• ¿Cómo dijiste? ¿Maga? No vuelvas a llamarme así. Es un insulto para las brujas.
    …Aunque no tiene nada que ver con eso, ¿sabes? Es solo que acabo de verte demasiado cerca de alguien que me importa.
    ¿Cómo dijiste? ¿Maga? No vuelvas a llamarme así. Es un insulto para las brujas. …Aunque no tiene nada que ver con eso, ¿sabes? Es solo que acabo de verte demasiado cerca de alguien que me importa.
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  • La madera cruje con cada cambio de peso en la sala común. No es un sonido limpio, ni agradable: es un lamento seco, antiguo, como si el lugar recordara. El humo flota bajo, atrapado entre las vigas ennegrecidas, y la luz del fuego no ilumina tanto como revela; manchas, cicatrices, sombras que no deberían estar ahí.

    Huele a grasa, a hierro, a piel mojada por la nieve y el hielo, secándose demasiado despacio.

    En una de las mesas, apartado del bullicio que ya se ha apagado, hay un hombre.

    No trata de destacar. No levanta la voz. No busca espacio. Pero lo tiene.

    Hakon Wulfson come.

    No hay prisa en sus movimientos. Tampoco placer. Mastica como quien cumple una tarea más del día, con la misma precisión con la que se afila un filo o se revisa la correa de un escudo. La carne es dura; apenas sangra. Sus manos, grandes, marcadas, sostienen el hueso con firmeza mecánica. Nudillos anchos y duros; alguno partido. Viejas fracturas mal soldadas. La piel no ha olvidado.

    Tiene la mirada baja, fija en nada concreto. No está pensando en nada que pueda nombrarse fácilmente.

    El fuego chisporrotea. Alguien ríe al fondo. Alguien estornudar. Una jarra cae. La vida sigue moviéndose en torno a él sin tocarle.

    Entonces, algo cambia.

    No es un sonido claro. No es una interrupción evidente. Es más bien una presencia que se cuela en el borde de lo perceptible.

    Hakon no levanta la cabeza de inmediato.

    Pero sus ojos se desplazan.

    El perro se acerca despacio.

    No es grande, pero tampoco pequeño. Costillas marcadas bajo el pelaje sucio, orejas alertas, paso contenido. No mendiga con descaro. No se arrastra. Se acerca como lo haría otro animal que ha aprendido a sobrevivir entre hombres: midiendo cada centímetro, cada gesto.

    Se detiene a una distancia prudente.

    Observa.

    Hakon lo mira entonces.

    Sin gesto. Sin expresión. Como si midiera la amenaza en ese cuerpo huesudo y hambriento. No la hay.

    Arranca un trozo de carne.

    Lo lanza.

    Lejos.

    No con violencia, pero sí con determinación. Una orden sin palabras.

    El perro reacciona al instante. Sale disparado, con las zarpas raspando la madera, y desaparece un segundo entre sombras y patas de bancos.

    Hakon vuelve a su comida.

    Mastica.

    Traga.

    Pero sus ojos no han vuelto del todo.

    Se quedan un instante más allá, donde el animal ha corrido. No hay emoción evidente en su rostro, ninguna grieta que delate nada… salvo algo mínimo. Un desfase. Como si mirase algo que no encaja con el resto del mundo.

    Como si no recordara haber visto algo así antes.

    O como si lo recordara, por un instante. Amargo.

    El perro regresa.

    Más rápido esta vez. Más directo. Ya no duda tanto.

    Se planta frente a él y se sienta.

    Espera.

    No ladra. No gimotea. Solo mira.

    Hakon sostiene su mirada.

    Más tiempo ahora.

    Arranca otro trozo de carne. Esta vez no lo lanza lejos. Lo deja caer justo a los pies del animal.

    El perro baja la cabeza y devora sin ceremonia, como si alguien pudiera arrebatárselo en cualquier momento. No hay gratitud. No hay sumisión. Solo hambre.

    Hakon observa.

    En silencio.

    Y por un instante; breve, casi inexistente, hay algo en sus ojos que no pertenece a un hombre que ha sobrevivido a todo lo que rompe a otros.

    Algo que no ha sido aplastado.

