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    CURIOSIDADES DE IVY HALLIWELL
    1) Es hija única
    2) No quiso saber nada de su magia natural.
    3) Incendio de manera accidental su casa.
    4) Tiende a decir palabrotas.
    5) Es bastante torpe.
    6) Es inspectora de la policía y aún no sabe cómo la aguantan.
    7) Tiene un pug llamado Simba.
    8) No le gusta las acampadas.
    9) Le gustaría viajar a Francia.
    10) Está aprendiendo chino.
    11) Es alérgica a los lácteos.
    CURIOSIDADES DE IVY HALLIWELL 1) Es hija única 2) No quiso saber nada de su magia natural. 3) Incendio de manera accidental su casa. 4) Tiende a decir palabrotas. 5) Es bastante torpe. 6) Es inspectora de la policía y aún no sabe cómo la aguantan. 7) Tiene un pug llamado Simba. 8) No le gusta las acampadas. 9) Le gustaría viajar a Francia. 10) Está aprendiendo chino. 11) Es alérgica a los lácteos.
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  • 𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧
    — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳

    「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」
    ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧*
    Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche.
    "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊".

    Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada.
    Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻.

    —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼?
    —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡

    ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua.
    ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello.

    ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽.

    ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración.
    ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo?

    ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente.

    ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo.
    ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más.
    ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..."

    ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento.
    ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa?
    ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
    𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧ — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳 「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」 ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧* Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche. "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊". Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada. Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻. —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼? —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡ ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua. ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello. ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽. ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración. ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo? ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente. ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo. ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más. ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..." ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento. ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa? ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
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  • 𝐑ecuerdo que, en mis días de universidad, mi mayor distracción eran los animales. No sé por qué, pero siempre parecían buscarme; los perros tiraban de sus correas para saludarme en la calle y los gatos callejeros se me enredaban en los tobillos. Era lindo. Por eso, cuando por fin conseguí mi propio departamento al empezar a trabajar, pensé que era el momento perfecto para adoptar. Quería tener a alguien esperándome al regresar.
    𝐏ero... supongo que mi habilidad para cuidar vidas se queda exclusivamente dentro del quirófano. Lo intenté un par de veces, pero la historia siempre se repetía: llegaba a casa completamente exhausto después de una guardia interminable, caía en un sueño pesadísimo, y al despertar, el animalito simplemente ya no estaba. Me culpo muchísimo por ello. Seguramente por mi torpeza dejaba la puerta mal cerrada o la ventana del baño abierta... quizá ese olor a hospital que siempre traigo impregnado terminaba por ahuyentarlos.

    Me encantaba su compañía, de verdad... pero he tenido que aceptar la realidad. A día de hoy, ni siquiera las personas consiguen permanecer a mi lado por mucho tiempo. Amigos, citas... tarde o temprano todos terminan yéndose sin dejar rastro. 𝑇𝑎𝑙 𝑣𝑒𝑧 𝑠𝑖𝑚𝑝𝑙𝑒𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑒𝑠 𝑚𝑖 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑛𝑜. ༒︎
    𝐑ecuerdo que, en mis días de universidad, mi mayor distracción eran los animales. No sé por qué, pero siempre parecían buscarme; los perros tiraban de sus correas para saludarme en la calle y los gatos callejeros se me enredaban en los tobillos. Era lindo. Por eso, cuando por fin conseguí mi propio departamento al empezar a trabajar, pensé que era el momento perfecto para adoptar. Quería tener a alguien esperándome al regresar. 𝐏ero... supongo que mi habilidad para cuidar vidas se queda exclusivamente dentro del quirófano. Lo intenté un par de veces, pero la historia siempre se repetía: llegaba a casa completamente exhausto después de una guardia interminable, caía en un sueño pesadísimo, y al despertar, el animalito simplemente ya no estaba. Me culpo muchísimo por ello. Seguramente por mi torpeza dejaba la puerta mal cerrada o la ventana del baño abierta... quizá ese olor a hospital que siempre traigo impregnado terminaba por ahuyentarlos. Me encantaba su compañía, de verdad... pero he tenido que aceptar la realidad. A día de hoy, ni siquiera las personas consiguen permanecer a mi lado por mucho tiempo. Amigos, citas... tarde o temprano todos terminan yéndose sin dejar rastro. 𝑇𝑎𝑙 𝑣𝑒𝑧 𝑠𝑖𝑚𝑝𝑙𝑒𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑒𝑠 𝑚𝑖 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑛𝑜. ༒︎
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  • Hacía calor en Teyvat. Hasta los lobos de Wolvendom, el reino de los lobos, habían bajado al lago a beber y a refrescarse. Razor se encontraba tirado en el pasto bajo un frondoso árbol haciendo dibujos con material que le había prestado Klee tiempo atrás. algunas hojas, algunos lápices.

    -Mhm....bien...así....Lobo...bueno...

    Decía para sí mismo, fruncía el cejo y saca la lengua en su expresión de "máxima concentración" como si estuviera dibujando los planos de una obra arquitectónica. Con torpes trazos puntiagudos simulaba el pelaje de un lobo medianamente decente, sin embargo, los ojos y la cara...

