El Palomar de Afuera
Fandom Original
Categoría Fantasía
El hombre apareció delante de Marta entre una góndola de yerba y una heladera de yogures descremados.
No hubo trueno.
No hubo luz sagrada.
No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro.
Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado.
Marta lo midió de arriba abajo.
Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad.
—Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia?
El hombre sonrió apenas.
—Las dos cosas pueden coexistir.
—Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito.
—Marta.
Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes.
—Veo que arrancamos con ventaja ajena…
—Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra.
Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía.
—Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño.
—Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos.
Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo.
—Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida.
Fausto miró la heladera.
—Entonces aparecí en el lugar correcto.
Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello.
—Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto?
—Propietario.
—Peor.
—De una casa.
—Peor todavía.
—Una casa que no está siempre en el mismo lugar.
Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica.
—Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo.
Veyra sacó una llave del bolsillo.
No era grande. No brillaba. No flotaba.
Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes.
Marta miró el llavero.
—Mirá vos. Gótico, pero con recreo.
—Esto abre cualquier puerta.
Marta miró la llave.
—Eso también lo dicen los cerrajeros turbios.
—Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar.
—Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana.
Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió.
Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas.
Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas.
Marta no dijo nada.
No porque estuviera impresionada.
Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada.
El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada.
Marta señaló la puerta con el mentón.
—¿Y?
Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta.
—Entrá si querés.
Marta miró el vestíbulo.
Después lo miró a él.
—Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola.
—No es un secuestro si no entrás.
—Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal.
Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza.
—Normal no existe.
Marta entrecerró los ojos.
—Bien. Algo entendés.
—Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia.
Marta lo miró con más atención.
—Vos tuviste entrenamiento…
—Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums.
—Eso explica la cara.
Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe.
—Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas.
Marta levantó una ceja.
—¿Abriendo?
—Rompiendo.
—Ah. Eso sí.
—Preferí empezar elegante.
—Mal hecho. La elegancia atrasa.
Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta.
—La casa se llama El Palomar de Afuera.
Marta lo miró.
—Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia.
—No lo elegí yo.
—Eso dicen todos los padres de criaturas horribles.
—La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad.
Marta se quedó quieta.
—Eso último es chamuyo.
—Casi siempre.
—Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve.
Fausto señaló el interior.
—Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras.
—¿Y qué gano yo?
—Lo que me pidas, si lo tengo.
Marta soltó una risa seca.
—“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie.
—Tengo siete baños.
—No seas hijo de puta.
—Y ninguno funciona del todo.
—Ah, casa vieja. Eso ya humaniza.
Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho.
—No soy humano.
—No te agrandes. Nadie es perfecto.
Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando.
Suspiró.
—Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos.
Fausto no se ofendió.
Eso fue interesante.
—No quiero una consorte.
—Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra.
—No quiero una amante.
—Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia.
—Quiero contratarte.
Marta parpadeó.
Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien.
—Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos.
Fausto tardó apenas un segundo.
—No lavo platos.
—Eso no lo mejora.
—Lo sé.
—Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado.
Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza.
—Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío.
—¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”?
—Las dos respuestas serían defendibles.
Marta apretó los labios.
—Veyra.
—Sí.
—Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos.
—Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso.
Marta se quedó mirándolo.
El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte.
Nada nuevo. Nada realmente preocupante.
—Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido.
Fausto abrió la boca.
Marta levantó un dedo.
—Y cerveza. No negocio sin cerveza.
—Tengo una bodega.
—Dije cerveza, no tristeza con corcho.
—Tengo cerveza.
—Fría.
—Fría.
—Artesanal.
Fausto tardó medio segundo.
—Sí.
—Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado.
Fausto la miraba con una seriedad impecable.
Marta sostuvo la mirada.
—Bueno —dijo al fin—. Te escucho.
Y cruzó la puerta.
No hubo trueno.
No hubo luz sagrada.
No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro.
Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado.
Marta lo midió de arriba abajo.
Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad.
—Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia?
El hombre sonrió apenas.
—Las dos cosas pueden coexistir.
—Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito.
—Marta.
Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes.
—Veo que arrancamos con ventaja ajena…
—Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra.
Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía.
—Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño.
—Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos.
Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo.
—Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida.
Fausto miró la heladera.
—Entonces aparecí en el lugar correcto.
Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello.
—Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto?
—Propietario.
—Peor.
—De una casa.
—Peor todavía.
—Una casa que no está siempre en el mismo lugar.
Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica.
—Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo.
Veyra sacó una llave del bolsillo.
No era grande. No brillaba. No flotaba.
Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes.
Marta miró el llavero.
—Mirá vos. Gótico, pero con recreo.
—Esto abre cualquier puerta.
Marta miró la llave.
—Eso también lo dicen los cerrajeros turbios.
—Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar.
—Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana.
Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió.
Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas.
Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas.
Marta no dijo nada.
No porque estuviera impresionada.
Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada.
El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada.
Marta señaló la puerta con el mentón.
—¿Y?
Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta.
—Entrá si querés.
Marta miró el vestíbulo.
Después lo miró a él.
—Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola.
—No es un secuestro si no entrás.
—Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal.
Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza.
—Normal no existe.
Marta entrecerró los ojos.
—Bien. Algo entendés.
—Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia.
Marta lo miró con más atención.
—Vos tuviste entrenamiento…
—Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums.
—Eso explica la cara.
Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe.
—Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas.
Marta levantó una ceja.
—¿Abriendo?
—Rompiendo.
—Ah. Eso sí.
—Preferí empezar elegante.
—Mal hecho. La elegancia atrasa.
Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta.
