• ᴀɴᴛᴇꜱ ᴅᴇ ʟᴀ ɴɪᴇʙʟᴀ: 𝟣𝟫𝟦𝟤

    La niebla matutina se desvanecía lentamente en el campo de entrenamiento, revelando filas de jóvenes soldados que se preparaban para la batalla. Entre ellos, Bucky Barnes, su rostro firme y determinado mientras se sometía a la rutina diaria de ejercicios y entrenamiento. El aire estaba lleno del sonido de botas que marchaban, del clangor de metales que chocaban y del grito de los instructores que exigían más esfuerzo. James se movía con precisión, su cuerpo endurecido por el trabajo duro y la disciplina.

    Siempre. Mientras corrían a través del barro y la lluvia, el sonido de los disparos y las explosiones se escuchaba en la distancia, un recordatorio constante de la realidad de la guerra. James nunca se detenía, su respiración agitada y su corazón latiendo con fuerza mientras se esforzaba por superar sus límites. En ese momento, no era más que un joven soldado, ansioso por demostrar su valía y proteger a su país. No sabía que pronto se convertiría en algo más, algo que lo llevaría a los límites de la humanidad y lo cambiaría para siempre. Pero por ahora, solo se concentraría en el presente, en la tarea que tenía ante sí, y en la determinación de sobrevivir.
    ᴀɴᴛᴇꜱ ᴅᴇ ʟᴀ ɴɪᴇʙʟᴀ: 𝟣𝟫𝟦𝟤 La niebla matutina se desvanecía lentamente en el campo de entrenamiento, revelando filas de jóvenes soldados que se preparaban para la batalla. Entre ellos, Bucky Barnes, su rostro firme y determinado mientras se sometía a la rutina diaria de ejercicios y entrenamiento. El aire estaba lleno del sonido de botas que marchaban, del clangor de metales que chocaban y del grito de los instructores que exigían más esfuerzo. James se movía con precisión, su cuerpo endurecido por el trabajo duro y la disciplina. Siempre. Mientras corrían a través del barro y la lluvia, el sonido de los disparos y las explosiones se escuchaba en la distancia, un recordatorio constante de la realidad de la guerra. James nunca se detenía, su respiración agitada y su corazón latiendo con fuerza mientras se esforzaba por superar sus límites. En ese momento, no era más que un joven soldado, ansioso por demostrar su valía y proteger a su país. No sabía que pronto se convertiría en algo más, algo que lo llevaría a los límites de la humanidad y lo cambiaría para siempre. Pero por ahora, solo se concentraría en el presente, en la tarea que tenía ante sí, y en la determinación de sobrevivir.
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  • Si quieres la paz, prepárate para la guerra...
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  • No puedes acabar una guerra sin iniciar otra..
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  • —Otra guerra eh.

    O como sea que vayan a nombrar este “conflicto”

    Bien… no es la primera vez para mi, y seguro no será la última. Espero que esta vez las cosas sean diferentes.—

    Había sentido el movimiento en la sombra que dejó en Skadi. No había podido hacer acto de presencia más por haber estado lidiando con otras cosas, pero, siempre está observando.

    No solo su espalda… si no lo que se estaba revelando más delante de él.
    —Otra guerra eh. O como sea que vayan a nombrar este “conflicto” Bien… no es la primera vez para mi, y seguro no será la última. Espero que esta vez las cosas sean diferentes.— Había sentido el movimiento en la sombra que dejó en Skadi. No había podido hacer acto de presencia más por haber estado lidiando con otras cosas, pero, siempre está observando. No solo su espalda… si no lo que se estaba revelando más delante de él.
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  • A puertas cerradas, entre solo dos personas, se elabora lo que es probablemente más fuerte el "Coup d'État" fingiendo ser la pareja del año, son dos de las facciones más fuertes de todo el lugar, listos no solo para derrocar, si no para matar a todos aquellos que están a favor de la interminable guerra, de las divisiones y los intereses personales.

    Él estaba listo para ser el monstruo.
    Ella, la nueva Reina.

