La sala de vigilancia de la base era poco más que unos cuantos contenedores metálicos acomodados como escritorios. El generador vibraba como un corazón enfermo mientras los soldados miraban pantallas llenas de estática e imágenes deshabitadas. Kalhi estaba de pie detrás de ellos, inmóvil.
— Eh, Nigara, ¿Por qué te enviaron a ti en lugar de a un ingeniero? —Comentó uno, sin apartar la vista del monitor.
— El equipo no es el problema, ya lo revisaron dos veces… —respondió otro con un bufido cansado.
— ¿Y qué crees que es entonces? ¿Un fantasma? ¿Extraterrestres? Peor, ¿Un fantasma extraterrestre?
Un par de risas aligeraron el ambiente. Kalhi no intervino.
Las trampas electromagnéticas ya estaba activadas en cada muro junto a una cámara exterior, con sus lucecitas tiltilando en silencio. El primer pitido sonó tan bajo que casi pasó desapercibido, un bip digital que pasó a repetirse para convertirse en un chillido sostenido. En la pantalla del corredor lateral apareció una mancha. Las cámaras compensaban la exposición con retraso, generando una sucesión de imágenes fragmentadas donde patas largas y un cuerpo erróneo parecían surgir y desaparecer en el mismo fotograma.
— Eso… eso es un error de compresión —dijo alguien.
La criatura avanzó um paso, la mancha de estática se deformó alrededor de su cuerpo. Kalhi afiló apenas la mirada confirmando lo que ya sabía: la cosa estaba siendo obligada a aparecer gracias a las trampas.
La cámara ajustó el ángulo, la escena quedó reducida a una imagen infrarroja rodeada por noche pura. Y en frente estaba la figura, inclinándose grotescamente bajo su propio peso, apoyada en extremidades demasiado largas que tocaban el suelo con una delicadeza antinatural. No había ojos distinguibles en la imagen, pero la sensación de ser observados atravesó la sala de control como flechas de hielo.
— ¿Qué… qué mierda es eso? —susurró el técnico más joven, incapaz de apartar la mirada.
Kalhi dio un paso hacia la puerta de salida, ajustó el cierre de su uniforme.
— Intruso confirmado —dijo finalmente.
— Eh, Nigara, ¿Por qué te enviaron a ti en lugar de a un ingeniero? —Comentó uno, sin apartar la vista del monitor.
— El equipo no es el problema, ya lo revisaron dos veces… —respondió otro con un bufido cansado.
— ¿Y qué crees que es entonces? ¿Un fantasma? ¿Extraterrestres? Peor, ¿Un fantasma extraterrestre?
Un par de risas aligeraron el ambiente. Kalhi no intervino.
Las trampas electromagnéticas ya estaba activadas en cada muro junto a una cámara exterior, con sus lucecitas tiltilando en silencio. El primer pitido sonó tan bajo que casi pasó desapercibido, un bip digital que pasó a repetirse para convertirse en un chillido sostenido. En la pantalla del corredor lateral apareció una mancha. Las cámaras compensaban la exposición con retraso, generando una sucesión de imágenes fragmentadas donde patas largas y un cuerpo erróneo parecían surgir y desaparecer en el mismo fotograma.
— Eso… eso es un error de compresión —dijo alguien.
La criatura avanzó um paso, la mancha de estática se deformó alrededor de su cuerpo. Kalhi afiló apenas la mirada confirmando lo que ya sabía: la cosa estaba siendo obligada a aparecer gracias a las trampas.
La cámara ajustó el ángulo, la escena quedó reducida a una imagen infrarroja rodeada por noche pura. Y en frente estaba la figura, inclinándose grotescamente bajo su propio peso, apoyada en extremidades demasiado largas que tocaban el suelo con una delicadeza antinatural. No había ojos distinguibles en la imagen, pero la sensación de ser observados atravesó la sala de control como flechas de hielo.
— ¿Qué… qué mierda es eso? —susurró el técnico más joven, incapaz de apartar la mirada.
Kalhi dio un paso hacia la puerta de salida, ajustó el cierre de su uniforme.
— Intruso confirmado —dijo finalmente.
La sala de vigilancia de la base era poco más que unos cuantos contenedores metálicos acomodados como escritorios. El generador vibraba como un corazón enfermo mientras los soldados miraban pantallas llenas de estática e imágenes deshabitadas. Kalhi estaba de pie detrás de ellos, inmóvil.
— Eh, Nigara, ¿Por qué te enviaron a ti en lugar de a un ingeniero? —Comentó uno, sin apartar la vista del monitor.
— El equipo no es el problema, ya lo revisaron dos veces… —respondió otro con un bufido cansado.
— ¿Y qué crees que es entonces? ¿Un fantasma? ¿Extraterrestres? Peor, ¿Un fantasma extraterrestre?
Un par de risas aligeraron el ambiente. Kalhi no intervino.
Las trampas electromagnéticas ya estaba activadas en cada muro junto a una cámara exterior, con sus lucecitas tiltilando en silencio. El primer pitido sonó tan bajo que casi pasó desapercibido, un bip digital que pasó a repetirse para convertirse en un chillido sostenido. En la pantalla del corredor lateral apareció una mancha. Las cámaras compensaban la exposición con retraso, generando una sucesión de imágenes fragmentadas donde patas largas y un cuerpo erróneo parecían surgir y desaparecer en el mismo fotograma.
— Eso… eso es un error de compresión —dijo alguien.
La criatura avanzó um paso, la mancha de estática se deformó alrededor de su cuerpo. Kalhi afiló apenas la mirada confirmando lo que ya sabía: la cosa estaba siendo obligada a aparecer gracias a las trampas.
La cámara ajustó el ángulo, la escena quedó reducida a una imagen infrarroja rodeada por noche pura. Y en frente estaba la figura, inclinándose grotescamente bajo su propio peso, apoyada en extremidades demasiado largas que tocaban el suelo con una delicadeza antinatural. No había ojos distinguibles en la imagen, pero la sensación de ser observados atravesó la sala de control como flechas de hielo.
— ¿Qué… qué mierda es eso? —susurró el técnico más joven, incapaz de apartar la mirada.
Kalhi dio un paso hacia la puerta de salida, ajustó el cierre de su uniforme.
— Intruso confirmado —dijo finalmente.