósfera sonora digna de un día de lluvia completamente invernal e ir mirando el paisaje a través de la ventana del autobús a través de las gotas de lluvia. No escuchar si estás en una depresión constante porque solo acentuará ese estado de ánimo."

    "En materia de rol sirve para ambientar escenas tristes o de profunda introspección de tu personaje. Siempre escuchar como mencionaba anteriormente en días nublados o lluviosos."

    https://youtu.be/W9ukH21ut-I?si=RzH3wvZ4LEb60xIk
    Hoy en ALBUMES CON EL TIO JERO😎💀 OPETH - "Damnation" (2002) Género: Prog Rock. "Un álbum completamente melancólico y una reflexión profunda acerca de las miserias del alma humana. Aquí el señor Mikael Akerfeldt y compañía quitan las distorsiones extremas por primera vez para crear una atmósfera sonora digna de un día de lluvia completamente invernal e ir mirando el paisaje a través de la ventana del autobús a través de las gotas de lluvia. No escuchar si estás en una depresión constante porque solo acentuará ese estado de ánimo." "En materia de rol sirve para ambientar escenas tristes o de profunda introspección de tu personaje. Siempre escuchar como mencionaba anteriormente en días nublados o lluviosos." https://youtu.be/W9ukH21ut-I?si=RzH3wvZ4LEb60xIk
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    Sonriendo Desde la Distancia.

    Akane comenzó a darse cuenta de que estaba cambiando cuando dejó de sentirse cómoda incluso dentro de su propia casa. Había días donde observaba a Lili y Hannah desde la distancia, en silencio, como si estuviera viendo la vida de alguien más. Escuchaba las risas de su hija, veía la paciencia con la que Lili intentaba mantener unida aquella pequeña familia y aun así sentía que algo dentro de ella seguía desconectado del mundo.

    No era falta de amor. Akane amaba a Hannah más de lo que podía expresar y en muchas ocasiones Lili era lo único que evitaba que terminara hundiéndose por completo en sus propios pensamientos. El problema era otro. Cada vez que intentaba sentirse feliz aparecían recuerdos del otro mundo. Rostros que no podía olvidar, voces que seguían vivas dentro de su cabeza y un cielo de dos lunas que todavía aparecía en sus sueños casi todas las noches.

    A veces Hannah la abrazaba y Akane respondía con fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela también. Otras veces simplemente permanecía inmóvil mientras sentía crecer una culpa silenciosa dentro de ella. Porque una parte de Akane seguía viviendo en el pasado y comenzaba a creer que eso también estaba arrastrando a Lili y a Hannah junto con ella.

    La casa nunca estaba realmente en silencio, pero Akane sí lo estaba. Cada vez hablaba menos. Pasaba más tiempo despierta durante las noches observando el cielo desde la ventana y preguntándose cuándo dejó de pertenecer a la Tierra. Incluso rodeada de personas que la amaban, seguía sintiéndose sola. Como alguien atrapado entre dos vidas incapaz de avanzar hacia ninguna. Y lo que más miedo le daba no era su propio dolor, era pensar que tarde o temprano terminaría convirtiendo la tristeza que llevaba dentro en una carga para Hannah y Lili.
    Sonriendo Desde la Distancia. Akane comenzó a darse cuenta de que estaba cambiando cuando dejó de sentirse cómoda incluso dentro de su propia casa. Había días donde observaba a Lili y Hannah desde la distancia, en silencio, como si estuviera viendo la vida de alguien más. Escuchaba las risas de su hija, veía la paciencia con la que Lili intentaba mantener unida aquella pequeña familia y aun así sentía que algo dentro de ella seguía desconectado del mundo. No era falta de amor. Akane amaba a Hannah más de lo que podía expresar y en muchas ocasiones Lili era lo único que evitaba que terminara hundiéndose por completo en sus propios pensamientos. El problema era otro. Cada vez que intentaba sentirse feliz aparecían recuerdos del otro mundo. Rostros que no podía olvidar, voces que seguían vivas dentro de su cabeza y un cielo de dos lunas que todavía aparecía en sus sueños casi todas las noches. A veces Hannah la abrazaba y Akane respondía con fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela también. Otras veces simplemente permanecía inmóvil mientras sentía crecer una culpa silenciosa dentro de ella. Porque una parte de Akane seguía viviendo en el pasado y comenzaba a creer que eso también estaba arrastrando a Lili y a Hannah junto con ella. La casa nunca estaba realmente en silencio, pero Akane sí lo estaba. Cada vez hablaba menos. Pasaba más tiempo despierta durante las noches observando el cielo desde la ventana y preguntándose cuándo dejó de pertenecer a la Tierra. Incluso rodeada de personas que la amaban, seguía sintiéndose sola. Como alguien atrapado entre dos vidas incapaz de avanzar hacia ninguna. Y lo que más miedo le daba no era su propio dolor, era pensar que tarde o temprano terminaría convirtiendo la tristeza que llevaba dentro en una carga para Hannah y Lili.
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  • El abismo no era simplemente un lugar carente de luz; era una entidad pesada, un vacío insondable que aplastaba cualquier atisbo de vida que no perteneciera a sus profundidades. Allí, donde el calor del sol era apenas un mito y el tiempo perdía todo significado, reinaba el silencio.

