• •Fantasia 2•

    "Era un día soleado, un niñito corría por el parque al cuidado de su madre, al llegar a la caja de arena se sentó cerca no queriendo ensuciar su ropa

    — Mami!...

    Reía alegre al sentir la arena en sus dedos, la mujer se le acercó y escribió su nombre en la arena

    — Oliver Mateo Lascuráin...de quién es ese nombre eh pequeño?

    — Mío...jiji!...

    — Eso es lindo, tuyo... Theo, ven!

    Un pequeño Theo camino hacia su madre con pasos suaves y tímidos, no quería hacer enojar a su madre

    — Aver...veamos de quien esté nombre... Theo Leonardo Lascuráin...?

    La mujer pregunto con una sonrisa al pequeño al cual el miedo se le desapareció y sonrió igual señalandose a su mismo ya que aún no era capaz de hablar"

    — Señor Arthur Bennet... su hijo está mejorando más rápido de lo que creímos...aún que nos dimos cuenta de una cosa, las veces que no le damos los calmantes despierta por pesadillas...incluso moja la cama...así que cuando salga de aquí, tendrá que seguir tomando terapia...parece que quedó con algún trauma aún que ya podemos empezar a concluirlo por lo poco que decide hablar en sus terapias...esperemos que poco empiece a comer más...o algo...hasta entonces le haremos venir cuando Theo lo pida vale?
    •Fantasia 2• "Era un día soleado, un niñito corría por el parque al cuidado de su madre, al llegar a la caja de arena se sentó cerca no queriendo ensuciar su ropa — Mami!... Reía alegre al sentir la arena en sus dedos, la mujer se le acercó y escribió su nombre en la arena — Oliver Mateo Lascuráin...de quién es ese nombre eh pequeño? — Mío...jiji!... — Eso es lindo, tuyo... Theo, ven! Un pequeño Theo camino hacia su madre con pasos suaves y tímidos, no quería hacer enojar a su madre — Aver...veamos de quien esté nombre... Theo Leonardo Lascuráin...? La mujer pregunto con una sonrisa al pequeño al cual el miedo se le desapareció y sonrió igual señalandose a su mismo ya que aún no era capaz de hablar" — Señor [meteor_charcoal_turtle_877]... su hijo está mejorando más rápido de lo que creímos...aún que nos dimos cuenta de una cosa, las veces que no le damos los calmantes despierta por pesadillas...incluso moja la cama...así que cuando salga de aquí, tendrá que seguir tomando terapia...parece que quedó con algún trauma aún que ya podemos empezar a concluirlo por lo poco que decide hablar en sus terapias...esperemos que poco empiece a comer más...o algo...hasta entonces le haremos venir cuando Theo lo pida vale?
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  • Los días pasaron para Theo, constantemente conectado a un suero ya que parecía no querer despertar, cada que lo hacía se quedaba inmóvil en su cama al cabo de los minutos se obligaba a volver a dormir, eran los únicos momentos donde sonreía, cuando dormia y salía de su realidad, los primeros días fueron así, un dia decidieron sacarlo al aire libre, recibió los rayos de sol después de días y los enfermeros se alegraron al verlo sonreír por primera vez consiente, lo llevaron con otros internos a una zona del patio a escuchar musica y verdaderamente lo disfruto, aún que no diría que estaba sanando, solo era una ligera mejoría, pero al menos ya era un avance.

    Al poco tiempo recibía atención psicológica, solo hablaba de sus fantasías como si fueran su día a día sin Lorenzo, el psicólogo estuvo a nada de diagnosticarlo con transtornos de esquizofrenia severo hasta que un día...

    — Quiero ver a mis padres...

    — De verdad?...a quienes...?

    — Pues a mis únicos padres, Arthur y Stefano, jajaja que, a así tengo más?

    Decía el menor en broma, una risita de alivio se le salió al psicólogo.

    — Eres consiente de que tus padres te adoptaron?

    — Obviamente...aún que no sean mis padres de sangre, los amo como si así fuera...ademas me siento solo...no me gusta

    — Pues veré qué puedo hacer para traer a Stefano Sforza y a Arthur Bennet aquí vale?...

