• "Desconozco constantemente los motivos por los que la gente realizan sus acciones. Quizá porque ni yo mismo entiendo el motivo de las cosas que hago la mayoría del tiempo..."
    "Desconozco constantemente los motivos por los que la gente realizan sus acciones. Quizá porque ni yo mismo entiendo el motivo de las cosas que hago la mayoría del tiempo..."
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  • 𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧
    — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳

    「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」
    ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧*
    Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche.
    "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊".

    Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada.
    Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻.

    —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼?
    —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡

    ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua.
    ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello.

    ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽.

    ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración.
    ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo?

    ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente.

    ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo.
    ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más.
    ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..."

    ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento.
    ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa?
    ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
    𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧ — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳 「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」 ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧* Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche. "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊". Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada. Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻. —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼? —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡ ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua. ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello. ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽. ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración. ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo? ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente. ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo. ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más. ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..." ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento. ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa? ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
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  • Había pasado el día encerrada, evitando cualquier contacto, temiendo cruzarse con el sanador y tener que enfrentar algo que aun no estaba dispuesta ni preparada para hacer.

    Los pasadizos secretos de la salida real tenían varios accesos, uno de ellos comenzaba desde su habitación, estos los construyeron para huidas desesperadas en tiempos de guerra.

    ​Al recorrerlos te llevaba a una especie de catacumba abierta hacia el mar.
    Necesitaba que el frío de la costa entumeciera sus pensamientos para poder finalmente diseccionarlos.

    ​Salió al exterior sintiéndose vulnerable, despojada de su armadura y de la rigidez de su rango. Vestía apenas una túnica de lino ligero que el viento marino pegaba a su figura, revelando su silueta sin las distracciones de las pesadas telas reales. Descalza sobre la piedra fría, sentía que el aislamiento era su única protección contra la confusión que la devoraba, respiró hondo... pero entonces, el ruido en la oscuridad de la catatumba la obligó a salir de su trance. Estaba indefensa, mientras sus ojos rojos intentaban perforar la obscuridad a sus espaldas.

    ✴ ─ ¿Quién anda ahí?
    Había pasado el día encerrada, evitando cualquier contacto, temiendo cruzarse con el sanador y tener que enfrentar algo que aun no estaba dispuesta ni preparada para hacer. Los pasadizos secretos de la salida real tenían varios accesos, uno de ellos comenzaba desde su habitación, estos los construyeron para huidas desesperadas en tiempos de guerra. ​Al recorrerlos te llevaba a una especie de catacumba abierta hacia el mar. Necesitaba que el frío de la costa entumeciera sus pensamientos para poder finalmente diseccionarlos. ​Salió al exterior sintiéndose vulnerable, despojada de su armadura y de la rigidez de su rango. Vestía apenas una túnica de lino ligero que el viento marino pegaba a su figura, revelando su silueta sin las distracciones de las pesadas telas reales. Descalza sobre la piedra fría, sentía que el aislamiento era su única protección contra la confusión que la devoraba, respiró hondo... pero entonces, el ruido en la oscuridad de la catatumba la obligó a salir de su trance. Estaba indefensa, mientras sus ojos rojos intentaban perforar la obscuridad a sus espaldas. ✴ ─ ¿Quién anda ahí?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Voy a hablar como user, no como Jason, lo primero. Procedo con lo que tengo que decir:

    En su mayoría la gente e interacciones que tengo por aquí es absolutamente maravillosa, y más de la mitad de la lista de amigos que tengo los adoro.
    Pero hay excepciones bastante desagradables a su manera sobre las que me tengo que pronunciar. Contadas, es cierto, pero han estado pasando puntualmente los últimos meses hasta recientemente.

    Por ello voy a ser brutalmente claro. No es ninguna amenaza ni llamado de atención a nadie, simplemente quiero que sirva como un recordatorio. Quizás no muy amable, pero recordatorio.

