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    Esto es lo que leeré en el recital:

    \

    Paraíso de liebre submarina.

    Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada.

    Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe.

    A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo.

    Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta.

    No reía, sólo codiciaba lo bello.

    Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez.

    Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas.

    Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón.

    Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban.

    Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente.

    Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza.

    Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras.

    Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado.

    Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma.

    Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas.

    Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora.

    Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría.

    Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes.

    Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron.


    Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos.

    Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza.

    Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros.
    De su nacimiento.

    https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
    \ Esto es lo que leeré en el recital: \ Paraíso de liebre submarina. Se cuenta, entre tantas danzantes leyendas, que una vez fue creada una Luna por el soplo de una pipa encantada. Y ella al ser ingenua se hallaba inmersa en un océano sin cielo, que engarzaba sus ojos entre las almenaras de sus sigilosos sueños. Ahí y justo ahí, el cielo se encargaba de cuidarla; y peinaba sus cabellos y la consentía y la Luna misma posaba su cabeza en el regazo del imberbe. A ella la había mandado pedir una flor de loto, como deseo de nacimiento, ya que crecía en un lago marchito. Ella no conocía más que el hedor de ese lugar, al que llamaba hogar mismo. Y el lago al ser marchito la volvía siempre egoísta. No reía, sólo codiciaba lo bello. Un día como cualquier otro, la flor de loto contempló hacia arriba, tras verse iluminada y arropada por una luz muy bella, como los rayos que la hacían vislumbrar las profundidades de su propio seno, y, con el ver nacarado de sus ojos, posados en los cabellos de esa doncella de plata, anheló su majestad y su sosiego. Y pidió y pidió y pidió ser criatura corpórea para poder hacerle el amor al menos una vez. Se dice que la flor y la pipa implementaron el tiempo para gobernar ya sus pasos, y, los pasos del loto se hicieron tardes, noches y mañanas. Ya que, al ser la flor más poderosa, construyó un barco para derramar sus sollozos en forma de gotas de sal, como si la sal se esgrimiera en forma y voto por proa desde el augurio de sus lágrimas. Aunaba un plan. Estas le permitieran alcanzar a la luna de su anhelo. Porque el anhelo por tenerla, y el querer tenerla, le hizo maquinar en su quehacer cosas terribles, y se olvidó de pensarla con el bienestar de un ser de noble corazón. Así que pensó, y pensó, y pensó en apagar la luminaria de las estrellas que la acompañaban. Porque las estrellas apagarían el cobijo de su risa y con su Solo de los susurros que, dedicada sólo a ella, una escalera se presentó al tiempo ante sus pies; amorosa y rebelde. Pero también se hizo turbia y deferente. Y la flor se tornó caballero de rigor, pesadilla y desesperanza. Así sucedió que la flor de loto, tocó una ventisca venidera de una lamparilla de hueso que pasaba, por allí y por allá. Una costilla de anciana virtud. Porque de los huesos que contenía el lago en el que descansaba la flor, ahí, y justo allí, al alcanzar la Luna con un beso, desde lejos, la cortó en varias tiras. Y la luna se derramó en casas, océanos y valles, hasta despojarse de su manto coronado. Y de la flor desgraciada y desabrida, emergió una doncella con el crepúsculo bañándole el rostro. Porque había permitido que su luna se presentase en sus aposentos, como ante la sorpresa de la Luna misma. Cayó en sus brazos, y, al tocar su rostro, cuando en el cuándo, leyó en la flor arrepentimiento. Ah, el arrepentimiento siempre es nacido del amor más pudiente, y orilló a ambos a fragmentarse y de sus fragmentos nació el océano de Valeria. El de más peligros y de más maravillas. Y en Valeria, se decía, que todas las cosas sucedían con errados suelos y erradas prosas y prisas, porque ellos cayeron allí y, el todo y la nada se hicieron sendos relojes de oro, bronce y plata. Hasta que, acabados por sus infamias y símiles, el tiempo se detuvo y existió una densa niebla, y, ante la niebla, se dio por presentada al nupcial mundo de la Aurora. Aurora, la Ciudad que nunca de los nunca dormiría. Aurora conmovida le abrió los brazos a la flor de loto hecha caballero, pero, a cambio de devolverle a su Luna le hizo ver su caparazón. Y la hizo llenarla con fuego: el fuego de los relojes. Entonces Valeria y Aurora orillaron a ese nuevo ser, al que llamaron en secreto Diomedes, a otorgarle el tiempo de su destiempo, pues Diomedes era ya santo, pero también anciano. Y entonces Diomedes presentó dos expresiones ante sí mismo. Una de ellas la posó en el cuerpo de la Luna, y, la otra al callarse, sólo hablaría el idioma de las bestias que habitarían, ese, empero nuevo mundo recién descubierto y conocido. Bestias que no lo traicionaron. Así y sólo así, se dice pues que, Diomedes izó el tiempo para que retuviera su soplo de amor, ese no tan verdadero, arropó a su Luna con las cicatrices de ese nuevo paraíso tejedor. Ese que nacía de sus propios dedos pinchados con las agujas de su propio tapizar de destinos. Y en el ahora del Ahora, Diomedes vio su suerte y se echó a llorar pues escapaba de la realidad que es fantasía, para guiar a su Luna al culmen del cielo, ya que creía, que al menos así, con su fuego horadado, se tejerían los fragmentos que le faltarían. Esos que debe, expiar y espiar, en cada rincón orillado por su propia mano y fuerza. Pero la Luna no retornó a los cielos; porque con el pisar de las pisadas de cerdas de su propia vigilia, Diomedes la lloró y convocó un conjuro que permitiría que esa niña mujer, mujer niña tocara el cielo siquiera una vez. Y por esta razón que Ifigenia, la barca de las líricas se abre paso en el mar de tinta que retiene la esperanzada de uno, y tan sólo uno, que anheló ser maestro de maestros. De su nacimiento. https://youtu.be/B6s3q2pbYYk?si=pw-MIVud5twowHQK
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  • "Ayúdame"
    Fandom Sobrenatural ~ Crónicas Vampíricas
    Categoría Crossover
    sᴛᴀʀᴛᴇʀ ᴘᴀʀᴀ: 𝐒A𝐌 W𝐈N𝐂H𝐄S𝐓E𝐑

    Las manadas de hombres lobo ya no eran tan escasas como lo fueron antaño. Siglos atrás los hombres lobo eran una de las especies dominantes sobre la tierra, pero la proliferación de vampiros y cazadores habia obligado a las manadas a esconderse. A ocultarse en pueblos, en las montañas, en lugares donde poder pasar desapercibidos. Y asi, poco a poco, el gen del hombre lobo durmió. No todos los descendientes de las grandes manadas activaban su maldición lupina. Hombres y mujeres vivían y morían sin activar nunca su maldición y, poco a poco, se perdió el legado.

    Pero ese no habia sido el caso de los Wood. De las familias licántropas, los pertenecientes a la manada Apisi, ahora disgregada por el país, los Wood eran los únicos que todavia reconocían y recordaban su legado, sus leyendas. Asentados en Kansas, disfrutaban de la licantropía y no la consideraban una maldición. El dolor de la transformación, a diferencia de para otras familias, se tornaba cada vez más soportable con cada luna llena. Y, en lugar de encerrarse y encadenarse en sótanos y celdas, la familia Wood corría por el bosque. Libres. Aullando a la luna y disfrutando del instinto y las horas lupinas. Asi habia sido desde que Hazel tenia uso de razón. Desde que desatara su maldición a los diecisiete años se habia transformado con cada luna llena al resguardo y cobijo de sus padres y su familia. Su padre, era el alfa de la manada o al menos, de aquel grupo de lobos y, algún día, esperaba que su hija ocupara su lugar. Para ello la habia criado…

    Hasta aquella luna llena…

    Hazel corría por el bosque, olfateando, sintiendo el aire en su pelaje, sintiéndose libre. Sus patas parecían volar sobre el suelo, corriendo a tal velocidad que nada podía pararla. Nada salvo… Aquel sonido estridente y desgarrador. La loba alzó sus orejas irguiendo el cuello, alarmada, preocupada. Un aullido de dolor y muerte llegó hasta ella. Cercano y fulminante. Y supo que habia perdido a alguien de su manada.

    Un nuevo disparo. Un nuevo aullido mortecino.

