• Algo que escribi hace no mucho.
    ¡Fue inspiración pura!
    Claro aún le faltan muchos más detalles pero no he podido sentarme bien a terminarlo.

    :Borrado en 12 horas:
    Quizá menos.


    "El Primer Trono y el Escriba del Destino
    Sobre el primer trono, el hilo dorado y el terciopelo oscuro visten a las estrellas como colgantes, mientras el manto de la noche se despliega como una prenda infinita. No hay vacío alguno donde la luz cubre los horizontes, asemejando los pliegues de un libro con letras de marfil que narran la historia del comienzo: el génesis de la creación. La mano del firmamento escribe con pluma de mármol sobre el océano de páginas del primer libro. No existe mancha ni mal venidero; solo impera la pureza del paraíso inmaculado, donde el oro traza estelas brillantes. El mar, a sus pies, refleja el atrio del cielo que cobija la creación, permitiendo que la luz del único sol esboce un sentimiento de limerencia.
    Los pilares de mármol se alzan hasta perderse de vista, sosteniendo la bóveda celeste mientras entrelazan el día y la noche a un ritmo pausado. En cada columna se perciben las vidas pasar, pero la eternidad no se inmuta ante los incontables párrafos escritos. Entre ellos, la tela ondea con el viento, dejando oír susurros de risas y llantos: ecos y estruendos de tiempos por venir. El tiempo no detiene su marcha; mueve las manecillas de péndulos y campanas que hacen resonar la vacuidad. Mientras tanto, las montañas alcanzan cimas inalcanzables hasta rozar los astros, y las aves surcan las nubes sin temor, coronándose reinas del cielo.
    La Tierra descansa sobre un pedestal en el corazón del cosmos, pues es el hogar del trono; una morada gentil que orbita al unísono del compás universal. Cada órbita danza en armonía; cada nota y cada silencio se distribuyen en líneas paralelas, vibraciones que asemejan versos escritos sobre seda.
    Cada noche, los montículos de arena son recorridos por viejos fantasmas. Llevan sobre sus espaldas estrellas antiguas en camino a ser reparadas. Las entregan a herreros cuyas manos operan hileras industriales de engranes y válvulas de vapor, moviendo martillos de ébano y oro. El golpe de la forja resuena hasta que cada estrella recupera su fulgor; entonces, son liberadas para flotar de nuevo en el firmamento, reuniéndose para contar nuevas historias.
    La Primera Entidad se dibuja entre seda y piedra, con una corona de oro a su espalda y grandes alas cuyo plumaje está adornado con hojas de borde dorado. En ellas, los versos se escriben con tinta negra y cursiva delicada. Sin necesidad de apoyo, la entidad se alza sobre el mar; su estola apenas roza la superficie, creando con su reflejo el tiempo y el destino. En su mano diestra reposa un mecanismo de esferas metálicas en rotación perpetua, el ciclo sin fin de la vida y la muerte, la creación y la destrucción. En la zurda sostiene un libro cuyas hojas se desprenden sin caer al agua; se elevan para integrarse al plumaje de sus alas. Se escucha un canto profundo cuando una hoja se desprende —un funeral para una historia terminada—, pero al elevarse, las notas se transforman en alegría y brío. Las esferas doradas resplandecen entonces con una iridiscencia solar, dando la bienvenida a las nuevas almas.
    Se susurra que, en ocasiones, esta entidad deja su corona de lado para sostener un libro con ambas manos, volcando toda su atención en una historia única. El tiempo se vuelve efímero mientras lee. Bajo ella, el mar se concentra en un solo punto, creando ondas perfectamente concéntricas. La luz de su corona se torna sutil, tenue, como quien busca una claridad que reconforte. Entonces, cruza las piernas, y continúa su lectura en un silencio sagrado. Al terminar, en un parpadeo, recupera su postura original, dejando en el misterio el destino de aquel libro. De su pluma también brotan cambios: ligeras desviaciones, un tropiezo, un desliz verbal; cambios imperceptibles que alteran el rumbo del destino según su criterio. Es un determinismo que no busca anular el libre albedrío, sino guiar las piezas para que el alma no caiga en desgracia. No es malo intervenir si se muestra luz para que cada uno tome el camino que le corresponde. Acto y consecuencia: un puente entre el día y la noche.
    Sin embargo, el tiempo transcurre y el cambio se vuelve imperativo. Lo que fue puro se mancha con cicatrices de dolor y pena. Las canciones pierden el tono; el cosmos se dilata y los compases chocan entre sí, creando una disonancia insoportable. Las hojas de las alas se marchitan y se pierden en la nada. El vacío consume el trono desde dentro. Las estrellas, en una indiferencia indigna, se distancian hasta que la entidad apenas puede divisarlas. El peso de la existencia desgarra su vestidura y sus alas se corroen; los fragmentos caen al abismo para ser devorados por el olvido. Una a una, las plumas caen hasta que de sus alas solo quedan ramas secas, como un árbol viejo. El brillo se esfuma. De la entidad solo queda un esqueleto inerte que alguna vez habitó la existencia. Queda suspendida en la penumbra, rodeada de cenizas y de historias olvidadas.
    Silencio absoluto. Ya no hay nada."