    No tengo ningún impedimento a la hora de hablar a nivel personal. No pongo límite a ningún rol. Si hace falta, termino a veces incluso modificando o adaptando a mi personaje a vuestro mundo. Creo que son un montón las concesiones que hago, me tengo por una persona MUY dialogante, y creo que jamás me he cerrado ni a nivel personal, ni a nivel rol, mucho menos me he enfadado, siempre he puesto todo de mi parte (o lo he considerado) y he ofrecido y ofrezco siempre mi mejor cara así como todas las conversaciones off rol que sean y hayan sido necesarias.

    Lo que sí no voy a hacer, es rogarle a nadie.
    Si me bloqueas de algún lado, a nivel personal o por aquí, no voy a ir detrás.
    Si borras la conversación o mensaje que me hayas enviado, te elimino.
    Si tienes algún problema conmigo y en vez de hablarlo prefieres tomar tus soluciones y medidas, nunca más cuentes conmigo, para nada y en absoluto.
    Doy lo mismo que espero recibir.

    Ni me sobra la gente, ni me sobra la paciencia. No voy a perder el tiempo, y tampoco voy a hacer que nadie lo pierda.

    Es la última vez que me pronuncio en nada al respecto de esto, y que me veo medianamente obligado a tener que tomar este tono.
    Voy a hablar como user, no como Jason, lo primero. Procedo con lo que tengo que decir: En su mayoría la gente e interacciones que tengo por aquí es absolutamente maravillosa, y más de la mitad de la lista de amigos que tengo los adoro. Pero hay excepciones bastante desagradables a su manera sobre las que me tengo que pronunciar. Contadas, es cierto, pero han estado pasando puntualmente los últimos meses hasta recientemente. Por ello voy a ser brutalmente claro. No es ninguna amenaza ni llamado de atención a nadie, simplemente quiero que sirva como un recordatorio. Quizás no muy amable, pero recordatorio. No tengo ningún impedimento a la hora de hablar a nivel personal. No pongo límite a ningún rol. Si hace falta, termino a veces incluso modificando o adaptando a mi personaje a vuestro mundo. Creo que son un montón las concesiones que hago, me tengo por una persona MUY dialogante, y creo que jamás me he cerrado ni a nivel personal, ni a nivel rol, mucho menos me he enfadado, siempre he puesto todo de mi parte (o lo he considerado) y he ofrecido y ofrezco siempre mi mejor cara así como todas las conversaciones off rol que sean y hayan sido necesarias. Lo que sí no voy a hacer, es rogarle a nadie. Si me bloqueas de algún lado, a nivel personal o por aquí, no voy a ir detrás. Si borras la conversación o mensaje que me hayas enviado, te elimino. Si tienes algún problema conmigo y en vez de hablarlo prefieres tomar tus soluciones y medidas, nunca más cuentes conmigo, para nada y en absoluto. Doy lo mismo que espero recibir. Ni me sobra la gente, ni me sobra la paciencia. No voy a perder el tiempo, y tampoco voy a hacer que nadie lo pierda. Es la última vez que me pronuncio en nada al respecto de esto, y que me veo medianamente obligado a tener que tomar este tono.
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  • ── A veces el brillo de este mundo me parece una burla cruel frente a la penumbra que llevo dentro...

    Pero... Aún en este abismo, he notado algo.

    Hay acciones sencillas que hacen la diferencia; pequeñas luces que parpadean en la oscurida ; son palabras que para algunos suenan insulsas, ecos vacíos en el viento, pero para otros... para los que estamos a punto de dejarnos caer al vacío definitivo, son la diferencia entre desaparecer y seguir insistiendo en que la vida no está del todo perdida.

    Es extraño que un caído como yo lo diga, pero incluso en las cenizas, a veces se siente un poco de calor. ──
    ── A veces el brillo de este mundo me parece una burla cruel frente a la penumbra que llevo dentro... Pero... Aún en este abismo, he notado algo. Hay acciones sencillas que hacen la diferencia; pequeñas luces que parpadean en la oscurida ; son palabras que para algunos suenan insulsas, ecos vacíos en el viento, pero para otros... para los que estamos a punto de dejarnos caer al vacío definitivo, son la diferencia entre desaparecer y seguir insistiendo en que la vida no está del todo perdida. Es extraño que un caído como yo lo diga, pero incluso en las cenizas, a veces se siente un poco de calor. ──
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  • Parte 5....