    Hazel no se quedó a esperar su turno. Echó a correr en dirección contraria sabiendo que no podía regresar a casa. Porque si esos cazadores los habían encontrado allí era porque sabían exactamente cómo y dónde Vivian. Asi que Hazel corrió a toda velocidad, huyendo de los disparos y la muerte que amenazaba con alcanzarla.

    Un proyectil le acertó en el costado en plena carrera y la loba, herida y magullada, cayó estrepitosamente contra el suelo. Resollaba, asustada. Dolía, quemaba. Aquella herida le habia quitado el aliento y sabia que se desangraba. Pero no podía dejar que su manada terminara asi. Tenia que vivir.

    Asi que tratando de hacer caso omiso a los disparos que llenaban el ambiente, Hazel volvio a erguirse sobre sus cuatro patas. Sanaria. Aquella herida sanaría gracias a la magia de la luna llena. Sanaria… Echó a correr de nuevo, esta vez algo más cansada, algo más lenta. Pero corrió todo cuanto daban sus patas. Y corrió toda la noche, cruzando pueblos, atravesando bosques mientras aquella ultima noche de luna llena duraba. Corrió hasta que los disparos ya eran inexistentes en el eco de la noche.

    >> Despertó desnuda en medio del bosque. Con la salida del sol su cuerpo habia recuperado su forma humana y ella se habia desmayado entre ramas y pequeños arbustos. Profirió un quejido llevándose una mano al costado allí donde la herida de bala aun sanaba lentamente. La sangre teñía su piel bronceada. Pero sabia que, aunque dolía, estaba fuera de peligro. Sobreviviría. Lo haría.

    Era la única superviviente de su manada. Y la certeza y la soledad de aquel pensamiento la abrumaron haciendo que la muchacha dejara ir un ligero y corto sollozo. Por todos los que queria, que habia perdido y que no volvería a ver. Se llevó una mano a los labios y se encogió sobre si misma, llorando a los caídos, a aquella terrorífica noche. Y cuando sintió que se quedaba sin aire, decidió que tenia que salir de allí.

    Desnuda recorrió el bosque hasta encontrar civilización. Y cuando el cansancio hizo que sus piernas temblaran, finalmente encontró un pequeño camping de caravanas. Le llegaban voces. Niños, familias. Salpicaduras de agua en una piscina. El olor de una barbacoa, podía ver la pequeña columna de humo alzarse entre algunas caravanas… Y allí, delante de ella, desprotegida… una cuerda de tender con algo de ropa. No se paró a ver qué era. Llegó hasta allí, y cogió lo primero que pilló. Una camiseta blanca de manga corta, una chaqueta vaquera y unos pantalones de chándal. Y, con las mismas, salió de allí volviendo a internarse en el bosque.

    Porque habia algo que no os he contado. Y es que la familia Wood tenia una leyenda. Una leyenda inmemorial. Su padre siempre le habia contado que la razon por la que su bisabuelo se habia instalado allí con su manada era una muy sencilla. Protección. La manada protegía a un grupo de Hombres. Los Hombres de Letras. Y ellos los protegían tambien. Un acuerdo del pasado, un pacto de no dañarse mutuamente nunca más. Un pacto de hermandad. No estaba firmado en ninguna parte y nadie podía corroborar que fuera real. Pero tenia una localización. Lebanon. Y hasta allí le habían conducido sus pisadas. Si quedaba alguien allí, habrían de ayudarla, darle cobijo o un lugar donde averiguar quién le habia arrebatado a su familia..

    “A las puertas de Lebanon, interno en el bosque, accesible por pocos caminos, se yergue el orgulloso bastión. Lobos y hombres lo consideran su salvación”

    Era una mierda de rima y parecía demasiado barata para ser una leyenda demasiado antigua, pero Hazel siempre habia creído que su bisabuelo no tendría demasiada idea de mensajes crípticos. Hubiera sido un espía terrible.

    Pero al menos tenia una pista. A las afueras de Lebanon, en el bosque…

    Caminó descalza por la tierra, indemne a las ramas o piedras. Cansada, desolada y sangrando. La sangre se habia transferido a su camiseta, y sin alimento y descanso correcto, aquella herida no sanaba de forma correcta.

    Escuchó los pasos de una carrera. Cerca de ella. Pero no lo advirtió tan a tiempo como podría haberlo hecho en pleno uso de sus facultades físicas. Antes de que la vista se le nublase pudo ver como un hombre se acercaba a ella haciendo footing y se detenía al verla en el camino. Quizás se lo habia imaginado, quizás no. Pero…

    -Ayuda… me… -dijo Hazel antes de perder el sentido y caer, desmayada, en medio del camino.
    sᴛᴀʀᴛᴇʀ ᴘᴀʀᴀ: [SAM.MY] Las manadas de hombres lobo ya no eran tan escasas como lo fueron antaño. Siglos atrás los hombres lobo eran una de las especies dominantes sobre la tierra, pero la proliferación de vampiros y cazadores habia obligado a las manadas a esconderse. A ocultarse en pueblos, en las montañas, en lugares donde poder pasar desapercibidos. Y asi, poco a poco, el gen del hombre lobo durmió. No todos los descendientes de las grandes manadas activaban su maldición lupina. Hombres y mujeres vivían y morían sin activar nunca su maldición y, poco a poco, se perdió el legado. Pero ese no habia sido el caso de los Wood. De las familias licántropas, los pertenecientes a la manada Apisi, ahora disgregada por el país, los Wood eran los únicos que todavia reconocían y recordaban su legado, sus leyendas. Asentados en Kansas, disfrutaban de la licantropía y no la consideraban una maldición. El dolor de la transformación, a diferencia de para otras familias, se tornaba cada vez más soportable con cada luna llena. Y, en lugar de encerrarse y encadenarse en sótanos y celdas, la familia Wood corría por el bosque. Libres. Aullando a la luna y disfrutando del instinto y las horas lupinas. Asi habia sido desde que Hazel tenia uso de razón. Desde que desatara su maldición a los diecisiete años se habia transformado con cada luna llena al resguardo y cobijo de sus padres y su familia. Su padre, era el alfa de la manada o al menos, de aquel grupo de lobos y, algún día, esperaba que su hija ocupara su lugar. Para ello la habia criado… Hasta aquella luna llena… Hazel corría por el bosque, olfateando, sintiendo el aire en su pelaje, sintiéndose libre. Sus patas parecían volar sobre el suelo, corriendo a tal velocidad que nada podía pararla. Nada salvo… Aquel sonido estridente y desgarrador. La loba alzó sus orejas irguiendo el cuello, alarmada, preocupada. Un aullido de dolor y muerte llegó hasta ella. Cercano y fulminante. Y supo que habia perdido a alguien de su manada. Un nuevo disparo. Un nuevo aullido mortecino. Hazel no se quedó a esperar su turno. Echó a correr en dirección contraria sabiendo que no podía regresar a casa. Porque si esos cazadores los habían encontrado allí era porque sabían exactamente cómo y dónde Vivian. Asi que Hazel corrió a toda velocidad, huyendo de los disparos y la muerte que amenazaba con alcanzarla. Un proyectil le acertó en el costado en plena carrera y la loba, herida y magullada, cayó estrepitosamente contra el suelo. Resollaba, asustada. Dolía, quemaba. Aquella herida le habia quitado el aliento y sabia que se desangraba. Pero no podía dejar que su manada terminara asi. Tenia que vivir. Asi que tratando de hacer caso omiso a los disparos que llenaban el ambiente, Hazel volvio a erguirse sobre sus cuatro patas. Sanaria. Aquella herida sanaría gracias a la magia de la luna llena. Sanaria… Echó a correr de nuevo, esta vez algo más cansada, algo más lenta. Pero corrió todo cuanto daban sus patas. Y corrió toda la noche, cruzando pueblos, atravesando bosques mientras aquella ultima noche de luna llena duraba. Corrió hasta que los disparos ya eran inexistentes en el eco de la noche. >> Despertó desnuda en medio del bosque. Con la salida del sol su cuerpo habia recuperado su forma humana y ella se habia desmayado entre ramas y pequeños arbustos. Profirió un quejido llevándose una mano al costado allí donde la herida de bala aun sanaba lentamente. La sangre teñía su piel bronceada. Pero sabia que, aunque dolía, estaba fuera de peligro. Sobreviviría. Lo haría. Era la única superviviente de su manada. Y la certeza y la soledad de aquel pensamiento la abrumaron haciendo que la muchacha dejara ir un ligero y corto sollozo. Por todos los que queria, que habia perdido y que no volvería a ver. Se llevó una mano a los labios y se encogió sobre si misma, llorando a los caídos, a aquella terrorífica noche. Y cuando sintió que se quedaba sin aire, decidió que tenia que salir de allí. Desnuda recorrió el bosque hasta encontrar civilización. Y cuando el cansancio hizo que sus piernas temblaran, finalmente encontró un pequeño camping de caravanas. Le llegaban voces. Niños, familias. Salpicaduras de agua en una piscina. El olor de una barbacoa, podía ver la pequeña columna de humo alzarse entre algunas caravanas… Y allí, delante de ella, desprotegida… una cuerda de tender con algo de ropa. No se paró a ver qué era. Llegó hasta allí, y cogió lo primero que pilló. Una camiseta blanca de manga corta, una chaqueta vaquera y unos pantalones de chándal. Y, con las mismas, salió de allí volviendo a internarse en el bosque. Porque habia algo que no os he contado. Y es que la familia Wood tenia una leyenda. Una leyenda inmemorial. Su padre siempre le habia contado que la razon por la que su bisabuelo se habia instalado allí con su manada era una muy sencilla. Protección. La manada protegía a un grupo de Hombres. Los Hombres de Letras. Y ellos los protegían tambien. Un acuerdo del pasado, un pacto de no dañarse mutuamente nunca más. Un pacto de hermandad. No estaba firmado en ninguna parte y nadie podía corroborar que fuera real. Pero tenia una localización. Lebanon. Y hasta allí le habían conducido sus pisadas. Si quedaba alguien allí, habrían de ayudarla, darle cobijo o un lugar donde averiguar quién le habia arrebatado a su familia.. “A las puertas de Lebanon, interno en el bosque, accesible por pocos caminos, se yergue el orgulloso bastión. Lobos y hombres lo consideran su salvación” Era una mierda de rima y parecía demasiado barata para ser una leyenda demasiado antigua, pero Hazel siempre habia creído que su bisabuelo no tendría demasiada idea de mensajes crípticos. Hubiera sido un espía terrible. Pero al menos tenia una pista. A las afueras de Lebanon, en el bosque… Caminó descalza por la tierra, indemne a las ramas o piedras. Cansada, desolada y sangrando. La sangre se habia transferido a su camiseta, y sin alimento y descanso correcto, aquella herida no sanaba de forma correcta. Escuchó los pasos de una carrera. Cerca de ella. Pero no lo advirtió tan a tiempo como podría haberlo hecho en pleno uso de sus facultades físicas. Antes de que la vista se le nublase pudo ver como un hombre se acercaba a ella haciendo footing y se detenía al verla en el camino. Quizás se lo habia imaginado, quizás no. Pero… -Ayuda… me… -dijo Hazel antes de perder el sentido y caer, desmayada, en medio del camino.
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    ╔═══════ ✧✦✧ ═══════╗
    𝕴𝖘𝖍𝖙𝖆𝖗’𝖘 𝕮𝖔𝖛𝖊𝖗𝖘
    Archivo Editorial Oficial — Ishtar´s Demonic Déesse Infernal Glamour
    ╚═══════ ✧✦✧ ═══════╝

