• ☽Despues de hacerle una visita a su hermano mientras entrenaba, ella decidio alejarse para poder meditar un rato, se puso de rodillas en la nieve y junto sus manos, cerrando los ojos quedando en total paz y tranquilidad.

    Su respiración era totalmente tranquila.

    Tras pasar un buen rato sentiría algo detras de ella, al sentir el aroma de lo que había notado que era una bestia, estando en la misma posición abriría mis ojos y al alzar la mirada haciendo mi cabeza hacia atrás era un oso blanco☾

    Uhm.... Hola pequeño.

    ☽El oso no era para nada pequeño si se ponía en de dos patas le tripicaba el tamaño de ella, Pero el oso parecía no ser hostil al menos no con ella, skadinn de alguna manera siempre había tenido afinidad con otras bestias no sabía el porque ¿Será gracias a skadi? Si es asi☾

    Gracias~
    ☽Despues de hacerle una visita a su hermano mientras entrenaba, ella decidio alejarse para poder meditar un rato, se puso de rodillas en la nieve y junto sus manos, cerrando los ojos quedando en total paz y tranquilidad. Su respiración era totalmente tranquila. Tras pasar un buen rato sentiría algo detras de ella, al sentir el aroma de lo que había notado que era una bestia, estando en la misma posición abriría mis ojos y al alzar la mirada haciendo mi cabeza hacia atrás era un oso blanco☾ Uhm.... Hola pequeño. ☽El oso no era para nada pequeño si se ponía en de dos patas le tripicaba el tamaño de ella, Pero el oso parecía no ser hostil al menos no con ella, skadinn de alguna manera siempre había tenido afinidad con otras bestias no sabía el porque ¿Será gracias a skadi? Si es asi☾ Gracias~
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    El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama.

    Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana.

    — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas.

    El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada.

    Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol.

    Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa.

    En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector.

    —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa.

    Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
    El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama. Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana. — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas. El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada. Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol. Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa. En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector. —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa. Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
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  • ❅ Mientras la nieve caía sobre su espalda, Håldinn continuó ejercitándose, haciendo flexiones con una mano e intercambiándola después de varias repeticiones.

    El frío jamás fue problema, así que continuó enfocado en los resultados. ❅
    ❅ Mientras la nieve caía sobre su espalda, Håldinn continuó ejercitándose, haciendo flexiones con una mano e intercambiándola después de varias repeticiones. El frío jamás fue problema, así que continuó enfocado en los resultados. ❅
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  • Había sido la persona con peor suerte del mundo. Y jamás pensó poder vivir aquella segunda vida. Cuando despertó en la nieve, confusa, adolorida y con una herida en el pecho que sanaba por si sola, cuando fue arrastrada hasta los laboratorios del doctor Fredrick Vought no imaginó que tendría salida... Que tendria una vida mejor.

    Nunca imaginó poder escapar. Y pudo hacerlo.
    Nunca imaginó poder tener una vida normal y lo logró...

    Y no imaginó nunca merecer que alguien la quisiera como ⋆ 𝚂𝙾𝙻𝙳𝙸𝙴𝚁 𝙱𝙾𝚈 ⋆ la quería. Cada vez que la miraba, con ese sentimiento reflejado en sus orbes verdes, Vanya se juraba a si misma que merecía la pena todo lo que habia pasado solo por sentirse entre sus brazos una sola vez.

    En tiempos de guerra, una guerra terrible, Soldier Boy habia sido su remanso de paz. Y no se imaginaba perderle...
    Había sido la persona con peor suerte del mundo. Y jamás pensó poder vivir aquella segunda vida. Cuando despertó en la nieve, confusa, adolorida y con una herida en el pecho que sanaba por si sola, cuando fue arrastrada hasta los laboratorios del doctor Fredrick Vought no imaginó que tendría salida... Que tendria una vida mejor. Nunca imaginó poder escapar. Y pudo hacerlo. Nunca imaginó poder tener una vida normal y lo logró... Y no imaginó nunca merecer que alguien la quisiera como [D0NTUSEDRUGS] la quería. Cada vez que la miraba, con ese sentimiento reflejado en sus orbes verdes, Vanya se juraba a si misma que merecía la pena todo lo que habia pasado solo por sentirse entre sus brazos una sola vez. En tiempos de guerra, una guerra terrible, Soldier Boy habia sido su remanso de paz. Y no se imaginaba perderle...
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  • El langeld ardía en el centro de la choza. El humo subía recto hasta la claraboya del techo. Afuera, el viento. Dentro, el roce de la piedra contra el filo y el zumbido del huso al girar.

