• Ayuda,por qué me da tanto miedo hacer amigos nuevos?
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  • ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝚇𝚇𝚇 : 𝚗𝚎𝚗𝚒𝚘𝚔𝚎𝚛𝚗𝚘, 𝚙𝚊𝚛𝚝 𝟶𝚇 . . .

    «02 de Enero.
    Empezó en una comunidad rural al sur de Fukuoka. "Alguien instaló un domo blanco en mi propiedad", fue la llamada que la policía recibió a las seis de la mañana. El viejo vivía solo, a kilómetros de su vecino más cercano, en medio de la nada. Sin familia, sin amigos, sin la mejor de las reputaciones. Ignorarlo fue fácil.

    Las llamadas diarias continuaron. "El maldito domo se está haciendo más grande, ¿cuándo van a hacer algo?" Nunca, por supuesto. Nada más eran los desvaríos de un viejo loco, después de todo.

    El 11 de Febrero, las llamadas cesaron. El 15, sólo por curiosidad, sabiendo lo testarudo que era el viejo, un agente fue a la propiedad.

    El primer reporte oficial: Treinta metros de alto, quince kilómetros de circunferencia. Un blanco frío, aperlado, que no parecía totalmente de este mundo. Completamente liso, sin una entrada, sin remaches, puertas, ventanas. Opaco, helado al contacto.

    No, 'contacto' no era la palabra exacta. Lo más bizarro era que tocarlo era imposible. "Es difícil explicarlo a menos que estés frente a él", una grabación diez días después del primer reporte explicaba. "Puedes acercar la mano, pero cuando te faltan sólo milímetros, es como... Sientes como si siguieras acercándote por minutos, por horas si ahí quieres estar parado tanto tiempo. Pero la sensación de contacto nunca llega".

    El 23 de Abril se declaró oficialmente el primer estado de alerta. Seguir ocultándolo se volvió imposible. ¿Qué era de quienes quedaban atrapados adentro, los que se negaron a las evacuaciones? La comunicación era imposible, como era cualquier intento de romperlo, de abrirlo, de analizarlo. Esta última, quizás, la más inquietante de sus propiedades: En lo que concernía a todas las máquinas humanas, ahí no había nada. Ni temperatura, ni radiación, ni un campo electromagnético por analizar.

    Y la paradoja de Zeno que hacía imposible tocarlo impedía analizar el material.

    No había respuestas, pero sí hipótesis, creencias, conspiraciones. Sobraba, sobre todo, caos.

    El domo seguía creciendo. Seguía consumiendo. Porque tocarlo, por voluntad propia, era imposible, pero la calma, la aceptación y la inacción, culminaban en ser devorado. En ser absorbido. Como si un capricho estuviera expresando, como si únicamente bajo sus condiciones pudiera uno al domo unirse.

    Sectas se formaron, con el blanco perfecto de su superficie como centro de su adoración. Colándose entre las barricadas impuestas por el gobierno, se dejaban devorar voluntariamente, con la creencia de que el paraíso estaba ahí dentro.

    Un castigo de Dios, tecnología extraterrestre, un proyecto secreto gubernamental, una vacuna de la realidad misma a la enfermedad de la vida sentiente. Racionalizaciones que buscaban darle reconfortante lógica a un caos global sin precedentes.

    Cuatrocientos días después de esa llamada del 02 de Enero, todo el Sur de Japón había sido consumido. El domo alcanzó la costa de Surcorea. Presa del pánico, la humanidad volvió a recurrir a sus más inhumanas armas, intentar destruir al misterio del que sabían incluso menos ahora que en el día cero.

    Infértil esfuerzo, pero no menos comprensible.