    En el corazón de esa negrura, una masa colosal reposaba. Auden no dormía, simplemente existía en un letargo eterno. Su inmenso cuerpo, forjado de tierra negra, obsidiana afilada y raíces ancestrales tan gruesas como árboles, se camuflaba perfectamente con el entorno hostil. No había necesidad de moverse. Arriba, en la superficie bañada por la luz que tanto detestaban los suyos, los dioses hablaban de ella como una aberración destructiva, un monstruo sediento de caos que debía ser purgado.

    Qué poco entendían.

    La criatura exhaló, un suspiro lento y profundo que provocó un temblor sordo en las paredes de roca a su alrededor, desprendiendo pequeñas cascadas de polvo. Abrió lentamente los ojos. Dos esferas de un ámbar líquido y brillante rasgaron la oscuridad, siendo la única fuente de luz en kilómetros. No había furia en esa mirada incandescente, ni deseo de aniquilar el mundo de arriba; solo un vacío silencioso. Una resignación helada.

    Auden permaneció inmóvil, sintiendo las corrientes de la tierra profunda vibrar contra su coraza de fango petrificado. De pronto, un crujido sordo hizo eco a lo lejos, anunciando una ruptura en algún lugar remoto de las profundidades. Por un instante fugaz, una chispa de curiosidad desperezó sus instintos, incitándole a emerger de la roca y explorar aquella anomalía. Sin embargo, el peso de la profunda tristeza en la que vivía envuelto era mucho más denso que cualquier impulso.

    Acostumbrado al rechazo de la creación, dejó que el letargo lo anclara de nuevo al suelo. No se movió de su lugar; simplemente cerró los ojos y se envolvió aún más en sus propias raíces oscuras, aguardando en soledad a que el mundo volviera a olvidarse de su existencia.
    El abismo no era simplemente un lugar carente de luz; era una entidad pesada, un vacío insondable que aplastaba cualquier atisbo de vida que no perteneciera a sus profundidades. Allí, donde el calor del sol era apenas un mito y el tiempo perdía todo significado, reinaba el silencio. En el corazón de esa negrura, una masa colosal reposaba. Auden no dormía, simplemente existía en un letargo eterno. Su inmenso cuerpo, forjado de tierra negra, obsidiana afilada y raíces ancestrales tan gruesas como árboles, se camuflaba perfectamente con el entorno hostil. No había necesidad de moverse. Arriba, en la superficie bañada por la luz que tanto detestaban los suyos, los dioses hablaban de ella como una aberración destructiva, un monstruo sediento de caos que debía ser purgado. Qué poco entendían. La criatura exhaló, un suspiro lento y profundo que provocó un temblor sordo en las paredes de roca a su alrededor, desprendiendo pequeñas cascadas de polvo. Abrió lentamente los ojos. Dos esferas de un ámbar líquido y brillante rasgaron la oscuridad, siendo la única fuente de luz en kilómetros. No había furia en esa mirada incandescente, ni deseo de aniquilar el mundo de arriba; solo un vacío silencioso. Una resignación helada. Auden permaneció inmóvil, sintiendo las corrientes de la tierra profunda vibrar contra su coraza de fango petrificado. De pronto, un crujido sordo hizo eco a lo lejos, anunciando una ruptura en algún lugar remoto de las profundidades. Por un instante fugaz, una chispa de curiosidad desperezó sus instintos, incitándole a emerger de la roca y explorar aquella anomalía. Sin embargo, el peso de la profunda tristeza en la que vivía envuelto era mucho más denso que cualquier impulso. Acostumbrado al rechazo de la creación, dejó que el letargo lo anclara de nuevo al suelo. No se movió de su lugar; simplemente cerró los ojos y se envolvió aún más en sus propias raíces oscuras, aguardando en soledad a que el mundo volviera a olvidarse de su existencia.
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  • Nastya no lo sabe, pero aquella foto se encuentra en el Museo Nacional de la Independencia, allá en el país donde ella nació.