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    ✦ FICHA EXTENDIDA GLAMOUR EDITION ✦

    ✧ EDICIÓN: Glamour Night — Rising Stars
    ✧ CATEGORÍA: Portada Estelar de Alta Sociedad
    ✧ ESTILO: Fashion Royal Urban Luxury
    ✧ LOCACIÓN: Avenida Imperial Iluminada
    ✧ CLASIFICACIÓN: Edición Icono de Prestigio

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    MODELOS PRINCIPALES

    ╔═══ ༺✦༻ ═══╗
    SAKURA ISHTAR
    El Gran Heredero del Estilo Celestial
    ╚═══ ༺✦༻ ═══╝

    ✦ Aura: Elegancia innata y dominio escénico
    ✦ Atuendo: Traje gris aristocrático minimalista
    ✦ Rasgo distintivo: Mirada fría de noble linaje
    ✦ Presencia: El tipo de figura que redefine el concepto de portada

    Simbolismo editorial:
    Representa el ascenso de la nueva élite de glamour absoluto.

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    ╔═══ ༺✧༻ ═══╗
    AZUKA ISHTAR YOKIN
    Dama Suprema del Encanto Carmesí
    ╚═══ ༺✧༻ ═══╝

    ✦ Aura: Seducción sofisticada y autoridad estética
    ✦ Atuendo: Conjunto ejecutivo-glam rojo con detalles negros
    ✦ Rasgo icónico: Cabello ígneo símbolo de magnetismo social
    ✦ Presencia: Cada lente la obedece antes de disparar

    Simbolismo editorial:
    Encarnación de la elegancia dominante que gobierna la escena social.

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    ESCENA EDITORIAL

    Una alfombra urbana iluminada por flashes y faroles imperiales.
    La multitud no observa celebridades… presencia leyendas vivas.

    El automóvil no es transporte.
    Es trono móvil.

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    TITULARES DESTACADOS

    ✦ Glamour Night! The Rising Stars
    ✦ Luxury Lifestyle — Fashion & Cars
    ✦ Paparazzi Fever!
    ✦ Mercedes-Benz Special Feature

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    DIRECCIÓN CREATIVA

    ╭─〔 Concepto Central 〕─╮
    Dominio social a través del estilo
    ╰──────────────────────╯

    Inspiraciones:
    ✧ Pasarelas imperiales modernas
    ✧ Realeza urbana contemporánea
    ✧ Cine fashion editorial europeo

    Mensaje artístico:

    La fama puede comprarse… la presencia no.

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    VALOR HISTÓRICO DENTRO DEL LORE

    Nombre legendario de la edición:
    “La Noche donde nació la Nobleza Mediática.”

    Se considera el evento donde:
    *surgieron los íconos sociales definitivos
    *la moda se volvió poder
    *la presencia superó a la fama

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    🜏 CLASIFICACIÓN DE ARCHIVO INTERNO

    Rareza: Reliquia Editorial de Gala
    Serie: Covers Collection
    Rango: Celebridad Suprema

    ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━

    ╔═══════ ✧✦✧ ═══════╗
    ISHTAR’S COVERS
    No aparecen en portadas… las coronan.
    ╚═══════ ✧✦✧ ═══════╝
    ╔═══════ ✧✦✧ ═══════╗ 💎 𝕴𝖘𝖍𝖙𝖆𝖗’𝖘 𝕮𝖔𝖛𝖊𝖗𝖘 💎 Archivo Editorial Oficial — Ishtar´s Demonic Déesse Infernal Glamour ╚═══════ ✧✦✧ ═══════╝ ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ FICHA EXTENDIDA GLAMOUR EDITION ✦ ✧ EDICIÓN: Glamour Night — Rising Stars ✧ CATEGORÍA: Portada Estelar de Alta Sociedad ✧ ESTILO: Fashion Royal Urban Luxury ✧ LOCACIÓN: Avenida Imperial Iluminada ✧ CLASIFICACIÓN: Edición Icono de Prestigio ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ 🌟 MODELOS PRINCIPALES ╔═══ ༺✦༻ ═══╗ SAKURA ISHTAR El Gran Heredero del Estilo Celestial ╚═══ ༺✦༻ ═══╝ ✦ Aura: Elegancia innata y dominio escénico ✦ Atuendo: Traje gris aristocrático minimalista ✦ Rasgo distintivo: Mirada fría de noble linaje ✦ Presencia: El tipo de figura que redefine el concepto de portada Simbolismo editorial: Representa el ascenso de la nueva élite de glamour absoluto. ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ ╔═══ ༺✧༻ ═══╗ AZUKA ISHTAR YOKIN Dama Suprema del Encanto Carmesí ╚═══ ༺✧༻ ═══╝ ✦ Aura: Seducción sofisticada y autoridad estética ✦ Atuendo: Conjunto ejecutivo-glam rojo con detalles negros ✦ Rasgo icónico: Cabello ígneo símbolo de magnetismo social ✦ Presencia: Cada lente la obedece antes de disparar Simbolismo editorial: Encarnación de la elegancia dominante que gobierna la escena social. ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ 📸 ESCENA EDITORIAL Una alfombra urbana iluminada por flashes y faroles imperiales. La multitud no observa celebridades… presencia leyendas vivas. El automóvil no es transporte. Es trono móvil. ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ 📰 TITULARES DESTACADOS ✦ Glamour Night! The Rising Stars ✦ Luxury Lifestyle — Fashion & Cars ✦ Paparazzi Fever! ✦ Mercedes-Benz Special Feature ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ 🎭 DIRECCIÓN CREATIVA ╭─〔 Concepto Central 〕─╮ Dominio social a través del estilo ╰──────────────────────╯ Inspiraciones: ✧ Pasarelas imperiales modernas ✧ Realeza urbana contemporánea ✧ Cine fashion editorial europeo Mensaje artístico: La fama puede comprarse… la presencia no. ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ 📜 VALOR HISTÓRICO DENTRO DEL LORE Nombre legendario de la edición: “La Noche donde nació la Nobleza Mediática.” Se considera el evento donde: *surgieron los íconos sociales definitivos *la moda se volvió poder *la presencia superó a la fama ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ 🜏 CLASIFICACIÓN DE ARCHIVO INTERNO Rareza: Reliquia Editorial de Gala Serie: Covers Collection Rango: Celebridad Suprema ━━━━━━━━━━━━━━━ ✦ ━━━━━━━━━━━━━━━ ╔═══════ ✧✦✧ ═══════╗ ISHTAR’S COVERS No aparecen en portadas… las coronan. ╚═══════ ✧✦✧ ═══════╝
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  • DIARIO DEL GEÓLOGO: Tras la huella de Arne Saknussemm
    Fandom Oc
    Categoría Aventura
    Desde pequeño viví obsesionado con Julio Verne y 'viaje al centro de la tierra"
    Así que mi conexión con Islandia es muy lógica y aquí me tienen en la tierra de dragones, hielo, fuego y leyendas.
    Desde pequeño viví obsesionado con Julio Verne y 'viaje al centro de la tierra" Así que mi conexión con Islandia es muy lógica y aquí me tienen en la tierra de dragones, hielo, fuego y leyendas.
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  • Cuenta la leyenda que las tierras de los jardines del castillo Ishtar, fueron arrancadas del propio Edén.