    Así se despidió y hablo con los encargados del menor explicándole la situación, lograron traer a sus padres ese mismo dia
    Los días pasaron para Theo, constantemente conectado a un suero ya que parecía no querer despertar, cada que lo hacía se quedaba inmóvil en su cama al cabo de los minutos se obligaba a volver a dormir, eran los únicos momentos donde sonreía, cuando dormia y salía de su realidad, los primeros días fueron así, un dia decidieron sacarlo al aire libre, recibió los rayos de sol después de días y los enfermeros se alegraron al verlo sonreír por primera vez consiente, lo llevaron con otros internos a una zona del patio a escuchar musica y verdaderamente lo disfruto, aún que no diría que estaba sanando, solo era una ligera mejoría, pero al menos ya era un avance. Al poco tiempo recibía atención psicológica, solo hablaba de sus fantasías como si fueran su día a día sin Lorenzo, el psicólogo estuvo a nada de diagnosticarlo con transtornos de esquizofrenia severo hasta que un día... — Quiero ver a mis padres... — De verdad?...a quienes...? — Pues a mis únicos padres, Arthur y Stefano, jajaja que, a así tengo más? Decía el menor en broma, una risita de alivio se le salió al psicólogo. — Eres consiente de que tus padres te adoptaron? — Obviamente...aún que no sean mis padres de sangre, los amo como si así fuera...ademas me siento solo...no me gusta — Pues veré qué puedo hacer para traer a [ember_pearl_mule_670] y a [meteor_charcoal_turtle_877] aquí vale?... Así se despidió y hablo con los encargados del menor explicándole la situación, lograron traer a sus padres ese mismo dia
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  • Pasó a la cafetería cercana a su casa a comprar un poco de pastel para Theo Bennet y un té para él. Había descubierto un cierto gusto por el té ya se el cafë no le gustaba. Regresó a la camioneta y llegó a la casa del menor..

    Buenos días preciosidad. He llegado.
    Pasó a la cafetería cercana a su casa a comprar un poco de pastel para [haze_olive_buffalo_621] y un té para él. Había descubierto un cierto gusto por el té ya se el cafë no le gustaba. Regresó a la camioneta y llegó a la casa del menor.. 📨 Buenos días preciosidad. He llegado.
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  • En las profundidades
    Fandom Resident Evil
    Categoría Acción
    Si bien aquella situación no podía considerarse positiva, si podía ser afortunada. Podía sentir sus extremidades, su cuerpo estaba aturdido y mareado, pero entero y por lo poco que podía distinguir entre su nublada visión, estaba ilesa.
    Las ganas de vomitar persistian mientras recorría la habitación oscura con la mirada.
    Apenas era capaz de distinguir el sonido de las gotas del techo y el tenue resplandor que se filtraba desde el exterior que no le daba ningún tipo de alivio.

    Un movimiento forzado y lento para intentar ayudar a su visión le dejo claro que sus opciones eran horriblemente limitadas, pues estaba tan bien atada en una camisa de fuerza que no era capaz de calmar el frío que calaba hasta sus huesos.

    Ninguno de sus pensamientos lograba asentarse, con una idea aplastando la otra antes de que siquiera pudiera tomar forma. "Sedantes" fue lo único que tenía sentido entre todo su delirio mental, pareciendo le cómico el hecho de estar atrapada como una verdadera lunática.

    Con un empujón violento, ignorando totalmente la condición actual de su cuerpo intento ponerse de pie de una vez, con un resultado desastroso. Su cuerpo impacto sobre el suelo con un sonido seco y un quejido fue lo único que pudo hacer mientras aguantaba las ganas de vomitar y devolver lo poco que su estómago podía expulsar.
    Los segundos se sentían como horas. El constante goteo solo hacia la situación más insoportable y como si no fuera suficiente el olor a humedad penetrante y el aroma del concreto fresco la hizo replantearse dos veces el volver a respirar profundamente.

    La simple sensación de vulnerabilidad la obligó a moverse. Se arrastró hasta quedar de rodillas, con la cabeza apuntando al suelo como si pesara una tonelada. Apretó los dientes y se obligó a incorporarse, odiando el remolino en que se había convertido el mundo. No enfocó. No pensó más. Solo dio el empujón suficiente y se puso en pie, tambaleándose como un animal moribundo.

    -Carajo.

    Atravesar la habitación hasta la fuente de luz fue una travesía que bien podía sentirse como horas entre paradas y arcadas que no llegaban más que a un malestar constante. Para cuándo consiguió llegar a la puerta, tuvo una pelea contra la extraña manija que estaba tan suelta que cada que la rozaba con los seguros de la camisa de fuerza parecía estar a punto de caerse.

    -Abrete maldita sea...
    Si bien aquella situación no podía considerarse positiva, si podía ser afortunada. Podía sentir sus extremidades, su cuerpo estaba aturdido y mareado, pero entero y por lo poco que podía distinguir entre su nublada visión, estaba ilesa. Las ganas de vomitar persistian mientras recorría la habitación oscura con la mirada. Apenas era capaz de distinguir el sonido de las gotas del techo y el tenue resplandor que se filtraba desde el exterior que no le daba ningún tipo de alivio. Un movimiento forzado y lento para intentar ayudar a su visión le dejo claro que sus opciones eran horriblemente limitadas, pues estaba tan bien atada en una camisa de fuerza que no era capaz de calmar el frío que calaba hasta sus huesos. Ninguno de sus pensamientos lograba asentarse, con una idea aplastando la otra antes de que siquiera pudiera tomar forma. "Sedantes" fue lo único que tenía sentido entre todo su delirio mental, pareciendo le cómico el hecho de estar atrapada como una verdadera lunática. Con un empujón violento, ignorando totalmente la condición actual de su cuerpo intento ponerse de pie de una vez, con un resultado desastroso. Su cuerpo impacto sobre el suelo con un sonido seco y un quejido fue lo único que pudo hacer mientras aguantaba las ganas de vomitar y devolver lo poco que su estómago podía expulsar. Los segundos se sentían como horas. El constante goteo solo hacia la situación más insoportable y como si no fuera suficiente el olor a humedad penetrante y el aroma del concreto fresco la hizo replantearse dos veces el volver a respirar profundamente. La simple sensación de vulnerabilidad la obligó a moverse. Se arrastró hasta quedar de rodillas, con la cabeza apuntando al suelo como si pesara una tonelada. Apretó los dientes y se obligó a incorporarse, odiando el remolino en que se había convertido el mundo. No enfocó. No pensó más. Solo dio el empujón suficiente y se puso en pie, tambaleándose como un animal moribundo. -Carajo. Atravesar la habitación hasta la fuente de luz fue una travesía que bien podía sentirse como horas entre paradas y arcadas que no llegaban más que a un malestar constante. Para cuándo consiguió llegar a la puerta, tuvo una pelea contra la extraña manija que estaba tan suelta que cada que la rozaba con los seguros de la camisa de fuerza parecía estar a punto de caerse. -Abrete maldita sea...
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    Cualquier línea
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  • Afro elevó las manos a la altura de los codos, con las palmas orientadas hacia el cielo. El aire traía consigo el frío de la noche y el frescor de las hojas verdes de los sauces. Dio un paso al frente y un pequeño fragmento de roca se desprendió del risco sobre el que estaba de pie. Lo observó perderse en la oscuridad; a sus oídos nunca llegó el momento en que la roca se encontró con el fondo. La penumbra se encontró con sus iris rosas, y ella con los suyos; nocturnos, famélicos. Afro no se sintió incómoda ante su mirada, por el contrario, le resultó agradable su compañía. En el pasado, aquello le habría hecho tragar saliva y dar un par de pasos titubeantes hacia atrás. Pero, gracias a cierto par de ojos verdes, eso había cambiado. Recordó una advertencia y bajó ligeramente el rostro en busca de unos iris rojos que pudieran hallarse más abajo. No encontró nada.

