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    Siento la ausencia. He estado muy malito en hospital y eso. Sigo recuperándome, tranquilos nada "mortal"(?).

    Pero necesito un poco de tiempo para ponerme mejor. Cuando esté ready subiré escenas para ver si os hace o no unos roleitos.

    Yo que suelo ser super activo se me hace raro no subir más cosas xD.

    Cuídense y tomen awita.
    Siento la ausencia. He estado muy malito en hospital y eso. Sigo recuperándome, tranquilos nada "mortal"(?). Pero necesito un poco de tiempo para ponerme mejor. Cuando esté ready subiré escenas para ver si os hace o no unos roleitos. Yo que suelo ser super activo se me hace raro no subir más cosas xD. Cuídense y tomen awita.
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  • 𝐊𝐈𝐍𝐆 𝐎𝐅 𝐃𝐑𝐄𝐀𝐌𝐒
    Fandom The Sandman
    Categoría Acción
    Durante los momentos en los que no estaba ocupado atendiendo algun asunto en el reino, solía detenerse a pensar en Johanna y en el breve intercambio de palabras o más bien en esa especie de intercambio, transacción casi del estilo comercial. Ella le había devuelto la arena y él, fiel a su palabra, no solo le había quitado ese recuerdo que tomaba lugar para atormentarla en una pesadilla sino que también se había molestado en bloquear una nueva.

    No tenía un motivo de peso para pensar en ella, pero lo hacía y no sabía de donde surgia esa impeorisa necesidad. Se preguntaba como hacerlo, como acercarse o que podría decirle si, hipotéticamente hablando, decidia visitarla en la vigilia.

    Quizás le interesaria saber que él había conocido a su antepasada hace trecientos años, que también conocía a una versión masculina suya que vivía en otro mundo, otra dimensión. O quizás no le importaría en lo más mínimo. Nunca sabía que decir cuando se trataba de hablar con humanos, tenian intereses diferentes a los suyos; no los entendía ni ellos a él, pero aún así quería saber de ella, hablarle.

    Evitaba hacerse la pregunta más importante, el por que quería hablar con ella, llegando a la conclusión de que no se preguntaría aquello en voz alta porque sabía la respuesta. Estaba... Preocupado por ella y eso tampoco tenía sentido, él era el rey del sueño, era Lord Morfeo, de los Eternos y los Eternos no se preocupaban en exceso por los mortales.

    ──Matthew── Pronunció en voz alta, rompiendo con el silencio en el salón. El cuervo lanzó un graznido y aterrizo delante de él, a los pies de su trono, saludandolo con una reverencia que parecía imposible para un ave. ──Necesito que visites a Johanna Constantine esta noche, quiero saber que esta haciendo. Procura ser discreto, no deseo que piense que la estoy vigilando.

    ──Ehm, jefe... Disculpe mi atrevimiento pero, en teoría esta pidiéndome eso, que la vigile── El ave sacudio su oscuro plumaje en un intento por quitarse los nervios de encima. Lucien ya le había comentado que al rey del sueño no le gustaba que refutaran sus ordenes y así lo demostro al lanzarle una mirada que no daba lugar a réplica. ──Yo solo decía, pero olvíde que dije eso. Usted manda.

    Dicho eso, el ave desplegó sus alas y emprendió vuelo hacia la vigilia en búsqueda de la exorcista, esperando no tardar demasiado en dar con ella.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚

    La noche cubría con su manto las calles de Londres. Había terminado de llover y el suelo olía a tierra mojada, algunos vehículos transitaban con preocupación, hundiendo las ruedas en los charcos de agua. Casi no se veían personas, solo algunas parejas o aquellos que trataban de volver a sus hogares después de una larga jornada de trabajo.

    Como primera opción, Matthew busco a Johanna en algunos parques, cerca de las parroquias, en las iglesias menos conocidas y en callejones más oscuros que sus plumas; hasta que su cerebro de ave le dio una buena idea y lo llevo a sobrevolar por la zona de los pubs y bares.