    Algunos dicen que sus descendientes pueden usar su propio núcleo fusionando tierra y sangre para forgar obsidiana pura.

    Leyendas de tabernas...

    ...O quizás no...
    Cuenta la leyenda que las tierras de los jardines del castillo Ishtar, fueron arrancadas del propio Edén. Algunos dicen que sus descendientes pueden usar su propio núcleo fusionando tierra y sangre para forgar obsidiana pura. Leyendas de tabernas... ...O quizás no...
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  • la promesa de un mañana
    Fandom Mo Dao Zu Shi
    Categoría Fantasía
    Zhōngguó (China) tambien nombrada Ciudad Central, pues era una nación gobernada por dinastías, donde las bases se asentaban en honrar a los ancestros y ser un buen hijo filial, respeto a los ancianos, y la misma naturaleza.

    Viejas leyendas que se contaban de generacion en generación, daban paso a jovenes que se dedicaban a mejorar espiritual y fisicamente sus habilidades o talentos y aquellos que lograban destacar se convertirían en cultivadores, muchos de ellos crearon sus propios clanes o sectas, las mas reconocidas eran por supuesto, Gusu Lan, Jiang de Yunmeng, Lanling Jin, Qinghe Nie, y Qishan Wen, entre las mas notables y las cuales tenian sus propias costumbres, tradiciones y reglas que cada uno de sus integrantes cumplía. Eran sus hijos primogénitos los que heredarían por supuesto la direccion de la secta.

    Los pequeñs clanes solian afiliarse o deseaban hacerlo a las principales, principalmente aquellos clanes o sectas que tenían mas poder y dominio como el caso del clan Wen.

    El mundo del cultivo era sin duda alguna una actividad predominante para aquellos con poder espiritual, fuerza y liderazgo, y se encargaban de erradicar los males del mundo, demonios, y otros seres que solian atacar a las personas.

    Lejos de esa región, en unas lejanas montañas, las cosas se manejaban diferente. Una mujer de complexión delgada, de largos cabellos grises impartía a su joven alumno lecciones de vida, aquel inquieto e ingenuo jovencito poseia una determinación inalterable tomaba algunas hermosas flores de loto del jardin. Su deseo desde hace algunos meses habia sido el mismo, salir de la montaña para pdoer ayudar a las personas, pues noticias alarmantes habian llegado a sus oidos por parte de un anciano que se topó cuando fue a recoger agua al manantial que se localizaba al bajar la montaña.

    - Deberé pedirle nuevamente a la mestra..poder ir..se negará de nuevo?..no me retractaré...debo ser firme..

    El tiempo transcurrió y tras mucho rogarle ella finalmente cedió, le dejó partir, pues muy a su pesar sabía que debia descubrir su vida por su propia cuenta, aunque las reglas eran absolutas, una vez que sales..no puedes regresar a la montaña.

    A pesar de su duda, su deseo era mayor y bajó la montaña por primera vez para emprender su viaje en un mundo nuevo, su nombre Daozhang Xiao XIngchen..
    Zhōngguó (China) tambien nombrada Ciudad Central, pues era una nación gobernada por dinastías, donde las bases se asentaban en honrar a los ancestros y ser un buen hijo filial, respeto a los ancianos, y la misma naturaleza. Viejas leyendas que se contaban de generacion en generación, daban paso a jovenes que se dedicaban a mejorar espiritual y fisicamente sus habilidades o talentos y aquellos que lograban destacar se convertirían en cultivadores, muchos de ellos crearon sus propios clanes o sectas, las mas reconocidas eran por supuesto, Gusu Lan, Jiang de Yunmeng, Lanling Jin, Qinghe Nie, y Qishan Wen, entre las mas notables y las cuales tenian sus propias costumbres, tradiciones y reglas que cada uno de sus integrantes cumplía. Eran sus hijos primogénitos los que heredarían por supuesto la direccion de la secta. Los pequeñs clanes solian afiliarse o deseaban hacerlo a las principales, principalmente aquellos clanes o sectas que tenían mas poder y dominio como el caso del clan Wen. El mundo del cultivo era sin duda alguna una actividad predominante para aquellos con poder espiritual, fuerza y liderazgo, y se encargaban de erradicar los males del mundo, demonios, y otros seres que solian atacar a las personas. Lejos de esa región, en unas lejanas montañas, las cosas se manejaban diferente. Una mujer de complexión delgada, de largos cabellos grises impartía a su joven alumno lecciones de vida, aquel inquieto e ingenuo jovencito poseia una determinación inalterable tomaba algunas hermosas flores de loto del jardin. Su deseo desde hace algunos meses habia sido el mismo, salir de la montaña para pdoer ayudar a las personas, pues noticias alarmantes habian llegado a sus oidos por parte de un anciano que se topó cuando fue a recoger agua al manantial que se localizaba al bajar la montaña. - Deberé pedirle nuevamente a la mestra..poder ir..se negará de nuevo?..no me retractaré...debo ser firme.. El tiempo transcurrió y tras mucho rogarle ella finalmente cedió, le dejó partir, pues muy a su pesar sabía que debia descubrir su vida por su propia cuenta, aunque las reglas eran absolutas, una vez que sales..no puedes regresar a la montaña. A pesar de su duda, su deseo era mayor y bajó la montaña por primera vez para emprender su viaje en un mundo nuevo, su nombre Daozhang Xiao XIngchen..
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  • Arena de la Omnipotencia Ishtar
    Fandom Clan y Familia Ishtar
    Categoría Ciencia ficción
    El Coliseo del Juicio Eterno de Ishtar

    En los albores del tiempo prohibido, cuando los dioses aún discutían el destino de los mundos y la energía primordial no tenía forma, el Clan Ishtar descendió sobre una grieta sagrada entre dimensiones. Aquel lugar, conocido como el Ombligo del Vacío, latía con una fuerza capaz de destruir realidades… o forjar leyendas.

    Fue allí donde nació el coliseo.

    Los Forjadores Ishtar, entidades mitad deidad, mitad sombra, trazaron runas arcanas en el aire con sangre estelar y voluntad absoluta. Cada símbolo no solo sellaba materia, sino conceptos: tiempo, destino, muerte y omnipotencia. El suelo fue moldeado con Obsidiana del Infinito, una roca extraída del colapso de universos extintos, capaz de absorber, resistir y reflejar cualquier poder, incluso aquellos nacidos de la omnipotencia Ishtar.

