• El laboratorio permanecía en silencio.
    Las luces blancas iluminaban con precisión quirúrgica las mesas metálicas, frascos sellados y dispositivos aún inactivos, dispuestos como si aguardaran ser utilizados en un orden ya calculado. El ambiente no transmitía urgencia, pero tampoco descanso. Era un espacio diseñado para esperar resultados, no personas.
    Faust se encontraba de pie junto a una de las mesas centrales, revisando datos proyectados en una pantalla translúcida. Su postura era recta, inmóvil, como si el paso del tiempo no representara una variable relevante. Cada tanto, ajustaba algún parámetro, no por necesidad inmediata, sino por previsión.
    Los cazadores aún no habían regresado.
    Sin embargo, el laboratorio ya estaba preparado para su llegada.
    Contenedores de seguridad aguardaban sellados. Instrumentos de análisis permanecían calibrados. Incluso las superficies habían sido despejadas con antelación, anticipando materiales cuya naturaleza todavía no había sido confirmada.

    Faust levantó la mirada brevemente hacia la entrada.
    —“La demora se mantiene dentro del margen aceptable.”

    No había impaciencia en su voz.
    Solo constatación.
    Cualquiera que fuera el resultado de la misión —restos, muestras, fragmentos o información incompleta—, el laboratorio estaba listo para recibirlo. Y Faust también.
    Las pruebas no determinarían únicamente la naturaleza de la anomalía.
    También revelarían qué tan precisas habían sido las suposiciones previas.
    El procedimiento aguardaba.
    El análisis, inevitablemente, comenzaría en cuanto los datos llegaran.
    Rhett Zakharov Tobıαs Novαkovıc Veythra Lili Queen Ishtar Zagreo the Dark Demon Greek Mitology
    El laboratorio permanecía en silencio. Las luces blancas iluminaban con precisión quirúrgica las mesas metálicas, frascos sellados y dispositivos aún inactivos, dispuestos como si aguardaran ser utilizados en un orden ya calculado. El ambiente no transmitía urgencia, pero tampoco descanso. Era un espacio diseñado para esperar resultados, no personas. Faust se encontraba de pie junto a una de las mesas centrales, revisando datos proyectados en una pantalla translúcida. Su postura era recta, inmóvil, como si el paso del tiempo no representara una variable relevante. Cada tanto, ajustaba algún parámetro, no por necesidad inmediata, sino por previsión. Los cazadores aún no habían regresado. Sin embargo, el laboratorio ya estaba preparado para su llegada. Contenedores de seguridad aguardaban sellados. Instrumentos de análisis permanecían calibrados. Incluso las superficies habían sido despejadas con antelación, anticipando materiales cuya naturaleza todavía no había sido confirmada. Faust levantó la mirada brevemente hacia la entrada. —“La demora se mantiene dentro del margen aceptable.” No había impaciencia en su voz. Solo constatación. Cualquiera que fuera el resultado de la misión —restos, muestras, fragmentos o información incompleta—, el laboratorio estaba listo para recibirlo. Y Faust también. Las pruebas no determinarían únicamente la naturaleza de la anomalía. También revelarían qué tan precisas habían sido las suposiciones previas. El procedimiento aguardaba. El análisis, inevitablemente, comenzaría en cuanto los datos llegaran. [theannoyingcriminal75] [phantasm_winter] [Lili.Queen] [Dark_Demon]
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  • Se había levantado temprano aquella mañana, apenas cuando el día empezaba. Se había cambiado, puesto su uniforme, y tomando su espada que colocó en la funda de su cintura, fue directo hacia los campos de entrenamiento.

    El lugar estaba vacío, como no podía ser de otra manera. Pero no necesitaba de la compañía de nadie.
    Observó su muñeca una vez más, aún la ausencia de la aureola de Adán... ¿Entonces no había sido un sueño? Esperaba que no, pero no iba a distraerse con eso, comenzando a entrenar. Desplegando sus alas y alzando el vuelo rápidamente. Debía entrenar... Debía ser fuerte y estar lista si iba a bajar de nuevo al infierno a exterminar hasta la última alma viviente
    Se había levantado temprano aquella mañana, apenas cuando el día empezaba. Se había cambiado, puesto su uniforme, y tomando su espada que colocó en la funda de su cintura, fue directo hacia los campos de entrenamiento. El lugar estaba vacío, como no podía ser de otra manera. Pero no necesitaba de la compañía de nadie. Observó su muñeca una vez más, aún la ausencia de la aureola de Adán... ¿Entonces no había sido un sueño? Esperaba que no, pero no iba a distraerse con eso, comenzando a entrenar. Desplegando sus alas y alzando el vuelo rápidamente. Debía entrenar... Debía ser fuerte y estar lista si iba a bajar de nuevo al infierno a exterminar hasta la última alma viviente
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Y quién me diría que me enamoraría de un guardaespaldas.. volvería a pagar por cada vez que quiera repetir nuestra historia ♥
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    La hija del presidente, Irina, queda bajo la estricta protección de Jacob, un militar y guardaespaldas frío, disciplinado e implacable, al que ella apoda “estatua” por su falta de emociones aparentes. Desde el principio su relación es tensa: Irina ansía libertad y se rebela constantemente, mientras que Jacob, atado por su deber profesional y por el chantaje del presidente —que amenaza con destruir su carrera si algo le ocurre a su hija—, no puede permitirse ceder. Durante más de un año viven un continuo tira y afloja: ella lo manipula para escaparse, él quiere creerla y dejarla vivir, pero siempre termina encontrándola y trayéndola de vuelta.