    Todavía no.
    La madera cruje con cada cambio de peso en la sala común. No es un sonido limpio, ni agradable: es un lamento seco, antiguo, como si el lugar recordara. El humo flota bajo, atrapado entre las vigas ennegrecidas, y la luz del fuego no ilumina tanto como revela; manchas, cicatrices, sombras que no deberían estar ahí. Huele a grasa, a hierro, a piel mojada por la nieve y el hielo, secándose demasiado despacio. En una de las mesas, apartado del bullicio que ya se ha apagado, hay un hombre. No trata de destacar. No levanta la voz. No busca espacio. Pero lo tiene. Hakon Wulfson come. No hay prisa en sus movimientos. Tampoco placer. Mastica como quien cumple una tarea más del día, con la misma precisión con la que se afila un filo o se revisa la correa de un escudo. La carne es dura; apenas sangra. Sus manos, grandes, marcadas, sostienen el hueso con firmeza mecánica. Nudillos anchos y duros; alguno partido. Viejas fracturas mal soldadas. La piel no ha olvidado. Tiene la mirada baja, fija en nada concreto. No está pensando en nada que pueda nombrarse fácilmente. El fuego chisporrotea. Alguien ríe al fondo. Alguien estornudar. Una jarra cae. La vida sigue moviéndose en torno a él sin tocarle. Entonces, algo cambia. No es un sonido claro. No es una interrupción evidente. Es más bien una presencia que se cuela en el borde de lo perceptible. Hakon no levanta la cabeza de inmediato. Pero sus ojos se desplazan. El perro se acerca despacio. No es grande, pero tampoco pequeño. Costillas marcadas bajo el pelaje sucio, orejas alertas, paso contenido. No mendiga con descaro. No se arrastra. Se acerca como lo haría otro animal que ha aprendido a sobrevivir entre hombres: midiendo cada centímetro, cada gesto. Se detiene a una distancia prudente. Observa. Hakon lo mira entonces. Sin gesto. Sin expresión. Como si midiera la amenaza en ese cuerpo huesudo y hambriento. No la hay. Arranca un trozo de carne. Lo lanza. Lejos. No con violencia, pero sí con determinación. Una orden sin palabras. El perro reacciona al instante. Sale disparado, con las zarpas raspando la madera, y desaparece un segundo entre sombras y patas de bancos. Hakon vuelve a su comida. Mastica. Traga. Pero sus ojos no han vuelto del todo. Se quedan un instante más allá, donde el animal ha corrido. No hay emoción evidente en su rostro, ninguna grieta que delate nada… salvo algo mínimo. Un desfase. Como si mirase algo que no encaja con el resto del mundo. Como si no recordara haber visto algo así antes. O como si lo recordara, por un instante. Amargo. El perro regresa. Más rápido esta vez. Más directo. Ya no duda tanto. Se planta frente a él y se sienta. Espera. No ladra. No gimotea. Solo mira. Hakon sostiene su mirada. Más tiempo ahora. Arranca otro trozo de carne. Esta vez no lo lanza lejos. Lo deja caer justo a los pies del animal. El perro baja la cabeza y devora sin ceremonia, como si alguien pudiera arrebatárselo en cualquier momento. No hay gratitud. No hay sumisión. Solo hambre. Hakon observa. En silencio. Y por un instante; breve, casi inexistente, hay algo en sus ojos que no pertenece a un hombre que ha sobrevivido a todo lo que rompe a otros. Algo que no ha sido aplastado. Todavía no.
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  • >> Si le preguntasen cómo habia ocurrido no habría sido capaz de dar una explicación consciente. Puede que el cansancio y el estrés acumulado, o puede que la necesidad de estar con él después de tanto tiempo… No estaría segura. Siquiera cuando despertó envuelta en el reconocido olor de la colonia de Marcus y su loción de afeitado, sintiendo el calor de su cuerpo bajo el propio allá donde su cuerpo estaba apoyado. Dejó ir un ligero sonido remolón al notar la mano de Marcus acariciando su cabello. Y, sabedora de donde se encontraba, cómo y por qué, aun asi esbozó una sonrisa inevitable en el mismo momento en que sus dedos se deslizaban por su mejilla. La pelirroja movió el rostro para ocultarlo un instante contra el pecho del auror. Porque sabia que, en cuanto se incorporase, tendría que volver a la vida real.