    En la foto se puede apreciar a una joven Nastya sosteniendo su emblemático rifle de cerrojo posando frente a las cámaras luego de estar meses resistiendo en el frente. En sus ojos aún había esperanza, a pesar del cansancio y la tristeza que le llegaba a atormentar el frío de la noche.

    En el instante en que se tomó la fotografía, Nastya ya era bastante popular por su excelente puntería y su gran fama de haber eliminado a bastantes altos cargos del enemigo.

    Realmente hay muy pocas fotografías del pasado de Nastya, ella misma se encargó de desaparecer muchas de ellas en un intento de borrar su pasado.
    Nastya no lo sabe, pero aquella foto se encuentra en el Museo Nacional de la Independencia, allá en el país donde ella nació. En la foto se puede apreciar a una joven Nastya sosteniendo su emblemático rifle de cerrojo posando frente a las cámaras luego de estar meses resistiendo en el frente. En sus ojos aún había esperanza, a pesar del cansancio y la tristeza que le llegaba a atormentar el frío de la noche. En el instante en que se tomó la fotografía, Nastya ya era bastante popular por su excelente puntería y su gran fama de haber eliminado a bastantes altos cargos del enemigo. Realmente hay muy pocas fotografías del pasado de Nastya, ella misma se encargó de desaparecer muchas de ellas en un intento de borrar su pasado.
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  • † 𝕹𝖎𝖌𝖍𝖙𝖒𝖆𝖗𝖊 †

    [Canción si quieren que el rol sea más inmersivo, es la que usé como inspiración: https://www.youtube.com/watch?v=xMraIqfl1ro ]

    Un sonido apenas reconocible. Venido en aumento mientras podía encontrarle sentido a ese ruido, pero dentro de todo era muy familiar, lo había escuchado antes, varias veces, sí, muchas veces. Pero algo extraño parecía apoderarse de lo que normalmente era una alegre canción circense... Como si un toque oscuro estuviera dominando el ritmo. Abrió los párpados de inmediato, la oscuridad de la habitación parecía consumirlo todo, apenas un atisbo de luz lunar se colaba entre las cortinas.

    Se puso en pie, ni siquiera se detuvo a ponerse nada en los pies, pues la música extraña parecía cada vez estar más fuerte, como si el volumen fuera de menos a mucho más, el ruido debía despertar a todos los vecinos si seguía así. Abrió la puerta y salió, en cuanto puso ambos pies afuera un azote lo dejó ahí. Cuando se giró a intentar abrir de nuevo, la puerta había desaparecido. El panorama de lo que una vez fue el exterior de su habitación, ahora parecía un enorme circo con la luna brillando en todo su esplendor. Una imagen que le hizo estremecer. La música se mantuvo en todo momento, repitiéndose la misma canción macabra, capaz de provocarle miedo. Habría querido huir, pero no había a dónde, todo a su alrededor parecía un paisaje espejo, lo que había de un lado estaba del otro, pero lo más difícil no era eso, no, no... Era soportar las miradas, en esa oscuridad de colores acromáticos, blanco y negro por todo lado... y después solo gris, y más negro... Y más negro... Y miradas que podían atravesarle hasta el espíritu, música que le hacía sentir incómodo, pero no podía moverse. Cualquier paso parecía guiarlo dentro de una carpa, como si estuviesen muy cerca, aunque se veían lejos.

