El bosque rugía con violencia; el aire azotaba los árboles hasta hacerlos amenazar con desplomarse.
Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante.
Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder.
El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa.
Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía.
—Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa.
Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo.
—No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano.
Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva.
—Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija?
Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada.
El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas.
—Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable
— Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie.
Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida.
—No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos.
—¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos?
Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino.
Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo.
—Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma.
Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa.
—¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra.
—Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo.
—¿Como tu prisionera?
—Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla…
Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado.
Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer.
—Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta…
—. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres.
Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era.
—Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque
— Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo.
Y desapareció.
Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.
Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante.
Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder.
El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa.
Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía.
—Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa.
Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo.
—No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano.
Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva.
—Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija?
Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada.
El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas.
—Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable
— Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie.
Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida.
—No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos.
—¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos?
Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino.
Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo.
—Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma.
Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa.
—¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra.
—Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo.
—¿Como tu prisionera?
—Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla…
Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado.
Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer.
—Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta…
—. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres.
Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era.
—Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque
— Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo.
Y desapareció.
Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.
El bosque rugía con violencia; el aire azotaba los árboles hasta hacerlos amenazar con desplomarse.
Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante.
Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder.
El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa.
Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía.
—Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa.
Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo.
—No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano.
Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva.
—Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija?
Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada.
El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas.
—Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable
— Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie.
Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida.
—No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos.
—¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos?
Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino.
Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo.
—Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma.
Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa.
—¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra.
—Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo.
—¿Como tu prisionera?
—Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla…
Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado.
Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer.
—Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta…
—. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres.
Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era.
—Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque
— Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo.
Y desapareció.
Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.