    Con el tiempo, esa convivencia forzada va transformándose. Empiezan a verse con otros ojos, a respetarse y a comprenderse. Jacob no solo la protege físicamente, sino que también empieza a hacerlo emocionalmente, enfrentándose incluso al cruel y manipulador padre de Irina, aunque eso implique amenazas directas hacia él. Lo que comienza como una obligación se convierte en una relación prohibida, intensa y secreta.

    En Navidad, Jacob consigue que el presidente permita que Irina se vaya unos días con la princesa de Noruega, aunque en realidad ambos se esconden juntos en un barco para vivir su relación lejos de miradas y controles. Sin embargo, la frágil calma se rompe cuando una noticia sacude el mundo: el padre de Irina ha capturado a otro presidente, rompiendo tratados de paz y provocando una grave crisis internacional. La brutalidad de su padre despierta en Irina un profundo miedo y un estado de disociación; su fachada fuerte se quiebra y deja ver el trauma que arrastra desde siempre.

    Ante el peligro real de represalias, secuestros o incluso el inicio de una guerra, Jacob actúa con rapidez y sangre fría. Desconecta dispositivos, evita comunicaciones rastreables y decide trasladarla a un piso franco, donde ambos podrán desaparecer temporalmente y mantenerse a salvo. Allí, aislados del mundo, seguirán juntos sin saber cuánto tiempo durará el encierro, aunque todo apunta a que será más de un mes.

    En medio del caos político y la amenaza constante del padre, Irina se refugia en Jacob, temblando y llorando por el miedo acumulado, por su madre y por el futuro incierto. Él, firme pero protector, se convierte en su único ancla. Lo que empezó como una misión obligatoria termina siendo una convivencia forzada, peligrosa y profundamente íntima, donde ambos descubren que, incluso en medio del miedo y la guerra, su vínculo es lo único real y seguro que les queda.
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  • La hija del presidente, Irina, queda bajo la estricta protección de Jacob, un militar y guardaespaldas frío, disciplinado e implacable, al que ella apoda “estatua” por su falta de emociones aparentes. Desde el principio su relación es tensa: Irina ansía libertad y se rebela constantemente, mientras que Jacob, atado por su deber profesional y por el chantaje del presidente —que amenaza con destruir su carrera si algo le ocurre a su hija—, no puede permitirse ceder. Durante más de un año viven un continuo tira y afloja: ella lo manipula para escaparse, él quiere creerla y dejarla vivir, pero siempre termina encontrándola y trayéndola de vuelta.

    Con el tiempo, esa convivencia forzada va transformándose. Empiezan a verse con otros ojos, a respetarse y a comprenderse. Jacob no solo la protege físicamente, sino que también empieza a hacerlo emocionalmente, enfrentándose incluso al cruel y manipulador padre de Irina, aunque eso implique amenazas directas hacia él. Lo que comienza como una obligación se convierte en una relación prohibida, intensa y secreta.

    En Navidad, Jacob consigue que el presidente permita que Irina se vaya unos días con la princesa de Noruega, aunque en realidad ambos se esconden juntos en un barco para vivir su relación lejos de miradas y controles. Sin embargo, la frágil calma se rompe cuando una noticia sacude el mundo: el padre de Irina ha capturado a otro presidente, rompiendo tratados de paz y provocando una grave crisis internacional. La brutalidad de su padre despierta en Irina un profundo miedo y un estado de disociación; su fachada fuerte se quiebra y deja ver el trauma que arrastra desde siempre.

    Ante el peligro real de represalias, secuestros o incluso el inicio de una guerra, Jacob actúa con rapidez y sangre fría. Desconecta dispositivos, evita comunicaciones rastreables y decide trasladarla a un piso franco, donde ambos podrán desaparecer temporalmente y mantenerse a salvo. Allí, aislados del mundo, seguirán juntos sin saber cuánto tiempo durará el encierro, aunque todo apunta a que será más de un mes.