    El día se llegó, Albel, tomó el autobús junto con María y la pequeña Lupita, 6 horas y 45 minutos era la distancia para llegar al tren que los llevaría al hospital; sin duda era una travesía constante para la mujer y la pequeña, en el lugar donde les tocó estaba una mujer mayor de piel sumamente oscura, la cual portaba un tanque de oxígeno, la menor por ser pequeña no dejaba de observarla con curiosidad, ese tren lo había puesto el gobierno para las personas con bajos recursos, por ende todo el tiempo estaba saturado, personas de diferentes culturas y razas podían apreciarse ahí. 

    — Mira, mira, los cerros ya se pusieron verdes otra vez, mami. 
    — Si mi amor, ya está en camino la primavera.

    Era asombroso para Lupita, pues la última vez que viajó en el tren, los cerros estaban cobijados con la blanca nieve del invierno, B solo la contempló con una tenue sonrisa en la comisura entre los labios, posó la mirada en aquel lugar, recordando los detalles tan simples que a su rosa de invierno la hacían feliz. 

    El monstruo de metal siguió su curso, unas cuantas pláticas sencillas entre María y él, todo tranquilo y claro como dos viejos amigos, los rayos de sol se disminuyeron, la media tarde ya estaba tocando la puerta, el frágil cuerpo de la infanta estaba recargado en el costado del mayor; el cansancio de haber salido temprano le había ganado. 

    —PRIMERA PARADA, NUEVA ESPERANZA EN 5 MINUTOS, REPITO, EN 5 MINUTOS.

    Una voz se escuchó; los pasajeros que estaban destinados comenzaron a tomar sus pertenencias. Las ruedas del tren comenzaron a cesar, lentamente.  — Lupita, mi amor, despierta, cariño, ya llegamos. - Dijo con suavidad María que había tomado a la pequeña entre sus brazos. 
      
    —Déjame llevarla, tomas las pertenencias, sigue adormilada. - Musitó Abel al ver que Lupita seguía dormida sin ningún esfuerzo, la cargó, colocando la cabeza de la pequeña en su hombro, María los contemplaba, pidiéndole a Dios que él se quedara con ellas para siempre. Detrás de unas cuantas personas, salieron los tres, el hospital era sumamente grande; a B no le sorprendía demasiado; alrededor del mundo había centros de salud más especializados y colosales.

    El tren siguió su curso, ellos entraron al lugar, donde los recibieron con mucha amabilidad, la pequeña a duras penas logró despertarse, ellos eran el turno número 50, Abel entendía por qué María desaparecía dos días, el camino absorbía bastante tiempo.