    Para su suerte, apenas llegar identifico a Johanna saliendo de un pub por la parte de atrás. El cuervo abandono su lugar de vigilancia sobre una farola y comenzó a seguirla, teniendo cuidado de mantener una distancia prudente. Si ella frenaba, él también. Si ella entraba en una tienda, él la esperaba, pero llego un momento en el que tuvo que ocultarse en un grupo de palomas cuando cruzando un parque, ella volteo hacia atrás por quien sabe que motivo, según él había sido discreto aunque la discreción no silenciaba el ruido de sus alas.

    No la creía tan ingenua como para no reconocerlo, pero en la noche todos los pájaros eran negros. Quizás no eran tan grandes como un cuervo, pero esas palomas en el parque estaban acostumbradas a las personas, lo suficiente como para no inmutarse por la cercanía de una persona y era claro que tampoco pasaban hambre, estaban bien alimentadas. Algunas eran tan gordas que casi llegaban a igualar su tamaño, más aún si se agachaba entre ellas como lo hizo para esconderse de la mirada de la hechicera.

    Finalmente, tras camuflarse entre las palomas y ser picoteado por ellas. Recibir un golpe con el bastón de una anciana que lo confundio con un murciélago y casi convertirse en la cena de un gato callejero, llego junto a Johanna hasta su hogar.

    Ella entró, él voló hasta una ventana y se paseo por las demás hasta dar con el piso en el que vivía. Podía decirse que había pasado la parte difícil de su misión, ahora le tocaba la parte que consideraba sencilla, quedarse ahí a observar. No sabía hasta cuando, el rey del sueño no le había especificado esa parte pero suponía que su rey llegaría hasta donde estaba cuando ella estuviera durmiendo.

    Johanna Constantine
    Durante los momentos en los que no estaba ocupado atendiendo algun asunto en el reino, solía detenerse a pensar en Johanna y en el breve intercambio de palabras o más bien en esa especie de intercambio, transacción casi del estilo comercial. Ella le había devuelto la arena y él, fiel a su palabra, no solo le había quitado ese recuerdo que tomaba lugar para atormentarla en una pesadilla sino que también se había molestado en bloquear una nueva. No tenía un motivo de peso para pensar en ella, pero lo hacía y no sabía de donde surgia esa impeorisa necesidad. Se preguntaba como hacerlo, como acercarse o que podría decirle si, hipotéticamente hablando, decidia visitarla en la vigilia. Quizás le interesaria saber que él había conocido a su antepasada hace trecientos años, que también conocía a una versión masculina suya que vivía en otro mundo, otra dimensión. O quizás no le importaría en lo más mínimo. Nunca sabía que decir cuando se trataba de hablar con humanos, tenian intereses diferentes a los suyos; no los entendía ni ellos a él, pero aún así quería saber de ella, hablarle. Evitaba hacerse la pregunta más importante, el por que quería hablar con ella, llegando a la conclusión de que no se preguntaría aquello en voz alta porque sabía la respuesta. Estaba... Preocupado por ella y eso tampoco tenía sentido, él era el rey del sueño, era Lord Morfeo, de los Eternos y los Eternos no se preocupaban en exceso por los mortales. ──Matthew── Pronunció en voz alta, rompiendo con el silencio en el salón. El cuervo lanzó un graznido y