    En medio del caos político y la amenaza constante del padre, Irina se refugia en Jacob, temblando y llorando por el miedo acumulado, por su madre y por el futuro incierto. Él, firme pero protector, se convierte en su único ancla. Lo que empezó como una misión obligatoria termina siendo una convivencia forzada, peligrosa y profundamente íntima, donde ambos descubren que, incluso en medio del miedo y la guerra, su vínculo es lo único real y seguro que les queda.
    La hija del presidente, Irina, queda bajo la estricta protección de Jacob, un militar y guardaespaldas frío, disciplinado e implacable, al que ella apoda “estatua” por su falta de emociones aparentes. Desde el principio su relación es tensa: Irina ansía libertad y se rebela constantemente, mientras que Jacob, atado por su deber profesional y por el chantaje del presidente —que amenaza con destruir su carrera si algo le ocurre a su hija—, no puede permitirse ceder. Durante más de un año viven un continuo tira y afloja: ella lo manipula para escaparse, él quiere creerla y dejarla vivir, pero siempre termina encontrándola y trayéndola de vuelta. Con el tiempo, esa convivencia forzada va transformándose. Empiezan a verse con otros ojos, a respetarse y a comprenderse. Jacob no solo la protege físicamente, sino que también empieza a hacerlo emocionalmente, enfrentándose incluso al cruel y manipulador padre de Irina, aunque eso implique amenazas directas hacia él. Lo que comienza como una obligación se convierte en una relación prohibida, intensa y secreta. En Navidad, Jacob consigue que el presidente permita que Irina se vaya unos días con la princesa de Noruega, aunque en realidad ambos se esconden juntos en un barco para vivir su relación lejos de miradas y controles. Sin embargo, la frágil calma se rompe cuando una noticia sacude el mundo: el padre de Irina ha capturado a otro presidente, rompiendo tratados de paz y provocando una grave crisis internacional. La brutalidad de su padre despierta en Irina un profundo miedo y un estado de disociación; su fachada fuerte se quiebra y deja ver el trauma que arrastra desde siempre. Ante el peligro real de represalias, secuestros o incluso el inicio de una guerra, Jacob actúa con rapidez y sangre fría. Desconecta dispositivos, evita comunicaciones rastreables y decide trasladarla a un piso franco, donde ambos podrán desaparecer temporalmente y mantenerse a salvo. Allí, aislados del mundo, seguirán juntos sin saber cuánto tiempo durará el encierro, aunque todo apunta a que será más de un mes. En medio del caos político y la amenaza constante del padre, Irina se refugia en Jacob, temblando y llorando por el miedo acumulado, por su madre y por el futuro incierto. Él, firme pero protector, se convierte en su único ancla. Lo que empezó como una misión obligatoria termina siendo una convivencia forzada, peligrosa y profundamente íntima, donde ambos descubren que, incluso en medio del miedo y la guerra, su vínculo es lo único real y seguro que les queda.
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  • Su mirada fija en su muñeca dorada, ortopédica, fijando su atención en una decoración que hasta hacía no mucho había portado pero que ahora misteriosamente había desaparecido; la aureola de Adán. Estaba segura, recordaba perfectamente, cómo aquel día que lo dió por muerto había tomado aquel halo de su cabeza antes de dar la orden de retirada al resto de exterminadoras. Un halo que hasta entonces había adornado su muñeca como un recordatorio constante de su ausencia en el que había buscado consuelo incontables veces al tocarlo cuando su corazón dolía demasiado.

    ¿Adán tendría razón? ¿Sería acaso que todo había sido una pesadilla? Sin embargo, allí estaba la prueba de la batalla en su brazo faltante. La pelea que había tenido lugar en el hotel de la princesita infernal y que le había arrancado una extremidad a manos de su patética novia.
    Además, estaba su pesar que era tan real como la vida misma pues jamás podría olvidar el momento cuando, sosteniéndolo en brazos, Adán se desvaneció frente a ella tan solo sonriéndole una última vez antes de cerrar sus ojos. Había visto su sangre dorada y se había manchado con ella. Sera también había admitido su muerte tras poner al inútil de su hijo en su lugar... Uno que parecía haber invocado. Pues, sin ver el camino por el que iba, acabó por chocar contra alguien, levantando la mirada con ceño fruncido.

    — Ugh... —

    Fue lo primero que soltó, su rostro denotando irritación al ver que, precisamente, se trataba de 𝑨𝒃𝒆𝒍 𝑨𝒅𝒂𝒏𝒔 𝑺𝒆𝒄𝒐𝒏𝒅 𝑺𝒐𝒏 , a su lado, un desconocido que no reconoció (Maximilian ).
    Lo único que impidió que se cruzara de brazos con espada erguida era que, en su única mano buena, aún llevaba su espada. Así que, limitándose a chasquear la lengua continuó su camino no sin antes golpearlo con el hombro de forma deliberada.

