• โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐ฟ๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž ๐‘Ž ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘  ๐‘š๐‘’๐‘ฅ๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘Ž๐‘ . โ”€โ”€โ”€โ”€

    [ #๐‘†๐‘Ž๐‘›๐‘ก๐‘–๐‘‹๐ธ๐‘™๐‘€๐‘ข๐‘›๐‘‘๐‘œ ]

    [] ๐ถ๐‘–๐‘ข๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘‘๐‘’ ๐‘€é๐‘ฅ๐‘–๐‘๐‘œ (๐™ฒ๐™ณ๐™ผ๐š‡ | ๐™ผé๐šก๐š’๐šŒ๐š˜ ๐™ณ.๐™ต), ๐‘€é๐‘ฅ๐‘–๐‘๐‘œ — ๐Ÿท๐Ÿถ:๐Ÿถ๐Ÿถ ๐ด.๐‘€

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    ๐˜›๐˜ข๐˜น๐˜ช๐˜ด๐˜ต๐˜ข : โ ¿๐˜ˆ ๐˜ฅó๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฆ, ๐˜ซ๐˜ฆ๐˜ง๐˜ฆ? โž

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜ˆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ. ๐˜ˆ๐˜ญ ๐˜กó๐˜ค๐˜ข๐˜ญ๐˜ฐ. โ”€โ”€โ”€

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    ๐˜๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ฅ๐˜ฐ๐˜ณ : โ "¡๐˜–๐˜ข๐˜น๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆñ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ค๐˜ข๐˜ญ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ช๐˜ต๐˜ฐ๐˜ด!” โž

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜”๐˜ช๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ข ¿๐˜—๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ท๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถí ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜ถ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ฐ ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ด? ๐˜Œ๐˜ด๐˜ต๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ซ๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ฐ. โ”€โ”€โ”€โ”€

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐ฟ๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž ๐‘Ž ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘  ๐‘š๐‘’๐‘ฅ๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘Ž๐‘ . โ”€โ”€โ”€โ”€ [ #๐‘†๐‘Ž๐‘›๐‘ก๐‘–๐‘‹๐ธ๐‘™๐‘€๐‘ข๐‘›๐‘‘๐‘œ ] [๐Ÿ‡ฒ๐Ÿ‡ฝ] ๐ถ๐‘–๐‘ข๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘‘๐‘’ ๐‘€é๐‘ฅ๐‘–๐‘๐‘œ (๐™ฒ๐™ณ๐™ผ๐š‡ | ๐™ผé๐šก๐š’๐šŒ๐š˜ ๐™ณ.๐™ต), ๐‘€é๐‘ฅ๐‘–๐‘๐‘œ — ๐Ÿท๐Ÿถ:๐Ÿถ๐Ÿถ ๐ด.๐‘€ Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: ๐˜›๐˜ข๐˜น๐˜ช๐˜ด๐˜ต๐˜ข : โ ¿๐˜ˆ ๐˜ฅó๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฆ, ๐˜ซ๐˜ฆ๐˜ง๐˜ฆ? โž Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜ˆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ. ๐˜ˆ๐˜ญ ๐˜กó๐˜ค๐˜ข๐˜ญ๐˜ฐ. โ”€โ”€โ”€ Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba ๐˜๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ฅ๐˜ฐ๐˜ณ : โ "¡๐˜–๐˜ข๐˜น๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆñ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ค๐˜ข๐˜ญ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ช๐˜ต๐˜ฐ๐˜ด!” โž Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜”๐˜ช๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ข ¿๐˜—๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ท๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถí ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜ถ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ฐ ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ด? ๐˜Œ๐˜ด๐˜ต๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ซ๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ฐ. โ”€โ”€โ”€โ”€ Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • ๐‘ฌ๐’ ๐’„๐’‚๐’›๐’‚๐’…๐’๐’“, ๐’๐’‚ ๐’“๐’†๐’ƒ๐’†๐’๐’…๐’† ๐’š ๐’†๐’ ๐’ƒ๐’–๐’๐’Œ๐’†๐’“
    Fandom Supernatural
    Categorรญa Acción
    โš† ๐™Ž๐’•๐™–๐’“๐™ฉ๐’†๐™ง ๐™ฅ๐’‚๐™ง๐’‚: ๐ท๐˜Œ๐ด๐˜• ๐˜ž๐ผ๐˜•๐ถ๐˜๐ธ๐˜š๐‘‡๐˜Œ๐‘…


