• La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
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  • —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo y la otra sosteniendo la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo y la otra sosteniendo la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
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  • — Nadie me dijo que iba a vivir en una montaña rusa emocional —siempre había vivido en una, solo que ahora tenía excusa para quejarse (?)
    — Nadie me dijo que iba a vivir en una montaña rusa emocional —siempre había vivido en una, solo que ahora tenía excusa para quejarse (?)
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  • - Definitivamente los americanos no saben hacer café...esto sabe a rayos pero hace calor y es lo más decente que pude encontrar...- se quejaba Lorenzo consigo mismo mientras esperaba a que Alessandro terminara una feroz negociación en un edificio cercano.
    - Definitivamente los americanos no saben hacer café...esto sabe a rayos pero hace calor y es lo más decente que pude encontrar...- se quejaba Lorenzo consigo mismo mientras esperaba a que Alessandro terminara una feroz negociación en un edificio cercano.
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  • [Al despertar aquella mañana el general Deimos recibió el desayuno por parte de una de sus 5 sirvientas, Lilith.]

    Lilith: usted como siempre se despierta siendo impuntual Amo, llevo 10 minutos esperando a que despierte.

    Si solo llevas 10 minutos ahi parada entonces no deberías quejarte tanto, quejumbrosa.

    Lilith: le recuerdo que fue usted el que me pidió que lo recibiera con el desayuno de manera puntual. En fin, termine de comer y vaya a darse un baño mí señor, no querrá llegar tarde a su cita con el comerciante.

    Es verdad casi olvido que le hice un encargo de varios objetos importantes.

    •el general empezó a comer en silencio mientras que Lilith solo se quedaba ahí viéndolo de forma sería e incomoda•
    [Al despertar aquella mañana el general Deimos recibió el desayuno por parte de una de sus 5 sirvientas, Lilith.] Lilith: usted como siempre se despierta siendo impuntual Amo, llevo 10 minutos esperando a que despierte. Si solo llevas 10 minutos ahi parada entonces no deberías quejarte tanto, quejumbrosa. Lilith: le recuerdo que fue usted el que me pidió que lo recibiera con el desayuno de manera puntual. En fin, termine de comer y vaya a darse un baño mí señor, no querrá llegar tarde a su cita con el comerciante. Es verdad casi olvido que le hice un encargo de varios objetos importantes. •el general empezó a comer en silencio mientras que Lilith solo se quedaba ahí viéndolo de forma sería e incomoda•
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  • —Te noto tenso,... —murmura, inclinándose lo suficiente para que su aliento roce su oído, mientras sus dedos se entierran un poco más en su ropa.— ¿Qué pasa? ¿No eres tú el que siempre se queja de que aparezco y desaparezco sin avisar? Ahora que me tienes aquí, parece que te falta el aire.~
    —Te noto tenso,... —murmura, inclinándose lo suficiente para que su aliento roce su oído, mientras sus dedos se entierran un poco más en su ropa.— ¿Qué pasa? ¿No eres tú el que siempre se queja de que aparezco y desaparezco sin avisar? Ahora que me tienes aquí, parece que te falta el aire.~
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
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    |Jue jue, no sé porque todos se quejan, mis tiros son bonitos.
    |Jue jue, no sé porque todos se quejan, mis tiros son bonitos.
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  • Primer contacto con el culto de Saturno-Arco 1.
    Fandom Culto de Saturno
    Categoría Acción
    Prologo: https://ficrol.com/posts/381251

    Y así transcurrió el tiempo. Nami y Zelkova erraron de un paraje a otro, mudando de escondrijo con cautela casi enfermiza. La muchacha había sanado por completo; las llagas y dolencias que antaño la aquejaban no eran ya más que un recuerdo marchito.

    Mas cuando se aproximaban a una parada de autobús junto a un aparcadero semivacío, la desventura volvió a cernirse sobre ellos.

    Sin preámbulo alguno, un hombre surgió a espaldas de Nami. El frío cañón de una pistola se hundió contra su espinazo, en contacto directo con la tela de sus ropas. No había vacilación ni misericordia en su semblante.

    ○Suban al coche

    Dictaminó con voz adusta.

    No les quedó sino acatar. Con mesura forzada, ambos abordaron el vehículo, oculto entre los demás automóviles del estacionamiento. Las puertas se cerraron con un chasquido lúgubre, semejante al de una trampa al apresar a su presa.

    Entonces comenzó el trayecto. Kilómetro tras kilómetro, la carretera se extendió como una sierpe de asfalto bajo la penumbra. Nadie hablaba. El aire dentro del habitáculo era opresivo, cargado de un ominoso presagio. Finalmente, el automóvil abandonó los caminos transitados y se internó en parajes cada vez más yermos, hasta detenerse ante una choza aislada, perdida en medio de la nada. Aquel no era un secuestro común. Era la antesala de un juego mortífero.

    Así dio comienzo el primer arco del Culto a Saturno: Ruleta Rusa
    Prologo: https://ficrol.com/posts/381251 Y así transcurrió el tiempo. [legend_opal_hare_231] y Zelkova erraron de un paraje a otro, mudando de escondrijo con cautela casi enfermiza. La muchacha había sanado por completo; las llagas y dolencias que antaño la aquejaban no eran ya más que un recuerdo marchito. Mas cuando se aproximaban a una parada de autobús junto a un aparcadero semivacío, la desventura volvió a cernirse sobre ellos. Sin preámbulo alguno, un hombre surgió a espaldas de Nami. El frío cañón de una pistola se hundió contra su espinazo, en contacto directo con la tela de sus ropas. No había vacilación ni misericordia en su semblante. ○Suban al coche Dictaminó con voz adusta. No les quedó sino acatar. Con mesura forzada, ambos abordaron el vehículo, oculto entre los demás automóviles del estacionamiento. Las puertas se cerraron con un chasquido lúgubre, semejante al de una trampa al apresar a su presa. Entonces comenzó el trayecto. Kilómetro tras kilómetro, la carretera se extendió como una sierpe de asfalto bajo la penumbra. Nadie hablaba. El aire dentro del habitáculo era opresivo, cargado de un ominoso presagio. Finalmente, el automóvil abandonó los caminos transitados y se internó en parajes cada vez más yermos, hasta detenerse ante una choza aislada, perdida en medio de la nada. Aquel no era un secuestro común. Era la antesala de un juego mortífero. Así dio comienzo el primer arco del Culto a Saturno: Ruleta Rusa
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    -"Me pregunto si mis clientes estan contentos con sus armas o tendré alguna queja mas adelante"-
    -"Me pregunto si mis clientes estan contentos con sus armas o tendré alguna queja mas adelante"-
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  • — Hay cosas que te succionan: un empleo mal pagado, sentimientos atorados y un dragón verde que está escondido sabrá Dios donde. Y si me dicen dónde está para continuar con los estiramientos, no me voy a quejar. —
    — Hay cosas que te succionan: un empleo mal pagado, sentimientos atorados y un dragón verde que está escondido sabrá Dios donde. Y si me dicen dónde está para continuar con los estiramientos, no me voy a quejar. —
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