    A puertas cerradas, entre solo dos personas, se elabora lo que es probablemente más fuerte el "Coup d'État" fingiendo ser la pareja del año, son dos de las facciones más fuertes de todo el lugar, listos no solo para derrocar, si no para matar a todos aquellos que están a favor de la interminable guerra, de las divisiones y los intereses personales. Él estaba listo para ser el monstruo. Ella, la nueva Reina.
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  • / Hidra .. cuidad de Grecia
    Año 1998

    " El sol recién se oculta, poco a poco el cielo oscurece y es iluminado por estrellas, sobre las aguas del mar se refleja una hermosa luna llena, caminando a paso tranquilo el Basilio Zet lleva en su diestra una copa de cristal y en su izquierda un cuerno con una extraña joya roja en la punta, no era otra cosa mas que un recipiente para el vino, como siempre caminaba solo, descalzo, sin camisa y con un pantalón de tela ligera en color blanco, el colgante de joyas doradas en su cuello emite una luz brillante en cada paso que el varón da, no es su propia luz, es el reflejo de la luna, hoy estaba más radiante que nunca, el viento sopla con algo de fuerza, el varón retira la amarra que sostiene su cabello y lo deja libre, ha crecido bastante, llegando a su cintura, sacude su cabeza, observa los cangrejos escapar de él cuando al caminar se les acerca, sigue su paso buscando un lugar distante, un lugar tranquilo, el Basilio es extraño, tiene por gusto pasar tiempo solo, habiendo caminado bastante se alejo de todo ser humano que pudiera llegar a él, al mirar al frente vio una roca grande que sobresalía de la arena, un lugar agradable donde podía recostarse y mirar el mar, el cielo y pensar un poco sobre todo el porvenir, al llegar algo le causó curiosidad, había un montón de maderos secos, rodeados por un circulo de piedras, apilados en forma de pirámide, alguien había preparado los troncos para hacer una fogata en aquel lugar, el Basilio se detiene, eleva el rostro al viento y busca por medio del olfato alguna presencia cercana, algo curioso y extrañado no detecta nada, no hay presencia alguna, quien fuera que lo hubiese hecho o se había alejado mucho ya o estaba nadando en el mar, sumergido en aguas profundas, pero no habían huellas en la arena, el Basilio se mantuvo a la expectativa por algunos minutos Pero nadie se presenta, entonces se acercó a la roca, se sentó y se recostó en ella, dejo el cuerno a un lado suyo al igual que la copa, usando su mano izquierda buscaría algo del bolsillo de su pantalón, no tarda nada y al extraer su mano trae consigo lo que parece es una piedra blanca, parece una simple piedra, algo pequeña, la llevo a su boca, le dió algunas vueltas en sus mejillas y luego la escupe directamente sobre los maderos, al salir de su boca aquella piedra se había transformado en magma, material fundido, una gota incandescente, al hacer contacto con los maderos estos comenzaron a liberar humo, con ayuda del viento poco a poco se produce una fogata, quizás por la forma en que se inició el fuego, aquellas llamaradas tenían un hermoso color azulado con destellos verdes y alguna que otra vez líneas intensas de color rosa se hacían presentes, el Basilio se recostó a la piedra en su espalda, suspiro tranquilamente, jugaba con la arena en sus pies mientras servía en su copa de cristal un poco de vino .

    - Si quieres paz.. entonces prepárate para la guerra .