    Mas no dejó de crecer. No iba a parar de consumir.»
    ᆖ 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚢 𝚇𝚇𝚇 : 𝚗𝚎𝚗𝚒𝚘𝚔𝚎𝚛𝚗𝚘, 𝚙𝚊𝚛𝚝 𝟶𝚇 . . . «02 de Enero. Empezó en una comunidad rural al sur de Fukuoka. "Alguien instaló un domo blanco en mi propiedad", fue la llamada que la policía recibió a las seis de la mañana. El viejo vivía solo, a kilómetros de su vecino más cercano, en medio de la nada. Sin familia, sin amigos, sin la mejor de las reputaciones. Ignorarlo fue fácil. Las llamadas diarias continuaron. "El maldito domo se está haciendo más grande, ¿cuándo van a hacer algo?" Nunca, por supuesto. Nada más eran los desvaríos de un viejo loco, después de todo. El 11 de Febrero, las llamadas cesaron. El 15, sólo por curiosidad, sabiendo lo testarudo que era el viejo, un agente fue a la propiedad. El primer reporte oficial: Treinta metros de alto, quince kilómetros de circunferencia. Un blanco frío, aperlado, que no parecía totalmente de este mundo. Completamente liso, sin una entrada, sin remaches, puertas, ventanas. Opaco, helado al contacto. No, 'contacto' no era la palabra exacta. Lo más bizarro era que tocarlo era imposible. "Es difícil explicarlo a menos que estés frente a él", una grabación diez días después del primer reporte explicaba. "Puedes acercar la mano, pero cuando te faltan sólo milímetros, es como... Sientes como si siguieras acercándote por minutos, por horas si ahí quieres estar parado tanto tiempo. Pero la sensación de contacto nunca llega". El 23 de Abril se declaró oficialmente el primer estado de alerta. Seguir ocultándolo se volvió imposible. ¿Qué era de quienes quedaban atrapados adentro, los que se negaron a las evacuaciones? La comunicación era imposible, como era cualquier intento de romperlo, de abrirlo, de analizarlo. Esta última, quizás, la más inquietante de sus propiedades: En lo que concernía a todas las máquinas humanas, ahí no había nada. Ni temperatura, ni radiación, ni un campo electromagnético por analizar. Y la paradoja de Zeno que hacía imposible tocarlo impedía analizar el material. No había respuestas, pero sí hipótesis, creencias, conspiraciones. Sobraba, sobre todo, caos. El domo seguía creciendo. Seguía consumiendo. Porque tocarlo, por voluntad propia, era imposible, pero la calma, la aceptación y la inacción, culminaban en ser devorado. En ser absorbido. Como si un capricho estuviera expresando, como si únicamente bajo sus condiciones pudiera uno al domo unirse. Sectas se formaron, con el blanco perfecto de su superficie como centro de su adoración. Colándose entre las barricadas impuestas por el gobierno, se dejaban devorar voluntariamente, con la creencia de que el paraíso estaba ahí dentro. Un castigo de Dios, tecnología extraterrestre, un proyecto secreto gubernamental, una vacuna de la realidad misma a la enfermedad de la vida sentiente. Racionalizaciones que buscaban darle reconfortante lógica a un caos global sin precedentes. Cuatrocientos días después de esa llamada del 02 de Enero, todo el Sur de Japón había sido consumido. El domo alcanzó la costa de Surcorea. Presa del pánico, la humanidad volvió a recurrir a sus más inhumanas armas, intentar destruir al misterio del que sabían incluso menos ahora que en el día cero. Infértil esfuerzo, pero no menos comprensible. Mas no dejó de crecer. No iba a parar de consumir.»
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  • "Mis orejas se mueven al ritmo de la emoción que me embargaba."

    —cada vez que recibo un detalle de su parte. Es una sensación verdaderamente adorable que me llena de paz y me hace comprender cuánto aprecian mi camino por este mundo. Me siento infinitamente afortunado de contar con el cariño de mis grandes amigos y el amor incondicional de mis amados esposos. Gracias por estar presentes, por los regalos y, sobre todo, por hacerme sentir que mi vida tiene un lugar especial en las suyas.—
    "Mis orejas se mueven al ritmo de la emoción que me embargaba." —cada vez que recibo un detalle de su parte. Es una sensación verdaderamente adorable que me llena de paz y me hace comprender cuánto aprecian mi camino por este mundo. Me siento infinitamente afortunado de contar con el cariño de mis grandes amigos y el amor incondicional de mis amados esposos. Gracias por estar presentes, por los regalos y, sobre todo, por hacerme sentir que mi vida tiene un lugar especial en las suyas.—
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  • *Cada cierto tiempo iba a visitar las tumbas de las que habían sido mi personita especial en su momento, y les dejo flores a las dos para que sepan que nunca las olvido.*

    "¿Cómo estás Ronova? ¿Cómo estás Yurei? Perdonen por no haberlas venido a ver. He estado un poco aplacando el dolor y la soledad con actividades para mantener mi mente ocupada. Conocí nuevos amigos, participé desastrozamente en un podcast, me convirtieron en gato y en rana temporalmente, e intenté formar una banda. Al principio había Quórum, Pero, creo que se ha ido diluyendo, supongo porque he sido muy mal director de orquesta y no he sabido motivar a quienes se tomaron la molestia de acompañarme. Pero quiero que sepan que Jamás dejo de pensar en ustedes. Me dieron los momentos más felices en mi vida y eso siempre lo atesoraré...

