El resplandor anaranjado de la brasa se intensifica con cada calada, iluminando por un segundo sus facciones tensas y la mirada perdida en la pantalla completamente negra del televisor apagado. No es sólo el cansancio del día lo que le pesa; es la sensación de que las piezas del puzzle que es su vida han dejado de encajar.
Suelta el aire lentamente, viendo cómo el humo se dispersa contra la madera de la mesa fría. Se pregunta en qué momento la ambición se convirtió en rutina y el silencio en una barrera infranqueable. Pero ahí está: reducido a la ceniza que sacude mecánicamente sobre el cenicero.
Es una tortura silenciosa. Alberto odia no tener el control, pero le aterra aún más romper el equilibrio.
«Me mira distinto, estoy seguro», piensa, para luego sacudir la cabeza con una sonrisa amarga. «O quizás sólo veo lo que quiero ver porque me estoy volviendo loco».
Aprieta el filtro entre los dedos. El cigarrillo se acaba, pero la duda sigue ahí, ardiendo con la misma intensidad que al principio.
Apura el último tramo del cigarrillo, sintiendo ese ligero mareo que ya no le relaja como antes. La ciudad sigue su curso fuera, ajena a sus dilemas, y él se queda ahí un momento más, postergando el regreso al mundo real, donde el silencio es mucho más denso que el humo que acaba de exhalar.
El resplandor anaranjado de la brasa se intensifica con cada calada, iluminando por un segundo sus facciones tensas y la mirada perdida en la pantalla completamente negra del televisor apagado. No es sólo el cansancio del día lo que le pesa; es la sensación de que las piezas del puzzle que es su vida han dejado de encajar.
Suelta el aire lentamente, viendo cómo el humo se dispersa contra la madera de la mesa fría. Se pregunta en qué momento la ambición se convirtió en rutina y el silencio en una barrera infranqueable. Pero ahí está: reducido a la ceniza que sacude mecánicamente sobre el cenicero.
Es una tortura silenciosa. Alberto odia no tener el control, pero le aterra aún más romper el equilibrio.
«Me mira distinto, estoy seguro», piensa, para luego sacudir la cabeza con una sonrisa amarga. «O quizás sólo veo lo que quiero ver porque me estoy volviendo loco».
Aprieta el filtro entre los dedos. El cigarrillo se acaba, pero la duda sigue ahí, ardiendo con la misma intensidad que al principio.
Apura el último tramo del cigarrillo, sintiendo ese ligero mareo que ya no le relaja como antes. La ciudad sigue su curso fuera, ajena a sus dilemas, y él se queda ahí un momento más, postergando el regreso al mundo real, donde el silencio es mucho más denso que el humo que acaba de exhalar.