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    ****Edad del Caos****
    El Árbol de las Almas"

    Con el paso de los meses, el nombre de Yen dejó de ser solo un susurro entre enemigos y se convirtió en un símbolo, "La Hija del Monstruo".

    Así la llamaban los Elunai, los soldados, incluso los demonios que habían sobrevivido a su furia. Lo que nació como un insulto terminó transformándose en un título que Yen portaba con orgullo. Cada vez que lo escuchaba, no sentía vergüenza sino una extraña satisfacción. Era la prueba de que su existencia pesaba en el mundo. De que ya no era la niña olvidada en un calabozo sino que era alguien a quien temer.

    Pero mientras su leyenda crecía, la de los Elunai comenzaba a desmoronarse, las generaciones dejaron de renovarse. Los nacimientos disminuyeron. Los templos ya no podían ocultarlo: algo estaba fallando en la raíz misma de su raza.

    No sabían que su destino ya había sido sellado mucho antes. En las sombras de la guerra, Ozma había descubierto el secreto mejor guardado de los dioses: "El Árbol de las Almas".

    No era un símbolo ni un mito, era una prisión. Cada Elunai que moría no regresaba al flujo natural de la existencia. Su alma era arrastrada hacia ese árbol, atrapada, reciclada y obligada a renacer una y otra vez como parte de la misma raza. Un ciclo cerrado, perfecto, controlado.

    Los dioses no otorgaban vida, la administraban, así evitaban compartir su poder con nuevas almas. Así mantenían intacto el número de aquellos bendecidos. Así aseguraban que su dominio jamás fuera desafiado.

    Ozma no buscó ese árbol por odio, lo buscó por amor. Durante años, entre ruinas y templos destruidos, reunió fragmentos de conocimiento, persiguió rumores, desenterró secretos con un solo objetivo: Encontrar el alma de Selin y devolverla para darle un nuevo cuerpo.

    Pero cuando finalmente encontró el Árbol de las Almas no la halló, no estaba allí, no había rastro de ella, ni esencia o eco, tampoco fragmentos.

    Era como si Selin jamás hubiese existido. En ese instante algo en Ozma se quebró de forma irreversible, porque la muerte y el tiempo podía aceptarlos, pero aquello era peor que la muerte, era el olvido absoluto, la negación de toda existencia.

    La furia que nació en él no fue como las anteriores, no fue un estallido, fue algo más frío y profundo. Ozma no destruyó el Árbol, lo corrompió silenciosamente sin que los dioses lo notaran. Alteró su esencia, envenenó su función, rompió su ciclo desde dentro. Las almas ya no serían reclamadas, ya no regresarían, ya no alimentarían el sistema que los dioses habían creado.

    Los Elunai seguirían viviendo pero lentamente se extinguirían. No lo hizo solo por venganza, también lo hizo por Yen, porque comprendió algo aterrador: Si los dioses pudieron borrar a Selin… También podrían borrar a su hija.

