• Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos

    ​Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma)

    Mensaje: 𝘌𝘳𝘳𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘴𝘶𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘎𝘪𝘯𝘦𝘣𝘳𝘢. 𝘓𝘰𝘵𝘦 𝟦𝟤. 𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝟣𝟧 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘳𝘨𝘦𝘯. 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢𝘣𝘪𝘦𝘳𝘵𝘰. 𝘙𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘰𝘳𝘥𝘦𝘯𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘵𝘰

    ​Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro.

    La élite no dormía.
    Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad.

    ​Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida.

    ​~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos.
    ​No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto.

    ​Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra.

    ──​Acepto.
    Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos ​Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma) Mensaje: 𝘌𝘳𝘳𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘴𝘶𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘎𝘪𝘯𝘦𝘣𝘳𝘢. 𝘓𝘰𝘵𝘦 𝟦𝟤. 𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝟣𝟧 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘳𝘨𝘦𝘯. 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢𝘣𝘪𝘦𝘳𝘵𝘰. 𝘙𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘰𝘳𝘥𝘦𝘯𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘵𝘰 ​Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro. La élite no dormía. Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad. ​Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida. ​~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos. ​No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto. ​Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra. ──​Acepto.
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  • —𝘈𝘭𝘨𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘴𝘶𝘤𝘪𝘢𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴, 𝘺𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘵𝘳𝘶𝘺𝘰 𝘦𝘭 𝘧𝘶𝘵𝘶𝘳𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭𝘭𝘢𝘴. 𝘠 𝘴𝜄́, 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪𝘦́𝘯 𝘮𝘦 𝘷𝘦𝘰 𝘣𝘪𝘦𝘯 𝘩𝘢𝘤𝘪𝘦́𝘯𝘥𝘰𝘭𝘰.

    "𝑆𝑒𝑛̃𝑜𝑟, 𝑙𝑜𝑠 𝑎𝑛𝑎́𝑙𝑖𝑠𝑖𝑠 𝑖𝑛𝑑𝑖𝑐𝑎𝑛 𝑔𝑟𝑎𝑠𝑎, 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑦 𝑐𝑒𝑟𝑜 𝑚𝑜𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎."

    —𝘎𝘳𝘢𝘤𝘪𝘢𝘴, 𝑱𝑨𝑹𝑽𝑰𝑺. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘵𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘮𝘪 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰.
    —𝘈𝘭𝘨𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘴𝘶𝘤𝘪𝘢𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴, 𝘺𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘵𝘳𝘶𝘺𝘰 𝘦𝘭 𝘧𝘶𝘵𝘶𝘳𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭𝘭𝘢𝘴. 𝘠 𝘴𝜄́, 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪𝘦́𝘯 𝘮𝘦 𝘷𝘦𝘰 𝘣𝘪𝘦𝘯 𝘩𝘢𝘤𝘪𝘦́𝘯𝘥𝘰𝘭𝘰. "𝑆𝑒𝑛̃𝑜𝑟, 𝑙𝑜𝑠 𝑎𝑛𝑎́𝑙𝑖𝑠𝑖𝑠 𝑖𝑛𝑑𝑖𝑐𝑎𝑛 𝑔𝑟𝑎𝑠𝑎, 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑦 𝑐𝑒𝑟𝑜 𝑚𝑜𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎." —𝘎𝘳𝘢𝘤𝘪𝘢𝘴, 𝑱𝑨𝑹𝑽𝑰𝑺. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘵𝘦𝘯𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘮𝘪 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰.
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  • . 𝐼 𝑡𝘩𝑖𝑛𝑘 𝐼’𝑙𝑙 𝑚𝑖𝑠𝑠 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑜𝑟𝑒𝑣𝑒𝑟, 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑡𝘩𝑒 𝑠𝑡𝑎𝑟𝑠 𝑚𝑖𝑠𝑠 𝑡𝘩𝑒 𝑆𝑢𝑛 𝑖𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑚𝑜𝑟𝑛𝑖𝑛𝑔 𝑠𝑘𝑖𝑒𝑠 ~ {8}
    . 𝐼 𝑡𝘩𝑖𝑛𝑘 𝐼’𝑙𝑙 𝑚𝑖𝑠𝑠 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑜𝑟𝑒𝑣𝑒𝑟, 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑡𝘩𝑒 𝑠𝑡𝑎𝑟𝑠 𝑚𝑖𝑠𝑠 𝑡𝘩𝑒 𝑆𝑢𝑛 𝑖𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑚𝑜𝑟𝑛𝑖𝑛𝑔 𝑠𝑘𝑖𝑒𝑠 ~ {8}
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  • 𝐁𝐮𝐧𝐧𝐲𝐅𝐫𝐢𝐝𝐚𝐲'𝐬 𝘢𝘵 𝘋𝘰𝘰𝘮 𝘔𝘢𝘳𝘵.