aterrizo delante de él, a los pies de su trono, saludandolo con una reverencia que parecía imposible para un ave. ──Necesito que visites a Johanna Constantine esta noche, quiero saber que esta haciendo. Procura ser discreto, no deseo que piense que la estoy vigilando. ──Ehm, jefe... Disculpe mi atrevimiento pero, en teoría esta pidiéndome eso, que la vigile── El ave sacudio su oscuro plumaje en un intento por quitarse los nervios de encima. Lucien ya le había comentado que al rey del sueño no le gustaba que refutaran sus ordenes y así lo demostro al lanzarle una mirada que no daba lugar a réplica. ──Yo solo decía, pero olvíde que dije eso. Usted manda. Dicho eso, el ave desplegó sus alas y emprendió vuelo hacia la vigilia en búsqueda de la exorcista, esperando no tardar demasiado en dar con ella. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚ La noche cubría con su manto las calles de Londres. Había terminado de llover y el suelo olía a tierra mojada, algunos vehículos transitaban con preocupación, hundiendo las ruedas en los charcos de agua. Casi no se veían personas, solo algunas parejas o aquellos que trataban de volver a sus hogares después de una larga jornada de trabajo. Como primera opción, Matthew busco a Johanna en algunos parques, cerca de las parroquias, en las iglesias menos conocidas y en callejones más oscuros que sus plumas; hasta que su cerebro de ave le dio una buena idea y lo llevo a sobrevolar por la zona de los pubs y bares. Para su suerte, apenas llegar identifico a Johanna saliendo de un pub por la parte de atrás. El cuervo abandono su lugar de vigilancia sobre una farola y comenzó a seguirla, teniendo cuidado de mantener una distancia prudente. Si ella frenaba, él también. Si ella entraba en una tienda, él la esperaba, pero llego un momento en el que tuvo que ocultarse en un grupo de palomas cuando cruzando un parque, ella volteo hacia atrás por quien sabe que motivo, según él había sido discreto aunque la discreción no silenciaba el ruido de sus alas. No la creía tan ingenua como para no reconocerlo, pero en la noche todos los pájaros eran negros. Quizás no eran tan grandes como un cuervo, pero esas palomas en el parque estaban acostumbradas a las personas, lo suficiente como para no inmutarse por la cercanía de una persona y era claro que tampoco pasaban hambre, estaban bien alimentadas. Algunas eran tan gordas que casi llegaban a igualar su tamaño, más aún si se agachaba entre ellas como lo hizo para esconderse de la mirada de la hechicera. Finalmente, tras camuflarse entre las palomas y ser picoteado por ellas. Recibir un golpe con el bastón de una anciana que lo confundio con un murciélago y casi convertirse en la cena de un gato callejero, llego junto a Johanna hasta su hogar. Ella entró, él voló hasta una ventana y se paseo por las demás hasta dar con el piso en el que vivía. Podía decirse que había pasado la parte difícil de su misión, ahora le tocaba la parte que consideraba sencilla, quedarse ahí a observar. No sabía hasta cuando, el rey del sueño no le había especificado esa parte pero suponía que su rey llegaría hasta donde estaba cuando ella estuviera durmiendo. [Wicca93]
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  • ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ────