    — No molestes, inútil —

    Siseó por lo bajo al pasar por su lado, por supuesto, ignorando de forma adrede al otro ángel que no reconoció
    Su mirada fija en su muñeca dorada, ortopédica, fijando su atención en una decoración que hasta hacía no mucho había portado pero que ahora misteriosamente había desaparecido; la aureola de Adán. Estaba segura, recordaba perfectamente, cómo aquel día que lo dió por muerto había tomado aquel halo de su cabeza antes de dar la orden de retirada al resto de exterminadoras. Un halo que hasta entonces había adornado su muñeca como un recordatorio constante de su ausencia en el que había buscado consuelo incontables veces al tocarlo cuando su corazón dolía demasiado. ¿Adán tendría razón? ¿Sería acaso que todo había sido una pesadilla? Sin embargo, allí estaba la prueba de la batalla en su brazo faltante. La pelea que había tenido lugar en el hotel de la princesita infernal y que le había arrancado una extremidad a manos de su patética novia. Además, estaba su pesar que era tan real como la vida misma pues jamás podría olvidar el momento cuando, sosteniéndolo en brazos, Adán se desvaneció frente a ella tan solo sonriéndole una última vez antes de cerrar sus ojos. Había visto su sangre dorada y se había manchado con ella. Sera también había admitido su muerte tras poner al inútil de su hijo en su lugar... Uno que parecía haber invocado. Pues, sin ver el camino por el que iba, acabó por chocar contra alguien, levantando la mirada con ceño fruncido. — Ugh... — Fue lo primero que soltó, su rostro denotando irritación al ver que, precisamente, se trataba de [Adans_Least_Favorite_Son], a su lado, un desconocido que no reconoció ([Maxi8]). Lo único que impidió que se cruzara de brazos con espada erguida era que, en su única mano buena, aún llevaba su espada. Así que, limitándose a chasquear la lengua continuó su camino no sin antes golpearlo con el hombro de forma deliberada. — No molestes, inútil — Siseó por lo bajo al pasar por su lado, por supuesto, ignorando de forma adrede al otro ángel que no reconoció
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  • Disputa familiar
    Fandom OC
    Categoría Suspenso
    Lyra Velvetthorn

    Una invitación había sido entregada...

    Era una noche fría pero de cielo despejado, la luna llena se alzaba en el cielo nocturno, proyectando su luz sobre el lugar que Morana había elegido para la reunión.

    Morana se encontraba lejos de la ciudad, en un lugar que era desconocido para cualquiera que no fuera un conocido cercano suyo. Era una catedral de arquitectura gótica, un estilo que siempre fue del gusto de Morana. La luz lunar entraba a través de los vitrales, permitiendo ver sus patrones con más claridad...

    Un hombre rubio siendo enviado a la pira... Una mujer de mirada plateada observando en la distancia... La misma mujer alzando una espada... Una cruz ornamentada siendo partida...

    Narraban una historia; su historia.

    Era un lugar sagrado, uno de los pocos lugares que se mantuvieron en pie tras la guerra del siglo XIV, un lugar construido con la sangre y el sudor de aquellos que en su momento sirvieron a Morana.

    La catedral había sido un punto de encuentro recurrente para Morana, y hoy la usaría una vez más para hablar con su nuera. Un tema importante acontecía, su ahijado le había comentado ciertos... Detalles sobre la vampira, y pensó que podría sacar partido de la situación...

    ¿Será que al fin encontraría diversión en la monotonía de su vida?¿Sería la vampira lo suficientemente audaz como para evitar los juegos mentales de Morana? Habría que verlo.

    Mientras Morana se encontraba en su asiento, esperaba a que la contraria se hiciera presente, era cuestión de tiempo que apareciera...
    [Bloody_Doll] Una invitación había sido entregada... Era una noche fría pero de cielo despejado, la luna llena se alzaba en el cielo nocturno, proyectando su luz sobre el lugar que Morana había elegido para la reunión. Morana se encontraba lejos de la ciudad, en un lugar que era desconocido para cualquiera que no fuera un conocido cercano suyo. Era una catedral de arquitectura gótica, un estilo que siempre fue del gusto de Morana. La luz lunar entraba a través de los vitrales, permitiendo ver sus patrones con más claridad... Un hombre rubio siendo enviado a la pira... Una mujer de mirada plateada observando en la distancia... La misma mujer alzando una espada... Una cruz ornamentada siendo partida... Narraban una historia; su historia. Era un lugar sagrado, uno de los pocos lugares que se mantuvieron en pie tras la guerra del siglo XIV, un lugar construido con la sangre y el sudor de aquellos que en su momento sirvieron a Morana. La catedral había sido un punto de encuentro recurrente para Morana, y hoy la usaría una vez más para hablar con su nuera. Un tema importante acontecía, su ahijado le había comentado ciertos... Detalles sobre la vampira, y pensó que podría sacar partido de la situación... ¿Será que al fin encontraría diversión en la monotonía de su vida?¿Sería la vampira lo suficientemente audaz como para evitar los juegos mentales de Morana? Habría que verlo. Mientras Morana se encontraba en su asiento, esperaba a que la contraria se hiciera presente, era cuestión de tiempo que apareciera...
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  • ────Cuidado, Gorgona. Si sigues golpeando de esa forma tan bruta, terminarás partiendo la forja en dos –le advertí a Ferrus.