    *Con la voz quebrada y como estaba solo, me permití soltar un par de lágrimas para liberar un poco el dolor del alma. En ese momento les dije.*

    "Las amé...Las amo.....y las amaré.....por siempre.....Hasta pronto....mis hermosas estrellas en el firmamento.."

    *Cerré los ojos y me tomé un minuto de un solemne silencio solo interrumpido por el viento que ondea bajo un día nublado para honrar su memoria, y luego sequé mis lágrimas residuales para levantar la mirada y me retiré.*

    *Cada cierto tiempo iba a visitar las tumbas de las que habían sido mi personita especial en su momento, y les dejo flores a las dos para que sepan que nunca las olvido.* "¿Cómo estás Ronova? ¿Cómo estás Yurei? Perdonen por no haberlas venido a ver. He estado un poco aplacando el dolor y la soledad con actividades para mantener mi mente ocupada. Conocí nuevos amigos, participé desastrozamente en un podcast, me convirtieron en gato y en rana temporalmente, e intenté formar una banda. Al principio había Quórum, Pero, creo que se ha ido diluyendo, supongo porque he sido muy mal director de orquesta y no he sabido motivar a quienes se tomaron la molestia de acompañarme. Pero quiero que sepan que Jamás dejo de pensar en ustedes. Me dieron los momentos más felices en mi vida y eso siempre lo atesoraré... *Con la voz quebrada y como estaba solo, me permití soltar un par de lágrimas para liberar un poco el dolor del alma. En ese momento les dije.* "Las amé...Las amo.....y las amaré.....por siempre.....Hasta pronto....mis hermosas estrellas en el firmamento.." *Cerré los ojos y me tomé un minuto de un solemne silencio solo interrumpido por el viento que ondea bajo un día nublado para honrar su memoria, y luego sequé mis lágrimas residuales para levantar la mirada y me retiré.*
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  • Ha caminado horas. No sabe cuántas, pero el sol ha bajado mucho desde que empezó a andar y el entumecimiento comienza a pasarle factura. Los pasos se han vuelto más lentos, y la espalda se ha ido encorvando. Un poco más cada hora.

    Sólo sigue el camino. Llevará a algún lugar.

    El sonido de unas ruedas de carro que se acerca le alerta. No se gira, mira por encima del hombro. Los ve y sus párpados se relajan.

    Se une a la familia por inercia. No les saluda, el carro le da alcance y al no resultar una amenaza, deciden viajar a su lado. Son tres: padre, madre e hija. Ella camina fuera del carro, cerca de él.

    La niña entonces tira de la manga de su túnica. Insiste. Hakon baja la mirada hasta ella. Rubia, pecosa y con una sonrisa enorme en la cara.

    La niña tira una tercera vez, ahora riendo. No deja de mirarlo.

    ―¡Señor! ¡Es usted muy alto! Y seguro que es guerrero. ¡Tiene una espada!

    Hakon sólo la mira. No hay respuesta.

    ―Y muy serio... ―añade después la niña, en un tono más contemplativo.

    Para él, esto se le escapa. Eleva la mirada, buscando la atención de sus padres. Hablan entre sí. Nadie acude a rescatarlo. Empieza a frotarse las manos. No encuentra sitio para ellas.

    La niña entonces suaviza la sonrisa, con comprensión, y suelta su manga.

    ―Igual es mudo. Mi tío Harold es mudo. Antes hablaba, pero un día volvió con el cuello cosido y dejó de hacerlo.

    La niña se encoge de hombros con naturalidad.

    Hakon entonces hace una mueca.

    ―No soy mudo.

    La niña abre mucho los ojos y la boca. Y da un salto pequeño en el sitio.

