Mi amigo pecador: El tanque volcado crujía bajo el viento. Más allá de aquel refugio improvisado, el campo de batalla se extendía como un desierto de cenizas. La tierra estaba teñida de gris, los árboles reducidos a esqueletos carbonizados y el aire olía a humo, sangre y pólvora.
Dos jóvenes habían sobrevivido a lo imposible o eso parecía...
Zelkova Legasov, el joven cura, respiraba agitadamente. Su rostro estaba manchado de hollín y sudor. Miró hacia la entrada del casco destrozado y apretó los dientes.
●Esos malditos nos engañaron...
Se volvió hacia su compañero.
●¿Estás...?
Las palabras murieron en su garganta.
Hart Soger estaba apoyado contra una pared metálica. Una de sus manos presionaba desesperadamente su abdomen. La sangre brotaba entre sus dedos a borbotones, formando un charco oscuro bajo él.
○Me duele...
Susurró Hart con una mueca de agonía.
○Me duele mucho... Voy a morir.
●¡No!
Zelkova cayó de rodillas junto a él.
●Déjame revisarte. Intentaré cauterizar la herida.
Hart soltó una risa débil y amarga.
○Es inútil, Zel... Intenté ayudarte, pero parece que la cagué... Ja...
El cura comenzó a presionar la herida con ambas manos. Los guantes negros se empaparon de rojo en cuestión de segundos.
●Te sacaré de aquí. ¿Recuerdas? Me enseñaste la foto de tu novia. La verás pronto. Solo resiste...
Hart emitió un quejido que terminó convirtiéndose en una carcajada rota.
○No hay ninguna novia.
Zelkova parpadeó.
●¿Qué?
○Esa foto... se la robé a un amigo muerto. Estaba enamorado de ella. Lo envidiaba tanto...
Su respiración empezó a volverse irregular.
○Compartí contigo esa historia porque... yo también quería presumir de un amor verdadero. Quería poner celosos a nuestros compañeros...
Su mirada vagó hacia el exterior, donde los cadáveres yacían entre las cenizas.
○Y míralos... todos muertos.
Una lágrima descendió por su rostro.
○Solo faltaba yo.
Zelkova no encontró respuesta.
Hart tragó saliva.
○He pecado... Iré al infierno junto a esos bastardos...
Entonces comenzó a llorar.
●¿Por qué lloras?
Preguntó Zelkova en voz baja.
Hart cerró los ojos.
○Porque tengo miedo.
Su voz temblaba.
○No quiero ir al infierno. Me arrepiento de todo lo que hice en mi vida. Ojalá pudiera ser tan recto como tú.
Soltó una risa ahogada.
○Te envidio. Y eso me enerva porque eres amable con todos...
Las lágrimas seguían cayendo.
○Si pudiera comenzar de cero, cambiaría todo...
Miró sus manos ensangrentadas.
○Y ahora es demasiado tarde.
Zelkova apoyó la espalda contra la pared metálica del tanque. Su mirada permaneció fija en su amigo.
●Nunca es tarde.
Hart negó lentamente con la cabeza.
○No hay cielo para mí.
Hubo un silencio pesado.
El joven cura preguntó:
●¿Por qué temes al amor de Dios?
Hart no respondió durante varios segundos. Sus labios temblaron.
○Por favor... léeme algo.
Zelkova asintió.
Con una voz firme, aunque quebrada por la emoción, recitó:
●"Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré."
Hart escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en medio de una tormenta.
Sus ojos estaban rojos e inundados de lágrimas.
○¿Por qué somos tan terribles?
Preguntó.
Zelkova guardó silencio un instante antes de responder:
●Somos larvas solamente, hechas para formar mariposas angélicas que algún día mirarán a Dios de frente.
Hart sonrió débilmente. Su corazón latía cada vez más lento.
○Quédate conmigo...
Buscó la mano de su amigo.
○No me dejes.
Zelkova la sujetó con fuerza.
●Estoy aquí.
Entonces dijo:
●Repite conmigo.
Hart lo observó.
Y el cura comenzó a recitar:
●"Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores."
Los labios de Hart se movieron.
○Busqué... al Señor... y Él me respondió...
Su voz era apenas un susurro.
○Me libró... de todos mis temores...
Una última exhalación escapó de sus labios. Después llegó el silencio. El viento siguió soplando entre los árboles carbonizados. La mano de Hart perdió toda fuerza. Y cayó inmóvil.
Zelkova permaneció allí, sujetándola. Esperó. Un segundo. Dos. Diez. Como si se negara a aceptar lo evidente. Por fin comprendió que estaba solo. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas ennegrecidas. Luego vino un sollozo. Y después otro hasta que el joven cura alzó el rostro hacia el cielo gris y lanzó un aullido desgarrador.
●¡HAAAAART!
Su voz atravesó el campo muerto.
●¡HART!
Refulgió el eco de un nombre pronunciado por alguien que acababa de perder a su mejor amigo.
