• — Ssshhh~ que empezó mi serie...

    -Se había puesto ropa cómoda y estaba frente a la televisión atenta, estaba viendo un drama donde una chica estaba indecisa entre dos chicos-

    — ¿A quien elegirá al final? Ay noseee ya quiero saber~
    — Ssshhh~ que empezó mi serie... -Se había puesto ropa cómoda y estaba frente a la televisión atenta, estaba viendo un drama donde una chica estaba indecisa entre dos chicos- — ¿A quien elegirá al final? Ay noseee ya quiero saber~ :STK-5:
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    ¡Hola, hola, hola! Se busca a una personita que estuviera interesada en interpretar a Chi Cheng, del C-Drama Revenged Love.

    Posibilidad de ship si hay buena química entre los personajes.

    La trama sería canon o semi-canon y estaría ambientada temporalmente después de los hechos desarrollados en la serie y novela Revenged Love.

    Ofrezco:
    — Aporte de ideas para trama.
    — Constancia en el rol.
    — Responsabilidad con el personaje.
    — Buena ortografía.
    — Amistad si se quiere.

    Pido lo mismo que ofrezco.
    Para cualquier duda o consulta, mis mensajes privados siempre están disponibles.

    Si has llegado hasta aquí, un millón de gracias por leer
    ¡Hola, hola, hola! Se busca a una personita que estuviera interesada en interpretar a Chi Cheng, del C-Drama Revenged Love. Posibilidad de ship si hay buena química entre los personajes. La trama sería canon o semi-canon y estaría ambientada temporalmente después de los hechos desarrollados en la serie y novela Revenged Love. Ofrezco: — Aporte de ideas para trama. — Constancia en el rol. — Responsabilidad con el personaje. — Buena ortografía. — Amistad si se quiere. Pido lo mismo que ofrezco. Para cualquier duda o consulta, mis mensajes privados siempre están disponibles. Si has llegado hasta aquí, un millón de gracias por leer 💞
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  • -La noche caía sobre la ciudad con esa calma engañosa que tienen las madrugadas, cuando casi todo el mundo ya se ha ido a dormir y solo quedan las luces lejanas y el murmullo distante de los autos que pasan por las avenidas. El balcón del bar estaba iluminado apenas por una lámpara tenue colgada en la pared, lo suficiente para dibujar sombras largas sobre el suelo de madera. Ryuji se apoyaba en la barandilla con los brazos cruzados, mirando la ciudad como si estuviera leyendo algo escrito en el horizonte. Su expresión era tranquila, casi indiferente, pero en sus ojos había ese cansancio que solo deja el tiempo.

    Por unos segundos no dijo nada. Solo dejó que el silencio se asentara entre ambos, como si estuviera esperando que el viento terminara de llevarse algo que ya no valía la pena conservar. Luego dejó escapar un pequeño suspiro, sin dramatismo, sin rabia… más parecido al gesto de alguien que ya entendió algo hace mucho tiempo. Sus ojos rojos se movieron apenas hacia ella, y entonces habló con esa calma que tenía cuando decía algo que consideraba simple-

    Las palabras son curiosas…

    -Murmuró finalmente, su voz baja pero clara en la quietud del balcón-

    pueden sonar sinceras mientras se dicen, pero pierden todo valor cuando cualquiera puede escucharlas.

    -Se enderezó un poco, apoyando ahora las manos sobre la barandilla mientras observaba la calle varios pisos más abajo. Durante un momento pareció que estaba recordando algo lejano, algo que ya no dolía, pero tampoco había sido fácil de aprender. Cuando volvió a hablar, su tono seguía siendo tranquilo, casi didáctico, como si no estuviera juzgando a nadie, solo explicando una verdad sencilla-

    La gente suele pensar que lo importante es lo que alguien dice… pero con el tiempo te das cuenta de que lo único que realmente importa es a quién decide decírselo… y a cuántos más se lo ha dicho antes.

    -Finalmente giró un poco el rostro hacia ella, lo suficiente para mirarla directamente, aunque su expresión seguía siendo calmada. No había reproche en su mirada, ni enojo… solo la serenidad de alguien que ya había aprendido esa lección mucho antes-