    ―¡Anda! ―exclama y luego se ríe―. ¡Sí hablas!

    Hakon asiente despacio. Varias veces.

    ―A veces.

    A la niña se le ilumina la mirada y vuelve a cogerle la manga de la túnica.

    La madre se baja entonces del carro y toma a la niña de la mano.

    —¡Hilda! ¡Déjalo en paz! —espeta la madre, mirando luego a Hakon. Le cuesta mirarle a los ojos y le tiembla un poco el timbre de la voz—. Por favor, discúlpela.

    —¡No le estoy molestando, mamá! —replica la pequeña—. Nos estamos haciendo amigos.

    Ese comentario provoca que algo tire de la comisura del labio de Hakon. Un gesto minúsculo.

    No para él.

    La madre la arrastra de allí. La pequeña se resiste, pero le despide con la mano mientras la intenta subir al carro.

    La mano de él se levanta sola, y baja después.

    Después de un gruñido, se pone bien la manga de la túnica. Sus dedos permanecen quietos en la tela un latido de más.

    Un sonido familiar le endereza la espalda. El padre cae al suelo con una flecha en el cuello. Escupe sangre, se retuerce.

    Da dos zancadas. De un empujón, deja a la niña con su madre tras el carro. La madre y Hakon se miran. Él arruga el ceño y hace un ademán de cabeza. Corto. Luego se aparta del carro y golpea el escudo con su espada. El sonido se transforma en desafío. Pero es una amenaza.

    Los hombres lo envuelven. Sortean el cadáver del padre. Uno se queda rezagado y coloca una flecha en la cuerda aún por tensar.

    Demasiados. Y tienen un arquero.

    El golpe le llega desde detrás. No lo ha visto, pero reacciona. Por instinto. El escudo absorbe el impacto. El temblor le sube hasta el hombro. Avanza, desvía y da un cabezazo. Le parte la nariz. La sangre le salpica la cara. La frente le escuece.

    Mueve su espada por debajo del escudo. Entra y sale fácil.

    Una flecha le silba cerca. No lo suficiente cerca. Echa a correr con los pulmones al límite, la espada dispuesta a un lado para no entorpecer su carrera y los ojos fijos en la cuerda que se vuelve a tensar.

    Lo huele antes de verle. Apesta a sudor rancio y alcohol. No ve su cara, sólo su hacha. Le sale al paso e intenta golpear. Falla. Lo despacha rápido. Una punzada letal en el cuello. Apenas se interrumpe en su avance.

    Otra flecha.

    Esta le obliga a levantar el escudo. Se clava con tanta fuerza que la punta asoma por el otro lado. El músculo de su brazo se vuelve a resentir. Sigue. Otro hombre le intercepta y los escudos colisionan. El hombre trata de golpearle con el hacha, Hakon desvía. Se separan, toman distancia y vuelven a golpear. Suena el metal. Saltan chispas y los escudos se astillan.

    Hakon respira hondo, mantiene distancia. El olor a sudor y hierro le golpea. Sus ojos se desvían un instante. El arquero prepara otro dardo.

    Hakon se mueve. Lo hace tan rápido que se vuelve borroso. El adversario lanza varios golpes. Los ojos de Hakon siguen su trayectoria. El momento preciso llega. Sólo se aparta como ha hecho mil veces. Una más. Se abre la brecha que quiere. Clava y saja. Las tripas se abren, la sangre brota.

    Su mano se tiñe de rojo.

    Usa el cuerpo del hombre para cubrirse, aún con su filo en las entrañas del moribundo. La flecha lo remata. Se clava en su nuca. Hakon empuja y el cuerpo cae hacia atrás. En un movimiento vertiginoso toma el hacha del caído antes de que se precipite al suelo. Coge impulso. La arroja.

    El arquero abre los ojos. También la boca. Casi dice algo.

    Cae con el pecho hundido.

    Silencio.

    Los brazos le pesan. Deja caer el escudo y mira hacia atrás. La niña y la mujer salen de detrás del carro. La niña corre y se echa sobre el padre.

    Su llanto es estremecedor.

    Hakon evita mirar.

    Su espada pesa más que nunca.

