La cocina del búnker estaba envuelta en una calma extraña, de esas que rara vez encontraban entre cacerías, monstruos y apocalipsis. El aire olía a verduras salteadas y especias, mientras las luces cálidas se reflejaban sobre las superficies metálicas.
Hope Mikaelson removía una sartén llena de pimientos y cebollas con una pequeña sonrisa en los labios. Al otro lado de la isla central, Dean cortaba zanahorias con una concentración casi exagerada, como si estuviera desactivando una bomba en lugar de preparando la cena.

—Sabes que las zanahorias no van a atacarte, ¿verdad? —bromeó Hope.

Dean levantó la vista un instante.

—Eso es exactamente lo que una zanahoria sospechosa diría.

Hope soltó una carcajada y negó con la cabeza. El sonido llenó la cocina y arrancó una sonrisa satisfecha a Dean antes de volver a su tarea.
Durante un rato trabajaron así, sin prisas. Ella probaba la comida de vez en cuando, añadiendo un poco más de sal o alguna especia. Él acercaba los ingredientes ya cortados a su lado y aprovechaba cualquier excusa para rozar su mano.
Cuando la olla comenzó a hervir suavemente, Dean se acercó por detrás y rodeó la cintura de Hope con un brazo. Ella apoyó la espalda contra su pecho sin dejar de remover.

—Huele bien —murmuró él.

—Claro que huele bien. Estoy cocinando yo.

—Vaya, qué humildad.

Hope giró la cabeza para mirarlo y encontró esa sonrisa ladeada que siempre conseguía desarmarla. Durante unos segundos se quedaron así, observándose, como si el resto del mundo pudiera esperar.

Y quizás podía.

Porque en aquel momento no existían demonios, fantasmas ni finales del mundo. Solo ellos dos, una comida improvisada y la sensación de estar exactamente donde querían estar. En casa.
La cocina del búnker estaba envuelta en una calma extraña, de esas que rara vez encontraban entre cacerías, monstruos y apocalipsis. El aire olía a verduras salteadas y especias, mientras las luces cálidas se reflejaban sobre las superficies metálicas. [thetribrid] removía una sartén llena de pimientos y cebollas con una pequeña sonrisa en los labios. Al otro lado de la isla central, Dean cortaba zanahorias con una concentración casi exagerada, como si estuviera desactivando una bomba en lugar de preparando la cena. —Sabes que las zanahorias no van a atacarte, ¿verdad? —bromeó Hope. Dean levantó la vista un instante. —Eso es exactamente lo que una zanahoria sospechosa diría. Hope soltó una carcajada y negó con la cabeza. El sonido llenó la cocina y arrancó una sonrisa satisfecha a Dean antes de volver a su tarea. Durante un rato trabajaron así, sin prisas. Ella probaba la comida de vez en cuando, añadiendo un poco más de sal o alguna especia. Él acercaba los ingredientes ya cortados a su lado y aprovechaba cualquier excusa para rozar su mano. Cuando la olla comenzó a hervir suavemente, Dean se acercó por detrás y rodeó la cintura de Hope con un brazo. Ella apoyó la espalda contra su pecho sin dejar de remover. —Huele bien —murmuró él. —Claro que huele bien. Estoy cocinando yo. —Vaya, qué humildad. Hope giró la cabeza para mirarlo y encontró esa sonrisa ladeada que siempre conseguía desarmarla. Durante unos segundos se quedaron así, observándose, como si el resto del mundo pudiera esperar. Y quizás podía. Porque en aquel momento no existían demonios, fantasmas ni finales del mundo. Solo ellos dos, una comida improvisada y la sensación de estar exactamente donde querían estar. En casa.
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