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    ¡Bienvenid@s a FicRol!
    Hoy damos la bienvenida a nuevos personajes que se unen a la comunidad de Personajes 3D:

    ㅤㅤ¡Anakin Skywalker !
    Raza: Humano
    Fandom: Star Wars
    Jedi/Sith

    ㅤㅤ¡Akira Romanov!
    Raza: Hombre lobo.
    Fandom: OC
    Veterinario y bailarín.


    Es un placer teneros por aquí . Esperamos que disfrutéis creando historias, conexiones y momentos memorables dentro de FicRol.

    Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tenéis dudas, necesitáis orientación o simplemente queréis charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontraréis guías útiles para moveros por la plataforma con facilidad.

    Recursos útiles para empezar:

    Normas básicas: https://ficrol.com/static/guidelines

    Guías y miniguías: https://ficrol.com/posts/147711

    GUIA 0.1 – Empezar en FicRol: Encontrar rol y amistades: https://ficrol.com/blogs/366170/GUIA-0-1-Empezar-en-FicRol-Encontrar-rol-y-amistades

    Grupo de Personajes 3D: https://ficrol.com/groups/Personajes3D

    Directorio 3D: https://ficrol.com/posts/181793

    Tienes toda esta información y más en el apartado "Ficha" de mi perfil: https://ficrol.com/blogs/353277/ENLACES-DE-INTER%C3%89S-PARA-FICROLERS

    ¡Nos vemos en el Inicio!

    #RolSage3D #Personajes3D #Bienvenida3D
    ✨ ¡Bienvenid@s a FicRol! ✨ Hoy damos la bienvenida a nuevos personajes que se unen a la comunidad de Personajes 3D: ㅤㅤ¡[galaxy_beryl_tiger_927]! 🧬 Raza: Humano 👾 Fandom: Star Wars 💼 Jedi/Sith ㅤㅤ¡[dream_titanium_lion_233]! 🧬 Raza: Hombre lobo. 👾 Fandom: OC 💼 Veterinario y bailarín. Es un placer teneros por aquí 🍂. Esperamos que disfrutéis creando historias, conexiones y momentos memorables dentro de FicRol. 🧙‍♀️ Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tenéis dudas, necesitáis orientación o simplemente queréis charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontraréis guías útiles para moveros por la plataforma con facilidad. 🔎 Recursos útiles para empezar: ✨ Normas básicas: https://ficrol.com/static/guidelines ✨ Guías y miniguías: https://ficrol.com/posts/147711 ✨ GUIA 0.1 – Empezar en FicRol: Encontrar rol y amistades: https://ficrol.com/blogs/366170/GUIA-0-1-Empezar-en-FicRol-Encontrar-rol-y-amistades ✨ Grupo de Personajes 3D: https://ficrol.com/groups/Personajes3D ✨ Directorio 3D: https://ficrol.com/posts/181793 ✨ Tienes toda esta información y más en el apartado "Ficha" de mi perfil: https://ficrol.com/blogs/353277/ENLACES-DE-INTER%C3%89S-PARA-FICROLERS ¡Nos vemos en el Inicio! 🍁 #RolSage3D #Personajes3D #Bienvenida3D
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad.

    Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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    Fiel recordatorio de que le pueden caerle sin miedo a mi Joonsey. Estoy abierta a todo tipo de roles ♡

    Eso sí, no suelo ser la que abra el dm al menos que encuentre algo por donde agarrar. Digo, al final solo sigo cuentas cuyos personajes me cautivan. Así ni terminen de encajar bien con el mío o menos terminen interactuando, jaja.

    Oh, algo más. Si estás leyendo esto y solo buscas más seguidores (porque he visto que abundan esas acc), lo siento. No aceptaré tu solicitud ♡
    Fiel recordatorio de que le pueden caerle sin miedo a mi Joonsey. Estoy abierta a todo tipo de roles ♡ Eso sí, no suelo ser la que abra el dm al menos que encuentre algo por donde agarrar. Digo, al final solo sigo cuentas cuyos personajes me cautivan. Así ni terminen de encajar bien con el mío o menos terminen interactuando, jaja. Oh, algo más. Si estás leyendo esto y solo buscas más seguidores (porque he visto que abundan esas acc), lo siento. No aceptaré tu solicitud ♡
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  • Jamás se había caracterizado por ser un médico petulante, ni había abusado de su autoridad frente a sus colegas, a pesar del abrumador peso que suponía ostentar la Jefatura de Cirugía a su edad. Poseía la facultad de delegar el trabajo, pero su estoica devoción siempre lo empujaba a colocarse en la primera línea de los casos más críticos.

