Yo no me entrego a quien me rapta. Yo me ofrezco a quien me seduce. A quien me canta con la voz de Orfeo, pero con la astucia de Odiseo. A quien entiende que el deseo es retórica, que la pasión es dialéctica, que la carne es filosofía hecha carne. Así que habla.... habla, y que tus palabras sean más hábiles que las de Aspasia, más ardientes que las de Safo, más refinadas que las de Madame de Staël en una velada de París. Sedúceme. No con promesas, que las promesas son moneda de los mortales vulgares. Sedúceme con el arte de quien sabe que el cuerpo es texto, y que el texto, bien leído, puede encender fuegos que ni Vulcano supo forjar.
Yo no me entrego a quien me rapta. Yo me ofrezco a quien me seduce. A quien me canta con la voz de Orfeo, pero con la astucia de Odiseo. A quien entiende que el deseo es retórica, que la pasión es dialéctica, que la carne es filosofía hecha carne. Así que habla.... habla, y que tus palabras sean más hábiles que las de Aspasia, más ardientes que las de Safo, más refinadas que las de Madame de Staël en una velada de París. Sedúceme. No con promesas, que las promesas son moneda de los mortales vulgares. Sedúceme con el arte de quien sabe que el cuerpo es texto, y que el texto, bien leído, puede encender fuegos que ni Vulcano supo forjar.