    Ella resopló. No levantó la vista para mirarme, y contrario a lo que le dije, comenzó a golpear el metal con más fuerza de la necesaria. La base sólida sobre la que trabajábamos fue sabia y supo absorber sus brutales impactos. Poco refinados, como era su costumbre. Me irritaba cuando hacía eso.

    ────El metal no necesita halagos –gruñó absorta en su labor–. Necesita disciplina. Aguantar.

    ────Claro que sí –respondí, ladeando la cabeza. A diferencia suya, cada impacto de mi martillo sobre el bloque era preciso, exacto. Tomé el metal con las pinzas, me calentó el rostro al alzarlo frente a mí–. El metal de este no solo será certero en combate, despertará admiración en cualquiera que vea quién lo está portando.

    ────Un arma no es un accesorio de belleza. –replicó. Hizo un ademán despectivo, ceñuda, como si hubiera desafiado cualquier lógica existente. Por fin me miraba–Además, ¿qué es esa cosa?

    Abrí los ojos, exageradamente ofendida.

    ────Que comentario tan cruel. «Esa cosa», como tú lo llamas, no solo será hermoso, será devastador con quién se interponga en su camino en la Gran Cruzada.

    Ferrus negó con la cabeza y retomó su trabajo. Jamás se lo dije, pero era adorable cuando lograba sacarla de sus casillas. Su ceja espesa dramatizaba sus gestos, el color le trepaba por el cuello y un brote de manchas rojas le salpicaba el rostro severo. Parecía una fresa fresca salida de los jardines de Iax. Solo que si yo le hincaba el diente, lo que explotaría no sería precisamente un sabor que se quedaría impreso en mi boca.

    ────Si se rompe en batalla, no vengas llorando.

    ────Si se rompe –sonreí–, será porque la galaxia no estaba preparada para él. Y tú sabes bien que, para cualquier cosa que pase en mis manos, eso es... imposible.

    Fui infantil en ese instante y le sacudí de lado a lado el bloque incandescente junto a ella. Solo con Ferrus me permitía bromear de esa forma. El metal emitió un leve zumbido. Casi un ronroneo de un felino peludo.

    ────¿Ves? Le agradas. Pero... –hice una pausa y miré el bloque como si fuera mi mayor confidente– yo te agrado más, ¿verdad?

    ────Cersei, estoy a punto de arrojar a tu amiguito a la lava, como sigas así.

    ────Una amenaza vacía. No lo admites, pero puedes observar la calidad y la perfección con la que esta arma se está forjando. Te conozco, Ferrus, y sé que nunca dejarías salir de tu forja una pieza tan bien trabajada sin terminar.

    Su columna permaneció quieta por un momento. La siguiente sucesión de golpes sobre el yunque confirmó mis sospechas. Ella nunca permitiría que se corriera la voz de que un trabajo mal hecho había salido del calor de su forja.

    ────Haces demasiadas bromas –gruñó. Más golpes brutales se precipitaron sobre el metal, este se desplegó como un pergamino antiguo sobre nuestro espacio de trabajo. Lo que estaba creando sería una espada–. Hablas mucho y trabajas tan poco.

    Le sonreí, dejé mis herramientas a un lado y me senté en el borde del área de trabajo. El sudor me resbalaba por la piel como una película líquida de la que quería deshacerme con el vapor de una ducha caliente.

    ────Porque eres aburrida hasta la muerte.

    ────Idiota.

    ────Una idiota perfecta –la corregí–. Y tú una herrera cabeza dura... con gran talento.

    Levanté una ceja cuando me observó de reojo. Yo no exageraba; no era un elogio dicho a la ligera, jamás lo eran. Ferrus era una herrera excepcional, nadie superaba su destreza en el arte de la forja. Ningunas manos podrían igualarla, ni replicar nada de lo que ella era capaz de hacer. Y aún así allí estaba yo, aceptando aquel desafío, apunto de descubrir quién de las dos sería capaz de crear el arma perfecta. La respetaba.

    Entonces la vi. Justo debajo de su mejilla, se dibujó una sonrisa. La primera en aquellas interminables horas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos dentro de esa forja, trabajando hombro con hombro, rodeadas por el incesante golpear de los martillos, intercambiando insultos y bromas sanas que nos lanzábamos mutuamente. El metal siseó al enfriarse, hasta que su brillo se apagó.

    Esos largos días dieron dos frutos. Yo forjé un martillo de guerra, recio y de peso formidable. En la cabeza tenía esculpida una gloriosa águila, su pico se alzaba amenazante, marcando el punto de impacto, capaz de someter a una montaña. Lo llamé Rompeforjas.

    Ferrus, en cambio, fabricó una espada dorada que ardía permanentemente, conteniendo en su hoja afilada el calor de la forja. Su nombre era Filo de Fuego.