    — Mami, ¿Ya casi nos toca?.- Preguntó Lupita, con enfado.
    — En un momento más cariño, se paciente. 
    — Mami, no veo a Ángel, mi amiguita, ¿Puedo ir a buscarla, en lo que me toca?.- Abel se quedó escuchando, con atención, pues la niña cada vez que podía hablaba cosas que solo una persona que el conocía sabría. — Abel, ¿Quieres conocer a Ángel?... El mayor se quedó sin poder reaccionar, su corazón se aceleró, con esa pregunta, pasó saliva forzadamente, un temblor lo invadió por dentro.
    — Si, pequeña, llévame a conocer a Ángel. Yelena Antonov
    Parte 5.... El día se llegó, Albel, tomó el autobús junto con María y la pequeña Lupita, 6 horas y 45 minutos era la distancia para llegar al tren que los llevaría al hospital; sin duda era una travesía constante para la mujer y la pequeña, en el lugar donde les tocó estaba una mujer mayor de piel sumamente oscura, la cual portaba un tanque de oxígeno, la menor por ser pequeña no dejaba de observarla con curiosidad, ese tren lo había puesto el gobierno para las personas con bajos recursos, por ende todo el tiempo estaba saturado, personas de diferentes culturas y razas podían apreciarse ahí.  — Mira, mira, los cerros ya se pusieron verdes otra vez, mami.  — Si mi amor, ya está en camino la primavera. Era asombroso para Lupita, pues la última vez que viajó en el tren, los cerros estaban cobijados con la blanca nieve del invierno, B solo la contempló con una tenue sonrisa en la comisura entre los labios, posó la mirada en aquel lugar, recordando los detalles tan simples que a su rosa de invierno la hacían feliz.  El monstruo de metal siguió su curso, unas cuantas pláticas sencillas entre María y él, todo tranquilo y claro como dos viejos amigos, los rayos de sol se disminuyeron, la media tarde ya estaba tocando la puerta, el frágil cuerpo de la infanta estaba recargado en el costado del mayor; el cansancio de haber salido temprano le había ganado.  —PRIMERA PARADA, NUEVA ESPERANZA EN 5 MINUTOS, REPITO, EN 5 MINUTOS. Una voz se escuchó; los pasajeros que estaban destinados comenzaron a tomar sus pertenencias. Las ruedas del tren comenzaron a cesar, lentamente.  — Lupita, mi amor, despierta, cariño, ya llegamos. - Dijo con suavidad María que había tomado a la pequeña entre sus brazos.     —Déjame llevarla, tomas las pertenencias, sigue adormilada. - Musitó Abel al ver que Lupita seguía dormida sin ningún esfuerzo, la cargó, colocando la cabeza de la pequeña en su hombro, María los contemplaba, pidiéndole a Dios que él se quedara con ellas para siempre. Detrás de unas cuantas personas, salieron los tres, el hospital era sumamente grande; a B no le sorprendía demasiado; alrededor del mundo había centros de salud más especializados y colosales. El tren siguió su curso, ellos entraron al lugar, donde los recibieron con mucha amabilidad, la pequeña a duras penas logró despertarse, ellos eran el turno número 50, Abel entendía por qué María desaparecía dos días, el camino absorbía bastante tiempo. — Mami, ¿Ya casi nos toca?.- Preguntó Lupita, con enfado. — En un momento más cariño, se paciente.  — Mami, no veo a Ángel, mi amiguita, ¿Puedo ir a buscarla, en lo que me toca?.- Abel se quedó escuchando, con atención, pues la niña cada vez que podía hablaba cosas que solo una persona que el conocía sabría. — Abel, ¿Quieres conocer a Ángel?... El mayor se quedó sin poder reaccionar, su corazón se aceleró, con esa pregunta, pasó saliva forzadamente, un temblor lo invadió por dentro. — Si, pequeña, llévame a conocer a Ángel. [C0quette]
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    Maral Romanov no recordaba haber sentido el aire tan pesado.

    —Vladimir… —empezó, pero la palabra se le rompió en la garganta.

    Se obligó a enderezar la espalda. No podía quebrarse. No todavía. Sus manos temblaban, así que las entrelazó con fuerza frente a su cuerpo, clavando las uñas en la piel hasta sentir un leve dolor que la mantuviera presente.

    —Vladimir está muerto.

    El silencio que siguió fue antinatural, como si el mundo mismo se negara a aceptar lo que acababa de decir.

    Miró a sus padres.

    Los ojos de su padre eran dos pozos oscuros, inmóviles, esperando… negando. Pero fue su madre quien reaccionó primero.

    —No… —susurró, y luego el susurro se convirtió en un grito desgarrador—. ¡No!

    El sonido le atravesó el pecho a Maral.

    Su madre cayó de rodillas, las manos temblorosas buscando algo que ya no estaba, algo que nunca volvería a estar. Su llanto llenó la habitación, crudo, sin dignidad, sin control. Era el dolor en su forma más pura.

