• Se despertaba con la primera luz del alba, enfundándose en una sudadera desgastada antes de que el mundo despertara. El parque estaba en silencio cuando llegaba, con solo el canto de algunos pájaros rompiendo la calma matutina. Corría por los senderos de tierra con una ligereza que había tardado meses en conquistar, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones y el ritmo de sus zancadas disipaba las preocupaciones del día anterior. Para él, aquellas mañanas eran un refugio sagrado, un espacio donde nadie le exigía nada y donde, kilómetro a kilómetro, reconstruía su paz interior.
    Se despertaba con la primera luz del alba, enfundándose en una sudadera desgastada antes de que el mundo despertara. El parque estaba en silencio cuando llegaba, con solo el canto de algunos pájaros rompiendo la calma matutina. Corría por los senderos de tierra con una ligereza que había tardado meses en conquistar, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones y el ritmo de sus zancadas disipaba las preocupaciones del día anterior. Para él, aquellas mañanas eran un refugio sagrado, un espacio donde nadie le exigía nada y donde, kilómetro a kilómetro, reconstruía su paz interior.
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  • - Las salidas para ir de cacería se hicieron más habituales, cada vez comenzó a recolectar materiales más difíciles de enemigos menos conocidos. Un día, dejó de medir sus golpes. Fue entonces cuando decidió dejar su atuendo atrás. El bar cambió de horario, aunque aún lo mantenía abierto si alguien necesitaba ese espacio, ahora, no era él quien atendía todo el tiempo. Sus ojos originalmente ocre, ahora tenían una mezcla entre el color original y un ligero tomo carmesí. En cada cacería buscaba algo, algo que sabía que no iba a encontrar.

    Cada noche comenzó a salir en busca de ingredientes nuevos.-

    Esto vendrá bien para nuevos sabores. - Dijo con calma. En su voz no se apreciaba ni una gota de duda, por el contrario, sonaba incluso en algunos casos, peligroso.-
    - Las salidas para ir de cacería se hicieron más habituales, cada vez comenzó a recolectar materiales más difíciles de enemigos menos conocidos. Un día, dejó de medir sus golpes. Fue entonces cuando decidió dejar su atuendo atrás. El bar cambió de horario, aunque aún lo mantenía abierto si alguien necesitaba ese espacio, ahora, no era él quien atendía todo el tiempo. Sus ojos originalmente ocre, ahora tenían una mezcla entre el color original y un ligero tomo carmesí. En cada cacería buscaba algo, algo que sabía que no iba a encontrar. Cada noche comenzó a salir en busca de ingredientes nuevos.- Esto vendrá bien para nuevos sabores. - Dijo con calma. En su voz no se apreciaba ni una gota de duda, por el contrario, sonaba incluso en algunos casos, peligroso.-
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  • The True Strenght – Motion for Growing.
    Fandom JJK/Original.
    Categoría Acción
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Tokyo | 20/02/20XX.

    ⠀⠀¿Qué es la fuerza para un hechicero? Muchos podrían argumentar que el poder maldito, otros que la eficiencia, pero siempre involucraba a la técnica innata, un conjuro era algo poderoso, quienes sacaban la lotería genética eran alabados. Quienes no, como en todo sitio, relegados al olvido, el segundo lugar, o tal vez ni siquiera eso.
    ⠀⠀Así de importante, había otros más cautelosos, que preferían ocultar la verdadera esencia de sus conjuros. Caso de aquel rubio, protagonista de esta aventura, sus viajes lo habían hecho conocer a cientos de personas maravillosas, y a la vez, gente que lo tachaba de blando por las actitudes que tenía.

    ⠀⠀Particularmente, hoy la situación se tornó filosófica. Una charla con uno de esos cuántos hechiceros que había tenido el honor de reconocer, en su mano, una bebida energizante. Mientras, sentado en el respaldo de aquella banqueta del parque, la noche era densa y casi no había estrellas. Todas eran perfectamente cubiertas por el manto de nubes que azotaba ese clima.