    La música cambió, una melodía mucho más oscura, mucho más tétrica, que marcó la entrada de un pequeño coche rojo, tan pequeño que apenas cabrían niños, pero cuando éste se detuvo a unos metros de él, la puertecita del conductor se abrió de golpe. Una muy larga pierna salió de ahí, después un cuerpo delgado, largo, mucho más largo que cualquier persona, vestido de rayas acromáticas también. Un mimo, un mimo horrendo, gigante, el rostro sin gesto, pero una de sus manos le hizo un saludo, moviendo intercaladamente sus dedos largos y con uñas igualmente enormes. No lo soportó, echó a correr hacía el otro lado. El otro circo, el que estaba a su espalda, no parecía haber carrito ahí, pero en cuanto dio un par de pasos hacía él entró a un cuarto lleno de máscaras, unas tristes, otras felices, pero cada una tenía un aspecto más traumática que la anterior, intentando encontrar una salida mientras su mirada evitaba a las máscaras, de repente, entre ellas, un mimo como el de antes, pero con unos cinco pares extra de brazos, empezó a seguirlo, primero lento, ocultándose entre las sombras, pero una vez que él le vio por el rabillo del ojo, no había nada que ocultar, el corazón parecía que iba a salirse de su pecho, porque corría tan rápido como le permitían sus piernas.

    Pero, en un mundo sin reglas, el monstruo se adueñó de él. Soltó unas máscaras para tomarlo entre cuatro manos, lo alzó, su rostro sin expresión era el peor, mientras empezaba a jalarlo con tanta fuerza que parecía que lo iba a romper, hasta que la tela crujió. Y después su piel. Pues lo había tomado por las extremidades hasta que lo partió en cuatro.

    𝕽𝖎𝖎𝖎𝖎𝖎𝖎𝖎𝖓𝖌

    La alarma sonó, fuerte. Tanto que lo hizo saltar de la cama, retomó el aire, estuvo llorando... Incluso... Sus sábanas estaban mojadas. Era de día porque el sol le permitió ver como se orinó por un simple sueño, un dulce sueño... Una pequeñez. Sobre la otra almohada encontró un encantador detalle, un antifaz. Acromático.