    / Hidra .. cuidad de Grecia Año 1998 " El sol recién se oculta, poco a poco el cielo oscurece y es iluminado por estrellas, sobre las aguas del mar se refleja una hermosa luna llena, caminando a paso tranquilo el Basilio Zet lleva en su diestra una copa de cristal y en su izquierda un cuerno con una extraña joya roja en la punta, no era otra cosa mas que un recipiente para el vino, como siempre caminaba solo, descalzo, sin camisa y con un pantalón de tela ligera en color blanco, el colgante de joyas doradas en su cuello emite una luz brillante en cada paso que el varón da, no es su propia luz, es el reflejo de la luna, hoy estaba más radiante que nunca, el viento sopla con algo de fuerza, el varón retira la amarra que sostiene su cabello y lo deja libre, ha crecido bastante, llegando a su cintura, sacude su cabeza, observa los cangrejos escapar de él cuando al caminar se les acerca, sigue su paso buscando un lugar distante, un lugar tranquilo, el Basilio es extraño, tiene por gusto pasar tiempo solo, habiendo caminado bastante se alejo de todo ser humano que pudiera llegar a él, al mirar al frente vio una roca grande que sobresalía de la arena, un lugar agradable donde podía recostarse y mirar el mar, el cielo y pensar un poco sobre todo el porvenir, al llegar algo le causó curiosidad, había un montón de maderos secos, rodeados por un circulo de piedras, apilados en forma de pirámide, alguien había preparado los troncos para hacer una fogata en aquel lugar, el Basilio se detiene, eleva el rostro al viento y busca por medio del olfato alguna presencia cercana, algo curioso y extrañado no detecta nada, no hay presencia alguna, quien fuera que lo hubiese hecho o se había alejado mucho ya o estaba nadando en el mar, sumergido en aguas profundas, pero no habían huellas en la arena, el Basilio se mantuvo a la expectativa por algunos minutos Pero nadie se presenta, entonces se acercó a la roca, se sentó y se recostó en ella, dejo el cuerno a un lado suyo al igual que la copa, usando su mano izquierda buscaría algo del bolsillo de su pantalón, no tarda nada y al extraer su mano trae consigo lo que parece es una piedra blanca, parece una simple piedra, algo pequeña, la llevo a su boca, le dió algunas vueltas en sus mejillas y luego la escupe directamente sobre los maderos, al salir de su boca aquella piedra se había transformado en magma, material fundido, una gota incandescente, al hacer contacto con los maderos estos comenzaron a liberar humo, con ayuda del viento poco a poco se produce una fogata, quizás por la forma en que se inició el fuego, aquellas llamaradas tenían un hermoso color azulado con destellos verdes y alguna que otra vez líneas intensas de color rosa se hacían presentes, el Basilio se recostó a la piedra en su espalda, suspiro tranquilamente, jugaba con la arena en sus pies mientras servía en su copa de cristal un poco de vino . - Si quieres paz.. entonces prepárate para la guerra .
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  • — Cómo caído del cielo, he surgido en esta tierra. Soy aquel que trae consuelo, traigo paz en vez de guerra.

    Soy un soldado sin armas, soy un reino sin fronteras, no más muertes, no más miedo no más hambre ni miseria.
    — Cómo caído del cielo, he surgido en esta tierra. Soy aquel que trae consuelo, traigo paz en vez de guerra. Soy un soldado sin armas, soy un reino sin fronteras, no más muertes, no más miedo no más hambre ni miseria.
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  • 𝓐𝓿𝓮𝓬 𝓬𝓮𝓽𝓽𝓮 𝓻𝓾𝓷𝓮 𝓶𝓮 𝓹𝓮𝓻𝓶𝓮𝓽𝓼 𝓭𝓮 𝓬𝓸𝓷𝓷𝓪î𝓽𝓻𝓮 𝓭𝓮𝓼 𝓬𝓱𝓸𝓼𝓮𝓼 𝓼𝓾𝓻 𝓶𝓮𝓼 𝓪𝓭𝓿𝓮𝓻𝓼𝓪𝓲𝓻𝓮𝓼 𝓪𝓾 𝓹𝓸𝓾𝓿𝓸𝓲𝓻 𝓭𝓮 𝓵𝓪 𝓶𝓪𝓰𝓲𝓮 𝓮𝓽 𝓶𝓮𝓼 𝓪𝓷𝓬ê𝓽𝓻𝓮𝓼, 𝓪𝓿𝓮𝓬 𝓵𝓮 𝓹𝓾𝓲𝓼𝓼𝓪𝓷𝓽 𝓪𝓷𝓷𝓮𝓪𝓾 𝓭𝓮 𝓜𝓸𝓻𝓰𝓪𝓷𝓮, 𝓳𝓮 𝓬𝓸𝓷𝓷𝓪î𝓽𝓻𝓪𝓲 𝓵𝓮𝓼 𝓯𝓪𝓲𝓫𝓵𝓮𝓼𝓼𝓮𝓼 𝓹𝓱𝔂𝓼𝓲𝓺𝓾𝓮𝓼 𝓮𝓽 𝓶𝓮𝓷𝓽𝓪𝓵𝓮𝓼 𝓭𝓮 𝓶𝓮𝓼 𝓮𝓷𝓷𝓮𝓶𝓲𝓼, 𝓮𝓽 𝓳𝓮 𝓼𝓬𝓮𝓵𝓵𝓮 𝓬𝓮 𝓹𝓪𝓬𝓽𝓮 𝓪𝓿𝓮𝓬 𝓶𝓸𝓷 𝓼𝓪𝓷𝓰

    — Conjuro en francés fluido sus ojos se oscurecen y el ambiente se tenso por completo, la magia fluía de forma instrumental como el canto de las aves llegó con su característico olor dulce incluso más que la miel, culminó aquel acto y luego sonrió complacida ante el resultado efectivo de su conjuro, miro a su aliada Laplus Darkness y comento —