    𝘔𝘦𝘯𝘴𝘢𝘫𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢...

    "𝘌𝘯 𝘤𝘶𝘦𝘴𝘵𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘤𝘩𝘢𝘮𝘣𝘢, 𝘭𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘥𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘰. 𝘚𝘢́𝘤𝘢𝘮𝘦 𝘥𝘦 𝘢𝘲𝘶𝜄́."
    𝐁𝐮𝐧𝐧𝐲𝐅𝐫𝐢𝐝𝐚𝐲'𝐬 𝘢𝘵 𝘋𝘰𝘰𝘮 𝘔𝘢𝘳𝘵. 𝘔𝘦𝘯𝘴𝘢𝘫𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢... "𝘌𝘯 𝘤𝘶𝘦𝘴𝘵𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘤𝘩𝘢𝘮𝘣𝘢, 𝘭𝘰 𝘦𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘥𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘰. 𝘚𝘢́𝘤𝘢𝘮𝘦 𝘥𝘦 𝘢𝘲𝘶𝜄́."
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  • 𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐚𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐦𝐢𝐬 𝐩𝐞𝐧𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐬𝐨𝐥
    𝐯𝐨𝐲 𝐚 𝐩𝐢𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧
    𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐫𝐨𝐛𝐚𝐫𝐥𝐞, 𝐭𝐨𝐝𝐚 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐬𝐢ó𝐧.
    𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐚𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐦𝐢𝐬 𝐩𝐞𝐧𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐬𝐨𝐥 𝐯𝐨𝐲 𝐚 𝐩𝐢𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧 𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐫𝐨𝐛𝐚𝐫𝐥𝐞, 𝐭𝐨𝐝𝐚 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐬𝐢ó𝐧.
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  • 𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘦 𝘧𝘳𝘰𝘮 𝘵𝘩𝘦 𝘤𝘩𝘢𝘰𝘴 𝘪𝘯 𝘮𝘺 𝘮𝘪𝘯𝘥,
    𝘞𝘩𝘦𝘳𝘦 𝘸𝘦 𝘴𝘵𝘪𝘭𝘭 𝘢𝘳𝘦 𝘣𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘵𝘰𝘨𝘦𝘵𝘩𝘦𝘳?
    𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘣𝘦 𝘵𝘩𝘦𝘳𝘦, 𝘸𝘢𝘪𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘣𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘨𝘢𝘵𝘦𝘴 𝘰𝘧 𝘥𝘢𝘸𝘯,
    𝘞𝘩𝘦𝘯 𝘐 𝘤𝘭𝘰𝘴𝘦 𝘮𝘺 𝘦𝘺𝘦𝘴 𝘧𝘰𝘳𝘦𝘷𝘦𝘳?

    https://youtu.be/35eio8imriw
    𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘦 𝘧𝘳𝘰𝘮 𝘵𝘩𝘦 𝘤𝘩𝘢𝘰𝘴 𝘪𝘯 𝘮𝘺 𝘮𝘪𝘯𝘥, 𝘞𝘩𝘦𝘳𝘦 𝘸𝘦 𝘴𝘵𝘪𝘭𝘭 𝘢𝘳𝘦 𝘣𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘵𝘰𝘨𝘦𝘵𝘩𝘦𝘳? 𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘣𝘦 𝘵𝘩𝘦𝘳𝘦, 𝘸𝘢𝘪𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘣𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘨𝘢𝘵𝘦𝘴 𝘰𝘧 𝘥𝘢𝘸𝘯, 𝘞𝘩𝘦𝘯 𝘐 𝘤𝘭𝘰𝘴𝘦 𝘮𝘺 𝘦𝘺𝘦𝘴 𝘧𝘰𝘳𝘦𝘷𝘦𝘳? https://youtu.be/35eio8imriw
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  • ❝𝑊𝘩𝑎𝑡 𝑖𝑠 𝑡𝘩𝑒 𝑚𝑖𝑛𝑑 𝑏𝑢𝑡 𝑎 𝑠𝑚𝑎𝑙𝑙 𝘩𝑎𝑛𝑑 𝑜𝑓 𝑎𝑔𝑜𝑛𝑖𝑒𝑠.ᐣ❞
    ❝𝑊𝘩𝑎𝑡 𝑖𝑠 𝑡𝘩𝑒 𝑚𝑖𝑛𝑑 𝑏𝑢𝑡 𝑎 𝑠𝑚𝑎𝑙𝑙 𝘩𝑎𝑛𝑑 𝑜𝑓 𝑎𝑔𝑜𝑛𝑖𝑒𝑠.ᐣ❞
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • 𝐴𝑙𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎𝑡𝑖𝑣𝑒 𝑈𝑛𝑖𝑣𝑒𝑟𝑠𝑒 | 𝐿𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑎𝑐𝑡𝑢𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝑢𝑛 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒. ──── (𝐴𝑈)