    Maral sintió cómo algo dentro de ella se resquebrajaba.

    No llores.

    No llores.

    No llores.

    Se repitió esas palabras como una oración mientras su visión se nublaba apenas. Parpadeó con rapidez, tragándose el ardor en los ojos. No podía permitirse caer. No ahora. No frente a ellos.

    Su padre se movió al fin.

    Se inclinó para sostener a su esposa, envolviéndola con una fuerza que no era consuelo, sino contención. Sus manos temblaban también. Maral lo notó. Nadie más lo habría hecho, pero ella sí.

    Y entonces habló.

    —¿Quién?

    Una sola palabra. Fría. Mortal.

    Maral sintió cómo su voz quería traicionarla otra vez, cómo el temblor amenazaba con romper su fachada cuidadosamente construida.

    —Aún no lo sabemos —respondió, aunque cada sílaba le raspó la garganta—. Pero lo sabremos.

    Su madre seguía llorando, llamando el nombre de Vladimir una y otra vez, como si pudiera traerlo de vuelta. Como si el amor fuera suficiente para vencer a la muerte.

    Maral desvió la mirada apenas un segundo.

    Solo un segundo.

    Y en ese instante, el dolor la atravesó completa. Un vacío brutal, un golpe seco en el pecho, como si le hubieran arrancado algo esencial. Su hermano. Su compañero. Su historia compartida.

    Casi se rompe.

    Pero no.

    Volvió a alzar la mirada.

    Su padre la observaba ahora, y en sus ojos ya no había solo dolor.

    Había fuego.

    —Sangre por sangre —dijo él, con una voz baja, cargada de una promesa oscura.

    Maral respiró hondo.

    Sintió el temblor… y lo aplastó.

    —Sangre por sangre —repitió.

    Y esta vez, su voz no tembló.
    Maral Romanov no recordaba haber sentido el aire tan pesado. —Vladimir… —empezó, pero la palabra se le rompió en la garganta. Se obligó a enderezar la espalda. No podía quebrarse. No todavía. Sus manos temblaban, así que las entrelazó con fuerza frente a su cuerpo, clavando las uñas en la piel hasta sentir un leve dolor que la mantuviera presente. —Vladimir está muerto. El silencio que siguió fue antinatural, como si el mundo mismo se negara a aceptar lo que acababa de decir. Miró a sus padres. Los ojos de su padre eran dos pozos oscuros, inmóviles, esperando… negando. Pero fue su madre quien reaccionó primero. —No… —susurró, y luego el susurro se convirtió en un grito desgarrador—. ¡No! El sonido le atravesó el pecho a Maral. Su madre cayó de rodillas, las manos temblorosas buscando algo que ya no estaba, algo que nunca volvería a estar. Su llanto llenó la habitación, crudo, sin dignidad, sin control. Era el dolor en su forma más pura. Maral sintió cómo algo dentro de ella se resquebrajaba. No llores. No llores. No llores. Se repitió esas palabras como una oración mientras su visión se nublaba apenas. Parpadeó con rapidez, tragándose el ardor en los ojos. No podía permitirse caer. No ahora. No frente a ellos. Su padre se movió al fin. Se inclinó para sostener a su esposa, envolviéndola con una fuerza que no era consuelo, sino contención. Sus manos temblaban también. Maral lo notó. Nadie más lo habría hecho, pero ella sí. Y entonces habló. —¿Quién? Una sola palabra. Fría. Mortal. Maral sintió cómo su voz quería traicionarla otra vez, cómo el temblor amenazaba con romper su fachada cuidadosamente construida. —Aún no lo sabemos —respondió, aunque cada sílaba le raspó la garganta—. Pero lo sabremos. Su madre seguía llorando, llamando el nombre de Vladimir una y otra vez, como si pudiera traerlo de vuelta. Como si el amor fuera suficiente para vencer a la muerte. Maral desvió la mirada apenas un segundo. Solo un segundo. Y en ese instante, el dolor la atravesó completa. Un vacío brutal, un golpe seco en el pecho, como si le hubieran arrancado algo esencial. Su hermano. Su compañero. Su historia compartida. Casi se rompe. Pero no. Volvió a alzar la mirada. Su padre la observaba ahora, y en sus ojos ya no había solo dolor. Había fuego. —Sangre por sangre —dijo él, con una voz baja, cargada de una promesa oscura. Maral respiró hondo. Sintió el temblor… y lo aplastó. —Sangre por sangre —repitió. Y esta vez, su voz no tembló.
    Me entristece
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    //- Cuando terminó de responder todos los rol que debía (?)-