    Así que no te preocupes demasiado por las palabras bonitas

    -Añadió con una ligera inclinación de cabeza-

    Si realmente significan algo, nunca vas a tener que preguntarte si eran solo para ti.
    -La noche caía sobre la ciudad con esa calma engañosa que tienen las madrugadas, cuando casi todo el mundo ya se ha ido a dormir y solo quedan las luces lejanas y el murmullo distante de los autos que pasan por las avenidas. El balcón del bar estaba iluminado apenas por una lámpara tenue colgada en la pared, lo suficiente para dibujar sombras largas sobre el suelo de madera. Ryuji se apoyaba en la barandilla con los brazos cruzados, mirando la ciudad como si estuviera leyendo algo escrito en el horizonte. Su expresión era tranquila, casi indiferente, pero en sus ojos había ese cansancio que solo deja el tiempo. Por unos segundos no dijo nada. Solo dejó que el silencio se asentara entre ambos, como si estuviera esperando que el viento terminara de llevarse algo que ya no valía la pena conservar. Luego dejó escapar un pequeño suspiro, sin dramatismo, sin rabia… más parecido al gesto de alguien que ya entendió algo hace mucho tiempo. Sus ojos rojos se movieron apenas hacia ella, y entonces habló con esa calma que tenía cuando decía algo que consideraba simple- Las palabras son curiosas… -Murmuró finalmente, su voz baja pero clara en la quietud del balcón- pueden sonar sinceras mientras se dicen, pero pierden todo valor cuando cualquiera puede escucharlas. -Se enderezó un poco, apoyando ahora las manos sobre la barandilla mientras observaba la calle varios pisos más abajo. Durante un momento pareció que estaba recordando algo lejano, algo que ya no dolía, pero tampoco había sido fácil de aprender. Cuando volvió a hablar, su tono seguía siendo tranquilo, casi didáctico, como si no estuviera juzgando a nadie, solo explicando una verdad sencilla- La gente suele pensar que lo importante es lo que alguien dice… pero con el tiempo te das cuenta de que lo único que realmente importa es a quién decide decírselo… y a cuántos más se lo ha dicho antes. -Finalmente giró un poco el rostro hacia ella, lo suficiente para mirarla directamente, aunque su expresión seguía siendo calmada. No había reproche en su mirada, ni enojo… solo la serenidad de alguien que ya había aprendido esa lección mucho antes- Así que no te preocupes demasiado por las palabras bonitas -Añadió con una ligera inclinación de cabeza- Si realmente significan algo, nunca vas a tener que preguntarte si eran solo para ti.
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  • — Me fui un día, UN DÍA... Y regreso y todo es caos y dramas, chismes, Anyel de pitoloco y todo extraño. ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?
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    ╔══════════════════╗
    ║ ✧ 𝑺𝑶𝑩𝑹𝑬 𝑰𝑳𝑳𝑼𝑵𝑨 ✧
    ╚══════════════════╝

    Nació en algún lugar que ya no recuerda bien. O quizás no quiere recordar. Lo que sí sabe es que desde muy pequeña veía cosas que los demás no veían. Al principio lo odiaba. ¿Qué niño quiere ver monstruos donde otros ven paredes?

    Creció aprendiendo a convivir con ello. Y dibujar era lo único que callaba el ruido. Primero en cuadernos, luego en digital, luego en todo lo que pillaba. Descubrió que podía dibujar lo que veía, eso que la gente creía que era ficción. Y quizás lo era. O quizás no.

    Se mudó a la ciudad para estudiar Ilustración. Ahora vive en un piso pequeño, trabaja como ilustradora freelance, y pasa las tardes en cafeterías con su tablet. Las cosas raras siguen pasando. Pero ya no le molestan tanto. Son parte de ella.

    Tiene una mezcla rara de etérea y terrenal que descoloca. Estatura media, complexión delgada. Su cabello oscuro, con mechones blancos por un lunar, es lo primero que la gente suele notar. Y lo segundo, sus ojos: claros, cambiantes, como si miraran más allá de lo que hay. Sabe leer las líneas de las palmas. No es experta, pero le interesa desde que alguien le dijo que las líneas de sus propias manos eran "especiales". En fiestas o cafés, se ofrece a leer la mano a la gente. A veces acierta cosas que no debería.



    𝘾𝙤𝙣𝙨𝙞𝙙𝙚𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤𝙣𝙚𝙨:

