El olor a humedad y a decadencia flotaba en el aire, mezclado con el aroma sintético y punzante de los reactivos químicos. Un cóctel familiar, pero esta vez, Rebecca no estaba en el bando de los que controlaban el experimento.
Estaba atada a una silla metálica en el centro de aquel almacén reconvertido, con las muñecas aprisionadas por esposas de alta seguridad que ya le habían dejado marcas rojizas en la piel. Glenn Arias la miraba desde arriba con esa sonrisa pulcra y desquiciada, la misma que usaba para hablar de bodas sangrientas y de purgar el mundo.
"Piensa, Rebecca, piensa", se ordenó a sí misma, forzando a su mente a mantenerse fría a pesar de los latidos sordos que golpeaban en sus oídos. "El dolor en la cabeza es por el golpe que me dieron en el laboratorio. No hay síntomas de infección... todavía."
Arias se acercó, acariciando con un dedo la mejilla de Rebecca. Ella desvió la cara con asco, clavándole una mirada que destilaba un desprecio absoluto. El villano solo soltó una carcajada suave, llamándola por el nombre de su difunta esposa, Sarah. La locura de ese hombre era un abismo oscuro.
—No soy ella, Arias —le espetó Rebecca, con la voz ronca pero firme.
—Tú no lo entiendes, Rebecca... o debería decir, mi querida Sarah —respondió él, dándose la vuelta hacia una mesa repleta de viales—. El mundo necesita entender mi dolor. Y tú vas a ser la pieza central de mi obra maestra.
Rebecca contuvo la respiración al ver lo que Arias sostenía entre los dedos: una jeringa cargada con una variante concentrada del Virus A. El líquido brillaba bajo las luces fluorescentes con un tono violáceo y amenazante.
El pánico intentó colarse por las grietas de su resolución, pero se obligó a tragárselo. Recordó los ojos de Chris cuando se despidieron, la determinación cansada de Leon. Sabía que sus amigos estarían moviendo cielo y tierra para encontrarla. El virus que Arias tenía en las manos era letal, pero ella misma había diseñado la base de la cura antes de ser capturada. Todo dependía del tiempo.
Estaba atada a una silla metálica en el centro de aquel almacén reconvertido, con las muñecas aprisionadas por esposas de alta seguridad que ya le habían dejado marcas rojizas en la piel. Glenn Arias la miraba desde arriba con esa sonrisa pulcra y desquiciada, la misma que usaba para hablar de bodas sangrientas y de purgar el mundo.
"Piensa, Rebecca, piensa", se ordenó a sí misma, forzando a su mente a mantenerse fría a pesar de los latidos sordos que golpeaban en sus oídos. "El dolor en la cabeza es por el golpe que me dieron en el laboratorio. No hay síntomas de infección... todavía."
Arias se acercó, acariciando con un dedo la mejilla de Rebecca. Ella desvió la cara con asco, clavándole una mirada que destilaba un desprecio absoluto. El villano solo soltó una carcajada suave, llamándola por el nombre de su difunta esposa, Sarah. La locura de ese hombre era un abismo oscuro.
—No soy ella, Arias —le espetó Rebecca, con la voz ronca pero firme.
—Tú no lo entiendes, Rebecca... o debería decir, mi querida Sarah —respondió él, dándose la vuelta hacia una mesa repleta de viales—. El mundo necesita entender mi dolor. Y tú vas a ser la pieza central de mi obra maestra.
Rebecca contuvo la respiración al ver lo que Arias sostenía entre los dedos: una jeringa cargada con una variante concentrada del Virus A. El líquido brillaba bajo las luces fluorescentes con un tono violáceo y amenazante.
El pánico intentó colarse por las grietas de su resolución, pero se obligó a tragárselo. Recordó los ojos de Chris cuando se despidieron, la determinación cansada de Leon. Sabía que sus amigos estarían moviendo cielo y tierra para encontrarla. El virus que Arias tenía en las manos era letal, pero ella misma había diseñado la base de la cura antes de ser capturada. Todo dependía del tiempo.
El olor a humedad y a decadencia flotaba en el aire, mezclado con el aroma sintético y punzante de los reactivos químicos. Un cóctel familiar, pero esta vez, Rebecca no estaba en el bando de los que controlaban el experimento.
Estaba atada a una silla metálica en el centro de aquel almacén reconvertido, con las muñecas aprisionadas por esposas de alta seguridad que ya le habían dejado marcas rojizas en la piel. Glenn Arias la miraba desde arriba con esa sonrisa pulcra y desquiciada, la misma que usaba para hablar de bodas sangrientas y de purgar el mundo.
"Piensa, Rebecca, piensa", se ordenó a sí misma, forzando a su mente a mantenerse fría a pesar de los latidos sordos que golpeaban en sus oídos. "El dolor en la cabeza es por el golpe que me dieron en el laboratorio. No hay síntomas de infección... todavía."
Arias se acercó, acariciando con un dedo la mejilla de Rebecca. Ella desvió la cara con asco, clavándole una mirada que destilaba un desprecio absoluto. El villano solo soltó una carcajada suave, llamándola por el nombre de su difunta esposa, Sarah. La locura de ese hombre era un abismo oscuro.
—No soy ella, Arias —le espetó Rebecca, con la voz ronca pero firme.
—Tú no lo entiendes, Rebecca... o debería decir, mi querida Sarah —respondió él, dándose la vuelta hacia una mesa repleta de viales—. El mundo necesita entender mi dolor. Y tú vas a ser la pieza central de mi obra maestra.
Rebecca contuvo la respiración al ver lo que Arias sostenía entre los dedos: una jeringa cargada con una variante concentrada del Virus A. El líquido brillaba bajo las luces fluorescentes con un tono violáceo y amenazante.
El pánico intentó colarse por las grietas de su resolución, pero se obligó a tragárselo. Recordó los ojos de Chris cuando se despidieron, la determinación cansada de Leon. Sabía que sus amigos estarían moviendo cielo y tierra para encontrarla. El virus que Arias tenía en las manos era letal, pero ella misma había diseñado la base de la cura antes de ser capturada. Todo dependía del tiempo.