    ⠀⠀Pero estaba a gusto, el frío lo acompañaba. A pies de la banqueta, un peliplatino, alguien con una mirada mucho más severa que la de aquel rubio, el síndrome de Alejandría se hacía notar en su mirada, orbes violetas casi palpitantes de una sobrenatural luminiscencia lo captaban, y respondía. ⸻Acepto que sea bueno arriesgarse para ganar, a veces es necesario⸻ Dijo. La seriedad no era propia del ambiente, el humo del cigarro que portaba el ajeno irritó un poco su nariz.

    ⠀⠀Cosa a la que tosió, odiaba esos malditos cigarrillos. Pero por alguna razón, casi todos tenían la tendencia de usarlos, pero bueno, no podía culpar al vicio, pero sí a quien lo seguía alimentando. ⸻Pero si vas a seguir "apostando" tu vida en cada una, vas a morir sin llegar a ser el más fuerte, como tanto estás buscando⸻ Claro, lo sabía. Ese chico de allí, siempre gustaba de presumir su poderío. No sabía si era su actitud como tal, o si tenía un trasfondo más complejo detrás.

    ⠀⠀No quiso involucrarse, le resultó maleducado. Pero esta materia se abordó antes, ambos estaban en desacuerdo en algo. Qué conflicto podría desatar...

    Ayino Bellzer
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Tokyo | 20/02/20XX. ⠀ ⠀⠀¿Qué es la fuerza para un hechicero? Muchos podrían argumentar que el poder maldito, otros que la eficiencia, pero siempre involucraba a la técnica innata, un conjuro era algo poderoso, quienes sacaban la lotería genética eran alabados. Quienes no, como en todo sitio, relegados al olvido, el segundo lugar, o tal vez ni siquiera eso. ⠀⠀Así de importante, había otros más cautelosos, que preferían ocultar la verdadera esencia de sus conjuros. Caso de aquel rubio, protagonista de esta aventura, sus viajes lo habían hecho conocer a cientos de personas maravillosas, y a la vez, gente que lo tachaba de blando por las actitudes que tenía. ⠀⠀Particularmente, hoy la situación se tornó filosófica. Una charla con uno de esos cuántos hechiceros que había tenido el honor de reconocer, en su mano, una bebida energizante. Mientras, sentado en el respaldo de aquella banqueta del parque, la noche era densa y casi no había estrellas. Todas eran perfectamente cubiertas por el manto de nubes que azotaba ese clima. ⠀⠀Pero estaba a gusto, el frío lo acompañaba. A pies de la banqueta, un peliplatino, alguien con una mirada mucho más severa que la de aquel rubio, el síndrome de Alejandría se hacía notar en su mirada, orbes violetas casi palpitantes de una sobrenatural luminiscencia lo captaban, y respondía. ⸻Acepto que sea bueno arriesgarse para ganar, a veces es necesario⸻ Dijo. La seriedad no era propia del ambiente, el humo del cigarro que portaba el ajeno irritó un poco su nariz. ⠀⠀Cosa a la que tosió, odiaba esos malditos cigarrillos. Pero por alguna razón, casi todos tenían la tendencia de usarlos, pero bueno, no podía culpar al vicio, pero sí a quien lo seguía alimentando. ⸻Pero si vas a seguir "apostando" tu vida en cada una, vas a morir sin llegar a ser el más fuerte, como tanto estás buscando⸻ Claro, lo sabía. Ese chico de allí, siempre gustaba de presumir su poderío. No sabía si era su actitud como tal, o si tenía un trasfondo más complejo detrás. ⠀⠀No quiso involucrarse, le resultó maleducado. Pero esta materia se abordó antes, ambos estaban en desacuerdo en algo. Qué conflicto podría desatar... [shade_maroon_donkey_891]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    | Hola, quizá sea un poco innecesario dejar esto, pero he tenido problemas de espalda desde el mes de diciembre, he tenido dolor crónico desde entonces, ya recibí un diagnostico y tratamiento, es muy cansado rolear, mayormente roleo en la pc y a veces en el celular, pero el tiempo que tolero estar sentada se me va en trabajar. Por estos motivos me voy a tener que retirar del rol de manera indefinida, lo siento mucho por los roles que no podré responder. Espero puedan comprender y disculparme.

