༒ 𝕻𝖔𝖑𝖑𝖊𝖓 𝕾𝖊𝖕𝖚𝖑𝖈𝖗𝖊𝖙𝖚𝖒.
Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar.
Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas.
Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio.
Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia.
La tormenta rugió afuera.
Ella no levantó la vista.
Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal.
Alta.
Cubierta por un velo oscuro.
Observándola.
Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata.
La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque.
Silencio otra vez.
Sólo el crepitar de las velas.
Sólo la lluvia.
Sólo ella.
O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda.
No fueron rápidas.
No fueron agresivas.
Odette cerró el herbario con suavidad.
—La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio.
Las pisadas se detuvieron.
Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir.
Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando.
Aquella risa seguía ahí.
Suave.
Siniestra.
Burlona.
Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo.
La herborista tomó una vela de la mesa.
La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos.
Un paso.
Luego otro.
Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba.
Burlona. Incitando a Odette a buscarla.
Primero junto al estante de frascos.
Luego detrás de las cortinas.
Después cerca de la puerta.
Pero siempre fuera de su alcance.
Odette entrecerró apenas los ojos.
—No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado.
No obtuvo respuesta.
Sólo aquel sonido.
Más cerca ahora.
Demasiado cerca.
La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando.
La risa venía de ahí.
Podía jurarlo.
Con lentitud apartó las ramas.
El rincón estaba vacío.
No había nadie.
Ni huellas húmedas sobre el suelo.
Ni barro.
Ni ropa empapada.
Nada.
Esa risa cesó por completo.
Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel.
Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo.
Un pequeño charco oscuro.
Espeso.
No era agua.
Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.
El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos.
Retrocedió apenas un paso.
Confundida.
Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez.
Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra...
La suave risa volvió a burlarse de ella.
༒ 𝕻𝖔𝖑𝖑𝖊𝖓 𝕾𝖊𝖕𝖚𝖑𝖈𝖗𝖊𝖙𝖚𝖒.
Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar.
Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas.
Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio.
Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia.
La tormenta rugió afuera.
Ella no levantó la vista.
Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal.
Alta.
Cubierta por un velo oscuro.
Observándola.
Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata.
La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque.
Silencio otra vez.
Sólo el crepitar de las velas.
Sólo la lluvia.
Sólo ella.
O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda.
No fueron rápidas.
No fueron agresivas.
Odette cerró el herbario con suavidad.
—La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio.
Las pisadas se detuvieron.
Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir.
Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando.
Aquella risa seguía ahí.
Suave.
Siniestra.
Burlona.
Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo.
La herborista tomó una vela de la mesa.
La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos.
Un paso.
Luego otro.
Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba.
Burlona. Incitando a Odette a buscarla.
Primero junto al estante de frascos.
Luego detrás de las cortinas.
Después cerca de la puerta.
Pero siempre fuera de su alcance.
Odette entrecerró apenas los ojos.
—No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado.
No obtuvo respuesta.
Sólo aquel sonido.
Más cerca ahora.
Demasiado cerca.
La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando.
La risa venía de ahí.
Podía jurarlo.
Con lentitud apartó las ramas.
El rincón estaba vacío.
No había nadie.
Ni huellas húmedas sobre el suelo.
Ni barro.
Ni ropa empapada.
Nada.
Esa risa cesó por completo.
Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel.
Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo.
Un pequeño charco oscuro.
Espeso.
No era agua.
Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.
El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos.
Retrocedió apenas un paso.
Confundida.
Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez.
Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra...
La suave risa volvió a burlarse de ella.