• El cocinero se relajaba en el puerto, observando las olas y gaviotas. El humo y olor a tabaco se esparcia difuminandose entre las brisas.
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  • 𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝑆𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒 𝑉𝑖𝑒𝑗𝑎 𝑦 𝑁𝑢𝑒𝑣𝑎.

    Ya habían pasado casi cincuenta años desde aquella mañana en que tenía catorce y vi morir a toda mi familia. Cincuenta años de batallas, de heridas que cerraban solas, de despertar entre cadáveres mientras otros se pudrían a mi lado. Para entonces todos los que alguna vez me conocieron ya sabían lo que era, el inmortal, el maldito. El que la muerte escupía una y otra vez.

    Esa noche lo intentaron de verdad. Habíamos tomado la catedral dos días antes. Mis hombres, en ese entonces, un ejército harapiento de doscientos veteranos que me habían seguido durante la última guerra civil, acamparon entre los escombros. Yo entré solo a las criptas, como siempre. Salí cubierto de más sangre. Cuando me vieron, ya no había disimulo en sus ojos.

    El capitán Draven, que había luchado a mi lado durante quince años, fue el primero en hablar claro alrededor de la hoguera.

    "Mientras tú sigas vivo, nosotros nunca tendremos paz. Los sacerdotes dicen que eres una aberración. Que mientras camines, la maldición cae sobre todos los que te seguimos. Tenemos que acabar con esto."

    No discutí. Solo me quedé mirando las llamas. Esa misma noche vinieron por mí, cien hombres, todo un pelotón. Los que más me debían la vida fueron los que más afilaron sus cuchillos. Me despertaron con acero, una espada en la garganta, tres lanzas en el pecho, antorchas prendiendo mi capa. Sentí cómo me cortaban, me atravesaban, me quemaban. El dolor era el de siempre, profundo, interminable, caí y morí otra vez.

    Y desperté, Estaba en medio del patio principal de la catedral, rodeado de ruinas blancas ahora teñidas de rojo. Mi armadura negra estaba abollada y rota en mil lugares, pero mi cuerpo ya se había recompuesto. La capa roja y chamuscada, colgaba pesada, empapada, chorreando. Mi espada, simple y mellada por décadas de uso, yacía a unos metros, ma recogí. Ellos me miraron horrorizados, cien hombres armados, con lanzas, espadas y ballestas, retrocediendo como si yo fuera el demonio que creían.

    Draven gritó, "¡Matadlo otra vez! ¡Tiene que morir de verdad!"

    Cargaron. Fue una carnicería que duró toda la noche. Yo solo contra cien, no pedí piedad, ni di tregua. Cada vez que me derribaban, me levantaba minutos después. Cada vez que me abrían el vientre o me partían el cráneo, volvía a ponerme de pie. Corté gargantas, atravesé corazones, rompí rodillas. La sangre de mis antiguos hermanos salpicaba las paredes blancas de la catedral y se mezclaba con la mía.

    Al amanecer solo quedaban unos pocos vivos, retrocediendo entre los escombros. Draven estaba de rodillas frente a mí, con el brazo izquierdo colgando de un hilo y los ojos llenos de terror.

    "Perdónanos..." susurró.

