Alguien voló sobre el nido del cuco
Fandom Clan Ishtar
Categoría Original
https://www.youtube.com/watch?v=_1_IXFQY5Wk&list=LL&index=113
Aeropuerto Internacional de San Francisco.
Noche. No importa la hora.
Multitud. Cada uno de ellos, cual animal de pastoreo se dirige a su destino.
Sin mirar a los lados. Con sus ojos sobre sus pertenencias, móvil o pendientes de alguna tontería del estilo.
Hacía unas semanas, las dudas habían asaltado mi mente.
Mi familia había comenzado a preocuparse. Los cambios en mi actitud eran evidentes.
Pero no había forma de que les dijese que mi propia personalidad estaba indefinida.
Que, como dice el dicho, la cabra tira al monte. Y lo que siempre había sido, estaba volviendo para reclamar su lugar.
Al inicio me encontraba reticente.
Era consciente de la oscuridad que albergaba. Del peligro que podía suponer. De que, entregarle el mando a alguien más podría suponer el fin de lo que conocía.
Por otra parte, era cuestión de tiempo que acabase pasando.
Y pedir ayuda no era una opción.
No cuando hay una parte de mi que comienza a aceptar lo que está pasando.
Y tras aquel día donde por primera vez tras mucho tiempo, mi cabello platinado comenzaba a ennegrecerse en sus raíces mientras me había manchado de sangre de la misma forma que podría haber estado lloviendo sobre mi, cada vez una dualidad que no tenía lugar estaba comenzando a manifestarse.
Sin embargo, no tardé tanto en decidir.
No pasó nada. Simplemente, quise hacerlo.
Me levanté. Me vi al espejo. Me di cuenta de lo muerta que se había vuelto mi mirada. De que mi impecablemente peinado cabello hacía días que comenzaba a estar revuelto.
Y, como quien se encuentra tras tanto tiempo con un viejo amigo, abracé la oscuridad por completo.
Sin miedo, de manera inesperada y por primera vez, cerré los ojos.
Extendí la mano.
Concentré todo el poder del contrato en las puntas de mis dedos.
Y haciendo el gesto de haber girado una llave, entré a su plano.
Cuando abrí los ojos, me encontraba en ese lugar.
Veinte años atrás, estaba totalmente aterrorizado. Yo mismo y sin poderes, no entendía nada. ¿Era un lugar? ¿Una presencia? ¿Por qué mi cabeza me decía que estas escaleras de Escher eran correctas e incorrectas al mismo tiempo? ¿Que lo estaba entendiendo y a la vez no?
Sentía un miedo que me rebajaba a lo humano.
Me sometía ante el.
Y ante todo, me recordaba que había siempre algo por encima de mi a lo que me convenía someterme.
En este momento, lo estaba haciendo con determinación.
Conciencia.
Sabía de sobra lo que había.
La presencia seguía siendo igual de abrumadora.
Pero yo había cambiado.
Entiendo que no entiendo. Sé que puedo lo que no puedo. Donde todo comienza y termina, sé y a la vez no sé lo que hay y deja de haber.
── Debes estar confuso. ── dije. Mi antigua personalidad había resquebrajado un sello que parecía imposible. Y de igual manera, la conjunción y armonía de ambas personalidades, pasada y presente, habían encontrado un hilo del que tirar.
Una voz parece oírse. Desde todas partes, desde dentro de mi, en mi propia mente. Esta presencia omnipotente, omnisciente…era su manera de hacerse ver.
Él sabía mejor que nadie que haber decidido trascender y existir como algo mucho más allá de algo físico era la manera de ser el más poderoso.
Nadie podía atacar su propia mente.
Nadie podía acorralar algo que no pudiese definir.
Se había refugiado en cada presencia, cada mente, cada individuo capaz de interpretar la realidad.
Él existía a través de ello. Y mientras la realidad siguiese en el mismo plano, su existencia sería eterna.
── Mi Apóstol. Algo te inquieta. ──. Sus palabras son medidas. Nunca se ha expresado más de lo necesario. No lo consideraba.
── No. Simplemente he venido a tomar lo que considero mío. ──
Son palabras mayores frente a la mismísima identidad que rige lo que cada individuo hasta la fecha ha considerado como “alma”.