    -¡Mhm! -exclamó satisfecho-...Cuando...ver...a...Hermana Lisa...mostrar...lobo..
    Hacía calor en Teyvat. Hasta los lobos de Wolvendom, el reino de los lobos, habían bajado al lago a beber y a refrescarse. Razor se encontraba tirado en el pasto bajo un frondoso árbol haciendo dibujos con material que le había prestado Klee tiempo atrás. algunas hojas, algunos lápices. -Mhm....bien...así....Lobo...bueno... Decía para sí mismo, fruncía el cejo y saca la lengua en su expresión de "máxima concentración" como si estuviera dibujando los planos de una obra arquitectónica. Con torpes trazos puntiagudos simulaba el pelaje de un lobo medianamente decente, sin embargo, los ojos y la cara... -¡Mhm! -exclamó satisfecho-...Cuando...ver...a...Hermana Lisa...mostrar...lobo..
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  • Cuentan (aunque nadie se atreve a preguntarle)que hubo un tiempo en que Hakuja no conocía el miedo. La serpiente blanca no albergaba malicia en su corazón; era antigua, sí, pero no cruel, después de todo había visto siglos pasar.

    Aquella noche, la lluvia caía con una insistencia casi dolorosa cuando lo encontró: un humano herido, apenas consciente, abandonado a su suerte; Hakuja no dudó y enroscó su cuerpo alrededor de él, no para aprisionarlo sino para protegerlo del frío, cubríendo su respiración como si fuera un tesoro. Lo cuidó hasta que el humano despertó y sus ojos se encontraron: los de ella, grandes y translúcidos, llenos de una calma imposible; los de él… llenos de intención, porque donde Hakuja veía vida, él vio oportunidad.

    Esperó lo suficiente, paciente en su miseria, hasta que el cansancio venció a la criatura que nunca aprendió a desconfiar, y cuando Hakuja cerró los ojos, el humano mostró lo que realmente era: con manos torpes, movidas por codicia y miedo, desgarró su párpado sin honor ni duelo, solo violencia cruda, y arrancó uno de sus ojos como si fuera un objeto, no parte de un ser que sentía; el bosque entero guardó silencio, con horror.

    Hakuja despertó con un grito que no pertenecía a este mundo… pero no atacó, no lo persiguió, no buscó venganza ni reclamó lo que era suyo; solo lloró, y sus lágrimas, pesadas marcaban la tierra como si el suelo mismo recordara su dolor, porque lo que realmente se rompió no fue su cuerpo sino su creencia: había pensado que si era buena, el mundo lo sería también, y esa idea fue lo que la destruyó por dentro.

    Dicen que sus sollozos viajaron tan lejos que incluso un dios los escuchó, uno cruel, cansado del ruido del mundo; descendió no por compasión, sino por curiosidad, y lo que encontró lo detuvo: una criatura poderosa, rota no por debilidad, sino por haber creído demasiado.

    Sin palabras, el dios se acercó, al tocarla, cerró la herida y devolvió el ojo a su lugar; entonces Hakuja alzó la mirada, y por primera vez en su larga existencia no había fe en ella… solo silencio.

    Desde entonces sigue vagando, noble y gentil pero aun con el dolor de no comprender qué hizo para merecer aquel ataque.
    Cuentan (aunque nadie se atreve a preguntarle)que hubo un tiempo en que Hakuja no conocía el miedo. La serpiente blanca no albergaba malicia en su corazón; era antigua, sí, pero no cruel, después de todo había visto siglos pasar. Aquella noche, la lluvia caía con una insistencia casi dolorosa cuando lo encontró: un humano herido, apenas consciente, abandonado a su suerte; Hakuja no dudó y enroscó su cuerpo alrededor de él, no para aprisionarlo sino para protegerlo del frío, cubríendo su respiración como si fuera un tesoro. Lo cuidó hasta que el humano despertó y sus ojos se encontraron: los de ella, grandes y translúcidos, llenos de una calma imposible; los de él… llenos de intención, porque donde Hakuja veía vida, él vio oportunidad. Esperó lo suficiente, paciente en su miseria, hasta que el cansancio venció a la criatura que nunca aprendió a desconfiar, y cuando Hakuja cerró los ojos, el humano mostró lo que realmente era: con manos torpes, movidas por codicia y miedo, desgarró su párpado sin honor ni duelo, solo violencia cruda, y arrancó uno de sus ojos como si fuera un objeto, no parte de un ser que sentía; el bosque entero guardó silencio, con horror. Hakuja despertó con un grito que no pertenecía a este mundo… pero no atacó, no lo persiguió, no buscó venganza ni reclamó lo que era suyo; solo lloró, y sus lágrimas, pesadas marcaban la tierra como si el suelo mismo recordara su dolor, porque lo que realmente se rompió no fue su cuerpo sino su creencia: había pensado que si era buena, el mundo lo sería también, y esa idea fue lo que la destruyó por dentro. Dicen que sus sollozos viajaron tan lejos que incluso un dios los escuchó, uno cruel, cansado del ruido del mundo; descendió no por compasión, sino por curiosidad, y lo que encontró lo detuvo: una criatura poderosa, rota no por debilidad, sino por haber creído demasiado. Sin palabras, el dios se acercó, al tocarla, cerró la herida y devolvió el ojo a su lugar; entonces Hakuja alzó la mirada, y por primera vez en su larga existencia no había fe en ella… solo silencio. Desde entonces sigue vagando, noble y gentil pero aun con el dolor de no comprender qué hizo para merecer aquel ataque.
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  • La pelirroja se reincorporó en el asiento, sintiendo cada músculo de su espalda protestar tras horas de audiencias. El trono de piedra, desgastado por los años pero impecablemente limpio, era una cárcel elegante que le recordaba el peso de su responsabilidad

    ​Sigurd se acercó con paso firme, sosteniendo un pergamino que se enrollaba con dificultad. Su mirada, siempre atenta y protectora, se posó en la reina escarlata.

