No supo bien si fue aquel vaso roto en el suelo de la cocina o los pequeños rastros de sangre que se extendían por la habitación, subiendo por las sillas y la brillante mesa de mármol, como si la escena fuera el desgaste de una lucha que poco a poco perdió su fuerza y las ganas de sobrevivir.
Quizá fueron los trozos de carne rasgada en partes aleatorias de su cuerpo, que aún sangrando leve le advertían qué el vidrio había sido por instantes su enemigo casi mortal.
No lo sabía, no sabía si el intenso dolor en su cabeza o el mareo persistente lo habían orillado a aquel destino que esa tarde decidió para sí.
¿Cuanto tiempo había estado inconsciente?
No podía ser demasiado, pues aquel puré de tomate espeso y exageradamente condimentado que había dejado sobre el fuego aún no se quemaba ¿segundos? ¿A caso había sido eso realmente suerte?
Sin dar más vueltas, apagó la estufa y recogió el cristal partido en pequeños trozos en el suelo, aunque siempre había pequeñas partículas filosas qué nunca lograba juntar ¿le quedaban vasos de vidrio en la casa?
Como fuera, esa tarde Daniel desapareció: no más llamadas, ni de su madre, ni de su representante, ni de la empresa con la que acababa de firmar. No más amigos que no sabía qué tenía, no más supuestos amantes, se escondió de todos y de todo.
Lo buscaron, por supuesto que lo hiciero, lo buscaron llamando y preguntando a conocidos, a su familia, pero ninguna persona buscó en donde siempre debieron pensar.
Daniel estaba en su casa, dos semanas para ser exactos, en las que no respondió y esa casa se veía tan cerrada que resultaba imposible pensar que alguien estuviera dentro. No huyó lejos, no tomó un vuelo en la madrugada, simplemente se quedó allí, refugiado de su propia existencia.
No supo bien si fue aquel vaso roto en el suelo de la cocina o los pequeños rastros de sangre que se extendían por la habitación, subiendo por las sillas y la brillante mesa de mármol, como si la escena fuera el desgaste de una lucha que poco a poco perdió su fuerza y las ganas de sobrevivir.
Quizá fueron los trozos de carne rasgada en partes aleatorias de su cuerpo, que aún sangrando leve le advertían qué el vidrio había sido por instantes su enemigo casi mortal.
No lo sabía, no sabía si el intenso dolor en su cabeza o el mareo persistente lo habían orillado a aquel destino que esa tarde decidió para sí.
¿Cuanto tiempo había estado inconsciente?
No podía ser demasiado, pues aquel puré de tomate espeso y exageradamente condimentado que había dejado sobre el fuego aún no se quemaba ¿segundos? ¿A caso había sido eso realmente suerte?
Sin dar más vueltas, apagó la estufa y recogió el cristal partido en pequeños trozos en el suelo, aunque siempre había pequeñas partículas filosas qué nunca lograba juntar ¿le quedaban vasos de vidrio en la casa?
Como fuera, esa tarde Daniel desapareció: no más llamadas, ni de su madre, ni de su representante, ni de la empresa con la que acababa de firmar. No más amigos que no sabía qué tenía, no más supuestos amantes, se escondió de todos y de todo.
Lo buscaron, por supuesto que lo hiciero, lo buscaron llamando y preguntando a conocidos, a su familia, pero ninguna persona buscó en donde siempre debieron pensar.
Daniel estaba en su casa, dos semanas para ser exactos, en las que no respondió y esa casa se veía tan cerrada que resultaba imposible pensar que alguien estuviera dentro. No huyó lejos, no tomó un vuelo en la madrugada, simplemente se quedó allí, refugiado de su propia existencia.