    Las columnas no fueron construidas… fueron invocadas. Surgieron desde planos superiores, encadenadas por juramentos eternos. En su interior fluían corrientes de Energía Arcana Primigenia, regulada por sellos que impedían que un combate de nivel divino desgarrara la realidad. El coliseo no se rompía: aprendía, adaptándose a cada enfrentamiento, fortaleciéndose con cada choque de poderes absolutos.

    En el centro de la arena, el Núcleo del Juicio, un cristal vivo del tamaño de un corazón, late aún. Este núcleo reconoce a los miembros del Clan Ishtar y ajusta el campo de batalla para que ni siquiera un ser omnipotente pueda destruir el recinto sin antes ser juzgado digno. Aquí, la omnipotencia no es ventaja… es prueba.

    Cuando un guerrero Ishtar pisa la arena, el coliseo despierta. Las gradas espectrales se llenan de ecos ancestrales: antiguos reyes, asesinos oscuros, licántropos, súcubos y entidades que trascendieron la muerte observan en silencio. No hay público común; solo testigos eternos.

    El Coliseo del Juicio Eterno no existe para el entretenimiento.
    Existe para recordar una sola verdad:

    “En Ishtar, incluso los dioses sangran… y solo los dignos permanecen.”
    El Coliseo del Juicio Eterno de Ishtar En los albores del tiempo prohibido, cuando los dioses aún discutían el destino de los mundos y la energía primordial no tenía forma, el Clan Ishtar descendió sobre una grieta sagrada entre dimensiones. Aquel lugar, conocido como el Ombligo del Vacío, latía con una fuerza capaz de destruir realidades… o forjar leyendas. Fue allí donde nació el coliseo. Los Forjadores Ishtar, entidades mitad deidad, mitad sombra, trazaron runas arcanas en el aire con sangre estelar y voluntad absoluta. Cada símbolo no solo sellaba materia, sino conceptos: tiempo, destino, muerte y omnipotencia. El suelo fue moldeado con Obsidiana del Infinito, una roca extraída del colapso de universos extintos, capaz de absorber, resistir y reflejar cualquier poder, incluso aquellos nacidos de la omnipotencia Ishtar. Las columnas no fueron construidas… fueron invocadas. Surgieron desde planos superiores, encadenadas por juramentos eternos. En su interior fluían corrientes de Energía Arcana Primigenia, regulada por sellos que impedían que un combate de nivel divino desgarrara la realidad. El coliseo no se rompía: aprendía, adaptándose a cada enfrentamiento, fortaleciéndose con cada choque de poderes absolutos. En el centro de la arena, el Núcleo del Juicio, un cristal vivo del tamaño de un corazón, late aún. Este núcleo reconoce a los miembros del Clan Ishtar y ajusta el campo de batalla para que ni siquiera un ser omnipotente pueda destruir el recinto sin antes ser juzgado digno. Aquí, la omnipotencia no es ventaja… es prueba. Cuando un guerrero Ishtar pisa la arena, el coliseo despierta. Las gradas espectrales se llenan de ecos ancestrales: antiguos reyes, asesinos oscuros, licántropos, súcubos y entidades que trascendieron la muerte observan en silencio. No hay público común; solo testigos eternos. El Coliseo del Juicio Eterno no existe para el entretenimiento. Existe para recordar una sola verdad: “En Ishtar, incluso los dioses sangran… y solo los dignos permanecen.”
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    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷


    Cuando el blanco absoluto se disipa…
    No hay luna.
    No hay sol.
    No hay Veythra.

    Solo un olor agrio, espeso, pegado en el aire.

    Estoy frente a una taberna cochambrosa, una choza de madera hundida sobre sí misma, rodeada de barro, vómito y voces ebrias. Una farola de fuego tambalea, iluminando la escena con una luz enfermiza.

    Y entonces lo veo.

    Un hombre enorme, grasiento, con ropa mugrienta y manos ásperas—el dueño—patea sin remordimiento a su pequeña empleada:
    una niña goblina, huesuda, con mejillas salpicadas de barro y ojos grandes que no se atreven a llorar.
    Los borrachos se ríen, le tiran jarras de cerveza encima como si fuera un espectáculo.

    Un instante.
    Un latido.
    Una repulsión que me revuelve la sangre.

    No hago nada.
    Aún no.
    Solo… me giro. Me alejo.
    No sé dónde estoy. No sé quién soy aquí.

    Pero entonces, al salir por la verja desvencijada, la niña vuelve caminando hacia unas cuadras. Va a dormir en un establo.

    Me acerco con cuidado.

    —¿Dónde estamos? —pregunto.

    La goblina se encoge, temblando. Ni siquiera me mira al principio. Solo aprieta los hombros.

    —Me llamo… Selin —dice con voz rota.

    El nombre me corta la respiración.
    Selin.
    Como mi abuela.
    Como la Elunai.
    Como el origen de todo.

    Y recuerdo que Oz puede adoptar forma de goblin.
    Y Akane también.

    ¿Será…? ¿Puede ser…?

    La abrazo instintivamente. No puedo evitarlo.
    La niña tiembla como un animalillo acorralado.

    Y entonces una voz irrumpe como un trueno:

    —¡SELIN! ¡MUÉVETE, RATA!

    El propietario aparece con un cinturón enrollado en la mano.
    Sus ojos me recorren como si yo fuera otra de sus pertenencias.

    Mi visión se distorsiona.
    Mi corazón se enciende.
    Un estremecimiento me sube por la columna… y algo en mí se rompe, sin retorno.

    Camino hacia él.
    No oigo mi respiración.
    No oigo al mundo.

    Solo siento una certeza fría.

    El cuchillo aparece en mi mano como si siempre hubiese estado ahí.
    El resto es un borrón oscuro, instintivo, inevitable.
    Una ejecución.
    Una sentencia.

    Acabo con él sin dejar que pronuncie un segundo insulto.

    Y tomo la pequeña mano de Selin.

    —Vámonos —le digo.
    No pregunto. No dudo.
    Solo la saco de ese mundo de mierda.

    La llevo hasta el bosque más cercano, donde la niebla es espesa y las hojas crujen bajo nuestros pasos. Allí, por fin, ella empieza a respirar sin miedo.

    Pero antes de que pueda decir nada, un viento gélido rasga el silencio.

    Una guerrera aparece frente a nosotras.
    Armadura negra. Ojos rojizos.
    Aura del Caos tan densa que distorsiona el aire.

    Sus armas se levantan hacia mí.

    —Apártate de la niña —ordena con un tono que solo usa alguien que ha matado mil veces—. Si le haces daño, te arranco el alma.

    Mi sangre se hiela.

    Ella… es Jennifer.
    Mi madre.
    Pero joven. Feroz. Impiadosa.
    La Jennifer de las leyendas del Caos.

    Levanto una mano lentamente y dejo que mi aura se libere.
    La luna, el Caos, Elunai.
    Todo lo que soy.

    Ella se detiene.
    Sus ojos se abren con una mezcla de reconocimiento y desconcierto.

    La guerrera inclina la cabeza con respeto inmediato y absoluto.

    —Pido perdón. No sabía…
    —¿Quién eres? —pregunto.

    Ella da un paso adelante y se arrodilla, puño al suelo.

    —Soy Onix, general del Caos. Mano derecha de Jennifer Queen Ishtar… y ahora—
    Levanta la vista, seria, solemne.
    —al servicio de su hija: Lili.

    Selin se esconde detrás de mí.
    Onix me mira, esperando órdenes.
    Y yo… yo no sé si el futuro tiembla, o si es el pasado el que empieza a cambiar bajo mis pies.