    Con este conjuro sabré todas las debilidades mentales y físicas de nuestros adversarios, así de sencillo querida Laplus.. Seremos vendedoras de esta guerra, ya verás nuestros aliados, tú y yo tendremos el mundo a nuestros pies
    𝓐𝓿𝓮𝓬 𝓬𝓮𝓽𝓽𝓮 𝓻𝓾𝓷𝓮 𝓶𝓮 𝓹𝓮𝓻𝓶𝓮𝓽𝓼 𝓭𝓮 𝓬𝓸𝓷𝓷𝓪î𝓽𝓻𝓮 𝓭𝓮𝓼 𝓬𝓱𝓸𝓼𝓮𝓼 𝓼𝓾𝓻 𝓶𝓮𝓼 𝓪𝓭𝓿𝓮𝓻𝓼𝓪𝓲𝓻𝓮𝓼 𝓪𝓾 𝓹𝓸𝓾𝓿𝓸𝓲𝓻 𝓭𝓮 𝓵𝓪 𝓶𝓪𝓰𝓲𝓮 𝓮𝓽 𝓶𝓮𝓼 𝓪𝓷𝓬ê𝓽𝓻𝓮𝓼, 𝓪𝓿𝓮𝓬 𝓵𝓮 𝓹𝓾𝓲𝓼𝓼𝓪𝓷𝓽 𝓪𝓷𝓷𝓮𝓪𝓾 𝓭𝓮 𝓜𝓸𝓻𝓰𝓪𝓷𝓮, 𝓳𝓮 𝓬𝓸𝓷𝓷𝓪î𝓽𝓻𝓪𝓲 𝓵𝓮𝓼 𝓯𝓪𝓲𝓫𝓵𝓮𝓼𝓼𝓮𝓼 𝓹𝓱𝔂𝓼𝓲𝓺𝓾𝓮𝓼 𝓮𝓽 𝓶𝓮𝓷𝓽𝓪𝓵𝓮𝓼 𝓭𝓮 𝓶𝓮𝓼 𝓮𝓷𝓷𝓮𝓶𝓲𝓼, 𝓮𝓽 𝓳𝓮 𝓼𝓬𝓮𝓵𝓵𝓮 𝓬𝓮 𝓹𝓪𝓬𝓽𝓮 𝓪𝓿𝓮𝓬 𝓶𝓸𝓷 𝓼𝓪𝓷𝓰 — Conjuro en francés fluido sus ojos se oscurecen y el ambiente se tenso por completo, la magia fluía de forma instrumental como el canto de las aves llegó con su característico olor dulce incluso más que la miel, culminó aquel acto y luego sonrió complacida ante el resultado efectivo de su conjuro, miro a su aliada [glow_lavender_mouse_820] y comento — Con este conjuro sabré todas las debilidades mentales y físicas de nuestros adversarios, así de sencillo querida Laplus.. Seremos vendedoras de esta guerra, ya verás nuestros aliados, tú y yo tendremos el mundo a nuestros pies
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  • 𝘌𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘴𝘰𝘮𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘭𝘶𝘻
    Fandom Ninguno
    Categoría Fantasía
    〈 Rol con Svetla Le’ron ♡ 〉

    El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba.

    Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar.

    La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse.

    Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación.

    Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado.

    Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada.

    El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser.

    Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie.

    Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era.

    Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir.

    Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo.

    Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
    〈 Rol con [Svetlaler0n] ♡ 〉 El viento murmuraba entre los árboles, susurrando antiguas melodías que solo la naturaleza comprendía, una canción ancestral tejida con las huellas de generaciones pasadas. Cada brisa que cruzaba el claro parecía tener una voz propia, modulada por el crujir suave de las ramas y el suspiro de las hojas que se mecían en su danza. Los árboles, imponentes y sabios, se erguían en una formación que hablaba de un orden primordial, más allá de la percepción humana; sus troncos, gruesos y rugosos, estaban marcados por las cicatrices de siglos, testigos de tormentas, inviernos y veranos interminables. Sus raíces, hundidas en lo profundo de la tierra, parecían como venas vivas, respirando al ritmo de la misma tierra que nutría todo lo que los rodeaba. Las hojas, de un verde profundo y casi vibrante, danzaban suavemente al compás del viento. La luz que se filtraba entre las ramas creaba una sinfonía de sombras, que se estiraban y se contraían, como si jugaran con la luz misma. Cada movimiento de estas era una susurrante revelación, una historia contada en un lenguaje antiguo, entendible solo para aquellos que supieran escuchar con el alma. El aire, que acariciaba la piel con su frescura, estaba impregnado con la fragancia envolvente de las flores silvestres, pequeñas joyas del campo que se alzaban como un tapiz multicolor entre la hierba alta. El aroma era un recordatorio de la vida que florecía sin restricciones, ajena a las manos del hombre, pura y sin contaminar. La tierra, mojada por la reciente lluvia, exhalaba un aroma cálido, profundo como el suspiro de la naturaleza misma. Cada rincón del claro parecía vibrar con la promesa de vida renovada, un respiro que solo los rincones alejados del mundo podían ofrecer. El suelo, cubierto de musgo y hojas caídas, crujía suavemente bajo cada paso, como si el propio suelo tuviera conciencia de su ser. A veces, el eco lejano del canto de un pájaro, o el crujido de un pequeño roedor en la maleza rompía el silencio, trayendo consigo la sensación de que la vida nunca dejaba de moverse. Era un lugar apartado, despojado de la influencia de los castillos altivos, que se alzaban como monumentos de poder e indiferencia a la belleza de lo natural. Ahí, no existían las murmuraciones de los pueblos bulliciosos, ni el constante clamor de los mercados o las forjas. En su lugar, sólo existía la pureza inquebrantable del entorno, donde el tiempo parecía haberse detenido, olvidado entre las sombras del pasado. No había rastro de la humanidad, de sus pesares, de sus ambiciones, solo la eterna danza de la naturaleza, que se renovaba constantemente, ajena a los destinos de aquellos que vivían más allá de su alcance. La luz del sol se descomponía en haces que caían suavemente sobre el suelo, creando un paisaje de sombras y claridad que se alternaban como una melodía en constante transformación. Pero entre todo aquello, entre la vida que brotaba en el silencio, algo sobresalía. Algo que no pertenecía a ese rincón olvidado de la tierra. Una figura, solitaria y solemne, caminaba en medio de la quietud del claro, su presencia desafiando todo lo que ese lugar representaba: pureza, vida, frescura. Ella no era de ese mundo, ni de los mundos que deberían haberla acogido. Era un eco de lo que debió haber sido, un vestigio de lo que alguna vez brilló, pero que la oscuridad había mancillado. Su figura era una contradicción en movimiento. Un ser atrapado entre lo que era y lo que ya no era, suspendido en ese espacio intermedio donde las expectativas se disuelven y el destino es incierto. Su manto negro, pesado y solemne, ondeaba suavemente en el aire, absorbiendo la luz del sol como si fuera parte de la misma nada. El cabello, de un color dorado desvaído, caía en ondas suaves sobre sus hombros. El brillo del trigo maduro, de la vida a punto de ser cosechada, se entrelazaba con el viento, creando una especie de halo irreal. Pero lo que realmente atraía la mirada eran sus ojos como el ámbar incandescente, llameantes y profundos que reflejaban las cenizas de un sol olvidado, y la luz de una luna que ya no existía en este mundo. Eran ojos que no pertenecían a alguien inocente ni a alguien purificado; eran ojos de alguien que había contemplado la parte de una eternidad en su peor forma, que había desvelado el sufrimiento del tiempo y lo había aceptado como parte de su ser. Su armadura, a medio camino entre lo antiguo y lo desgastado, se abrazaba a su cuerpo con la misma delicadeza que la sombra se abrazaba a la luna. Unas placas de metal oscuro cubrían sus hombros, el torso, las piernas, pero en su centro, donde la batalla había dejado sus huellas, las marcas de la guerra eran claras. La armadura estaba