    Respiró profundamente, y su voz salió clara y firme. Habituada a las palabras que estaba a punto de recitar:

    ──── Escúchame, tú, que con tus truenos rojos sacudes los pozos de la incertidumbre en la oscuridad perlada de plateadas estrellas. Hechicero Rojo, señor terrible y distante, forjaste a tu musa en medio de la tormenta y le concediste el regalo de tus sagrados dones. Ahora, la musa debe responder siempre a tu llamado. Dime, oh Gran Constructor, ¿a la vida de quién he de llevar la bendición de tus dones? ¿Qué nuevos hilos se unirán en el gran telar de las historias? ¿A dónde he de llevar la luz de tu inspiración? ¿Cuál es la nueva verdad que habrá de desvelarse?
    Afro elevó las manos a la altura de los codos, con las palmas orientadas hacia el cielo. El aire traía consigo el frío de la noche y el frescor de las hojas verdes de los sauces. Dio un paso al frente y un pequeño fragmento de roca se desprendió del risco sobre el que estaba de pie. Lo observó perderse en la oscuridad; a sus oídos nunca llegó el momento en que la roca se encontró con el fondo. La penumbra se encontró con sus iris rosas, y ella con los suyos; nocturnos, famélicos. Afro no se sintió incómoda ante su mirada, por el contrario, le resultó agradable su compañía. En el pasado, aquello le habría hecho tragar saliva y dar un par de pasos titubeantes hacia atrás. Pero, gracias a cierto par de ojos verdes, eso había cambiado. Recordó una advertencia y bajó ligeramente el rostro en busca de unos iris rojos que pudieran hallarse más abajo. No encontró nada. Respiró profundamente, y su voz salió clara y firme. Habituada a las palabras que estaba a punto de recitar: ──── Escúchame, tú, que con tus truenos rojos sacudes los pozos de la incertidumbre en la oscuridad perlada de plateadas estrellas. Hechicero Rojo, señor terrible y distante, forjaste a tu musa en medio de la tormenta y le concediste el regalo de tus sagrados dones. Ahora, la musa debe responder siempre a tu llamado. Dime, oh Gran Constructor, ¿a la vida de quién he de llevar la bendición de tus dones? ¿Qué nuevos hilos se unirán en el gran telar de las historias? ¿A dónde he de llevar la luz de tu inspiración? ¿Cuál es la nueva verdad que habrá de desvelarse?
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  • Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • Cassius, director del hospital, sostenía el teléfono con una rigidez impropia de él. Frente a su escritorio permanecía una figura gigantesca cuya mera presencia parecía comprimir el aire de la habitación.

    ○Yo puedo ocuparme del asunto. No tenéis necesidad de involucraros.

    Su voz delataba una inquietud que rara vez mostraba.

    El hombre de más de dos metros de altura no respondió de inmediato. Se hallaba examinando una serie de fotografías esparcidas sobre la mesa.

    Zelkova. Unknown . Nami .

    Sus enormes dedos tomaron la primera imagen.

    ☆Como continúen progresando a este ritmo, tendré que intervenir.

    Su tono era monocorde, casi aburrido.

    ☆Debo admitir que empiezo a hastiarme.

    Sus ojos se posaron sobre la fotografía de Unknow. Una sonrisa tenue afloró en su rostro.

    ☆¿Qué dirían los de Umbra Corp si me apropiara de su juguete?

    Dejó la fotografía a un lado y tomó la siguiente. Nami. Observó la imagen durante varios segundos.

    ☆Mmm...

    Un sonido grave escapó de su garganta.

    ☆Sobrevivió al Drive igual que su hermano. Interesante. Creo que haré una visita a ese autoproclamado vengador.

    Entonces tomó la última. Zelkova. La observó durante unos instantes antes de girarse hacia Cassius.

    ☆Cassius.

    ○¿Sí?

    ☆¿Quién es este?

    El director ni siquiera miró la imagen.

    ☆El sacerdote de la Iglesia de Melquisedec. Usted ordenó en el ataque.

    El hombre al que muchos conocían como el Recaudador de Impuestos estudió el retrato con atención.

    ☆Oh.

    Silencio.

    ☆No me suena de nada.

    No pestañeó. Ni una sola vez. Su mirada permaneció inmóvil sobre la fotografía, semejante a la de una estatua contemplando una insignificancia. Finalmente dejó la imagen sobre la mesa y cruzó los brazos.

    ☆Esperaré.

    Cassius tragó saliva.

    ○¿Esperaréis?

    ☆Sí.

    Una sombra de satisfacción asomó en su semblante.

    ☆Quiero que se vuelvan más fuertes.

    Su sonrisa se ensanchó apenas un ápice.

    ☆Quiero contemplar cómo sus anhelos alcanzan el cenit.