    Y eso eso era algo que jamás permitiría, ya había perdido a Selin y a su hija no nacida, no perdería a Yen. Desde ese momento, la guerra dejó de ser una lucha contra templos o ejércitos. Se convirtió en algo mucho más oscuro, Ozma ya no peleaba por justicia ni siquiera por venganza, ahora peleaba contra el propio orden del mundo y mientras él se hundía cada vez más en esa oscuridad, Yen, la Hija del Monstruo… Caminaba sin saber que el destino que la aguardaba era incluso más cruel que el de su padre.
    ****Edad del Caos**** El Árbol de las Almas" Con el paso de los meses, el nombre de Yen dejó de ser solo un susurro entre enemigos y se convirtió en un símbolo, "La Hija del Monstruo". Así la llamaban los Elunai, los soldados, incluso los demonios que habían sobrevivido a su furia. Lo que nació como un insulto terminó transformándose en un título que Yen portaba con orgullo. Cada vez que lo escuchaba, no sentía vergüenza sino una extraña satisfacción. Era la prueba de que su existencia pesaba en el mundo. De que ya no era la niña olvidada en un calabozo sino que era alguien a quien temer. Pero mientras su leyenda crecía, la de los Elunai comenzaba a desmoronarse, las generaciones dejaron de renovarse. Los nacimientos disminuyeron. Los templos ya no podían ocultarlo: algo estaba fallando en la raíz misma de su raza. No sabían que su destino ya había sido sellado mucho antes. En las sombras de la guerra, Ozma había descubierto el secreto mejor guardado de los dioses: "El Árbol de las Almas". No era un símbolo ni un mito, era una prisión. Cada Elunai que moría no regresaba al flujo natural de la existencia. Su alma era arrastrada hacia ese árbol, atrapada, reciclada y obligada a renacer una y otra vez como parte de la misma raza. Un ciclo cerrado, perfecto, controlado. Los dioses no otorgaban vida, la administraban, así evitaban compartir su poder con nuevas almas. Así mantenían intacto el número de aquellos bendecidos. Así aseguraban que su dominio jamás fuera desafiado. Ozma no buscó ese árbol por odio, lo buscó por amor. Durante años, entre ruinas y templos destruidos, reunió fragmentos de conocimiento, persiguió rumores, desenterró secretos con un solo objetivo: Encontrar el alma de Selin y devolverla para darle un nuevo cuerpo. Pero cuando finalmente encontró el Árbol de las Almas no la halló, no estaba allí, no había rastro de ella, ni esencia o eco, tampoco fragmentos. Era como si Selin jamás hubiese existido. En ese instante algo en Ozma se quebró de forma irreversible, porque la muerte y el tiempo podía aceptarlos, pero aquello era peor que la muerte, era el olvido absoluto, la negación de toda existencia. La furia que nació en él no fue como las anteriores, no fue un estallido, fue algo más frío y profundo. Ozma no destruyó el Árbol, lo corrompió silenciosamente sin que los dioses lo notaran. Alteró su esencia, envenenó su función, rompió su ciclo desde dentro. Las almas ya no serían reclamadas, ya no regresarían, ya no alimentarían el sistema que los dioses habían creado. Los Elunai seguirían viviendo pero lentamente se extinguirían. No lo hizo solo por venganza, también lo hizo por Yen, porque comprendió algo aterrador: Si los dioses pudieron borrar a Selin… También podrían borrar a su hija. Y eso eso era algo que jamás permitiría, ya había perdido a Selin y a su hija no nacida, no perdería a Yen. Desde ese momento, la guerra dejó de ser una lucha contra templos o ejércitos. Se convirtió en algo mucho más oscuro, Ozma ya no peleaba por justicia ni siquiera por venganza, ahora peleaba contra el propio orden del mundo y mientras él se hundía cada vez más en esa oscuridad, Yen, la Hija del Monstruo… Caminaba sin saber que el destino que la aguardaba era incluso más cruel que el de su padre.
    Me entristece
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  • Tranquilo, corazón, yo estaré bien ¿ si?, lo mejor es que tu padre vaya , es importante.

    — Sin ganas de volver a pelear con su esposo, había terminado accediendo el viaje a regañadientes, ahora se encontraba tranquilizando a sus hijos explicándoles que estaría bien solo y que ellos siguieran su día con normalidad, claramente no tenía pensando decirles que llevaba un buen rato con un dolor en el vientre.—

    Mika Xiao Kim
    Tranquilo, corazón, yo estaré bien ¿ si?, lo mejor es que tu padre vaya , es importante. — Sin ganas de volver a pelear con su esposo, había terminado accediendo el viaje a regañadientes, ahora se encontraba tranquilizando a sus hijos explicándoles que estaría bien solo y que ellos siguieran su día con normalidad, claramente no tenía pensando decirles que llevaba un buen rato con un dolor en el vientre.— [fable_silver_frog_194]
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  • Lila

    ---

    Siniestra amaestrada, Luna amada, quién hila el rito de mis hilos, me demuestras una nueva carnada para esta nupcial hazaña que es la de socorrerte.

    Entre ruegos y canciones devoro el devoto tiempo en saciedad; quién al rumiar el puente ante mis líricos abismos, me muestra las fauces de una hembra, ante el ayuno de su propio amparo.

    Sus luceros de angeladas carencias, de sesgos siniestros, ah, almico anhelo, prestan su cobijo a las mejillas, a unos labios que han sido besados ante la calidez que me es desconocida.

    Entonces el ritmo de mis pasos se acalla, el muérdago corriente en forma de espada que tiendo junto a su cuello, como el tesoro más amado, intenta morder sus ansias; no existen labios que me tienten, pero los de ella son un folklórico suspiro. Doy un suspiro, él mana de mí como una canción que se canta a fantasmas que se besan con el ardor del corazón.

    Espero entre la saciedad del bosque, entre el regadío de unas rosas que me guían hasta el dueño del hálito de mi vida; que la hembra perdone mi intromisión a sus moradas, aunque ella hurta algo que es mío, por voto y por derecho. Y por él debo pelear.

    Así que le digo; con el arrullo de una daga que se inclina a rozarla, si es que acaso nuestros rostros se encuentran. Ella quizá ante mi sosiego, yo que visto entre la nocturna más alada. Esa pronunciada amada, el ritual de mis tormentos.

    El Sol ya ha muerto, el cielo sangró entre oro, púrpura y amarillo, y yo, y tan sólo, la admiro a ella y entono el perdón por esa rosa que viste como una novia sus manos. Una que no tiene dueño, ni altar, pero sí, alguien que le escuche.

    ---¿De modo que así será, que las doncellas tejen su vida ya ante la lumbre de la muerte por el amor de una sola rosa?

    Pregunto para que ella sólo me escuche, y de entre todo, nuestros secretos sean agraciados por la noche, esa que le forja mariposas al día, como espero que algún día, acuda una ante mis ruegos y sea el almíbar de sus cosenos, su propia secuencia en un vals interminable.

