El murmullo constante del agua llenaba el aire con una calma casi sobrenatural. Una enorme cascada descendía desde los riscos de una montaña olvidada, levantando una fina niebla que cubría las rocas cercanas como un velo plateado. El bosque circundante permanecía en silencio, respetando la serenidad de aquel lugar apartado del mundo.
Sobre una roca lisa junto al borde del estanque natural, una figura permanecía inmóvil. Vestido con su característico abrigo azul oscuro, Vergil reposaba en posición de meditación. Sus ojos estaban cerrados y sus brazos descansaban sobre sus piernas mientras mantenía una respiración lenta y controlada.
Yamato se encontraba a su lado, clavada firmemente en la piedra, como una extensión de su propia presencia. Incluso en reposo, el aura que emanaba era intensa, afilada como el filo de la katana. Sin embargo, aquella energía permanecía contenida, dormida bajo una disciplina inquebrantable.
Los minutos pasaban sin que el hijo de Sparda se moviera un solo centímetro. Su mente navegaba por recuerdos lejanos, batallas ganadas, derrotas sufridas y decisiones que habían marcado su existencia. Allí, lejos de los conflictos y del ruido de la civilización, buscaba algo que rara vez admitía necesitar: paz.
El murmullo constante del agua llenaba el aire con una calma casi sobrenatural. Una enorme cascada descendía desde los riscos de una montaña olvidada, levantando una fina niebla que cubría las rocas cercanas como un velo plateado. El bosque circundante permanecía en silencio, respetando la serenidad de aquel lugar apartado del mundo.
Sobre una roca lisa junto al borde del estanque natural, una figura permanecía inmóvil. Vestido con su característico abrigo azul oscuro, Vergil reposaba en posición de meditación. Sus ojos estaban cerrados y sus brazos descansaban sobre sus piernas mientras mantenía una respiración lenta y controlada.
Yamato se encontraba a su lado, clavada firmemente en la piedra, como una extensión de su propia presencia. Incluso en reposo, el aura que emanaba era intensa, afilada como el filo de la katana. Sin embargo, aquella energía permanecía contenida, dormida bajo una disciplina inquebrantable.
Los minutos pasaban sin que el hijo de Sparda se moviera un solo centímetro. Su mente navegaba por recuerdos lejanos, batallas ganadas, derrotas sufridas y decisiones que habían marcado su existencia. Allí, lejos de los conflictos y del ruido de la civilización, buscaba algo que rara vez admitía necesitar: paz.