Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
Esto se ha publicado como Out Of Character.
Tenlo en cuenta al responder.
OST: https://youtu.be/ma6Y7l6aHcY?si=d4Z3bLX9kqB4mJLv
"𝑰. 𝑩𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝑲𝒊𝒐𝒕𝒐: 𝑬𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒑𝒊𝒆𝒓𝒏𝒂𝒔 𝒄𝒓𝒖𝒛𝒂𝒅𝒂𝒔 𝒚 𝒂𝒍𝒎𝒂𝒔 𝒓𝒐𝒕𝒂𝒔"
𝑪𝒐- 𝓤𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹
El humo del puro ascendía lento, como si dudara en dejarlo. Azâziel lo sostenía entre dos dedos con la misma naturalidad con la que otros sostenían un cáliz o un arma. Sus labios, apenas entreabiertos, dibujaban una curva que no era sonrisa… pero tampoco amenaza. Era la expresión de un hombre que ya ha visto demasiado y aún quiere ver un poco más.
El salón estaba lleno, decorado con excesos típicamente modernos que querían parecer tradicionales. Faroles rojos, madera oscura, grabados de dragones que jamás han rugido. Y, sin embargo, había magia allí. Un tipo diferente. Humana, sí, pero densa. Caliente. 𝗛𝗲𝗰𝗵𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗰𝗶ó𝗻, 𝘀𝗲𝘅𝗼, 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘆 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼𝘀.
Azâziel se había ganado su lugar entre los invitados, no por invitación, sino por deuda. Varios clanes le debían algo. Algo que no podían nombrar, porque el recuerdo de ese precio aún dormía en sus costillas como un puñal cubierto de terciopelo. Y esa noche, él no quería hablar de lo que cobraba. Solo quería observar.
A su lado, la joven de cabello rojo, una criatura deliciosa de curvas contenidas y mirada afilada, se inclinó levemente, permitiéndose rozar su brazo con el suyo. «¿Alguna de las presentes le resulta… interesante?», preguntó ella con la voz aterciopelada de una amante que ya sabe que no será elegida, pero aún disfruta de la cacería.
Azâziel no respondió de inmediato. Le gustaba que las palabras maduraran en su lengua antes de liberarlas. Inhaló. El sabor del puro era denso, masculino, con un dejo de cereza y ceniza. Lo exhaló despacio, mientras su mirada recorría la sala.
Y entonces la vio.
Ella no se destacaba por su ropa. Ni por su joyería. No buscaba brillar… Y, sin embargo, su mera existencia desentonaba con lo humano. Tenía la belleza triste de un ángel que se arrepiente… o de un demonio que ha aprendido a llorar. Cabello albino, piel pálida, los ojos con esa profundidad húmeda que no pertenece a este siglo.
Azâziel la reconoció antes de comprender. 𝗘𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹. Un ser envuelto en carne, sí. Pero el aura… El aura ardía como una herida mal cerrada. 𝗖𝗼𝗺𝗼 é𝗹. — Esa — Susurró, finalmente, mientras su mirada se clavaba en la ajena con una intensidad casi lasciva. — Esa no está aquí para los mismos juegos. — Su asistente lo miró, intrigada. «¿Una rival?», preguntó la joven.
Azâziel sonrió por fin. No con los labios, sino con el alma. — ¿Rival? No. Las rivalidades implican miedo… Y yo solo estoy… curioso. — Apagó el puro con elegancia, girando la cabeza apenas unos grados. — Averigua su nombre. Pero no te acerques demasiado. — «¿Y si ella se nos acerca? », preguntó una vez mas la joven.
Azâziel bajó la mirada a su copa de cristal. — Entonces esta noche será mucho más divertida de lo que esperaba. —
Y al fondo, ella lo miraba.
Y él…
𝙎𝙖𝙗í𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙖𝙢𝙗𝙞é𝙣 𝙡𝙤 𝙝𝙖𝙗í𝙖 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙞𝙙𝙤.