    ​—El pueblo se levanta, Elizabeth, pero el hambre camina más rápido que las piedras que apilamos —comentó el consejero con voz grave—. Solo quedan tres sacos de grano en la reserva del ala este.

    ✴​—Prioriza a los constructores y a los niños, Sigurd —respondió ella, frotándose las sienes—. Si los muros no suben, el Rey del Norte no necesitará un asedio, solo tendrá que caminar hacia nosotros.
    ​Sigurd asintió y se dirigió hacia la gran puerta.

    ​—¡Siguiente! —exclamó.

    ​Un aldeano de manos callosas y ropa remendada entró, arrodillándose con torpeza.

    ​—Majestad...

    ✴ ─ Elizabeth, por favor, dime por mi nombre

    ​— Pe..perdon Majes-Elizabeth...
    los pozos del norte están secos. Si no compartimos el agua de la plaza, mis cultivos morirán antes de la cosecha.

    ​Elizabeth se inclinó hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo sobre una mano.

    ✴​—Si abrimos los pozos de la plaza a los cultivos, el pueblo se quedará sin agua potable en tres días. Escucha, lleva a tus hombres al riachuelo del lindero sur. Es más lejos, pero les daré escolta armada para que trabajen tranquilos. Sigurd, asígnale dos guardias.

    ​El hombre agradeció con una reverencia y salió con un rayo de esperanza en los ojos. Sigurd se volvió hacia ella, bajando el tono.

    ​—Esa escolta nos deja vulnerables en la puerta principal. ¿Estás segura de este paso mientras el enemigo se reagrupa en las colinas?

    ✴​—Sin comida no hay ejército que defender, Sigurd —sentenció Elizabeth con firmeza—. El Rey del Norte espera que nos desmoronemos desde dentro. No le daré ese placer. ¿Quién sigue?

    ​Sigurd suspiró, admirando la determinación de su reina, y volvió a abrir las puertas.

    ​—¡Siguiente! —anunció.
    La pelirroja se reincorporó en el asiento, sintiendo cada músculo de su espalda protestar tras horas de audiencias. El trono de piedra, desgastado por los años pero impecablemente limpio, era una cárcel elegante que le recordaba el peso de su responsabilidad ​Sigurd se acercó con paso firme, sosteniendo un pergamino que se enrollaba con dificultad. Su mirada, siempre atenta y protectora, se posó en la reina escarlata. ​—El pueblo se levanta, Elizabeth, pero el hambre camina más rápido que las piedras que apilamos —comentó el consejero con voz grave—. Solo quedan tres sacos de grano en la reserva del ala este. ✴​—Prioriza a los constructores y a los niños, Sigurd —respondió ella, frotándose las sienes—. Si los muros no suben, el Rey del Norte no necesitará un asedio, solo tendrá que caminar hacia nosotros. ​Sigurd asintió y se dirigió hacia la gran puerta. ​—¡Siguiente! —exclamó. ​Un aldeano de manos callosas y ropa remendada entró, arrodillándose con torpeza. ​—Majestad... ✴ ─ Elizabeth, por favor, dime por mi nombre ​— Pe..perdon Majes-Elizabeth... los pozos del norte están secos. Si no compartimos el agua de la plaza, mis cultivos morirán antes de la cosecha. ​Elizabeth se inclinó hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo sobre una mano. ✴​—Si abrimos los pozos de la plaza a los cultivos, el pueblo se quedará sin agua potable en tres días. Escucha, lleva a tus hombres al riachuelo del lindero sur. Es más lejos, pero les daré escolta armada para que trabajen tranquilos. Sigurd, asígnale dos guardias. ​El hombre agradeció con una reverencia y salió con un rayo de esperanza en los ojos. Sigurd se volvió hacia ella, bajando el tono. ​—Esa escolta nos deja vulnerables en la puerta principal. ¿Estás segura de este paso mientras el enemigo se reagrupa en las colinas? ✴​—Sin comida no hay ejército que defender, Sigurd —sentenció Elizabeth con firmeza—. El Rey del Norte espera que nos desmoronemos desde dentro. No le daré ese placer. ¿Quién sigue? ​Sigurd suspiró, admirando la determinación de su reina, y volvió a abrir las puertas. ​—¡Siguiente! —anunció.
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  • Blanca y amarilla. Ambas redondas. Una es dos veces al día, la otra solo uno. Llevaba demasiado tiempo con ambas y no lograban hacer el efecto acordado.