    ---Mortal, la rosa que has tomado, es de entre todas, la más cara para mí. Mi corazón se hundiría en llanto de tan sólo perderla, pero si me dejas mirarte un solo instante, será tuya.

    Mi muérdago quizá roza su cuello o acaso son mis labios, pero ella de aquí no parte, si no es con el perdón, de todos sus pecados. O con el relicario de un nuevo rostro de índole incorrupta.
    [tidal_green_hippo_246] --- Siniestra amaestrada, Luna amada, quién hila el rito de mis hilos, me demuestras una nueva carnada para esta nupcial hazaña que es la de socorrerte. Entre ruegos y canciones devoro el devoto tiempo en saciedad; quién al rumiar el puente ante mis líricos abismos, me muestra las fauces de una hembra, ante el ayuno de su propio amparo. Sus luceros de angeladas carencias, de sesgos siniestros, ah, almico anhelo, prestan su cobijo a las mejillas, a unos labios que han sido besados ante la calidez que me es desconocida. Entonces el ritmo de mis pasos se acalla, el muérdago corriente en forma de espada que tiendo junto a su cuello, como el tesoro más amado, intenta morder sus ansias; no existen labios que me tienten, pero los de ella son un folklórico suspiro. Doy un suspiro, él mana de mí como una canción que se canta a fantasmas que se besan con el ardor del corazón. Espero entre la saciedad del bosque, entre el regadío de unas rosas que me guían hasta el dueño del hálito de mi vida; que la hembra perdone mi intromisión a sus moradas, aunque ella hurta algo que es mío, por voto y por derecho. Y por él debo pelear. Así que le digo; con el arrullo de una daga que se inclina a rozarla, si es que acaso nuestros rostros se encuentran. Ella quizá ante mi sosiego, yo que visto entre la nocturna más alada. Esa pronunciada amada, el ritual de mis tormentos. El Sol ya ha muerto, el cielo sangró entre oro, púrpura y amarillo, y yo, y tan sólo, la admiro a ella y entono el perdón por esa rosa que viste como una novia sus manos. Una que no tiene dueño, ni altar, pero sí, alguien que le escuche. ---¿De modo que así será, que las doncellas tejen su vida ya ante la lumbre de la muerte por el amor de una sola rosa? Pregunto para que ella sólo me escuche, y de entre todo, nuestros secretos sean agraciados por la noche, esa que le forja mariposas al día, como espero que algún día, acuda una ante mis ruegos y sea el almíbar de sus cosenos, su propia secuencia en un vals interminable. ---Mortal, la rosa que has tomado, es de entre todas, la más cara para mí. Mi corazón se hundiría en llanto de tan sólo perderla, pero si me dejas mirarte un solo instante, será tuya. Mi muérdago quizá roza su cuello o acaso son mis labios, pero ella de aquí no parte, si no es con el perdón, de todos sus pecados. O con el relicario de un nuevo rostro de índole incorrupta.
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  • EL DUELO SANGRIENTO DE LAS SOMBRAS: CRISANA VS. EL ABISMO
    Escenario: La Cámara del Espejo Negro.

    En Un anfiteatro subterráneo de basalto pulido, tan oscuro que parece tragar la luz. En el centro, una única columna de luz blanca que me ilumina. Mi armadura de plata y el corsé con detalles de telaraña brillan intensamente, proyectando una sombra nítida y profunda que parece tener vida propia sobre el suelo de piedra negra.

    ajustando mi posición. Mis botas metálica golpea el basalto con un eco seco. Pone su mano izquierda sobre su nuca, asegurando la caída de su trenza, mientras la derecha se cierne sobre el pomo de su espada. Respira hondo. Sus ojos turquesa se clavan en la mancha oscura a sus pies.

    "No eres mi reflejo. Eres mi duda. Eres mi debilidad. La razón por la que me siguen viendo cómo una chiquilla pero esto se termina hoy."

    Sin previo aviso, el suelo bajo mis pies oscila. Con un sonido sibilante, la sombra de ella misma se levanta. Es una silueta tridimensional de oscuridad absoluta que imita exactamente la armadura de dragón y mi figura. Ella sonríe de forma depredadora; el entrenamiento ha comenzado.

    Ambas se mueven a la vez. El estallido es instantáneo desenvaino, mi hoja es una línea de plata pura, mientras la Sombra genera una hoja idéntica hecha de noche líquida. Chocan con un estruendo sordo que vibra en mis huesos.

    Ella lanza una estocada rápida al abdomen. La Sombra hace un parry perfecto e inmediatamente lanza un tajo horizontal al cuello. Me agacho, sintiendo el frío de la oscuridad rozar su cabello, y usa el impulso para lanzar una patada giratoria con su rodillera blindada. Su bota atraviesa el pecho de la Sombra, que se disipa en humo solo para reformarse un milisegundo después a su espalda.

    El combate se vuelve un borrón de velocidad sobrehumana. bailando entre destellos de plata y ráfagas de oscuridad, su capa púrpura ondeando violentamente. La Sombra es despiadada: conoce cada truco de Crisana porque es ella. Sangre real salpica el basalto cuando la Sombra logra rozar el brazo expuesto de la joven. no retrocedo; el dolor solo aviva mi enfoque.
    Están atrapadas en un torbellino. Usando la pared para impulsarme, lanzando un ataque descendente que la Sombra bloquea, obligando a ambas a retroceder por la fuerza del impacto.

    Cambiando mi postura. No ataca; espera. La Sombra, imitando la impulsividad que Crisana lucha por controlar, se lanza a un ataque final. Es exactamente lo que ella esperaba.
    En lugar de bloquear, me dejo caer, deslizándose por el suelo pulido justo por debajo del acero oscuro. Mientras pasa, agarra con fuerza la armadura de humo de su oponente y gira con violencia. Con un grito que resuena en toda la cámara, empalo a la Sombra desde la espalda, hundiendo su hoja de plata justo donde late el origen de esa oscuridad.

    La Sombra se congela y un sonido como cristal rompiéndose llena el aire. La oscuridad se resquebraja, dejando que la luz blanca de la cámara la consuma desde dentro. Con un último suspiro, la silueta colapsa y vuelve a ser una simple mancha inanimada a sus pies

    ella se queda de pie, jadeando, con el sudor mezclándose con la herida de su brazo. Envaina su espada con un "clic" firme y se limpia la boca con el dorso de su guantelete de plata. Mira a su sombra, ahora pacífica y sumisa.

    "Gracias por la lección y dejar que me desahogara un poco, supongo que Hasta mañana."

    De forma calmada deshago la trenza que ataba mi cabello después de aquella pelea, como dando mis cabellos mientras mi respiración se ajusta poco a poco para regresar a la normalidad
    EL DUELO SANGRIENTO DE LAS SOMBRAS: CRISANA VS. EL ABISMO Escenario: La Cámara del Espejo Negro. En Un anfiteatro subterráneo de basalto pulido, tan oscuro que parece tragar la luz. En el centro, una única columna de luz blanca que me ilumina. Mi armadura de plata y el corsé con detalles de telaraña brillan intensamente, proyectando una sombra nítida y profunda que parece tener vida propia sobre el suelo de piedra negra. ajustando mi posición. Mis botas metálica golpea el basalto con un eco seco. Pone su mano izquierda sobre su nuca, asegurando la caída de su trenza, mientras la derecha se cierne sobre el pomo de su espada. Respira hondo. Sus ojos turquesa se clavan en la mancha oscura a sus pies. "No eres mi reflejo. Eres mi duda. Eres mi debilidad. La razón por la que me siguen viendo cómo una chiquilla pero esto se termina hoy." Sin previo aviso, el suelo bajo mis pies oscila. Con un sonido sibilante, la sombra de ella misma se levanta. Es una silueta tridimensional de oscuridad absoluta que imita exactamente la armadura de dragón y mi figura. Ella sonríe de forma depredadora; el entrenamiento ha comenzado. Ambas se mueven a la vez. El estallido es instantáneo desenvaino, mi hoja es una línea de plata pura, mientras la Sombra genera una hoja idéntica hecha de noche líquida. Chocan con un estruendo sordo que vibra en mis huesos. Ella lanza una estocada rápida al abdomen. La Sombra hace un parry perfecto e inmediatamente lanza un tajo horizontal al cuello. Me agacho, sintiendo el frío de la oscuridad rozar su cabello, y usa el impulso para lanzar una patada giratoria con su rodillera blindada. Su bota atraviesa el pecho de la Sombra, que se disipa en humo solo para reformarse un milisegundo después a su espalda. El combate se vuelve un borrón de velocidad sobrehumana. bailando entre destellos de plata y ráfagas de oscuridad, su capa púrpura ondeando violentamente. La Sombra es despiadada: conoce cada truco de Crisana porque es ella. Sangre real salpica el basalto cuando la Sombra logra rozar el brazo expuesto de la joven. no retrocedo; el dolor solo aviva mi enfoque. Están atrapadas en un torbellino. Usando la pared para impulsarme, lanzando un ataque descendente que la Sombra bloquea, obligando a ambas a retroceder por la fuerza del impacto. Cambiando mi postura. No ataca; espera. La Sombra, imitando la impulsividad que Crisana lucha por controlar, se lanza a un ataque final. Es exactamente lo que ella esperaba. En lugar de bloquear, me dejo caer, deslizándose por el suelo pulido justo por debajo del acero oscuro. Mientras pasa, agarra con fuerza la armadura de humo de su oponente y gira con violencia. Con un grito que resuena en toda la cámara, empalo a la Sombra desde la espalda, hundiendo su hoja de plata justo donde late el origen de esa oscuridad. La Sombra se congela y un sonido como cristal rompiéndose llena el aire. La oscuridad se resquebraja, dejando que la luz blanca de la cámara la consuma desde dentro. Con un último suspiro, la silueta colapsa y vuelve a ser una simple mancha inanimada a sus pies ella se queda de pie, jadeando, con el sudor mezclándose con la herida de su brazo. Envaina su espada con un "clic" firme y se limpia la boca con el dorso de su guantelete de plata. Mira a su sombra, ahora pacífica y sumisa. "Gracias por la lección y dejar que me desahogara un poco, supongo que Hasta mañana." De forma calmada deshago la trenza que ataba mi cabello después de aquella pelea, como dando mis cabellos mientras mi respiración se ajusta poco a poco para regresar a la normalidad
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  • ɪ ᴛʜᴏᴜɢʜᴛ ɪᴛ ᴡᴀs ᴊᴜsᴛ ᴀ ɴɪɢʜᴛᴍᴀʀᴇ. (continuación)
    Fandom The Walking Dead / Supernatural / Crossover
    Categoría Drama
    ··· Continuación de un starter anterior con ⭑𝐃𝐄𝐀𝐍 𝐖𝐈𝐍𝐂𝐇𝐄𝐒𝐓𝐄𝐑⭑


    ❝Como respuesta a aquella referencia literaria, Maggie dejó ir una ligera sombra de sonrisa. Recordaba haber leido aquel libro. Hace mucho tiempo. Puede que demasiado. Cuando el mundo aun era un lugar agradable para vivir… Irónicamente, pensó Maggie, los tres mosqueteros eran cuatro. Y, en la situación en que ellos se encontraban ahora… consideraba que cuatro serian una multitud. Dio un paso hacia Dean con intención de ayudarlo a incorporarse y ponerse en pie. Pero él la retuvo con aquel gesto en que le decía que podía hacerlo solo. Asi que, Maggie volvió a retroceder y aguardó mientras él lograba incorporarse. Maggie no estaba demasiado segura de que fuera buena idea que se levantara. Pero ella no era medico y no era madre de nadie más que de su propio hijo. Sabia bien de quien debía preocuparse. Y si Dean no dejaba que se preocupara de él, tenia menos trabajo del que ocuparse.

    -De acuerdo…- asintió Maggie, quien a pesar de todo, en su fuero interno, agradecía hacer aquello acompañada. Por comodo que fuera viajar tan solo con Hershel, la verdad era que los temas de conversacion se tornaban repetitivos y demasiado monótonos. Por loque tener a su lado a un hombre adulto era de agradecer. Al menos tendría algo de lo que hablar durante la ronda- No hay demasiado con lo que familiarizarse, además nos iremos mañana. Pero entiendo lo que quieres decir.

    Los pasos de Maggie eran tranquilos mientras avanzaban por el pasillo. Necesitaban vigilar un par de ventanas, asegurarse de que las entradas seguían bloqueadas y… después des controlar que Hershel estaba bien podrían subir a la azotea.

    Mientras caminaban hacia una de las ventanas del ala este, la que tenía mejor visibilidad de la calle y de la llegada de posibles visitantes no deseados, Maggie desvió su mirada hacia Dean. Una ligera sonrisa curvó sus labios, apenas un micro gesto. Se le hacía bastante inverosímil tener que estar explicando aquellos aspectos de aquel mundo a esas alturas de la historia. Pero realmente Dean parecía tan confundido como aseguraba estar. Y no seria ella quien lo juzgase precipitadamente.

    No era la primera vez que trataba con personas que habían estado aisladas de lo que pasaba en el mundo exterior. Aun recordaba la prisión donde se habían refugiado durante algunos meses. Y aun recordaba a los presos… esos que se habían escondido en la cafetería esperando a que alguien fuese a rescatarlos. Pero ese no parecía el caso de Dean. Dean no parecía necesitar un rescate, más bien, Maggie tuvo la impresión, de que era la clase de hombre que acudía al rescate.

    -Sí, el cerebro es prácticamente la única forma de eliminarlos. Aunque tambien funciona la dinamita -comentó con cierto aire divertido- Si el cerebro muere, el cuerpo muere -inspiró profundamente- Conoci a unas personas hace algún tiempo. Ellos estuvieron en el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta cuando todo esto pasó… Algunos meses después… Y antes de que el edificio volara por los aires, pudieron asistir a una grabación de una transformación en directo. Cuando mueres, da igual como, mientras que el cerebro esté bien, regresarás como una de esas cosas. El cerebro se reanima, pero solo una pequeña parte. Solo el instinto, solo esa parte que te anima a caminar y comer… El cuerpo se pudre poco a poco… -inspiró profundamente y mientras avanzaban por el pasillo, comprobó que algunas de las ventanas que habia cegado con cartones y madera todavia seguían tapadas.

    -No ha sido fácil, si te soy sincera… -asintió ella con cierto deje irónico- Cuando todo esto empezó yo vivía en Georgia con mi padre, mi hermana… amigos de la familia. Vivíamos en la granja de mi familia. Y después de aquello… el cambio fue paulatino… Me acostumbré demasiado rápido, porque intentar pelear e imponerme a esta realidad no serviría para nada. Mi cerebro se acostumbró rapido a la necesidad de sobrevivir, al hecho de que tenemos que hacer lo que sea para seguir con vida. No es la vida que querría para mi hijo o para mí, pero… Al menos seguimos con vida donde muchos otros han caído…❞
    ··· Continuación de un starter anterior con [IMPALA67] ❝Como respuesta a aquella referencia literaria, Maggie dejó ir una ligera sombra de sonrisa. Recordaba haber leido aquel libro. Hace mucho tiempo. Puede que demasiado. Cuando el mundo aun era un lugar agradable para vivir… Irónicamente, pensó Maggie, los tres mosqueteros eran cuatro. Y, en la situación en que ellos se encontraban ahora… consideraba que cuatro serian una multitud. Dio un paso hacia Dean con intención de ayudarlo a incorporarse y ponerse en pie. Pero él la retuvo con aquel gesto en que le decía que podía hacerlo solo. Asi que, Maggie volvió a retroceder y aguardó mientras él lograba incorporarse. Maggie no estaba demasiado segura de que fuera buena idea que se levantara. Pero ella no era medico y no era madre de nadie más que de su propio hijo. Sabia bien de quien debía preocuparse. Y si Dean no dejaba que se preocupara de él, tenia menos trabajo del que ocuparse. -De acuerdo…- asintió Maggie, quien a pesar de todo, en su fuero interno, agradecía hacer aquello acompañada. Por comodo que fuera viajar tan solo con Hershel, la verdad era que los temas de conversacion se tornaban repetitivos y demasiado monótonos. Por loque tener a su lado a un hombre adulto era de agradecer. Al menos tendría algo de lo que hablar durante la ronda- No hay demasiado con lo que familiarizarse, además nos iremos mañana. Pero entiendo lo que quieres decir. Los pasos de Maggie eran tranquilos mientras avanzaban por el pasillo. Necesitaban vigilar un par de ventanas, asegurarse de que las entradas seguían bloqueadas y… después des controlar que Hershel estaba bien podrían subir a la azotea. Mientras caminaban hacia una de las ventanas del ala este, la que tenía mejor visibilidad de la calle y de la llegada de posibles visitantes no deseados, Maggie desvió su mirada hacia Dean. Una ligera sonrisa curvó sus labios, apenas un micro gesto. Se le hacía bastante inverosímil tener que estar explicando aquellos aspectos de aquel mundo a esas alturas de la historia. Pero realmente Dean parecía tan confundido como aseguraba estar. Y no seria ella quien lo juzgase precipitadamente. No era la primera vez que trataba con personas que habían estado aisladas de lo que pasaba en el mundo exterior. Aun recordaba la prisión donde se habían refugiado durante algunos meses. Y aun recordaba a los presos… esos que se habían escondido en la cafetería esperando a que alguien fuese a rescatarlos. Pero ese no parecía el caso de Dean. Dean no parecía necesitar un rescate, más bien, Maggie tuvo la impresión, de que era la clase de hombre que acudía al rescate. -Sí, el cerebro es prácticamente la única forma de eliminarlos. Aunque tambien funciona la dinamita -comentó con cierto aire divertido- Si el cerebro muere, el cuerpo muere -inspiró profundamente- Conoci a unas personas hace algún tiempo. Ellos estuvieron en el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta cuando todo esto pasó… Algunos meses después… Y antes de que el edificio volara por los aires, pudieron asistir a una grabación de una transformación en directo. Cuando mueres, da igual como, mientras que el cerebro esté bien, regresarás como una de esas cosas. El cerebro se reanima, pero solo una pequeña parte. Solo el instinto, solo esa parte que te anima a caminar y comer… El cuerpo se pudre poco a poco… -inspiró profundamente y mientras avanzaban por el pasillo, comprobó que algunas de las ventanas que habia cegado con cartones y madera todavia seguían tapadas. -No ha sido fácil, si te soy sincera… -asintió ella con cierto deje irónico- Cuando todo esto empezó yo vivía en Georgia con mi padre, mi hermana… amigos de la familia. Vivíamos en la granja de mi familia. Y después de aquello… el cambio fue paulatino… Me acostumbré demasiado rápido, porque intentar pelear e imponerme a esta realidad no serviría para nada. Mi cerebro se acostumbró rapido a la necesidad de sobrevivir, al hecho de que tenemos que hacer lo que sea para seguir con vida. No es la vida que querría para mi hijo o para mí, pero… Al menos seguimos con vida donde muchos otros han caído…❞
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  • *chibi estaba peleando con un pug gordo para que no le quitara sus chetos* >n<
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  • -Ese día, la androide acaba de regresar de una misión, al fondo se ve un incendio que ella provocó, cuando se enfrentó a una base de máquinas invasoras, ella estaba de regreso a un lugar un tanto tranquilo y seguro por si en el camino se llegaba a encontrar con enemigos.

    Una vez a salvo, 12B le informaria a la comandate que se encuentra en el bunker esperando respuestas de su subordinada, pues hace días atrás, la comandante le dio órdenes de enfrentarse a esos enemigos por suerte a ser modelo de batalla, es capaz de dominar variedad de armas y variedades de estilos de pelea, mientras camina observa el objeto recuperado, seguramente regresará después al bunker a entregarle ese objeto a la comandante *
    -Ese día, la androide acaba de regresar de una misión, al fondo se ve un incendio que ella provocó, cuando se enfrentó a una base de máquinas invasoras, ella estaba de regreso a un lugar un tanto tranquilo y seguro por si en el camino se llegaba a encontrar con enemigos. Una vez a salvo, 12B le informaria a la comandate que se encuentra en el bunker esperando respuestas de su subordinada, pues hace días atrás, la comandante le dio órdenes de enfrentarse a esos enemigos por suerte a ser modelo de batalla, es capaz de dominar variedad de armas y variedades de estilos de pelea, mientras camina observa el objeto recuperado, seguramente regresará después al bunker a entregarle ese objeto a la comandante *
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  • —Ugh... —mira el traje como si Felicia le hubiera traicionado—. Vale, Parker, concéntrate. Es solo un... cambio táctico. Temporal. MUY temporal.

    —He peleado contra alienígenas, robots, villanos con tentáculos y... ¿esto es lo que me derrota?
    —Ugh... —mira el traje como si Felicia le hubiera traicionado—. Vale, Parker, concéntrate. Es solo un... cambio táctico. Temporal. MUY temporal. —He peleado contra alienígenas, robots, villanos con tentáculos y... ¿esto es lo que me derrota?
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  • ──── Bienvenido, aventurero. ¿Necesitas algo? Tengo armas de todos los tipos para ti... Eso si no eres un mago claro, en ese caso no tengo nada para ti, pero ¡los magos no deberían depender de su magia para pelear! así que deberías comprar una daga o un estoque. Seguro te hace ver elegante. ────
    · · ─ ·𖥸· ─ · ·

    𝗞𝗶𝘆𝗼 : 𝗞𝗶𝘆𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼 𝟬
    ──── Bienvenido, aventurero. ¿Necesitas algo? Tengo armas de todos los tipos para ti... Eso si no eres un mago claro, en ese caso no tengo nada para ti, pero ¡los magos no deberían depender de su magia para pelear! así que deberías comprar una daga o un estoque. Seguro te hace ver elegante. ──── · · ─ ·𖥸· ─ · · 𝗞𝗶𝘆𝗼 : 𝗞𝗶𝘆𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼 𝟬
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  • El aroma de una corona perdida
    Fandom Original / Omegaverse / Fantasía Real
    Categoría Drama
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira.

    No era una metáfora.

    Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda.

    Azahar falso.

    Vainilla demasiado pesada.

    Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable.

    Yo lo detestaba.

    Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar.

    Ninguna sabía.

    No de verdad.

    Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro.

    Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar.

    Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino.

    Yo sí.

    Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina.

    La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza.

    Una apariencia perfecta.

    Simple.

    Inofensiva.

    Una cocinera más.

    Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario.

    Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores.

    Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo.

    Supresores.

    Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos.

    Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme.

    Pero mi cuerpo…

    Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes.

    Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil.

    Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta.

    Fallon Croft había caído durante el golpe de estado.

    Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona.

    Una historia limpia.

    Cómoda.

    Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir.

    El problema era que los muertos no deberían sentir.

    Y yo sentía demasiado.

    Sobre todo cuando él aparecía.

    No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido.

    Alfa.

    No un Alfa cualquiera.

    El Heredero de Aethelgard.

    El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político.

    El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades.

    Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo.

    Sólo un segundo.

    Suficiente para traicionarme ante mí misma.

    Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él.

    —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas.

    La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente.

    Casi.

    Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta.

    No lo miré hasta que el agua empezó a temblar.

    Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho.

    Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle.

    Mi Omega reaccionó antes que mi mente.

    Un tirón bajo las costillas.

    Una tensión cálida, antigua, peligrosa.

    Mío.

    Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron.

    No.

    No mío.

    Nada era mío desde hacía un año.

    Ni mi nombre.

    Ni mi corona.

    Ni mi reino.

    Mucho menos él.

    —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana.

    La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración.

    Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado.

    Intentando.

    Porque su presencia volvía torpes a mis supresores.

    Esa era la parte que más me irritaba.

    Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina.

    Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse.

    Deslicé la taza hacia él sobre la mesa.

    —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño.

    Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono.

    Aparté los dedos antes de rozar los suyos.

    Demasiado tarde.

    El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible.

    Por un instante, la cocina desapareció.

    No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas.

    Alfa.

    Mi Alfa.

    La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí.

    No lo hice.

    Una princesa no retrocede.

    Una fugitiva tampoco.

    En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas.

    Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos.

    Podía distinguir un veneno por el olor.

    Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna.

    Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra.

    Y no tenía derecho a intentarlo.

    —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo.

    Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza.

    —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión.

    No era cierto.

    O quizá sí.

    Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría.

    Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina.

    Quise decirle que no dejara que eligieran por él.

    Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena.

    Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar.

    Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta.

    Así que dije otra cosa.

    Algo más seguro.

    Algo que una cocinera podía permitirse.

    —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego.

    Bajé la vista a mis manos.

    Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado.

    Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando.

    Mi postura, cuando olvidaba encorvarme.

    Mi forma de observar las salidas.

    Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión.

    Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas.

    Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto.

    El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo.

    No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados.

    No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris.

    No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia.

    Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido.

    Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo.

    Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían.

    Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad.

    Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío.

    Se sintió peligroso.

    Íntimo.

    Como una puerta cerrándose despacio.

    Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado.

    Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa.

    —No debería quedarse mucho tiempo —susurré.

    La advertencia era para él.

    La súplica, para mí.

    Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior.

    —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas.

    Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse.

    Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida.

    Temió por él.

    Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante.

    En una muerta.

    En mí.

    Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo.

    —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión.

    Hubo una pausa.

    Una demasiado larga.

    La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas.

    Yo no debía decir nada más.

    No debía ofrecerle consuelo.

    No debía darle razones para volver.

    No debía, sobre todo, querer que volviera.

    Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado.

    —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer.

    Dejé la cuchara a un lado.

    Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban.

    —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes.

    Esta vez sí sonreí.

    Apenas.

    Un gesto pequeño, afilado, cansado.

    Y quizá demasiado real.

    Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal.

    Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política.

    Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas.

    Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra.

    Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira. No era una metáfora. Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda. Azahar falso. Vainilla demasiado pesada. Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable. Yo lo detestaba. Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar. Ninguna sabía. No de verdad. Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro. Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar. Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino. Yo sí. Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina. La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza. Una apariencia perfecta. Simple. Inofensiva. Una cocinera más. Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario. Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores. Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo. Supresores. Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos. Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes. Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil. Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta. Fallon Croft había caído durante el golpe de estado. Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona. Una historia limpia. Cómoda. Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir. El problema era que los muertos no deberían sentir. Y yo sentía demasiado. Sobre todo cuando él aparecía. No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido. Alfa. No un Alfa cualquiera. El Heredero de Aethelgard. El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político. El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades. Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo. Sólo un segundo. Suficiente para traicionarme ante mí misma. Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él. —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas. La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente. Casi. Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta. No lo miré hasta que el agua empezó a temblar. Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle. Mi Omega reaccionó antes que mi mente. Un tirón bajo las costillas. Una tensión cálida, antigua, peligrosa. Mío. Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron. No. No mío. Nada era mío desde hacía un año. Ni mi nombre. Ni mi corona. Ni mi reino. Mucho menos él. —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana. La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración. Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado. Intentando. Porque su presencia volvía torpes a mis supresores. Esa era la parte que más me irritaba. Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina. Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse. Deslicé la taza hacia él sobre la mesa. —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño. Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono. Aparté los dedos antes de rozar los suyos. Demasiado tarde. El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible. Por un instante, la cocina desapareció. No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas. Alfa. Mi Alfa. La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí. No lo hice. Una princesa no retrocede. Una fugitiva tampoco. En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas. Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos. Podía distinguir un veneno por el olor. Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna. Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra. Y no tenía derecho a intentarlo. —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo. Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza. —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión. No era cierto. O quizá sí. Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría. Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina. Quise decirle que no dejara que eligieran por él. Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena. Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar. Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta. Así que dije otra cosa. Algo más seguro. Algo que una cocinera podía permitirse. —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego. Bajé la vista a mis manos. Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado. Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando. Mi postura, cuando olvidaba encorvarme. Mi forma de observar las salidas. Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión. Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas. Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto. El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo. No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados. No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris. No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido. Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo. Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían. Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad. Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío. Se sintió peligroso. Íntimo. Como una puerta cerrándose despacio. Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado. Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa. —No debería quedarse mucho tiempo —susurré. La advertencia era para él. La súplica, para mí. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior. —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas. Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse. Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida. Temió por él. Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante. En una muerta. En mí. Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo. —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión. Hubo una pausa. Una demasiado larga. La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas. Yo no debía decir nada más. No debía ofrecerle consuelo. No debía darle razones para volver. No debía, sobre todo, querer que volviera. Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado. —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer. Dejé la cuchara a un lado. Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban. —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes. Esta vez sí sonreí. Apenas. Un gesto pequeño, afilado, cansado. Y quizá demasiado real. Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal. Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política. Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas. Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra. Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
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