Mi amigo pecador: El tanque volcado crujía bajo el viento. Más allá de aquel refugio improvisado, el campo de batalla se extendía como un desierto de cenizas. La tierra estaba teñida de gris, los árboles reducidos a esqueletos carbonizados y el aire olía a humo, sangre y pólvora.
Dos jóvenes habían sobrevivido a lo imposible o eso parecía...
Zelkova Legasov, el joven cura, respiraba agitadamente. Su rostro estaba manchado de hollín y sudor. Miró hacia la entrada del casco destrozado y apretó los dientes.
●Esos malditos nos engañaron...
Se volvió hacia su compañero.
●¿Estás...?
Las palabras murieron en su garganta.
Hart Soger estaba apoyado contra una pared metálica. Una de sus manos presionaba desesperadamente su abdomen. La sangre brotaba entre sus dedos a borbotones, formando un charco oscuro bajo él.
○Me duele...
Susurró Hart con una mueca de agonía.
○Me duele mucho... Voy a morir.
●¡No!
Zelkova cayó de rodillas junto a él.
●Déjame revisarte. Intentaré cauterizar la herida.
Hart soltó una risa débil y amarga.
○Es inútil, Zel... Intenté ayudarte, pero parece que la cagué... Ja...
El cura comenzó a presionar la herida con ambas manos. Los guantes negros se empaparon de rojo en cuestión de segundos.
●Te sacaré de aquí. ¿Recuerdas? Me enseñaste la foto de tu novia. La verás pronto. Solo resiste...
Hart emitió un quejido que terminó convirtiéndose en una carcajada rota.
○No hay ninguna novia.
Zelkova parpadeó.
●¿Qué?
○Esa foto... se la robé a un amigo muerto. Estaba enamorado de ella. Lo envidiaba tanto...
Su respiración empezó a volverse irregular.
○Compartí contigo esa historia porque... yo también quería presumir de un amor verdadero. Quería poner celosos a nuestros compañeros...
Su mirada vagó hacia el exterior, donde los cadáveres yacían entre las cenizas.
○Y míralos... todos muertos.
Una lágrima descendió por su rostro.
○Solo faltaba yo.
Zelkova no encontró respuesta.
Hart tragó saliva.
○He pecado... Iré al infierno junto a esos bastardos...
Entonces comenzó a llorar.
●¿Por qué lloras?
Preguntó Zelkova en voz baja.
Hart cerró los ojos.
○Porque tengo miedo.
Su voz temblaba.
○No quiero ir al infierno. Me arrepiento de todo lo que hice en mi vida. Ojalá pudiera ser tan recto como tú.
Soltó una risa ahogada.
○Te envidio. Y eso me enerva porque eres amable con todos...
Las lágrimas seguían cayendo.
○Si pudiera comenzar de cero, cambiaría todo...
Miró sus manos ensangrentadas.
○Y ahora es demasiado tarde.
Zelkova apoyó la espalda contra la pared metálica del tanque. Su mirada permaneció fija en su amigo.
●Nunca es tarde.
Hart negó lentamente con la cabeza.
○No hay cielo para mí.
Hubo un silencio pesado.
El joven cura preguntó:
●¿Por qué temes al amor de Dios?
Hart no respondió durante varios segundos. Sus labios temblaron.
○Por favor... léeme algo.
Zelkova asintió.
Con una voz firme, aunque quebrada por la emoción, recitó:
●"Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré."
Hart escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en medio de una tormenta.
Sus ojos estaban rojos e inundados de lágrimas.
○¿Por qué somos tan terribles?
Preguntó.
Zelkova guardó silencio un instante antes de responder:
●Somos larvas solamente, hechas para formar mariposas angélicas que algún día mirarán a Dios de frente.
Hart sonrió débilmente. Su corazón latía cada vez más lento.
○Quédate conmigo...
Buscó la mano de su amigo.
○No me dejes.
Zelkova la sujetó con fuerza.
●Estoy aquí.
Entonces dijo:
●Repite conmigo.
Hart lo observó.
Y el cura comenzó a recitar:
●"Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores."
Los labios de Hart se movieron.
○Busqué... al Señor... y Él me respondió...
Su voz era apenas un susurro.
○Me libró... de todos mis temores...
Una última exhalación escapó de sus labios. Después llegó el silencio. El viento siguió soplando entre los árboles carbonizados. La mano de Hart perdió toda fuerza. Y cayó inmóvil.
Zelkova permaneció allí, sujetándola. Esperó. Un segundo. Dos. Diez. Como si se negara a aceptar lo evidente. Por fin comprendió que estaba solo. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas ennegrecidas. Luego vino un sollozo. Y después otro hasta que el joven cura alzó el rostro hacia el cielo gris y lanzó un aullido desgarrador.
●¡HAAAAART!
Su voz atravesó el campo muerto.
●¡HART!
Refulgió el eco de un nombre pronunciado por alguien que acababa de perder a su mejor amigo.