    Algo que escribi hace no mucho. ¡Fue inspiración pura! Claro aún le faltan muchos más detalles pero no he podido sentarme bien a terminarlo. :Borrado en 12 horas: Quizá menos. "El Primer Trono y el Escriba del Destino Sobre el primer trono, el hilo dorado y el terciopelo oscuro visten a las estrellas como colgantes, mientras el manto de la noche se despliega como una prenda infinita. No hay vacío alguno donde la luz cubre los horizontes, asemejando los pliegues de un libro con letras de marfil que narran la historia del comienzo: el génesis de la creación. La mano del firmamento escribe con pluma de mármol sobre el océano de páginas del primer libro. No existe mancha ni mal venidero; solo impera la pureza del paraíso inmaculado, donde el oro traza estelas brillantes. El mar, a sus pies, refleja el atrio del cielo que cobija la creación, permitiendo que la luz del único sol esboce un sentimiento de limerencia. Los pilares de mármol se alzan hasta perderse de vista, sosteniendo la bóveda celeste mientras entrelazan el día y la noche a un ritmo pausado. En cada columna se perciben las vidas pasar, pero la eternidad no se inmuta ante los incontables párrafos escritos. Entre ellos, la tela ondea con el viento, dejando oír susurros de risas y llantos: ecos y estruendos de tiempos por venir. El tiempo no detiene su marcha; mueve las manecillas de péndulos y campanas que hacen resonar la vacuidad. Mientras tanto, las montañas alcanzan cimas inalcanzables hasta rozar los astros, y las aves surcan las nubes sin temor, coronándose reinas del cielo. La Tierra descansa sobre un pedestal en el corazón del cosmos, pues es el hogar del trono; una morada gentil que orbita al unísono del compás universal. Cada órbita danza en armonía; cada nota y cada silencio se distribuyen en líneas paralelas, vibraciones que asemejan versos escritos sobre seda. Cada noche, los montículos de arena son recorridos por viejos fantasmas. Llevan sobre sus espaldas estrellas antiguas en camino a ser reparadas. Las entregan a herreros cuyas manos operan hileras industriales de engranes y válvulas de vapor, moviendo martillos de ébano y oro. El golpe de la forja resuena hasta que cada estrella recupera su fulgor; entonces, son liberadas para flotar de nuevo en el firmamento, reuniéndose para contar nuevas historias. La Primera Entidad se dibuja entre seda y piedra, con una corona de oro a su espalda y grandes alas cuyo plumaje está adornado con hojas de borde dorado. En ellas, los versos se escriben con tinta negra y cursiva delicada. Sin necesidad de apoyo, la entidad se alza sobre el mar; su estola apenas roza la superficie, creando con su reflejo el tiempo y el destino. En su mano diestra reposa un mecanismo de esferas metálicas en rotación perpetua, el ciclo sin fin de la vida y la muerte, la creación y la destrucción. En la zurda sostiene un libro cuyas hojas se desprenden sin caer al agua; se elevan para integrarse al plumaje de sus alas. Se escucha un canto profundo cuando una hoja se desprende —un funeral para una historia terminada—, pero al elevarse, las notas se transforman en alegría y brío. Las esferas doradas resplandecen entonces con una iridiscencia solar, dando la bienvenida a las nuevas almas. Se susurra que, en ocasiones, esta entidad deja su corona de lado para sostener un libro con ambas manos, volcando toda su atención en una historia única. El tiempo se vuelve efímero mientras lee. Bajo ella, el mar se concentra en un solo punto, creando ondas perfectamente concéntricas. La luz de su corona se torna sutil, tenue, como quien busca una claridad que reconforte. Entonces, cruza las piernas, y continúa su lectura en un silencio sagrado. Al terminar, en un parpadeo, recupera su postura original, dejando en el misterio el destino de aquel libro. De su pluma también brotan cambios: ligeras desviaciones, un tropiezo, un desliz verbal; cambios imperceptibles que alteran el rumbo del destino según su criterio. Es un determinismo que no busca anular el libre albedrío, sino guiar las piezas para que el alma no caiga en desgracia. No es malo intervenir si se muestra luz para que cada uno tome el camino que le corresponde. Acto y consecuencia: un puente entre el día y la noche. Sin embargo, el tiempo transcurre y el cambio se vuelve imperativo. Lo que fue puro se mancha con cicatrices de dolor y pena. Las canciones pierden el tono; el cosmos se dilata y los compases chocan entre sí, creando una disonancia insoportable. Las hojas de las alas se marchitan y se pierden en la nada. El vacío consume el trono desde dentro. Las estrellas, en una indiferencia indigna, se distancian hasta que la entidad apenas puede divisarlas. El peso de la existencia desgarra su vestidura y sus alas se corroen; los fragmentos caen al abismo para ser devorados por el olvido. Una a una, las plumas caen hasta que de sus alas solo quedan ramas secas, como un árbol viejo. El brillo se esfuma. De la entidad solo queda un esqueleto inerte que alguna vez habitó la existencia. Queda suspendida en la penumbra, rodeada de cenizas y de historias olvidadas. Silencio absoluto. Ya no hay nada."
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    El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio.