    Pero, al final lo hizo. Se frotó el rostro con una mano y se incorporó para mirar a través de la ventana donde comprobó que Marcus tenia razon. La tormenta habia pasado y el sol ahora brillaba arrancando destellos suave sobre la nieve acumulada.



    Marcus Byrne
    >> Si le preguntasen cómo habia ocurrido no habría sido capaz de dar una explicación consciente. Puede que el cansancio y el estrés acumulado, o puede que la necesidad de estar con él después de tanto tiempo… No estaría segura. Siquiera cuando despertó envuelta en el reconocido olor de la colonia de Marcus y su loción de afeitado, sintiendo el calor de su cuerpo bajo el propio allá donde su cuerpo estaba apoyado. Dejó ir un ligero sonido remolón al notar la mano de Marcus acariciando su cabello. Y, sabedora de donde se encontraba, cómo y por qué, aun asi esbozó una sonrisa inevitable en el mismo momento en que sus dedos se deslizaban por su mejilla. La pelirroja movió el rostro para ocultarlo un instante contra el pecho del auror. Porque sabia que, en cuanto se incorporase, tendría que volver a la vida real. Pero, al final lo hizo. Se frotó el rostro con una mano y se incorporó para mirar a través de la ventana donde comprobó que Marcus tenia razon. La tormenta habia pasado y el sol ahora brillaba arrancando destellos suave sobre la nieve acumulada. [MarcxsB]
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  • La capital del país en el nació Astoreth tenía por nombre “Ashlor”. Se extendía durante muchas millas, abarcando una gran cantidad de terreno, y lo más increíble a la vista (al menos desde fuera) era la gran muralla que rodeaba todo el perímetro. En el interior, todos los edificios eran grandes y hermosos, y sumamente resistentes para soportar el peso de los propios dragones cuando no hacían uso de su apariencia humana.

    El palacio real, las innumerables bibliotecas (cargadas hasta arriba de miles de libros), los extensos jardines llenos de cientos de colores y otros edificios principales eran sin duda las cosas más llamativas (y con razón) del interior de la muralla.

    Sin embargo, Astoreth podía añadir una cosa más a esas obras de la arquitectura: las termas. Agua cristalina, tan caliente que podía llegar a quemar a algunos, pero que limpiaba el cuerpo e incluso lo sanaba. La dragona amaba pasar allí un par de horas, disfrutando de la sensación que dejaba esa agua tan mágica.

    — ¿𝑄𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑎𝑟𝑚𝑒? 𝑌𝑜 𝑛𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑎, 𝑦𝑎 𝑑𝑒𝑝𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑑𝑒 𝑡𝑖 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑖𝑟 𝑜 𝑛𝑜 𝑎𝑙 𝑐𝑎𝑙𝑜𝑟.
    La capital del país en el nació Astoreth tenía por nombre “Ashlor”. Se extendía durante muchas millas, abarcando una gran cantidad de terreno, y lo más increíble a la vista (al menos desde fuera) era la gran muralla que rodeaba todo el perímetro. En el interior, todos los edificios eran grandes y hermosos, y sumamente resistentes para soportar el peso de los propios dragones cuando no hacían uso de su apariencia humana. El palacio real, las innumerables bibliotecas (cargadas hasta arriba de miles de libros), los extensos jardines llenos de cientos de colores y otros edificios principales eran sin duda las cosas más llamativas (y con razón) del interior de la muralla. Sin embargo, Astoreth podía añadir una cosa más a esas obras de la arquitectura: las termas. Agua cristalina, tan caliente que podía llegar a quemar a algunos, pero que limpiaba el cuerpo e incluso lo sanaba. La dragona amaba pasar allí un par de horas, disfrutando de la sensación que dejaba esa agua tan mágica. — ¿𝑄𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑎𝑟𝑚𝑒? 𝑌𝑜 𝑛𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑎, 𝑦𝑎 𝑑𝑒𝑝𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑑𝑒 𝑡𝑖 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑖𝑟 𝑜 𝑛𝑜 𝑎𝑙 𝑐𝑎𝑙𝑜𝑟.
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  • Mientras la brisa vespertina agitaba suavemente su cabello; Martina se encontraba llegando al final de su nueva rutina de ejercicios.