Nadie tenía la respuesta acerca de su propia conciencia.
Montones de religiones habían surgido, creado a sus dioses, sus demonios, conceptualizado lo que había tras la muerte.
La misma ciencia era incapaz de explicar del todo la realidad que rodea a cada individuo.
Y no dejaba de ser tremendamente presuntuoso que un único individuo con su poder prestado pareciese desafiarle.
── ¿Será? ──
El susurro, proveniente de cada centímetro y de cada espacio visible o imperceptible se deja sentir.
── Eres un ciclo. Yo también lo soy. Cuando me muera, dejarás de tener poder sobre mi. Esa es la primera ley: tu poder no es omnipotente. Tu alcance está limitado, y juegas con ello. Sabes que la existencia se repite. Cambia su forma. Muta su esencia. Evoluciona e involuciona
Manejas lo que hace que la existencia tenga parte de su sentido. Si no hay nada o nadie capaz de ver, ser parte y perpetuar el ciclo, simplemente tu poder se apagaría.
Navaja de Ockam. El alma…son impulsos. Eléctricos, a nuestro parecer y definición. Hacen que a través de ello y gracias a ello, puedas canalizarte.
Sin nada de ello, sólo tú sabes lo que serías.
Pero que incluso algo omnisciente sepa que debe… ──
Mis palabras son interrumpidas por su risa.
Grave.
Absoluta.
── Una respuesta muy humana. ──
Se queda callado.
Me quedo quieto.
Mi mirada sigue sin cambiar.
¿Siquiera pienso que he acertado en algo? ¿Que he podido ganarle a una entidad de la que depende directamente que cada ser actuante, más divino, más inmortal o más todopoderoso que exista pueda hacer hasta el más mínimo acto?
El solo planteamiento suena como una mala broma.
── Sabía que te llegarías a dar cuenta. Negar una parte de ti. Tratar de aceptar sólo lo que quieres. Has entendido que es ilógico. ──
El silencio sigue un momento más.
── Sin embargo, hay algo que no has entendido hasta ahora. No eres mi siervo. Eres mi Apóstol. Siempre has sido capaz de usar mi poder a tu libertad. Jamás te impuse límite alguno. Recuerda. ──
Y entonces, me doy cuenta.
Los términos del contrato nunca especificaban castigo alguno si lo “rompía”.
Ni siquiera tenía prohibido hablar del demonio.
── Veo que lo entiendes. ──
Vuelvo a abrir los ojos.
A ver el ordinario y tan normal mundo que me rodea.
Y ahora, mi alma resuena plenamente. He comprendido todo.
No es que tuviese prohibido hablar del demonio de la cognición. Es que yo mismo no iba a permitir que semejante poder pudiese siquiera conocerlo alguien más. Hacerlo hubiese supuesto un punto débil. Desventajoso, tremendamente, en mi contra.
No es que yo me estuviese defendiendo. Es que, aquella noche esperé a que se confiasen cada uno de los doce asaltantes.
Pude haberlos inhabilitado. Y los maté a sangre fría. Todos y cada uno.
Ante todo, el motivo real de que esta mi personalidad hubiese quebrantado un sello que parecía tan prohibido.
Piedad. Amor. Egoísmo. Desconozco como definirlo.
Pero cuando Fenrir nació, algo dentro de mi me dijo que su bondad, su inocencia, su integridad en un mundo tan corrupto, sería a cambio de volver a lo que había olvidado.
Usar la cognición rompía el sello que me permitía ser un demonio más. Pertenecer a la nobleza Jaegerjaquez e Ishtar de pleno derecho. Apartar un lado humano que no necesitaba.
Irónicamente, un lado demoníaco con un corazón más humano era el que estaba negando a un humano con el corazón más demoníaco.
Un poco de luz en la sombra y un poco de sombra en la luz. Todo se encontraba en equilibrio.
Pero en este momento, soy un demonio puro con un corazón demoníaco.
El amor de un padre, dirían algunos.
La continuación de un legado, podría decir yo.
Y sobre todo, no es que estuviese dándome cuenta de todo esto ahora.
Por pura comodidad, no he querido asumirlo antes.
Pero por dentro, hervía de ganas.