    —La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas?

    Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero.

    —No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo.
    Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba.

    —Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido.

    Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra.

    —Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme.

    Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible.

    —Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas.

    Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
    El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio. —La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas? Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero. —No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo. Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba. —Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido. Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra. —Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme. Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible. —Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas. Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
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  • ¿𝐀𝐦𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐨 𝐄𝐬𝐩𝐞𝐣𝐨? 𝐂ó𝐦𝐨 𝐃𝐞𝐭𝐞𝐜𝐭𝐚𝐫 𝐚𝐥 "𝐍𝐚𝐫𝐜𝐢𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐁𝐨𝐥𝐬𝐢𝐥𝐥𝐨" 𝐀𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐏𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐓𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨 𝐲 𝐮𝐧 𝐓𝐫𝐨𝐜𝐢𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐂𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧

    ¡Hola, mis reinas de la jungla!

    Hablemos de nosotras. Somos inteligentes, intuitivas y manejamos nuestra vida como queremos, pero, a la hora de elegir un compañero, podemos parecer colegialas deslumbradas por un truco de magia barato. No te castigues, nadie nace con un manual bajo el brazo, pero tampoco hace falta que te rompan el corazón para aprender a no tropezar con la misma piedra.

    Atenta, que aquí te enseño el truco para que no te den gato por liebre.

    Seguro te suena esta escena: conoces a un tipo que te bombardea con palabras bonitas. Te dice que eres "distinta", que "nunca había conocido a alguien como tú", "es tan fácil hablar contigo". Suena bien, ¿verdad? Música para tus oídos. Pero aquí está el detalle: él habla, te busca y se muestra accesible, pero sus conversaciones siempre girar alrededor de un único tópico: él mismo.

