โซโซโซโซโซโซโซโซ
ใ S T A R T E R • L I B R E ใ
โซโซโซโซโซโซโซโซ
La habitación subterránea estaba demasiado fría incluso para alguien como Cerberus. El aire acondicionado industrial rugía sobre su cabeza con un zumbido constante que se mezclaba con el parpadeo blanco de las pantallas y el olor agresivo del desinfectante, el permanecía sentado frente a la mesa metálica, inmóvil, enorme, con los hombros tensos bajo el uniforme negro mientras las imágenes de los objetivos aparecían una tras otra frente a sus ojos
No necesitaba tomar notas; jamás las necesitó, su mente había sido mutilada y reconstruida específicamente para recordar rostros, voces, patrones de respiración, peso corporal aproximado, lesiones antiguas visibles en la postura, posibles rutas de escape… todo quedaba atrapado dentro de él como un animal encerrado detrás de barrotes, sin embargo, lo más importante nunca eran las fotografías.
Era el olor. Siempre el olor.
El miedo olía distinto en cada persona y Cerberus podía recordarlo durante años, el sudor ácido de un hombre paranoico, el perfume demasiado dulce de alguien intentando ocultar ansiedad, la pólvora impregnada en las manos de un guardaespaldas; para él, los seres humanos eran poco más que carne con aroma identificable.
La voz detrás del cristal continuó dándole instrucciones con esa calma clínica que solo poseen quienes jamás pisan el campo de batalla, le explicaron quién debía morir primero, quién probablemente intentaría negociar, quién correría, quién gritaría y quién tendría suficiente orgullo para atacar incluso sabiendo que iba a morir.
Cerberus escuchó todo sin emitir sonido alguno, tenía permitido hablar, no; pero únicamente bajo autorización directa podria hacer preguntas, aunque después de antos años el silencio se había adherido a su garganta como una segunda piel.
Cuando la última orden terminó, uno de los supervisores se acercó para ajustar la gruesa correa negra alrededor de su cuello; el clic metálico del seguro resonó en la habitación con una familiaridad humillante, a veces se preguntaba si lo hacían por control táctico o simplemente porque disfrutaban recordándole lo que era. Un perro. Un arma. Algo demasiado peligroso para caminar libre.
El trayecto hasta el objetivo transcurrió en una camioneta, que parecia de civiles, la ciudad estaba enferma de neón y humedad, con las banquetas reflejando luces rojas y azules como heridas abiertas sobre el asfalto.
Cerberus descendió del vehículo sin prisa, cubierto por una chamarra oscura que apenas lograba ocultar el tamaño monstruoso de su cuerpo.
El edificio frente a él parecía tranquilo desde afuera, con música baja, humo escapando por las ventanas del segundo piso, personas riendo sin saber que aquella noche iba a partirse en dos.
Entró sin llamar la atención al principio, caminando entre mesas y conversaciones ajenas mientras el olor comenzaba a llenar sus pulmones...alcohol, tabaco, marihuana, perfume barato.... Sudor nervioso, sangre latiendo debajo de la piel humana.
Reconoció al primer objetivo antes incluso de verlo directamente, el aroma coincidía perfectamente.
El hombre giró apenas la cabeza, probablemente sintiendo aquella presencia imposible detrás de él, pero no tuvo tiempo de reaccionar, Cerberus le sujetó el rostro con una mano y lo estampó contra la barra con una violencia tan brutal que el impacto sonó como huesos rompiéndose dentro de una bolsa mojada. El cuerpo cayó convulsionando mientras los gritos comenzaban alrededor.
Entonces todo ocurrió rápido, demasiado rápido.
El segundo objetivo intentó sacar un arma, pero Cerberus ya estaba encima de él; le dobló el brazo hasta desgarrar articulaciones y después le hundió el cuchillo táctico bajo la mandíbula con un movimiento seco, preciso, entrenado miles de veces, haciendo que la sangre caliente le salpicó el cuello y parte de la máscara mientras la multitud se dispersaba presa del pánico, algunos intentaron correr hacia las salidas que ya estaban bloqueadas, otros simplemente quedaron paralizados observando la carnicería.
El tercero fue el único que intentó pelear de verdad, disparó dos veces antes de que Cerberus lograra alcanzarlo, y aunque una bala atravesó limpiamente su costado, aquello no pareció ralentizarlo en absoluto. Lo derribó contra una mesa, aplastando madera y vidrio bajo el peso de ambos, y continuó golpeándolo hasta que el rostro del hombre dejó de parecer humano.
A su alrededor solo quedaron respiraciones ahogadas, muebles destrozados y el sonido espeso de la sangre escurriendo lentamente por el suelo. El olor metálico era tan intenso que casi resultaba sofocante.
Así, continuó con todos, no debia quedar ni uno solo, esa era la orden.
Asi que despues.... Después llegó el silencio.
Ese silencio terrible que siempre aparecía al final.
Cerberus permaneció inmóvil en medio del desastre, respirando pesadamente mientras la lluvia golpeaba las ventanas rotas del lugar. Los cadáveres yacían dispersos alrededor de él en posiciones grotescas, algunos aún temblando por reflejos nerviosos tardíos.
Lentamente, como si el monstruo hubiese abandonado por fin su cuerpo, él terminó arrodillándose sobre el suelo cubierto de sangre, bajó la cabeza y esperó.
Quieto, obediente , con las manos manchadas descansando sobre sus piernas y el grueso collar negro todavía sujeto alrededor de su cuello, aguardando pacientemente a que alguien atravesara aquella puerta, colocara la cadena y lo llevara de regreso a casa como al perro que le enseñaron a ser.