    La habitación pareció enfriarse varios grados.

    ☆Y después...

    Sus ojos adquirieron un brillo extraño.

    ☆Quiero ver cómo todas sus esperanzas son reducidas a escombros.
    Cassius, director del hospital, sostenía el teléfono con una rigidez impropia de él. Frente a su escritorio permanecía una figura gigantesca cuya mera presencia parecía comprimir el aire de la habitación. ○Yo puedo ocuparme del asunto. No tenéis necesidad de involucraros. Su voz delataba una inquietud que rara vez mostraba. El hombre de más de dos metros de altura no respondió de inmediato. Se hallaba examinando una serie de fotografías esparcidas sobre la mesa. Zelkova. [Uni_Darkness_Softspot]. [legend_opal_hare_231]. Sus enormes dedos tomaron la primera imagen. ☆Como continúen progresando a este ritmo, tendré que intervenir. Su tono era monocorde, casi aburrido. ☆Debo admitir que empiezo a hastiarme. Sus ojos se posaron sobre la fotografía de Unknow. Una sonrisa tenue afloró en su rostro. ☆¿Qué dirían los de Umbra Corp si me apropiara de su juguete? Dejó la fotografía a un lado y tomó la siguiente. Nami. Observó la imagen durante varios segundos. ☆Mmm... Un sonido grave escapó de su garganta. ☆Sobrevivió al Drive igual que su hermano. Interesante. Creo que haré una visita a ese autoproclamado vengador. Entonces tomó la última. Zelkova. La observó durante unos instantes antes de girarse hacia Cassius. ☆Cassius. ○¿Sí? ☆¿Quién es este? El director ni siquiera miró la imagen. ☆El sacerdote de la Iglesia de Melquisedec. Usted ordenó en el ataque. El hombre al que muchos conocían como el Recaudador de Impuestos estudió el retrato con atención. ☆Oh. Silencio. ☆No me suena de nada. No pestañeó. Ni una sola vez. Su mirada permaneció inmóvil sobre la fotografía, semejante a la de una estatua contemplando una insignificancia. Finalmente dejó la imagen sobre la mesa y cruzó los brazos. ☆Esperaré. Cassius tragó saliva. ○¿Esperaréis? ☆Sí. Una sombra de satisfacción asomó en su semblante. ☆Quiero que se vuelvan más fuertes. Su sonrisa se ensanchó apenas un ápice. ☆Quiero contemplar cómo sus anhelos alcanzan el cenit. La habitación pareció enfriarse varios grados. ☆Y después... Sus ojos adquirieron un brillo extraño. ☆Quiero ver cómo todas sus esperanzas son reducidas a escombros.
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  • "-Observé con detenimiento el pergamino, repasando cada una de las anotaciones que describían a la perfección los puntos exactos que tanto disfrutaba morder. Una sonrisa cómplice se dibujó en mi rostro mientras dejaba volar la imaginación.-"

    —Mmm, veamos... ¿qué rincón nuevo debería reclamar con mis dientes la próxima vez que regresemos a las andadas?
    La última ocasión me tomó completamente por sorpresa y no pude reaccionar como quería, pero esta vez la historia será muy diferente; no pienso dejarme tomar desprevenido de nuevo. Al menos debo aprovechar la absoluta calma del lugar ahora que no están cerca para interrumpir.—

    "-Mientras deambulaba por la habitación, mi mirada se desvió hacia el estante. Allí, perfectamente ordenados, descansaban otros rollos similares. Al abrirlos un poco, descubrí que también contenían detalladas ilustraciones de la anatomía de sus otros tres esposos, e incluso de uno que otro pretendiente que insistía en rondar. No pude evitar esbozar una sonrisa pícara ante semejante artículos de mi pertenencia. Sin embargo, el recuerdo imprevisto de los apasionados besos que me habían robado invadió mi mente de golpe. Sentí cómo el calor subía rápidamente por mis mejillas hasta ponerme completamente rojo.
    Avergonzado por mis propios pensamientos, me cubrí el rostro con las manos, soltando un suspiro de alivio al recordar que, afortunadamente, no había ni una sola alma alrededor que pudiera verme en ese estado tan vulnerable.-"