    Sus historias, su vida, sus dramas. Tú escuchas y escuchas, esperando que en algún momento lance una pregunta que demuestre que le interesa saber quién eres tú realmente, lo que quieres, lo que necesitas, pero esa pregunta nunca llega. No hay curiosidad, solo un bucle donde él es el protagonista y tú eres el público que aplaude.

    ¿El diagnóstico? No le gustas tú; le gusta cómo se siente cuando está contigo. Le encanta tu atención, tu validación y el espacio que llenas en su ego. Básicamente, eres el escenario para su propio lucimiento y le daría exactamente igual obtener ese combustible de ti o de cualquier otra que esté dispuesta a escucharle.

    Por eso sientes ese "ruido" interno. Hay atracción, sí, pero no hay conexión. Te sientes vista, pero no comprendida, y te queda ese sabor amargo al volver a casa.

    Reina, mi consejo es simple: Si él no invierte en ti, tú no inviertes en él. No permitas que una sanguijuela emocional drene tu energía a cambio de migajas de galantería barata. ¡A correr, que para escuchar monólogos ya está el teatro!

    𝘣𝘺 𝘋𝘳. 𝘓𝘰𝘷𝘦
    ¿𝐀𝐦𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐨 𝐄𝐬𝐩𝐞𝐣𝐨? 𝐂ó𝐦𝐨 𝐃𝐞𝐭𝐞𝐜𝐭𝐚𝐫 𝐚𝐥 "𝐍𝐚𝐫𝐜𝐢𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐁𝐨𝐥𝐬𝐢𝐥𝐥𝐨" 𝐀𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐏𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐓𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨 𝐲 𝐮𝐧 𝐓𝐫𝐨𝐜𝐢𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐂𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧 ¡Hola, mis reinas de la jungla! Hablemos de nosotras. Somos inteligentes, intuitivas y manejamos nuestra vida como queremos, pero, a la hora de elegir un compañero, podemos parecer colegialas deslumbradas por un truco de magia barato. No te castigues, nadie nace con un manual bajo el brazo, pero tampoco hace falta que te rompan el corazón para aprender a no tropezar con la misma piedra. Atenta, que aquí te enseño el truco para que no te den gato por liebre. Seguro te suena esta escena: conoces a un tipo que te bombardea con palabras bonitas. Te dice que eres "distinta", que "nunca había conocido a alguien como tú", "es tan fácil hablar contigo". Suena bien, ¿verdad? Música para tus oídos. Pero aquí está el detalle: él habla, te busca y se muestra accesible, pero sus conversaciones siempre girar alrededor de un único tópico: él mismo. Sus historias, su vida, sus dramas. Tú escuchas y escuchas, esperando que en algún momento lance una pregunta que demuestre que le interesa saber quién eres tú realmente, lo que quieres, lo que necesitas, pero esa pregunta nunca llega. No hay curiosidad, solo un bucle donde él es el protagonista y tú eres el público que aplaude. ¿El diagnóstico? No le gustas tú; le gusta cómo se siente cuando está contigo. Le encanta tu atención, tu validación y el espacio que llenas en su ego. Básicamente, eres el escenario para su propio lucimiento y le daría exactamente igual obtener ese combustible de ti o de cualquier otra que esté dispuesta a escucharle. Por eso sientes ese "ruido" interno. Hay atracción, sí, pero no hay conexión. Te sientes vista, pero no comprendida, y te queda ese sabor amargo al volver a casa. Reina, mi consejo es simple: Si él no invierte en ti, tú no inviertes en él. No permitas que una sanguijuela emocional drene tu energía a cambio de migajas de galantería barata. ¡A correr, que para escuchar monólogos ya está el teatro! 𝘣𝘺 𝘋𝘳. 𝘓𝘰𝘷𝘦
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    ¡Bienvenid@ a FicRol!
    Hoy damos la bienvenida a un nuevo personaje que se une a la comunidad de Personajes 3D:

    ㅤㅤ¡Kai Olson !
    Raza: Humano
    Fandom: Oc
    Guardaespaldas de CEO Stanford

    Es un placer tenerte por aquí . Esperamos que disfrutes creando historias, conexiones y momentos memorables en FicRol.

    Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas orientación o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontrarás guías útiles para moverte por la plataforma.

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    ✨ ¡Bienvenid@ a FicRol! ✨ Hoy damos la bienvenida a un nuevo personaje que se une a la comunidad de Personajes 3D: ㅤㅤ¡[Kai0lson]! 🧬Raza: Humano 👾Fandom: Oc 💼Guardaespaldas de CEO Stanford Es un placer tenerte por aquí 🍂. Esperamos que disfrutes creando historias, conexiones y momentos memorables en FicRol. 🧙‍♀️ Soy Arwen, RolSage de Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas orientación o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. En mi fanpage encontrarás guías útiles para moverte por la plataforma. 🔎 Recursos útiles para empezar: ✨ Normas básicas: https://ficrol.com/static/guidelines ✨ Guías y miniguías: https://ficrol.com/posts/147711 ✨ GUIA 0.1 – Empezar en FicRol: Encontrar rol y amistades: https://ficrol.com/blogs/366170/GUIA-0-1-Empezar-en-FicRol-Encontrar-rol-y-amistades ✨ Grupo de Personajes 3D: https://ficrol.com/groups/Personajes3D ✨ Directorio 3D: https://ficrol.com/posts/181793 ✨ Tienes toda esta información y más en el apartado "Ficha" de mi perfil: https://ficrol.com/blogs/353277/ENLACES-DE-INTER%C3%89S-PARA-FICROLERS ¡Nos vemos en el Inicio! 🍁 #RolSage3D #Personajes3D #Bienvenida3D
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  • No pensé que el silencio pudiera pesar tanto.
    Antes… la noche era distinta. Las estrellas siempre estuvieron ahí, pero no las miraba igual. Porque cuando levantaba la vista, no lo hacía solo… estabas tú a mi lado. A veces ni hablábamos, solo respirábamos el mismo aire, y eso bastaba.
    Ahora… todo es demasiado grande.
    El mar, el cielo… este acantilado. Todo parece querer recordarme lo pequeño que soy sin ti.
    Sigo viniendo aquí. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí espera que, si me quedo el tiempo suficiente… vuelva a sentirte. Ese leve calor en la espalda, tus brazos rodeándome como si nada en el mundo pudiera tocarme.
    Cierro los ojos… y casi lo logro.
    Casi.
    Pero cuando los abro… solo está el viento.
    Me pregunto si aún me ves. Si sigues aquí, de alguna forma… si aún me abrazas cuando no me doy cuenta. Porque hay noches en las que juro sentir algo… algo suave, familiar… como si no te hubieras ido del todo.
    Y entonces duele más.
    Porque recuerdo.
    Recuerdo tu voz. Tu risa. La forma en que tu cola se movía cuando estabas feliz… la manera en que decías mi nombre como si significara algo más grande que este mundo.
    Y ahora… ya no hay nadie que lo diga así.
    Sigo adelante, sí. Peleo, camino, respiro… hago todo lo que se supone que debo hacer.
    Pero no es lo mismo.
    Nada lo es.
    Porque la verdad es esta…
    No importa cuántas estrellas haya en el cielo…
    Si tú no estás aquí para mirarlas conmigo,
    se siente como si el mundo entero se hubiera quedado vacío.
    No pensé que el silencio pudiera pesar tanto. Antes… la noche era distinta. Las estrellas siempre estuvieron ahí, pero no las miraba igual. Porque cuando levantaba la vista, no lo hacía solo… estabas tú a mi lado. A veces ni hablábamos, solo respirábamos el mismo aire, y eso bastaba. Ahora… todo es demasiado grande. El mar, el cielo… este acantilado. Todo parece querer recordarme lo pequeño que soy sin ti. Sigo viniendo aquí. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí espera que, si me quedo el tiempo suficiente… vuelva a sentirte. Ese leve calor en la espalda, tus brazos rodeándome como si nada en el mundo pudiera tocarme. Cierro los ojos… y casi lo logro. Casi. Pero cuando los abro… solo está el viento. Me pregunto si aún me ves. Si sigues aquí, de alguna forma… si aún me abrazas cuando no me doy cuenta. Porque hay noches en las que juro sentir algo… algo suave, familiar… como si no te hubieras ido del todo. Y entonces duele más. Porque recuerdo. Recuerdo tu voz. Tu risa. La forma en que tu cola se movía cuando estabas feliz… la manera en que decías mi nombre como si significara algo más grande que este mundo. Y ahora… ya no hay nadie que lo diga así. Sigo adelante, sí. Peleo, camino, respiro… hago todo lo que se supone que debo hacer. Pero no es lo mismo. Nada lo es. Porque la verdad es esta… No importa cuántas estrellas haya en el cielo… Si tú no estás aquí para mirarlas conmigo, se siente como si el mundo entero se hubiera quedado vacío.
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  • Cada vez que desenvaino, se como va a terminar, todos los duelos son a muerte.
    No hay rendición, no hay primera sangre… solo un cadáver al final del camino.
    Y sin embargo, en el fondo de este pecho vacío, aún espero que no sea así.
    Que por una vez, el otro baje la espada y ambos sigamos respirando.