Como demonio que soy, si ni siquiera mis propios congéneres me maldicen, mal honor habré hecho a mi especie.
Aeropuerto Internacional de San Francisco.
Noche. No importa la hora.
Multitud. Cada uno de ellos, cual animal de pastoreo se dirige a su destino.
Sin mirar a los lados. Con sus ojos sobre sus pertenencias, móvil o pendientes de alguna tontería del estilo.
Hacía unas semanas, las dudas habían asaltado mi mente.
Mi familia había comenzado a preocuparse. Los cambios en mi actitud eran evidentes.
Pero no había forma de que les dijese que mi propia personalidad estaba indefinida.
Que, como dice el dicho, la cabra tira al monte. Y lo que siempre había sido, estaba volviendo para reclamar su lugar.
Al inicio me encontraba reticente.
Era consciente de la oscuridad que albergaba. Del peligro que podía suponer. De que, entregarle el mando a alguien más podría suponer el fin de lo que conocía.
Por otra parte, era cuestión de tiempo que acabase pasando.
Y pedir ayuda no era una opción.
No cuando hay una parte de mi que comienza a aceptar lo que está pasando.
Y tras aquel día donde por primera vez tras mucho tiempo, mi cabello platinado comenzaba a ennegrecerse en sus raíces mientras me había manchado de sangre de la misma forma que podría haber estado lloviendo sobre mi, cada vez una dualidad que no tenía lugar estaba comenzando a manifestarse.
Sin embargo, no tardé tanto en decidir.
No pasó nada. Simplemente, quise hacerlo.
Me levanté. Me vi al espejo. Me di cuenta de lo muerta que se había vuelto mi mirada. De que mi impecablemente peinado cabello hacía días que comenzaba a estar revuelto.
Y, como quien se encuentra tras tanto tiempo con un viejo amigo, abracé la oscuridad por completo.
Sin miedo, de manera inesperada y por primera vez, cerré los ojos.
Extendí la mano.
Concentré todo el poder del contrato en las puntas de mis dedos.
Y haciendo el gesto de haber girado una llave, entré a su plano.
Cuando abrí los ojos, me encontraba en ese lugar.
Veinte años atrás, estaba totalmente aterrorizado. Yo mismo y sin poderes, no entendía nada. ¿Era un lugar? ¿Una presencia? ¿Por qué mi cabeza me decía que estas escaleras de Escher eran correctas e incorrectas al mismo tiempo? ¿Que lo estaba entendiendo y a la vez no?
Sentía un miedo que me rebajaba a lo humano.
Me sometía ante el.
Y ante todo, me recordaba que había siempre algo por encima de mi a lo que me convenía someterme.
En este momento, lo estaba haciendo con determinación.
Conciencia.
Sabía de sobra lo que había.
La presencia seguía siendo igual de abrumadora.
Pero yo había cambiado.
Entiendo que no entiendo. Sé que puedo lo que no puedo. Donde todo comienza y termina, sé y a la vez no sé lo que hay y deja de haber.
── Debes estar confuso. ── dije. Mi antigua personalidad había resquebrajado un sello que parecía imposible. Y de igual manera, la conjunción y armonía de ambas personalidades, pasada y presente, habían encontrado un hilo del que tirar.
Una voz parece oírse. Desde todas partes, desde dentro de mi, en mi propia mente. Esta presencia omnipotente, omnisciente…era su manera de hacerse ver.
Él sabía mejor que nadie que haber decidido trascender y existir como algo mucho más allá de algo físico era la manera de ser el más poderoso.
Nadie podía atacar su propia mente.
Nadie podía acorralar algo que no pudiese definir.
Se había refugiado en cada presencia, cada mente, cada individuo capaz de interpretar la realidad.
Él existía a través de ello. Y mientras la realidad siguiese en el mismo plano, su existencia sería eterna.
── Mi Apóstol. Algo te inquieta. ──. Sus palabras son medidas. Nunca se ha expresado más de lo necesario. No lo consideraba.
── No. Simplemente he venido a tomar lo que considero mío. ──
Son palabras mayores frente a la mismísima identidad que rige lo que cada individuo hasta la fecha ha considerado como “alma”.
Nadie tenía la respuesta acerca de su propia conciencia.