    No respondí. Solo limpié mi espada en su capa y lo dejé allí, vivo, para que cargara con lo que había hecho.
    𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝑆𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒 𝑉𝑖𝑒𝑗𝑎 𝑦 𝑁𝑢𝑒𝑣𝑎. Ya habían pasado casi cincuenta años desde aquella mañana en que tenía catorce y vi morir a toda mi familia. Cincuenta años de batallas, de heridas que cerraban solas, de despertar entre cadáveres mientras otros se pudrían a mi lado. Para entonces todos los que alguna vez me conocieron ya sabían lo que era, el inmortal, el maldito. El que la muerte escupía una y otra vez. Esa noche lo intentaron de verdad. Habíamos tomado la catedral dos días antes. Mis hombres, en ese entonces, un ejército harapiento de doscientos veteranos que me habían seguido durante la última guerra civil, acamparon entre los escombros. Yo entré solo a las criptas, como siempre. Salí cubierto de más sangre. Cuando me vieron, ya no había disimulo en sus ojos. El capitán Draven, que había luchado a mi lado durante quince años, fue el primero en hablar claro alrededor de la hoguera. "Mientras tú sigas vivo, nosotros nunca tendremos paz. Los sacerdotes dicen que eres una aberración. Que mientras camines, la maldición cae sobre todos los que te seguimos. Tenemos que acabar con esto." No discutí. Solo me quedé mirando las llamas. Esa misma noche vinieron por mí, cien hombres, todo un pelotón. Los que más me debían la vida fueron los que más afilaron sus cuchillos. Me despertaron con acero, una espada en la garganta, tres lanzas en el pecho, antorchas prendiendo mi capa. Sentí cómo me cortaban, me atravesaban, me quemaban. El dolor era el de siempre, profundo, interminable, caí y morí otra vez. Y desperté, Estaba en medio del patio principal de la catedral, rodeado de ruinas blancas ahora teñidas de rojo. Mi armadura negra estaba abollada y rota en mil lugares, pero mi cuerpo ya se había recompuesto. La capa roja y chamuscada, colgaba pesada, empapada, chorreando. Mi espada, simple y mellada por décadas de uso, yacía a unos metros, ma recogí. Ellos me miraron horrorizados, cien hombres armados, con lanzas, espadas y ballestas, retrocediendo como si yo fuera el demonio que creían. Draven gritó, "¡Matadlo otra vez! ¡Tiene que morir de verdad!" Cargaron. Fue una carnicería que duró toda la noche. Yo solo contra cien, no pedí piedad, ni di tregua. Cada vez que me derribaban, me levantaba minutos después. Cada vez que me abrían el vientre o me partían el cráneo, volvía a ponerme de pie. Corté gargantas, atravesé corazones, rompí rodillas. La sangre de mis antiguos hermanos salpicaba las paredes blancas de la catedral y se mezclaba con la mía. Al amanecer solo quedaban unos pocos vivos, retrocediendo entre los escombros. Draven estaba de rodillas frente a mí, con el brazo izquierdo colgando de un hilo y los ojos llenos de terror. "Perdónanos..." susurró. No respondí. Solo limpié mi espada en su capa y lo dejé allí, vivo, para que cargara con lo que había hecho.
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  • Bianca Auditore Shane Miller

    *Un día cualquiera en el Regimiento Militar, la Teniente se trajo consigo misma a las jóvenes Bianca Auditore y Shane Miller. Mientras el General John Wilstermann estaba dando un discurso a los demás soldados, la Teniente se trajo a las jóvenes a su despacho personal para hablar con ellas.*
    [Freaky_Ghost_Ovni_531] [ShaneMiller2000] *Un día cualquiera en el Regimiento Militar, la Teniente se trajo consigo misma a las jóvenes Bianca Auditore y Shane Miller. Mientras el General John Wilstermann estaba dando un discurso a los demás soldados, la Teniente se trajo a las jóvenes a su despacho personal para hablar con ellas.*
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • † 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓 𝖕𝖆𝖗𝖙𝖓𝖊𝖗 †
    Categoría Terror
    El silencio sepulcral inundaba las salas, como si se tratase de una maldición, pero la bruja disfrutaba la soledad de su hogar, el gran caserón que parecía eterno, pasillos largos, amplios y llenos de habitaciones que tal vez nunca habían tenido dueño, pero existían; habitaciones con el propósito de llenarlas de vida. La reina anterior del aquelarre, la madre de Catherine, siempre quiso tener muchos hijos. Pero un parto como el que ella tuvo le secó la matriz. Ni un hijo más podría nacer de ella, pues la parte demoníaca de Cath le arrancó cada vestigio de nueva vida, su egoísmo existía desde que ella era del tamaño de un haba.