    ✧ IC > OOC: Prefiero conocernos roleando directamente, que el rol sea nuestra presentación. Si hay química, fluye. Si no, sin presión.
    ✧ Me reservo la admisión y continuidad según compatibilidad narrativa. Sin dramas si no funciona.
    ✧ Cero dramas por demoras. Tú a tu ritmo, yo al mío.
    ╔══════════════════╗ ║ ✧ 𝑺𝑶𝑩𝑹𝑬 𝑰𝑳𝑳𝑼𝑵𝑨 ✧ ╚══════════════════╝ Nació en algún lugar que ya no recuerda bien. O quizás no quiere recordar. Lo que sí sabe es que desde muy pequeña veía cosas que los demás no veían. Al principio lo odiaba. ¿Qué niño quiere ver monstruos donde otros ven paredes? Creció aprendiendo a convivir con ello. Y dibujar era lo único que callaba el ruido. Primero en cuadernos, luego en digital, luego en todo lo que pillaba. Descubrió que podía dibujar lo que veía, eso que la gente creía que era ficción. Y quizás lo era. O quizás no. Se mudó a la ciudad para estudiar Ilustración. Ahora vive en un piso pequeño, trabaja como ilustradora freelance, y pasa las tardes en cafeterías con su tablet. Las cosas raras siguen pasando. Pero ya no le molestan tanto. Son parte de ella. Tiene una mezcla rara de etérea y terrenal que descoloca. Estatura media, complexión delgada. Su cabello oscuro, con mechones blancos por un lunar, es lo primero que la gente suele notar. Y lo segundo, sus ojos: claros, cambiantes, como si miraran más allá de lo que hay. Sabe leer las líneas de las palmas. No es experta, pero le interesa desde que alguien le dijo que las líneas de sus propias manos eran "especiales". En fiestas o cafés, se ofrece a leer la mano a la gente. A veces acierta cosas que no debería. ⸻ 𝘾𝙤𝙣𝙨𝙞𝙙𝙚𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤𝙣𝙚𝙨: ✧ IC > OOC: Prefiero conocernos roleando directamente, que el rol sea nuestra presentación. Si hay química, fluye. Si no, sin presión. ✧ Me reservo la admisión y continuidad según compatibilidad narrativa. Sin dramas si no funciona. ✧ Cero dramas por demoras. Tú a tu ritmo, yo al mío.
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  • |Rol libre:

    Zhamira caminó por el pasillo con la espalda recta y la mirada al frente, como si los susurros no existieran. Pero existían. Siempre existían.
    —“Ahí va la hija de la concubina…”
    —“Seguro quiere atención…”
    Las risas apagadas no la hacían bajar la cabeza. Al contrario, parecían templar su carácter. Cuando una compañera dejó caer “accidentalmente” sus libros frente a ella, Zhamira no dudó en sostenerle la mirada.
    —Si vas a hablar de mí, hazlo fuerte —respondió con voz firme—. Así al menos no parecerá que tienes miedo.
    El silencio fue incómodo. Nadie esperaba que contestara con tanta seguridad. Ella recogió sus propios cuadernos, acomodó su uniforme y entró al aula como si nada hubiese pasado.
    Minutos después, el profesor anunció la llegada de un estudiante transferido. Un murmullo curioso recorrió la sala mientras el chico entraba, algo desorientado pero con una sonrisa educada.
    —Puedes sentarte al fondo, junto a Zhamira —indicó el docente.
    Varias miradas se cruzaron con sorpresa y malicia. Ella, en cambio, simplemente levantó la vista desde su cuaderno.
    El nuevo se acomodó a su lado.
    —Hola… soy nuevo aquí. Parece que llegué en mal momento —susurró con una pequeña risa nerviosa.
    Zhamira lo observó unos segundos antes de responder.
    —Aquí nunca es mal momento. Solo tienes que aprender a ignorar el ruido.
    —¿El ruido?
    Ella sonrió apenas.
    —Los rumores, los cuchicheos… este lugar tiene más drama que tareas.
    Él soltó una risa genuina.
    —Entonces creo que me sentaron junto a la guía turística indicada.
    —No te emociones —replicó ella, cruzándose de brazos con aire orgulloso—. No doy tours gratis.
    La conversación fluyó con inesperada naturalidad. Hablaron de asignaturas, del uniforme incómodo y de lo extraño que era cambiar de escuela a mitad de año. Él la vio como alguien segura, directa, incluso divertida. No como la chica aislada que el resto murmuraba odiar.
    Y mientras el resto de la clase los observaba en silencio, Zhamira se permitió algo que rara vez hacía: relajarse.
    Por primera vez en mucho tiempo, alguien la miraba sin prejuicios.
    Y él aún no sabía que estaba sentado junto a la chica más odiada del salón.
    |Rol libre: Zhamira caminó por el pasillo con la espalda recta y la mirada al frente, como si los susurros no existieran. Pero existían. Siempre existían. —“Ahí va la hija de la concubina…” —“Seguro quiere atención…” Las risas apagadas no la hacían bajar la cabeza. Al contrario, parecían templar su carácter. Cuando una compañera dejó caer “accidentalmente” sus libros frente a ella, Zhamira no dudó en sostenerle la mirada. —Si vas a hablar de mí, hazlo fuerte —respondió con voz firme—. Así al menos no parecerá que tienes miedo. El silencio fue incómodo. Nadie esperaba que contestara con tanta seguridad. Ella recogió sus propios cuadernos, acomodó su uniforme y entró al aula como si nada hubiese pasado. Minutos después, el profesor anunció la llegada de un estudiante transferido. Un murmullo curioso recorrió la sala mientras el chico entraba, algo desorientado pero con una sonrisa educada. —Puedes sentarte al fondo, junto a Zhamira —indicó el docente. Varias miradas se cruzaron con sorpresa y malicia. Ella, en cambio, simplemente levantó la vista desde su cuaderno. El nuevo se acomodó a su lado. —Hola… soy nuevo aquí. Parece que llegué en mal momento —susurró con una pequeña risa nerviosa. Zhamira lo observó unos segundos antes de responder. —Aquí nunca es mal momento. Solo tienes que aprender a ignorar el ruido. —¿El ruido? Ella sonrió apenas. —Los rumores, los cuchicheos… este lugar tiene más drama que tareas. Él soltó una risa genuina. —Entonces creo que me sentaron junto a la guía turística indicada. —No te emociones —replicó ella, cruzándose de brazos con aire orgulloso—. No doy tours gratis. La conversación fluyó con inesperada naturalidad. Hablaron de asignaturas, del uniforme incómodo y de lo extraño que era cambiar de escuela a mitad de año. Él la vio como alguien segura, directa, incluso divertida. No como la chica aislada que el resto murmuraba odiar. Y mientras el resto de la clase los observaba en silencio, Zhamira se permitió algo que rara vez hacía: relajarse. Por primera vez en mucho tiempo, alguien la miraba sin prejuicios. Y él aún no sabía que estaba sentado junto a la chica más odiada del salón.
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    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre.

    Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista.

    Funcional.

    Siempre fue funcional.

    Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos.

    Umbrella era un sistema.

    Un sistema sucio, pero coherente.

    Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática.

    Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática.

    Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades.

    Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad.

    Se quitó el casco esa noche.

    El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable.

    Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden.

    La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible.

    Un civil.
    Un protocolo.
    Una instrucción clara.

    Sabía lo que era correcto.

    También sabía cuál era su contrato.

    El profesional ganó.

    El dinero llegó puntual.

    Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo.

    No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil.
    Era un hombre que seguía funcionando.

    Aceptaba misiones.
    Optimizaba rutas de extracción.
    Reducía variables humanas a probabilidades de fallo.

    Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no.

    No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse.

    Él no se detenía.

    Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente.

    No era que su corazón bombease hielo.

    Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara.

    Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar.

    No estaba seguro de si algún día saldría.
    Tampoco estaba seguro de que quisiera.

    Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente:

    Si deja de ser útil…
    ¿qué queda de él?
    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre. Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista. Funcional. Siempre fue funcional. Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos. Umbrella era un sistema. Un sistema sucio, pero coherente. Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática. Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática. Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades. Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad. Se quitó el casco esa noche. El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable. Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden. La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible. Un civil. Un protocolo. Una instrucción clara. Sabía lo que era correcto. También sabía cuál era su contrato. El profesional ganó. El dinero llegó puntual. Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo. No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil. Era un hombre que seguía funcionando. Aceptaba misiones. Optimizaba rutas de extracción. Reducía variables humanas a probabilidades de fallo. Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no. No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse. Él no se detenía. Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente. No era que su corazón bombease hielo. Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara. Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar. No estaba seguro de si algún día saldría. Tampoco estaba seguro de que quisiera. Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente: Si deja de ser útil… ¿qué queda de él?
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois.

    El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces.

    La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad.

    Primera posición.

    Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado.

    Plié.

    Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba.

    Tendu.

    El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias.

    Giró hacia el espejo.

    Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé.

    Subió a demi-pointe.

    El equilibrio fue perfecto.

    Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad.

    La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio.

    Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable.

    —A la barra —indicó sin elevar la voz.

    Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos.

    —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae.

    Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso.

    Scarlett colocó su mano en su espalda baja.

    —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro.

    La niña se estabilizó.

    Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil.

    Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo.

    El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma.

    Y ella también.
    #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois. El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces. La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad. Primera posición. Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado. Plié. Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba. Tendu. El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias. Giró hacia el espejo. Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé. Subió a demi-pointe. El equilibrio fue perfecto. Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad. La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio. Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable. —A la barra —indicó sin elevar la voz. Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos. —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae. Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso. Scarlett colocó su mano en su espalda baja. —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro. La niña se estabilizó. Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil. Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo. El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma. Y ella también.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    They: Y ¿eres dramatica?

    Me:
    They: Y ¿eres dramatica? Me:
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  • ────Si la vida te da limones, pide sal y tequila. Si el drama va a estallar, que al menos sea con una buena bebida en la mano.
    ────Si la vida te da limones, pide sal y tequila. Si el drama va a estallar, que al menos sea con una buena bebida en la mano.
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