    Permanece inmóvil; una estatua de hierro y sangre en mitad de la carnicería. El silencio que queda tras el combate no es tal; los sollozos de Hilda ahogados contra el pecho de su madre, que apenas logra silenciar, es peor que el gemido de un moribundo.

    Con la bota le da la vuelta al escudo en el suelo, y se inclina a observar la punta de la flecha que asoma por la parte interior. La parte en la base. El hierro es caro. Luego se guarda la pieza de metal en el cinturón y camina hacia ellas.

    —Tenemos que irnos. El olor atraerá a los lobos —masculla, y hace una pausa cuando la madre de Hilda levanta la mirada hacia él. Tiene la cara empapada en lágrimas—. O algo peor.

    —Pero mi marido...

    La mirada de Hakon se endurece un momento y baja hacia el cuerpo.

    —Yo lo haré.

    Ella asiente y obliga a Hilda a ponerse en pie. Aunque Hakon la mira, ella no. Las dos arrastran los pies hacia el carro mientras él se deshace de su propia capa con un tirón. Cubre el cuerpo del padre y lo amortaja antes de cargarlo en brazos y dejarlo en el carro. Luego se sube y toma las riendas.

    El sol ha comenzado a ocultarse.

    Durante la travesía, Hilda ya no vuelve a tirarle de la manga de su túnica.
    Ha caminado horas. No sabe cuántas, pero el sol ha bajado mucho desde que empezó a andar y el entumecimiento comienza a pasarle factura. Los pasos se han vuelto más lentos, y la espalda se ha ido encorvando. Un poco más cada hora. Sólo sigue el camino. Llevará a algún lugar. El sonido de unas ruedas de carro que se acerca le alerta. No se gira, mira por encima del hombro. Los ve y sus párpados se relajan. Se une a la familia por inercia. No les saluda, el carro le da alcance y al no resultar una amenaza, deciden viajar a su lado. Son tres: padre, madre e hija. Ella camina fuera del carro, cerca de él. La niña entonces tira de la manga de su túnica. Insiste. Hakon baja la mirada hasta ella. Rubia, pecosa y con una sonrisa enorme en la cara. La niña tira una tercera vez, ahora riendo. No deja de mirarlo. ―¡Señor! ¡Es usted muy alto! Y seguro que es guerrero. ¡Tiene una espada! Hakon sólo la mira. No hay respuesta. ―Y muy serio... ―añade después la niña, en un tono más contemplativo. Para él, esto se le escapa. Eleva la mirada, buscando la atención de sus padres. Hablan entre sí. Nadie acude a rescatarlo. Empieza a frotarse las manos. No encuentra sitio para ellas. La niña entonces suaviza la sonrisa, con comprensión, y suelta su manga. ―Igual es mudo. Mi tío Harold es mudo. Antes hablaba, pero un día volvió con el cuello cosido y dejó de hacerlo. La niña se encoge de hombros con naturalidad. Hakon entonces hace una mueca. ―No soy mudo. La niña abre mucho los ojos y la boca. Y da un salto pequeño en el sitio. ―¡Anda! ―exclama y luego se ríe―. ¡Sí hablas! Hakon asiente despacio. Varias veces. ―A veces. A la niña se le ilumina la mirada y vuelve a cogerle la manga de la túnica. La madre se baja entonces del carro y toma a la niña de la mano. —¡Hilda! ¡Déjalo en paz! —espeta la madre, mirando luego a Hakon. Le cuesta mirarle a los ojos y le tiembla un poco el timbre de la voz—. Por favor, discúlpela. —¡No le estoy molestando, mamá! —replica la pequeña—. Nos estamos haciendo amigos. Ese comentario provoca que algo tire de la comisura del labio de Hakon. Un gesto minúsculo. No para él. La madre la arrastra de allí. La pequeña se resiste, pero le despide con la mano mientras la intenta subir al carro. La mano de él se levanta sola, y baja después. Después de un gruñido, se pone bien la manga de la túnica. Sus dedos permanecen quietos en la tela un latido de más. Un sonido familiar le endereza la espalda. El padre cae al suelo con una flecha en el cuello. Escupe sangre, se retuerce. Da dos zancadas. De un empujón, deja a la niña con su madre tras el carro. La madre y Hakon se miran. Él arruga el ceño y hace un ademán de cabeza. Corto. Luego se aparta del carro y golpea el escudo con su espada. El