    Hasta que mi situación no mejore regresaré.
    | Hola, quizá sea un poco innecesario dejar esto, pero he tenido problemas de espalda desde el mes de diciembre, he tenido dolor crónico desde entonces, ya recibí un diagnostico y tratamiento, es muy cansado rolear, mayormente roleo en la pc y a veces en el celular, pero el tiempo que tolero estar sentada se me va en trabajar. Por estos motivos me voy a tener que retirar del rol de manera indefinida, lo siento mucho por los roles que no podré responder. Espero puedan comprender y disculparme. Hasta que mi situación no mejore regresaré.
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  • – Hay noches en las que me siento frente al piano sin una intención clara.
    No porque esté buscando algo, sino porque me gusta la idea de encontrarlo.
    Las primeras notas siempre son un poco inciertas. Como una conversación que todavía no sabe hacia dónde va. Pero después algo cambia. El ritmo se acomoda. La melodía empieza a respirar por sí sola.
    Y yo solo la sigo.
    No hay espectáculo en eso. No hay dramatismo. Solo un diálogo silencioso entre mis manos y el sonido que llena el espacio.
    Me gusta cómo una nota puede quedarse suspendida un segundo más y transformar completamente lo que viene después. Cómo algo tan simple puede alterar el pulso de todo.
    Hay algo profundamente romántico en dejar que la música exista sin forzarla.
    No siempre sé qué significa lo que toco.
    Pero sí sé que, mientras dura, todo se siente en su lugar.
    – Hay noches en las que me siento frente al piano sin una intención clara. No porque esté buscando algo, sino porque me gusta la idea de encontrarlo. Las primeras notas siempre son un poco inciertas. Como una conversación que todavía no sabe hacia dónde va. Pero después algo cambia. El ritmo se acomoda. La melodía empieza a respirar por sí sola. Y yo solo la sigo. No hay espectáculo en eso. No hay dramatismo. Solo un diálogo silencioso entre mis manos y el sonido que llena el espacio. Me gusta cómo una nota puede quedarse suspendida un segundo más y transformar completamente lo que viene después. Cómo algo tan simple puede alterar el pulso de todo. Hay algo profundamente romántico en dejar que la música exista sin forzarla. No siempre sé qué significa lo que toco. Pero sí sé que, mientras dura, todo se siente en su lugar.
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  • Cuando me duele la espalda me estiró de la manera más discreta posible jiji
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  • Desde que llegué a este mundo, siempre me ha fascinado la pesca. No practicarla. Pero hay algo en ella que me resulta bastante familiar.
    Lanzar el anzuelo con precisión, fundiéndose en el agua con una maestría primaria.
    Rozar apenas el sedal con la yema de los dedos hasta que...el pez pica. Y una vez que pica, empieza el baile.
    Hay que tirar con suavidad, despacio, no es una tarea que requiera de prisa, más bien requiere de la más absoluta paciencia. Hay que tirar con sumo cuidado, procurando que el pez apenas sienta que está siendo arrastrado a la más tortuosa muerte. Una vez cerca, ya no hay vuelta atrás; es tuyo.
    Y esto no tiene nada que ver con los peces, realmente.
    Desde que llegué a este mundo, siempre me ha fascinado la pesca. No practicarla. Pero hay algo en ella que me resulta bastante familiar. Lanzar el anzuelo con precisión, fundiéndose en el agua con una maestría primaria. Rozar apenas el sedal con la yema de los dedos hasta que...el pez pica. Y una vez que pica, empieza el baile. Hay que tirar con suavidad, despacio, no es una tarea que requiera de prisa, más bien requiere de la más absoluta paciencia. Hay que tirar con sumo cuidado, procurando que el pez apenas sienta que está siendo arrastrado a la más tortuosa muerte. Una vez cerca, ya no hay vuelta atrás; es tuyo. Y esto no tiene nada que ver con los peces, realmente.
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  • I'll use you as a focal point, so I don't lose sight of what I want
    Fandom Harry Potter
    Categoría Fantasía
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    La biblioteca siempre era el lugar seguro para Hermione, su refugio cuando necesitaba concentrarse o relajarse, y también cuando estaba furiosa y no quería soltar palabras mordaces que pocos solían entender como un insulto o un ataque, entonces necesitaba aislarse. El aroma a pergamino antiguo, de algún modo, le recordaba que mientras tuviera un libro frente a ella, el caos del mundo exterior —la nieve, los T.I.M.O. o, desde hacía unas horas, la insoportable idea de compartir un caldero con un compañero de clase tan prejuicioso como lo era Malfoy— podía quedar reducido a un ruido de fondo.

