• -tiempo sin abrir la botica, me pregunto si aun oermanecere en memorias efimeras- la bruja simpemente suspiro creando una neblina con el humo de su kiseru
    -tiempo sin abrir la botica, me pregunto si aun oermanecere en memorias efimeras- la bruja simpemente suspiro creando una neblina con el humo de su kiseru
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Me gustaría cambiar el final de cierto cuento que me marco en parte de mi vida, el monstruo del Este seguía buscando la humanidad ya que era algo que simplemente le traía curiosidad, pero nadie era capaz de entrar en el oscuro corazón. El cual tantas vidas había arrebatado, no sentía culpa ni tristeza. De todas las chicas se fijo en una en especial, no era como las demás en absoluto ella prefería los libros que las fiestas, la tranquilidad y no el caos. Fue entonces cuando se quedó prendado por su belleza y fue entonces donde la quiso para él. Hoy en día el monstruo sabe que es la humanidad pero sobre todo que es el amor, gracias a una bruja que lo sabe calmar de todo lo que le ocurrio. Elisabeth Turner
    Me gustaría cambiar el final de cierto cuento que me marco en parte de mi vida, el monstruo del Este seguía buscando la humanidad ya que era algo que simplemente le traía curiosidad, pero nadie era capaz de entrar en el oscuro corazón. El cual tantas vidas había arrebatado, no sentía culpa ni tristeza. De todas las chicas se fijo en una en especial, no era como las demás en absoluto ella prefería los libros que las fiestas, la tranquilidad y no el caos. Fue entonces cuando se quedó prendado por su belleza y fue entonces donde la quiso para él. Hoy en día el monstruo sabe que es la humanidad pero sobre todo que es el amor, gracias a una bruja que lo sabe calmar de todo lo que le ocurrio. [Turney_thcx]
    Me gusta
    Me encocora
    3
    1 turno 0 maullidos
  • Irredimible
    Fandom OC
    Categoría Original
    Valen Schultz

    La casa de Dios, lugar donde la bruja no era bienvenida y un lugar que repudiaba...

    En la primera guerra, allá por el siglo XIV contra la iglesia, saqueó y destruyó numerosos pueblos conocidos por ser religiosos, sobre todo en Aviñón, lugar donde finalmente se asediaría contra las fuerzas de la iglesia, pero eso es agua pasada... ¿No?

    No, no lo era, el conflicto, aunque por aquel entonces se detuviera, nunca se apagó.

    Hoy Morana se dirigía a una catedral, curioso era el motivo, quería observar de cerca el motivo por el que tantas personas buscaban refugio en Dios cuando la iglesia para ella no eran más que mentiras...

    Odiaba la idea.

    Caminaba con una calma que no reflejaba lo que sentía, pisaba la tierra santa como si de basura se tratase, con un resentimiento propio de ella, pues le arrebataron todo lo que conocía, todo lo que amaba...

    Las puertas de la catedral, de arquitectura majestuosa se hallaban frente a ella, hacía poco que la misa había terminado, así que aún habían unas pocas personas, una multitud que, poco a poco, fue disminuyendo.

    La bruja entró en la casa de Dios, irónica era la sensación que la recorría, un odio personal, pero al mismo tiempo, el cálido abrazo de lo que alguna vez fue su propia creencia, ahora manchado por la sangre derramada en su pasado.

    Los pasos hicieron eco, su mirada se posaría en el cristo, crucificado en lo alto, una decoración que le trajo recuerdos tan nefastos, tan distantes... Pero aún intensos.

    Recuerda las piras, las antorchas, las guerras, las muertes ¿Cuántas víctimas hubo? Demasiadas en ambos bandos, murieron culpables e inocentes por igual.

    Pero también habían recuerdos bellos, el rubio color del cabello de su esposo, como siempre trató de llevarla con ella a la iglesia, asegurando que entregando su corazón a la fe, el peso del día a día se iría...

    Una pena que el mismo hombre muriese en la pira, quemado por aquellos en quienes tanto confiaba.