    Me quedé sin palabras al observar su creación en sus manos. Filo de Fuego era imponente, pensé en las tantas formas con las que se podría bailar con ella en el campo de batalla; perforando el acero y cauterizando heridas al mismo tiempo que las trazaba sobre la piel. Bajé a Rompeforjas y mi frente ante la Gorgona. Admití mi derrota, su espada era mejor que mi martillo.

    Y para mi sorpresa, ella hizo exactamente mismo.

    Intercambiamos nuestras armas; yo me quedé con la espada, y ella con el martillo. La forja no solo moldeó a nuestras creaciones, también una amistad que creíamos eterna. Hasta que el destino la puso a prueba de la peor forma posible.

    Y... esa fue toda la historia. ¿Quieres más vino de la victoria? Yo sí. Aún conserva ese sabor añejado que Eidolon le dio al barril. Sería una descortesía desperdiciarlo. Mi garganta está seca.
    ────Cuidado, Gorgona. Si sigues golpeando de esa forma tan bruta, terminarás partiendo la forja en dos –le advertí a Ferrus. Ella resopló. No levantó la vista para mirarme, y contrario a lo que le dije, comenzó a golpear el metal con más fuerza de la necesaria. La base sólida sobre la que trabajábamos fue sabia y supo absorber sus brutales impactos. Poco refinados, como era su costumbre. Me irritaba cuando hacía eso. ────El metal no necesita halagos –gruñó absorta en su labor–. Necesita disciplina. Aguantar. ────Claro que sí –respondí, ladeando la cabeza. A diferencia suya, cada impacto de mi martillo sobre el bloque era preciso, exacto. Tomé el metal con las pinzas, me calentó el rostro al alzarlo frente a mí–. El metal de este no solo será certero en combate, despertará admiración en cualquiera que vea quién lo está portando. ────Un arma no es un accesorio de belleza. –replicó. Hizo un ademán despectivo, ceñuda, como si hubiera desafiado cualquier lógica existente. Por fin me miraba–Además, ¿qué es esa cosa? Abrí los ojos, exageradamente ofendida. ────Que comentario tan cruel. «Esa cosa», como tú lo llamas, no solo será hermoso, será devastador con quién se interponga en su camino en la Gran Cruzada. Ferrus negó con la cabeza y retomó su trabajo. Jamás se lo dije, pero era adorable cuando lograba sacarla de sus casillas. Su ceja espesa dramatizaba sus gestos, el color le trepaba por el cuello y un brote de manchas rojas le salpicaba el rostro severo. Parecía una fresa fresca salida de los jardines de Iax. Solo que si yo le hincaba el diente, lo que explotaría no sería precisamente un sabor que se quedaría impreso en mi boca. ────Si se rompe en batalla, no vengas llorando. ────Si se rompe –sonreí–, será porque la galaxia no estaba preparada para él. Y tú sabes bien que, para cualquier cosa que pase en mis manos, eso es... imposible. Fui infantil en ese instante y le sacudí de lado a lado el bloque incandescente junto a ella. Solo con Ferrus me permitía bromear de esa forma. El metal emitió un leve zumbido. Casi un ronroneo de un felino peludo. ────¿Ves? Le agradas. Pero... –hice una pausa y miré el bloque como si fuera mi mayor confidente– yo te agrado más, ¿verdad? ────Cersei, estoy a punto de arrojar a tu amiguito a la lava, como sigas así. ────Una amenaza vacía. No lo admites, pero puedes observar la calidad y la perfección con la que esta arma se está forjando. Te conozco, Ferrus, y sé que nunca dejarías salir de tu forja una pieza tan bien trabajada sin terminar. Su columna permaneció quieta por un momento. La siguiente sucesión de golpes sobre el yunque confirmó mis sospechas. Ella nunca permitiría que se corriera la voz de que un trabajo mal hecho había salido del calor de su forja. ────Haces demasiadas bromas –gruñó. Más golpes brutales se precipitaron sobre el metal, este se desplegó como un pergamino antiguo sobre nuestro espacio de trabajo. Lo que estaba creando sería una espada–. Hablas mucho y trabajas tan poco. Le sonreí, dejé mis herramientas a un lado y me senté en el borde del área de trabajo. El sudor me resbalaba por la piel como una película líquida de la que quería deshacerme con el vapor de una ducha caliente. ────Porque eres aburrida hasta la muerte. ────Idiota. ────Una idiota perfecta –la corregí–. Y tú una herrera cabeza dura... con gran talento. Levanté una ceja cuando me observó de reojo. Yo no exageraba; no era un elogio dicho a la ligera, jamás lo eran. Ferrus era una herrera excepcional, nadie superaba su destreza en el arte de la forja. Ningunas manos podrían igualarla, ni replicar nada de lo que ella era capaz de hacer. Y aún así allí estaba yo, aceptando aquel desafío, apunto de descubrir quién de las dos sería capaz de crear el arma perfecta. La respetaba. Entonces la vi. Justo debajo de su mejilla, se dibujó una sonrisa. La primera en aquellas interminables horas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos dentro de esa forja, trabajando hombro con hombro, rodeadas por el incesante golpear de los martillos, intercambiando insultos y bromas sanas que nos lanzábamos mutuamente. El metal siseó al enfriarse, hasta que su brillo se apagó. Esos largos días dieron dos frutos. Yo forjé un martillo de guerra, recio y de peso formidable. En la cabeza tenía esculpida una gloriosa águila, su pico se alzaba amenazante, marcando el punto de impacto, capaz de someter a una montaña. Lo llamé Rompeforjas. Ferrus, en cambio, fabricó una espada dorada que ardía permanentemente, conteniendo en su hoja afilada el calor de la forja. Su nombre era Filo de Fuego. Me quedé sin palabras al observar su creación en sus manos. Filo de Fuego era imponente, pensé en las tantas formas con las que se podría bailar con ella en el campo de batalla; perforando el acero y cauterizando heridas al mismo tiempo que las trazaba sobre la piel. Bajé a Rompeforjas y mi frente ante la Gorgona. Admití mi derrota, su espada era mejor que mi martillo. Y para mi sorpresa, ella hizo exactamente mismo. Intercambiamos nuestras armas; yo me quedé con la espada, y ella con el martillo. La forja no solo moldeó a nuestras creaciones, también una amistad que creíamos eterna. Hasta que el destino la puso a prueba de la peor forma posible. Y... esa fue toda la historia. ¿Quieres más vino de la victoria? Yo sí. Aún conserva ese sabor añejado que Eidolon le dio al barril. Sería una descortesía desperdiciarlo. Mi garganta está seca.
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  • Se había levantado y de muy mal humor aquel día. ¿Y cómo no hacerlo? Nadie en el cielo parecía reparar en la muerte de Adán... ¿Es que siquiera a alguien le importaba? No se trataba de alguien cualquiera... ¡Y su muerte no era un detalle menor!