Montones de religiones habían surgido, creado a sus dioses, sus demonios, conceptualizado lo que había tras la muerte.
La misma ciencia era incapaz de explicar del todo la realidad que rodea a cada individuo.
Y no dejaba de ser tremendamente presuntuoso que un único individuo con su poder prestado pareciese desafiarle.
── ¿Será? ──
El susurro, proveniente de cada centímetro y de cada espacio visible o imperceptible se deja sentir.
── Eres un ciclo. Yo también lo soy. Cuando me muera, dejarás de tener poder sobre mi. Esa es la primera ley: tu poder no es omnipotente. Tu alcance está limitado, y juegas con ello. Sabes que la existencia se repite. Cambia su forma. Muta su esencia. Evoluciona e involuciona
Manejas lo que hace que la existencia tenga parte de su sentido. Si no hay nada o nadie capaz de ver, ser parte y perpetuar el ciclo, simplemente tu poder se apagaría.
Navaja de Ockam. El alma…son impulsos. Eléctricos, a nuestro parecer y definición. Hacen que a través de ello y gracias a ello, puedas canalizarte.
Sin nada de ello, sólo tú sabes lo que serías.
Pero que incluso algo omnisciente sepa que debe… ──
Mis palabras son interrumpidas por su risa.
Grave.
Absoluta.
── Una respuesta muy humana. ──
Se queda callado.
Me quedo quieto.
Mi mirada sigue sin cambiar.
¿Siquiera pienso que he acertado en algo? ¿Que he podido ganarle a una entidad de la que depende directamente que cada ser actuante, más divino, más inmortal o más todopoderoso que exista pueda hacer hasta el más mínimo acto?
El solo planteamiento suena como una mala broma.
── Sabía que te llegarías a dar cuenta. Negar una parte de ti. Tratar de aceptar sólo lo que quieres. Has entendido que es ilógico. ──
El silencio sigue un momento más.
── Sin embargo, hay algo que no has entendido hasta ahora. No eres mi siervo. Eres mi Apóstol. Siempre has sido capaz de usar mi poder a tu libertad. Jamás te impuse límite alguno. Recuerda. ──
Y entonces, me doy cuenta.
Los términos del contrato nunca especificaban castigo alguno si lo “rompía”.
Ni siquiera tenía prohibido hablar del demonio.
── Veo que lo entiendes. ──
Vuelvo a abrir los ojos.
A ver el ordinario y tan normal mundo que me rodea.
Y ahora, mi alma resuena plenamente. He comprendido todo.
No es que tuviese prohibido hablar del demonio de la cognición. Es que yo mismo no iba a permitir que semejante poder pudiese siquiera conocerlo alguien más. Hacerlo hubiese supuesto un punto débil. Desventajoso, tremendamente, en mi contra.
No es que yo me estuviese defendiendo. Es que, aquella noche esperé a que se confiasen cada uno de los doce asaltantes.
Pude haberlos inhabilitado. Y los maté a sangre fría. Todos y cada uno.
Ante todo, el motivo real de que esta mi personalidad hubiese quebrantado un sello que parecía tan prohibido.
Piedad. Amor. Egoísmo. Desconozco como definirlo.
Pero cuando Fenrir nació, algo dentro de mi me dijo que su bondad, su inocencia, su integridad en un mundo tan corrupto, sería a cambio de volver a lo que había olvidado.
Usar la cognición rompía el sello que me permitía ser un demonio más. Pertenecer a la nobleza Jaegerjaquez e Ishtar de pleno derecho. Apartar un lado humano que no necesitaba.
Irónicamente, un lado demoníaco con un corazón más humano era el que estaba negando a un humano con el corazón más demoníaco.
Un poco de luz en la sombra y un poco de sombra en la luz. Todo se encontraba en equilibrio.
Pero en este momento, soy un demonio puro con un corazón demoníaco.
El amor de un padre, dirían algunos.
La continuación de un legado, podría decir yo.
Y sobre todo, no es que estuviese dándome cuenta de todo esto ahora.
Por pura comodidad, no he querido asumirlo antes.
Pero por dentro, hervía de ganas.
Como demonio que soy, si ni siquiera mis propios congéneres me maldicen, mal honor habré hecho a mi especie.
https://www.youtube.com/watch?v=_1_IXFQY5Wk&list=LL&index=113
Aeropuerto Internacional de San Francisco.