    Enfundada en prendas cómodas y con una motivación rebosante se habia propuesto ganar algo de resistencia física, lo que elevaría el rendimiento en sus partidos de Voleibol. ¿Y que mejor para el cardio que correr por las tardes? Desde pequeña había sido hiperactiva y este era un buen modo de gastar esa energía que le sobraba tras acabar sus deberes de la universidad

    —...

    Mientras iba de regreso al edificio de apartamentos, se dio un momento para tomar una pausa. Necesitaba recuperar un poco el aliento y liberar tensión de sus músculos.

    Con el sudor escurriendo, tomo una bocanada de aire mientras alzaba los brazos y despedazaba su espalda.

    Es entonces que su mirada se cruza con la de un viejo conocido que casualmente pasaba por allí.

    #FreeRol
    Mientras la brisa vespertina agitaba suavemente su cabello; Martina se encontraba llegando al final de su nueva rutina de ejercicios. Enfundada en prendas cómodas y con una motivación rebosante se habia propuesto ganar algo de resistencia física, lo que elevaría el rendimiento en sus partidos de Voleibol. ¿Y que mejor para el cardio que correr por las tardes? Desde pequeña había sido hiperactiva y este era un buen modo de gastar esa energía que le sobraba tras acabar sus deberes de la universidad —... Mientras iba de regreso al edificio de apartamentos, se dio un momento para tomar una pausa. Necesitaba recuperar un poco el aliento y liberar tensión de sus músculos. Con el sudor escurriendo, tomo una bocanada de aire mientras alzaba los brazos y despedazaba su espalda. Es entonces que su mirada se cruza con la de un viejo conocido que casualmente pasaba por allí. #FreeRol
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ¡Bienvenid@ a FicRol!
    Hoy damos la bienvenida a un nuevo personaje que se une a la comunidad de Personajes 3D:

    ㅤㅤ¡𝑲𝒂𝒓𝒆𝒏 𝑷𝒂𝒈𝒆!
    Raza: Humana
    Fandom: MARVEL
    Periodista

    Es un placer tenerte por aquí . Esperamos que disfrutes creando historias, conexiones y momentos memorables en FicRol.

    Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas orientación o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontrarás guías útiles para moverte por la plataforma.

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    ✨ ¡Bienvenid@ a FicRol! ✨ Hoy damos la bienvenida a un nuevo personaje que se une a la comunidad de Personajes 3D: ㅤㅤ¡[eclipse_copper_whale_523]! 🧬Raza: Humana 👾Fandom: MARVEL 💼 Periodista Es un placer tenerte por aquí 🍂. Esperamos que disfrutes creando historias, conexiones y momentos memorables en FicRol. 🧙‍♀️ Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas orientación o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontrarás guías útiles para moverte por la plataforma. 🔎 Recursos útiles para empezar: Normas básicas: https://ficrol.com/static/guidelines Guías y miniguías: https://ficrol.com/posts/147711 Grupo de Personajes 3D: https://ficrol.com/groups/Personajes3D Directorio 3D: https://ficrol.com/posts/181793 ¡Nos vemos en el Inicio! 🍁 #RolSage3D #Personajes3D #Bienvenida3D
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  • Pʀɪᴍᴜs Mᴀʟᴇғɪᴄᴀʀɪᴜᴍ .Ⅰ - ☨ ─────── 〘 C O M U N I Ó N 〙


    ──── En medio de la absoluta oscuridad, una perfecta línea recta de luz se formó sobre el suelo, proyectándose lentamente en un rectángulo junto con el paulatino avance de la Luna, derramando su platinar sobre la silueta de una mujer, misma que yacía de rodillas, sentada sobre sus talones, y con las palmas descansando sobre sus muslos, en la tradicional postura seiza que mantenía con entera calma y solemnidad.

    El aroma a copal dominaba el ambiente, cargado gentilmente por los haces de humo que se desprendían de los numerosos inciensos repartidos en cuencos ornamentales a ambos costados de la habitación, mismos que la circundaban y envolvían.

    Brillando en la penumbra, a momentos, los pequeños destellos de las brasas lucían como ojos que se centraban en ella y le observaban en todo momento, justo en medio del suelo de la habitación que yacía adornado por un grotesco círculo mágico; el carmín rojo y seco de los trazos delatando la naturaleza del material con el que había sido pintado.