    𝕮𝖆𝖙𝖍𝖊𝖗𝖎𝖓𝖊 𝖉𝖊 𝖛𝖊𝖗𝖉𝖆𝖉 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖆𝖇𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘𝖊 𝖔𝖇𝖘𝖊𝖖𝖚𝖎𝖔 𝖑𝖊 𝖌𝖚𝖘𝖙𝖆𝖗𝖆 𝖒𝖚𝖈𝖍𝖔, 𝖎𝖇𝖆 𝖆 𝖓𝖊𝖈𝖊𝖘𝖎𝖙𝖆𝖗𝖑𝖔 𝖊𝖓 𝖘𝖚𝖘 𝖓𝖔𝖈𝖍𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖈𝖎𝖗𝖈𝖔.
    † 𝕹𝖎𝖌𝖍𝖙𝖒𝖆𝖗𝖊 † [Canción si quieren que el rol sea más inmersivo, es la que usé como inspiración: https://www.youtube.com/watch?v=xMraIqfl1ro ] Un sonido apenas reconocible. Venido en aumento mientras podía encontrarle sentido a ese ruido, pero dentro de todo era muy familiar, lo había escuchado antes, varias veces, sí, muchas veces. Pero algo extraño parecía apoderarse de lo que normalmente era una alegre canción circense... Como si un toque oscuro estuviera dominando el ritmo. Abrió los párpados de inmediato, la oscuridad de la habitación parecía consumirlo todo, apenas un atisbo de luz lunar se colaba entre las cortinas. Se puso en pie, ni siquiera se detuvo a ponerse nada en los pies, pues la música extraña parecía cada vez estar más fuerte, como si el volumen fuera de menos a mucho más, el ruido debía despertar a todos los vecinos si seguía así. Abrió la puerta y salió, en cuanto puso ambos pies afuera un azote lo dejó ahí. Cuando se giró a intentar abrir de nuevo, la puerta había desaparecido. El panorama de lo que una vez fue el exterior de su habitación, ahora parecía un enorme circo con la luna brillando en todo su esplendor. Una imagen que le hizo estremecer. La música se mantuvo en todo momento, repitiéndose la misma canción macabra, capaz de provocarle miedo. Habría querido huir, pero no había a dónde, todo a su alrededor parecía un paisaje espejo, lo que había de un lado estaba del otro, pero lo más difícil no era eso, no, no... Era soportar las miradas, en esa oscuridad de colores acromáticos, blanco y negro por todo lado... y después solo gris, y más negro... Y más negro... Y miradas que podían atravesarle hasta el espíritu, música que le hacía sentir incómodo, pero no podía moverse. Cualquier paso parecía guiarlo dentro de una carpa, como si estuviesen muy cerca, aunque se veían lejos. La música cambió, una melodía mucho más oscura, mucho más tétrica, que marcó la entrada de un pequeño coche rojo, tan pequeño que apenas cabrían niños, pero cuando éste se detuvo a unos metros de él, la puertecita del conductor se abrió de golpe. Una muy larga pierna salió de ahí, después un cuerpo delgado, largo, mucho más largo que cualquier persona, vestido de rayas acromáticas también. Un mimo, un mimo horrendo, gigante, el rostro sin gesto, pero una de sus manos le hizo un saludo, moviendo intercaladamente sus dedos largos y con uñas igualmente enormes. No lo soportó, echó a correr hacía el otro lado. El otro circo, el que estaba a su espalda, no parecía haber carrito ahí, pero en cuanto dio un par de pasos hacía él entró a un cuarto lleno de máscaras, unas tristes, otras felices, pero cada una tenía un aspecto más traumática que la anterior, intentando encontrar una salida mientras su mirada evitaba a las máscaras, de repente, entre ellas, un mimo como el de antes, pero con unos cinco pares extra de brazos, empezó a seguirlo, primero lento, ocultándose entre las sombras, pero una vez que él le vio por el rabillo del ojo, no había nada que ocultar, el corazón parecía que iba a salirse de su pecho, porque corría tan rápido como le permitían sus piernas. Pero, en un mundo sin reglas, el monstruo se adueñó de él. Soltó unas máscaras para tomarlo entre cuatro manos, lo alzó, su rostro sin expresión era el peor, mientras empezaba a jalarlo con tanta fuerza que parecía que lo iba a romper, hasta que la tela crujió. Y después su piel. Pues lo había tomado por las extremidades hasta que lo partió en cuatro. 𝕽𝖎𝖎𝖎𝖎𝖎𝖎𝖎𝖓𝖌 La alarma sonó, fuerte. Tanto que lo hizo saltar de la cama, retomó el aire, estuvo llorando... Incluso... Sus sábanas estaban mojadas. Era de día porque el sol le permitió ver como se orinó por un simple sueño, un dulce sueño... Una pequeñez. Sobre la otra almohada encontró un encantador detalle, un antifaz. Acromático. 𝕮𝖆𝖙𝖍𝖊𝖗𝖎𝖓𝖊 𝖉𝖊 𝖛𝖊𝖗𝖉𝖆𝖉 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖆𝖇𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘𝖊 𝖔𝖇𝖘𝖊𝖖𝖚𝖎𝖔 𝖑𝖊 𝖌𝖚𝖘𝖙𝖆𝖗𝖆 𝖒𝖚𝖈𝖍𝖔, 𝖎𝖇𝖆 𝖆 𝖓𝖊𝖈𝖊𝖘𝖎𝖙𝖆𝖗𝖑𝖔 𝖊𝖓 𝖘𝖚𝖘 𝖓𝖔𝖈𝖍𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖈𝖎𝖗𝖈𝖔.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Segunda parte: La Reina Perdida.