    Su cabello despeinado, incluso parecía haber un rastro de lágrimas ya secas en sus ojos mientras caminaba casi en pisotones por las calles de la ciudad celestial, sin importarle cuando chocó a un ángel. Por supuesto, ni siquiera se disculpó.
    Su mano se apretó con más fuerza alrededor del mango de una espada que parecía no querer soltar últimamente. Su mirada cada vez más oscura... Bajaría. Bajaría al infierno y le haría ver a cada pecador pero, sobretodo a esa princesita, lo que ocurría cuando se metían con el cielo. Y ningún redimido iba a cambiar eso.

    A sus oídos de repente llegó una voz, conocida, dolorosa para su pecho pero que la hizo detener su andar en seco.

    — ¿Adán?... —

    Debía estar alucinando, debía estar imaginandoselo de nuevo. Sacudiendo su cabeza pero por inercia comenzando a caminar con paso apresurado, casi corriendo cuando creyó volver a oír su voz. Empujó a algunos ángeles en su apuro y no le importó, no cuando la visión le llegó.
    Deteniendo su andar de repente, el estridente sonido metálico de su espada resonó cuando se soltó de su mano abruptamente. Sus ojos abiertos de par en par con expresión perpleja cuando se encontró con Adán allí parado; vivo.
    Su labio inferior tembló un momento y su mirada se volvió acuosa.

    — ¡¡Adán!! —

    Gritó antes de salir corriendo donde él, abrazándolo con fuerza sin dudar un momento
    Se había levantado y de muy mal humor aquel día. ¿Y cómo no hacerlo? Nadie en el cielo parecía reparar en la muerte de Adán... ¿Es que siquiera a alguien le importaba? No se trataba de alguien cualquiera... ¡Y su muerte no era un detalle menor! Su cabello despeinado, incluso parecía haber un rastro de lágrimas ya secas en sus ojos mientras caminaba casi en pisotones por las calles de la ciudad celestial, sin importarle cuando chocó a un ángel. Por supuesto, ni siquiera se disculpó. Su mano se apretó con más fuerza alrededor del mango de una espada que parecía no querer soltar últimamente. Su mirada cada vez más oscura... Bajaría. Bajaría al infierno y le haría ver a cada pecador pero, sobretodo a esa princesita, lo que ocurría cuando se metían con el cielo. Y ningún redimido iba a cambiar eso. A sus oídos de repente llegó una voz, conocida, dolorosa para su pecho pero que la hizo detener su andar en seco. — ¿Adán?... — Debía estar alucinando, debía estar imaginandoselo de nuevo. Sacudiendo su cabeza pero por inercia comenzando a caminar con paso apresurado, casi corriendo cuando creyó volver a oír su voz. Empujó a algunos ángeles en su apuro y no le importó, no cuando la visión le llegó. Deteniendo su andar de repente, el estridente sonido metálico de su espada resonó cuando se soltó de su mano abruptamente. Sus ojos abiertos de par en par con expresión perpleja cuando se encontró con [D1ckM4ster] allí parado; vivo. Su labio inferior tembló un momento y su mirada se volvió acuosa. — ¡¡Adán!! — Gritó antes de salir corriendo donde él, abrazándolo con fuerza sin dudar un momento
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  • Joder… qué hora es…

