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https://youtu.be/aKseWO-PHpc?si=PYm6d1bnYU5KLRXJ
TW: Música posiblemete embrujada. Se recomienda discreción.(?)]
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༒
Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer.
Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces.
Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario.
No había luz dentro.
Y aun así… alguien estaba cantando.
Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna.
Odette empujó las puertas lentamente.
El olor la recibió primero:
Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición.
La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración.
Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía.
Parecían fieles rezando en silencio.
Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado.
Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas.
Odette permaneció en silencio.
Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar.
La canción continuaba.
Más suave. Más cerca.
Odette alzó la lámpara.
Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo.
Odette avanzó un paso.
El canto se detuvo.
Y la mujer habló sin girarse
—Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos.
Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí...
La mujer soltó una risa baja. Siniestra.
Entonces se giró lentamente.
Lo que sostenía entre los brazos no era un niño.
Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya.
Pero lo peor...
Era que el cadáver aún respiraba.
Lento. Como un debil silbido.
Odette no mostró horror. Solo cansancio.
Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras.
Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella.
La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca.
—Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti.
—"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla.
Pero algo la inquietó.
Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.
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Una capilla apareció entre la niebla poco antes del amanecer.
Pequeña. Olvidada. Hundida entre árboles muertos y lápidas torcidas por las raíces.
Odette la observó desde el sendero mientras el viento hacía sonar las campanas oxidadas del campanario.
No había luz dentro.
Y aun así… alguien estaba cantando.
Una voz baja y quebradiza escapaba desde el interior de la iglesia, apenas audible entre el crujido de las ramas. No era un himno. Sonaba más parecido a una canción de cuna.
Odette empujó las puertas lentamente.
El olor la recibió primero:
Incienso viejo, cera derretida, flores marchitas y debajo de todo eso… El dulzor espeso de la descomposición.
La capilla estaba llena de velas ya gastadas hace tiempo. Algunas permanecían encendidas pese a no haber nadie cuidándolas. Otras iluminaban figuras cubiertas por telas blancas sentadas en los bancos de oración.
Odette avanzó despacio entre ellas, con cautela. Ninguna se movía.
Parecían fieles rezando en silencio.
Hasta que la herborista pasó junto a uno de los bancos y la tela cayó ligeramente hacia un lado.
Debajo no había rostro, solo huesos mohosos cubiertos de flores secas cosidas con hilo negro entre las costillas.
Odette permaneció en silencio.
Sus ojos descendieron apenas hacia el suelo de piedra. Había marcas, surcos. Como si algo pesado hubiese sido arrastrado innumerables veces hacia el altar.
La canción continuaba.
Más suave. Más cerca.
Odette alzó la lámpara.
Y allí la vio... Frente al altar, sentada de espaldas a ella, había una mujer extremadamente delgada vestida con las características ropas de la Orden de la Misericordia Pálida, podridas por la humedad. Su cabello gris caía en mechones largos mientras mecía algo entre los brazos cantándole... Despacio... Como una madre agotada intentando dormir a un niño enfermo.
Odette avanzó un paso.
El canto se detuvo.
Y la mujer habló sin girarse
—Llegaste tarde para la misa.—La voz sonaba seca. Rasposa. Como páginas viejas deshaciéndose entre los dedos.
Odette inclinó apenas la cabeza.—No sabía que aún quedaban Hermanas aquí...
La mujer soltó una risa baja. Siniestra.
Entonces se giró lentamente.
Lo que sostenía entre los brazos no era un niño.
Era un cadáver pequeño cubierto por flores blancas, cuidadosamente vestido con ropa de funeral. Sus manos diminutas habían sido cosidas alrededor de un ramo de flores secas, marchitas hace mucho tiempo ya.
Pero lo peor...
Era que el cadáver aún respiraba.
Lento. Como un debil silbido.
Odette no mostró horror. Solo cansancio.
Sus ojos fueron dirigidos hacia las raíces que emergían bajo las ropas de la mujer, extendiéndose por el suelo de la iglesia como venas oscuras.
Cada banco. Cada cadáver. Cada vela. Todo estaba conectado a ella.
La hermana le sonrió. De sus cuencas vacías salían lágrimas espesas, oscuras como sangre añeja, mientras pétalos negros se deshacían entre sus dientes y caían lentamente de su boca.
—Despierta, pequeña y temerosa Odette…—La voz de la hermana retumbó por toda la iglesia, aunque sus labios jamás se movieron.—Ya viene… Y viene por ti.
—"Sólo fue un sueño…"— Odette permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándose a la idea de que por fin había escapado de aquella pesadilla.
Pero algo la inquietó.
Su mano izquierda seguía crispada entre los pliegues del ropaje de su cama. Y entre los dedos de la derecha sintió el frío tacto de las cuentas de su rosario de plata: el mismo que utilizaba al recitar la última oración para los moribundos, justo antes de que abandonaran este mundo.