    Aún así, esa tarde nada parecía funcionar, y el silencio de la biblioteca la resultaba sofocante.

    Frente a ella descansaba el tomo de "𝑇𝑒𝑜𝑟𝜄́𝑎 𝑑𝑒 𝑀𝑎𝑔𝑖𝑎 𝐷𝑒𝑓𝑒𝑛𝑠𝑖𝑣𝑎", de Wilbert Slinkhard, libro que había leído en su totalidad dos veces antes del inicio de clases creyendo que ése año finalmente podría superar a su mejor amigo en la materia que mejor se le daba (a él, claramente). Eso no estaba ocurriendo. De hecho, esa misma mañana había vuelto a fallar al querer conjurar un hechizo durante la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mientras Harry lograba desviar un ataque con un movimiento fluido de muñeca, ella se había quedado allí, con la cara ligeramente ruborizada de la vergüenza tras que su varita emitiera un chispazo plateado en lugar de un escudo que la protegiera en su totalidad.

    La teoría la tenía dominada. ¿Pero la ejecución? Se sentía como intentar gritar bajo el agua.

    Ya vería cómo realizarlo. Ahora debía repasar otros encantamientos, como por ejemplo...

    ...el 𝐌𝐨𝐛𝐢𝐥𝐢𝐜𝐨𝐫𝐩𝐮𝐬. Sus dedos recorrieron las líneas gastadas del manual, deteniéndose en la descripción de los "hilos invisibles". El texto explicaba cómo el hechizo debía anclarse en tres puntos de presión específicos: las muñecas, el cuello y las rodillas. "𝑄𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑛𝑧𝑎 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑜𝑙𝑎𝑟 𝑎 𝑠𝑢 𝑜𝑏𝑗𝑒𝑡𝑖𝑣𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑠𝑖 𝑓𝑢𝑒𝑟𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑎𝑟𝑖𝑜𝑛𝑒𝑡𝑎", leyó frunciendo el ceño. No solo debía elevar el cuerpo, sino también sostenerlo.

    Cerró los ojos un instante, tratando de visualizar cómo debía verse el hechizo en acción. En la teoría, el Mobilicorpus era una extensión lógica de los encantamientos de levitación básicos que había aprendido en sus inicios en Hogwarts, pero éste requería una sintonía de su destreza física que aún no dominaba. Si todavía no podía crear un escudo de manera no verbal, ¿cómo esperaba manejar la complejidad de mover un cuerpo entero con la precisión que exigía el texto? Porque esa palabra, 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧, se repetía varias veces a lo largo de la descripción.

    Al volver a abrir los ojos, las letras sobre las hojas parecieron bailar frente a ella mientras intentaba enfocarse. La frustración, que hasta entonces había mantenido controlada, se convirtió en una llama. Una que se reflejó inmediatamente en su mirada cuando la desvió inevitablemente hacia el pergamino que asomaba bajo su libro de defensa. Era la nota de Snape.

    Su profesor le había asignado una nueva tarea hacia el final de la clase de Pociones, cuando ya no quedaba nadie más que ella dentro del aula, con esa voz siseante y monótona que le recordaba lo poco que se agradaban mutuamente. Por "𝑜́𝑟𝑑𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜𝑟", se requería una provisión extra de Poción Matalobos ya que Snape estaría abocado a otras tareas para la Orden. Era una tarea extremadamente delicada cuyo margen de error debía ser nulo, y por eso se necesitaban dos de los mejores alumnos de quinto año. Después de todo, eran pocos los que conocían la existencia de la organización, y no podían arriesgarse a involucrar alumnos de otros años.

    Pero Snape no la había emparejado con alguno de sus amigos, ni siquiera con un Ravenclaw competente que podría estar a su altura — o al menos acercarse a ella. Su compañero era el Slytherin que la odiaba, y que casualmente era también el otro alumno destacado en Pociones.