    Akane intentó seguir adelante después de regresar a la Tierra. Lo intentó durante años. Volvió a caminar por las mismas calles, escuchó las mismas voces y vio a las personas que alguna vez formaron parte de su vida, pero nada logró hacerla sentir realmente en casa. Para todos los demás habían pasado apenas quince años desde su desaparición. Para ella habían pasado siglos enteros.

    La diferencia era demasiado grande, Akane ya no pensaba como alguien de la Tierra. Muchas veces olvidaba cosas simples de ese mundo mientras recordaba perfectamente nombres, costumbres y lugares de aquel otro cielo donde vivió la mayor parte de su vida. A veces despertaba durante la noche esperando escuchar las voces de sus hijos o sentir a su pareja a su lado, pero al abrir los ojos solo encontraba silencio.

    La peor parte no era la tristeza, sino la duda. Con el tiempo Akane descubrió formas de investigar el portal que la había traído de regreso. Existían señales, rastros y viejos registros relacionados con los sellos de los nuevos Dioses. Poco a poco comenzó a creer que regresar podía ser posible. El problema era que mientras más cerca veía esa posibilidad, más miedo sentía.

    Habían pasado casi tres siglos en aquel mundo antes de ser arrancada de él.

    Si lograba volver, tal vez encontraría tumbas y ruinas. Tal vez su familia había desaparecido hacía mucho tiempo. Incluso si seguían vivos, Akane no sabía cómo la mirarían después de tanto tiempo. Desde la perspectiva de ellos, simplemente desapareció. Sus hijos pudieron crecer creyendo que los abandonó. Su pareja pudo pasar siglos esperando un regreso que nunca ocurrió. Pensar en eso la dejaba paralizada.

    Por primera vez desde que volvió a la Tierra, Akane comenzó a sentirse atrapada, no pertenecía completamente a este mundo, pero tampoco tenía el valor de regresar al otro.

    Fue durante ese tiempo cuando se acercó más a Lili, al principio solo buscaba compañía. Alguien que la escuchara sin intentar arreglarla o decirle que olvidara el pasado. Lili nunca intentó reemplazar lo que Akane perdió. Nunca le pidió que dejara atrás sus recuerdos ni actuó con celos hacia una familia que ni siquiera pertenecía a ese mundo. Simplemente permaneció a su lado.

    Akane encontró descanso en ella, no era felicidad completa, pero sí algo cercano a la calma.

    Una noche terminaron durmiendo juntas y con el tiempo nació Hannah. Akane amó a su hija desde el momento en que la sostuvo por primera vez. Hannah se convirtió en una luz dentro de una vida que llevaba años sintiéndose vacía. Akane la cuidaba con una dedicación absoluta, permanecía a su lado incluso en las noches donde los recuerdos no la dejaban dormir y muchas veces se sorprendía observándola en silencio, como si temiera perderla también.

    Pero ni siquiera Hannah logró borrar el dolor que Akane cargaba, cada vez que veía a su hija también recordaba a los hijos que dejó atrás bajo el cielo de dos lunas. Recordaba sus rostros, sus voces y la vida que construyó con ellos durante siglos. A veces sentía culpa por permitirse amar otra vez. Otras veces sentía culpa por no poder entregarse completamente a la vida que tenía ahora.

    Lili entendía más de lo que Akane decía, sabía que una parte de ella nunca regresó realmente a la Tierra. En ocasiones Akane observaba la luna durante horas desde la ventana de su casa. Hannah dormía en la habitación contigua y Lili descansaba cerca de ella, pero aun así Akane sentía ese vacío en el pecho al mirar el cielo y encontrar solo una luna observándola desde arriba.

    Porque aunque la Tierra seguía siendo el mundo donde nació, su corazón seguía atrapado en el lugar donde aprendió lo que era tener un hogar.