    —Te sentirás somnolienta, quizás tu mente trabaje más lento y tengas movimientos algo torpes. La Quetiapina debes tomarla solamente cuando vayas a dormir porque te va a causar mucho sueño, ¿de acuerdo? —eso fue lo que el doctor le dijo la primera vez que le fueron recetadas las pastillas. En ese entonces eran dosis más bajas, pero ni siquiera al subirlas o cambiarles los compuestos sirvieron para disminuir sus alucinaciones.

    Estaba harta. No solo no prevenían sus ataques más intensos, si no que tampoco se sentía como le dijeron que iba a sentirse. Por el contrario, muchas veces estaba más alerta y el cansancio era causado más que nada por la falta de sueño al estar despierta la mayoría de las noches. Nunca lograba dormir ocho horas, ni siquiera dos que fueran de forma continua.

    La 𝘣𝘳𝘪𝘭𝘭𝘢𝘯𝘵𝘦 idea de tomar más de las indicadas a veces cruzaba su mente, pero terminaba con consecuencias graves, usualmente sangrado. En contadas ocasiones fueron desmayos repentinos luego de varias horas de haberlas tomado.

    Justo en ese momento había comenzado a sangrar su nariz y, al toser, también salió un poco de sangre por su boca. Iba a tener que llamar al trabajo para tomarse esa noche, adelantándose al posible hecho que podría caer inconsciente.

    Quiso llamar a su tío para que estuviera con ella en ese caso, pero sabía que él no iba a responder o, en el mejor de los casos, desacreditaría la urgencia y le diría que estaba exagerando. En momentos así deseaba tener a alguien a quien acudir por ayuda, por refugio, pero no tenía a nadie.

    En todo caso, iba a tener que avisar que le cambien las recetas... o quizá debía cambiar de doctor... 𝙤𝙩𝙧𝙖 𝙫𝙚𝙯. Tal vez no sería mala idea empezar a buscar, aunque ya se conocía a varios.
    Blanca y amarilla. Ambas redondas. Una es dos veces al día, la otra solo uno. Llevaba demasiado tiempo con ambas y no lograban hacer el efecto acordado. —Te sentirás somnolienta, quizás tu mente trabaje más lento y tengas movimientos algo torpes. La Quetiapina debes tomarla solamente cuando vayas a dormir porque te va a causar mucho sueño, ¿de acuerdo? —eso fue lo que el doctor le dijo la primera vez que le fueron recetadas las pastillas. En ese entonces eran dosis más bajas, pero ni siquiera al subirlas o cambiarles los compuestos sirvieron para disminuir sus alucinaciones. Estaba harta. No solo no prevenían sus ataques más intensos, si no que tampoco se sentía como le dijeron que iba a sentirse. Por el contrario, muchas veces estaba más alerta y el cansancio era causado más que nada por la falta de sueño al estar despierta la mayoría de las noches. Nunca lograba dormir ocho horas, ni siquiera dos que fueran de forma continua. La 𝘣𝘳𝘪𝘭𝘭𝘢𝘯𝘵𝘦 idea de tomar más de las indicadas a veces cruzaba su mente, pero terminaba con consecuencias graves, usualmente sangrado. En contadas ocasiones fueron desmayos repentinos luego de varias horas de haberlas tomado. Justo en ese momento había comenzado a sangrar su nariz y, al toser, también salió un poco de sangre por su boca. Iba a tener que llamar al trabajo para tomarse esa noche, adelantándose al posible hecho que podría caer inconsciente. Quiso llamar a su tío para que estuviera con ella en ese caso, pero sabía que él no iba a responder o, en el mejor de los casos, desacreditaría la urgencia y le diría que estaba exagerando. En momentos así deseaba tener a alguien a quien acudir por ayuda, por refugio, pero no tenía a nadie. En todo caso, iba a tener que avisar que le cambien las recetas... o quizá debía cambiar de doctor... 𝙤𝙩𝙧𝙖 𝙫𝙚𝙯. Tal vez no sería mala idea empezar a buscar, aunque ya se conocía a varios.
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  • ʙɪᴛáᴄᴏʀᴀ ᴘáɢ. 𝟦𝟩
    ────────────
    》ᴛʀᴇᴅᴊᴇ ᴍåɴᴇᴅ, ᴠɪɴᴛᴇʀᴊᴇᴠɴᴅøɢɴ

    Han pasado ya un par de meses desde que mis pasos se detuvieron en estas tierras.

    Hoy lidero la resistencia.

    Es gratificante observar cómo el pueblo, tras tanto tiempo en las sombras, comienza a entender lo que significa vivir en libertad. Aunque el gobernante del Norte persiste en su ambición de conquistar este suelo, se ha topado con un muro de hombres y mujeres que pelean con el corazón en la mano, defendiendo lo que les pertenece por derecho.

    Piedra a piedra, este lugar se levanta de nuevo.
    ​Al principio, me negué rotundamente a sus súplicas de quedarme de forma definitiva. Sin embargo, encontré una paz extraña al caminar por las callejuelas; el sonido de los artesanos volviendo a sus yunques y las risas de los niños que han regresado a jugar me desarmaron. ¿Para qué seguir viajando? He recorrido cada rincón de los siete reinos buscando algo que no aparecía. Quizás, luchar junto a esta gente y echar raíces para proteger lo que de verdad vale la pena sea, al fin, mi destino.