    El mundo parecía ir realmente bien. Los hermanos, según le habían contado a Jody y después Jody a ellas, habían acabado con el puñetero Dios, ahora otra persona regia los cielos, el nefilim de Lucifer, un chaval llamado Jack, que según tenía entendido pretendía dejar el destino de las personas en manos de cada uno, cosa que debería ser una buena noticia, pero que a Claire en aquellos momentos no era algo que le entusiasmara en demasía, visto el giro que había tomado su vida.
    Por otro lado, los hermanos habían decidido abrir el bunker a cualquiera que necesitara información, protección, o simplemente un lugar donde recobrarse de las heridas de una cacería dura.
    También sabía que Castiel había muerto, y aunque su historia con el ángel no había sido la mejor, también debia admitir que había terminado por cogerle cariño, ya no le culpaba por la muerte de su padre, él había tomado sus propias decisiones. Y en secreto aún esperaba verle aparecer con su gabardina, la corbata mal puesta y su incapacidad de entender el mundo que le rodeaba.

    En general todo parecía estar cambiando para mejor. Todo menos, por supuesto su vida. Porque, ¿Cuándo le había salido algo bien a ella? Desde que su padre aceptó que un ángel se metiera en su cuerpo y se fue de casa, y luego su madre la dejara al cargo de su abuela para buscar al hombre que les había abandonado por una disposición divina… nunca.

    De modo que, ¿Por qué iba a cambiar ahora? Quizás había pensado erróneamente que podría ser, que ya le tocaba ser feliz, dejar de sufrir dejar de perder, pero aquella tarde en la que Kaia había quedado con ella en su lugar favorito del pueblo, el parque infantil, en los columpios, jamás se hubiera imaginado que fuera para terminar con su relación.
    No recordaba los motivos, ni si quiera sabía si había sido culpa suya, si había hecho, o dejado de hacer algo, no importaba. Se había terminado y ella volvía a estar perdida.
    Habían pasado semanas de aquello, no había dicho nada en casa, su mayor deseo en esos momentos no era responder preguntas de su hermana o Jody, ni explicar con lujo de detalles como había ido la conversación, o dejar que ellas se esforzaran por animarla. Ni si quiera había llorado, simplemente había vuelto a su estado de ánimo algo más taciturno de lo normal, hecho que a pesar de todo no llegaba a llamar demasiado la atención de nadie.

    Pero si seguía en aquella casa, al final tendría que dar explicaciones, ya le resultaba extraño que no hubieran preguntado por la morena, su presencia a cenar un par de veces por semana ya no se cuestionaba.

    >> Un día como otro cualquiera, sin mucho que hacer, mientras dibujaba de manera abstraída sobre un papel sus ojos recaen en un pequeño cuadrado en la parte inferior derecha del papel, el cual estaba cubierto de un plástico transparente y dejaba ver el interior de lo que ahora ve que es un sobre.
    Recordaba haberlo recibido, recordaba haberlo mandado directamente a un cajón.
    Tras ese recuadro estaba su nombre y la dirección de Sioux Falls de la casa de la Sheriff. La carta había llegado hacia un año, justo para su veintiún cumpleaños, su mayoría de edad.

    La citaban en un despacho de abogados, donde le darían las llaves de un pequeño trastero en el que se encontraba todo cuanto su abuela le había dejado al morir.
    Quizás…
    Aunque no sabe que es lo que va a encontrar allí, tras un año Claire decide aceptar abrir aquella puerta y usarla como huida como primer paso lejos de la casa de su madre adoptiva. El trastero como ya avisaba la carta no es muy grande, y en su mayor parte está repleto de cajas llenas de recuerdos.
    Después de varias horas allí, abriendo cajas al azar y de haber sacado, varios libros y un álbum de fotografías, Claire cierra el trastero y se guarda la llave sin llegar a saber si volvería a traspasar aquella puerta. No guardaba con demasiado cariño los recuerdos acerca de su infancia.