sonido se transforma en desafío. Pero es una amenaza. Los hombres lo envuelven. Sortean el cadáver del padre. Uno se queda rezagado y coloca una flecha en la cuerda aún por tensar. Demasiados. Y tienen un arquero. El golpe le llega desde detrás. No lo ha visto, pero reacciona. Por instinto. El escudo absorbe el impacto. El temblor le sube hasta el hombro. Avanza, desvía y da un cabezazo. Le parte la nariz. La sangre le salpica la cara. La frente le escuece. Mueve su espada por debajo del escudo. Entra y sale fácil. Una flecha le silba cerca. No lo suficiente cerca. Echa a correr con los pulmones al límite, la espada dispuesta a un lado para no entorpecer su carrera y los ojos fijos en la cuerda que se vuelve a tensar. Lo huele antes de verle. Apesta a sudor rancio y alcohol. No ve su cara, sólo su hacha. Le sale al paso e intenta golpear. Falla. Lo despacha rápido. Una punzada letal en el cuello. Apenas se interrumpe en su avance. Otra flecha. Esta le obliga a levantar el escudo. Se clava con tanta fuerza que la punta asoma por el otro lado. El músculo de su brazo se vuelve a resentir. Sigue. Otro hombre le intercepta y los escudos colisionan. El hombre trata de golpearle con el hacha, Hakon desvía. Se separan, toman distancia y vuelven a golpear. Suena el metal. Saltan chispas y los escudos se astillan. Hakon respira hondo, mantiene distancia. El olor a sudor y hierro le golpea. Sus ojos se desvían un instante. El arquero prepara otro dardo. Hakon se mueve. Lo hace tan rápido que se vuelve borroso. El adversario lanza varios golpes. Los ojos de Hakon siguen su trayectoria. El momento preciso llega. Sólo se aparta como ha hecho mil veces. Una más. Se abre la brecha que quiere. Clava y saja. Las tripas se abren, la sangre brota. Su mano se tiñe de rojo. Usa el cuerpo del hombre para cubrirse, aún con su filo en las entrañas del moribundo. La flecha lo remata. Se clava en su nuca. Hakon empuja y el cuerpo cae hacia atrás. En un movimiento vertiginoso toma el hacha del caído antes de que se precipite al suelo. Coge impulso. La arroja. El arquero abre los ojos. También la boca. Casi dice algo. Cae con el pecho hundido. Silencio. Los brazos le pesan. Deja caer el escudo y mira hacia atrás. La niña y la mujer salen de detrás del carro. La niña corre y se echa sobre el padre. Su llanto es estremecedor. Hakon evita mirar. Su espada pesa más que nunca. Permanece inmóvil; una estatua de hierro y sangre en mitad de la carnicería. El silencio que queda tras el combate no es tal; los sollozos de Hilda ahogados contra el pecho de su madre, que apenas logra silenciar, es peor que el gemido de un moribundo. Con la bota le da la vuelta al escudo en el suelo, y se inclina a observar la punta de la flecha que asoma por la parte interior. La parte en la base. El hierro es caro. Luego se guarda la pieza de metal en el cinturón y camina hacia ellas. —Tenemos que irnos. El olor atraerá a los lobos —masculla, y hace una pausa cuando la madre de Hilda levanta la mirada hacia él. Tiene la cara empapada en lágrimas—. O algo peor. —Pero mi marido... La mirada de Hakon se endurece un momento y baja hacia el cuerpo. —Yo lo haré. Ella asiente y obliga a Hilda a ponerse en pie. Aunque Hakon la mira, ella no. Las dos arrastran los pies hacia el carro mientras él se deshace de su propia capa con un tirón. Cubre el cuerpo del padre y lo amortaja antes de cargarlo en brazos y dejarlo en el carro. Luego se sube y toma las riendas. El sol ha comenzado a ocultarse. Durante la travesía, Hilda ya no vuelve a tirarle de la manga de su túnica.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Entre mis contactos solo tengo a la familia, amigos de la familia y otra persona que no conozco.

    Mejor así, ya no volvere aceptar personas. //
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  • ∘₊✧─────¡Me preguntaron sobre la luna! ¡La luna, Stanley! O sea, es lo más básico del mundo pero quizá estén interesados en más cosas.