    ​Ahora resido en la antigua casa del Lord, es un espacio gigante, silencioso, y admito que no me acostumbro a tener tanto sitio para mí sola. El pueblo me mira con una reverencia que me incomoda...preferiría que me vieran como a una igual, pero la responsabilidad sobre mis hombros no me permite el lujo de la modestia.

    He tenido que aprender a delegar, a establecer cargos y a forjar soldados de donde antes solo había campesinos.
    ​En este proceso, tres personas se han vuelto pilares fundamentales para mí. Su lealtad es inquebrantable

    ​◇ Gunnar, el mayor de todos. Es un hombre de proporciones colosales y un temperamento que estalla con la facilidad de una chispa en la paja seca. Tiene un vozarrón gutural capaz de imponer orden en el caos más absoluto del campo de batalla. Aunque sigue mis instrucciones al pie de la letra y ha convertido la plaza de armas en un nido de guerreros eficientes, sigue siendo un testarudo. Le he insistido en que use la espada, pero no suelta su hacha; una compañera fiel que, sospecho, pesa casi tanto como él.

    ​◇ Sigurd a diferencia de Gunnar, es torpe con las manos pero posee una mente brillante. Es un hombre de pluma, papel y estrategia. Lleva el recuento exacto de cada alma en este pueblo y gestiona nuestros recursos con una precisión quirúrgica para que el fantasma de la escasez nunca cruce nuestras puertas. Sin su intelecto, la logística de esta guerra se desmoronaría.

    ​◇ Milenka, mi mano derecha y, en mi fuero interno, la hermana menor que nunca tuve. Tenemos caracteres similares y chocamos constantemente, pues su alma alberga una fuerza indomable. Está en esa etapa de transición, descubriendo la mujer en la que se convertirá, pero su destreza con el arco es algo que incluso yo envidio, tiene una puntería excepcional que no conoce el error.

    ​A los tres les he cedido estancias en el castillo para que vivan con total libertad. Lo mismo ocurre con los antiguos sirvientes; siguen desempeñando sus labores de cocina, limpieza y custodia, pero ya no como esclavos de un linaje, sino como ciudadanos autónomos que reciben techo, abrigo y alimento a cambio de su esfuerzo.


    ​No sé si en algún momento esta vida dejará de resultarme extraña, pero supongo que el tiempo tendrá la última palabra. Hasta entonces seguiré haciendo registro en esta bitácora de todo lo que acontezca
    ʙɪᴛáᴄᴏʀᴀ ᴘáɢ. 𝟦𝟩 ──────────── 》ᴛʀᴇᴅᴊᴇ ᴍåɴᴇᴅ, ᴠɪɴᴛᴇʀᴊᴇᴠɴᴅøɢɴ Han pasado ya un par de meses desde que mis pasos se detuvieron en estas tierras. Hoy lidero la resistencia. Es gratificante observar cómo el pueblo, tras tanto tiempo en las sombras, comienza a entender lo que significa vivir en libertad. Aunque el gobernante del Norte persiste en su ambición de conquistar este suelo, se ha topado con un muro de hombres y mujeres que pelean con el corazón en la mano, defendiendo lo que les pertenece por derecho. Piedra a piedra, este lugar se levanta de nuevo. ​Al principio, me negué rotundamente a sus súplicas de quedarme de forma definitiva. Sin embargo, encontré una paz extraña al caminar por las callejuelas; el sonido de los artesanos volviendo a sus yunques y las risas de los niños que han regresado a jugar me desarmaron. ¿Para qué seguir viajando? He recorrido cada rincón de los siete reinos buscando algo que no aparecía. Quizás, luchar junto a esta gente y echar raíces para proteger lo que de verdad vale la pena sea, al fin, mi destino. ​Ahora resido en la antigua casa del Lord, es un espacio gigante, silencioso, y admito que no me acostumbro a tener tanto sitio para mí sola. El pueblo me mira con una reverencia que me incomoda...preferiría que me vieran como a una igual, pero la responsabilidad sobre mis hombros no me permite el lujo de la modestia. He tenido que aprender a delegar, a establecer cargos y a forjar soldados de donde antes solo había campesinos. ​En este proceso, tres personas se han vuelto pilares fundamentales para mí. Su lealtad es inquebrantable ​◇ Gunnar, el mayor de todos. Es un hombre de proporciones colosales y un temperamento que estalla con la facilidad de una chispa en la paja seca. Tiene un vozarrón gutural capaz de imponer orden en el caos más absoluto del campo de batalla. Aunque sigue mis instrucciones al pie de la letra y ha convertido la plaza de armas en un nido de guerreros eficientes, sigue siendo un testarudo. Le he insistido en que use la espada, pero no suelta su hacha; una compañera fiel que, sospecho, pesa casi tanto como él. ​◇ Sigurd a diferencia de Gunnar, es torpe con las manos pero posee una mente brillante. Es un hombre de pluma, papel y estrategia. Lleva el recuento exacto de cada alma en este pueblo y gestiona nuestros recursos con una precisión quirúrgica para que el fantasma de la escasez nunca cruce nuestras puertas. Sin su intelecto, la logística de esta guerra se desmoronaría. ​◇ Milenka, mi mano derecha y, en mi fuero interno, la hermana menor que nunca tuve. Tenemos caracteres similares y chocamos constantemente, pues su alma alberga una fuerza indomable. Está en esa etapa de transición, descubriendo la mujer en la que se convertirá, pero su destreza con el arco es algo que incluso yo envidio, tiene una puntería excepcional que no conoce el error. ​A los tres les he cedido estancias en el castillo para que vivan con total libertad. Lo mismo ocurre con los antiguos sirvientes; siguen desempeñando sus labores de cocina, limpieza y custodia, pero ya no como esclavos de un linaje, sino como ciudadanos autónomos que reciben techo, abrigo y alimento a cambio de su esfuerzo. ​No sé si en algún momento esta vida dejará de resultarme extraña, pero supongo que el tiempo tendrá la última palabra. Hasta entonces seguiré haciendo registro en esta bitácora de todo lo que acontezca
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  • 「I҉̖̖̓̑̐̍̚n҈͈̜̙̮̣̍̂ t̴͎͇͔͎̃͊ḫ̴̗͓̱͚̔̿e̴͔̪̫̓͂̊ f҉̩͖͓̐͛́̅ả̷͉̞̖̙̔͂̂̚k̶̞̱̰̩̿̔̈̒̉ͅe҉̗̗̙̤̃͗͑ ṕ̵̘̭̣͎̇͗̿̅l̵͈̙̪͐̑̚ḁ̵̘͆̌̎̐̎s̷̭̲̊̈̚̚t̵͈̤͋̒̉͒i҈͍̘̳͎͇͐̇̀c̶͈̥̲̬͐̋ Ẹ̴̦̖͊̍ͅa̶̫̳͈̪͕̍̂̍̚r̷̘͍̍͒t̶̗͉͉̣̯́́̋̂̒h̷̦͙̽́」