    No había manera entonces de que esa casa tuviera tantas brujas como en su momento deseó ella. Cuando se hizo del aquelarre, todas las brujas incluyéndola, llegaron a un acuerdo, cada luna llena iban a reunirse, el árbol gigantesco en el bosque de la Luna era el lugar de reunión, a la vista el trono de madera de la Reina bruja. Así que... El silencio siempre era el acompañante de Catherine, pero a veces... Ciertas veces... Necesitaba sentir que alguien le escuchaba. No necesitaba consejo, una bruja como ella no.

    En una de esas tantas noches de insomnio, donde las sombras de los que se ha llevado danzaban alrededor de su cama, la vela revelaba sus formas sobre la pared, ansiosos de ser notados por su ama. ¿Debería hacer que una sombra sea su acompañante? No, una sombra no... Las sombras son sus esclavos. Las sombras aprenden a torturar, a guiar a los demás a la locura. No hablan, no gritan, solo danzan hasta que la persona no puede resistir y su esencia viene a Cath, su nueva dueña.

    Necesitaba a alguien inteligente, que pudiera hacer todo tipo de cosas... Alguien con voz. Un humano adulador no iba a servir. Sabía ahora lo que tenía que hacer, una hija de la unión de la noche tenía que poseer a alguien que pudiera con todo lo que Catherine representaba.

    — 𝖀𝖓 𝖉𝖊𝖒𝖔𝖓𝖎𝖔... 𝕹𝖔. 𝖀𝖓𝖆 𝖉𝖊𝖒𝖔𝖓𝖎𝖔. —

    En el infierno las clasificaciones eran estúpidas y la mayoría no tenía género, pero ella no podía confiarle su espalda a algo que pudiera mínimamente ser hombre, masculino, agh.

    Movió la diestra para hacer que las sombras se fueran, el espectáculo terminó. Se levantó en su perfecta desnudez a su área de trabajo. Dibujó un círculo en el suelo con pintura roja, conocía el ritual de invocación muy bien, alguna vez trajo algo horrores Elritch, usó su propia sangre para invocar eso que ella tanto deseaba, aunque al principio quisiera ocultarlo. El sacrificio era la sangre demoníaca con humana, su deseo de una compañía apta para ella, para la bruja más fuerte.

