No tenemos libres albedrío...sólo pequeñas dosis que se nos dan.
El libre albedrío es el juguete que el carcelero le deja al preso para que no escupa frente a los barrotes.
No eliges; sólo seleccionas entre las opciones que tu genética, tu trauma y tu entorno ya han masticado por ti.
Crees que decides el camino, pero sólo estás recorriendo el laberinto que tus neuronas y tu historia construyeron antes de que pudieras siquiera pronunciar tu nombre.
Es una dosis de morfina para el ego.
Nos hace creer que somos capitanes, cuando en realidad somos simples pasajeros de una inercia química y social.
Se nos da esa pequeña ilusión de control (el sabor del café, el color de la camisa) para que no nos asfixie la verdad: que somos piezas de dominó cayendo en una fila que comenzó mucho antes de nuestro primer aliento.
El "yo elijo" es el grito de orgullo de la marioneta que, al no ver hilos, jura que baila por voluntad propia.
¿Es tu voluntad un poder real o sólo el eco de una orden que tus instintos ya ejecutaron?
El libre albedrío es el juguete que el carcelero le deja al preso para que no escupa frente a los barrotes.
No eliges; sólo seleccionas entre las opciones que tu genética, tu trauma y tu entorno ya han masticado por ti.
Crees que decides el camino, pero sólo estás recorriendo el laberinto que tus neuronas y tu historia construyeron antes de que pudieras siquiera pronunciar tu nombre.
Es una dosis de morfina para el ego.
Nos hace creer que somos capitanes, cuando en realidad somos simples pasajeros de una inercia química y social.
Se nos da esa pequeña ilusión de control (el sabor del café, el color de la camisa) para que no nos asfixie la verdad: que somos piezas de dominó cayendo en una fila que comenzó mucho antes de nuestro primer aliento.
El "yo elijo" es el grito de orgullo de la marioneta que, al no ver hilos, jura que baila por voluntad propia.
¿Es tu voluntad un poder real o sólo el eco de una orden que tus instintos ya ejecutaron?
No tenemos libres albedrío...sólo pequeñas dosis que se nos dan.
El libre albedrío es el juguete que el carcelero le deja al preso para que no escupa frente a los barrotes.
No eliges; sólo seleccionas entre las opciones que tu genética, tu trauma y tu entorno ya han masticado por ti.
Crees que decides el camino, pero sólo estás recorriendo el laberinto que tus neuronas y tu historia construyeron antes de que pudieras siquiera pronunciar tu nombre.
Es una dosis de morfina para el ego.
Nos hace creer que somos capitanes, cuando en realidad somos simples pasajeros de una inercia química y social.
Se nos da esa pequeña ilusión de control (el sabor del café, el color de la camisa) para que no nos asfixie la verdad: que somos piezas de dominó cayendo en una fila que comenzó mucho antes de nuestro primer aliento.
El "yo elijo" es el grito de orgullo de la marioneta que, al no ver hilos, jura que baila por voluntad propia.
¿Es tu voluntad un poder real o sólo el eco de una orden que tus instintos ya ejecutaron?