    No más distracciones(?)

    Oh la novela...
    //- Cuando terminó de responder todos los rol que debía (?)- No más distracciones(?) Oh la novela...
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  • ╭─────── ✦ ───────╮

    La música flotaba en el aire como un susurro elegante.

    Violines, copas de cristal… risas suaves que chocaban entre sí como si el mundo fuera ligero esa noche.

    Pero no lo era.

    No para ella.

    Drian avanzó entre la multitud con una gracia impecable, cada paso medido, cada movimiento calculado. Las luces de los candelabros se deslizaban sobre su vestido oscuro, atrapándose en los detalles como estrellas obedientes.

    Nadie veía peligro.

    Solo belleza.

    Solo misterio.

    “…perfecto.”

    Su mano se alzó ligeramente, ajustando el delicado antifaz que ocultaba su mirada. No necesitaba verlos con claridad.

    Ya sabía quién estaba ahí.

    Al otro lado del salón.

    Entre risas falsas y conversaciones vacías.

    —Ahí estás—

    Murmuró para sí misma.

    Drian comenzó a avanzar.

    Un paso.

    Luego otro.

    La multitud se abría sin darse cuenta.

    —Objetivo confirmado—

    Cabello oscuro. Traje impecable. Risa fácil.

    Desprevenido.

    —Tres metros—

    —Dos—

    El metal frío se acomodó en su mano, oculto entre la tela.

    —Uno—

    Ya estaba a su lado.

    Su cuerpo rozó el suyo.

    Natural.

    Imperceptible.

    Y entonces…

    el filo se hundió.

    Preciso.

    Silencioso.

    Irreversible.

    —No hagas ruido—

    Susurró junto a su oído.

    Y siguió caminando.

    Sin detenerse.

    Sin mirar atrás.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Detrás de ella, la música continuó.

    Pero él no.

    Primero, nada.

    Luego, el fallo.

    El temblor.

    La respiración rota.

    La copa cayendo al suelo.

    El sonido agudo.

    Las miradas.

    La confusión.

    —¿Se encuentra bien?—

    Demasiado tarde.

    El cuerpo colapsó.

    El caos comenzó a formarse, lento… inevitable.

    Y mientras tanto…

    Drian se alejaba.

    Intacta.

    Invisible.

    —Listo—

    Pensó.

    Pero entonces…

    algo cambió.

    No fue un sonido.

    No fue un movimiento evidente.

    Fue… una sensación.

    Sus pasos no se detuvieron, pero su atención sí.

    Alguien.

    Entre la multitud.

    No miraba al cuerpo.

    No reaccionaba al caos.

    La miraba a ella.

    Drian giró apenas el rostro, lo suficiente.

    Y lo vio.

    A unos metros.

    Quieto.

    Observando.

    Sin sorpresa.

    Sin duda.

    Como si hubiera seguido cada uno de sus movimientos desde el inicio.

    El tiempo pareció tensarse por un segundo.

    Demasiado largo para ser casualidad.

    Demasiado preciso para ser un error.

    Sus miradas se cruzaron.

    Y en ese instante…

    no hubo música.

    No hubo gente.

    Solo reconocimiento.

    Drian no se detuvo.

    No habló.

    Pero una leve curva apareció en sus labios.

    Pequeña.

    Peligrosa.