    Hakon llevaba rato afilando. Helga, otro tanto hilando.

    Era un silencio cómodo.

    Demasiado.

    —Si sigues afilando el saex, te vas quedar sin filo.

    Su voz, siempre plana, sonó más suave de lo habitual. Cargada de intención.

    Hakon pasó la piedra de afilar dos veces más por el filo antes de dejar sus brazos inertes entre sus piernas. Entonces la miró.

    Helga lo esperaba, con una sonrisa frágil que se fue esfumando a medida que lo leía. Su entrecejo se frunció. Lentamente. Dejó de hilar lana y se removió inquieta en el banco. La madera crujió bajo ella. Incómoda.

    —Dilo de una vez —instó, su voz un tono más elevado.

    Hakon resopló.

    —Me encontré con tu padre.

    Esta vez fue Helga quien resopló, pero terminó en algo parecido a una risa entre dientes.

    —Y volvió a pedirte mi precio.

    El fuego del langeld crepitó, como si protestara. Después se hizo un silencio denso. Tan denso como el humo que ascendía y ennegrecía la madera del techo.

    Ella percibió algo en los ojos de él, y dejó el huso y la fusayola de hueso en el banco antes de acercarse a tomar el saex de las manos de Hakon. No fue una petición. Él no se resistió. Luego lo dejó a su lado, lejos de su alcance.

    —Mírame a los ojos, Hakon —exigió, sujetando sus manos—. Tengo todo. No necesito más.

    —No basta.

    Helga afiló la mirada. Él conocía bien ese gesto.

    —Basta y sobra. Somos libres, aunque eso moleste a todos. Me llaman bruja, por hacer de un vargr un bondi. Y ahora dicen que no muerdes, pero yo sé que sí. Siempre morderás, pero no quieres hacerlo.

    Helga consiguió lo que nadie: provocarle una sonrisa. Breve. Suficiente.

    Ella sonrió más.

    —Ante la asamblea, no soy tuya y tú no eres mío —añadió y le apretó las manos. Los nudillos de Hakon se blanquearon un instante—. Que vengan a mi casa y me quiten las llaves, si se atreven.

    Hakon respiró hondo por la nariz. Labios prensados. Exhaló después en un suspiro. Aún sonriendo.

    —Eres como una piedra en la nieve.

    La nariz chata de Helga se arrugó. Esa nariz le hacía parecer más terca. No engañaba a nadie. Luego ladeó la cabeza, el cabello dorado se teñía con el color del fuego que ardía frente a ellos.

    —Y tú un tronco hueco.

    Ambos rieron. Hakon no volvió a afilar el saex ese día.

    En el lecho, ella contempló la espalda de Hakon. Ese gesto no dejaba nunca de sorprenderla, y rara vez conseguía reprimir el impulso de tocar sus cicatrices. Esa noche no fue una excepción. Él no se quejaba nunca. Entonces tampoco lo hizo.

    La caricia le hizo removerse un instante.