    [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ]

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ───

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ────

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ──── [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ] [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: 𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞ Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ─── Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba 𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞ Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ──── Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • -muy buenas noches a todos mis veraniegos!- el cantante en el escanario se veia sonriente y contento saledando a su publico -me extralaban? por que yo a ustedes si, por suerte todo se pudo solucioanr gracias a esta linda conejita de aqui!- una de laz luces ilumino directamente a Lyria -quien es nuestra invidata VIP de esta noche UN APLAUSO!- Summer sonrio mientras el publico le aplaudia a la conejita -bueno ya mucho aplauso que al final esa ternura me va a robar el show y todo, MUSICA MAESTRO!- lanzo un beso al publico al son de la musica que empezaba junto con su tarareo en el microfono

    -I can hear the song of the hartebeest
    As their hooves drum to a hunger
    I can sing a fear or a malady
    As I drown deep in the wonder
    Where do we go
    When the river's running slow
    Where do we run
    When the cats kill one by one
    Little rabbit
    Little rabbit
    Little rabbit-

    https://music.youtube.com/watch?v=qAwo8gkPLKg&si=B0Ty_H1CASVmP6Xk
    -muy buenas noches a todos mis veraniegos!- el cantante en el escanario se veia sonriente y contento saledando a su publico -me extralaban? por que yo a ustedes si, por suerte todo se pudo solucioanr gracias a esta linda conejita de aqui!- una de laz luces ilumino directamente a [LyriaLakke17] -quien es nuestra invidata VIP de esta noche UN APLAUSO!- Summer sonrio mientras el publico le aplaudia a la conejita -bueno ya mucho aplauso que al final esa ternura me va a robar el show y todo, MUSICA MAESTRO!- lanzo un beso al publico al son de la musica que empezaba junto con su tarareo en el microfono -I can hear the song of the hartebeest As their hooves drum to a hunger I can sing a fear or a malady As I drown deep in the wonder Where do we go When the river's running slow Where do we run When the cats kill one by one Little rabbit Little rabbit Little rabbit- https://music.youtube.com/watch?v=qAwo8gkPLKg&si=B0Ty_H1CASVmP6Xk
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  • Ren empujó la puerta de la cafetería con un suspiro suave, cerrándola con cuidado antes de girar el cartel del vidrio a “Cerrado por descanso”. Dentro quedaban las mesas ordenadas, la máquina aún tibia y, justo al lado de la caja, el aviso escrito a mano que había puesto esa mañana: “Se busca personal”. Lo miró un segundo más de lo necesario, como si esperara que la respuesta apareciera sola. Llevar la cafetería era un sueño que amaba… pero también uno que empezaba a pesarle cuando lo hacía en soledad.

    Como cada día después del almuerzo, caminó hacia el parque cercano. El aire era fresco, agradable, y Ren se permitió ir despacio, disfrutando del sonido de sus propios pasos y del canto de las aves que revoloteaban entre los árboles. Se sentó en su banca favorita, aquella desde donde podía ver a los gorriones pelear por migas y a las palomas caminar con aire importante. Sonrió, relajándose poco a poco; siempre encontraba algo romántico en ese momento, como si la calma también fuera una forma de cariño.

    Sacó su teléfono solo para volver a guardar la pantalla apagada, levantando la vista cuando notó que no estaba completamente solo. Observó con curiosidad a la persona cercana, dudando un instante antes de hablar, con esa timidez amable que le era tan natural.

    —Vengo aquí todos los días… me ayuda a pensar. —Hizo una pausa, señalando distraídamente en dirección a la cafetería—. Estoy buscando gente para trabajar conmigo. Alguien que no solo sirva café, sino que también disfrute el ambiente…

    Sonrió un poco más, ladeando la cabeza mientras las aves alzaban vuelo detrás de ellos.

    —Tal vez suene extraño, pero creo que los lugares se sienten distintos dependiendo de quién los acompaña. ¿Te gusta el café… o los paseos tranquilos?


    Ren empujó la puerta de la cafetería con un suspiro suave, cerrándola con cuidado antes de girar el cartel del vidrio a “Cerrado por descanso”. Dentro quedaban las mesas ordenadas, la máquina aún tibia y, justo al lado de la caja, el aviso escrito a mano que había puesto esa mañana: “Se busca personal”. Lo miró un segundo más de lo necesario, como si esperara que la respuesta apareciera sola. Llevar la cafetería era un sueño que amaba… pero también uno que empezaba a pesarle cuando lo hacía en soledad. Como cada día después del almuerzo, caminó hacia el parque cercano. El aire era fresco, agradable, y Ren se permitió ir despacio, disfrutando del sonido de sus propios pasos y del canto de las aves que revoloteaban entre los árboles. Se sentó en su banca favorita, aquella desde donde podía ver a los gorriones pelear por migas y a las palomas caminar con aire importante. Sonrió, relajándose poco a poco; siempre encontraba algo romántico en ese momento, como si la calma también fuera una forma de cariño. Sacó su teléfono solo para volver a guardar la pantalla apagada, levantando la vista cuando notó que no estaba completamente solo. Observó con curiosidad a la persona cercana, dudando un instante antes de hablar, con esa timidez amable que le era tan natural. —Vengo aquí todos los días… me ayuda a pensar. —Hizo una pausa, señalando distraídamente en dirección a la cafetería—. Estoy buscando gente para trabajar conmigo. Alguien que no solo sirva café, sino que también disfrute el ambiente… Sonrió un poco más, ladeando la cabeza mientras las aves alzaban vuelo detrás de ellos. —Tal vez suene extraño, pero creo que los lugares se sienten distintos dependiendo de quién los acompaña. ¿Te gusta el café… o los paseos tranquilos?
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  • Giros, existe el cielo y un estado de coma.

    ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.

    ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.

    ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.

    ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.

    ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
    Giros, existe el cielo y un estado de coma. ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante. ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso. ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada. ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli. ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
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  • ⸻"𝐴 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑦 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑑𝑖𝑛𝑔 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑣𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝑝𝑎𝑖𝑛." | 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐲: 𝐈


    […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante.

    La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía.

    ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano.

    Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho.

    Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos.

    El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo.

    Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión.

    Otra vez había tenido ese sueño.
    ⸻"𝐴 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑦 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑑𝑖𝑛𝑔 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑣𝑒 𝑎𝑛𝑑 𝑝𝑎𝑖𝑛." | 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐲: 𝐈 […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante. La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía. ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano. Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho. Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos. El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo. Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión. Otra vez había tenido ese sueño.
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  • Gɪɴᴇᴠʀᴀ Cᴀᴠᴀʟʟᴀʀᴏ
    Iɴᴛᴇʀɴᴀ #015692
    Mᴏᴛɪᴠᴏ ᴅᴇ ɪɴɢʀᴇsᴏ: Tᴇɴᴛᴀᴛɪᴠᴀ ᴅᴇ ʜᴏᴍɪᴄɪᴅɪᴏ.
    Sᴇ ʟᴇ ᴏᴛᴏʀɢᴀ sᴜ ʟɪʙᴇʀᴛᴀᴅ ᴘᴏʀ ʙᴜᴇɴ ᴄᴏᴍᴘᴏʀᴛᴀᴍɪᴇɴᴛᴏ ʏ ғᴀʟᴛᴀ ᴅᴇ ᴘʀᴜᴇʙᴀs.

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    Los rayos del sol la recibieron.
    Tuvo que cubrir sus ojos con una de sus manos para poder ver el camino o seguramente terminaría en el suelo.

    Libre por fin.
    Después de 2 años encerrada en esa pocilga por fin recuperaba su libertad.

    𝑃𝑜𝑟 𝑓𝑎𝑙𝑡𝑎 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑢𝑒𝑏𝑎𝑠 𝑦 𝑏𝑢𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑜𝑟𝑡𝑎𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑜𝑟𝑑𝑒𝑛𝑜 𝑙𝑎 𝑖𝑛𝑚𝑒𝑑𝑖𝑎𝑡𝑎 𝑙𝑖𝑏𝑒𝑟𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑝𝑟𝑖𝑠𝑖𝑜𝑛𝑒𝑟𝑎.

    Y ya.
    Una disculpa vacía y sin más fue libre.
    ¿Y el tiempo perdido? ¿Y el riesgo? ¿Y su imagen manchada?
    De nada serviría borrar los cargos, pedir disculpas y prometer una compensación... el daño estaba hecho, su imagen manchada y el verdadero culpable ahí afuera haciendo su vida con normalidad.

    Estaba sola y bien lo había dicho su padre.
    Al salir no tendría familia, ni apellido o un hogar...

    Ginevra Cavallaro no existía más.
    De esa prisión estaba saliendo Sienna Vessel.

    Utilizaría únicamente el apellido de su madre quien de seguir en aquél plano terrenal la habría recibido, en cambio su padre, había decidido no confiar y creer en su jodido socio y sus mentiras.

    Tomó su chaqueta, hizo un garabato en las formas que debía firmar y dejó la prisión sin mirar atrás.
    Estaba lista para sobrevivir de nuevo.