    Hacía todo lo humana y científicamente posible. El noventa por ciento de sus intervenciones culminaba en éxito, desafiando a menudo las nefastas estadísticas... Elias se desvivía por ser un cirujano de excelencia, un buen hombre, un ser humano competente. ¿Entonces por qué? ¿Por qué el universo se ensañaba con él? ¿Por qué siempre era su rostro el que recibía el repudio y la furia de las familias cuando la muerte ganaba la partida?

    El impacto lo había derribado contra el frío linóleo del pasillo, y el latido punzante en el centro de su rostro le advertía que, muy probablemente, le habían fracturado la nariz. Estaba aturdido. La sangre caliente comenzaba a resbalar por su labio superior mientras escuchaba, como si estuviera sumergido bajo el agua, los alaridos rotos y las preguntas incriminatorias del hombre enfurecido frente a él. ¿Por qué su hija no había salido viva del quirófano?

    Elias también anhelaba saberlo. Había seguido cada protocolo con precisión milimétrica, e incluso se había aventurado en terrenos que otros cirujanos temían: ejecutó una craneotomía descompresiva de emergencia combinada con un bypass extracraneal-intracraneal de altísimo riesgo, navegando a ciegas entre el tejido para drenar una hemorragia masiva que ya estaba asfixiando el tronco encefálico. Había suturado arterias microscópicas durante ocho agónicas horas... pero fue inútil. La necrosis fue inclemente.

    Sin embargo, lo que le helaba la sangre y le aceleraba el pulso no era la amenaza de recibir un segundo golpe por parte de aquel hombre. Era esa macabra y asfixiante sensación de déjà vu. La escena le resultaba tan familiar... tan dolorosamente calcada de su pasado.

    Tirado en el suelo, llevándose una mano temblorosa al rostro ensangrentado, Elias se sintió minúsculo. Volvía a tener diez años en lugar de 28. El pasillo del hospital se desvaneció, siendo reemplazado por la lúgubre sala de su infancia. Y el hombre que le gritaba ya no era un padre en duelo, sino la imponente y aterradora sombra de su propio progenitor, moliéndolo a golpes sin piedad, castigando con furia el más mínimo error en una práctica de disección.
    Jamás se había caracterizado por ser un médico petulante, ni había abusado de su autoridad frente a sus colegas, a pesar del abrumador peso que suponía ostentar la Jefatura de Cirugía a su edad. Poseía la facultad de delegar el trabajo, pero su estoica devoción siempre lo empujaba a colocarse en la primera línea de los casos más críticos. Hacía todo lo humana y científicamente posible. El noventa por ciento de sus intervenciones culminaba en éxito, desafiando a menudo las nefastas estadísticas... Elias se desvivía por ser un cirujano de excelencia, un buen hombre, un ser humano competente. ¿Entonces por qué? ¿Por qué el universo se ensañaba con él? ¿Por qué siempre era su rostro el que recibía el repudio y la furia de las familias cuando la muerte ganaba la partida? El impacto lo había derribado contra el frío linóleo del pasillo, y el latido punzante en el centro de su rostro le advertía que, muy probablemente, le habían fracturado la nariz. Estaba aturdido. La sangre caliente comenzaba a resbalar por su labio superior mientras escuchaba, como si estuviera sumergido bajo el agua, los alaridos rotos y las preguntas incriminatorias del hombre enfurecido frente a él. ¿Por qué su hija no había salido viva del quirófano? Elias también anhelaba saberlo. Había seguido cada protocolo con precisión milimétrica, e incluso se había aventurado en terrenos que otros cirujanos temían: ejecutó una craneotomía descompresiva de emergencia combinada con un bypass extracraneal-intracraneal de altísimo riesgo, navegando a ciegas entre el tejido para drenar una hemorragia masiva que ya estaba asfixiando el tronco encefálico. Había suturado arterias microscópicas durante ocho agónicas horas... pero fue inútil. La necrosis fue inclemente. Sin embargo, lo que le helaba la sangre y le aceleraba el pulso no era la amenaza de recibir un segundo golpe por parte de aquel hombre. Era esa macabra y asfixiante sensación de déjà vu. La escena le resultaba tan familiar... tan dolorosamente calcada de su pasado. Tirado en el suelo, llevándose una mano temblorosa al rostro ensangrentado, Elias se sintió minúsculo. Volvía a tener diez años en lugar de 28. El pasillo del hospital se desvaneció, siendo reemplazado por la lúgubre sala de su infancia. Y el hombre que le gritaba ya no era un padre en duelo, sino la imponente y aterradora sombra de su propio progenitor, moliéndolo a golpes sin piedad, castigando con furia el más mínimo error en una práctica de disección.
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  • Esas malditas voces siguen atormentando mi cabeza una y una otra vez, aún así, me niego a tomar esas mierdas de pastillas.