    La diferencia con cualquier otro día es que en aquella ocasión no vuelve a Sioux Falls, en el asiento del copiloto de su Subaru Loyale rojo está la bolsa que había llenado en el trastero, pero en el maletero guarda una bolsa más grande con toda su ropa y sus diarios.
    Si, se había ido de casa, pero había dejado una nota, y no tenía duda de que en cuanto pisara su lugar de destino Jody sabría dónde estaba. De modo que conduce durante toda la noche, llegando hasta aquel lugar cuando el sol pinta de rosa el cielo en un precioso amanecer que ella no disfruta, porque su mirada escanea el lugar al que nunca había ido todavía.

    No tarda en entrar y bajar el primer tramo de escaleras, y no duda de que en cuanto abre aquella pesada y ruidosa puerta de metal, todo el bunker sabe que alguien ha llegado, y efectivamente la figura de Dean Winchester no tarda más de un par de minutos en aparecer, con la mano derecha a la espalda y rostro precavido.

    — ¿Así recibes a las visitas? Pensaba que esto estaba abierto para todos los cazadores que lo necesitaran... ¿Hay hecho café? Necesito café.
    โš† ๐™Ž๐’•๐™–๐’“๐™ฉ๐’†๐™ง ๐™ฅ๐’‚๐™ง๐’‚: [BRINGMES0MEPIE] El mundo parecía ir realmente bien. Los hermanos, según le habían contado a Jody y después Jody a ellas, habían acabado con el puñetero Dios, ahora otra persona regia los cielos, el nefilim de Lucifer, un chaval llamado Jack, que según tenía entendido pretendía dejar el destino de las personas en manos de cada uno, cosa que debería ser una buena noticia, pero que a Claire en aquellos momentos no era algo que le entusiasmara en demasía, visto el giro que había tomado su vida. Por otro lado, los hermanos habían decidido abrir el bunker a cualquiera que necesitara información, protección, o simplemente un lugar donde recobrarse de las heridas de una cacería dura. También sabía que Castiel había muerto, y aunque su historia con el ángel no había sido la mejor, también debia admitir que había terminado por cogerle cariño, ya no le culpaba por la muerte de su padre, él había tomado sus propias decisiones. Y en secreto aún esperaba verle aparecer con su gabardina, la corbata mal puesta y su incapacidad de entender el mundo que le rodeaba. En general todo parecía estar cambiando para mejor. Todo menos, por supuesto su vida. Porque, ¿Cuándo le había salido algo bien a ella? Desde que su padre aceptó que un ángel se metiera en su cuerpo y se fue de casa, y luego su madre la dejara al cargo de su abuela para buscar al hombre que les había abandonado por una disposición divina… nunca. De modo que, ¿Por qué iba a cambiar ahora? Quizás había pensado erróneamente que podría ser, que ya le tocaba ser feliz, dejar de sufrir dejar de perder, pero aquella tarde en la que Kaia había quedado con ella en su lugar favorito del pueblo, el parque infantil, en los columpios, jamás se hubiera imaginado que fuera para terminar con su relación. No recordaba los motivos, ni si quiera sabía si había sido culpa suya, si había hecho, o dejado de hacer algo, no importaba. Se había terminado y ella volvía a estar perdida. Habían pasado semanas de aquello, no había dicho nada en casa, su mayor deseo en esos momentos no era responder preguntas de su hermana o Jody, ni explicar con lujo de detalles como había ido la conversación, o dejar que ellas se esforzaran por animarla. Ni si quiera había llorado, simplemente había vuelto a su estado de ánimo algo más taciturno de lo normal, hecho que a pesar de todo no llegaba a llamar demasiado la atención de nadie. Pero si seguía en aquella casa, al final tendría que dar explicaciones, ya le resultaba extraño que no hubieran preguntado por la morena, su presencia a cenar un par de veces por semana ya no se cuestionaba. >> Un día como otro cualquiera, sin mucho que hacer, mientras dibujaba de manera abstraída sobre un papel sus ojos recaen en un pequeño cuadrado en la parte inferior derecha del papel, el cual estaba cubierto de un plástico transparente y dejaba ver el interior de lo que ahora ve que es un sobre. Recordaba haberlo recibido, recordaba haberlo mandado directamente a un cajón. Tras ese recuadro estaba su nombre y la dirección de Sioux Falls de la casa de la Sheriff. La carta había llegado hacia un año, justo para su veintiún cumpleaños, su mayoría de edad. La citaban en un despacho de abogados, donde le darían las llaves de un pequeño trastero en el que se encontraba todo cuanto su abuela le había dejado al morir. Quizás… Aunque no sabe que es lo que va a encontrar allí, tras un año Claire decide aceptar abrir aquella puerta y usarla como huida como primer paso lejos de la casa de su madre adoptiva. El trastero como ya avisaba la carta no es muy grande, y en su mayor parte está repleto de cajas llenas de recuerdos. Después de varias horas allí, abriendo cajas al azar y de haber sacado, varios libros y un álbum de fotografías, Claire cierra el trastero y se guarda la llave sin llegar a saber si volvería a traspasar aquella puerta. No guardaba con demasiado cariño los recuerdos acerca de su infancia. La diferencia con cualquier otro día es que en aquella ocasión no vuelve a Sioux Falls, en el asiento del copiloto de su Subaru Loyale rojo está la bolsa que había llenado en el trastero, pero en el maletero guarda una bolsa más grande con toda su ropa y sus diarios. Si, se había ido de casa, pero había dejado una nota, y no tenía duda de que en cuanto pisara su lugar de destino Jody sabría dónde estaba. De modo que conduce durante toda la noche, llegando hasta aquel lugar cuando el sol pinta de rosa el cielo en un precioso amanecer que ella no disfruta, porque su mirada escanea el lugar al que nunca había ido todavía. No tarda en entrar y bajar el primer tramo de escaleras, y no duda de que en cuanto abre aquella pesada y ruidosa puerta de metal, todo el bunker sabe que alguien ha llegado, y efectivamente la figura de Dean Winchester no tarda más de un par de minutos en aparecer, con la mano derecha a la espalda y rostro precavido. — ¿Así recibes a las visitas? Pensaba que esto estaba abierto para todos los cazadores que lo necesitaran... ¿Hay hecho café? Necesito café.
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  • Si todavía alguien duda, el deporte estaba lejos de ser una etapa para Noah. Prueba de ello: una foto de su adolescencia.