    Sparda The King Devil
    "-Observé con detenimiento el pergamino, repasando cada una de las anotaciones que describían a la perfección los puntos exactos que tanto disfrutaba morder. Una sonrisa cómplice se dibujó en mi rostro mientras dejaba volar la imaginación.-" —Mmm, veamos... ¿qué rincón nuevo debería reclamar con mis dientes la próxima vez que regresemos a las andadas? La última ocasión me tomó completamente por sorpresa y no pude reaccionar como quería, pero esta vez la historia será muy diferente; no pienso dejarme tomar desprevenido de nuevo. Al menos debo aprovechar la absoluta calma del lugar ahora que no están cerca para interrumpir.— "-Mientras deambulaba por la habitación, mi mirada se desvió hacia el estante. Allí, perfectamente ordenados, descansaban otros rollos similares. Al abrirlos un poco, descubrí que también contenían detalladas ilustraciones de la anatomía de sus otros tres esposos, e incluso de uno que otro pretendiente que insistía en rondar. No pude evitar esbozar una sonrisa pícara ante semejante artículos de mi pertenencia. Sin embargo, el recuerdo imprevisto de los apasionados besos que me habían robado invadió mi mente de golpe. Sentí cómo el calor subía rápidamente por mis mejillas hasta ponerme completamente rojo. Avergonzado por mis propios pensamientos, me cubrí el rostro con las manos, soltando un suspiro de alivio al recordar que, afortunadamente, no había ni una sola alma alrededor que pudiera verme en ese estado tan vulnerable.-" [vortex_yellow_pigeon_115]
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  • Lorenzo estaba terminando unas carpetas y decidió llamar a su novio, había cosas que necesitaba saber porque no quería que la noche siguiente fuera un lío.
    Theo Bennet

    Amor...hola, hmm, necesito un poco de información.
    Lorenzo estaba terminando unas carpetas y decidió llamar a su novio, había cosas que necesitaba saber porque no quería que la noche siguiente fuera un lío. [haze_olive_buffalo_621] 📱 Amor...hola, hmm, necesito un poco de información.
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  • Alessandro Balissari
    En el despacho, Lorenzo y Alessandro revisaban un mapa de la ciudad.

    — Viajaremos en dos camionetas, en una irán Elian y Chase con Paolo y Alfonzo y al volante, Domenico. En otra, Mike, la niña, tú y yo. Junto a Carlos, Andrea y al volante Angelo. La camioneta de Elian se irá por este camino— dijo Lorenzo señalando con un resaltador la ruta— , seguido por una cuadrilla dividida en 2 autos uno blanco y uno del correo, la cuadrilla los escoltará hasta el inicio de la calle de la propiedad de la familia de Theo, nosotros, iremos por este otro camino...— lo resaltó con otro color— con una cuadrilla de tres autos, un taxi, una camioneta de delivery y un camión repartidor de pan. A lo largo del trayecto habrá personal resguardando el camino, policías de tránsito, etc. El punto es que nuestro dispositivo de seguridad por ningún motivo debe estar cerca de la propiedad de Theo. Nosotros iremos...desarmados. Sus padres no tomarían bien que llegue a su casa un ejército así.
    [Alessandro_Balissari] En el despacho, Lorenzo y Alessandro revisaban un mapa de la ciudad. — Viajaremos en dos camionetas, en una irán Elian y Chase con Paolo y Alfonzo y al volante, Domenico. En otra, Mike, la niña, tú y yo. Junto a Carlos, Andrea y al volante Angelo. La camioneta de Elian se irá por este camino— dijo Lorenzo señalando con un resaltador la ruta— , seguido por una cuadrilla dividida en 2 autos uno blanco y uno del correo, la cuadrilla los escoltará hasta el inicio de la calle de la propiedad de la familia de Theo, nosotros, iremos por este otro camino...— lo resaltó con otro color— con una cuadrilla de tres autos, un taxi, una camioneta de delivery y un camión repartidor de pan. A lo largo del trayecto habrá personal resguardando el camino, policías de tránsito, etc. El punto es que nuestro dispositivo de seguridad por ningún motivo debe estar cerca de la propiedad de Theo. Nosotros iremos...desarmados. Sus padres no tomarían bien que llegue a su casa un ejército así.
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