    — Masky lanzó el bote de pastillas y abrazo sus piernas, su cuerpo entero temblaba, estaba notoriamente alterado, llevaba días sin medicarse, lo que le tenía bastante inestable.—
    Esas malditas voces siguen atormentando mi cabeza una y una otra vez, aún así, me niego a tomar esas mierdas de pastillas. — Masky lanzó el bote de pastillas y abrazo sus piernas, su cuerpo entero temblaba, estaba notoriamente alterado, llevaba días sin medicarse, lo que le tenía bastante inestable.—
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  • La mañana apenas comenzaba en Mondstadt, y aun así las luces de la oficina de la Gran Maestra Interina ya permanecían encendidas.

    Jean llevaba allí desde antes del amanecer.

    Sentada detrás de su amplio escritorio de roble, repasaba informes militares y registros comerciales mientras el vapor de una taza de café recién servido ascendía lentamente junto a ella. Afuera, la ciudad apenas despertaba bajo el viento suave de la madrugada, pero una extraña sensación de inquietud había acompañado a Jean desde que abrió los ojos aquella mañana.

    Como si algo estuviera por ocurrir.

    Tres golpes suaves resonaron en la puerta.

    —Adelante.

    La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a Noelle sosteniendo varias cartas cuidadosamente acomodadas entre sus brazos.

    +Gran Maestra Jean, llegó la correspondencia de esta mañana.

    —Déjala aquí, gracias, Noelle.

    La joven obedeció con una sonrisa amable, colocando el montón de sobres sobre el escritorio. Sin embargo, en lugar de marcharse enseguida, permaneció cerca de la puerta, acomodando discretamente sus guantes mientras observaba a Jean revisar los documentos.

    Jean apenas comenzaba a separar la correspondencia cuando algo llamó su atención.

    Un sello plateado grabado sobre cera oscura.

    Un copo de nieve rodeado por adornos espinosos.

    Fatui.

    El ambiente pareció enfriarse de golpe.

    Jean frunció el ceño apenas tomó el sobre.

    Noelle notó el cambio en su expresión casi al instante.

    +¿Ocurre algo…?

    Jean guardó silencio unos segundos antes de romper el sello con cuidado. Luego, en vez de quedarse detrás del escritorio, se acomodó sobre el borde del mismo, cruzando lentamente las piernas mientras comenzaba a leer.

    La luz de la mañana iluminaba parcialmente su uniforme blanco y azul, reflejándose sobre los detalles dorados de la oficina mientras sus ojos recorrían cada línea de la carta.

    —Como imaginaba… —murmuró en voz baja.

    Noelle dudó un momento antes de acercarse un poco más.

    +¿Es una mala noticia?

    Jean dejó escapar un suspiro cansado.

    —Depende de cómo se mire.

    Sus dedos sostuvieron la carta con firmeza mientras levantaba la vista hacia Noelle.

    —Es una invitación formal de los Fatui. Quieren una cena diplomática.

    Noelle parpadeó sorprendida.

    +¿Una cena…?

    —Mhm. Oficialmente hablan de cooperación comercial, seguridad en rutas y relaciones entre Mondstadt y Snezhnaya…

    Jean hizo una pequeña pausa antes de bajar la mirada nuevamente hacia la carta.

    —Pero el verdadero objetivo es otro.

    Noelle se acercó un poco más, curiosa y preocupada al mismo tiempo.

    +¿Qué quieren realmente?

    Jean apoyó la carta sobre su muslo y tomó lentamente la taza de café a su lado.

    —Quieren establecer una base logística permanente cerca de Mondstadt.

    Noelle abrió apenas los ojos.