    Le perturbaba.

    El concepto del tiempo humano era, con sinceridad, un enigma indescifrable. ¿Habían pasado dos años? ¿Quizás tres? La magnitud de los ciclos terrestres se le escapaba entre los dedos. No hacía mucho (en términos cósmicos) que había sido despojado de su rango y de gran parte de su esencia, viéndose obligado a habitar un cuerpo ineficiente, un montón de carne y hueso que le resultaba humillante. Había tenido que aprender procesos rudimentarios, pero el que aún le exigía un esfuerzo visceral era el acto de caminar. Se desplazaba con la fragilidad de un cervatillo recién nacido: sus tobillos cedían con frecuencia y terminaba colapsando contra el suelo de forma estrepitosa. Sin embargo, ante la ausencia de otras facultades, el desplazamiento bipedal no era una opción, sino una condena necesaria.

    Sariel deambulaba por donde quería y cuando quería, dedicando una atención insana a cualquier detalle del entorno, siempre y cuando no fuera un rostro humano.

    La noción del dolor también era una novedad. A pesar de convivir con él desde su primer segundo de exilio, la sensación constante de tener la dermis desgarrada era una tortura más profunda de lo que sus escasas ganas de hablar podrían expresar. Incluso el acto de caminar se volvía un campo de minas; doblarse un pie no era placentero, y debía ser meticuloso con la fricción de la ropa sobre su espalda desollada o el contacto del dorso de sus manos con cualquier superficie. En comparación, las heridas circulares de su rostro eran un suplicio llevadero, algo que casi lograba ignorar.

    Prefería la noche. El día poseía una belleza que disfrutaba, pero la luz solar al incidir en él generaba una sobreexposición visual que le resultaba... incómoda. Sí, esa era la palabra. En la oscuridad, no solo poseía la agudeza visual de un depredador nocturno, sino que las personas se mantenía a una distancia prudente. No alcanzaba a comprender si era por su estatura inusual o por su gélida falta de respuesta, pero la soledad absoluta era un refugio mejor de lo que esperaba. Hacía más de ¿Un año? que no utilizaba su voz; el simple hecho de intentar organizar el sistema de unidades de tiempo le provocaba un mareo físico nauseabundo.

    Recientemente había descubierto la existencia de los dispositivos de captura audiovisual. Le resultaba vagamente entretenido el hecho de que su presencia fuera irrepresentable: en el mejor de los casos, la imagen era un granulado indescifrable; en el peor, el archivo simplemente sucumbía a la corrupción de datos. Esa invisibilidad digital era su mejor arma; no era un acto consciente, pero le daba una cierta paz el saber que nadie podría percibir su rostro a través de una lente.