mellada, rota en algunas partes, como si hubiera sido desgarrada por el paso de muchas luchas. Los surcos en el metal, las abolladuras y grietas eran la prueba de que había peleado, de que había resistido y caído, pero aún estaba de pie. Pero lo que realmente la definía, lo que la hacía imposible de ignorar, eran sus alas. Un par de alas, majestuosas en su caída, que se desplegaban con una lentitud casi dolorosa. No blancas, no puras, sino bañadas en una neblina de polvo gris, un gris ceniciento que parecía llevar consigo la marca de un fuego que nunca terminó de consumirla. Eran alas malditas, alas que no sabían si pertenecían a un ángel caído o a una criatura condenada. Aun así, la belleza era innegable, en su tormento, en su suciedad. Las plumas, aunque desgastadas y manchadas, mantenían una fuerza solemne, un recordatorio de una majestuosidad que había sido, pero ya no era. Aquel ser, atrapado entre lo humano y lo divino, entre la condena y la salvación, se arrodilló en el centro del claro. El suelo era frío bajo sus rodillas, pero no parecía importarle. Sus ojos, fijos en el pequeño racimo de flores que crecía junto a ella, se suavizaron, como si el simple gesto de observar las pequeñas criaturas de la tierra le ofreciera una tregua, aunque breve, de la guerra interna que libraba. Sus manos, endurecidas por el acero, por la lucha, por el sufrimiento, se extendieron lentamente hacia las flores y con una delicadeza inesperada, tocó los pétalos con la punta de sus dedos, apenas una caricia, pero llena de la reverencia de alguien que aún sabe lo que es sentir. Los pétalos eran suaves, frágiles, como si pudieran desvanecerse en cualquier momento, pero las tocó con una quietud que contrastaba con la tormenta que era su vida. En sus ojos, había una chispa, una sombra de algo profundo, algo que no se revelaba fácilmente: nostalgia. Nostalgia de algo perdido, de algo que tal vez nunca fue suyo, pero que había sido tocado por su existencia. La flor, en su simpleza, en su fragilidad, le ofrecía algo que el mundo ya no podía: consuelo. Las alas, al agacharse, se arrastraron suavemente por el suelo, como si también ellas quisieran descansar, aliviar su peso. La imagen de aquel ángel mancillado, de aquella alma rota, quedó suspendida en el aire entre lo que fue y lo que podría haber sido. Y mientras la flor se mecía en el viento, ella permaneció allí, inmóvil atrapada en sus propios pensamientos.
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  • *Ate. vestida con su traje de guerrera griega, miraba con desafío a sus adversarios. En una de sus manos, lleva su espada griega y en la otra, un hacha nórdica, regalo de su esposo. Sonríe con malicia cuando aquella horda de esqueletos armados se abalanzan sobre ella. Lanzando un grito de guerra, da un gran salto sobre ellos, comenzando a dar estocadas a diestro y siniestra. Tanto la espada como el hacha, cercenan cabezas, brazos y torsos huesudos. Desde cierta distancia, Jormun y sus hijos ven orgullosos la batalla. Saltando, corte de cabeza, girando sobre si misma, tajada profunda en las costillas. Y poco a poco, el enemigo va sucumbiendo. Pero había una sorpresa, un gran monstruo aparece. Ate sonríe y va a por él. Salta sobre su lomo y clava su espada en la espina dorsal. El monstruo grita de dolor, agitándose, Ate sale disparada, cayendo de pie. Vuelve a atacar, la diosa del caos, se defiende dando un gran hachazo en los ojos del monstruo. Aun cansada, logra abatir al monstruo. Jormun y los niños aplauden y Ate, levanta los brazos con sus armas ensangrentadas ofreciendo su triunfo a su familia*
    *Ate. vestida con su traje de guerrera griega, miraba con desafío a sus adversarios. En una de sus manos, lleva su espada griega y en la otra, un hacha nórdica, regalo de su esposo. Sonríe con malicia cuando aquella horda de esqueletos armados se abalanzan sobre ella. Lanzando un grito de guerra, da un gran salto sobre ellos, comenzando a dar estocadas a diestro y siniestra. Tanto la espada como el hacha, cercenan cabezas, brazos y torsos huesudos. Desde cierta distancia, Jormun y sus hijos ven orgullosos la batalla. Saltando, corte de cabeza, girando sobre si misma, tajada profunda en las costillas. Y poco a poco, el enemigo va sucumbiendo. Pero había una sorpresa, un gran monstruo aparece. Ate sonríe y va a por él. Salta sobre su lomo y clava su espada en la espina dorsal. El monstruo grita de dolor, agitándose, Ate sale disparada, cayendo de pie. Vuelve a atacar, la diosa del caos, se defiende dando un gran hachazo en los ojos del monstruo. Aun cansada, logra abatir al monstruo. Jormun y los niños aplauden y Ate, levanta los brazos con sus armas ensangrentadas ofreciendo su triunfo a su familia*
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