    +¿Los Fatui… aquí?

    —“Temporal”, según ellos —respondió Jean con una ligera ironía—. Pero los Fatui rara vez hacen algo sin una intención más profunda.

    La oficina quedó en silencio unos instantes.

    Noelle observó a Jean con atención. Aunque mantenía aquella postura elegante y serena sobre el escritorio, podía notar el cansancio oculto detrás de su expresión.

    La presión.

    La responsabilidad.

    Las decisiones imposibles.

    +Entonces… ¿rechazará la invitación?

    Jean permaneció callada unos segundos mientras el vapor del café ascendía lentamente entre ambas.

    Finalmente negó con la cabeza.

    —No puedo hacerlo.

    La respuesta salió más suave de lo esperado.

    —Si los ignoramos, podrían usarlo como excusa diplomática. Y si aceptamos demasiado rápido… podrían interpretarlo como debilidad.

    Noelle bajó ligeramente la mirada.

    +Eso suena difícil…

    Jean dejó escapar una pequeña sonrisa cansada al escucharla.

    —Bienvenida al trabajo administrativo de los Caballeros de Favonius.

    Aquello hizo que Noelle sonriera apenas.

    Jean volvió a mirar por la ventana de la oficina, observando cómo la luz del amanecer comenzaba a cubrir lentamente la ciudad.

    —Asistiré a la cena —dijo finalmente—. Pero no pienso permitir que los Fatui crean que pueden poner un pie en Mondstadt sin supervisión.

    Noelle asintió con firmeza casi de inmediato.

    +Entonces me aseguraré de que todo esté preparado para usted, Gran Maestra Jean.

    Jean la miró de reojo y, por primera vez esa mañana, su expresión se suavizó ligeramente.

    —Gracias, Noelle.
    La mañana apenas comenzaba en Mondstadt, y aun así las luces de la oficina de la Gran Maestra Interina ya permanecían encendidas. Jean llevaba allí desde antes del amanecer. Sentada detrás de su amplio escritorio de roble, repasaba informes militares y registros comerciales mientras el vapor de una taza de café recién servido ascendía lentamente junto a ella. Afuera, la ciudad apenas despertaba bajo el viento suave de la madrugada, pero una extraña sensación de inquietud había acompañado a Jean desde que abrió los ojos aquella mañana. Como si algo estuviera por ocurrir. Tres golpes suaves resonaron en la puerta. —Adelante. La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a Noelle sosteniendo varias cartas cuidadosamente acomodadas entre sus brazos. +Gran Maestra Jean, llegó la correspondencia de esta mañana. —Déjala aquí, gracias, Noelle. La joven obedeció con una sonrisa amable, colocando el montón de sobres sobre el escritorio. Sin embargo, en lugar de marcharse enseguida, permaneció cerca de la puerta, acomodando discretamente sus guantes mientras observaba a Jean revisar los documentos. Jean apenas comenzaba a separar la correspondencia cuando algo llamó su atención. Un sello plateado grabado sobre cera oscura. Un copo de nieve rodeado por adornos espinosos. Fatui. El ambiente pareció enfriarse de golpe. Jean frunció el ceño apenas tomó el sobre. Noelle notó el cambio en su expresión casi al instante. +¿Ocurre algo…? Jean guardó silencio unos segundos antes de romper el sello con cuidado. Luego, en vez de quedarse detrás del escritorio, se acomodó sobre el borde del mismo, cruzando lentamente las piernas mientras comenzaba a leer. La luz de la mañana iluminaba parcialmente su uniforme blanco y azul, reflejándose sobre los detalles dorados de la oficina mientras sus ojos recorrían cada línea de la carta. —Como imaginaba… —murmuró en voz baja. Noelle dudó un momento antes de acercarse un poco más. +¿Es una mala noticia? Jean dejó escapar un suspiro cansado. —Depende de cómo se mire. Sus dedos sostuvieron la carta con firmeza mientras levantaba la vista hacia Noelle. —Es una invitación formal de los Fatui. Quieren una cena diplomática. Noelle parpadeó sorprendida. +¿Una cena…? —Mhm. Oficialmente hablan de cooperación comercial, seguridad en rutas y relaciones entre Mondstadt y Snezhnaya… Jean hizo una pequeña pausa antes de bajar la mirada nuevamente hacia la carta. —Pero el verdadero objetivo es otro. Noelle se acercó un poco más, curiosa y preocupada al mismo tiempo. +¿Qué quieren realmente? Jean apoyó la carta sobre su muslo y tomó lentamente la taza de café a su lado. —Quieren establecer una base logística permanente cerca de Mondstadt. Noelle abrió apenas los ojos. +¿Los Fatui… aquí? —“Temporal”, según ellos —respondió Jean con una ligera ironía—. Pero los Fatui rara vez hacen algo sin una intención más profunda. La oficina quedó en silencio unos instantes. Noelle observó a Jean con atención. Aunque mantenía aquella postura elegante y serena sobre el escritorio, podía notar el cansancio oculto detrás de su expresión. La presión. La responsabilidad. Las decisiones imposibles. +Entonces… ¿rechazará la invitación? Jean permaneció callada unos segundos mientras el vapor del café ascendía lentamente entre ambas. Finalmente negó con la cabeza. —No puedo hacerlo. La respuesta salió más suave de lo esperado. —Si los ignoramos, podrían usarlo como excusa diplomática. Y si aceptamos demasiado rápido… podrían interpretarlo como debilidad. Noelle bajó ligeramente la mirada. +Eso suena difícil… Jean dejó escapar una pequeña sonrisa cansada al escucharla. —Bienvenida al trabajo administrativo de los Caballeros de Favonius. Aquello hizo que Noelle sonriera apenas. Jean volvió a mirar por la ventana de la oficina, observando cómo la luz del amanecer comenzaba a cubrir lentamente la ciudad. —Asistiré a la cena —dijo finalmente—. Pero no pienso permitir que los Fatui crean que pueden poner un pie en Mondstadt sin supervisión. Noelle asintió con firmeza casi de inmediato. +Entonces me aseguraré de que todo esté preparado para usted, Gran Maestra Jean. Jean la miró de reojo y, por primera vez esa mañana, su expresión se suavizó ligeramente. —Gracias, Noelle.
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  • El silencio consumia el lugar, los unicos sonidos audibles eran los pasos de Nova al correr por los pasillo y el sonido de la spuertas abriendose, no improtaba cuanto corria avanzaba ni donde entraba, solo encontraba habitaciones vacias y pasillos interminables.