    Cada vez que leía el nombre "Draco Malfoy" junto al suyo, sentía una punzada de indignación en el estómago. La poción era una de las más peligrosas y difíciles de elaborar; un solo error en el manejo del acónito y los efectos podrían ser catastróficos. Dumbledore confiaba en ella, eso estaba claro, ¿pero por qué obligarla a trabajar con alguien que pasaba la mitad del tiempo burlándose de sus amigos?

    Y al menos ella sabía porqué estaría haciéndola los siguientes meses, como le repitió su profesor antes de dejarla ir, y cuáles eran los beneficios. ¿Pero cómo lograría convencer al otro estudiante? A pesar de su enojo, le intrigaba saber qué había en juego para su, lamentablemente, nuevo compañero. Él no podía saber de la Orden, ni tampoco que estaría ayudando a Lupin, o de seguro se reiría y no aceptaría. ¿Entonces...?

    Luego trataría de averiguarlo.

    Tener que pasar horas en una habitación en el sótano más frío del castillo compartiendo espacio con Draco Malfoy era su idea personal del infierno. El solo pensar en sus comentarios sarcásticos sobre su linaje, acompañados por esa sonrisa estúpida con aires de superioridad, o en las instancias de pelea que generaría solo para hacerla enojar, le quitaban cualquier intención de calmar su enojo.

    La fémina cerró el libro de golpe con un sonido seco que resonó entree las paredes de la biblioteca. El eco pareció despertar a Madam Pince, quien asomó su rostro por encima de una estantería de libros de Transformaciones. Un leve “Lo siento” escapó en un murmullo de sus labios antes de recoger sus cosas.

    «Precisión», recordó mentalmente mientras guardaba el pergamino de Snape dentro de su túnica. Esa palabra aplicaba al hechizo de levitación, y también a la poción que aprendería esa noche.

    Mientras bajaba las escaleras hacia las mazmorras, cargando con una mochila más pesada de lo habitual debido a los tomos extra de consulta que había pedido prestados y a los elementos que Snape le había indicado debía llevar a la sesión, una sensación distinta comenzó a abrirse paso entre la indignación. Estaba enojada aún, más de lo que le gustaría admitir, pero cuanto más vueltas le daba a la idea, más fuerza iba ganando una pequeña chispa de ambición. Un orgullo que no podía ignorar porque había sido elegida, entre tantos alumnos de aquel colegio, por el mismísimo Dumbledore para una tarea que podía salvar vidas. Y era otra oportunidad más para demostrar su valor.

    𝙳𝚁𝙰𝙲𝙾 𝙼𝙰𝙻𝙵𝙾𝚈
    STARTER La biblioteca siempre era el lugar seguro para Hermione, su refugio cuando necesitaba concentrarse o relajarse, y también cuando estaba furiosa y no quería soltar palabras mordaces que pocos solían entender como un insulto o un ataque, entonces necesitaba aislarse. El aroma a pergamino antiguo, de algún modo, le recordaba que mientras tuviera un libro frente a ella, el caos del mundo exterior —la nieve, los T.I.M.O. o, desde hacía unas horas, la insoportable idea de compartir un caldero con un compañero de clase tan prejuicioso como lo era Malfoy— podía quedar reducido a un ruido de fondo. Aún así, esa tarde nada parecía funcionar, y el silencio de la biblioteca la resultaba sofocante. Frente a ella descansaba el tomo de "𝑇𝑒𝑜𝑟𝜄́𝑎 𝑑𝑒 𝑀𝑎𝑔𝑖𝑎 𝐷𝑒𝑓𝑒𝑛𝑠𝑖𝑣𝑎", de Wilbert Slinkhard, libro que había leído en su totalidad dos veces antes del inicio de clases creyendo que ése año finalmente podría superar a su mejor amigo en la materia que mejor se le daba (a él, claramente). Eso no estaba ocurriendo. De hecho, esa misma mañana había vuelto a fallar al querer conjurar un hechizo durante la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mientras Harry lograba desviar un ataque con un movimiento fluido de muñeca, ella se había quedado allí, con la cara ligeramente ruborizada de la vergüenza tras que su varita emitiera un chispazo plateado en lugar de un escudo que la protegiera en su totalidad. La teoría la tenía dominada. ¿Pero la ejecución? Se sentía como intentar gritar bajo el agua. Ya vería cómo realizarlo. Ahora debía repasar otros encantamientos, como por ejemplo... ...el 𝐌𝐨𝐛𝐢𝐥𝐢𝐜𝐨𝐫𝐩𝐮𝐬. Sus dedos recorrieron las líneas gastadas del manual, deteniéndose en la descripción de los "hilos invisibles". El texto explicaba cómo el hechizo debía anclarse en tres puntos de presión específicos: las muñecas, el cuello y las rodillas. "𝑄𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑛𝑧𝑎 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑜𝑙𝑎𝑟 𝑎 𝑠𝑢 𝑜𝑏𝑗𝑒𝑡𝑖𝑣𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑠𝑖 𝑓𝑢𝑒𝑟𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑎𝑟𝑖𝑜𝑛𝑒𝑡𝑎", leyó frunciendo el ceño. No solo debía elevar el cuerpo, sino también sostenerlo. Cerró los ojos un instante, tratando de visualizar cómo debía verse el hechizo en acción. En la teoría, el Mobilicorpus era una extensión lógica de los encantamientos de levitación básicos que había aprendido en sus inicios en Hogwarts, pero éste requería una sintonía de su destreza física que aún no dominaba. Si todavía no podía crear un escudo de manera no verbal, ¿cómo esperaba manejar la complejidad de mover un cuerpo entero con la precisión que exigía el texto? Porque esa palabra, 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧, se repetía varias veces a lo largo de la descripción. Al volver a abrir los ojos, las letras sobre las hojas parecieron bailar frente a ella mientras intentaba enfocarse. La frustración, que hasta entonces había mantenido controlada, se convirtió en una llama. Una que se reflejó inmediatamente en su mirada cuando la desvió inevitablemente hacia el pergamino que asomaba bajo su libro de defensa. Era la nota de Snape. Su profesor le había asignado una nueva tarea hacia el final de la clase de Pociones, cuando ya no quedaba nadie más que ella dentro del aula, con esa voz siseante y monótona que le recordaba lo poco que se agradaban mutuamente. Por "𝑜́𝑟𝑑𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜𝑟", se requería una provisión extra de Poción Matalobos ya que Snape estaría abocado a otras tareas para la Orden. Era una tarea extremadamente delicada cuyo margen de error debía ser nulo, y por eso se necesitaban dos de los mejores alumnos de quinto año. Después de todo, eran pocos los que conocían la existencia de la organización, y no podían arriesgarse a involucrar alumnos de otros años. Pero Snape no la había emparejado con alguno de sus amigos, ni siquiera con un Ravenclaw competente que podría estar a su altura — o al menos acercarse a ella. Su compañero era el Slytherin que la odiaba, y que casualmente era también el otro alumno destacado en Pociones. Cada vez que leía el nombre "Draco Malfoy" junto al suyo, sentía una punzada de indignación en el estómago. La poción era una de las más peligrosas y difíciles de elaborar; un solo error en el manejo del acónito y los efectos podrían ser catastróficos. Dumbledore confiaba en ella, eso estaba claro, ¿pero por qué obligarla a trabajar con alguien que pasaba la mitad del tiempo burlándose de sus amigos? Y al menos ella sabía porqué estaría haciéndola los siguientes meses, como le repitió su profesor antes de dejarla ir, y cuáles eran los beneficios. ¿Pero cómo lograría convencer al otro estudiante? A pesar de su enojo, le intrigaba saber qué había en juego para su, lamentablemente, nuevo compañero. Él no podía saber de la Orden, ni tampoco que estaría ayudando a Lupin, o de seguro se reiría y no aceptaría. ¿Entonces...? Luego trataría de averiguarlo. Tener que pasar horas en una habitación en el sótano más frío del castillo compartiendo espacio con Draco Malfoy era su idea personal del infierno. El solo pensar en sus comentarios sarcásticos sobre su linaje, acompañados por esa sonrisa estúpida con aires de superioridad, o en las instancias de pelea que generaría solo para hacerla enojar, le quitaban cualquier intención de calmar su enojo. La fémina cerró el libro de golpe con un sonido seco que resonó entree las paredes de la biblioteca. El eco pareció despertar a Madam Pince, quien asomó su rostro por encima de una estantería de libros de Transformaciones. Un leve “Lo siento” escapó en un murmullo de sus labios antes de recoger sus cosas. «Precisión», recordó mentalmente mientras guardaba el pergamino de Snape dentro de su túnica. Esa palabra aplicaba al hechizo de levitación, y también a la poción que aprendería esa noche. Mientras bajaba las escaleras hacia las mazmorras, cargando con una mochila más pesada de lo habitual debido a los tomos extra de consulta que había pedido prestados y a los elementos que Snape le había indicado debía llevar a la sesión, una sensación distinta comenzó a abrirse paso entre la indignación. Estaba enojada aún, más de lo que le gustaría admitir, pero cuanto más vueltas le daba a la idea, más fuerza iba ganando una pequeña chispa de ambición. Un orgullo que no podía ignorar porque había sido elegida, entre tantos alumnos de aquel colegio, por el mismísimo Dumbledore para una tarea que podía salvar vidas. Y era otra oportunidad más para demostrar su valor. [PUREBL00D]
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  • Cascadas y Recuerdos
    Categoría Original
    Adrián aparcó el coche al borde del camino de tierra, apagó el motor y se quedó un momento sentado, mirando a través del parabrisas. El sonido del agua cayendo ya se oía desde allí, constante y suave, como un viejo amigo que nunca se cansa de saludar.