    — 𝖁𝖊𝖓 𝖆 𝖒í, 𝖕𝖊𝖖𝖚𝖊ñ𝖆. 𝖁𝖊𝖓 𝖆 𝖙𝖔𝖒𝖆𝖗 𝖙𝖚 𝖑𝖚𝖌𝖆𝖗 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖒𝖎 𝖆𝖈𝖔𝖒𝖕𝖆ñ𝖆𝖓𝖙𝖊. —
    El silencio sepulcral inundaba las salas, como si se tratase de una maldición, pero la bruja disfrutaba la soledad de su hogar, el gran caserón que parecía eterno, pasillos largos, amplios y llenos de habitaciones que tal vez nunca habían tenido dueño, pero existían; habitaciones con el propósito de llenarlas de vida. La reina anterior del aquelarre, la madre de Catherine, siempre quiso tener muchos hijos. Pero un parto como el que ella tuvo le secó la matriz. Ni un hijo más podría nacer de ella, pues la parte demoníaca de Cath le arrancó cada vestigio de nueva vida, su egoísmo existía desde que ella era del tamaño de un haba. No había manera entonces de que esa casa tuviera tantas brujas como en su momento deseó ella. Cuando se hizo del aquelarre, todas las brujas incluyéndola, llegaron a un acuerdo, cada luna llena iban a reunirse, el árbol gigantesco en el bosque de la Luna era el lugar de reunión, a la vista el trono de madera de la Reina bruja. Así que... El silencio siempre era el acompañante de Catherine, pero a veces... Ciertas veces... Necesitaba sentir que alguien le escuchaba. No necesitaba consejo, una bruja como ella no. En una de esas tantas noches de insomnio, donde las sombras de los que se ha llevado danzaban alrededor de su cama, la vela revelaba sus formas sobre la pared, ansiosos de ser notados por su ama. ¿Debería hacer que una sombra sea su acompañante? No, una sombra no... Las sombras son sus esclavos. Las sombras aprenden a torturar, a guiar a los demás a la locura. No hablan, no gritan, solo danzan hasta que la persona no puede resistir y su esencia viene a Cath, su nueva dueña. Necesitaba a alguien inteligente, que pudiera hacer todo tipo de cosas... Alguien con voz. Un humano adulador no iba a servir. Sabía ahora lo que tenía que hacer, una hija de la unión de la noche tenía que poseer a alguien que pudiera con todo lo que Catherine representaba. — 𝖀𝖓 𝖉𝖊𝖒𝖔𝖓𝖎𝖔... 𝕹𝖔. 𝖀𝖓𝖆 𝖉𝖊𝖒𝖔𝖓𝖎𝖔. — En el infierno las clasificaciones eran estúpidas y la mayoría no tenía género, pero ella no podía confiarle su espalda a algo que pudiera mínimamente ser hombre, masculino, agh. Movió la diestra para hacer que las sombras se fueran, el espectáculo terminó. Se levantó en su perfecta desnudez a su área de trabajo. Dibujó un círculo en el suelo con pintura roja, conocía el ritual de invocación muy bien, alguna vez trajo algo horrores Elritch, usó su propia sangre para invocar eso que ella tanto deseaba, aunque al principio quisiera ocultarlo. El sacrificio era la sangre demoníaca con humana, su deseo de una compañía apta para ella, para la bruja más fuerte. — 𝖁𝖊𝖓 𝖆 𝖒í, 𝖕𝖊𝖖𝖚𝖊ñ𝖆. 𝖁𝖊𝖓 𝖆 𝖙𝖔𝖒𝖆𝖗 𝖙𝖚 𝖑𝖚𝖌𝖆𝖗 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖒𝖎 𝖆𝖈𝖔𝖒𝖕𝖆ñ𝖆𝖓𝖙𝖊. —
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  • •el general se encontraba en lo profundo del bosque luchando contra un grupo de 200 soldados enviados a exterminarlo, este no tardo en eliminar a la mayoría sin esfuerzo y en ese momento llego el comandante a atacar con su gran espada pero este la detuvo usando la muñeca-

    Jajajaja
    Buen intento cariño pero vas a necesitar más que una espada para vencerme, además, ¿Te doy una recomendación? La próxima asegúrate de traer a un ejército completo porque esto ni me hizo sudar

    •el general utilizo su mano como si fuera una espada para arrojar un corte hacia el aire, parecía que no había hecho nada pero de repente el cuerpo del comandante de esos soldados se partió a la mitad•

    Muy bien sigan acercándose ¿Quien es el siguiente?
    •el general se encontraba en lo profundo del bosque luchando contra un grupo de 200 soldados enviados a exterminarlo, este no tardo en eliminar a la mayoría sin esfuerzo y en ese momento llego el comandante a atacar con su gran espada pero este la detuvo usando la muñeca- Jajajaja Buen intento cariño pero vas a necesitar más que una espada para vencerme, además, ¿Te doy una recomendación? La próxima asegúrate de traer a un ejército completo porque esto ni me hizo sudar •el general utilizo su mano como si fuera una espada para arrojar un corte hacia el aire, parecía que no había hecho nada pero de repente el cuerpo del comandante de esos soldados se partió a la mitad• Muy bien sigan acercándose ¿Quien es el siguiente?
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    Si tienes algún problema conmigo dímelo a la cara y no a las espaldas, como hacen las ratas
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  • ---

    Sagrada rosa de textiles, inusual como ninguna que haya conocido:
    Son el tañido de las campanas que brotan en tus cosenos;
    los abren el espacio de unos labios que anhelan la geografía de tus eras;
    el solsticio de tus níveos espejismos,
    como se cuenta un encuentro, que ya no es anhelo, si no el efecto de las mariposas;
    de astros de dulzura,
    de vías lácteas a la inversa,
    de galaxias que no cesan.