    No era una protesta.
    El langeld ardía en el centro de la choza. El humo subía recto hasta la claraboya del techo. Afuera, el viento. Dentro, el roce de la piedra contra el filo y el zumbido del huso al girar. Hakon llevaba rato afilando. Helga, otro tanto hilando. Era un silencio cómodo. Demasiado. —Si sigues afilando el saex, te vas quedar sin filo. Su voz, siempre plana, sonó más suave de lo habitual. Cargada de intención. Hakon pasó la piedra de afilar dos veces más por el filo antes de dejar sus brazos inertes entre sus piernas. Entonces la miró. Helga lo esperaba, con una sonrisa frágil que se fue esfumando a medida que lo leía. Su entrecejo se frunció. Lentamente. Dejó de hilar lana y se removió inquieta en el banco. La madera crujió bajo ella. Incómoda. —Dilo de una vez —instó, su voz un tono más elevado. Hakon resopló. —Me encontré con tu padre. Esta vez fue Helga quien resopló, pero terminó en algo parecido a una risa entre dientes. —Y volvió a pedirte mi precio. El fuego del langeld crepitó, como si protestara. Después se hizo un silencio denso. Tan denso como el humo que ascendía y ennegrecía la madera del techo. Ella percibió algo en los ojos de él, y dejó el huso y la fusayola de hueso en el banco antes de acercarse a tomar el saex de las manos de Hakon. No fue una petición. Él no se resistió. Luego lo dejó a su lado, lejos de su alcance. —Mírame a los ojos, Hakon —exigió, sujetando sus manos—. Tengo todo. No necesito más. —No basta. Helga afiló la mirada. Él conocía bien ese gesto. —Basta y sobra. Somos libres, aunque eso moleste a todos. Me llaman bruja, por hacer de un vargr un bondi. Y ahora dicen que no muerdes, pero yo sé que sí. Siempre morderás, pero no quieres hacerlo. Helga consiguió lo que nadie: provocarle una sonrisa. Breve. Suficiente. Ella sonrió más. —Ante la asamblea, no soy tuya y tú no eres mío —añadió y le apretó las manos. Los nudillos de Hakon se blanquearon un instante—. Que vengan a mi casa y me quiten las llaves, si se atreven. Hakon respiró hondo por la nariz. Labios prensados. Exhaló después en un suspiro. Aún sonriendo. —Eres como una piedra en la nieve. La nariz chata de Helga se arrugó. Esa nariz le hacía parecer más terca. No engañaba a nadie. Luego ladeó la cabeza, el cabello dorado se teñía con el color del fuego que ardía frente a ellos. —Y tú un tronco hueco. Ambos rieron. Hakon no volvió a afilar el saex ese día. En el lecho, ella contempló la espalda de Hakon. Ese gesto no dejaba nunca de sorprenderla, y rara vez conseguía reprimir el impulso de tocar sus cicatrices. Esa noche no fue una excepción. Él no se quejaba nunca. Entonces tampoco lo hizo. La caricia le hizo removerse un instante. No era una protesta.
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  • 𝑰 𝑨𝒎 𝑯𝒆𝒓𝒆 𝑵𝒐𝒘
    Categoría Original
    ⊶⊷⊶⊷❍⊶⊷⊶⊷
    Nairis Tzélmur
    ⊶⊷⊶⊷❍⊶⊷⊶⊷


    Los días de lluvia eran especiales para Naelune. No por algo de ella misma, era más bien por lo que la lluvia traía en esos momentos. Aunque no fuera en todos los casos, por mayoría sí que empezaban a sentirse más tristes, decaídos, cuando el clima se oscurecía de esa forma. Le resultaba divertido. Los humanos muchas veces relacionaban la lluvia con melancolía, con cosas que bajaban los ánimos.

    Había otra parte que disfrutaba de ello y se regocijaba; de esos también se alimentaba. Toda emoción lo suficientemente fuerte como para llamar su atención eran de sus preferidas. Significaba más sustento, más para exprimir. Pero... cuando eran negativas, con sufrimiento, daban más amplitud para sus juegos.

    Con un paraguas en mano, sus pasos eran lentos, premeditados casi, mientras se dejaba llevar por su propia percepción de lo que ocurría con cada persona con la que se cruzaba. No sabía exactamente qué o quién causaba tales sensaciones en los demás, para eso debía ser más directa, pero veía cómo se acumulaban, dónde quedaban estancadas. Ella podría ofrecer un alivio temporal, era lo que muchas veces buscaban, pero ninguna persona le interesaba lo suficiente en ese momento.

    Iba a darse por rendida hasta que sus pies se detuvieron de golpe. Fue como una pared invisible con la que estuvo a punto de darse de lleno. Había tanta confusión... tanto temor, duda; una crisis que iba en aumento cual bola de nieve en bajada. Eso sí era interesante. Quería desglosar más cada sentimiento, saber el núcleo de cada uno para tratarlos "mejor".

    Cambió su rumbo, sin apresurarse, pues la persona no parecía estar moviéndose, así que se tomó su tiempo, alejándose de las calles más ajetreadas hasta llegar a una parada de autobús. Ahí mismo había una joven sentada, la fuente que Naelune perseguía.

    La zona apenas estaba alumbrada por un poste de luz que se veía estaba en sus últimos momentos de vida útil. Emitía una luz cálida en vano, pues los colores alrededor eran tan fríos y apagados que no daban lugar a que esa iluminación diera algún tipo de cobijo.

    Continuó para acercarse lo suficiente, con una suave sonrisa en sus labios que delataba su diversión interna. Sin embargo, a cierta cercanía, de repente sintió otra cosa: un odio profundo, tan grande que no podía darle ninguna escala. Era muy diferente al odio del que se haya alimentado antes o que solo haya percibido. No la paralizó, pero sí que despertó más la curiosidad, porque hasta lo sentía un poco ajeno. ¿Venía de esa chica también?

    —No creo que llegue ningún autobús... el temporal ha dejado las calles poco transitables. —comentó con una calma que rozaba la frialdad por más que su rostro estaba atento a la joven. Ojos blancos y brillantes que la miraban fijo.