    Sathôna alzó el rostro hacía el enorme ventanal que tenía al frente y por donde aquella cascada de luz de plata caía, con los ojos cerrados y en pleno trance, entreabriendo los labios para dejar escapar de su boca una humareda negra más pesada que el aire, misma que caía por las comisuras de sus labios y su mentón.

    Su figura se impregnaba de las estelas de aquella pesada y opresiva energía, que, para ella en su haber, se sentía ligera y le llenaba de un vigor que resultaba contradictoriamente lacerante; cada corte cicatrizado, cada magulladura aliviada y cada fractura enmendada volvían a derramar los vestigios del punzante calvario por el que el dolor la había hecho pasar.

    No había momento en el cual se sintiera más viva que cuando se sumergía en aquel baño de lamentación, de penosa meditación, al comulgar con Marchosias. Aquella noche, fue distinto. El sufrimiento era el alimento primordial de su alma, misma que lo alquimizaba en ira, de la más pura y tórrida que su corazón pudiese sostener.

    Pero esta vez, hubo algo más: Claridad. Una fresca, afilada y envolvente claridad.

    La bruja morena entreabrió los párpados, y a la par, sus labios se cerraron, no sin antes relamer los remanentes de aquella oscuridad que quedaban sobre los mismos. Pronto, su boca se curvó, y emergiendo del éxtasis, sonrió ante el altar que tenía al frente──una exquisita estatuilla de mediano tamaño tallada en mármol negro, representando a humanos, demonios y ángeles, todos encimados sobre los otros, desesperados, escalando por alcanzar el precioso reloj de arena blanca colocado al centro.

    —La mente y el tiempo tienen algo en común; ambos son excelentes sirvientes, pero pésimos gobernantes. —En reflexión, se estiró para tomar aquel reloj de arena y así girarlo sobre sí mismo, comenzando la cuenta atrás. ¿O sería hacía adelante? Pasado o futuro. ¿Qué más da?

    —Será porque ambos coinciden en un único punto de inflexión, tan crítico como sencillo; la perspectiva. El tiempo se diluye o se concentra, se comprime o se alarga, dependiendo del contexto y la subjetividad, dependiendo de la energía del observador. Y la mente es el prisma perfecto para purificar y concentrar la intención en la percepción, y así volverla luz, u oscuridad.

    Los largos dedos de Sathôna acariciaron la curvatura del anticuado reloj, a momentos tamborileando sobre el cristal, para provocar un tintineo cristalino y melódico con sus largas uñas, mientras observaba la arena fluir y caer. ¿O es que también a momentos parecía regresar a donde estaba?

    —Cada mente es un prisma, con sus propios relieves, y sus propias reglas. Su propio potencial. Y, aun así, nada ni nadie puede existir si no es observado en todo momento, si su existencia no es reconocida en el ahora de cada segundo, de cada minuto, de cada hora, por algo que no sea ellos mismos.

    Una mirada llena de añoranza brilló en los ojos de la mujer, que ahora descansaban su mirar sobre el astro plateado. Calma y resignación le llenaron el corazón, como quien asume que se encuentra en un lugar de donde no puede escapar, aún cuando conoce la salida.

    Súbitamente, aquella mano con la que acariciaba el ornamental reloj tomó el mismo de forma brusca y arrebatada para apretarlo entre sus dedos, reventando cristal y madera como si fuesen ramillas secas.

    Sangre negra emanó de sus heridas, mezclándose con la arena, profanándola, y cayendo sobre la estatuilla, quemando cuál ácido los rostros angustiados de ángeles, hombres y demonios por igual.

    — … Ahora lo único que queda, es detener el tiempo.