    ใ…คใ…ค"¿๐™” ๐™ก๐™– ๐™จ๐™ค๐™ฃ๐™ง๐™ž๐™จ๐™– ๐™™๐™š ๐™ก๐™– ๐™›๐™ค๐™ฉ๐™ค, ๐™‰๐™ค๐™–๐™?"
    Si todavía alguien duda, el deporte estaba lejos de ser una etapa para Noah. Prueba de ello: una foto de su adolescencia. ใ…คใ…ค"¿๐™” ๐™ก๐™– ๐™จ๐™ค๐™ฃ๐™ง๐™ž๐™จ๐™– ๐™™๐™š ๐™ก๐™– ๐™›๐™ค๐™ฉ๐™ค, ๐™‰๐™ค๐™–๐™?"
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  • โธป"๐ด ๐‘š๐‘’๐‘š๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ฆ ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ ๐‘–๐‘‘๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘๐‘’๐‘ก๐‘ค๐‘’๐‘’๐‘› ๐‘™๐‘œ๐‘ฃ๐‘’ ๐‘Ž๐‘›๐‘‘ ๐‘๐‘Ž๐‘–๐‘›." | ๐„๐ง๐ญ๐ซ๐ฒ: ๐ˆ


    […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante.

    La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía.

    ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano.

    Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho.

    Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos.

    El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo.

    Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión.