    '¿Qué es lo que te atormenta tanto?' se preguntó, empezando a trazar un plan para averiguarlo a toda costa.
    ⊶⊷⊶⊷❍⊶⊷⊶⊷ [Possesed_By_Myself] ⊶⊷⊶⊷❍⊶⊷⊶⊷ Los días de lluvia eran especiales para Naelune. No por algo de ella misma, era más bien por lo que la lluvia traía en esos momentos. Aunque no fuera en todos los casos, por mayoría sí que empezaban a sentirse más tristes, decaídos, cuando el clima se oscurecía de esa forma. Le resultaba divertido. Los humanos muchas veces relacionaban la lluvia con melancolía, con cosas que bajaban los ánimos. Había otra parte que disfrutaba de ello y se regocijaba; de esos también se alimentaba. Toda emoción lo suficientemente fuerte como para llamar su atención eran de sus preferidas. Significaba más sustento, más para exprimir. Pero... cuando eran negativas, con sufrimiento, daban más amplitud para sus juegos. Con un paraguas en mano, sus pasos eran lentos, premeditados casi, mientras se dejaba llevar por su propia percepción de lo que ocurría con cada persona con la que se cruzaba. No sabía exactamente qué o quién causaba tales sensaciones en los demás, para eso debía ser más directa, pero veía cómo se acumulaban, dónde quedaban estancadas. Ella podría ofrecer un alivio temporal, era lo que muchas veces buscaban, pero ninguna persona le interesaba lo suficiente en ese momento. Iba a darse por rendida hasta que sus pies se detuvieron de golpe. Fue como una pared invisible con la que estuvo a punto de darse de lleno. Había tanta confusión... tanto temor, duda; una crisis que iba en aumento cual bola de nieve en bajada. Eso sí era interesante. Quería desglosar más cada sentimiento, saber el núcleo de cada uno para tratarlos "mejor". Cambió su rumbo, sin apresurarse, pues la persona no parecía estar moviéndose, así que se tomó su tiempo, alejándose de las calles más ajetreadas hasta llegar a una parada de autobús. Ahí mismo había una joven sentada, la fuente que Naelune perseguía. La zona apenas estaba alumbrada por un poste de luz que se veía estaba en sus últimos momentos de vida útil. Emitía una luz cálida en vano, pues los colores alrededor eran tan fríos y apagados que no daban lugar a que esa iluminación diera algún tipo de cobijo. Continuó para acercarse lo suficiente, con una suave sonrisa en sus labios que delataba su diversión interna. Sin embargo, a cierta cercanía, de repente sintió otra cosa: un odio profundo, tan grande que no podía darle ninguna escala. Era muy diferente al odio del que se haya alimentado antes o que solo haya percibido. No la paralizó, pero sí que despertó más la curiosidad, porque hasta lo sentía un poco ajeno. ¿Venía de esa chica también? —No creo que llegue ningún autobús... el temporal ha dejado las calles poco transitables. —comentó con una calma que rozaba la frialdad por más que su rostro estaba atento a la joven. Ojos blancos y brillantes que la miraban fijo. '¿Qué es lo que te atormenta tanto?' se preguntó, empezando a trazar un plan para averiguarlo a toda costa.
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  • Uno nunca se acostumbra del todo al frío. Aprende a cubrirse, a calentarse; que debe secarse los pies o perderá dedos; que el calor humano es raro y escaso.

    Se cubre mejor con la capa hasta el mentón y echa a andar. Sin rumbo. Como siempre.

    Luego está la nieve. Cruje. Te recuerda que está ahí. Que si uno la oye, otros también. La nieve deja rastro y cubre los muertos.

    La de hoy es demasiado blanca.

    Y entonces el pensamiento llega.

    Sin avisar.

    Habían transcurrido más de diez años. A veces sentía que podía oler el humo de aquella noche, pues no estaba adherido a su piel: lo estaba a su consciencia.

    El humo denso y negro fue un presagio. Tiró la leña al suelo y corrió tanto como le permitieron las piernas. Cuando llegó, lo que vio le golpeó tan fuerte que se atragantó con su propia saliva. El olor a humo. La nieve sucia por las pisadas. La choza ardía y los culpables seguían allí. Los reconoció a todos. Y ellos a él.

    Tiraron sus antorchas con prisa y sacaron sus armas. Él sujetaba hacha con ambas manos. La madera del asta crujió.

    Gritó tan fuerte que la garganta se agrietó. Y se abalanzó. No eran guerreros. No como él. No para él. No tenían la menor oportunidad y aún así, consiguieron lacerar la carne de Hakon. Un corte en el brazo. Un pinchazo en la pierna. Un golpe en las costillas. Pero uno a uno era masacrados.