    Aquella noche, mientras recorría una zona desolada y de iluminación precaria, sus piernas volvieron a ceder. Cayó de costado por segunda vez en el día; una cuota mínima de torpeza para sus estándares. Se quedó en el suelo unos minutos, con las piernas flexionadas y las manos desnudas sosteniendo el peso de su cuerpo contra el asfalto. No le importó si la fricción había lacerado su piel; después de todo, esas heridas sí estaban destinadas a cerrar. Permaneció allí, en silencio, antes de retomar su errática caminata hacia el único placer humano que sí disfrutaba: el sueño.
    「I҉̖̖̓̑̐̍̚n҈͈̜̙̮̣̍̂ t̴͎͇͔͎̃͊ḫ̴̗͓̱͚̔̿e̴͔̪̫̓͂̊ f҉̩͖͓̐͛́̅ả̷͉̞̖̙̔͂̂̚k̶̞̱̰̩̿̔̈̒̉ͅe҉̗̗̙̤̃͗͑ ṕ̵̘̭̣͎̇͗̿̅l̵͈̙̪͐̑̚ḁ̵̘͆̌̎̐̎s̷̭̲̊̈̚̚t̵͈̤͋̒̉͒i҈͍̘̳͎͇͐̇̀c̶͈̥̲̬͐̋ Ẹ̴̦̖͊̍ͅa̶̫̳͈̪͕̍̂̍̚r̷̘͍̍͒t̶̗͉͉̣̯́́̋̂̒h̷̦͙̽́」 Le perturbaba. El concepto del tiempo humano era, con sinceridad, un enigma indescifrable. ¿Habían pasado dos años? ¿Quizás tres? La magnitud de los ciclos terrestres se le escapaba entre los dedos. No hacía mucho (en términos cósmicos) que había sido despojado de su rango y de gran parte de su esencia, viéndose obligado a habitar un cuerpo ineficiente, un montón de carne y hueso que le resultaba humillante. Había tenido que aprender procesos rudimentarios, pero el que aún le exigía un esfuerzo visceral era el acto de caminar. Se desplazaba con la fragilidad de un cervatillo recién nacido: sus tobillos cedían con frecuencia y terminaba colapsando contra el suelo de forma estrepitosa. Sin embargo, ante la ausencia de otras facultades, el desplazamiento bipedal no era una opción, sino una condena necesaria. Sariel deambulaba por donde quería y cuando quería, dedicando una atención insana a cualquier detalle del entorno, siempre y cuando no fuera un rostro humano. La noción del dolor también era una novedad. A pesar de convivir con él desde su primer segundo de exilio, la sensación constante de tener la dermis desgarrada era una tortura más profunda de lo que sus escasas ganas de hablar podrían expresar. Incluso el acto de caminar se volvía un campo de minas; doblarse un pie no era placentero, y debía ser meticuloso con la fricción de la ropa sobre su espalda desollada o el contacto del dorso de sus manos con cualquier superficie. En comparación, las heridas circulares de su rostro eran un suplicio llevadero, algo que casi lograba ignorar. Prefería la noche. El día poseía una belleza que disfrutaba, pero la luz solar al incidir en él generaba una sobreexposición visual que le resultaba... incómoda. Sí, esa era la palabra. En la oscuridad, no solo poseía la agudeza visual de un depredador nocturno, sino que las personas se mantenía a una distancia prudente. No alcanzaba a comprender si era por su estatura inusual o por su gélida falta de respuesta, pero la soledad absoluta era un refugio mejor de lo que esperaba. Hacía más de ¿Un año? que no utilizaba su voz; el simple hecho de intentar organizar el sistema de unidades de tiempo le provocaba un mareo físico nauseabundo. Recientemente había descubierto la existencia de los dispositivos de captura audiovisual. Le resultaba vagamente entretenido el hecho de que su presencia fuera irrepresentable: en el mejor de los casos, la imagen era un granulado indescifrable; en el peor, el archivo simplemente sucumbía a la corrupción de datos. Esa invisibilidad digital era su mejor arma; no era un acto consciente, pero le daba una cierta paz el saber que nadie podría percibir su rostro a través de una lente. Aquella noche, mientras recorría una zona desolada y de iluminación precaria, sus piernas volvieron a ceder. Cayó de costado por segunda vez en el día; una cuota mínima de torpeza para sus estándares. Se quedó en el suelo unos minutos, con las piernas flexionadas y las manos desnudas sosteniendo el peso de su cuerpo contra el asfalto. No le importó si la fricción había lacerado su piel; después de todo, esas heridas sí estaban destinadas a cerrar. Permaneció allí, en silencio, antes de retomar su errática caminata hacia el único placer humano que sí disfrutaba: el sueño.
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  • Después de terminar la operación y del debriefing, Kalhi fue liberado. Su turno había acabado y podía descansar.

    Se dirigió a su cuartel, a su lecho, donde estaban sus cosas. De un baúl a los pies de su catre sacó una chaqueta, pero no la vistió, se la llevó consigo hacia el área de mantenimiento de las aeronaves.

    Saludó con un movimiento sutil de la cabeza a los mecánicos, pasó de largo hacia la pista de concreto. Pero antes, tomó un bote de combustible etérico del que usan para las aeronaves.

    Lejos de las cámaras, al límite del rango de la luz de un foco de un hangar, Kalhi se detuvo.

    Siempre guardó algo de cada quien: un colgante de cuero, vendas compartidas, una bufanda, un pañuelo. Y por último, lo más reciente, una chaqueta.