—La casa se llama El Palomar de Afuera.
Marta lo miró.
—Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia.
—No lo elegí yo.
—Eso dicen todos los padres de criaturas horribles.
—La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad.
Marta se quedó quieta.
—Eso último es chamuyo.
—Casi siempre.
—Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve.
Fausto señaló el interior.
—Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras.
—¿Y qué gano yo?
—Lo que me pidas, si lo tengo.
Marta soltó una risa seca.
—“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie.
—Tengo siete baños.
—No seas hijo de puta.
—Y ninguno funciona del todo.
—Ah, casa vieja. Eso ya humaniza.
Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho.
—No soy humano.
—No te agrandes. Nadie es perfecto.
Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando.
Suspiró.
—Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos.
Fausto no se ofendió.
Eso fue interesante.
—No quiero una consorte.
—Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra.
—No quiero una amante.
—Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia.
—Quiero contratarte.
Marta parpadeó.
Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien.
—Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos.
Fausto tardó apenas un segundo.
—No lavo platos.
—Eso no lo mejora.
—Lo sé.
—Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado.
Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza.
—Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío.
—¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”?
—Las dos respuestas serían defendibles.
Marta apretó los labios.
—Veyra.
—Sí.
—Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos.
—Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso.
Marta se quedó mirándolo.
El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte.
Nada nuevo. Nada realmente preocupante.
—Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido.
Fausto abrió la boca.
Marta levantó un dedo.
—Y cerveza. No negocio sin cerveza.
—Tengo una bodega.
—Dije cerveza, no tristeza con corcho.
—Tengo cerveza.
—Fría.
—Fría.
—Artesanal.
Fausto tardó medio segundo.
—Sí.
—Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado.
Fausto la miraba con una seriedad impecable.
Marta sostuvo la mirada.
—Bueno —dijo al fin—. Te escucho.
Y cruzó la puerta.
El hombre apareció delante de Marta entre una góndola de yerba y una heladera de yogures descremados.
No hubo trueno.
No hubo luz sagrada.
No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro.
Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado.
Marta lo midió de arriba abajo.
Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad.
—Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia?
El hombre sonrió apenas.
—Las dos cosas pueden coexistir.
—Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito.
—Marta.
Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes.
—Veo que arrancamos con ventaja ajena…
—Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra.
Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía.
—Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño.
—Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos.
Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo.
—Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida.
Fausto miró la heladera.
—Entonces aparecí en el lugar correcto.
Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello.
—Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto?
—Propietario.
—Peor.
—De una casa.
—Peor todavía.
—Una casa que no está siempre en el mismo lugar.
Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica.
—Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo.
Veyra sacó una llave del bolsillo.
No era grande. No brillaba. No flotaba.
Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes.
Marta miró el llavero.
—Mirá vos. Gótico, pero con recreo.
—Esto abre cualquier puerta.
Marta miró la llave.
—Eso también lo dicen los cerrajeros turbios.
—Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar.
—Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana.
Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió.
Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas.
Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas.
Marta no dijo nada.
No porque estuviera impresionada.
Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada.
El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada.
Marta señaló la puerta con el mentón.
—¿Y?
Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta.
—Entrá si querés.
Marta miró el vestíbulo.
Después lo miró a él.
—Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola.
—No es un secuestro si no entrás.
—Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal.
Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza.
—Normal no existe.
Marta entrecerró los ojos.
—Bien. Algo entendés.
—Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia.
Marta lo miró con más atención.
—Vos tuviste entrenamiento…
—Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums.
—Eso explica la cara.
Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe.
—Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas.
Marta levantó una ceja.
—¿Abriendo?
—Rompiendo.
—Ah. Eso sí.
—Preferí empezar elegante.
—Mal hecho. La elegancia atrasa.
Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta.
—La casa se llama El Palomar de Afuera.
Marta lo miró.
—Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia.
—No lo elegí yo.
—Eso dicen todos los padres de criaturas horribles.
—La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad.
Marta se quedó quieta.
—Eso último es chamuyo.
—Casi siempre.
—Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve.
Fausto señaló el interior.
—Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras.
—¿Y qué gano yo?
—Lo que me pidas, si lo tengo.
Marta soltó una risa seca.
—“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie.
—Tengo siete baños.
—No seas hijo de puta.
—Y ninguno funciona del todo.
—Ah, casa vieja. Eso ya humaniza.
Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho.
—No soy humano.
—No te agrandes. Nadie es perfecto.
Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando.
Suspiró.
—Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos.
Fausto no se ofendió.
Eso fue interesante.
—No quiero una consorte.
—Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra.
—No quiero una amante.
—Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia.
—Quiero contratarte.
Marta parpadeó.
Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien.
—Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos.
Fausto tardó apenas un segundo.
—No lavo platos.
—Eso no lo mejora.
—Lo sé.
—Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado.
Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza.
—Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío.
—¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”?
—Las dos respuestas serían defendibles.
Marta apretó los labios.
—Veyra.
—Sí.
—Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos.
—Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso.
Marta se quedó mirándolo.
El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte.
Nada nuevo. Nada realmente preocupante.
—Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido.
Fausto abrió la boca.
Marta levantó un dedo.
—Y cerveza. No negocio sin cerveza.
—Tengo una bodega.
—Dije cerveza, no tristeza con corcho.
—Tengo cerveza.
—Fría.
—Fría.
—Artesanal.
Fausto tardó medio segundo.
—Sí.
—Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado.
Fausto la miraba con una seriedad impecable.
Marta sostuvo la mirada.
—Bueno —dijo al fin—. Te escucho.
Y cruzó la puerta.
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