Noche. No importa la hora.
Multitud. Cada uno de ellos, cual animal de pastoreo se dirige a su destino.
Sin mirar a los lados. Con sus ojos sobre sus pertenencias, móvil o pendientes de alguna tontería del estilo.
Hacía unas semanas, las dudas habían asaltado mi mente.
Mi familia había comenzado a preocuparse. Los cambios en mi actitud eran evidentes.
Pero no había forma de que les dijese que mi propia personalidad estaba indefinida.
Que, como dice el dicho, la cabra tira al monte. Y lo que siempre había sido, estaba volviendo para reclamar su lugar.
Al inicio me encontraba reticente.
Era consciente de la oscuridad que albergaba. Del peligro que podía suponer. De que, entregarle el mando a alguien más podría suponer el fin de lo que conocía.
Por otra parte, era cuestión de tiempo que acabase pasando.
Y pedir ayuda no era una opción.
No cuando hay una parte de mi que comienza a aceptar lo que está pasando.
Y tras aquel día donde por primera vez tras mucho tiempo, mi cabello platinado comenzaba a ennegrecerse en sus raíces mientras me había manchado de sangre de la misma forma que podría haber estado lloviendo sobre mi, cada vez una dualidad que no tenía lugar estaba comenzando a manifestarse.
Sin embargo, no tardé tanto en decidir.
No pasó nada. Simplemente, quise hacerlo.
Me levanté. Me vi al espejo. Me di cuenta de lo muerta que se había vuelto mi mirada. De que mi impecablemente peinado cabello hacía días que comenzaba a estar revuelto.
Y, como quien se encuentra tras tanto tiempo con un viejo amigo, abracé la oscuridad por completo.
Sin miedo, de manera inesperada y por primera vez, cerré los ojos.
Extendí la mano.
Concentré todo el poder del contrato en las puntas de mis dedos.
Y haciendo el gesto de haber girado una llave, entré a su plano.
Cuando abrí los ojos, me encontraba en ese lugar.
Veinte años atrás, estaba totalmente aterrorizado. Yo mismo y sin poderes, no entendía nada. ¿Era un lugar? ¿Una presencia? ¿Por qué mi cabeza me decía que estas escaleras de Escher eran correctas e incorrectas al mismo tiempo? ¿Que lo estaba entendiendo y a la vez no?
Sentía un miedo que me rebajaba a lo humano.
Me sometía ante el.
Y ante todo, me recordaba que había siempre algo por encima de mi a lo que me convenía someterme.
En este momento, lo estaba haciendo con determinación.
Conciencia.
Sabía de sobra lo que había.
La presencia seguía siendo igual de abrumadora.
Pero yo había cambiado.
Entiendo que no entiendo. Sé que puedo lo que no puedo. Donde todo comienza y termina, sé y a la vez no sé lo que hay y deja de haber.
── Debes estar confuso. ── dije. Mi antigua personalidad había resquebrajado un sello que parecía imposible. Y de igual manera, la conjunción y armonía de ambas personalidades, pasada y presente, habían encontrado un hilo del que tirar.
Una voz parece oírse. Desde todas partes, desde dentro de mi, en mi propia mente. Esta presencia omnipotente, omnisciente…era su manera de hacerse ver.
Él sabía mejor que nadie que haber decidido trascender y existir como algo mucho más allá de algo físico era la manera de ser el más poderoso.
Nadie podía atacar su propia mente.
Nadie podía acorralar algo que no pudiese definir.
Se había refugiado en cada presencia, cada mente, cada individuo capaz de interpretar la realidad.
Él existía a través de ello. Y mientras la realidad siguiese en el mismo plano, su existencia sería eterna.
── Mi Apóstol. Algo te inquieta. ──. Sus palabras son medidas. Nunca se ha expresado más de lo necesario. No lo consideraba.
── No. Simplemente he venido a tomar lo que considero mío. ──
Son palabras mayores frente a la mismísima identidad que rige lo que cada individuo hasta la fecha ha considerado como “alma”.
Nadie tenía la respuesta acerca de su propia conciencia.
Montones de religiones habían surgido, creado a sus dioses, sus demonios, conceptualizado lo que había tras la muerte.