    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 Cuando el blanco absoluto se disipa… No hay luna. No hay sol. No hay Veythra. Solo un olor agrio, espeso, pegado en el aire. Estoy frente a una taberna cochambrosa, una choza de madera hundida sobre sí misma, rodeada de barro, vómito y voces ebrias. Una farola de fuego tambalea, iluminando la escena con una luz enfermiza. Y entonces lo veo. Un hombre enorme, grasiento, con ropa mugrienta y manos ásperas—el dueño—patea sin remordimiento a su pequeña empleada: una niña goblina, huesuda, con mejillas salpicadas de barro y ojos grandes que no se atreven a llorar. Los borrachos se ríen, le tiran jarras de cerveza encima como si fuera un espectáculo. Un instante. Un latido. Una repulsión que me revuelve la sangre. No hago nada. Aún no. Solo… me giro. Me alejo. No sé dónde estoy. No sé quién soy aquí. Pero entonces, al salir por la verja desvencijada, la niña vuelve caminando hacia unas cuadras. Va a dormir en un establo. Me acerco con cuidado. —¿Dónde estamos? —pregunto. La goblina se encoge, temblando. Ni siquiera me mira al principio. Solo aprieta los hombros. —Me llamo… Selin —dice con voz rota. El nombre me corta la respiración. Selin. Como mi abuela. Como la Elunai. Como el origen de todo. Y recuerdo que Oz puede adoptar forma de goblin. Y Akane también. ¿Será…? ¿Puede ser…? La abrazo instintivamente. No puedo evitarlo. La niña tiembla como un animalillo acorralado. Y entonces una voz irrumpe como un trueno: —¡SELIN! ¡MUÉVETE, RATA! El propietario aparece con un cinturón enrollado en la mano. Sus ojos me recorren como si yo fuera otra de sus pertenencias. Mi visión se distorsiona. Mi corazón se enciende. Un estremecimiento me sube por la columna… y algo en mí se rompe, sin retorno. Camino hacia él. No oigo mi respiración. No oigo al mundo. Solo siento una certeza fría. El cuchillo aparece en mi mano como si siempre hubiese estado ahí. El resto es un borrón oscuro, instintivo, inevitable. Una ejecución. Una sentencia. Acabo con él sin dejar que pronuncie un segundo insulto. Y tomo la pequeña mano de Selin. —Vámonos —le digo. No pregunto. No dudo. Solo la saco de ese mundo de mierda. La llevo hasta el bosque más cercano, donde la niebla es espesa y las hojas crujen bajo nuestros pasos. Allí, por fin, ella empieza a respirar sin miedo. Pero antes de que pueda decir nada, un viento gélido rasga el silencio. Una guerrera aparece frente a nosotras. Armadura negra. Ojos rojizos. Aura del Caos tan densa que distorsiona el aire. Sus armas se levantan hacia mí. —Apártate de la niña —ordena con un tono que solo usa alguien que ha matado mil veces—. Si le haces daño, te arranco el alma. Mi sangre se hiela. Ella… es Jennifer. Mi madre. Pero joven. Feroz. Impiadosa. La Jennifer de las leyendas del Caos. Levanto una mano lentamente y dejo que mi aura se libere. La luna, el Caos, Elunai. Todo lo que soy. Ella se detiene. Sus ojos se abren con una mezcla de reconocimiento y desconcierto. La guerrera inclina la cabeza con respeto inmediato y absoluto. —Pido perdón. No sabía… —¿Quién eres? —pregunto. Ella da un paso adelante y se arrodilla, puño al suelo. —Soy Onix, general del Caos. Mano derecha de Jennifer Queen Ishtar… y ahora— Levanta la vista, seria, solemne. —al servicio de su hija: Lili. Selin se esconde detrás de mí. Onix me mira, esperando órdenes. Y yo… yo no sé si el futuro tiembla, o si es el pasado el que empieza a cambiar bajo mis pies.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷


    Cuando el blanco absoluto se disipa…
    No hay luna.
    No hay sol.
    No hay Veythra.

    Solo un olor agrio, espeso, pegado en el aire.

    Estoy frente a una taberna cochambrosa, una choza de madera hundida sobre sí misma, rodeada de barro, vómito y voces ebrias. Una farola de fuego tambalea, iluminando la escena con una luz enfermiza.

    Y entonces lo veo.

    Un hombre enorme, grasiento, con ropa mugrienta y manos ásperas—el dueño—patea sin remordimiento a su pequeña empleada:
    una niña goblina, huesuda, con mejillas salpicadas de barro y ojos grandes que no se atreven a llorar.
    Los borrachos se ríen, le tiran jarras de cerveza encima como si fuera un espectáculo.

    Un instante.
    Un latido.
    Una repulsión que me revuelve la sangre.

    No hago nada.
    Aún no.
    Solo… me giro. Me alejo.
    No sé dónde estoy. No sé quién soy aquí.

    Pero entonces, al salir por la verja desvencijada, la niña vuelve caminando hacia unas cuadras. Va a dormir en un establo.

    Me acerco con cuidado.

    —¿Dónde estamos? —pregunto.

    La goblina se encoge, temblando. Ni siquiera me mira al principio. Solo aprieta los hombros.

    —Me llamo… Selin —dice con voz rota.

    El nombre me corta la respiración.
    Selin.
    Como mi abuela.
    Como la Elunai.
    Como el origen de todo.

    Y recuerdo que Oz puede adoptar forma de goblin.
    Y Akane también.

    ¿Será…? ¿Puede ser…?

    La abrazo instintivamente. No puedo evitarlo.
    La niña tiembla como un animalillo acorralado.

    Y entonces una voz irrumpe como un trueno:

    —¡SELIN! ¡MUÉVETE, RATA!

    El propietario aparece con un cinturón enrollado en la mano.
    Sus ojos me recorren como si yo fuera otra de sus pertenencias.

    Mi visión se distorsiona.
    Mi corazón se enciende.
    Un estremecimiento me sube por la columna… y algo en mí se rompe, sin retorno.

    Camino hacia él.
    No oigo mi respiración.
    No oigo al mundo.

    Solo siento una certeza fría.

    El cuchillo aparece en mi mano como si siempre hubiese estado ahí.
    El resto es un borrón oscuro, instintivo, inevitable.
    Una ejecución.
    Una sentencia.

    Acabo con él sin dejar que pronuncie un segundo insulto.

    Y tomo la pequeña mano de Selin.

    —Vámonos —le digo.
    No pregunto. No dudo.
    Solo la saco de ese mundo de mierda.

    La llevo hasta el bosque más cercano, donde la niebla es espesa y las hojas crujen bajo nuestros pasos. Allí, por fin, ella empieza a respirar sin miedo.

    Pero antes de que pueda decir nada, un viento gélido rasga el silencio.

    Una guerrera aparece frente a nosotras.
    Armadura negra. Ojos rojizos.
    Aura del Caos tan densa que distorsiona el aire.

    Sus armas se levantan hacia mí.

    —Apártate de la niña —ordena con un tono que solo usa alguien que ha matado mil veces—. Si le haces daño, te arranco el alma.

    Mi sangre se hiela.

    Ella… es Jennifer.
    Mi madre.
    Pero joven. Feroz. Impiadosa.
    La Jennifer de las leyendas del Caos.

    Levanto una mano lentamente y dejo que mi aura se libere.
    La luna, el Caos, Elunai.
    Todo lo que soy.

    Ella se detiene.
    Sus ojos se abren con una mezcla de reconocimiento y desconcierto.

    La guerrera inclina la cabeza con respeto inmediato y absoluto.

    —Pido perdón. No sabía…
    —¿Quién eres? —pregunto.

    Ella da un paso adelante y se arrodilla, puño al suelo.

    —Soy Onix, general del Caos. Mano derecha de Jennifer Queen Ishtar… y ahora—
    Levanta la vista, seria, solemne.
    —al servicio de su hija: Lili.

    Selin se esconde detrás de mí.
    Onix me mira, esperando órdenes.
    Y yo… yo no sé si el futuro tiembla, o si es el pasado el que empieza a cambiar bajo mis pies.







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    No hay luna.
    No hay sol.
    No hay Veythra.

    Solo un olor agrio, espeso, pegado en el aire.

    Estoy frente a una taberna cochambrosa, una choza de madera hundida sobre sí misma, rodeada de barro, vómito y voces ebrias. Una farola de fuego tambalea, iluminando la escena con una luz enfermiza.

    Y entonces lo veo.

    Un hombre enorme, grasiento, con ropa mugrienta y manos ásperas—el dueño—patea sin remordimiento a su pequeña empleada:
    una niña goblina, huesuda, con mejillas salpicadas de barro y ojos grandes que no se atreven a llorar.
    Los borrachos se ríen, le tiran jarras de cerveza encima como si fuera un espectáculo.

    Un instante.
    Un latido.
    Una repulsión que me revuelve la sangre.

    No hago nada.
    Aún no.
    Solo… me giro. Me alejo.
    No sé dónde estoy. No sé quién soy aquí.

    Pero entonces, al salir por la verja desvencijada, la niña vuelve caminando hacia unas cuadras. Va a dormir en un establo.

    Me acerco con cuidado.

    —¿Dónde estamos? —pregunto.