    La mirada de Morana no reflejaba el remolino de emociones que la recorría, pero en su trance no se percató de la ausencia de personas alrededor suya ¿Había quedado sola en la iglesia...?
    [smile4me] La casa de Dios, lugar donde la bruja no era bienvenida y un lugar que repudiaba... En la primera guerra, allá por el siglo XIV contra la iglesia, saqueó y destruyó numerosos pueblos conocidos por ser religiosos, sobre todo en Aviñón, lugar donde finalmente se asediaría contra las fuerzas de la iglesia, pero eso es agua pasada... ¿No? No, no lo era, el conflicto, aunque por aquel entonces se detuviera, nunca se apagó. Hoy Morana se dirigía a una catedral, curioso era el motivo, quería observar de cerca el motivo por el que tantas personas buscaban refugio en Dios cuando la iglesia para ella no eran más que mentiras... Odiaba la idea. Caminaba con una calma que no reflejaba lo que sentía, pisaba la tierra santa como si de basura se tratase, con un resentimiento propio de ella, pues le arrebataron todo lo que conocía, todo lo que amaba... Las puertas de la catedral, de arquitectura majestuosa se hallaban frente a ella, hacía poco que la misa había terminado, así que aún habían unas pocas personas, una multitud que, poco a poco, fue disminuyendo. La bruja entró en la casa de Dios, irónica era la sensación que la recorría, un odio personal, pero al mismo tiempo, el cálido abrazo de lo que alguna vez fue su propia creencia, ahora manchado por la sangre derramada en su pasado. Los pasos hicieron eco, su mirada se posaría en el cristo, crucificado en lo alto, una decoración que le trajo recuerdos tan nefastos, tan distantes... Pero aún intensos. Recuerda las piras, las antorchas, las guerras, las muertes ¿Cuántas víctimas hubo? Demasiadas en ambos bandos, murieron culpables e inocentes por igual. Pero también habían recuerdos bellos, el rubio color del cabello de su esposo, como siempre trató de llevarla con ella a la iglesia, asegurando que entregando su corazón a la fe, el peso del día a día se iría... Una pena que el mismo hombre muriese en la pira, quemado por aquellos en quienes tanto confiaba. La mirada de Morana no reflejaba el remolino de emociones que la recorría, pero en su trance no se percató de la ausencia de personas alrededor suya ¿Había quedado sola en la iglesia...?
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me shockea
    7
    4 turnos 0 maullidos
  • Opuestos naturales.
    Fandom JJK/OC
    Categoría Original
    [Norte de Berlín. - Alemania. - 16:24 - 23/04/2043]

    Leo

    Un rumor había llegado a oídos de Morana, apenas unos susurros sobre un alma de gran poder, el alma de un genocida, pero que nadie osaba cuestionar, había reencarnado...

    El alma del mismísimo Ryōmen Sukuna, hechicero imbatible en su época, megalómano, y el que más tarde se convertiría en rey de las maldiciones. Su muerte fue una sorpresa, pero no más que su reencarnación.

    Hoy era momento de una reunión con el chico en cuestión, el cual se dedicaba al exorcismo de maldiciones para vivir. Fue una sorpresa para Morana enterarse de que la reencarnación de Sukuna era un chico sorprendentemente altruísta, todo lo contrario a lo que fue Sukuna en vida, y ahora se hacía llamar Leo.

    La reunión sería en un lugar convencional, una plaza tranquila, Morana ya estaba cansada de reuniones secretas en locales de mala muerte, estaría bien respirar el aire de la que alguna vez fue su tierra.

    No dio demasiados detalles sobre cómo se vería, mas aseguró al momento de pactar su reunión que sería sencillo distinguirla, a fin de cuentas, un hechicero sería capaz de ver el torrente de energía que la bruja emanaba, fruto de las miles de almas cosechadas por ella.

    No lo admitiría nunca, pero realmente quería conocer al que continuaría el legado de Ryōmen Sukuna ¿Qué camino elegiría tomar? Era algo que la llenaba de curiosidad.