    Otra vez había tenido ese sueño.
    โธป"๐ด ๐‘š๐‘’๐‘š๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ฆ ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ ๐‘–๐‘‘๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘๐‘’๐‘ก๐‘ค๐‘’๐‘’๐‘› ๐‘™๐‘œ๐‘ฃ๐‘’ ๐‘Ž๐‘›๐‘‘ ๐‘๐‘Ž๐‘–๐‘›." | ๐„๐ง๐ญ๐ซ๐ฒ: ๐ˆ […] Sentía la respiración más y más pesada a cada instante; suspiraba pesadamente al exhalar, y al inhalar, los pulmones le ardían mientras que un regusto a azufre invadía su lengua. El cerúleo de sus ojos cansinos se asomó apenas por sus entreabiertos párpados y los mechones rebeldes de su melena platinada, contemplando su silueta fragmentada en el espejo que tenía delante. La sangre escurría espesa y lenta —como si el vidrío sangrase desde cada lugar donde fue resquebrajado— tiñendo su pálido y distorsionado reflejo con un carmín sucio que parecía incluso desdibujar sus facciones. Tan solo su mirada, anclada al cristal, permanecía. Pero incluso sentía que esta ya no era suya. Entre más observaba, menos se reconocía. ¿Cuántas veces había contemplado su reflejo, solo para encontrar a alguien más detrás de él? A su padre, a su madre. A su hermano. Al propio hueco que la culpa había dejado en su pecho. Dante apretó los dientes al punto de hacerlos rechinar, así como su puño se ciñó a la empuñadura de su espada como si buscase aplastarla. La brea negra bajo sus pies comenzó a subir, mientras dejaba a la vista un precioso amuleto dorado frente a él, símbolo de sus más cruentos recuerdos. El cuerpo le pesaba, pero no iba a dejarse arrastrar por la culpa hasta el fondo de aquel mar negro. Con lo último que le quedaba de fuerzas, alzó la pesada hoja por encima del espejo, y la dejó caer. Un último impulso, un último anhelo. Y todo se volvió oscuridad sin encontrar en ello consuelo. Despertó agitado y empapado de sudor frío en uno de los sofás de su oficina. Los rayos cálidos del sol del atardecer le acariciaban el rostro en un contraste que le brindó tanto alivio como confusión. Otra vez había tenido ese sueño.
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    Sólo espero que no esté muy ocupado... ya debe estar en turno.
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    Porque sí, nomás.
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    Salir de prisión, empezar de nuevo, recuperar el tiempo perdido... eso era el menor de sus problemas.

    Sienna, sin saberlo, estaba a punto de entrar en el capítulo más caótico, doloroso y difícil de su vida fuera de la prisión.

    Y todo empezaba con él: Noah Reed.

    Su primer amor.
    Su compañero en el desastre.
    El motivo de su dolor.



    ๐„๐ฌ ๐ฅ๐š ๐ก๐ข๐ฌ๐ญ๐จ๐ซ๐ข๐š ๐๐ž ๐ฎ๐ง ๐š๐ฆ๐จ๐ซ, ๐œ๐จ๐ฆ๐จ ๐ง๐จ ๐ก๐š๐ฒ ๐จ๐ญ๐ซ๐จ ๐ข๐ ๐ฎ๐š๐ฅ. ๐๐ฎ๐ž ๐ฆ๐ž ๐ก๐ข๐ณ๐จ ๐œ๐จ๐ฆ๐ฉ๐ซ๐ž๐ง๐๐ž๐ซ ๐ญ๐จ๐๐จ ๐ž๐ฅ ๐›๐ข๐ž๐ง, ๐ญ๐จ๐๐จ ๐ž๐ฅ ๐ฆ๐š๐ฅ ๐ช๐ฎ๐ž ๐ฅ๐ž ๐๐ข๐จ ๐ฅ๐ฎ๐ณ ๐š ๐ฆ๐ข ๐ฏ๐ข๐๐š... ๐š๐ฉ๐š๐ ๐š๐ง๐๐จ๐ฅ๐š ๐๐ž๐ฌ๐ฉ๐ฎ๐ž๐ฌ. Salir de prisión, empezar de nuevo, recuperar el tiempo perdido... eso era el menor de sus problemas. Sienna, sin saberlo, estaba a punto de entrar en el capítulo más caótico, doloroso y difícil de su vida fuera de la prisión. Y todo empezaba con él: Noah Reed. Su primer amor. Su compañero en el desastre. El motivo de su dolor.
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