Afro elevó las manos a la altura de los codos, con las palmas orientadas hacia el cielo. El aire traía consigo el frío de la noche y el frescor de las hojas verdes de los sauces. Dio un paso al frente y un pequeño fragmento de roca se desprendió del risco sobre el que estaba de pie. Lo observó perderse en la oscuridad; a sus oídos nunca llegó el momento en que la roca se encontró con el fondo. La penumbra se encontró con sus iris rosas, y ella con los suyos; nocturnos, famélicos. Afro no se sintió incómoda ante su mirada, por el contrario, le resultó agradable su compañía. En el pasado, aquello le habría hecho tragar saliva y dar un par de pasos titubeantes hacia atrás. Pero, gracias a cierto par de ojos verdes, eso había cambiado. Recordó una advertencia y bajó ligeramente el rostro en busca de unos iris rojos que pudieran hallarse más abajo. No encontró nada.

Respiró profundamente, y su voz salió clara y firme. Habituada a las palabras que estaba a punto de recitar:

──── Escúchame, tú, que con tus truenos rojos sacudes los pozos de la incertidumbre en la oscuridad perlada de plateadas estrellas. Hechicero Rojo, señor terrible y distante, forjaste a tu musa en medio de la tormenta y le concediste el regalo de tus sagrados dones. Ahora, la musa debe responder siempre a tu llamado. Dime, oh Gran Constructor, ¿a la vida de quién he de llevar la bendición de tus dones? ¿Qué nuevos hilos se unirán en el gran telar de las historias? ¿A dónde he de llevar la luz de tu inspiración? ¿Cuál es la nueva verdad que habrá de desvelarse?
Afro elevó las manos a la altura de los codos, con las palmas orientadas hacia el cielo. El aire traía consigo el frío de la noche y el frescor de las hojas verdes de los sauces. Dio un paso al frente y un pequeño fragmento de roca se desprendió del risco sobre el que estaba de pie. Lo observó perderse en la oscuridad; a sus oídos nunca llegó el momento en que la roca se encontró con el fondo. La penumbra se encontró con sus iris rosas, y ella con los suyos; nocturnos, famélicos. Afro no se sintió incómoda ante su mirada, por el contrario, le resultó agradable su compañía. En el pasado, aquello le habría hecho tragar saliva y dar un par de pasos titubeantes hacia atrás. Pero, gracias a cierto par de ojos verdes, eso había cambiado. Recordó una advertencia y bajó ligeramente el rostro en busca de unos iris rojos que pudieran hallarse más abajo. No encontró nada. Respiró profundamente, y su voz salió clara y firme. Habituada a las palabras que estaba a punto de recitar: ──── Escúchame, tú, que con tus truenos rojos sacudes los pozos de la incertidumbre en la oscuridad perlada de plateadas estrellas. Hechicero Rojo, señor terrible y distante, forjaste a tu musa en medio de la tormenta y le concediste el regalo de tus sagrados dones. Ahora, la musa debe responder siempre a tu llamado. Dime, oh Gran Constructor, ¿a la vida de quién he de llevar la bendición de tus dones? ¿Qué nuevos hilos se unirán en el gran telar de las historias? ¿A dónde he de llevar la luz de tu inspiración? ¿Cuál es la nueva verdad que habrá de desvelarse?
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