    Bajó despacio, cerró la puerta con cuidado y se ajustó la capucha del hoodie negro, aunque no hacía frío. Solo era por costumbre, por sentirse un poco más envuelto en algo familiar.

    Caminó por el sendero estrecho entre los helechos y los rododendros en flor, las zapatillas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. Cuando llegó al claro, se detuvo justo donde el agua se precipitaba en cascada, blanca y espumosa contra las rocas musgosas. El aire olía a verde mojado, a pino y a recuerdos que no había tocado en años.

    Se quedó de espaldas a la cascada un segundo, con las manos en los bolsillos, mirando el agua caer. Luego sonrió, una sonrisa tranquila y genuina que le llegó hasta los ojos.

    —Joder, mamá… sigues trayéndome aquí aunque ya no estés —murmuró bajito, casi riendo para sí mismo.

    Recordó todo de golpe, como si alguien hubiera pulsado play: él con siete u ocho años, corriendo delante con una rama en la mano haciendo de espada, su madre detrás con la cámara colgando del cuello, riendo porque siempre se le olvidaba quitar el tapón del objetivo. Y su padre —sí, su padre también estaba esa vez, una de las pocas—, con el pelo revuelto por el viento, cargándolo en hombros para que viera mejor el arcoíris que salía en la niebla de la cascada. “Mira, Adri, eso solo pasa cuando el sol y el agua se ponen de acuerdo”, le había dicho, y él se había sentido el rey del mundo.

    No fue un viaje perfecto. Su padre se fue pronto después, y las visitas se acabaron. Pero esa tarde, esa cascada, ese arcoíris… eso se quedó intacto. Alegre. Brillante. Como si el tiempo no hubiera podido tocarlo.

    Adrián sacó la cámara del bolsillo interior del hoodie —la misma que le dejó su madre—, la encendió y apuntó hacia la cascada. Hizo una foto sin mirar la pantalla, solo por instinto. Luego otra, capturando las flores violetas que asomaban entre el verde. Y otra más, de las gotas suspendidas en el aire.
    Bajó la cámara y se sentó en una roca plana, dejando que el ruido del agua le llenara los oídos. No había nadie más allí. Solo él, el bosque y esos recuerdos que, por una vez, no dolían. Solo calentaban.

    —Gracias por traerme aquí, mamá —dijo en voz alta, con una sonrisa torcida pero feliz—. Y gracias a ti también, viejo… por venir esa vez.

    Se quedó un rato más, mirando el agua caer, sintiéndose ligero.
    Como si, por un momento, todo estuviera en su sitio. Luego se levantó, se sacudió las hojas de los pantalones y empezó a caminar de vuelta al coche, silbando una melodía vieja que su madre solía cantar en el viaje de ida.