    Gɪɴᴇᴠʀᴀ Cᴀᴠᴀʟʟᴀʀᴏ Iɴᴛᴇʀɴᴀ #015692 Mᴏᴛɪᴠᴏ ᴅᴇ ɪɴɢʀᴇsᴏ: Tᴇɴᴛᴀᴛɪᴠᴀ ᴅᴇ ʜᴏᴍɪᴄɪᴅɪᴏ. Sᴇ ʟᴇ ᴏᴛᴏʀɢᴀ sᴜ ʟɪʙᴇʀᴛᴀᴅ ᴘᴏʀ ʙᴜᴇɴ ᴄᴏᴍᴘᴏʀᴛᴀᴍɪᴇɴᴛᴏ ʏ ғᴀʟᴛᴀ ᴅᴇ ᴘʀᴜᴇʙᴀs. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Los rayos del sol la recibieron. Tuvo que cubrir sus ojos con una de sus manos para poder ver el camino o seguramente terminaría en el suelo. Libre por fin. Después de 2 años encerrada en esa pocilga por fin recuperaba su libertad. 𝑃𝑜𝑟 𝑓𝑎𝑙𝑡𝑎 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑢𝑒𝑏𝑎𝑠 𝑦 𝑏𝑢𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑜𝑟𝑡𝑎𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑜𝑟𝑑𝑒𝑛𝑜 𝑙𝑎 𝑖𝑛𝑚𝑒𝑑𝑖𝑎𝑡𝑎 𝑙𝑖𝑏𝑒𝑟𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑝𝑟𝑖𝑠𝑖𝑜𝑛𝑒𝑟𝑎. Y ya. Una disculpa vacía y sin más fue libre. ¿Y el tiempo perdido? ¿Y el riesgo? ¿Y su imagen manchada? De nada serviría borrar los cargos, pedir disculpas y prometer una compensación... el daño estaba hecho, su imagen manchada y el verdadero culpable ahí afuera haciendo su vida con normalidad. Estaba sola y bien lo había dicho su padre. Al salir no tendría familia, ni apellido o un hogar... Ginevra Cavallaro no existía más. De esa prisión estaba saliendo Sienna Vessel. Utilizaría únicamente el apellido de su madre quien de seguir en aquél plano terrenal la habría recibido, en cambio su padre, había decidido no confiar y creer en su jodido socio y sus mentiras. Tomó su chaqueta, hizo un garabato en las formas que debía firmar y dejó la prisión sin mirar atrás. Estaba lista para sobrevivir de nuevo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    El aroma del café barato y el vapor de la máquina de espresso intentaban, sin éxito, camuflar el olor que realmente dominaba sus sentidos: pólvora vieja y ozono. Reze llevaba puesto el uniforme del café, una prenda que sentía como un disfraz de Halloween del que no podía despojarse. Sus manos, las mismas que fueron sumergidas en químicos y entrenadas para romper cuellos antes de aprender a escribir, temblaban levemente mientras sostenían una taza de cerámica.

    ​《FLASHBACK》

    ​Cerró los ojos un segundo y el calor de Tokio desapareció. De repente, volvía a tener siete años y el frío le quemaba los pulmones. Se vio en una fila, vulnerable bajo luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. A su lado, el "Sujeto 733" caía al suelo, sus ojos convertidos en cristal líquido tras la inyección. Los hombres de bata blanca ni siquiera lo miraron; simplemente anotaron con frialdad: “Fallo en la tasa de absorción”.

    ​Sintió de nuevo el pinchazo en su propio cuello. El dolor no era humano; era como si alguien vertiera metal fundido directamente en sus venas. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de una voz gélida que sentenciaba su destino:

    ​— "Si sobrevives, serás el orgullo de la Madre Rusia. Si mueres, solo serás abono para la siguiente generación."

    ​Despertó en una fosa, bajo el peso muerto de otros sujetos que no tuvieron su "suerte". Salir de allí gateando fue su primer acto de guerra; su garganta no emitía un grito, sino el pitido sordo de una mecha encendida. Ese día, la niña llamada Reze murió. Lo que emergió de la nieve fue la Bomba.

    ​Reze abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad del café. El vello de su nuca se erizó. Sabía que Seguridad Pública la buscaba y que cualquier sombra en la calle podría ser un agente del gobierno. Había pasado meses cambiando de identidad, borrando sus huellas y aprendiendo a reír como si nada le doliera, como si fuera una persona real.