    -Okey Nova... respira y calmate....- miro alrededor tratando de encontrar aunque sea una criatura o una bestia pues eso le daba mas comfort que la soledad absoluta en aquel lugar, su espejo no revelaba ningun tipo de magia o lugares ocultos, estaba atrapado -haber Nova repsira, RES-PI-RA!, como llegaste aqui? okey okey okey- el chico trataba de calmarse asi mismo corriendo sin freno por todo el lugar, no sbaia como llego ni como salir, solo sabia que era el unico que estaba ahí.

    -eh salido de varios territorios de brujas puedo hacer esto.... puedo hacerlo- su espejo era su unica luz, ningun foco funcionaba dejando al lugar en una penumbra pesada e infinfita.

    Soundtrack: https://music.youtube.com/watch?v=toLrnNkxqow&si=1a0iBR1mWfAdO3q6
    El silencio consumia el lugar, los unicos sonidos audibles eran los pasos de Nova al correr por los pasillo y el sonido de la spuertas abriendose, no improtaba cuanto corria avanzaba ni donde entraba, solo encontraba habitaciones vacias y pasillos interminables. -Okey Nova... respira y calmate....- miro alrededor tratando de encontrar aunque sea una criatura o una bestia pues eso le daba mas comfort que la soledad absoluta en aquel lugar, su espejo no revelaba ningun tipo de magia o lugares ocultos, estaba atrapado -haber Nova repsira, RES-PI-RA!, como llegaste aqui? okey okey okey- el chico trataba de calmarse asi mismo corriendo sin freno por todo el lugar, no sbaia como llego ni como salir, solo sabia que era el unico que estaba ahí. -eh salido de varios territorios de brujas puedo hacer esto.... puedo hacerlo- su espejo era su unica luz, ningun foco funcionaba dejando al lugar en una penumbra pesada e infinfita. Soundtrack: https://music.youtube.com/watch?v=toLrnNkxqow&si=1a0iBR1mWfAdO3q6
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  • ──── Mírenlo bien. Todo el mundo quiere ser el santo de la historia, pero nadie quiere pagar el precio de la virtud.