    Y entonces…

    continuó caminando.

    Como si nada.

    Pero esta vez…

    no estaba completamente sola.

    ╰─────── ✦ ───────╯
    ╭─────── ✦ ───────╮ La música flotaba en el aire como un susurro elegante. Violines, copas de cristal… risas suaves que chocaban entre sí como si el mundo fuera ligero esa noche. Pero no lo era. No para ella. Drian avanzó entre la multitud con una gracia impecable, cada paso medido, cada movimiento calculado. Las luces de los candelabros se deslizaban sobre su vestido oscuro, atrapándose en los detalles como estrellas obedientes. Nadie veía peligro. Solo belleza. Solo misterio. “…perfecto.” Su mano se alzó ligeramente, ajustando el delicado antifaz que ocultaba su mirada. No necesitaba verlos con claridad. Ya sabía quién estaba ahí. Al otro lado del salón. Entre risas falsas y conversaciones vacías. —Ahí estás— Murmuró para sí misma. Drian comenzó a avanzar. Un paso. Luego otro. La multitud se abría sin darse cuenta. —Objetivo confirmado— Cabello oscuro. Traje impecable. Risa fácil. Desprevenido. —Tres metros— —Dos— El metal frío se acomodó en su mano, oculto entre la tela. —Uno— Ya estaba a su lado. Su cuerpo rozó el suyo. Natural. Imperceptible. Y entonces… el filo se hundió. Preciso. Silencioso. Irreversible. —No hagas ruido— Susurró junto a su oído. Y siguió caminando. Sin detenerse. Sin mirar atrás. Uno. Dos. Tres. Detrás de ella, la música continuó. Pero él no. Primero, nada. Luego, el fallo. El temblor. La respiración rota. La copa cayendo al suelo. El sonido agudo. Las miradas. La confusión. —¿Se encuentra bien?— Demasiado tarde. El cuerpo colapsó. El caos comenzó a formarse, lento… inevitable. Y mientras tanto… Drian se alejaba. Intacta. Invisible. —Listo— Pensó. Pero entonces… algo cambió. No fue un sonido. No fue un movimiento evidente. Fue… una sensación. Sus pasos no se detuvieron, pero su atención sí. Alguien. Entre la multitud. No miraba al cuerpo. No reaccionaba al caos. La miraba a ella. Drian giró apenas el rostro, lo suficiente. Y lo vio. A unos metros. Quieto. Observando. Sin sorpresa. Sin duda. Como si hubiera seguido cada uno de sus movimientos desde el inicio. El tiempo pareció tensarse por un segundo. Demasiado largo para ser casualidad. Demasiado preciso para ser un error. Sus miradas se cruzaron. Y en ese instante… no hubo música. No hubo gente. Solo reconocimiento. Drian no se detuvo. No habló. Pero una leve curva apareció en sus labios. Pequeña. Peligrosa. Y entonces… continuó caminando. Como si nada. Pero esta vez… no estaba completamente sola. ╰─────── ✦ ───────╯
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  • Como cualquier otro japonés, Mine solía frecuentar lugares así; especialmente en esas noches donde el silencio de su casa se volvía demasiado aburrido. Era un asalto a los sentidos: demasiado ruido, demasiadas luces, demasiado todo. Y, sin embargo, allí estaba, entregado a una emoción genuina mientras se perdía en su juego de ritmo favorito. Llevaba las mangas de la remera arremangadas con descuido y su cabello, habitualmente peinado hacia atrás con rigor, caía ahora sobre su cabeza. Ese simple desorden lo volvía casi irreconocible; le otorgaba un aire más joven y mas accesible.

    Sus dedos se desplazaban sobre los botones con una precisión mecánica, casi coreográfica. Mientras la pantalla estallaba en colores y patrones frenéticos, el rostro de Mine se iluminaba con el reflejo del monitor. Se movía como un profesional, como si hubiera repetido esa secuencia miles de veces, y quizás así era. No sonreía, pero tampoco cargaba con su habitual ceño fruncido; su expresión era de una calma absoluta, algo dificil de ver en él.