    Segunda parte: La Reina Perdida. Akane intentó seguir adelante después de regresar a la Tierra. Lo intentó durante años. Volvió a caminar por las mismas calles, escuchó las mismas voces y vio a las personas que alguna vez formaron parte de su vida, pero nada logró hacerla sentir realmente en casa. Para todos los demás habían pasado apenas quince años desde su desaparición. Para ella habían pasado siglos enteros. La diferencia era demasiado grande, Akane ya no pensaba como alguien de la Tierra. Muchas veces olvidaba cosas simples de ese mundo mientras recordaba perfectamente nombres, costumbres y lugares de aquel otro cielo donde vivió la mayor parte de su vida. A veces despertaba durante la noche esperando escuchar las voces de sus hijos o sentir a su pareja a su lado, pero al abrir los ojos solo encontraba silencio. La peor parte no era la tristeza, sino la duda. Con el tiempo Akane descubrió formas de investigar el portal que la había traído de regreso. Existían señales, rastros y viejos registros relacionados con los sellos de los nuevos Dioses. Poco a poco comenzó a creer que regresar podía ser posible. El problema era que mientras más cerca veía esa posibilidad, más miedo sentía. Habían pasado casi tres siglos en aquel mundo antes de ser arrancada de él. Si lograba volver, tal vez encontraría tumbas y ruinas. Tal vez su familia había desaparecido hacía mucho tiempo. Incluso si seguían vivos, Akane no sabía cómo la mirarían después de tanto tiempo. Desde la perspectiva de ellos, simplemente desapareció. Sus hijos pudieron crecer creyendo que los abandonó. Su pareja pudo pasar siglos esperando un regreso que nunca ocurrió. Pensar en eso la dejaba paralizada. Por primera vez desde que volvió a la Tierra, Akane comenzó a sentirse atrapada, no pertenecía completamente a este mundo, pero tampoco tenía el valor de regresar al otro. Fue durante ese tiempo cuando se acercó más a Lili, al principio solo buscaba compañía. Alguien que la escuchara sin intentar arreglarla o decirle que olvidara el pasado. Lili nunca intentó reemplazar lo que Akane perdió. Nunca le pidió que dejara atrás sus recuerdos ni actuó con celos hacia una familia que ni siquiera pertenecía a ese mundo. Simplemente permaneció a su lado. Akane encontró descanso en ella, no era felicidad completa, pero sí algo cercano a la calma. Una noche terminaron durmiendo juntas y con el tiempo nació Hannah. Akane amó a su hija desde el momento en que la sostuvo por primera vez. Hannah se convirtió en una luz dentro de una vida que llevaba años sintiéndose vacía. Akane la cuidaba con una dedicación absoluta, permanecía a su lado incluso en las noches donde los recuerdos no la dejaban dormir y muchas veces se sorprendía observándola en silencio, como si temiera perderla también. Pero ni siquiera Hannah logró borrar el dolor que Akane cargaba, cada vez que veía a su hija también recordaba a los hijos que dejó atrás bajo el cielo de dos lunas. Recordaba sus rostros, sus voces y la vida que construyó con ellos durante siglos. A veces sentía culpa por permitirse amar otra vez. Otras veces sentía culpa por no poder entregarse completamente a la vida que tenía ahora. Lili entendía más de lo que Akane decía, sabía que una parte de ella nunca regresó realmente a la Tierra. En ocasiones Akane observaba la luna durante horas desde la ventana de su casa. Hannah dormía en la habitación contigua y Lili descansaba cerca de ella, pero aun así Akane sentía ese vacío en el pecho al mirar el cielo y encontrar solo una luna observándola desde arriba. Porque aunque la Tierra seguía siendo el mundo donde nació, su corazón seguía atrapado en el lugar donde aprendió lo que era tener un hogar.
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  • Todo comenzó con una mirada perdida.

    La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida.


    Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible.

    Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro.


    Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía.

    Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese.

    Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió.

    Un cruce de caminos. Un cruce de miradas.

    “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro

    Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino.

    Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa.

    En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse.

    Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real.

    Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña.

    Todo comenzó con una mirada perdida. La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida. Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible. Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro. Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía. Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese. Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió. Un cruce de caminos. Un cruce de miradas. “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino. Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa. En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse. Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real. Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña. 🦋💖
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