    Yo no inventé el pecado, solo le puse un espejo delante a la humanidad para que dejara de mentirse.

    No me culpen por el incendio cuando fueron ustedes quienes trajeron los fósforos y pidieron un poco de calor. ─
    ──── Mírenlo bien. Todo el mundo quiere ser el santo de la historia, pero nadie quiere pagar el precio de la virtud. Yo no inventé el pecado, solo le puse un espejo delante a la humanidad para que dejara de mentirse. No me culpen por el incendio cuando fueron ustedes quienes trajeron los fósforos y pidieron un poco de calor. ─
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  • ⸻ "𝐻𝑒'𝑠 𝑗𝑢𝑠𝑡 𝑎 𝑡𝘩𝑒𝑟𝑎𝑝𝑖𝑠𝑡. 𝐴 𝑟𝑒𝑚𝑎𝑟𝑘𝑎𝑏𝑙𝑒 𝑚𝑎𝑟𝑘𝑠𝑚𝑎𝑛, 𝑛𝑜𝑤 𝑗𝑢𝑠𝑡 𝑎 𝑚𝑎𝑛. 𝐴 𝑚𝑎𝑛 𝑤𝘩𝑜'𝑠 𝑙𝑜𝑠𝑡 𝘩𝑖𝑠 𝑤𝑖𝑓𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝘩𝑖𝑠 𝑤𝑖𝑙𝑙 𝑡𝑜 𝑙𝑖𝑣𝑒. 𝑁𝑜𝑡𝘩𝑖𝑛𝑔 𝑙𝑒𝑓𝑡 𝑡𝑜 𝑔𝑖𝑣𝑒. 𝐵𝑟𝑜𝑘𝑒𝑛 𝑡𝑜 𝑡𝘩𝑒 𝑐𝑜𝑟𝑒. 𝐻𝑜𝑤 𝑑𝑎𝑛𝑔𝑒𝑟𝑜𝑢𝑠 𝑐𝑜𝑢𝑙𝑑 𝘩𝑒 𝑏𝑒.ᐣ"

    Bronson cuestionó de forma retórica a su compañero, Goodlove, escarneciendo al hombre que tenía enfrente sin apartar su mirada de él; una llena de repudio y desprecio por ver en lo que se había convertido tras “abandonar” a sus camaradas. O al menos, así lo veía él—como una traición imperdonable de lo que se suponía era una familia.

    El excapitán Goodlove no replicó, manteniéndose cruzado de brazos entre las sombras.

    El sudor frío se mezclaba con la sangre tibia que corría por la sien de James. Le faltaba el aire, pero eso no le impidió dar una calada al cigarrillo que su antiguo capitán le había ofrecido durante el improvisado interrogatorio. Tenía años sin fumar, desde que había conocido a su esposa. Cuando exhaló el humo, no pudo evitar toser, frunciendo el ceño y apretando los dientes por la sensación de punzante dolor, gracias a las costillas rotas en su costado derecho.

    Y aún así, tuvo la fuerza para soltar una dolorosa carcajada, llena de sorna. Decidió él responder a la interrogante que había quedado en el aire, volteando hacía Bronson con una mirada de lastimosa simpatía; una provocación imbuida en su propia expresión.

    ⸻ "𝑃𝑒𝑜𝑝𝑙𝑒 𝑡𝑒𝑛𝑑 𝑡𝑜 𝑔𝑒𝑡 𝑡𝘩𝑖𝑠 𝑤𝑟𝑜𝑛𝑔, 𝑠𝑒𝑎𝑟𝑔𝑒𝑛𝑡. 𝐼 𝑑𝑎𝑟𝑒 𝑎𝑠𝑘 𝑡𝘩𝑒𝑛; 𝑤𝘩𝑒𝑛'𝑠 𝑎 𝑚𝑎𝑛 𝑚𝑜𝑠𝑡 𝑓𝑟𝑒𝑒.ᐣ 𝑊𝘩𝑒𝑛 𝘩𝑒'𝑠 𝑔𝑜𝑡 𝑛𝑜𝑡𝘩𝑖𝑛𝑔 𝑙𝑒𝑓𝑡 𝑡𝑜 𝑙𝑜𝑠𝑒, 𝑠𝑢𝑟𝑒𝑙𝑦. 𝐵𝑢𝑡 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝑖𝑠 𝑡𝑟𝑢𝑙𝑦 𝑎 𝑚𝑎𝑛 𝑎𝑡 𝑖𝑡’𝑠 𝑚𝑜𝑠𝑡 𝑑𝑎𝑛𝑔𝑒𝑟𝑜𝑢𝑠.ᐣ 𝑇𝘩𝑎𝑡, 𝑖𝑛 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑖𝑡𝑦, 𝑖𝑠 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝘩𝑒 𝘩𝑎𝑠 𝑤𝘩𝑎𝑡 𝑚𝑎𝑡𝑡𝑒𝑟𝑠 𝑚𝑜𝑠𝑡 𝑡𝑜 𝘩𝑖𝑚 𝑡𝑎𝑘𝑒𝑛 𝑎𝑤𝑎𝑦.”