    『 Ambiance: https://youtu.be/H5nXCactwVo
    Pʀɪᴍᴜs Mᴀʟᴇғɪᴄᴀʀɪᴜᴍ .Ⅰ - ☨ ─────── 〘 C O M U N I Ó N 〙 ──── En medio de la absoluta oscuridad, una perfecta línea recta de luz se formó sobre el suelo, proyectándose lentamente en un rectángulo junto con el paulatino avance de la Luna, derramando su platinar sobre la silueta de una mujer, misma que yacía de rodillas, sentada sobre sus talones, y con las palmas descansando sobre sus muslos, en la tradicional postura seiza que mantenía con entera calma y solemnidad. El aroma a copal dominaba el ambiente, cargado gentilmente por los haces de humo que se desprendían de los numerosos inciensos repartidos en cuencos ornamentales a ambos costados de la habitación, mismos que la circundaban y envolvían. Brillando en la penumbra, a momentos, los pequeños destellos de las brasas lucían como ojos que se centraban en ella y le observaban en todo momento, justo en medio del suelo de la habitación que yacía adornado por un grotesco círculo mágico; el carmín rojo y seco de los trazos delatando la naturaleza del material con el que había sido pintado. Sathôna alzó el rostro hacía el enorme ventanal que tenía al frente y por donde aquella cascada de luz de plata caía, con los ojos cerrados y en pleno trance, entreabriendo los labios para dejar escapar de su boca una humareda negra más pesada que el aire, misma que caía por las comisuras de sus labios y su mentón. Su figura se impregnaba de las estelas de aquella pesada y opresiva energía, que, para ella en su haber, se sentía ligera y le llenaba de un vigor que resultaba contradictoriamente lacerante; cada corte cicatrizado, cada magulladura aliviada y cada fractura enmendada volvían a derramar los vestigios del punzante calvario por el que el dolor la había hecho pasar. No había momento en el cual se sintiera más viva que cuando se sumergía en aquel baño de lamentación, de penosa meditación, al comulgar con Marchosias. Aquella noche, fue distinto. El sufrimiento era el alimento primordial de su alma, misma que lo alquimizaba en ira, de la más pura y tórrida que su corazón pudiese sostener. Pero esta vez, hubo algo más: Claridad. Una fresca, afilada y envolvente claridad. La bruja morena entreabrió los párpados, y a la par, sus labios se cerraron, no sin antes relamer los remanentes de aquella oscuridad que quedaban sobre los mismos. Pronto, su boca se curvó, y emergiendo del éxtasis, sonrió ante el altar que tenía al frente──una exquisita estatuilla de mediano tamaño tallada en mármol negro, representando a humanos, demonios y ángeles, todos encimados sobre los otros, desesperados, escalando por alcanzar el precioso reloj de arena blanca colocado al centro. —La mente y el tiempo tienen algo en común; ambos son excelentes sirvientes, pero pésimos gobernantes. —En reflexión, se estiró para tomar aquel reloj de arena y así girarlo sobre sí mismo, comenzando la cuenta atrás. ¿O sería hacía adelante? Pasado o futuro. ¿Qué más da? —Será porque ambos coinciden en un único punto de inflexión, tan crítico como sencillo; la perspectiva. El tiempo se diluye o se concentra, se comprime o se alarga, dependiendo del contexto y la subjetividad, dependiendo de la energía del observador. Y la mente es el prisma perfecto para purificar y concentrar la intención en la percepción, y así volverla luz, u oscuridad. Los largos dedos de Sathôna acariciaron la curvatura del anticuado reloj, a momentos tamborileando sobre el cristal, para provocar un tintineo cristalino y melódico con sus largas uñas, mientras observaba la arena fluir y caer. ¿O es que también a momentos parecía regresar a donde estaba? —Cada mente es un prisma, con sus propios relieves, y sus propias reglas. Su propio potencial. Y, aun así, nada ni nadie puede existir si no es observado en todo momento, si su existencia no es reconocida en el ahora de cada segundo, de cada minuto, de cada hora, por algo que no sea ellos mismos. Una mirada llena de añoranza brilló en los ojos de la mujer, que ahora descansaban su mirar sobre el astro plateado. Calma y resignación le llenaron el corazón, como quien asume que se encuentra en un lugar de donde no puede escapar, aún cuando conoce la salida. Súbitamente, aquella mano con la que acariciaba el ornamental reloj tomó el mismo de forma brusca y arrebatada para apretarlo entre sus dedos, reventando cristal y madera como si fuesen ramillas secas. Sangre negra emanó de sus heridas, mezclándose con la arena, profanándola, y cayendo sobre la estatuilla, quemando cuál ácido los rostros angustiados de ángeles, hombres y demonios por igual. — … Ahora lo único que queda, es detener el tiempo. 『 Ambiance: https://youtu.be/H5nXCactwVo 』
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  • Si mañana me perdiera
    En un inmenso mar
    Y la noche me cubriera
    Con su manto estelar

    ¿A donde volaría
    Mi ultima oración
    El ultimo latido
    De mi azul corazón?