"𝑰. 𝑩𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝑲𝒊𝒐𝒕𝒐: 𝑬𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒑𝒊𝒆𝒓𝒏𝒂𝒔 𝒄𝒓𝒖𝒛𝒂𝒅𝒂𝒔 𝒚 𝒂𝒍𝒎𝒂𝒔 𝒓𝒐𝒕𝒂𝒔"
𝑪𝒐- 𝓤𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹
El humo del puro ascendía lento, como si dudara en dejarlo. Azâziel lo sostenía entre dos dedos con la misma naturalidad con la que otros sostenían un cáliz o un arma. Sus labios, apenas entreabiertos, dibujaban una curva que no era sonrisa… pero tampoco amenaza. Era la expresión de un hombre que ya ha visto demasiado y aún quiere ver un poco más.
El salón estaba lleno, decorado con excesos típicamente modernos que querían parecer tradicionales. Faroles rojos, madera oscura, grabados de dragones que jamás han rugido. Y, sin embargo, había magia allí. Un tipo diferente. Humana, sí, pero densa. Caliente. 𝗛𝗲𝗰𝗵𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗰𝗶ó𝗻, 𝘀𝗲𝘅𝗼, 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘆 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼𝘀.
Azâziel se había ganado su lugar entre los invitados, no por invitación, sino por deuda. Varios clanes le debían algo. Algo que no podían nombrar, porque el recuerdo de ese precio aún dormía en sus costillas como un puñal cubierto de terciopelo. Y esa noche, él no quería hablar de lo que cobraba. Solo quería observar.
A su lado, la joven de cabello rojo, una criatura deliciosa de curvas contenidas y mirada afilada, se inclinó levemente, permitiéndose rozar su brazo con el suyo. «¿Alguna de las presentes le resulta… interesante?», preguntó ella con la voz aterciopelada de una amante que ya sabe que no será elegida, pero aún disfruta de la cacería.
Azâziel no respondió de inmediato. Le gustaba que las palabras maduraran en su lengua antes de liberarlas. Inhaló. El sabor del puro era denso, masculino, con un dejo de cereza y ceniza. Lo exhaló despacio, mientras su mirada recorría la sala.
Y entonces la vio.
Ella no se destacaba por su ropa. Ni por su joyería. No buscaba brillar… Y, sin embargo, su mera existencia desentonaba con lo humano. Tenía la belleza triste de un ángel que se arrepiente… o de un demonio que ha aprendido a llorar. Cabello albino, piel pálida, los ojos con esa profundidad húmeda que no pertenece a este siglo.
Azâziel la reconoció antes de comprender. 𝗘𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹. Un ser envuelto en carne, sí. Pero el aura… El aura ardía como una herida mal cerrada. 𝗖𝗼𝗺𝗼 é𝗹. — Esa — Susurró, finalmente, mientras su mirada se clavaba en la ajena con una intensidad casi lasciva. — Esa no está aquí para los mismos juegos. — Su asistente lo miró, intrigada. «¿Una rival?», preguntó la joven.
Azâziel sonrió por fin. No con los labios, sino con el alma. — ¿Rival? No. Las rivalidades implican miedo… Y yo solo estoy… curioso. — Apagó el puro con elegancia, girando la cabeza apenas unos grados. — Averigua su nombre. Pero no te acerques demasiado. — «¿Y si ella se nos acerca? », preguntó una vez mas la joven.
Azâziel bajó la mirada a su copa de cristal. — Entonces esta noche será mucho más divertida de lo que esperaba. —
Y al fondo, ella lo miraba.
Y él…
𝙎𝙖𝙗í𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙖𝙢𝙗𝙞é𝙣 𝙡𝙤 𝙝𝙖𝙗í𝙖 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙞𝙙𝙤.