    Bronson arqueó una ceja, escéptico acerca de la narrativa de Lautrec. Goodlove sonrió de forma retorcida para sí mismo. Una pausa prosiguió; una calada, otro acceso de tos. Otra mirada, esta vez, llena de rencor.

    ⸻ “𝐴𝑛𝑑 𝑦𝑜𝑢’𝑟𝑒 𝑎𝑏𝑜𝑢𝑡 𝑡𝑜 𝑓𝑖𝑛𝑑 𝑜𝑢𝑡 𝑤𝘩𝑎𝑡 𝘩𝑎𝑝𝑝𝑒𝑛𝑠 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝑦𝑜𝑢 𝑚𝑖𝑥 𝑡𝘩𝑒𝑚 𝑏𝑜𝑡𝘩. 𝑇𝘩𝑎𝑡, 𝐼 𝘩𝑎𝑣𝑒 𝑝𝑙𝑒𝑛𝑡𝑦 𝑡𝑜 𝑔𝑖𝑣𝑒 𝑠𝑡𝑖𝑙𝑙.”
    ⸻ "𝐻𝑒'𝑠 𝑗𝑢𝑠𝑡 𝑎 𝑡𝘩𝑒𝑟𝑎𝑝𝑖𝑠𝑡. 𝐴 𝑟𝑒𝑚𝑎𝑟𝑘𝑎𝑏𝑙𝑒 𝑚𝑎𝑟𝑘𝑠𝑚𝑎𝑛, 𝑛𝑜𝑤 𝑗𝑢𝑠𝑡 𝑎 𝑚𝑎𝑛. 𝐴 𝑚𝑎𝑛 𝑤𝘩𝑜'𝑠 𝑙𝑜𝑠𝑡 𝘩𝑖𝑠 𝑤𝑖𝑓𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝘩𝑖𝑠 𝑤𝑖𝑙𝑙 𝑡𝑜 𝑙𝑖𝑣𝑒. 𝑁𝑜𝑡𝘩𝑖𝑛𝑔 𝑙𝑒𝑓𝑡 𝑡𝑜 𝑔𝑖𝑣𝑒. 𝐵𝑟𝑜𝑘𝑒𝑛 𝑡𝑜 𝑡𝘩𝑒 𝑐𝑜𝑟𝑒. 𝐻𝑜𝑤 𝑑𝑎𝑛𝑔𝑒𝑟𝑜𝑢𝑠 𝑐𝑜𝑢𝑙𝑑 𝘩𝑒 𝑏𝑒.ᐣ" Bronson cuestionó de forma retórica a su compañero, Goodlove, escarneciendo al hombre que tenía enfrente sin apartar su mirada de él; una llena de repudio y desprecio por ver en lo que se había convertido tras “abandonar” a sus camaradas. O al menos, así lo veía él—como una traición imperdonable de lo que se suponía era una familia. El excapitán Goodlove no replicó, manteniéndose cruzado de brazos entre las sombras. El sudor frío se mezclaba con la sangre tibia que corría por la sien de James. Le faltaba el aire, pero eso no le impidió dar una calada al cigarrillo que su antiguo capitán le había ofrecido durante el improvisado interrogatorio. Tenía años sin fumar, desde que había conocido a su esposa. Cuando exhaló el humo, no pudo evitar toser, frunciendo el ceño y apretando los dientes por la sensación de punzante dolor, gracias a las costillas rotas en su costado derecho. Y aún así, tuvo la fuerza para soltar una dolorosa carcajada, llena de sorna. Decidió él responder a la interrogante que había quedado en el aire, volteando hacía Bronson con una mirada de lastimosa simpatía; una provocación imbuida en su propia expresión. ⸻ "𝑃𝑒𝑜𝑝𝑙𝑒 𝑡𝑒𝑛𝑑 𝑡𝑜 𝑔𝑒𝑡 𝑡𝘩𝑖𝑠 𝑤𝑟𝑜𝑛𝑔, 𝑠𝑒𝑎𝑟𝑔𝑒𝑛𝑡. 𝐼 𝑑𝑎𝑟𝑒 𝑎𝑠𝑘 𝑡𝘩𝑒𝑛; 𝑤𝘩𝑒𝑛'𝑠 𝑎 𝑚𝑎𝑛 𝑚𝑜𝑠𝑡 𝑓𝑟𝑒𝑒.ᐣ 𝑊𝘩𝑒𝑛 𝘩𝑒'𝑠 𝑔𝑜𝑡 𝑛𝑜𝑡𝘩𝑖𝑛𝑔 𝑙𝑒𝑓𝑡 𝑡𝑜 𝑙𝑜𝑠𝑒, 𝑠𝑢𝑟𝑒𝑙𝑦. 