    No sería a ti, no sería a ti
    Esta vez ya no sería a ti
    Si mañana me perdiera En un inmenso mar Y la noche me cubriera Con su manto estelar ¿A donde volaría Mi ultima oración El ultimo latido De mi azul corazón? No sería a ti, no sería a ti Esta vez ya no sería a ti
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  • El pasillo estaba completamente a oscuras cuando Mine llegó a la puerta de su casa. El silencio solo se rompió por el ruido de sus llaves, pero justo antes de entrar, sintió algo suave bajo su zapato. Entonces, se quedo quieto y miró al suelo.
    Era un gato negro, uno de esos callejeros que siempre tienen aspecto de no haber comido en días. El animal ni se inmutó; se limitó a mirarlo fijamente con unos ojos amarillos muy brillantes, como si estuviera juzgando a Mine antes de dejarlo pasar.

    —¿Otra vez tú? —suspiró Mine. Aunque se quejaba, su tono era más de resignación que de molestia.

    En cuanto abrió la puerta, el gato pasó por debajo de sus piernas y entró al apartamento como si fuera el dueño. No era el primero que lo hacía; ya iban tres ese mes. El anterior apenas duró un par de noches antes de irse, pero este gato parecía incluso mas necio que él mismo.
    Mine dejó el portafolios en la mesa y se quitó la chaqueta del traje, moviéndose despacio para soltar la tensión del día. Fue directo a la cocina por la bolsa de comida que había comprado la semana pasada. No es que quisiera tener una mascota, pero le parecía más sencillo darle de comer que tener al animal maullando en su puerta toda la noche.

    —Aquí tienes —dijo, dejando el plato en el suelo—. Come y vete, no te hagas ilusiones.

    El gato empezó a comer sin ninguna prisa. Mine se cruzó de brazos y se quedó mirándolo desde la entrada de la cocina. Él no era una persona afectuosa, pero cuando se acercó y le acarició el lomo, lo hizo con una suavidad que no encajaba con su apariencia de hombre duro.
    —No tienes collar... —comentó para sí mismo.

    Por un segundo imaginó cómo sería vivir con él, pero descartó la idea enseguida. Con su trabajo y las noches que pasaba fuera de casa, cuidar de alguien más era lo último que necesitaba... era un plan sin pies ni cabeza.
    Sin embargo, cuando el gato terminó su plato, se acercó a Mine y empezó a ronronear, frotándose contra su pantalón de vestir sin ningún miedo. Mine se agachó para quedar a su altura y lo miró seriamente.

    —Si mañana cuando abra los ojos todavía sigues aquí, entonces tendremos un trato.
    Y esa es la historia de como el gato adoptó a Mine.

    [[Recibo muchos gatitos en mi perfil por día, ¡No tengan miedo de mandarme mensaje! Soy buenito ]]
    El pasillo estaba completamente a oscuras cuando Mine llegó a la puerta de su casa. El silencio solo se rompió por el ruido de sus llaves, pero justo antes de entrar, sintió algo suave bajo su zapato. Entonces, se quedo quieto y miró al suelo. Era un gato negro, uno de esos callejeros que siempre tienen aspecto de no haber comido en días. El animal ni se inmutó; se limitó a mirarlo fijamente con unos ojos amarillos muy brillantes, como si estuviera juzgando a Mine antes de dejarlo pasar. —¿Otra vez tú? —suspiró Mine. Aunque se quejaba, su tono era más de resignación que de molestia. En cuanto abrió la puerta, el gato pasó por debajo de sus piernas y entró al apartamento como si fuera el dueño. No era el primero que lo hacía; ya iban tres ese mes. El anterior apenas duró un par de noches antes de irse, pero este gato parecía incluso mas necio que él mismo. Mine dejó el portafolios en la mesa y se quitó la chaqueta del traje, moviéndose despacio para soltar la tensión del día. Fue directo a la cocina por la bolsa de comida que había comprado la semana pasada. No es que quisiera tener una mascota, pero le parecía más sencillo darle de comer que tener al animal maullando en su puerta toda la noche. —Aquí tienes —dijo, dejando el plato en el suelo—. Come y vete, no te hagas ilusiones. El gato empezó a comer sin ninguna prisa. Mine se cruzó de brazos y se quedó mirándolo desde la entrada de la cocina. Él no era una persona afectuosa, pero cuando se acercó y le acarició el lomo, lo hizo con una suavidad que no encajaba con su apariencia de hombre duro. —No tienes collar... —comentó para sí mismo. Por un segundo imaginó cómo sería vivir con él, pero descartó la idea enseguida. Con su trabajo y las noches que pasaba fuera de casa, cuidar de alguien más era lo último que necesitaba... era un plan sin pies ni cabeza. Sin embargo, cuando el gato terminó su plato, se acercó a Mine y empezó a ronronear, frotándose contra su pantalón de vestir sin ningún miedo. Mine se agachó para quedar a su altura y lo miró seriamente. —Si mañana cuando abra los ojos todavía sigues aquí, entonces tendremos un trato. Y esa es la historia de como el gato adoptó a Mine. [[Recibo muchos gatitos en mi perfil por día, ¡No tengan miedo de mandarme mensaje! Soy buenito 🥺]]
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  • Carmina estaba apoyada en el borde del mostrador de la tienda, la luz de la tarde colándose por la ventana, iluminando apenas su rostro. Afuera, el viento movía las hojas como si quisiera recordarle que todo fluye, excepto su corazón, que parecía estancado en un silencio que no entendía.
    Había conocido a alguien… se llamaba Luca. Tenía una sonrisa fácil y un encanto que parecía genuino. Al principio, Carmina se permitió creer en eso, se permitió sentir esa chispa de emoción que hacía que sus días fueran más ligeros, incluso cuando tenía que ordenar las estanterías de la tienda.