    La goblina se encoge, temblando. Ni siquiera me mira al principio. Solo aprieta los hombros.

    —Me llamo… Selin —dice con voz rota.

    El nombre me corta la respiración.
    Selin.
    Como mi abuela.
    Como la Elunai.
    Como el origen de todo.

    Y recuerdo que Oz puede adoptar forma de goblin.
    Y Akane también.

    ¿Será…? ¿Puede ser…?

    La abrazo instintivamente. No puedo evitarlo.
    La niña tiembla como un animalillo acorralado.

    Y entonces una voz irrumpe como un trueno:

    —¡SELIN! ¡MUÉVETE, RATA!

    El propietario aparece con un cinturón enrollado en la mano.
    Sus ojos me recorren como si yo fuera otra de sus pertenencias.

    Mi visión se distorsiona.
    Mi corazón se enciende.
    Un estremecimiento me sube por la columna… y algo en mí se rompe, sin retorno.

    Camino hacia él.
    No oigo mi respiración.
    No oigo al mundo.

    Solo siento una certeza fría.

    El cuchillo aparece en mi mano como si siempre hubiese estado ahí.
    El resto es un borrón oscuro, instintivo, inevitable.
    Una ejecución.
    Una sentencia.

    Acabo con él sin dejar que pronuncie un segundo insulto.

    Y tomo la pequeña mano de Selin.

    —Vámonos —le digo.
    No pregunto. No dudo.
    Solo la saco de ese mundo de mierda.

    La llevo hasta el bosque más cercano, donde la niebla es espesa y las hojas crujen bajo nuestros pasos. Allí, por fin, ella empieza a respirar sin miedo.

    Pero antes de que pueda decir nada, un viento gélido rasga el silencio.

    Una guerrera aparece frente a nosotras.
    Armadura negra. Ojos rojizos.
    Aura del Caos tan densa que distorsiona el aire.

    Sus armas se levantan hacia mí.

    —Apártate de la niña —ordena con un tono que solo usa alguien que ha matado mil veces—. Si le haces daño, te arranco el alma.

    Mi sangre se hiela.

    Ella… es Jennifer.
    Mi madre.
    Pero joven. Feroz. Impiadosa.
    La Jennifer de las leyendas del Caos.

    Levanto una mano lentamente y dejo que mi aura se libere.
    La luna, el Caos, Elunai.
    Todo lo que soy.

    Ella se detiene.
    Sus ojos se abren con una mezcla de reconocimiento y desconcierto.

    La guerrera inclina la cabeza con respeto inmediato y absoluto.

    —Pido perdón. No sabía…
    —¿Quién eres? —pregunto.

    Ella da un paso adelante y se arrodilla, puño al suelo.

    —Soy Onix, general del Caos. Mano derecha de Jennifer Queen Ishtar… y ahora—
    Levanta la vista, seria, solemne.
    —al servicio de su hija: Lili.

    Selin se esconde detrás de mí.
    Onix me mira, esperando órdenes.
    Y yo… yo no sé si el futuro tiembla, o si es el pasado el que empieza a cambiar bajo mis pies.







    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 Cuando el blanco absoluto se disipa… No hay luna. No hay sol. No hay Veythra. Solo un olor agrio, espeso, pegado en el aire. Estoy frente a una taberna cochambrosa, una choza de madera hundida sobre sí misma, rodeada de barro, vómito y voces ebrias. Una farola de fuego tambalea, iluminando la escena con una luz enfermiza. Y entonces lo veo. Un hombre enorme, grasiento, con ropa mugrienta y manos ásperas—el dueño—patea sin remordimiento a su pequeña empleada: una niña goblina, huesuda, con mejillas salpicadas de barro y ojos grandes que no se atreven a llorar. Los borrachos se ríen, le tiran jarras de cerveza encima como si fuera un espectáculo. Un instante. Un latido. Una repulsión que me revuelve la sangre. No hago nada. Aún no. Solo… me giro. Me alejo. No sé dónde estoy. No sé quién soy aquí. Pero entonces, al salir por la verja desvencijada, la niña vuelve caminando hacia unas cuadras. Va a dormir en un establo. Me acerco con cuidado. —¿Dónde estamos? —pregunto. La goblina se encoge, temblando. Ni siquiera me mira al principio. Solo aprieta los hombros. —Me llamo… Selin —dice con voz rota. El nombre me corta la respiración. Selin. Como mi abuela. Como la Elunai. Como el origen de todo. Y recuerdo que Oz puede adoptar forma de goblin. Y Akane también. ¿Será…? ¿Puede ser…? La abrazo instintivamente. No puedo evitarlo. La niña tiembla como un animalillo acorralado. Y entonces una voz irrumpe como un trueno: —¡SELIN! ¡MUÉVETE, RATA! El propietario aparece con un cinturón enrollado en la mano. Sus ojos me recorren como si yo fuera otra de sus pertenencias. Mi visión se distorsiona. Mi corazón se enciende. Un estremecimiento me sube por la columna… y algo en mí se rompe, sin retorno. Camino hacia él. No oigo mi respiración. No oigo al mundo. Solo siento una certeza fría. El cuchillo aparece en mi mano como si siempre hubiese estado ahí. El resto es un borrón oscuro, instintivo, inevitable. Una ejecución. Una sentencia. Acabo con él sin dejar que pronuncie un segundo insulto. Y tomo la pequeña mano de Selin. —Vámonos —le digo. No pregunto. No dudo. Solo la saco de ese mundo de mierda. La llevo hasta el bosque más cercano, donde la niebla es espesa y las hojas crujen bajo nuestros pasos. Allí, por fin, ella empieza a respirar sin miedo. Pero antes de que pueda decir nada, un viento gélido rasga el silencio. Una guerrera aparece frente a nosotras. Armadura negra. Ojos rojizos. Aura del Caos tan densa que distorsiona el aire. Sus armas se levantan hacia mí. —Apártate de la niña —ordena con un tono que solo usa alguien que ha matado mil veces—. Si le haces daño, te arranco el alma. Mi sangre se hiela. Ella… es Jennifer. Mi madre. Pero joven. Feroz. Impiadosa. La Jennifer de las leyendas del Caos. Levanto una mano lentamente y dejo que mi aura se libere. La luna, el Caos, Elunai. Todo lo que soy. Ella se detiene. Sus ojos se abren con una mezcla de reconocimiento y desconcierto. La guerrera inclina la cabeza con respeto inmediato y absoluto. —Pido perdón. No sabía… —¿Quién eres? —pregunto. Ella da un paso adelante y se arrodilla, puño al suelo. —Soy Onix, general del Caos. Mano derecha de Jennifer Queen Ishtar… y ahora— Levanta la vista, seria, solemne. —al servicio de su hija: Lili. Selin se esconde detrás de mí. Onix me mira, esperando órdenes. Y yo… yo no sé si el futuro tiembla, o si es el pasado el que empieza a cambiar bajo mis pies.
    Me encocora
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    La Torre del Olvido.

    La encontré entre las ventanas. Una realidad que no debía existir, pero existe. Una madre que no partió en busca de su alma gemela.
    Una Jennifer que no olvidó… pero que tampoco recordó lo que la hacía humana.

    Al principio, gobernó con justicia, aprendió de otros reinos, mejoró el suyo., pero sin el viaje, sin el dolor, sin el amor perdido… Algo en ella quedó incompleto Y ese vacío se disfrazó de hambre, hambre por saberlo todo.

    La Torre del Conocimiento creció como una herida que no cerraba.
    Libros, esferas, memorias robadas, personas convertidas en despojos, en bestias sin alma. Todo por llenar su hambre de conocimiento.

    Y entonces llegó Ayane. La princesa que buscaba a su madre, Sasha. Jennifer al ver a Ayane quedo cautivada, fue amor a primera vista, Ayane también lo sintió. Porque el amor no entiende de realidades, ni de advertencias.

    Estuvieron juntas, rieron, compartieron noches, Ayane creyó en ella, pero un día Ayane llegó a la torre sin que Jennifer lo supiera. El aire era espeso, como si los muros respiraran. Cada paso resonaba con ecos que no eran suyos. Tenía miedo, no por lo que sabía, sino por lo que aún no había visto.

    Mientras ascendía por los pasillos de piedra, vio por primera vez a los Despojos. Hombres bestia, deformes, con cabezas de perro y ojos apagados. Algunos arrastraban piedras. Otros simplemente deambulaban. Uno de ellos murmuraba, sin rumbo:

    —Tantos esclavos… cada vez son más esclavos… ¿cuándo terminará esta maldita torre?

