—Las Crónicas De Fenrir Queen—
•Capítulo 1: Las heridas que no sanan•
El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.
Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.
Curandero: —Nunca había visto algo parecido.
Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?
El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.
Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.
Fenrir: —Entonces… puede curarlo?
La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.
Curandero: —Lo siento, muchacha.
Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.
Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.
Fenrir: —Tan mal están?
Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.
Fenrir: —Puede ayudarme?
La mujer apartó lentamente la mirada.
Alquimista: —No.
Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.
Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.
Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?
Anciano: —No.
Fenrir: —Y algún alquimista?
Anciano: —Tampoco.
Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.
Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.
Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.
Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.
Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.
Fenrir: —Parecido?
Anciano: —Un joven viajero.
Fenrir: —También está herido?
El hombre asintió.
Anciano: —Eso parece.
No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.
Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.
Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.
Finalmente reuní valor y me acerqué.
Fenrir: —Puedo sentarme?
El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.
Desconocido: —Haz lo que quieras.
Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.
Desconocido: —No pareces de aquí.
Fenrir: —Porque no lo soy.
Desconocido: —Viajas sola.
Fenrir: —Sí.
El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.
Desconocido: —Qué pasa?
Fenrir: —Tu brazo.
Su expresión se endureció ligeramente.
Desconocido: —Qué ocurre con él?
Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.
Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.
Por primera vez pareció realmente sorprendido.
Desconocido: —También estás herida?
Solté una pequeña risa cansada.
Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.
El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.
Desconocido: —Fue un chico?
Fenrir: —Cómo lo sabes?
Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.
Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.
Fenrir: —Yo no sé quién era.
Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.
Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.
Desconocido: —A mí tampoco.
La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.
Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.
Desconocido: —Porque se rompe.
Fenrir: —Qué quieres decir?
Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.
Bajé la mirada hacia la mesa.
Fenrir: —Casi me mata.
El muchacho permaneció unos segundos en silencio.
Desconocido: —A mí también.
Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.
Fuera quien fuese aquel muchacho…
Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
•Capítulo 1: Las heridas que no sanan•
El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.
Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.
Curandero: —Nunca había visto algo parecido.
Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?
El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.
Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.
Fenrir: —Entonces… puede curarlo?
La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.
Curandero: —Lo siento, muchacha.
Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.
Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.
Fenrir: —Tan mal están?
Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.
Fenrir: —Puede ayudarme?
La mujer apartó lentamente la mirada.
Alquimista: —No.
Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.
Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.
Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?
Anciano: —No.
Fenrir: —Y algún alquimista?
Anciano: —Tampoco.
Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.
Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.
Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.
Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.
Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.
Fenrir: —Parecido?
Anciano: —Un joven viajero.
Fenrir: —También está herido?
El hombre asintió.
Anciano: —Eso parece.
No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.
Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.
Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.
Finalmente reuní valor y me acerqué.
Fenrir: —Puedo sentarme?
El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.
Desconocido: —Haz lo que quieras.
Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.
Desconocido: —No pareces de aquí.
Fenrir: —Porque no lo soy.
Desconocido: —Viajas sola.
Fenrir: —Sí.
El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.
Desconocido: —Qué pasa?
Fenrir: —Tu brazo.
Su expresión se endureció ligeramente.
Desconocido: —Qué ocurre con él?
Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.
Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.
Por primera vez pareció realmente sorprendido.
Desconocido: —También estás herida?
Solté una pequeña risa cansada.
Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.
El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.
Desconocido: —Fue un chico?
Fenrir: —Cómo lo sabes?
Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.
Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.
Fenrir: —Yo no sé quién era.
Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.
Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.
Desconocido: —A mí tampoco.
La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.
Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.
Desconocido: —Porque se rompe.
Fenrir: —Qué quieres decir?
Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.
Bajé la mirada hacia la mesa.
Fenrir: —Casi me mata.
El muchacho permaneció unos segundos en silencio.
Desconocido: —A mí también.
Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.
Fuera quien fuese aquel muchacho…
Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
—Las Crónicas De Fenrir Queen—
•Capítulo 1: Las heridas que no sanan•
El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.
Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.
Curandero: —Nunca había visto algo parecido.
Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?
El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.
Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.
Fenrir: —Entonces… puede curarlo?
La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.
Curandero: —Lo siento, muchacha.
Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.
Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.
Fenrir: —Tan mal están?
Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.
Fenrir: —Puede ayudarme?
La mujer apartó lentamente la mirada.
Alquimista: —No.
Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.
Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.
Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?
Anciano: —No.
Fenrir: —Y algún alquimista?
Anciano: —Tampoco.
Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.
Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.
Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.
Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.
Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.
Fenrir: —Parecido?
Anciano: —Un joven viajero.
Fenrir: —También está herido?
El hombre asintió.
Anciano: —Eso parece.
No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.
Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.
Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.
Finalmente reuní valor y me acerqué.
Fenrir: —Puedo sentarme?
El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.
Desconocido: —Haz lo que quieras.
Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.
Desconocido: —No pareces de aquí.
Fenrir: —Porque no lo soy.
Desconocido: —Viajas sola.
Fenrir: —Sí.
El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.
Desconocido: —Qué pasa?
Fenrir: —Tu brazo.
Su expresión se endureció ligeramente.
Desconocido: —Qué ocurre con él?
Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.
Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.
Por primera vez pareció realmente sorprendido.
Desconocido: —También estás herida?
Solté una pequeña risa cansada.
Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.
El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.
Desconocido: —Fue un chico?
Fenrir: —Cómo lo sabes?
Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.
Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.
Fenrir: —Yo no sé quién era.
Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.
Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.
Desconocido: —A mí tampoco.
La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.
Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.
Desconocido: —Porque se rompe.
Fenrir: —Qué quieres decir?
Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.
Bajé la mirada hacia la mesa.
Fenrir: —Casi me mata.
El muchacho permaneció unos segundos en silencio.
Desconocido: —A mí también.
Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.
Fuera quien fuese aquel muchacho…
Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.