Otra vez mirando al cielo a punto de morir.
El agua helada del río se cerraba sobre mí como un puño de hierro líquido, tiñéndose de un rojo oscuro que se diluía en remolinos perezosos. El cielo era un borrón sucio de nubes bajas, sin estrellas que valieran la pena, solo ese turquesa enfermizo que reflejaba mi propia ruina. La sangre brotaba caliente desde el flanco destrozado, donde las garras de la bestia habían rasgado la armadura como si fuera pergamino viejo.

Una bestia salida de las profundidades, un engendro de escamas negras y ojos como brasas, mitad dragón fallido, mitad pesadilla olvidada. Me había emboscado en el vado, rugiendo con un hambre antigua, y yo había sido lo suficientemente estúpido como para plantarle cara solo. La espada yacía a un palmo de mi mano, la hoja mellada y manchada de icor negro que aún humeaba en el agua fría. Recordaba el impacto, el crujido de las placas al ceder, el aliento fétido que olía a carne podrida. Había clavado el acero en su cuello, sí. Pero la bestia se había llevado un trozo de mí antes de huir, aullando, hacia las sombras del bosque.
El frío subía por mi cuello. El mundo se volvía más lento, más pesado.

¿𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑣𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑝𝑖𝑟𝑚𝑒 𝑑𝑒 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎.ᐣ

Cerré los ojos un segundo y vi flashes, las caras de las personas que vi morir a lo largo de esta existencia sin sentido. Mis dedos intentaron rozar la empuñadura, el dolor era un viejo compañero, casi reconfortante. Tosí, y el agua se tiñó más de rojo.

𝐵𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑟𝑑𝑎...

Murmuré al cielo vacío, con una risa que se ahogó en burbujas.

𝐴𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑛𝑜 𝑓𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝘩𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒. 𝐶𝑎𝑠𝑖 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝘩𝑜𝑛𝑜𝑟.

El río seguía tirando de mí hacia abajo. Pero mis ojos seguían abiertos, clavados en esa nada turquesa, desafiando al destino una vez más.
Otra vez mirando al cielo a punto de morir. El agua helada del río se cerraba sobre mí como un puño de hierro líquido, tiñéndose de un rojo oscuro que se diluía en remolinos perezosos. El cielo era un borrón sucio de nubes bajas, sin estrellas que valieran la pena, solo ese turquesa enfermizo que reflejaba mi propia ruina. La sangre brotaba caliente desde el flanco destrozado, donde las garras de la bestia habían rasgado la armadura como si fuera pergamino viejo. Una bestia salida de las profundidades, un engendro de escamas negras y ojos como brasas, mitad dragón fallido, mitad pesadilla olvidada. Me había emboscado en el vado, rugiendo con un hambre antigua, y yo había sido lo suficientemente estúpido como para plantarle cara solo. La espada yacía a un palmo de mi mano, la hoja mellada y manchada de icor negro que aún humeaba en el agua fría. Recordaba el impacto, el crujido de las placas al ceder, el aliento fétido que olía a carne podrida. Había clavado el acero en su cuello, sí. Pero la bestia se había llevado un trozo de mí antes de huir, aullando, hacia las sombras del bosque. El frío subía por mi cuello. El mundo se volvía más lento, más pesado. ¿𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑣𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑝𝑖𝑟𝑚𝑒 𝑑𝑒 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎.ᐣ Cerré los ojos un segundo y vi flashes, las caras de las personas que vi morir a lo largo de esta existencia sin sentido. Mis dedos intentaron rozar la empuñadura, el dolor era un viejo compañero, casi reconfortante. Tosí, y el agua se tiñó más de rojo. 𝐵𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑟𝑑𝑎... Murmuré al cielo vacío, con una risa que se ahogó en burbujas. 𝐴𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑛𝑜 𝑓𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝘩𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒. 𝐶𝑎𝑠𝑖 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝘩𝑜𝑛𝑜𝑟. El río seguía tirando de mí hacia abajo. Pero mis ojos seguían abiertos, clavados en esa nada turquesa, desafiando al destino una vez más.
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