    Recordó el día anterior. Una voz femenina comandando en él lo que ella no podía hacer, pero deseaba. La típica villana manipuladora de telenovela ochentera. Y ahí, Leo, obedeciéndole, como si no tuviera voluntad propia. Ahí murió el Leonardo que era consciente de su poder, que respetaba a los demás, que era capaz de una humildad tan adorable... y pasó a ser el juguete de un par de senos y un buen culo. Era tan típico, que dolía.
    Del otro lado había un humano, fuerte y lleno de una voluntad inquebrantable, pero un humano al fin y al cabo. Un hombre al que la mujer y Leo querían filetear en vida, como si no valiera nada, como si el poder curarlo después excusara un desmembramiento. Como si no lo estuvieran haciendo por mero peso de sus egos. Leo, ¿Dejándose llevar por su ego? Kalhi no pudo permitirlo, no pudo elegir satisfacer el capricho de un par de dementes psicópatas a cambio del dolor de un hombre roto, que ya había sido mutilado por el mismo Leo (increíble), un hombre cuyo único pecado era querer ser mejor sin importar las consecuencias.

    Kalhi lanzó la chaqueta al piso, vertió el combustible sobre esta y procuró empaparla bien.

    No era la primera vez que se convertía en el enemigo por hacer lo correcto, y pensó que Leo también era esa clase de hombre, pero se equivocó. Y es que, ¿Qué sentido tiene poseer tanto poder, si sólo acaba destruyéndolo todo a su alrededor? Es la paradoja eterna del que quiere destruir el mundo porque algo malo le hizo alguna vez, como un niño que le lanza un puñetazo a la mesa donde se golpeó con torpeza.

    A Kalhi no le importaba llenarse de enemigos, o perder a un amante en consecuencia, si con ello hacía lo correcto. La vida le endureció, los abandonos le templaron.

    Ya no duda, ya no se queja, ya no explica.

    Se acuclilló y extendió una mano, tocó con un dedo el borde del combustible que, en respuesta y con tenue chasquido, se encendió. Las llamas etéricas envolvieron la chaqueta con rapidez, consumiéndola desde afuera hacia adentro.

    Kalhi siempre guardó algo. El colgante lo lanzó a un horno industrial. Las vendas fueron a parar a una pira en un campamento. La bufanda ardió en el incendio de una cabaña. El pañuelo, por pertenecer a un demonio resistente al fuego, fue desintegrado en un reciclador.

    La chaqueta también ardió.
    Un dolor menos que cargar.
    Después de terminar la operación y del debriefing, Kalhi fue liberado. Su turno había acabado y podía descansar. Se dirigió a su cuartel, a su lecho, donde estaban sus cosas. De un baúl a los pies de su catre sacó una chaqueta, pero no la vistió, se la llevó consigo hacia el área de mantenimiento de las aeronaves. Saludó con un movimiento sutil de la cabeza a los mecánicos, pasó de largo hacia la pista de concreto. Pero antes, tomó un bote de combustible etérico del que usan para las aeronaves. Lejos de las cámaras, al límite del rango de la luz de un foco de un hangar, Kalhi se detuvo. Siempre guardó algo de cada quien: un colgante de cuero, vendas compartidas, una bufanda, un pañuelo. Y por último, lo más reciente, una chaqueta. Recordó el día anterior. Una voz femenina comandando en él lo que ella no podía hacer, pero deseaba. La típica villana manipuladora de telenovela ochentera. Y ahí, Leo, obedeciéndole, como si no tuviera voluntad propia. Ahí murió el Leonardo que era consciente de su poder, que respetaba a los demás, que era capaz de una humildad tan adorable... y pasó a ser el juguete de un par de senos y un buen culo. Era tan típico, que dolía. Del otro lado había un humano, fuerte y lleno de una voluntad inquebrantable, pero un humano al fin y al cabo. Un hombre al que la mujer y Leo querían filetear en vida, como si no valiera nada, como si el poder curarlo después excusara un desmembramiento. Como si no lo estuvieran haciendo por mero peso de sus egos. Leo, ¿Dejándose llevar por su ego? Kalhi no pudo permitirlo, no pudo elegir satisfacer el capricho de un par de dementes psicópatas a cambio del dolor de un hombre roto, que ya había sido mutilado por el mismo Leo (increíble), un hombre cuyo único pecado era querer ser mejor sin importar las consecuencias. Kalhi lanzó la chaqueta al piso, vertió el combustible sobre esta y procuró empaparla bien. No era la primera vez que se convertía en el enemigo por hacer lo correcto, y pensó que Leo también era esa clase de hombre, pero se equivocó. Y es que, ¿Qué sentido tiene poseer tanto poder, si sólo acaba destruyéndolo todo a su alrededor? Es la paradoja eterna del que quiere destruir el mundo porque algo malo le hizo alguna vez, como un niño que le lanza un puñetazo a la mesa donde se golpeó con torpeza. A Kalhi no le importaba llenarse de enemigos, o perder a un amante en consecuencia, si con ello hacía lo correcto. La vida le endureció, los abandonos le templaron. Ya no duda, ya no se queja, ya no explica. Se acuclilló y extendió una mano, tocó con un dedo el borde del combustible que, en respuesta y con tenue chasquido, se encendió. Las llamas etéricas envolvieron la chaqueta con rapidez, consumiéndola desde afuera hacia adentro. Kalhi siempre guardó algo. El colgante lo lanzó a un horno industrial. Las vendas fueron a parar a una pira en un campamento. La bufanda ardió en el incendio de una cabaña. El pañuelo, por pertenecer a un demonio resistente al fuego, fue desintegrado en un reciclador. La chaqueta también ardió. Un dolor menos que cargar.
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