    ────¡𝘖𝘩! ¡𝘏𝘰𝘭𝘢! 𝘜𝘯 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘢𝘭𝘶𝘥𝘢𝘳𝘵𝘦. 𝘋𝘦𝘣𝘦𝘴 𝘴𝘦𝘳 𝘦𝘭/𝘭𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰/𝘢 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘩𝘪𝘫𝘢. 𝘗𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘳; 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘳𝘳𝘪𝘣𝘢 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘺 𝘵𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰. ¿𝘚𝘢𝘣𝘦𝘴? 𝘔𝘦 𝘢𝘭𝘦𝘨𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘨𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴. 𝘋𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘶𝘳𝘪ó 𝘴𝘶 𝘮𝘢𝘥𝘳𝘦 𝘩𝘢𝘤𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰𝘴 𝘢ñ𝘰𝘴 𝘴𝘦 𝘩𝘪𝘻𝘰 𝘮𝘶𝘺 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘮𝘪𝘴𝘵𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯í𝘢 𝘤𝘶á𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘢𝘥𝘰𝘭𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘵𝘦. . . 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘪𝘨𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘢𝘥𝘶𝘭𝘵𝘦𝘻, 𝘦𝘴 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘪𝘯𝘵𝘰, 𝘺 𝘦𝘴𝘰 𝘮𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘦 𝘧𝘦𝘭𝘪𝘻. ────

    ────𝘚𝘶𝘣𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘢𝘭𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘢 𝘭𝘢 𝘥𝘦𝘳𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘦𝘴𝘵á 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯. 𝘕𝘰 𝘥𝘶𝘥𝘦𝘯 𝘦𝘯 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘴𝘪 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘰; 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳é 𝘱𝘳𝘦𝘱𝘢𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘦𝘯𝘢. 𝘋𝘪𝘭𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳á 𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘴𝘵é𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭𝘭𝘢.────

    ||• La vida de Santi si su hija (Que tendría unos 20/25 años) estaría viva. Hasta feliz se lo ve también. [♡]
    𝐴𝑙𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎𝑡𝑖𝑣𝑒 𝑈𝑛𝑖𝑣𝑒𝑟𝑠𝑒 | 𝐿𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑎𝑐𝑡𝑢𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝑢𝑛 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒. ──── (𝐴𝑈) ────¡𝘖𝘩! ¡𝘏𝘰𝘭𝘢! 𝘜𝘯 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘢𝘭𝘶𝘥𝘢𝘳𝘵𝘦. 𝘋𝘦𝘣𝘦𝘴 𝘴𝘦𝘳 𝘦𝘭/𝘭𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰/𝘢 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘩𝘪𝘫𝘢. 𝘗𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘳; 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘳𝘳𝘪𝘣𝘢 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘺 𝘵𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰. ¿𝘚𝘢𝘣𝘦𝘴? 𝘔𝘦 𝘢𝘭𝘦𝘨𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘨𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴. 𝘋𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘶𝘳𝘪ó 𝘴𝘶 𝘮𝘢𝘥𝘳𝘦 𝘩𝘢𝘤𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰𝘴 𝘢ñ𝘰𝘴 𝘴𝘦 𝘩𝘪𝘻𝘰 𝘮𝘶𝘺 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘮𝘪𝘴𝘵𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯í𝘢 𝘤𝘶á𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘢𝘥𝘰𝘭𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘵𝘦. . . 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘪𝘨𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘢𝘥𝘶𝘭𝘵𝘦𝘻, 𝘦𝘴 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘪𝘯𝘵𝘰, 𝘺 𝘦𝘴𝘰 𝘮𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘦 𝘧𝘦𝘭𝘪𝘻. ──── ────𝘚𝘶𝘣𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘢𝘭𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘢 𝘭𝘢 𝘥𝘦𝘳𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘦𝘴𝘵á 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯. 𝘕𝘰 𝘥𝘶𝘥𝘦𝘯 𝘦𝘯 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘴𝘪 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘰; 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳é 𝘱𝘳𝘦𝘱𝘢𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘦𝘯𝘢. 𝘋𝘪𝘭𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳á 𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘴𝘵é𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭𝘭𝘢.──── ||• La vida de Santi si su hija (Que tendría unos 20/25 años) estaría viva. Hasta feliz se lo ve también. [♡]
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    ㅤㅤㅤㅤㅤᯓ 𓍼 ¿𝘤𝘢𝘯 𝘪 𝘩𝘦𝘭𝘱 𝘺𝘰𝘶? 𖹭 𓍼 ᯓ
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