    Pero luego vinieron los mensajes que dejaron de llegar. Primero, largos silencios entre una respuesta y otra. Después, el vacío absoluto. Luca desapareció de su vida sin explicación, y con él se llevó un trozo de su ilusión. Carmina se quedó ahí, con la sensación de que quizás siempre estaba destinada a observar desde la distancia.

    Se dejó caer en la silla detrás del mostrador, con las manos entrelazadas sobre sus piernas. Su pecho se apretaba y, sin poder contenerlo, una lágrima se deslizó por su mejilla. Luego otra, y otra más, cada una llevando consigo un pedazo de la esperanza que había puesto en Luca, en los demás, en la idea de que el amor podría ser algo simple y cálido.

    Recordó todas las decepciones: los encuentros que prometían más de lo que podían dar, los corazones que se marchaban sin explicación, los abrazos que no llenaban lo que necesitaba. Sus lágrimas cayeron sin ruido, pero con el peso de todo lo no dicho, de todo lo esperado y perdido. Sintió que su corazón estaba siempre un paso detrás de los demás, siempre esperando algo que nunca llegaba.
    Carmina estaba apoyada en el borde del mostrador de la tienda, la luz de la tarde colándose por la ventana, iluminando apenas su rostro. Afuera, el viento movía las hojas como si quisiera recordarle que todo fluye, excepto su corazón, que parecía estancado en un silencio que no entendía. Había conocido a alguien… se llamaba Luca. Tenía una sonrisa fácil y un encanto que parecía genuino. Al principio, Carmina se permitió creer en eso, se permitió sentir esa chispa de emoción que hacía que sus días fueran más ligeros, incluso cuando tenía que ordenar las estanterías de la tienda. Pero luego vinieron los mensajes que dejaron de llegar. Primero, largos silencios entre una respuesta y otra. Después, el vacío absoluto. Luca desapareció de su vida sin explicación, y con él se llevó un trozo de su ilusión. Carmina se quedó ahí, con la sensación de que quizás siempre estaba destinada a observar desde la distancia. Se dejó caer en la silla detrás del mostrador, con las manos entrelazadas sobre sus piernas. Su pecho se apretaba y, sin poder contenerlo, una lágrima se deslizó por su mejilla. Luego otra, y otra más, cada una llevando consigo un pedazo de la esperanza que había puesto en Luca, en los demás, en la idea de que el amor podría ser algo simple y cálido. Recordó todas las decepciones: los encuentros que prometían más de lo que podían dar, los corazones que se marchaban sin explicación, los abrazos que no llenaban lo que necesitaba. Sus lágrimas cayeron sin ruido, pero con el peso de todo lo no dicho, de todo lo esperado y perdido. Sintió que su corazón estaba siempre un paso detrás de los demás, siempre esperando algo que nunca llegaba.
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