    だが… そうであってほしいと、まだ願ってしまう
    Cada vez que desenvaino, se como va a terminar, todos los duelos son a muerte. No hay rendición, no hay primera sangre… solo un cadáver al final del camino. Y sin embargo, en el fondo de este pecho vacío, aún espero que no sea así. Que por una vez, el otro baje la espada y ambos sigamos respirando. だが… そうであってほしいと、まだ願ってしまう
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    ***Edad del Caos***
    - El Eco de la Luna

    El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado.

    Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella.

    Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba.

    Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño.
    Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera.

    La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin.

    Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre.

    Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo.

    Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba.

    Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen.

    No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer.

    Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada.

    Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo.

    El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre.

    Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó.

    Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai.

    Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando.

    Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento.

    Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
    ***Edad del Caos*** - El Eco de la Luna El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado. Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella. Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba. Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño. Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera. La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin. Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre. Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo. Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba. Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen. No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer. Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada. Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo. El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre. Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó. Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai. Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando. Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento. Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
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  • ───── STARTER CALL .ᐟ
    ᅠᅠ ♡ Jason Elaris

    El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente.
    Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde.
    Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia.
    Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical.
    ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario.

    Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio.
    Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.

     ❛ ¿Quién eres? ❜


    ───── STARTER CALL .ᐟ ᅠᅠ ♡ [jay.elaris] El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente. Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde. Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia. Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical. ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario. Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio. Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.  ❛ ¿Quién eres? ❜
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Lele espalda, así es. (?)
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  • Escuchó los pasos acercarse por el pasillo gracias a su oído vampírico. Pero no se puso en guardia, ni esperaba tensión. Reconocía los pasos de su tia. Era agradable estar en casa, o al menos de vuelta en Nueva Orleans. Por mucho que se hubiera acostumbrado a la vida en el bunker con Dean, Cass, Sam, Hati y Jack -pensar en Jack provocaba siempre un vuelco en su estomago- una parte de ella habia echado de menos su hogar familiar. Ese que pareció desdibujarse para ella en su adolescencia. Pero ahora su familia estaba unida de nuevo. Y tenían un mal mayor al que plantar cara. Un mal mayor que se tornaba menos difuso a medida que los miembros de la familia Mikaelson rellenaban los huecos.

    -Hola preciosa- saludó su tia Freya acercándose a ella y recolocándole el cabello de forma cariñosa acompañando en el gesto de una caricia en la espalda de Hope.

    La tríbrida esbozó una fugaz sonrisa, pues Freya más que una tia habia sido otra madre para ella, capaz de instruirla y de guiarla desde que era una niña. Habia sido su persona de confianza en más de una ocasión y su mejor amiga durante mucho tiempo.

    -Hola -respondió Hope.

    -¿Tienes algo? -preguntó Freya mirando el amasijo de mapas, textos, libros y hechizos que Hope tenia sobre la mesa.