    En ese entonces no tenía muchos amigos. Más bien, Stanley era la única persona que hablaba con él. No exactamente porque Xeno fuera una especie de marginado sino que no estaba muy interesado en nada más que no fueran sus libros. Claro, Snyder era la excepción a todo ésto.

    — Hasta yo sé sobre la luna, Xeno. Si ellos no sabían significa que son estúpidos.

    — ¿Porqué siempre hablas mal de las personas?

    — Sólo de los que tratan de acercarse a ti con raras intenciones.

    — No son raras. No se estaban burlando.

    Era toda una conversación cuando se trataba de "expandirse". En ese mundo donde sólo existían los dos no tenía espacio para un tercero. No solo Stan actuaba de esa forma sino también Xee cuando las cosas eran al revés.
    ∘₊✧─────¡Me preguntaron sobre la luna! ¡La luna, Stanley! O sea, es lo más básico del mundo pero quizá estén interesados en más cosas. En ese entonces no tenía muchos amigos. Más bien, Stanley era la única persona que hablaba con él. No exactamente porque Xeno fuera una especie de marginado sino que no estaba muy interesado en nada más que no fueran sus libros. Claro, Snyder era la excepción a todo ésto. — Hasta yo sé sobre la luna, Xeno. Si ellos no sabían significa que son estúpidos. — ¿Porqué siempre hablas mal de las personas? — Sólo de los que tratan de acercarse a ti con raras intenciones. — No son raras. No se estaban burlando. Era toda una conversación cuando se trataba de "expandirse". En ese mundo donde sólo existían los dos no tenía espacio para un tercero. No solo Stan actuaba de esa forma sino también Xee cuando las cosas eran al revés.
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  • —Mientras terminaba de servir mi perfección comestible recordaba la conversación que había tenido con su vieja amiga, era extraño, eran amigos Pero a veces... no lo eran, era algo extraño, y mientras pensaba en ella solo pudo pensar. “Yo represento el amor… pero contigo siempre fue más parecido a una catástrofe hermosa♥️”—
    —Mientras terminaba de servir mi perfección comestible recordaba la conversación que había tenido con su vieja amiga, era extraño, eran amigos Pero a veces... no lo eran, era algo extraño, y mientras pensaba en ella solo pudo pensar. “Yo represento el amor… pero contigo siempre fue más parecido a una catástrofe hermosa♥️”—
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  • ⿻࣪࣪͜☢︎       

          ʚ 𝕳. 𝖂𝖎𝖓𝖌𝖋𝖎𝖊𝖑𝖉 ɞ ✧༷ꦿ݈۟
          レンの妻 ⋆ ᵗᵒ ᵗʰᵉ ˢᵗᵃʳˢ ✚
          𝆺𝅥 𝆭 ˑ ִ ۫ ּ ִ 𝆺𝅥 𝆭 ˑ ִ ۫ ּ ִ 𝆺𝅥 ˑ ִ ۫ ּ𝆺𝅥

    ⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝ ͝

    Al final del día ¿Qué era él sin Stanley? Pasaron cinco años desde aquellos sucesos, un largo tiempo sin ver a ese hombre y sin saber cuando podrían entablar de nuevo alguna conversación.

    A veces solía visitar su estatua a escondidas. No le tenían permitido verlo sin supervisión. Suponía que era normal dado el caso que ellos habían sido los antagonistas de esos niños. Tampoco se equivocaban. Si tuviera una oportunidad le habría despetrificado.

    ∘₊✧───── En verdad lo odio. Su sabor, el humo, no sé como te gustan...

    El humo de su cigarrillo volaba en el aire. La soledad se sentía más pesada que antes, más profunda, más dolorosa. ¿Qué era la ciencia si no podía disfrutarla con alguien? Había imagino que trabajar con Senku y sus amigos le mantendrían distraído pero ni si quiera podía concentrarse.