    Morana estaba tranquilamente en la plaza en un lugar relativamente apartado de la multitud, los rayos del sol hacían que su cabellera, aunque cubierta, brillara por su tono rubio apagado. La gente de vez en cuando lanzaba miradas curiosas hacia ella, pero nadie se atrevía a acercarse, o al menos así era hasta que alguien dirigió su andar hacia ella...
    [Norte de Berlín. - Alemania. - 16:24 - 23/04/2043] [Cursed_Bastard] Un rumor había llegado a oídos de Morana, apenas unos susurros sobre un alma de gran poder, el alma de un genocida, pero que nadie osaba cuestionar, había reencarnado... El alma del mismísimo Ryōmen Sukuna, hechicero imbatible en su época, megalómano, y el que más tarde se convertiría en rey de las maldiciones. Su muerte fue una sorpresa, pero no más que su reencarnación. Hoy era momento de una reunión con el chico en cuestión, el cual se dedicaba al exorcismo de maldiciones para vivir. Fue una sorpresa para Morana enterarse de que la reencarnación de Sukuna era un chico sorprendentemente altruísta, todo lo contrario a lo que fue Sukuna en vida, y ahora se hacía llamar Leo. La reunión sería en un lugar convencional, una plaza tranquila, Morana ya estaba cansada de reuniones secretas en locales de mala muerte, estaría bien respirar el aire de la que alguna vez fue su tierra. No dio demasiados detalles sobre cómo se vería, mas aseguró al momento de pactar su reunión que sería sencillo distinguirla, a fin de cuentas, un hechicero sería capaz de ver el torrente de energía que la bruja emanaba, fruto de las miles de almas cosechadas por ella. No lo admitiría nunca, pero realmente quería conocer al que continuaría el legado de Ryōmen Sukuna ¿Qué camino elegiría tomar? Era algo que la llenaba de curiosidad. Morana estaba tranquilamente en la plaza en un lugar relativamente apartado de la multitud, los rayos del sol hacían que su cabellera, aunque cubierta, brillara por su tono rubio apagado. La gente de vez en cuando lanzaba miradas curiosas hacia ella, pero nadie se atrevía a acercarse, o al menos así era hasta que alguien dirigió su andar hacia ella...
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me encocora
    3
    29 turnos 1 maullido
  • Una segunda oportunidad.
    Fandom OC/Black Butler.
    Categoría Original
    Ciel Phantomhive

    [Mediados del siglo XIX]

    Esto era un deleite para la nigromante...

    Cuerpo sin vida, víctima de un ritual profano, algo tan típico como triste, una historia que se habría de repetir miles de veces...

    — Ah~ La ambición humana... — Apenas un murmullo en la oscuridad...

    ¿Cuándo entenderían los humanos que habían fuerzas con las que era mejor no tratar?¿Cuantos más habrían de morir con el mero propósito de conseguir poder?

    No importaba, al menos no para la nigromante.

    Un cascarón, cuerpo sin alma, quizás necesitaría un... Pequeño impulso...

    Conocía la historia, la muerte de su familia, su venta, su secuestro... No conocía detalles, pero sabía lo necesario.

    — ¿Será que buscarás venganza? — Preguntó la voz con cierta burla en su tono.

    Normalmente no resucitaría a nadie sin un precio, pero esta vez sería divertido... ¿El pago? Ser testigo si dicha venganza se llevaba a cabo... O llegar a tratar con el demonio que se liberó gracias a su muerte, ambas serían beneficio para la bruja.

    Finalmente el lugar se iluminó, antorchas en las paredes, un lugar antiguo, propiedad de la bruja que, con su mirada plateada, observaba el cuerpo del que apuntaba a ser conde.

    — Que desgracia ¿No te parece triste? — Preguntó, como si el contrario fuera a responderle, pero solo halló silencio. — Es una situación peculiar... — ¿Dónde habría ido su alma? Imposible saberlo incluso para la nigromante, el pago por invocar a un demonio era tan impredecible como estúpido.

    Quitó el guante de su mano izquierda, acarició el rostro del joven, un tacto tan frío como el suyo propio, el tacto de un cadáver... Movió lentamente la mano, pasando por el mentón... El cuello... Y finalmente, posándose en el pecho del contrario.

    No recitó palabra, no hubo cánticos ni rituales, no sería necesario... Morana pondría el pago por el retorno del conde, apenas unas almas serían suficientes para restaurar su cuerpo y su mente, pero había algo que escapaba de sus manos... Su alma...