    -Se incorpora despacio, sentado al borde de la cama, frotándose la nuca con una mano mientras busca a tientas el paquete de caramelos de limón en la mesita. Mete uno en la boca, chupándolo con calma mientras mira alrededor con cara de sueño, el pelo revuelto y la voz ronca apenas audible.-

    Si alguien espera que sea persona antes del primer café… va listo.
    Joder… qué hora es… -Se incorpora despacio, sentado al borde de la cama, frotándose la nuca con una mano mientras busca a tientas el paquete de caramelos de limón en la mesita. Mete uno en la boca, chupándolo con calma mientras mira alrededor con cara de sueño, el pelo revuelto y la voz ronca apenas audible.- Si alguien espera que sea persona antes del primer café… va listo.
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  • 𝄫 "𝑰 𝒄𝒂𝒏 𝒔𝒆𝒆 𝒚𝒐𝒖'𝒓𝒆 𝒔𝒂𝒅, 𝒆𝒗𝒆𝒏 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒎𝒊𝒍𝒆, 𝒆𝒗𝒆𝒏 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒚𝒐𝒖 𝒍𝒂𝒖𝒈𝒉"

    Lo sabía notar, incluso en los días en que Sarah sonreía un poco más de la cuenta. Todo parecía ensayado. Fingía, y lo hacía con una delicadeza que casi dolía más que la tristeza abierta.

    No quería estar todo el tiempo tras ella, no quería cuidarla como cuando era una niña y él vigilaba cada detalle, cada silencio. Sabía que insistir ahora sería invadirla. Sarah necesitaba esa soledad para recomponerse. Ya no era tan sencillo como secar sus lágrimas, alzarla, prometer que todo iba a estar bien y esperar a que su llanto se desvanezca para comprarle algo dulce que alivie su dolor.

    Cada día la veía subir a su habitación, paso a paso, refugiándose en el trabajo, como si mantenerse ocupada pudiera contener la tristeza. Él se quedaba abajo, sin moverse, respetando esa distancia que le dolía aceptar, pero que sabía —era necesaria—

    Desde el pie de la escalera, sin subir, dio un paso atrás. No la siguió.

    ──── ¿Podemos hablar un momento, cuando estés lista? —su voz era firme pero suave—. Quiero ayudarte. Si tan solo me dijeras qué pasa...

    Luego guardó silencio, dejándole el espacio que necesitaba, aun cuando cada parte de él quisiera hacer lo contrario. —Esto no se mencionaba en el manual de ser padre—. No existen manuales. Cada uno debe ir aprendiendo y actuar correctamente.
    𝄫 "𝑰 𝒄𝒂𝒏 𝒔𝒆𝒆 𝒚𝒐𝒖'𝒓𝒆 𝒔𝒂𝒅, 𝒆𝒗𝒆𝒏 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒚𝒐𝒖 𝒔𝒎𝒊𝒍𝒆, 𝒆𝒗𝒆𝒏 𝒘𝒉𝒆𝒏 𝒚𝒐𝒖 𝒍𝒂𝒖𝒈𝒉" Lo sabía notar, incluso en los días en que Sarah sonreía un poco más de la cuenta. Todo parecía ensayado. Fingía, y lo hacía con una delicadeza que casi dolía más que la tristeza abierta. No quería estar todo el tiempo tras ella, no quería cuidarla como cuando era una niña y él vigilaba cada detalle, cada silencio. Sabía que insistir ahora sería invadirla. Sarah necesitaba esa soledad para recomponerse. Ya no era tan sencillo como secar sus lágrimas, alzarla, prometer que todo iba a estar bien y esperar a que su llanto se desvanezca para comprarle algo dulce que alivie su dolor. Cada día la veía subir a su habitación, paso a paso, refugiándose en el trabajo, como si mantenerse ocupada pudiera contener la tristeza. Él se quedaba abajo, sin moverse, respetando esa distancia que le dolía aceptar, pero que sabía —era necesaria— Desde el pie de la escalera, sin subir, dio un paso atrás. No la siguió. ──── ¿Podemos hablar un momento, cuando estés lista? —su voz era firme pero suave—. Quiero ayudarte. Si tan solo me dijeras qué pasa... Luego guardó silencio, dejándole el espacio que necesitaba, aun cuando cada parte de él quisiera hacer lo contrario. —Esto no se mencionaba en el manual de ser padre—. No existen manuales. Cada uno debe ir aprendiendo y actuar correctamente.
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