    Finalmente, la música cesó. Mine dejó escapar un suspiro contenido y observó la pantalla con interés, esperando haber superado su propia marca. Dio un paso atrás para retirarse, y entonces, sucedió.

    Sintió un contacto inesperado y firme. Unos dedos ajenos sujetaron su barbilla sin previo aviso, obligándolo a alzar el rostro. Lo movieron de un lado a otro, escudriñándolo, como si evaluaran si aquel era realmente EL Mine y no un impostor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se tensó al instante, los hombros se endurecieron y sus manos dudaron un segundo eterno entre apartar bruscamente aquel agarre o quedarse congeladas donde estaban.

    Su mirada, siempre afilada y bajo control, vaciló al verse forzada a una cercanía tan invasiva. Demasiado cerca. Podía percibir el calor de la otra persona, registrar detalles que no se había autorizado a notar. Su ceño se contrajo, pero no con la severidad de siempre; esta vez era una mueca más frágil, teñida de incomodidad. Tragó saliva, un gesto sutil pero delator.
    No apartó la vista de inmediato, y ese fue su error.

    —…¿Ya terminaste?

    Su voz emergió más baja de lo normal, con una aspereza que no nacía de la irritación, sino de algo mucho más profundo, del miedo de haber sido descubierto. Aunque su rigidez lo traicionaba, no hizo el menor ademán de apartar la mano que aún sostenía su barbilla.
    Como cualquier otro japonés, Mine solía frecuentar lugares así; especialmente en esas noches donde el silencio de su casa se volvía demasiado aburrido. Era un asalto a los sentidos: demasiado ruido, demasiadas luces, demasiado todo. Y, sin embargo, allí estaba, entregado a una emoción genuina mientras se perdía en su juego de ritmo favorito. Llevaba las mangas de la remera arremangadas con descuido y su cabello, habitualmente peinado hacia atrás con rigor, caía ahora sobre su cabeza. Ese simple desorden lo volvía casi irreconocible; le otorgaba un aire más joven y mas accesible. Sus dedos se desplazaban sobre los botones con una precisión mecánica, casi coreográfica. Mientras la pantalla estallaba en colores y patrones frenéticos, el rostro de Mine se iluminaba con el reflejo del monitor. Se movía como un profesional, como si hubiera repetido esa secuencia miles de veces, y quizás así era. No sonreía, pero tampoco cargaba con su habitual ceño fruncido; su expresión era de una calma absoluta, algo dificil de ver en él. Finalmente, la música cesó. Mine dejó escapar un suspiro contenido y observó la pantalla con interés, esperando haber superado su propia marca. Dio un paso atrás para retirarse, y entonces, sucedió. Sintió un contacto inesperado y firme. Unos dedos ajenos sujetaron su barbilla sin previo aviso, obligándolo a alzar el rostro. Lo movieron de un lado a otro, escudriñándolo, como si evaluaran si aquel era realmente EL Mine y no un impostor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se tensó al instante, los hombros se endurecieron y sus manos dudaron un segundo eterno entre apartar bruscamente aquel agarre o quedarse congeladas donde estaban. Su mirada, siempre afilada y bajo control, vaciló al verse forzada a una cercanía tan invasiva. Demasiado cerca. Podía percibir el calor de la otra persona, registrar detalles que no se había autorizado a notar. Su ceño se contrajo, pero no con la severidad de siempre; esta vez era una mueca más frágil, teñida de incomodidad. Tragó saliva, un gesto sutil pero delator. No apartó la vista de inmediato, y ese fue su error. —…¿Ya terminaste? Su voz emergió más baja de lo normal, con una aspereza que no nacía de la irritación, sino de algo mucho más profundo, del miedo de haber sido descubierto. Aunque su rigidez lo traicionaba, no hizo el menor ademán de apartar la mano que aún sostenía su barbilla.
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