-Un pequeño recuerdo de la culpa de mi debilidad por haber sido corrompida por un jedi..-
Raxus Prime quedó grabado en mi memoria como un paisaje de ruinas infinitas y silencios cargados de ecos. Allí, entre montañas de metal muerto y restos de guerras olvidadas, sostuve una de las persecuciones más largas de mi vida como Inquisidora. Mi objetivo era un joven caballero Jedi llamado Roy Praxon. Al principio no parecía diferente a otros sobrevivientes, pero con el tiempo se convirtió en el eje de algo que no estaba previsto en mí.
Durante incontables ciclos lo rastreé sin descanso. Siempre cerca, siempre escapando. No era su técnica lo que lo mantenía con vida, sino su voluntad. Cada encuentro lo dejaba más herido, pero también más firme. Aquello alteró el sentido mismo de la cacería. Lo que debía ser una misión terminó transformándose en una fijación.
Con el paso del tiempo, algo empezó a quebrarse en mi interior. Su forma de resistir, de no ceder al odio, comenzó a erosionar la certeza con la que yo actuaba. No fue un cambio brusco, sino una grieta lenta, persistente. Empecé a observar en lugar de destruir, a pensar en lugar de ejecutar. Sin darme cuenta, me acerqué a una tensión que no podía sostener: entre lo que era y lo que comenzaba a percibir.
En uno de nuestros enfrentamientos, en medio del choque de sables y la presión acumulada de toda la persecución, esa grieta se volvió imposible de ignorar. Hubo un instante suspendido en el que la violencia se detuvo. Sin el casco que me definía, lo acorrale contra una estructura de metal. No ejecuté el golpe final. En su lugar, lo besé. Él respondió. Fue un momento breve, pero suficiente para romper todo lo que creía controlar.
La llegada del Gran Inquisidor convirtió ese instante en una condena.
Roy Praxon, en lugar de huir, se interpuso. Intentó enfrentarlo. No fue una batalla prolongada ni equilibrada. Fueron movimientos simples, precisos, inevitables. En cuestión de segundos, el joven caballero cayó frente a mí. Sin resistencia real, sin oportunidad de cambiar el resultado. Su caída fue definitiva.
Ese momento terminó de sellar mi quiebre.
Después de eso, ya no hubo espacio para la duda. El Gran Inquisidor dirigió su atención hacia mí. Lo que había comenzado como una vacilación se transformó, ante su presencia, en una falla que debía ser corregida. Intenté resistirme, pero mi estado era inestable. Fui derrotada con facilidad.
Lo que siguió no fue inmediato ni visible hacia afuera, pero marcó el resto de mi existencia. Fui sometida, quebrada y reconstruida bajo su control. La intención no era castigar, sino eliminar cualquier rastro de aquello que había surgido en Raxus Prime. Cada pensamiento débil, cada recuerdo que implicará duda, fue convertido en una fuente de dolor hasta que dejó de tener sentido conservarlo.
No se trató solo de disciplina. Fue una reconfiguración completa. Una imposición constante hasta que la única forma de sostenerme fue abrazar por completo el lado oscuro.
Roy Praxon dejó de ser un objetivo. Se convirtió en un recuerdo que debía ser enterrado. Mi antiguo maestro, en una posibilidad que rechacé. Y Raxus Prime, en el lugar donde comprendí que no existe equilibrio para alguien como yo.
Desde entonces, ya no persigo con dudas, Solo ejecutó al enemigo.
-Un pequeño recuerdo de la culpa de mi debilidad por haber sido corrompida por un jedi..-
Raxus Prime quedó grabado en mi memoria como un paisaje de ruinas infinitas y silencios cargados de ecos. Allí, entre montañas de metal muerto y restos de guerras olvidadas, sostuve una de las persecuciones más largas de mi vida como Inquisidora. Mi objetivo era un joven caballero Jedi llamado Roy Praxon. Al principio no parecía diferente a otros sobrevivientes, pero con el tiempo se convirtió en el eje de algo que no estaba previsto en mí.
Durante incontables ciclos lo rastreé sin descanso. Siempre cerca, siempre escapando. No era su técnica lo que lo mantenía con vida, sino su voluntad. Cada encuentro lo dejaba más herido, pero también más firme. Aquello alteró el sentido mismo de la cacería. Lo que debía ser una misión terminó transformándose en una fijación.
Con el paso del tiempo, algo empezó a quebrarse en mi interior. Su forma de resistir, de no ceder al odio, comenzó a erosionar la certeza con la que yo actuaba. No fue un cambio brusco, sino una grieta lenta, persistente. Empecé a observar en lugar de destruir, a pensar en lugar de ejecutar. Sin darme cuenta, me acerqué a una tensión que no podía sostener: entre lo que era y lo que comenzaba a percibir.
En uno de nuestros enfrentamientos, en medio del choque de sables y la presión acumulada de toda la persecución, esa grieta se volvió imposible de ignorar. Hubo un instante suspendido en el que la violencia se detuvo. Sin el casco que me definía, lo acorrale contra una estructura de metal. No ejecuté el golpe final. En su lugar, lo besé. Él respondió. Fue un momento breve, pero suficiente para romper todo lo que creía controlar.
La llegada del Gran Inquisidor convirtió ese instante en una condena.
Roy Praxon, en lugar de huir, se interpuso. Intentó enfrentarlo. No fue una batalla prolongada ni equilibrada. Fueron movimientos simples, precisos, inevitables. En cuestión de segundos, el joven caballero cayó frente a mí. Sin resistencia real, sin oportunidad de cambiar el resultado. Su caída fue definitiva.
Ese momento terminó de sellar mi quiebre.
Después de eso, ya no hubo espacio para la duda. El Gran Inquisidor dirigió su atención hacia mí. Lo que había comenzado como una vacilación se transformó, ante su presencia, en una falla que debía ser corregida. Intenté resistirme, pero mi estado era inestable. Fui derrotada con facilidad.
Lo que siguió no fue inmediato ni visible hacia afuera, pero marcó el resto de mi existencia. Fui sometida, quebrada y reconstruida bajo su control. La intención no era castigar, sino eliminar cualquier rastro de aquello que había surgido en Raxus Prime. Cada pensamiento débil, cada recuerdo que implicará duda, fue convertido en una fuente de dolor hasta que dejó de tener sentido conservarlo.
No se trató solo de disciplina. Fue una reconfiguración completa. Una imposición constante hasta que la única forma de sostenerme fue abrazar por completo el lado oscuro.
Roy Praxon dejó de ser un objetivo. Se convirtió en un recuerdo que debía ser enterrado. Mi antiguo maestro, en una posibilidad que rechacé. Y Raxus Prime, en el lugar donde comprendí que no existe equilibrio para alguien como yo.
Desde entonces, ya no persigo con dudas, Solo ejecutó al enemigo.