La ceremonia transcurría con una perfección casi irritante. Las luces brillaban como llamas quietas, disciplinadas, como si incluso la luz hubiese sido instruida para no perturbar la paz artificial del lugar. Las copas de cristal viajaban de mano en mano, y las sonrisas, tan ensayadas como máscaras, se ofrecían como ofrendas sociales que nadie realmente sentía. Era una reunión de rostros conocidos, de presencias antiguas que se reencontraban bajo la excusa de celebrar la "vida".
Lyra observaba desde su lugar, no participaba. Rara vez lo hacía, solo cuando algo realmente llamaba su atención.
Había aprendido a existir en los bordes, donde el tiempo se volvía más honesto. Sus ojos recorrían el salón sin prisa, como quién no quiere la cosa, de esa forma lograba disimular su aburrimiento.
Todo estaba donde debía estar. Todo… excepto una cosa.
Al principio no supo qué era, no fue una imagen. Fue una sensación. Una interferencia.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Una tensión leve en los dedos. Un frío suave escalando por su espalda. Un instinto antiguo, uno que no respondía al peligro inmediato, sino a algo peor. A lo incorrecto.
Llevó la copa a sus labios, pero no bebió de ella. En su lugar, se dedicó a respirar de manera profunda, como si aquello le permitiera identificar que estaba pasando.
Fue en ese momento que lo encontró. El olor.
Sutil. Casi inexistente. Perdido entre el perfume de las flores muertas que adornaban el salón.
Era carne quemada. No provenía de las velas, tampoco era reciente, ni externo.
No se movió. No giró la cabeza. No permitió que nada en ella delatara el momento exacto en que lo comprendió. Solo dejó que su percepción se expandiera de manera silenciosa.
Entre los cuerpos y las presencias. Lo vio.
No directamente. No al principio. Fue el vacío a su alrededor lo que lo reveló. Las conversaciones evitaban rozarlo. Las miradas pasaban por encima sin detenerse. Como si algo en la naturaleza misma intentara negarlo, borrarlo, empujarlo fuera del orden al que pertenecían todos los demás.
Pero la azabache sí podía verlo. Y lo peor no fue su presencia. Fue reconocerla. El tiempo no lo había cambiado.
Lo había corrompido. Había algo consumiéndose, algo que no pertenecía ni al infierno ni a la tierra. Algo que ardía sin luz. Algo que lo estaba borrando lentamente, desde adentro hacia afuera.
Supo entonces que algo había comenzado.
Y por primera vez en siglos, el corazón que no necesitaba latir… se sintió en peligro.
Lyra observaba desde su lugar, no participaba. Rara vez lo hacía, solo cuando algo realmente llamaba su atención.
Había aprendido a existir en los bordes, donde el tiempo se volvía más honesto. Sus ojos recorrían el salón sin prisa, como quién no quiere la cosa, de esa forma lograba disimular su aburrimiento.
Todo estaba donde debía estar. Todo… excepto una cosa.
Al principio no supo qué era, no fue una imagen. Fue una sensación. Una interferencia.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Una tensión leve en los dedos. Un frío suave escalando por su espalda. Un instinto antiguo, uno que no respondía al peligro inmediato, sino a algo peor. A lo incorrecto.
Llevó la copa a sus labios, pero no bebió de ella. En su lugar, se dedicó a respirar de manera profunda, como si aquello le permitiera identificar que estaba pasando.
Fue en ese momento que lo encontró. El olor.
Sutil. Casi inexistente. Perdido entre el perfume de las flores muertas que adornaban el salón.
Era carne quemada. No provenía de las velas, tampoco era reciente, ni externo.
No se movió. No giró la cabeza. No permitió que nada en ella delatara el momento exacto en que lo comprendió. Solo dejó que su percepción se expandiera de manera silenciosa.
Entre los cuerpos y las presencias. Lo vio.
No directamente. No al principio. Fue el vacío a su alrededor lo que lo reveló. Las conversaciones evitaban rozarlo. Las miradas pasaban por encima sin detenerse. Como si algo en la naturaleza misma intentara negarlo, borrarlo, empujarlo fuera del orden al que pertenecían todos los demás.
Pero la azabache sí podía verlo. Y lo peor no fue su presencia. Fue reconocerla. El tiempo no lo había cambiado.
Lo había corrompido. Había algo consumiéndose, algo que no pertenecía ni al infierno ni a la tierra. Algo que ardía sin luz. Algo que lo estaba borrando lentamente, desde adentro hacia afuera.
Supo entonces que algo había comenzado.
Y por primera vez en siglos, el corazón que no necesitaba latir… se sintió en peligro.
La ceremonia transcurría con una perfección casi irritante. Las luces brillaban como llamas quietas, disciplinadas, como si incluso la luz hubiese sido instruida para no perturbar la paz artificial del lugar. Las copas de cristal viajaban de mano en mano, y las sonrisas, tan ensayadas como máscaras, se ofrecían como ofrendas sociales que nadie realmente sentía. Era una reunión de rostros conocidos, de presencias antiguas que se reencontraban bajo la excusa de celebrar la "vida".
Lyra observaba desde su lugar, no participaba. Rara vez lo hacía, solo cuando algo realmente llamaba su atención.
Había aprendido a existir en los bordes, donde el tiempo se volvía más honesto. Sus ojos recorrían el salón sin prisa, como quién no quiere la cosa, de esa forma lograba disimular su aburrimiento.
Todo estaba donde debía estar. Todo… excepto una cosa.
Al principio no supo qué era, no fue una imagen. Fue una sensación. Una interferencia.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Una tensión leve en los dedos. Un frío suave escalando por su espalda. Un instinto antiguo, uno que no respondía al peligro inmediato, sino a algo peor. A lo incorrecto.
Llevó la copa a sus labios, pero no bebió de ella. En su lugar, se dedicó a respirar de manera profunda, como si aquello le permitiera identificar que estaba pasando.
Fue en ese momento que lo encontró. El olor.
Sutil. Casi inexistente. Perdido entre el perfume de las flores muertas que adornaban el salón.
Era carne quemada. No provenía de las velas, tampoco era reciente, ni externo.
No se movió. No giró la cabeza. No permitió que nada en ella delatara el momento exacto en que lo comprendió. Solo dejó que su percepción se expandiera de manera silenciosa.
Entre los cuerpos y las presencias. Lo vio.
No directamente. No al principio. Fue el vacío a su alrededor lo que lo reveló. Las conversaciones evitaban rozarlo. Las miradas pasaban por encima sin detenerse. Como si algo en la naturaleza misma intentara negarlo, borrarlo, empujarlo fuera del orden al que pertenecían todos los demás.
Pero la azabache sí podía verlo. Y lo peor no fue su presencia. Fue reconocerla. El tiempo no lo había cambiado.
Lo había corrompido. Había algo consumiéndose, algo que no pertenecía ni al infierno ni a la tierra. Algo que ardía sin luz. Algo que lo estaba borrando lentamente, desde adentro hacia afuera.
Supo entonces que algo había comenzado.
Y por primera vez en siglos, el corazón que no necesitaba latir… se sintió en peligro.