    El hacha rodó por el aire y se clavó en un cráneo. Él recuperó una espada de la nieve y la usó para abrir vientres y atravesar corazones.

    Volvió a gritar con la boca desencajada. Los que quedaban dieron un paso atrás. Uno no retrocedió. Su saex se clavó en el abdomen de Hakon. Éste le miró a los ojos cuando le metió el filo en la boca y se lo sacó por la nuca. Aún temblaba cuando cayó a un lado, desangrándose.

    De los dos restantes, alguien importante de la asamblea, se arrodilló temblando. El otro, alguna vez le llamó por su nombre y esa noche se lanzó con la espada por delante. Hakon la desvió y sus hombros chocaron. La fuerza hizo rebotar al otro. Él no se movió ni un centímetro. Volteó la espada, golpeó con el pomo en la cara. La mandíbula se le dislocó. Lo derribó después. En el suelo le asestó tantos cortes, que toda su cara quedó salpicada.

    Se irguió y miró al último.

    La sangre resbalaba por el filo de su acero y caía gota a gota sobre la nieve.

    Rojo sobre blanco.

    El aire le quemaba los pulmones. La mandíbula estaba tan tensa, que las muelas chirriaron. Los músculos se endurecieron como el acero que empuñaba, y el cuero se quejó bajo los nudillos blancos.

    La choza seguía ardiendo y frente a ella siete cuerpos yacían sin vida en el suelo. Solo uno respiraba, entre sus semejantes. Sus ojos desorbitados entendieron que aquel hombre que tenía frente a él, no era un hombre común.

    No aquella noche.

    Y nunca más desde entonces.

    Tras la puerta que colgaba de una de sus bisagras, el pálido brazo de una mujer.

    Un pilar solo es una piedra alta y fría. Lo que lo hacía noble era sostener el arco con ella. El arco había caído.

    Hakon era solo un pilar sin nada que sostener.

    Salvo una espada.

    Y ese hombre con los ojos enrojecidos de dolor y rabia, la sostenía.

    Había cedido amargamente el control al dolor. La adrenalina le impedía sentir el profundo corte en su abdomen, o el frío que lo azotaba. El pulso acelerado le latía en las sienes como un tambor de guerra.

    Aquel hombre arrodillado balbuceaba súplicas que no estaban siendo escuchadas. Hakon ya no oía nada. Lo único que lo mantenía cuerdo yacía sin vida sobre un charco de sangre, dentro de un edificio de madera que se consumía y se desmoronaba.

    La cadena se había roto.

    —¡Hakon, por Odin! ¡No lo hagas!

    La bestia rugió.

    —¡Dónde estaba Odin esta noche!

    Fue un corte limpio y letal. La cabeza del desdichado cayó al suelo con un golpe seco. No rodó, se clavó en la nieve.

    Ese golpe se repite en su cabeza en ese instante. Su cuerpo incluso se resiente al revivir el momento y sus manos se aprietan en un gesto que logra contener sin esfuerzo.

    Un suspiro escapa entre sus labios.

    Corto. Fuerte.

    El vaho se expande hasta difuminarse ante sus ojos. En este momento más brillantes que hace un rato. Pero no se permite esa concesión, y afila la mirada antes de seguir descendiendo la ladera.
    Uno nunca se acostumbra del todo al frío. Aprende a cubrirse, a calentarse; que debe secarse los pies o perderá dedos; que el calor humano es raro y escaso. Se cubre mejor con la capa hasta el mentón y echa a andar. Sin rumbo. Como siempre. Luego está la nieve. Cruje. Te recuerda que está ahí. Que si uno la oye, otros también. La nieve deja rastro y cubre los muertos. La de hoy es demasiado blanca. Y entonces el pensamiento llega. Sin avisar. Habían transcurrido más de diez años. A veces sentía que podía oler el humo de aquella noche, pues no estaba adherido a su piel: lo estaba a su consciencia. El humo denso y negro fue un presagio. Tiró la leña al suelo y corrió tanto como le permitieron las piernas. Cuando llegó, lo que vio le golpeó tan fuerte que se atragantó con su propia saliva. El olor a humo. La nieve sucia por las pisadas. La choza ardía y los culpables seguían allí. Los reconoció a todos. Y ellos a él. Tiraron sus antorchas con prisa y sacaron sus armas. Él sujetaba hacha con ambas manos. La madera del asta crujió. Gritó tan fuerte que la garganta se agrietó. Y se abalanzó. No eran guerreros. No como él. No para él. No tenían la menor oportunidad y aún así, consiguieron lacerar la carne de Hakon. Un corte en el brazo. Un pinchazo en la pierna. Un golpe en las costillas. Pero uno a uno era masacrados. El hacha rodó por el aire y se clavó en un cráneo. Él recuperó una espada de la nieve y la usó para abrir vientres y atravesar corazones. Volvió a gritar con la boca desencajada. Los que quedaban dieron un paso atrás. Uno no retrocedió. Su saex se clavó en el abdomen de Hakon. Éste le miró a los ojos cuando le metió el filo en la boca y se lo sacó por la nuca. Aún temblaba cuando cayó a un lado, desangrándose. De los dos restantes, alguien importante de la asamblea, se arrodilló temblando. El otro, alguna vez le llamó por su nombre y esa noche se lanzó con la espada por delante. Hakon la desvió y sus hombros chocaron. La fuerza hizo rebotar al otro. Él no se movió ni un centímetro. Volteó la espada, golpeó con el pomo en la cara. La mandíbula se le dislocó. Lo derribó después. En el suelo le asestó tantos cortes, que toda su cara quedó salpicada. Se irguió y miró al último. La sangre resbalaba por el filo de su acero y caía gota a gota sobre la nieve. Rojo sobre blanco. El aire le quemaba los pulmones. La mandíbula estaba tan tensa, que las muelas chirriaron. Los músculos se endurecieron como el acero que empuñaba, y el cuero se quejó bajo los nudillos blancos. La choza seguía ardiendo y frente a ella siete cuerpos yacían sin vida en el suelo. Solo uno respiraba, entre sus semejantes. Sus ojos desorbitados entendieron que aquel hombre que tenía frente a él, no era un hombre común. No aquella noche. Y nunca más desde entonces. Tras la puerta que colgaba de una de sus bisagras, el pálido brazo de una mujer. Un pilar solo es una piedra alta y fría. Lo que lo hacía noble era sostener el arco con ella. El arco había caído. Hakon era solo un pilar sin nada que sostener. Salvo una espada. Y ese hombre con los ojos enrojecidos de dolor y rabia, la sostenía. Había cedido amargamente el control al dolor. La adrenalina le impedía sentir el profundo corte en su abdomen, o el frío que lo azotaba. El pulso acelerado le latía en las sienes como un tambor de guerra. Aquel hombre arrodillado balbuceaba súplicas que no estaban siendo escuchadas. Hakon ya no oía nada. Lo único que lo mantenía cuerdo yacía sin vida sobre un charco de sangre, dentro de un edificio de madera que se consumía y se desmoronaba. La cadena se había roto. —¡Hakon, por Odin! ¡No lo hagas! La bestia rugió. —¡Dónde estaba Odin esta noche! Fue un corte limpio y letal. La cabeza del desdichado cayó al suelo con un golpe seco. No rodó, se clavó en la nieve. Ese golpe se repite en su cabeza en ese instante. Su cuerpo incluso se resiente al revivir el momento y sus manos se aprietan en un gesto que logra contener sin esfuerzo. Un suspiro escapa entre sus labios. Corto. Fuerte. El vaho se expande hasta difuminarse ante sus ojos. En este momento más brillantes que hace un rato. Pero no se permite esa concesión, y afila la mirada antes de seguir descendiendo la ladera.
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  • #Past

    El reinado de Iván el terrible había dejado una cicatriz en la tierra que sangraría hasta que el cielo se quiebre, tierras diezmadas, familias extintas y la fe tanto en dios como en la supervivencia decrecía con cada salir de la luna. Podría ser instinto o como quieran llamarlo, pero ya sabia lo que le esperaba, desde lejos podía oler los acrílicos incendiados mientras corría a toda velocidad a su casa.

    — No no no no no por favor, no ella, no eso. Por favor…

    En un momento dado las palabras cesaron de ser un sonido y comenzaron a retumbar pesadamente en su cabeza, tanto que su vista estaba casi nublada, ¿o serían las lágrimas? Imposible saber con la escasa preocupación por sí misma que tenía en ese momento, su mente estaba teñida de rojo con una furia que pocas veces había sentido. Al llegar pudo ver los escombros, el edificio estaba consumido hasta los cimientos, ¿su unidad habitacional? Fue lo primero que se fue abajo. Cayó de rodillas con una expresión vacía, sin lágrimas, sin gritos, solo un pequeño susurro casi inaudible escapando de sus labios entreabiertos, Ditru apareció unas horas después, corriendo igual que ella, y se detuvo en seco al verla allí arrodillada cubierta de nieve y cenizas en el centro de los escombros abrazando una máscara que en algún momento fue blanca sobre su regazo, cantando una canción de cuna mientras lloraba.

    — Zhazmin… lo siento… realmente quería creer que no sucedería, pero tenemos que irnos de inmediato antes de que regresen, sabes que esto fue una provocación para sacarnos de nuestro agujero y funciono, por favor, ven conmigo.

    El viejo cazador simplemente colocó su mano en el hombro de la jovencita y como si destrozara un encantamiento la dama estallo en un grito visceral, un doloroso berrinche que renegaba haber perdido lo único que amaba en ese triste mundo, que rogaba al cielo que le dejara morir para poder reunirse con ella. Morozov hacía mucho tiempo que estaba en el submundo, sabía la lluvia de flechas que se acercaba y quería llevarse a su niña del lugar, de un rápido y seco golpe a la nuca la dejo tendida sobre la ceniza inconsciente, alzándola en brazos junto a la máscara para llevarla al carro que llego detrás de él.

    — Descuida pequeña. Me encargaré que sus restos descansen junto a tu hogar. Pero aún no es tu momento…

    La siguiente noche recibió a la luna con la misma estampa que el día anterior, una niña cubierta de nieve sosteniendo un memento, rezando para morir.
    #Past El reinado de Iván el terrible había dejado una cicatriz en la tierra que sangraría hasta que el cielo se quiebre, tierras diezmadas, familias extintas y la fe tanto en dios como en la supervivencia decrecía con cada salir de la luna. Podría ser instinto o como quieran llamarlo, pero ya sabia lo que le esperaba, desde lejos podía oler los acrílicos incendiados mientras corría a toda velocidad a su casa. — No no no no no por favor, no ella, no eso. Por favor… En un momento dado las palabras cesaron de ser un sonido y comenzaron a retumbar pesadamente en su cabeza, tanto que su vista estaba casi nublada, ¿o serían las lágrimas? Imposible saber con la escasa preocupación por sí misma que tenía en ese momento, su mente estaba teñida de rojo con una furia que pocas veces había sentido. Al llegar pudo ver los escombros, el edificio estaba consumido hasta los cimientos, ¿su unidad habitacional? Fue lo primero que se fue abajo. Cayó de rodillas con una expresión vacía, sin lágrimas, sin gritos, solo un pequeño susurro casi inaudible escapando de sus labios entreabiertos, Ditru apareció unas horas después, corriendo igual que ella, y se detuvo en seco al verla allí arrodillada cubierta de nieve y cenizas en el centro de los escombros abrazando una máscara que en algún momento fue blanca sobre su regazo, cantando una canción de cuna mientras lloraba. — Zhazmin… lo siento… realmente quería creer que no sucedería, pero tenemos que irnos de inmediato antes de que regresen, sabes que esto fue una provocación para sacarnos de nuestro agujero y funciono, por favor, ven conmigo. El viejo cazador simplemente colocó su mano en el hombro de la jovencita y como si destrozara un encantamiento la dama estallo en un grito visceral, un doloroso berrinche que renegaba haber perdido lo único que amaba en ese triste mundo, que rogaba al cielo que le dejara morir para poder reunirse con ella. Morozov hacía mucho tiempo que estaba en el submundo, sabía la lluvia de flechas que se acercaba y quería llevarse a su niña del lugar, de un rápido y seco golpe a la nuca la dejo tendida sobre la ceniza inconsciente, alzándola en brazos junto a la máscara para llevarla al carro que llego detrás de él. — Descuida pequeña. Me encargaré que sus restos descansen junto a tu hogar. Pero aún no es tu momento… La siguiente noche recibió a la luna con la misma estampa que el día anterior, una niña cubierta de nieve sosteniendo un memento, rezando para morir.
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  • ❅ Las manos humanas son útiles, eso de los pulgares oponibles le ha solucionado muchos problemas en el pasado. Aún así, para la cacería, siempre preferirá mil veces cazar como debe ser. ❅

    Al menos así puedo moverme con total libertad.

    ❅ Sacudió la nieve que se colaba entre los dedos de sus patas traseras antes de perseguir a una liebre blanca. ❅
    ❅ Las manos humanas son útiles, eso de los pulgares oponibles le ha solucionado muchos problemas en el pasado. Aún así, para la cacería, siempre preferirá mil veces cazar como debe ser. ❅ Al menos así puedo moverme con total libertad. ❅ Sacudió la nieve que se colaba entre los dedos de sus patas traseras antes de perseguir a una liebre blanca. ❅
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  • Evento: El Suspiro de Jotunheim
    Fandom Marvel
    Categoría Acción
    Abril en Nueva York solía ser la temporada de las chaquetas ligeras, pero para Sigurd, la primavera de Midgard siempre le había parecido un tibio insulto a su linaje.

    Tras el mostrador del café, su paciencia finalmente se quebró al mismo ritmo que el cristal de la cafetera, que estalló silenciosamente bajo una capa de escarcha azulada.

    — "Te dije que el café estaba demasiado caliente", murmuró Sigurd al cliente aterrorizado, mientras se ajustaba las gafas de seguridad sobre sus rizos oscuros con una calma glacial.

    Se quitó el delantal, dejando atrás la farsa de la vida mortal. Al cruzar el umbral del local, la atmósfera de la Quinta Avenida cambió drásticamente, no era solo nieve; era una caída de temperatura tan violenta y antinatural que recordaba al frío eterno de Jotunheim.

    A cada paso que el joven príncipe daba hacia Central Park, el oxígeno parecía cristalizarse en el aire, volviéndose pesado y difícil de respirar para los pulmones humanos.

    Los hidrantes de la calle no solo se congelaron; estallaron en lanzas de hielo negro que se alzaban hacia el cielo gris.

    Sigurd caminaba por el centro de la calle con las manos en los bolsillos de su sudadera, luciendo esa expresión de desdén característica de quien sabe que es el arquitecto del desastre, el fuego de los transformadores eléctricos que explotaban a su paso iluminaba su rostro, proyectando sombras que acentuaban su palidez divina y la chispa de travesura en sus ojos.

    Al llegar a la terraza de Bethesda, se sentó en la barandilla de piedra, observando cómo el lago se solidificaba en segundos, el frío era tan intenso que el acero de los rascacielos cercanos empezaba a crujir por la contracción térmica.

    — "Mucho mejor", exhaló, dejando que un vaho gélido y denso flotara frente a él. "Si Asgard quería que aprendiera sobre la 'calidez' de los humanos, se han equivocado de planeta, Nueva York se ve mucho más hermosa bajo el abrazo de mi verdadero hogar".

    Cruzó las piernas con la elegancia de un rey en el exilio, esperando. Sabía que los sensores de Industrias Stark estarían gritando en este momento; el frío de un reino prohibido acababa de reclamar su primera manzana en Manhattan y él no pensaba retirarse hasta que el espectáculo fuera realmente memorable.
    Abril en Nueva York solía ser la temporada de las chaquetas ligeras, pero para Sigurd, la primavera de Midgard siempre le había parecido un tibio insulto a su linaje. Tras el mostrador del café, su paciencia finalmente se quebró al mismo ritmo que el cristal de la cafetera, que estalló silenciosamente bajo una capa de escarcha azulada. — "Te dije que el café estaba demasiado caliente", murmuró Sigurd al cliente aterrorizado, mientras se ajustaba las gafas de seguridad sobre sus rizos oscuros con una calma glacial. Se quitó el delantal, dejando atrás la farsa de la vida mortal. Al cruzar el umbral del local, la atmósfera de la Quinta Avenida cambió drásticamente, no era solo nieve; era una caída de temperatura tan violenta y antinatural que recordaba al frío eterno de Jotunheim. A cada paso que el joven príncipe daba hacia Central Park, el oxígeno parecía cristalizarse en el aire, volviéndose pesado y difícil de respirar para los pulmones humanos. Los hidrantes de la calle no solo se congelaron; estallaron en lanzas de hielo negro que se alzaban hacia el cielo gris. Sigurd caminaba por el centro de la calle con las manos en los bolsillos de su sudadera, luciendo esa expresión de desdén característica de quien sabe que es el arquitecto del desastre, el fuego de los transformadores eléctricos que explotaban a su paso iluminaba su rostro, proyectando sombras que acentuaban su palidez divina y la chispa de travesura en sus ojos. Al llegar a la terraza de Bethesda, se sentó en la barandilla de piedra, observando cómo el lago se solidificaba en segundos, el frío era tan intenso que el acero de los rascacielos cercanos empezaba a crujir por la contracción térmica. — "Mucho mejor", exhaló, dejando que un vaho gélido y denso flotara frente a él. "Si Asgard quería que aprendiera sobre la 'calidez' de los humanos, se han equivocado de planeta, Nueva York se ve mucho más hermosa bajo el abrazo de mi verdadero hogar". Cruzó las piernas con la elegancia de un rey en el exilio, esperando. Sabía que los sensores de Industrias Stark estarían gritando en este momento; el frío de un reino prohibido acababa de reclamar su primera manzana en Manhattan y él no pensaba retirarse hasta que el espectáculo fuera realmente memorable.
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    Grupal
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    Estado
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