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La habitación subterránea estaba demasiado fría incluso para alguien como Cerberus. El aire acondicionado industrial rugía sobre su cabeza con un zumbido constante que se mezclaba con el parpadeo blanco de las pantallas y el olor agresivo del desinfectante, el permanecía sentado frente a la mesa metálica, inmóvil, enorme, con los hombros tensos bajo el uniforme negro mientras las imágenes de los objetivos aparecían una tras otra frente a sus ojos
No necesitaba tomar notas; jamás las necesitó, su mente había sido mutilada y reconstruida específicamente para recordar rostros, voces, patrones de respiración, peso corporal aproximado, lesiones antiguas visibles en la postura, posibles rutas de escape… todo quedaba atrapado dentro de él como un animal encerrado detrás de barrotes, sin embargo, lo más importante nunca eran las fotografías.
Era el olor. Siempre el olor.
El miedo olía distinto en cada persona y Cerberus podía recordarlo durante años, el sudor ácido de un hombre paranoico, el perfume demasiado dulce de alguien intentando ocultar ansiedad, la pólvora impregnada en las manos de un guardaespaldas; para él, los seres humanos eran poco más que carne con aroma identificable.
La voz detrás del cristal continuó dándole instrucciones con esa calma clínica que solo poseen quienes jamás pisan el campo de batalla, le explicaron quién debía morir primero, quién probablemente intentaría negociar, quién correría, quién gritaría y quién tendría suficiente orgullo para atacar incluso sabiendo que iba a morir.
Cerberus escuchó todo sin emitir sonido alguno, tenía permitido hablar, no; pero únicamente bajo autorización directa podria hacer preguntas, aunque después de antos años el silencio se había adherido a su garganta como una segunda piel.
Cuando la última orden terminó, uno de los supervisores se acercó para ajustar la gruesa correa negra alrededor de su cuello; el clic metálico del seguro resonó en la habitación con una familiaridad humillante, a veces se preguntaba si lo hacían por control táctico o simplemente porque disfrutaban recordándole lo que era. Un perro. Un arma. Algo demasiado peligroso para caminar libre.
El trayecto hasta el objetivo transcurrió en una camioneta, que parecia de civiles, la ciudad estaba enferma de neón y humedad, con las banquetas reflejando luces rojas y azules como heridas abiertas sobre el asfalto.
Cerberus descendió del vehículo sin prisa, cubierto por una chamarra oscura que apenas lograba ocultar el tamaño monstruoso de su cuerpo.
El edificio frente a él parecía tranquilo desde afuera, con música baja, humo escapando por las ventanas del segundo piso, personas riendo sin saber que aquella noche iba a partirse en dos.
Entró sin llamar la atención al principio, caminando entre mesas y conversaciones ajenas mientras el olor comenzaba a llenar sus pulmones...alcohol, tabaco, marihuana, perfume barato.... Sudor nervioso, sangre latiendo debajo de la piel humana.
Reconoció al primer objetivo antes incluso de verlo directamente, el aroma coincidía perfectamente.
El hombre giró apenas la cabeza, probablemente sintiendo aquella presencia imposible detrás de él, pero no tuvo tiempo de reaccionar, Cerberus le sujetó el rostro con una mano y lo estampó contra la barra con una violencia tan brutal que el impacto sonó como huesos rompiéndose dentro de una bolsa mojada. El cuerpo cayó convulsionando mientras los gritos comenzaban alrededor.
Entonces todo ocurrió rápido, demasiado rápido.
El segundo objetivo intentó sacar un arma, pero Cerberus ya estaba encima de él; le dobló el brazo hasta desgarrar articulaciones y después le hundió el cuchillo táctico bajo la mandíbula con un movimiento seco, preciso, entrenado miles de veces, haciendo que la sangre caliente le salpicó el cuello y parte de la máscara mientras la multitud se dispersaba presa del pánico, algunos intentaron correr hacia las salidas que ya estaban bloqueadas, otros simplemente quedaron paralizados observando la carnicería.
El tercero fue el único que intentó pelear de verdad, disparó dos veces antes de que Cerberus lograra alcanzarlo, y aunque una bala atravesó limpiamente su costado, aquello no pareció ralentizarlo en absoluto. Lo derribó contra una mesa, aplastando madera y vidrio bajo el peso de ambos, y continuó golpeándolo hasta que el rostro del hombre dejó de parecer humano.
A su alrededor solo quedaron respiraciones ahogadas, muebles destrozados y el sonido espeso de la sangre escurriendo lentamente por el suelo. El olor metálico era tan intenso que casi resultaba sofocante.
Así, continuó con todos, no debia quedar ni uno solo, esa era la orden.
Asi que despues.... Después llegó el silencio.
Ese silencio terrible que siempre aparecía al final.
Cerberus permaneció inmóvil en medio del desastre, respirando pesadamente mientras la lluvia golpeaba las ventanas rotas del lugar. Los cadáveres yacían dispersos alrededor de él en posiciones grotescas, algunos aún temblando por reflejos nerviosos tardíos.
Lentamente, como si el monstruo hubiese abandonado por fin su cuerpo, él terminó arrodillándose sobre el suelo cubierto de sangre, bajó la cabeza y esperó.
Quieto, obediente , con las manos manchadas descansando sobre sus piernas y el grueso collar negro todavía sujeto alrededor de su cuello, aguardando pacientemente a que alguien atravesara aquella puerta, colocara la cadena y lo llevara de regreso a casa como al perro que le enseñaron a ser.