    — ¿Qué haré? — Dijo con una calma inquietante, una pregunta retórica, podría usar un pacto como pretexto para hacer alzarse al muerto ¿Las condiciones? Simples, su cuerpo se impulsaría por la magia de la nigromante hasta que ella encontrase el alma del conde.

    El fuego en las antorchas se atenuó, el aire se había vuelto más pesado, la nigromante comenzó a hacer uso de su magia y con ello, una energía comenzó a inundar el cuerpo del fallecido.

    La piel retomó su color, las heridas se cerrarían lentamente y, con suerte, si todo funcionaba como la bruja planeaba, la conciencia regresaría pronto...

    Fue entonces que se separó, encendió un cigarro y esperó... Los orbes plateados de Morana estaban clavados sobre él, preparada para cualquier tipo de reacción, a fin de cuentas, no todos reaccionan igual al volver a la vida... ¿Qué ocurrirá esta vez...?
    [potentiareger3] [Mediados del siglo XIX] Esto era un deleite para la nigromante... Cuerpo sin vida, víctima de un ritual profano, algo tan típico como triste, una historia que se habría de repetir miles de veces... — Ah~ La ambición humana... — Apenas un murmullo en la oscuridad... ¿Cuándo entenderían los humanos que habían fuerzas con las que era mejor no tratar?¿Cuantos más habrían de morir con el mero propósito de conseguir poder? No importaba, al menos no para la nigromante. Un cascarón, cuerpo sin alma, quizás necesitaría un... Pequeño impulso... Conocía la historia, la muerte de su familia, su venta, su secuestro... No conocía detalles, pero sabía lo necesario. — ¿Será que buscarás venganza? — Preguntó la voz con cierta burla en su tono. Normalmente no resucitaría a nadie sin un precio, pero esta vez sería divertido... ¿El pago? Ser testigo si dicha venganza se llevaba a cabo... O llegar a tratar con el demonio que se liberó gracias a su muerte, ambas serían beneficio para la bruja. Finalmente el lugar se iluminó, antorchas en las paredes, un lugar antiguo, propiedad de la bruja que, con su mirada plateada, observaba el cuerpo del que apuntaba a ser conde. — Que desgracia ¿No te parece triste? — Preguntó, como si el contrario fuera a responderle, pero solo halló silencio. — Es una situación peculiar... — ¿Dónde habría ido su alma? Imposible saberlo incluso para la nigromante, el pago por invocar a un demonio era tan impredecible como estúpido. Quitó el guante de su mano izquierda, acarició el rostro del joven, un tacto tan frío como el suyo propio, el tacto de un cadáver... Movió lentamente la mano, pasando por el mentón... El cuello... Y finalmente, posándose en el pecho del contrario. No recitó palabra, no hubo cánticos ni rituales, no sería necesario... Morana pondría el pago por el retorno del conde, apenas unas almas serían suficientes para restaurar su cuerpo y su mente, pero había algo que escapaba de sus manos... Su alma... — ¿Qué haré? — Dijo con una calma inquietante, una pregunta retórica, podría usar un pacto como pretexto para hacer alzarse al muerto ¿Las condiciones? Simples, su cuerpo se impulsaría por la magia de la nigromante hasta que ella encontrase el alma del conde. El fuego en las antorchas se atenuó, el aire se había vuelto más pesado, la nigromante comenzó a hacer uso de su magia y con ello, una energía comenzó a inundar el cuerpo del fallecido. La piel retomó su color, las heridas se cerrarían lentamente y, con suerte, si todo funcionaba como la bruja planeaba, la conciencia regresaría pronto... Fue entonces que se separó, encendió un cigarro y esperó... Los orbes plateados de Morana estaban clavados sobre él, preparada para cualquier tipo de reacción, a fin de cuentas, no todos reaccionan igual al volver a la vida... ¿Qué ocurrirá esta vez...?
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    Me encocora
    Me endiabla
    7
    9 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈
    𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬

    Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo.

    Así fue como comenzó todo.

    Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo.

    ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia.

    Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez.

    ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño.

    Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle.

    Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros.

    ────¿Qué… estás haciendo?

    No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly».

    Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo:

    ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue.

    Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles.

    Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé.

    ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta.

    Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina.

    ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación.

    Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida.

    ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres.

    Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios.

    Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo.

    Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma.

    ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo?

    Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo.

    ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro.

    ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos.

    Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia.

    ────Hola, hola…

    La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día.

    Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre.

    Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella.

    A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación.

    Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo.

    ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste.

    ────Por supuesto.

    La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro.

    Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado?

    Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra.

    Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros.

    Pero ante ella, había una certeza clara.

    Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas.

    En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno.

    Esa era su promesa. Y la cumpliría.

    Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría.

    Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈 𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬 Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo. Así fue como comenzó todo. Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo. ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia. Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez. ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle. Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros. ────¿Qué… estás haciendo? No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly». Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo: ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue. Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles. Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé. ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta. Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina. ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación. Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida. ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres. Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios. Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo. Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma. ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo? Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo. ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro. ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos. Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia. ────Hola, hola… La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día. Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre. Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella. A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación. Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo. ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste. ────Por supuesto. La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro. Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado? Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra. Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros. Pero ante ella, había una certeza clara. Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas. En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno. Esa era su promesa. Y la cumpliría. Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría. Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
    Me encocora
    5
    0 comentarios 0 compartidos
  • ─── ¡Yo debería ser esa! ───
    Gritó en berrinche viendo cómo en las noticias un muy guapo caballero despojaba a una bruja como esposa, demostrando que ya las barreras de distinción de clases se borraban.
    ─── ¿¡Dónde está mi amor adolescente!? ¡No importa si ya pasé los 25. yo quiero mi caballero! ───
    ─── ¡Yo debería ser esa! ─── Gritó en berrinche viendo cómo en las noticias un muy guapo caballero despojaba a una bruja como esposa, demostrando que ya las barreras de distinción de clases se borraban. ─── ¿¡Dónde está mi amor adolescente!? ¡No importa si ya pasé los 25. yo quiero mi caballero! ───
    Me gusta
    Me enjaja
    Me encocora
    8
    14 turnos 0 maullidos
  • ─── ¿Será muy severo de mi parte ofrecerle quedarse aqui? Bueno, mi código de bruja blanca estipula que si dentro de mis capacidades, oportunidades y condiciones; ayudar a alguien sin causar algún mal, debería hacerlo.
    Le diré que tiene un sitio de refugio si un dia lo necesita. Sí. Eso funcionará. ───
    ─── ¿Será muy severo de mi parte ofrecerle quedarse aqui? Bueno, mi código de bruja blanca estipula que si dentro de mis capacidades, oportunidades y condiciones; ayudar a alguien sin causar algún mal, debería hacerlo. Le diré que tiene un sitio de refugio si un dia lo necesita. Sí. Eso funcionará. ───
    Me gusta
    Me encocora
    10
    5 turnos 0 maullidos
  • -Brujas, hadas, duendes, vampiros, hombres lobo, horcos e incluso hasta unicornio habitan este bosque, ¿Que es lo que estás buscando aquí?
    -Brujas, hadas, duendes, vampiros, hombres lobo, horcos e incluso hasta unicornio habitan este bosque, ¿Que es lo que estás buscando aquí?
    Me gusta
    Me encocora
    8
    12 turnos 0 maullidos
  • -se que esto es raro de decir proveniendo de una criatura que siempre aclara no ser humana... es solo que- suspiro miro alrededor - aveces me gustaria saber hasta donde llega mi "humanidad" o si tan siquiera puedo parecer uno, se supone que como una bruja debo parecer lo mas humano posible epro aveces siento como si me alejara de ellos y tambien me pone algo nervioso conociendo como son mis tias cuando no son "humanas"-

    https://music.youtube.com/watch?v=Nh-z44MusKs&si=loiMG70qKIC6H6vL
    -se que esto es raro de decir proveniendo de una criatura que siempre aclara no ser humana... es solo que- suspiro miro alrededor - aveces me gustaria saber hasta donde llega mi "humanidad" o si tan siquiera puedo parecer uno, se supone que como una bruja debo parecer lo mas humano posible epro aveces siento como si me alejara de ellos y tambien me pone algo nervioso conociendo como son mis tias cuando no son "humanas"- https://music.youtube.com/watch?v=Nh-z44MusKs&si=loiMG70qKIC6H6vL
    Me gusta
    2
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados