• No había visto a Lucifer en toda la mañana.... Una mañana particularmente melosa que le revolvía el estómago expresado en sus muecas de disgusto. Pues a donde fuera que mirara sólo podía ver el cursi romance aflorar por una fecha tan ridícula como aquella.
    El hotel decorado de una forma tan patética, claro; decisiones de la princesa. Y parejas dispersas por probablemente toda la ciudad pentagrama.
    Viendo lo visto con el soberano, habría creído participaría de tan particular celebración o habría colaborado con decoración, aún así no lo había visto. En realidad desde hacía unos días que no lo había hecho.

    Con su sombra compartió una mirada que coincidía en silenciosas palabras no pronunciadas antes de que ambos desaparecieran en la oscuridad de las sombras, desplazándose cual serpiente por ellas con un destino claro en mente ; la habitación de Lucifer. Pues si algo se había percatado del pequeño rey era su tendencia a encerrarse cuando no estaba bien y, en efecto, había tenido razón. Pues tras escabullirse bajo la puerta y emerger del otro lado, la tensión de sus orejas revelaron su sorpresa al ver tan caótica habitación inundada de patitos.
    De nuevo una mirada compartida con su sombra y es que él no haría el ridículo de intentar pasar por la montaña de patos con riesgo de que se le fueran encima, así que hizo lo más razonable; volverse a mover entre las sombras hasta llegar al lado de la cama del rey donde este dormía de momento. ¿Su aspecto? No el mejor claramente.

    Su sombra lo miró a él y enseguida supo qué quería desviando su mirada para no tener que verla en lo que retraía de forma leve sus orejas. Pero la sombra era insistente y frunciendo el ceño, bajando sus orejas, le dió un pequeño golpe regañón con el dorso de su mano antes de cruzarse de brazos. A él se le escapó un gruñido por ello, viéndole con recelo.

    — Es patético y ridículo —

    Le dijo por lo bajo para no despertar al soberano pero su sombra respondió señalando al ángel aún dormido pero que incluso así se notaba su claro decaimiento.
    Él volvió a gruñir, esta vez bajando por completo sus orejas.

    — Bien.... —

    Se resignó causando en su silueta oscura una amplia sonrisa satisfecha antes de desaparecer aunque él no hizo lo mismo. Tan solo usando su magia para desaparecer el exceso de patitos de hule. ¿Los helados, bocadillos y vino? Afuera también y todo para hacer espacio a lo más ridículo que se le pudo ocurrir.
    Y es que con su magia se había asegurado que pétalos de rosa rodearan a su majestad al decorar su cama, apenas dispersos por el suelo también.
    Algunas velas rojas encendidas dispersas por la habitación junto con globos que adornaban el suelo, algunos patitos que había permitido se quedaran también los había vestido con corazones o pequeñas decoraciones ñoñas... ¿Le estaba haciendo sentir como un ridículo aquello? Por supuesto. Incluso al punto de ocasionar un rubor sobre sus mejillas que pronto disipó para que nadie lo viera.
    Su sombra volviendo a aparecer junto con una pequeña cesta cargada de golosinas y chocolates, más alegre de lo que a él le hubiera gustado arrancándole otro gruñido.

    — Eres irritante —

    Fue todo lo que le dijo sin tomar la canasta con sus propias manos sino dejando que el otro la cargara
    Sólo cuando todo estuvo listo se acercó a King of Hell, tomando un mechoncito de su rubia cabellera para jalar suavemente en una forma de molestarle pues con algo debía de compensar tanta cursilería.

    — ¿Acaso piensa dormir todo el día majestad? Ya pasa del mediodía, no sabía que quería imitar a la bella durmiente —

    Volvió a molestarle y, aún siendo chinchado él por su propia sombra, aguardó a que el otro se despertara y sentara en la cama. Apenas dándole el tiempo a ver las nuevas decoraciones que adornaban la habitación antes de tomar el rostro ajeno con una mano desde el mentón en lo que él se reclinaba para quedar a su altura depositando un beso sobre los labios ajenos. Tan solo un pequeño beso antes de apartarse, en su mano apareciendo una de esas típicas cajas de bombones creadas para San Valentín que le enseñó.

    — Creí que esta celebración era de su gusto —
    No había visto a Lucifer en toda la mañana.... Una mañana particularmente melosa que le revolvía el estómago expresado en sus muecas de disgusto. Pues a donde fuera que mirara sólo podía ver el cursi romance aflorar por una fecha tan ridícula como aquella. El hotel decorado de una forma tan patética, claro; decisiones de la princesa. Y parejas dispersas por probablemente toda la ciudad pentagrama. Viendo lo visto con el soberano, habría creído participaría de tan particular celebración o habría colaborado con decoración, aún así no lo había visto. En realidad desde hacía unos días que no lo había hecho. Con su sombra compartió una mirada que coincidía en silenciosas palabras no pronunciadas antes de que ambos desaparecieran en la oscuridad de las sombras, desplazándose cual serpiente por ellas con un destino claro en mente ; la habitación de Lucifer. Pues si algo se había percatado del pequeño rey era su tendencia a encerrarse cuando no estaba bien y, en efecto, había tenido razón. Pues tras escabullirse bajo la puerta y emerger del otro lado, la tensión de sus orejas revelaron su sorpresa al ver tan caótica habitación inundada de patitos. De nuevo una mirada compartida con su sombra y es que él no haría el ridículo de intentar pasar por la montaña de patos con riesgo de que se le fueran encima, así que hizo lo más razonable; volverse a mover entre las sombras hasta llegar al lado de la cama del rey donde este dormía de momento. ¿Su aspecto? No el mejor claramente. Su sombra lo miró a él y enseguida supo qué quería desviando su mirada para no tener que verla en lo que retraía de forma leve sus orejas. Pero la sombra era insistente y frunciendo el ceño, bajando sus orejas, le dió un pequeño golpe regañón con el dorso de su mano antes de cruzarse de brazos. A él se le escapó un gruñido por ello, viéndole con recelo. — Es patético y ridículo — Le dijo por lo bajo para no despertar al soberano pero su sombra respondió señalando al ángel aún dormido pero que incluso así se notaba su claro decaimiento. Él volvió a gruñir, esta vez bajando por completo sus orejas. — Bien.... — Se resignó causando en su silueta oscura una amplia sonrisa satisfecha antes de desaparecer aunque él no hizo lo mismo. Tan solo usando su magia para desaparecer el exceso de patitos de hule. ¿Los helados, bocadillos y vino? Afuera también y todo para hacer espacio a lo más ridículo que se le pudo ocurrir. Y es que con su magia se había asegurado que pétalos de rosa rodearan a su majestad al decorar su cama, apenas dispersos por el suelo también. Algunas velas rojas encendidas dispersas por la habitación junto con globos que adornaban el suelo, algunos patitos que había permitido se quedaran también los había vestido con corazones o pequeñas decoraciones ñoñas... ¿Le estaba haciendo sentir como un ridículo aquello? Por supuesto. Incluso al punto de ocasionar un rubor sobre sus mejillas que pronto disipó para que nadie lo viera. Su sombra volviendo a aparecer junto con una pequeña cesta cargada de golosinas y chocolates, más alegre de lo que a él le hubiera gustado arrancándole otro gruñido. — Eres irritante — Fue todo lo que le dijo sin tomar la canasta con sus propias manos sino dejando que el otro la cargara Sólo cuando todo estuvo listo se acercó a [morningstar666], tomando un mechoncito de su rubia cabellera para jalar suavemente en una forma de molestarle pues con algo debía de compensar tanta cursilería. — ¿Acaso piensa dormir todo el día majestad? Ya pasa del mediodía, no sabía que quería imitar a la bella durmiente — Volvió a molestarle y, aún siendo chinchado él por su propia sombra, aguardó a que el otro se despertara y sentara en la cama. Apenas dándole el tiempo a ver las nuevas decoraciones que adornaban la habitación antes de tomar el rostro ajeno con una mano desde el mentón en lo que él se reclinaba para quedar a su altura depositando un beso sobre los labios ajenos. Tan solo un pequeño beso antes de apartarse, en su mano apareciendo una de esas típicas cajas de bombones creadas para San Valentín que le enseñó. — Creí que esta celebración era de su gusto —
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  • Tal vez ella no pudiera crear como su padre hacía pero, con San Valentín tan cerca, quiso poder hacer algo por el hotel y es por ello que ahora se encontraba de aquí para allá desde tempranas horas con cajas cargadas en decoraciones entre sus manos.
    Decoraciones caseras, claro. Desde hacía ya varios días que venía trabajando en ellas, cortando papeles y creando guirnaldas, también inflando globos con forma de corazón que ahora eran dispersos por el hotel.

    Hasta había hablado con Husk y estaban viendo la posibilidad de crear tragos temáticos para el día por venir.
    Tal vez ella no pudiera crear como su padre hacía pero, con San Valentín tan cerca, quiso poder hacer algo por el hotel y es por ello que ahora se encontraba de aquí para allá desde tempranas horas con cajas cargadas en decoraciones entre sus manos. Decoraciones caseras, claro. Desde hacía ya varios días que venía trabajando en ellas, cortando papeles y creando guirnaldas, también inflando globos con forma de corazón que ahora eran dispersos por el hotel. Hasta había hablado con Husk y estaban viendo la posibilidad de crear tragos temáticos para el día por venir.
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  • Seguiré la pista a ciegas y te encontraré
    Alcanzaré la altura, caeré en picado
    Y te encontraré
    Como a un animal en un combate
    Yo te encontraré
    Sentí el viento en la cara
    Vi a los lobos pasar

    Entre la oscuridad
    Intenté respirar

    Y me puse a temblar
    Pasarás sin ser visto y te encontraré
    Escoltado por tus guardianes
    Yo te encontraré
    Seguiré la pista a ciegas y te encontraré Alcanzaré la altura, caeré en picado Y te encontraré Como a un animal en un combate Yo te encontraré Sentí el viento en la cara Vi a los lobos pasar ♪ Entre la oscuridad Intenté respirar ♪ Y me puse a temblar Pasarás sin ser visto y te encontraré Escoltado por tus guardianes Yo te encontraré
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  • - Preparando en su casa una comida simple no le gustan las cosas ostentosas.
    Puso a Salem a inflar globos y comenzó a decorar un pastel pequeño -

    Salem: será suficiente?

    Somos los dos , la otra vez te comiste medio pastel y estabas enfermo ..
    Lo achique para que no vuelva a pasar

    Salem: tacaña.. si voy a morir será comiendo(?)

    - la albina se rió divertida -
    - Preparando en su casa una comida simple no le gustan las cosas ostentosas. Puso a Salem a inflar globos y comenzó a decorar un pastel pequeño - Salem: será suficiente? Somos los dos , la otra vez te comiste medio pastel y estabas enfermo .. Lo achique para que no vuelva a pasar Salem: tacaña.. si voy a morir será comiendo(?) - la albina se rió divertida -
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  • ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ────

    [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ]

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ───

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ────

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ──── [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ] [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: 𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞ Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ─── Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba 𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞ Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ──── Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • Eh notado mas lobos aquí, que interesante... Pero aun así no me uniré a ninguna manada.
    Eh notado mas lobos aquí, que interesante... Pero aun así no me uniré a ninguna manada.
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  • "Las huellas de nadie. Fantasmas en la nieve.

    Un día calmo, un cielo despejado y cristalino, un sol que parece amable. Demasiado bueno para ser cierto, ¿pero qué van a saber los novatos, los perdidos, los exiliados?

    Exiliados, por supuesto. Durante los más de trescientos años del régimen de la Casa de los Romanov en Rusia, miles serían exiliados, arrojados a las fauces del frío infierno del Este. Almas errantes, sus muertes aseguradas, sus días prestados. Huellas en la nieve, la única firma de su existencia, por efímera y endeble que fuese.

    Y eran las huellas no solamente pruebas de su existir, sino objeto de júbilo, fuente de esperanza. Indicaban que, como ellos, alguien había recorrido estos parajes antes. Ese 'no estoy solo' es tan poderoso, tan embriagante, que los sentidos nubla.

    Pero estaban solos. No podían estar más solos.

    Huellas de nadie, obra de un fantasma. Trampas traicioneras que guiaban a los exiliados a caminos accidentados, a zonas de aludes, al hogar de depredadores. ¿De quién (o de qué) era obra tan cruel burla a quienes ya de por sí el cielo había abandonado? Nunca se supo.

    Las teorías dicen que los osos, lobos y otros depredadores aprendieron a crear marcas sobre la nieve, aprovechándose del instinto tan humano de seguirlas. Seres humanoides, críptidos, tribus caníbales, demonios; no hay carencia de hipótesis.

    La realidad, sea cual fuere la respuesta, es tan cruel como simple: Estás solo aquí.

    Completamente solo".
    "Las huellas de nadie. Fantasmas en la nieve. Un día calmo, un cielo despejado y cristalino, un sol que parece amable. Demasiado bueno para ser cierto, ¿pero qué van a saber los novatos, los perdidos, los exiliados? Exiliados, por supuesto. Durante los más de trescientos años del régimen de la Casa de los Romanov en Rusia, miles serían exiliados, arrojados a las fauces del frío infierno del Este. Almas errantes, sus muertes aseguradas, sus días prestados. Huellas en la nieve, la única firma de su existencia, por efímera y endeble que fuese. Y eran las huellas no solamente pruebas de su existir, sino objeto de júbilo, fuente de esperanza. Indicaban que, como ellos, alguien había recorrido estos parajes antes. Ese 'no estoy solo' es tan poderoso, tan embriagante, que los sentidos nubla. Pero estaban solos. No podían estar más solos. Huellas de nadie, obra de un fantasma. Trampas traicioneras que guiaban a los exiliados a caminos accidentados, a zonas de aludes, al hogar de depredadores. ¿De quién (o de qué) era obra tan cruel burla a quienes ya de por sí el cielo había abandonado? Nunca se supo. Las teorías dicen que los osos, lobos y otros depredadores aprendieron a crear marcas sobre la nieve, aprovechándose del instinto tan humano de seguirlas. Seres humanoides, críptidos, tribus caníbales, demonios; no hay carencia de hipótesis. La realidad, sea cual fuere la respuesta, es tan cruel como simple: Estás solo aquí. Completamente solo".
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  • Las garras de la inocencia

    Razor era conocido en Mondstadt como un chico enérgico, tranquilo e inocente. Para muchos, incluso tierno. Sin embargo, bajo esa apariencia se escondía una mente alerta al peligro, una inteligencia nata para el combate y, por encima de todo, un instinto feroz por proteger a su manada, a quienes consideraba su verdadera familia.

    El mercado negro surtía de todo a quienes buscaban lo que no podía conseguirse por medios legales: pociones adulteradas, alcohol, ingredientes a sobreprecio, armas, materiales… y pieles. Demasiadas pieles.

    Tras los últimos aullidos, profundos y majestuosos, la noche cayó sobre el bosque. La manada dormía. Razor se encontraba acurrucado bajo el tronco de un árbol, abrazado a uno de los lobos más viejos; los cachorros descansaban junto a sus madres, y el alfa vigilaba desde lo alto de una roca.

    Entonces, un crujido.

    Las orejas del alfa se alzaron de golpe. Razor abrió los ojos al mismo tiempo, conteniendo la respiración. No era un animal nocturno.

    Las antorchas se encendieron de repente, rodeando a la manada. El fuego crepitó, proyectando sombras torcidas entre los árboles. Humanos avanzaban con cautela, cuchillos y mazos en mano, sonriendo mientras hablaban del botín.

    El alfa saltó frente a su manada, erizando el pelaje y gruñendo. Dudaron un segundo… pero eran demasiados.

    Desde un punto ciego, varios bandidos se lanzaron sobre una de las lobas. Los chillidos de los cachorros cortaron el aire cuando fueron arrancados de su madre y metidos en un saco.

    La risa de uno de los hombres se apagó de golpe.

    Un impacto seco. Brutal.

    Razor había caído sobre él, clavándole la rodilla en el pecho. El bandido quedó inconsciente antes de tocar el suelo.

    +¿Q-qué fue eso? ¡Dijeron que no había nadie cuidando!

    Las espadas se alzaron. Entonces lo vieron.

    +¡Es solo un niño!
    —¡Yo… proteger… familia! —gruñó Razor, con los colmillos apretados—. ¡Ustedes… ser… malos!

    Se lanzó.

    Los lobos se unieron al ataque. Dientes, garras, gritos. Cada alarido de dolor de su manada hacía que los golpes de Razor fueran más fuertes, más salvajes.

    No luchaba como un caballero. No había técnica elegante, solo reflejos afilados, agilidad y una fuerza nacida del instinto.

    +¡No puede ser… tiene una Visión!

    Las garras Electro brillaron en la oscuridad. Uno a uno, los bandidos cayeron. Razor sangraba, respiraba con dificultad… pero en sus ojos no había dolor. Solo furia. Y determinación.

    Cuando el silencio volvió al bosque, todos yacían en el suelo.

    Razor los ató con ayuda de la manada. El bosque exigía sangre, y él lo sabía. Lo sentía. Pero recordó voces. Jean. Lisa. Kaeya.

    Convenció a los lobos de no matar.

    La ley del bosque era una. La de Mondstadt, otra.

    Y esta vez, eligió confiar. Herido y cansado llegó a Mondstadt bajo los primeros rayos del sol, dando pasos lentos con un pie y leves arrastres con el otro, herias en el cuerpo que si bien no eran mortales la cantidad de ellas hubieran dejado fuera de combate a cualquier otro. Los guardias de la puerta principal a la ciudad reconocieron a Razor de inmediato y, al ver el estado en el que se encontraba fueron a su auxilio de inmediato.

    -Gente...mala....bosque... -Alcanzó a decir a penas había sido alcanzado por uno de los guardias sosteniéndolo en brazos. Razor cayó inconsciente.-
    Las garras de la inocencia Razor era conocido en Mondstadt como un chico enérgico, tranquilo e inocente. Para muchos, incluso tierno. Sin embargo, bajo esa apariencia se escondía una mente alerta al peligro, una inteligencia nata para el combate y, por encima de todo, un instinto feroz por proteger a su manada, a quienes consideraba su verdadera familia. El mercado negro surtía de todo a quienes buscaban lo que no podía conseguirse por medios legales: pociones adulteradas, alcohol, ingredientes a sobreprecio, armas, materiales… y pieles. Demasiadas pieles. Tras los últimos aullidos, profundos y majestuosos, la noche cayó sobre el bosque. La manada dormía. Razor se encontraba acurrucado bajo el tronco de un árbol, abrazado a uno de los lobos más viejos; los cachorros descansaban junto a sus madres, y el alfa vigilaba desde lo alto de una roca. Entonces, un crujido. Las orejas del alfa se alzaron de golpe. Razor abrió los ojos al mismo tiempo, conteniendo la respiración. No era un animal nocturno. Las antorchas se encendieron de repente, rodeando a la manada. El fuego crepitó, proyectando sombras torcidas entre los árboles. Humanos avanzaban con cautela, cuchillos y mazos en mano, sonriendo mientras hablaban del botín. El alfa saltó frente a su manada, erizando el pelaje y gruñendo. Dudaron un segundo… pero eran demasiados. Desde un punto ciego, varios bandidos se lanzaron sobre una de las lobas. Los chillidos de los cachorros cortaron el aire cuando fueron arrancados de su madre y metidos en un saco. La risa de uno de los hombres se apagó de golpe. Un impacto seco. Brutal. Razor había caído sobre él, clavándole la rodilla en el pecho. El bandido quedó inconsciente antes de tocar el suelo. +¿Q-qué fue eso? ¡Dijeron que no había nadie cuidando! Las espadas se alzaron. Entonces lo vieron. +¡Es solo un niño! —¡Yo… proteger… familia! —gruñó Razor, con los colmillos apretados—. ¡Ustedes… ser… malos! Se lanzó. Los lobos se unieron al ataque. Dientes, garras, gritos. Cada alarido de dolor de su manada hacía que los golpes de Razor fueran más fuertes, más salvajes. No luchaba como un caballero. No había técnica elegante, solo reflejos afilados, agilidad y una fuerza nacida del instinto. +¡No puede ser… tiene una Visión! Las garras Electro brillaron en la oscuridad. Uno a uno, los bandidos cayeron. Razor sangraba, respiraba con dificultad… pero en sus ojos no había dolor. Solo furia. Y determinación. Cuando el silencio volvió al bosque, todos yacían en el suelo. Razor los ató con ayuda de la manada. El bosque exigía sangre, y él lo sabía. Lo sentía. Pero recordó voces. Jean. Lisa. Kaeya. Convenció a los lobos de no matar. La ley del bosque era una. La de Mondstadt, otra. Y esta vez, eligió confiar. Herido y cansado llegó a Mondstadt bajo los primeros rayos del sol, dando pasos lentos con un pie y leves arrastres con el otro, herias en el cuerpo que si bien no eran mortales la cantidad de ellas hubieran dejado fuera de combate a cualquier otro. Los guardias de la puerta principal a la ciudad reconocieron a Razor de inmediato y, al ver el estado en el que se encontraba fueron a su auxilio de inmediato. -Gente...mala....bosque... -Alcanzó a decir a penas había sido alcanzado por uno de los guardias sosteniéndolo en brazos. Razor cayó inconsciente.-
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  • ¿Tener....historias....de....lobos?....Chica explosiva...decir...que...tú...saber...muchas...historias....
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  • ⸻> Dato curioso:
    La luna llena de enero se conoce tradicionalmente como la Luna del Lobo. El nombre viene de antiguas culturas del hemisferio norte, que asociaban esta luna con las noches más frías del año, cuando los lobos aullaban con más frecuencia cerca de los asentamientos humanos en busca de alimento. No tiene un origen astronómico, sino cultural, ligado al invierno, al hambre y a la supervivencia.

    En algunos años, cuando esta luna coincide con el momento en que está más cerca de la Tierra, se la llama también superluna del lobo, viéndose ligeramente más grande y brillante de lo habitual. Por eso siempre ha estado rodeada de simbolismo de resistencia, instinto, soledad y ciclos que se cierran para volver a empezar.

    ⸻> Dato curioso: La luna llena de enero se conoce tradicionalmente como la Luna del Lobo. El nombre viene de antiguas culturas del hemisferio norte, que asociaban esta luna con las noches más frías del año, cuando los lobos aullaban con más frecuencia cerca de los asentamientos humanos en busca de alimento. No tiene un origen astronómico, sino cultural, ligado al invierno, al hambre y a la supervivencia. En algunos años, cuando esta luna coincide con el momento en que está más cerca de la Tierra, se la llama también superluna del lobo, viéndose ligeramente más grande y brillante de lo habitual. Por eso siempre ha estado rodeada de simbolismo de resistencia, instinto, soledad y ciclos que se cierran para volver a empezar.
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