    -No mucho. Si papá tiene razón y nos enfrentamos a una bruja tan antigua como el mito artúrico lo cierto es que ninguno de estos hechizos nos vale de nada. Seremos cenizas en segundos si ella se empeña -frunció los labios un momento- Pero... He pensado... que no hace falta defendernos, si no protegernos... ¿Y si encontramos la forma de ser invulnerables ante cualquier ataque?

    -Si, pero Hope es imposible. No tenemos tal poder...

    -No, pero ella si... -sonrió Hope y puso sobre la mesa el dibujo que sus padres, su tio y tantas otras criaturas llevaban grabado en la piel- Esta marca actúa como vinculo entre los dos y creo que los vincula a ella. Igual que la maldición del hombre lobo o la de papá con la piedra lunar y la réplica... -miró de nuevo a su tía- Es solo un hechizo. Siempre hay puerta trasera... ¿Y si encontramos el modo de cambiar las reglas del hechizo de vinculación de las marcas?

    -Eso protegería a tus padres y Elijah, pero.. ¿y los demás? preguntó Freya.

    -Nos vinculamos entre nosotros... La tia Rebekah me conto que Esther una vez vinculó a todos sus hijos con intención de matarlos. ¿Y si ahora nos vinculamos todos para salvarnos? -preguntó con esa convicción suya tan Mikaelson.
    Escuchó los pasos acercarse por el pasillo gracias a su oído vampírico. Pero no se puso en guardia, ni esperaba tensión. Reconocía los pasos de su tia. Era agradable estar en casa, o al menos de vuelta en Nueva Orleans. Por mucho que se hubiera acostumbrado a la vida en el bunker con Dean, Cass, Sam, Hati y Jack -pensar en Jack provocaba siempre un vuelco en su estomago- una parte de ella habia echado de menos su hogar familiar. Ese que pareció desdibujarse para ella en su adolescencia. Pero ahora su familia estaba unida de nuevo. Y tenían un mal mayor al que plantar cara. Un mal mayor que se tornaba menos difuso a medida que los miembros de la familia Mikaelson rellenaban los huecos. -Hola preciosa- saludó su tia Freya acercándose a ella y recolocándole el cabello de forma cariñosa acompañando en el gesto de una caricia en la espalda de Hope. La tríbrida esbozó una fugaz sonrisa, pues Freya más que una tia habia sido otra madre para ella, capaz de instruirla y de guiarla desde que era una niña. Habia sido su persona de confianza en más de una ocasión y su mejor amiga durante mucho tiempo. -Hola -respondió Hope. -¿Tienes algo? -preguntó Freya mirando el amasijo de mapas, textos, libros y hechizos que Hope tenia sobre la mesa. -No mucho. Si papá tiene razón y nos enfrentamos a una bruja tan antigua como el mito artúrico lo cierto es que ninguno de estos hechizos nos vale de nada. Seremos cenizas en segundos si ella se empeña -frunció los labios un momento- Pero... He pensado... que no hace falta defendernos, si no protegernos... ¿Y si encontramos la forma de ser invulnerables ante cualquier ataque? -Si, pero Hope es imposible. No tenemos tal poder... -No, pero ella si... -sonrió Hope y puso sobre la mesa el dibujo que sus padres, su tio y tantas otras criaturas llevaban grabado en la piel- Esta marca actúa como vinculo entre los dos y creo que los vincula a ella. Igual que la maldición del hombre lobo o la de papá con la piedra lunar y la réplica... -miró de nuevo a su tía- Es solo un hechizo. Siempre hay puerta trasera... ¿Y si encontramos el modo de cambiar las reglas del hechizo de vinculación de las marcas? -Eso protegería a tus padres y Elijah, pero.. ¿y los demás? preguntó Freya. -Nos vinculamos entre nosotros... La tia Rebekah me conto que Esther una vez vinculó a todos sus hijos con intención de matarlos. ¿Y si ahora nos vinculamos todos para salvarnos? -preguntó con esa convicción suya tan Mikaelson.
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