𝐵𝑢𝑡 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝑖𝑠 𝑡𝑟𝑢𝑙𝑦 𝑎 𝑚𝑎𝑛 𝑎𝑡 𝑖𝑡’𝑠 𝑚𝑜𝑠𝑡 𝑑𝑎𝑛𝑔𝑒𝑟𝑜𝑢𝑠.ᐣ 𝑇𝘩𝑎𝑡, 𝑖𝑛 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑖𝑡𝑦, 𝑖𝑠 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝘩𝑒 𝘩𝑎𝑠 𝑤𝘩𝑎𝑡 𝑚𝑎𝑡𝑡𝑒𝑟𝑠 𝑚𝑜𝑠𝑡 𝑡𝑜 𝘩𝑖𝑚 𝑡𝑎𝑘𝑒𝑛 𝑎𝑤𝑎𝑦.” Bronson arqueó una ceja, escéptico acerca de la narrativa de Lautrec. Goodlove sonrió de forma retorcida para sí mismo. Una pausa prosiguió; una calada, otro acceso de tos. Otra mirada, esta vez, llena de rencor. ⸻ “𝐴𝑛𝑑 𝑦𝑜𝑢’𝑟𝑒 𝑎𝑏𝑜𝑢𝑡 𝑡𝑜 𝑓𝑖𝑛𝑑 𝑜𝑢𝑡 𝑤𝘩𝑎𝑡 𝘩𝑎𝑝𝑝𝑒𝑛𝑠 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝑦𝑜𝑢 𝑚𝑖𝑥 𝑡𝘩𝑒𝑚 𝑏𝑜𝑡𝘩. 𝑇𝘩𝑎𝑡, 𝐼 𝘩𝑎𝑣𝑒 𝑝𝑙𝑒𝑛𝑡𝑦 𝑡𝑜 𝑔𝑖𝑣𝑒 𝑠𝑡𝑖𝑙𝑙.”
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  • [Luego de una hora escapando del concinero como ratón. Por fin pude salir del cuerpo del roedor]

    Parece ser que el estrés y el nerviosismo causan un "bloqueo" en mis habilidades. Grandioso. Yo solía ser sumamente ansioso cuando estaba vivo. *suspiro* Bien. 2do intento de posesión fantasmal a una persona. Elegiré a cualquiera. *veo un tipo con lentes que esta caminando por un callejón poco concurrido* Si. Ese bastará para practicar. ALLÁ VOY. *Vuelo hacia toda velocidad para estrellarme con la cabeza del sujeto y poseerle. Pero no calculé que alguien se atravesaría de la nada en mi trayectoria*
    [Luego de una hora escapando del concinero como ratón. Por fin pude salir del cuerpo del roedor] Parece ser que el estrés y el nerviosismo causan un "bloqueo" en mis habilidades. Grandioso. Yo solía ser sumamente ansioso cuando estaba vivo. *suspiro* Bien. 2do intento de posesión fantasmal a una persona. Elegiré a cualquiera. *veo un tipo con lentes que esta caminando por un callejón poco concurrido* Si. Ese bastará para practicar. ALLÁ VOY. *Vuelo hacia toda velocidad para estrellarme con la cabeza del sujeto y poseerle. Pero no calculé que alguien se atravesaría de la nada en mi trayectoria*
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