    Y entonces se aman con delineados y goteos de naranjas,
    de agua miel y paraíso.

    Oh, de encontrarnos, madre de nocturna alada,
    Tú y tan sólo tú, vivirías en un castillo en el cielo,
    como una virgen de ébano; de marfil edificado.
    Desde la tierra de sidéreos amores y los océanos de tinta;
    que nos envuelven y nos engañan con los hechizos del amor.

    Con un dios en tus laureles y amatistas engarzado en los cabellos,
    que son ríos de rosáceas salinas,
    piedras que arrojan desde las nubes en un enjambre;
    de solícitas cosas, como nadas, nadie y mañanas.
    perdurables en un tiempo y espacio conocido.

    Su presencia engaña a mi realidad,
    ella es inocencia merecida;
    realidad sumida en los volcanes de la ensoñación,
    y entreveo la madera que engloba la hoguera de mi corazón;
    con el motivo de nombrarme como un arar de secuencias;
    de pócimas, de amor tenue, como un roble de mareas,
    que se encandila al vislumbrar;
    las puestas de doble sol, de doble luna, de doble estrellas.

    Ah, como un principio y fin de sigilos y finales en los que no hay fin,
    si no el sino de un principio.

    Oh, acúsame de herirte el corazón con este amor que no concibo,
    no es deseo lo que siento; sino una marea que te nombra;
    con el destino en los labios, como un anhelo de arte.
    Pero me hinco y pido por esta alma de un Dios que pelea por mí,
    y no me marcho.
    No para alejarme, si no acércame más a ti.

    Oh, en donde no hay llanto, ni dolor, si no la resurrección de todos los ponientes;
    de este umbral de mundos de muros solitarios;
    en los que germinaban las rosas más gloriosas;
    en las que tú y tan sólo tú;
    hurtaste la que fuera mi corazón.

    Y desde ese momento;
    nos convertimos en un solo ser vestido,
    con el maná y la ilusión de nuestros dioses.
    Que no tienen fin sino principio.
    Ya encontrados como los que son vestidos, en lo que se cante y en el cómo son adorados.
    Los terrenos de un cielo sin nombre, en el que tu nombre;
    ya es uno con la verdad del universo.
    --- Sagrada rosa de textiles, inusual como ninguna que haya conocido: Son el tañido de las campanas que brotan en tus cosenos; los abren el espacio de unos labios que anhelan la geografía de tus eras; el solsticio de tus níveos espejismos, como se cuenta un encuentro, que ya no es anhelo, si no el efecto de las mariposas; de astros de dulzura, de vías lácteas a la inversa, de galaxias que no cesan. Y entonces se aman con delineados y goteos de naranjas, de agua miel y paraíso. Oh, de encontrarnos, madre de nocturna alada, Tú y tan sólo tú, vivirías en un castillo en el cielo, como una virgen de ébano; de marfil edificado. Desde la tierra de sidéreos amores y los océanos de tinta; que nos envuelven y nos engañan con los hechizos del amor. Con un dios en tus laureles y amatistas engarzado en los cabellos, que son ríos de rosáceas salinas, piedras que arrojan desde las nubes en un enjambre; de solícitas cosas, como nadas, nadie y mañanas. perdurables en un tiempo y espacio conocido. Su presencia engaña a mi realidad, ella es inocencia merecida; realidad sumida en los volcanes de la ensoñación, y entreveo la madera que engloba la hoguera de mi corazón; con el motivo de nombrarme como un arar de secuencias; de pócimas, de amor tenue, como un roble de mareas, que se encandila al vislumbrar; las puestas de doble sol, de doble luna, de doble estrellas. Ah, como un principio y fin de sigilos y finales en los que no hay fin, si no el sino de un principio. Oh, acúsame de herirte el corazón con este amor que no concibo, no es deseo lo que siento; sino una marea que te nombra; con el destino en los labios, como un anhelo de arte. Pero me hinco y pido por esta alma de un Dios que pelea por mí, y no me marcho. No para alejarme, si no acércame más a ti. Oh, en donde no hay llanto, ni dolor, si no la resurrección de todos los ponientes; de este umbral de mundos de muros solitarios; en los que germinaban las rosas más gloriosas; en las que tú y tan sólo tú; hurtaste la que fuera mi corazón. Y desde ese momento; nos convertimos en un solo ser vestido, con el maná y la ilusión de nuestros dioses. Que no tienen fin sino principio. Ya encontrados como los que son vestidos, en lo que se cante y en el cómo son adorados. Los terrenos de un cielo sin nombre, en el que tu nombre; ya es uno con la verdad del universo.
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  • ────────────────── 𝕾𝖔𝖗𝖔𝖗 𝕸𝖔𝖗𝖙𝖎𝖘.
    Categoría Terror
    [https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ
    TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)]
    .


    Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer.
    Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces.

    Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario.
    No había luz dentro.
    Y aun así… alguien estaba cantando.

    Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna.

    Odette empujó las puertas lentamente.
    El olor la recibió primero:
    Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición.

    La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración.

    Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía.
    Parecían fieles rezando en silencio.

    Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado.
    Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas.

    Odette permaneció en silencio.
    Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar.

    La canción continuaba.
    Más suave. Más cerca.

    Odette alzó la lámpara.

    Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo.

    Odette avanzó un paso.

    El canto se detuvo.
    Y la mujer habló sin girarse

    —Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos.

    Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí...

    La mujer soltó una risa baja. Siniestra.

    Entonces se giró lentamente.
    Lo que sostenía entre los brazos no era un niño.
    Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya.

    Pero lo peor...
    Era que el cadáver aún respiraba.
    Lento. Como un debil silbido.

    Odette no mostró horror. Solo cansancio.

    Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras.
    Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella.

    La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca.

    —Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti.

    —"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla.

    Pero algo la inquietó.

    Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
    [https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)] . ༒ Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer. Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces. Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario. No había luz dentro. Y aun así… alguien estaba cantando. Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna. Odette empujó las puertas lentamente. El olor la recibió primero: Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición. La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración. Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía. Parecían fieles rezando en silencio. Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado. Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas. Odette permaneció en silencio. Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar. La canción continuaba. Más suave. Más cerca. Odette alzó la lámpara. Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo. Odette avanzó un paso. El canto se detuvo. Y la mujer habló sin girarse —Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos. Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí... La mujer soltó una risa baja. Siniestra. Entonces se giró lentamente. Lo que sostenía entre los brazos no era un niño. Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya. Pero lo peor... Era que el cadáver aún respiraba. Lento. Como un debil silbido. Odette no mostró horror. Solo cansancio. Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras. Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella. La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca. —Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti. —"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla. Pero algo la inquietó. Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
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  • — Auch....

    Aun le dolía la cabeza luego de dejar que usarán a Chroma como una bala de un cañón para tener un abordaje exitoso contra la galera enemiga, atravesando el vacío del espacio, la gruesa capa de metal y aterrizar con una ira incontenible por ser usado de esa manera, dejando ningún sobreviviente en el interior de la nave, excepto maquinistas y los no armados.
    — Auch.... Aun le dolía la cabeza luego de dejar que usarán a Chroma como una bala de un cañón para tener un abordaje exitoso contra la galera enemiga, atravesando el vacío del espacio, la gruesa capa de metal y aterrizar con una ira incontenible por ser usado de esa manera, dejando ningún sobreviviente en el interior de la nave, excepto maquinistas y los no armados.
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