    Vaya que era patético. Depender de otro ser humano ¡Jah! Ni que fuera un niño; pero ahí estaba lamentándose de algo que nadie podía ayudarle. Quizá eran las consecuencias de sus propias acciones. Haber querido lastimar a esos niños... Y ahora se había quedado sin su persona más importante en la Tierra.
    ⿻࣪࣪͜☢︎              ʚ 𝕳. 𝖂𝖎𝖓𝖌𝖋𝖎𝖊𝖑𝖉 ɞ ✧༷ꦿ݈۟       レンの妻 ⋆ ᵗᵒ ᵗʰᵉ ˢᵗᵃʳˢ ✚       𝆺𝅥 𝆭 ˑ ִ ۫ ּ ִ 𝆺𝅥 𝆭 ˑ ִ ۫ ּ ִ 𝆺𝅥 ˑ ִ ۫ ּ𝆺𝅥 ⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝⏝ ͝ ⏝ ͝ ⏝ ͝ Al final del día ¿Qué era él sin Stanley? Pasaron cinco años desde aquellos sucesos, un largo tiempo sin ver a ese hombre y sin saber cuando podrían entablar de nuevo alguna conversación. A veces solía visitar su estatua a escondidas. No le tenían permitido verlo sin supervisión. Suponía que era normal dado el caso que ellos habían sido los antagonistas de esos niños. Tampoco se equivocaban. Si tuviera una oportunidad le habría despetrificado. 🍓∘₊✧───── En verdad lo odio. Su sabor, el humo, no sé como te gustan... El humo de su cigarrillo volaba en el aire. La soledad se sentía más pesada que antes, más profunda, más dolorosa. ¿Qué era la ciencia si no podía disfrutarla con alguien? Había imagino que trabajar con Senku y sus amigos le mantendrían distraído pero ni si quiera podía concentrarse. Vaya que era patético. Depender de otro ser humano ¡Jah! Ni que fuera un niño; pero ahí estaba lamentándose de algo que nadie podía ayudarle. Quizá eran las consecuencias de sus propias acciones. Haber querido lastimar a esos niños... Y ahora se había quedado sin su persona más importante en la Tierra.
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  • "𝘓𝘶𝘯𝘦𝘴, 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻. 𝘕𝘰 𝘥𝘰𝘳𝘮í 𝘣𝘪𝘦𝘯. 𝘏𝘦 𝘷𝘶𝘦𝘭𝘵𝘰 𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳 𝘱é𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘧𝘭𝘰𝘳𝘦𝘴 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘮𝘪𝘴 𝘴á𝘣𝘢𝘯𝘢𝘴 𝘺 𝘥𝘰𝘣𝘭é 𝘭𝘢 𝘥𝘰𝘴𝘪𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘘𝘶𝘦𝘵𝘪𝘢𝘱𝘪𝘯𝘢, 𝘯𝘰 𝘮𝘦 𝘰𝘥𝘪𝘦𝘴, 𝘥𝘰𝘤, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘦𝘯 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘥𝘦𝘴𝘤𝘢𝘯𝘴𝘢𝘳..."

    El audio se corta. Jules deja el teléfono sobre la mesa de trabajo, observando cómo de sus dedos se extiende un rastro de estática iridiscente.

    A sus 25 años, debería estar preocupada por su carrera, su padre, sus amigos... Pero, ahora mismo, su mayor miedo es que el mundo que la rodea se convierta en una de sus pinturas.
    "𝘓𝘶𝘯𝘦𝘴, 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻. 𝘕𝘰 𝘥𝘰𝘳𝘮í 𝘣𝘪𝘦𝘯. 𝘏𝘦 𝘷𝘶𝘦𝘭𝘵𝘰 𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳 𝘱é𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘧𝘭𝘰𝘳𝘦𝘴 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘮𝘪𝘴 𝘴á𝘣𝘢𝘯𝘢𝘴 𝘺 𝘥𝘰𝘣𝘭é 𝘭𝘢 𝘥𝘰𝘴𝘪𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘘𝘶𝘦𝘵𝘪𝘢𝘱𝘪𝘯𝘢, 𝘯𝘰 𝘮𝘦 𝘰𝘥𝘪𝘦𝘴, 𝘥𝘰𝘤, 𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘦𝘯 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘥𝘦𝘴𝘤𝘢𝘯𝘴𝘢𝘳..." El audio se corta. Jules deja el teléfono sobre la mesa de trabajo, observando cómo de sus dedos se extiende un rastro de estática iridiscente. A sus 25 años, debería estar preocupada por su carrera, su padre, sus amigos... Pero, ahora mismo, su mayor miedo es que el mundo que la rodea se convierta en una de sus pinturas.
    Me entristece
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