La misma ciencia era incapaz de explicar del todo la realidad que rodea a cada individuo.
Y no dejaba de ser tremendamente presuntuoso que un único individuo con su poder prestado pareciese desafiarle.
── ¿Será? ──
El susurro, proveniente de cada centímetro y de cada espacio visible o imperceptible se deja sentir.
── Eres un ciclo. Yo también lo soy. Cuando me muera, dejarás de tener poder sobre mi. Esa es la primera ley: tu poder no es omnipotente. Tu alcance está limitado, y juegas con ello. Sabes que la existencia se repite. Cambia su forma. Muta su esencia. Evoluciona e involuciona
Manejas lo que hace que la existencia tenga parte de su sentido. Si no hay nada o nadie capaz de ver, ser parte y perpetuar el ciclo, simplemente tu poder se apagaría.
Navaja de Ockam. El alma…son impulsos. Eléctricos, a nuestro parecer y definición. Hacen que a través de ello y gracias a ello, puedas canalizarte.
Sin nada de ello, sólo tú sabes lo que serías.
Pero que incluso algo omnisciente sepa que debe… ──
Mis palabras son interrumpidas por su risa.
Grave.
Absoluta.
── Una respuesta muy humana. ──
Se queda callado.
Me quedo quieto.
Mi mirada sigue sin cambiar.
¿Siquiera pienso que he acertado en algo? ¿Que he podido ganarle a una entidad de la que depende directamente que cada ser actuante, más divino, más inmortal o más todopoderoso que exista pueda hacer hasta el más mínimo acto?
El solo planteamiento suena como una mala broma.
── Sabía que te llegarías a dar cuenta. Negar una parte de ti. Tratar de aceptar sólo lo que quieres. Has entendido que es ilógico. ──
El silencio sigue un momento más.
── Sin embargo, hay algo que no has entendido hasta ahora. No eres mi siervo. Eres mi Apóstol. Siempre has sido capaz de usar mi poder a tu libertad. Jamás te impuse límite alguno. Recuerda. ──
Y entonces, me doy cuenta.
Los términos del contrato nunca especificaban castigo alguno si lo “rompía”.
Ni siquiera tenía prohibido hablar del demonio.
── Veo que lo entiendes. ──
Vuelvo a abrir los ojos.
A ver el ordinario y tan normal mundo que me rodea.
Y ahora, mi alma resuena plenamente. He comprendido todo.
No es que tuviese prohibido hablar del demonio de la cognición. Es que yo mismo no iba a permitir que semejante poder pudiese siquiera conocerlo alguien más. Hacerlo hubiese supuesto un punto débil. Desventajoso, tremendamente, en mi contra.
No es que yo me estuviese defendiendo. Es que, aquella noche esperé a que se confiasen cada uno de los doce asaltantes.
Pude haberlos inhabilitado. Y los maté a sangre fría. Todos y cada uno.
Ante todo, el motivo real de que esta mi personalidad hubiese quebrantado un sello que parecía tan prohibido.
Piedad. Amor. Egoísmo. Desconozco como definirlo.
Pero cuando Fenrir nació, algo dentro de mi me dijo que su bondad, su inocencia, su integridad en un mundo tan corrupto, sería a cambio de volver a lo que había olvidado.
Usar la cognición rompía el sello que me permitía ser un demonio más. Pertenecer a la nobleza Jaegerjaquez e Ishtar de pleno derecho. Apartar un lado humano que no necesitaba.
Irónicamente, un lado demoníaco con un corazón más humano era el que estaba negando a un humano con el corazón más demoníaco.
Un poco de luz en la sombra y un poco de sombra en la luz. Todo se encontraba en equilibrio.
Pero en este momento, soy un demonio puro con un corazón demoníaco.
El amor de un padre, dirían algunos.
La continuación de un legado, podría decir yo.
Y sobre todo, no es que estuviese dándome cuenta de todo esto ahora.
Por pura comodidad, no he querido asumirlo antes.
Pero por dentro, hervía de ganas.
Como demonio que soy, si ni siquiera mis propios congéneres me maldicen, mal honor habré hecho a mi especie.
Tipo
Individual
Líneas
300
Estado
Disponible