    ​Sus dedos rozaron la gargantilla negra que rodeaba su cuello. Era su seguro de vida y, al mismo tiempo, su condena. Si tiraba de ella, Tokio ardería. Si la mantenía puesta, seguiría siendo una esclava en fuga.
    ​El trauma comenzó a distorsionar su visión del entorno. Los clientes a su alrededor dejaron de ser simples civiles; en su mente, el joven de la esquina era un informante y la mujer del fondo una asesina de Seguridad Pública esperando la señal para disparar. Sus ojos escaneaban cada movimiento con una intensidad paranoica, convencida de que el experimento fallido finalmente había sido acorralado por el gobierno. El "clic" de una cucharilla contra una taza sonó en su cabeza como el percutor de un arma. Estaba rodeada, o al menos eso le gritaba su instinto roto, sintiéndose atrapada en una emboscada invisible a plena luz del día.
    El aroma del café barato y el vapor de la máquina de espresso intentaban, sin éxito, camuflar el olor que realmente dominaba sus sentidos: pólvora vieja y ozono. Reze llevaba puesto el uniforme del café, una prenda que sentía como un disfraz de Halloween del que no podía despojarse. Sus manos, las mismas que fueron sumergidas en químicos y entrenadas para romper cuellos antes de aprender a escribir, temblaban levemente mientras sostenían una taza de cerámica. ​《FLASHBACK》 ​Cerró los ojos un segundo y el calor de Tokio desapareció. De repente, volvía a tener siete años y el frío le quemaba los pulmones. Se vio en una fila, vulnerable bajo luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. A su lado, el "Sujeto 733" caía al suelo, sus ojos convertidos en cristal líquido tras la inyección. Los hombres de bata blanca ni siquiera lo miraron; simplemente anotaron con frialdad: “Fallo en la tasa de absorción”. ​Sintió de nuevo el pinchazo en su propio cuello. El dolor no era humano; era como si alguien vertiera metal fundido directamente en sus venas. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de una voz gélida que sentenciaba su destino: ​— "Si sobrevives, serás el orgullo de la Madre Rusia. Si mueres, solo serás abono para la siguiente generación." ​Despertó en una fosa, bajo el peso muerto de otros sujetos que no tuvieron su "suerte". Salir de allí gateando fue su primer acto de guerra; su garganta no emitía un grito, sino el pitido sordo de una mecha encendida. Ese día, la niña llamada Reze murió. Lo que emergió de la nieve fue la Bomba. ​Reze abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad del café. El vello de su nuca se erizó. Sabía que Seguridad Pública la buscaba y que cualquier sombra en la calle podría ser un agente del gobierno. Había pasado meses cambiando de identidad, borrando sus huellas y aprendiendo a reír como si nada le doliera, como si fuera una persona real. ​Sus dedos rozaron la gargantilla negra que rodeaba su cuello. Era su seguro de vida y, al mismo tiempo, su condena. Si tiraba de ella, Tokio ardería. Si la mantenía puesta, seguiría siendo una esclava en fuga. ​El trauma comenzó a distorsionar su visión del entorno. Los clientes a su alrededor dejaron de ser simples civiles; en su mente, el joven de la esquina era un informante y la mujer del fondo una asesina de Seguridad Pública esperando la señal para disparar. Sus ojos escaneaban cada movimiento con una intensidad paranoica, convencida de que el experimento fallido finalmente había sido acorralado por el gobierno. El "clic" de una cucharilla contra una taza sonó en su cabeza como el percutor de un arma. Estaba rodeada, o al menos eso le gritaba su instinto roto, sintiéndose atrapada en una emboscada invisible a plena luz del día.
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  • Nuevamente ese sueño, o mejor dicho, pesadilla.
    El asesino tras de mi alzando cuchillo en mano, tomándome por detrás y cortando mis manos, una vez me giro a verlo no es nada más que mi rostro lo único que veo...
    Comienzo a perder la noción de la realidad desde que encontré ese maldito diario, ya no difiero dónde termina ese libro y donde inicio yo, ¿Soy yo acaso la propia asesina a la que tanto temo...?
    Debería usarlo como inspiración para mi libro.
    Nuevamente ese sueño, o mejor dicho, pesadilla. El asesino tras de mi alzando cuchillo en mano, tomándome por detrás y cortando mis manos, una vez me giro a verlo no es nada más que mi rostro lo único que veo... Comienzo a perder la noción de la realidad desde que encontré ese maldito diario, ya no difiero dónde termina ese libro y donde inicio yo, ¿Soy yo acaso la propia asesina a la que tanto temo...? Debería usarlo como inspiración para mi libro.
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