    Ayane se acercó. —¿Quién eres?— Preguntó con voz temblorosa.

    El hombre la miró con ojos rotos. —Fui enviado por el reino vecino. Jennifer nos invitó. Pero atrapó a todos mis soldados. No le importó que esto iniciara una guerra.

    Luego, con voz quebrada, dijo: —Antes la llamaban la hija del monstruo. Pero cuando selló a su propio padre y tomó el reino, la llamaron Jennifer la sabia… Jennifer la maga… Jennifer la encantadora. Y todo… todo para construir esta torre. Una torre tan alta que pudiera contener todos los conocimientos. Todos los secretos, todas las leyendas, todos los recuerdos. Nada iguala a su biblioteca universal.

    —Desde el ocaso de la tierra vieja— Continuó— Los pergaminos sustituyeron las tabletas de arcilla. Los libros a los pergaminos. Y ahora, las esferas mágicas a los libros. Jennifer lo quiere todo. Y cuando un reino se acerca… ya no sale.

    —Tiene miles de sortilegios. Convierte a las personas en Despojos. Les roba sus recuerdos, su pasado. Los hace olvidar quiénes fueron. Y les obliga a poner piedra tras piedra. La torre sube. Siempre más alto. Cuando Jennifer obtenga todo el conocimiento… será más poderosa que todos los dioses juntos. Los mismos dioses que su padre eliminó… uno por uno. Todo por eso. Solo por eso.

    Ayane no respondió, el hombre transformado en Despojo cerro los ojos, acepto su realidad y el pequeño brillo que poseia en sus ojos se apago y solo siguió caminando. Ayane no pudo hacer nada por el, pero luego la vio... Sasha, su madre.

    Deambulaba sin rumbo, como los demás. Pero aún conservaba su forma humana. Sus ojos estaban vacíos, pero su cuerpo no había sido deformado. Ayane corrió hacia ella. La abrazó. Sasha no respondió. Pero algo en su piel, en su calor, le dijo que aún estaba viva. Aún estaba ahí.

    Ayane lloró, y en ese momento, supo que ya no podía confiar en Jennifer. Aunque la amara, aunque su corazón se rompiera, la verdad era más fuerte que el amor. Ayane saco a su madre de esa maldita torre, le ordeno a sus soldados que la ocultaran.

    Ayane no huyó, no la enfrentó, solo esperó a que cayera la noche, y cuando compartía el lecho con Jennifer aprovecho que esta dormía y le arrancó el corazón con lágrimas, con amor, con culpa.

    Jennifer no murió pero quedó en un sueño profundo, sellada en lo más hondo de su torre. Ayane escapó con su madre y cuando pudo regresar a su tierra natal dio a luz a Yuna. unos meses despues.
    La hija que, según la profecía, será quien enfrente a Jennifer cuando despierte, tal como está enfrento a su padre Ozma.

    Y yo… yo vi todo. Desde mi sala de espejos... Desde mi rincón fuera del tiempo. Esta vez no rei, no hice bromas, solo lloré.

    Porque amo a mis madres, Jennifer y Ayane... Y aunque estas no sean las que yo conozco… El dolor es real, el amor también.

    Esta historia no es canon en mi mundo.
    Pero lo es en otro. Y en la telaraña infinita, todo lo que duele… es verdad en algún lugar.

    Bienvenido a la Telaraña de Loki. Hoy no hay juego.
    Solo memoria.
    La Torre del Olvido. La encontré entre las ventanas. Una realidad que no debía existir, pero existe. Una madre que no partió en busca de su alma gemela. Una Jennifer que no olvidó… pero que tampoco recordó lo que la hacía humana. Al principio, gobernó con justicia, aprendió de otros reinos, mejoró el suyo., pero sin el viaje, sin el dolor, sin el amor perdido… Algo en ella quedó incompleto Y ese vacío se disfrazó de hambre, hambre por saberlo todo. La Torre del Conocimiento creció como una herida que no cerraba. Libros, esferas, memorias robadas, personas convertidas en despojos, en bestias sin alma. Todo por llenar su hambre de conocimiento. Y entonces llegó Ayane. La princesa que buscaba a su madre, Sasha. Jennifer al ver a Ayane quedo cautivada, fue amor a primera vista, Ayane también lo sintió. Porque el amor no entiende de realidades, ni de advertencias. Estuvieron juntas, rieron, compartieron noches, Ayane creyó en ella, pero un día Ayane llegó a la torre sin que Jennifer lo supiera. El aire era espeso, como si los muros respiraran. Cada paso resonaba con ecos que no eran suyos. Tenía miedo, no por lo que sabía, sino por lo que aún no había visto. Mientras ascendía por los pasillos de piedra, vio por primera vez a los Despojos. Hombres bestia, deformes, con cabezas de perro y ojos apagados. Algunos arrastraban piedras. Otros simplemente deambulaban. Uno de ellos murmuraba, sin rumbo: —Tantos esclavos… cada vez son más esclavos… ¿cuándo terminará esta maldita torre? Ayane se acercó. —¿Quién eres?— Preguntó con voz temblorosa. El hombre la miró con ojos rotos. —Fui enviado por el reino vecino. Jennifer nos invitó. Pero atrapó a todos mis soldados. No le importó que esto iniciara una guerra. Luego, con voz quebrada, dijo: —Antes la llamaban la hija del monstruo. Pero cuando selló a su propio padre y tomó el reino, la llamaron Jennifer la sabia… Jennifer la maga… Jennifer la encantadora. Y todo… todo para construir esta torre. Una torre tan alta que pudiera contener todos los conocimientos. Todos los secretos, todas las leyendas, todos los recuerdos. Nada iguala a su biblioteca universal. —Desde el ocaso de la tierra vieja— Continuó— Los pergaminos sustituyeron las tabletas de arcilla. Los libros a los pergaminos. Y ahora, las esferas mágicas a los libros. Jennifer lo quiere todo. Y cuando un reino se acerca… ya no sale. —Tiene miles de sortilegios. Convierte a las personas en Despojos. Les roba sus recuerdos, su pasado. Los hace olvidar quiénes fueron. Y les obliga a poner piedra tras piedra. La torre sube. Siempre más alto. Cuando Jennifer obtenga todo el conocimiento… será más poderosa que todos los dioses juntos. Los mismos dioses que su padre eliminó… uno por uno. Todo por eso. Solo por eso. Ayane no respondió, el hombre transformado en Despojo cerro los ojos, acepto su realidad y el pequeño brillo que poseia en sus ojos se apago y solo siguió caminando. Ayane no pudo hacer nada por el, pero luego la vio... Sasha, su madre. Deambulaba sin rumbo, como los demás. Pero aún conservaba su forma humana. Sus ojos estaban vacíos, pero su cuerpo no había sido deformado. Ayane corrió hacia ella. La abrazó. Sasha no respondió. Pero algo en su piel, en su calor, le dijo que aún estaba viva. Aún estaba ahí. Ayane lloró, y en ese momento, supo que ya no podía confiar en Jennifer. Aunque la amara, aunque su corazón se rompiera, la verdad era más fuerte que el amor. Ayane saco a su madre de esa maldita torre, le ordeno a sus soldados que la ocultaran. Ayane no huyó, no la enfrentó, solo esperó a que cayera la noche, y cuando compartía el lecho con Jennifer aprovecho que esta dormía y le arrancó el corazón con lágrimas, con amor, con culpa. Jennifer no murió pero quedó en un sueño profundo, sellada en lo más hondo de su torre. Ayane escapó con su madre y cuando pudo regresar a su tierra natal dio a luz a Yuna. unos meses despues. La hija que, según la profecía, será quien enfrente a Jennifer cuando despierte, tal como está enfrento a su padre Ozma. Y yo… yo vi todo. Desde mi sala de espejos... Desde mi rincón fuera del tiempo. Esta vez no rei, no hice bromas, solo lloré. Porque amo a mis madres, Jennifer y Ayane... Y aunque estas no sean las que yo conozco… El dolor es real, el amor también. Esta historia no es canon en mi mundo. Pero lo es en otro. Y en la telaraña infinita, todo lo que duele… es verdad en algún lugar. Bienvenido a la Telaraña de Loki. Hoy no hay juego. Solo memoria.
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