OST: https://youtu.be/ma6Y7l6aHcY?si=d4Z3bLX9kqB4mJLv
"𝑰. 𝑩𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂𝒔 𝒍𝒖𝒄𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝑲𝒊𝒐𝒕𝒐: 𝑬𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒑𝒊𝒆𝒓𝒏𝒂𝒔 𝒄𝒓𝒖𝒛𝒂𝒅𝒂𝒔 𝒚 𝒂𝒍𝒎𝒂𝒔 𝒓𝒐𝒕𝒂𝒔"
𝑪𝒐- 𝓤𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹
El humo del puro ascendía lento, como si dudara en dejarlo. Azâziel lo sostenía entre dos dedos con la misma naturalidad con la que otros sostenían un cáliz o un arma. Sus labios, apenas entreabiertos, dibujaban una curva que no era sonrisa… pero tampoco amenaza. Era la expresión de un hombre que ya ha visto demasiado y aún quiere ver un poco más.
El salón estaba lleno, decorado con excesos típicamente modernos que querían parecer tradicionales. Faroles rojos, madera oscura, grabados de dragones que jamás han rugido. Y, sin embargo, había magia allí. Un tipo diferente. Humana, sí, pero densa. Caliente. 𝗛𝗲𝗰𝗵𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗰𝗶ó𝗻, 𝘀𝗲𝘅𝗼, 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘆 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼𝘀.
Azâziel se había ganado su lugar entre los invitados, no por invitación, sino por deuda. Varios clanes le debían algo. Algo que no podían nombrar, porque el recuerdo de ese precio aún dormía en sus costillas como un puñal cubierto de terciopelo. Y esa noche, él no quería hablar de lo que cobraba. Solo quería observar.
A su lado, la joven de cabello rojo, una criatura deliciosa de curvas contenidas y mirada afilada, se inclinó levemente, permitiéndose rozar su brazo con el suyo. «¿Alguna de las presentes le resulta… interesante?», preguntó ella con la voz aterciopelada de una amante que ya sabe que no será elegida, pero aún disfruta de la cacería.
Azâziel no respondió de inmediato. Le gustaba que las palabras maduraran en su lengua antes de liberarlas. Inhaló. El sabor del puro era denso, masculino, con un dejo de cereza y ceniza. Lo exhaló despacio, mientras su mirada recorría la sala.
Y entonces la vio.
Ella no se destacaba por su ropa. Ni por su joyería. No buscaba brillar… Y, sin embargo, su mera existencia desentonaba con lo humano. Tenía la belleza triste de un ángel que se arrepiente… o de un demonio que ha aprendido a llorar. Cabello albino, piel pálida, los ojos con esa profundidad húmeda que no pertenece a este siglo.
Azâziel la reconoció antes de comprender. 𝗘𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹. Un ser envuelto en carne, sí. Pero el aura… El aura ardía como una herida mal cerrada. 𝗖𝗼𝗺𝗼 é𝗹. — Esa — Susurró, finalmente, mientras su mirada se clavaba en la ajena con una intensidad casi lasciva. — Esa no está aquí para los mismos juegos. — Su asistente lo miró, intrigada. «¿Una rival?», preguntó la joven.
Azâziel sonrió por fin. No con los labios, sino con el alma. — ¿Rival? No. Las rivalidades implican miedo… Y yo solo estoy… curioso. — Apagó el puro con elegancia, girando la cabeza apenas unos grados. — Averigua su nombre. Pero no te acerques demasiado. — «¿Y si ella se nos acerca? », preguntó una vez mas la joven.
Azâziel bajó la mirada a su copa de cristal. — Entonces esta noche será mucho más divertida de lo que esperaba. —
Y al fondo, ella lo miraba.
Y él…
𝙎𝙖𝙗í𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙖𝙢𝙗𝙞é𝙣 𝙡𝙤 𝙝𝙖𝙗í𝙖 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙞𝙙𝙤.
0
comentarios
0
compartidos