    La vida seguía siendo corta, pero días como este hacían que valiera la pena vivirla a todo volumen.
    Adrián aparcó el coche al borde del camino de tierra, apagó el motor y se quedó un momento sentado, mirando a través del parabrisas. El sonido del agua cayendo ya se oía desde allí, constante y suave, como un viejo amigo que nunca se cansa de saludar. Bajó despacio, cerró la puerta con cuidado y se ajustó la capucha del hoodie negro, aunque no hacía frío. Solo era por costumbre, por sentirse un poco más envuelto en algo familiar. Caminó por el sendero estrecho entre los helechos y los rododendros en flor, las zapatillas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. Cuando llegó al claro, se detuvo justo donde el agua se precipitaba en cascada, blanca y espumosa contra las rocas musgosas. El aire olía a verde mojado, a pino y a recuerdos que no había tocado en años. Se quedó de espaldas a la cascada un segundo, con las manos en los bolsillos, mirando el agua caer. Luego sonrió, una sonrisa tranquila y genuina que le llegó hasta los ojos. —Joder, mamá… sigues trayéndome aquí aunque ya no estés —murmuró bajito, casi riendo para sí mismo. Recordó todo de golpe, como si alguien hubiera pulsado play: él con siete u ocho años, corriendo delante con una rama en la mano haciendo de espada, su madre detrás con la cámara colgando del cuello, riendo porque siempre se le olvidaba quitar el tapón del objetivo. Y su padre —sí, su padre también estaba esa vez, una de las pocas—, con el pelo revuelto por el viento, cargándolo en hombros para que viera mejor el arcoíris que salía en la niebla de la cascada. “Mira, Adri, eso solo pasa cuando el sol y el agua se ponen de acuerdo”, le había dicho, y él se había sentido el rey del mundo. No fue un viaje perfecto. Su padre se fue pronto después, y las visitas se acabaron. Pero esa tarde, esa cascada, ese arcoíris… eso se quedó intacto. Alegre. Brillante. Como si el tiempo no hubiera podido tocarlo. Adrián sacó la cámara del bolsillo interior del hoodie —la misma que le dejó su madre—, la encendió y apuntó hacia la cascada. Hizo una foto sin mirar la pantalla, solo por instinto. Luego otra, capturando las flores violetas que asomaban entre el verde. Y otra más, de las gotas suspendidas en el aire. Bajó la cámara y se sentó en una roca plana, dejando que el ruido del agua le llenara los oídos. No había nadie más allí. Solo él, el bosque y esos recuerdos que, por una vez, no dolían. Solo calentaban. —Gracias por traerme aquí, mamá —dijo en voz alta, con una sonrisa torcida pero feliz—. Y gracias a ti también, viejo… por venir esa vez. Se quedó un rato más, mirando el agua caer, sintiéndose ligero. Como si, por un momento, todo estuviera en su sitio. Luego se levantó, se sacudió las hojas de los pantalones y empezó a caminar de vuelta al coche, silbando una melodía vieja que su madre solía cantar en el viaje de ida. La vida seguía siendo corta, pero días como este hacían que valiera la pena vivirla a todo volumen.
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  • ──── Hay un tipo de dolor que lejos de la connotación negativa de la palabra; causa una sensación de liberación y paz.

    Es ese dolor catártico que surge al soltar lo que ya no puede sostenerse. No es la agonía de una herida, sino la vibración de un nudo desatándose tras años de tensión.

    Al aceptar una verdad difícil o dejar ir una versión antigua de nosotros, el sufrimiento se transforma en una limpieza profunda.

    Es la paz que queda tras la tormenta: un vacío fértil que no se siente como pérdida, sino como el espacio necesario para volver a respirar con ligereza.
    ──── Hay un tipo de dolor que lejos de la connotación negativa de la palabra; causa una sensación de liberación y paz. Es ese dolor catártico que surge al soltar lo que ya no puede sostenerse. No es la agonía de una herida, sino la vibración de un nudo desatándose tras años de tensión. Al aceptar una verdad difícil o dejar ir una versión antigua de nosotros, el sufrimiento se transforma en una limpieza profunda. Es la paz que queda tras la tormenta: un vacío fértil que no se siente como pérdida, sino como el espacio necesario para volver a respirar con ligereza.
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